La Taberna del Puerto Sergio Ponce
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Predeterminado SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

A QUIEN LEYERE

Bástame saber que este libro cayó en tus manos, lector a secas, a quien antaño llamé querido, benigno y pío, mas hogaño, por no ofender, no diré ni pío. Bástame eso, pues quien toma un libro con ánimo de leerlo bien merece tributo sólo por el gesto. Tan cierto como quien lo compra me hace tributo sólo por el gasto. Igual me viene seas lector o lectora, que leer es como rascar y a todos pica, venga ceñido en calzones o en enaguas; igual viejo caduco entrado en verrugas que mocito de cuatro dientes, que edades son buenas todas para hacer oídos a verdades, los viejos porque andan bien desengañados de casi todo, o bien viven engañados a fuerza de ofuscación en porfía de lustros, y los jóvenes porque les valga la prudencia de quien dejó en letra lo que vio en el mundo y a ellos les queda por ver; igual tonto que listo, que el lerdo en su simpleza no tiene nada que perder en la lectura, que acaso le avive el seso, mientras el sabio apuesta más alto y pierde ligero, pues pueden mis juicios darle a entender que nada de lo sabido es cierto; igual rico que pobre, pues el dinero despoja el juicio para hacer hueco a la vanidad que trae consigo en demanda y, siendo mi obra alguacil de vanidosos y verdugo de relamidos, puede salirle cara de leer siendo barata, mas el pobre nada pierde, pues si no le gustare aún puede atizar con ella las moscas o usar el papel para envolver cominos o limpiarse lo sucio; igual ladrón que juez, pues gato y toga son tal cual de cabeza a rabo, y son hoy ladrones los que mañana han de juzgarnos; igual clérigo que laico, pues nada en estas páginas es más asqueroso a los ojos de Dios que a los de los hombres, y respondo yo de eso ante ambos.

Solo una condición te obligo, lector, y es que leas esto desnudo de prejuicios, sabiendo que no es mi oficio injuriarte sino entretenerte, y si coliges que castigo acá tus vicios, tenlos por tales y ríete de ellos, que te hará bien. Si me lees, por contra, con ánimo de crítica, ¡chitón, zoilo mormurador! Antes de azotarme a mí mírate al espejo del alma y flagélate tú con disciplina y vinagre, infame, si la perfidia y la inquina tanto te huelgan. Y si las cosas que acá digo te disgustaren, bien por aburrimiento o por disparate, no sigas leyendo, depravado, que nadie promete el Cielo por ello ni te apremia a punta de espada. Que lo que digo es verdad, no dudes, mas advierte que todo lo escrito es fantasía y que fábulas hay más reales que toda realidad por cuanto enseñan, que es canon de moralidad y, siendo inventadas, por sabias son paradigma de las mayores verdades. Y si nada aprendieres de ellas, doyme por satisfecho con que una vez sonrías, pues es forzoso que te has de divertir leyendo esto cual yo hallé solaz escribiéndolo, y aún con menos esfuerzo. Dado el caso de haber leído buena parte de este libro sin que haya asomado ni un sonriso a tus severos labios, ciérralo y vete a mondar nísperos, que te hará más provecho. Y has de disculparme si te causo hastío y empalago con mi lenguaje de tiempos del rey Filipo y la dueña Quintañona. Si es tal, devuélveme al sereno reposo de la biblioteca y ponme entre paréntesis que no quiero verme entre corchetes. Vale.

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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

DISCURSO


I. DEL SUCESO DE MI RESURRECCIÓN

Desperteme atobado e incómodo, tendido en pétreo lecho, los miembro en picazón como acribillados de chinche, estremecido de frío y de relentes, las manos cruzadas sobre el pecho a guisa de difunto, la diestra asiendo el pomo de mi espada. Nada oíase salvo mi aliento, que de no oírlo hubiérame figurado muerto, cual había soñado en tan largo sueño que parecióme modorra de centurias, si no letargo. Diome gran gozo que la Hora no hubiese comparecido bien enguadañada a la citación de sus negocios para conmigo y sentí turbación de aquel dominico que tan solemne oyérame en postrer confesión, que de saber que no era aquel mi último resuello no le hubiera cantado un par de noticias y confidencias que en mi delirio decidiera no dejar para los gusanos, pues sintiéndome agora animado de súbito bien las enterrara en nido de voraces sabandijas por acallarlas, que más larga tienen la lengua algunos frailes que algunos diablos. Sabiéndome doliente, aún más, agónico, como de recién estaba, sorprendióme el alivio y la cobranza, pues de cierto no era yo más difunto que uno de los de taberna, y aunque maldije a la mula cañilavada del médico que por terapia habíame confinado en lóbrego nicho durante mi desmayo, hube menester de asentir que a pesar de lo singular del método, milagroso era, pues que vide mi salud de vuelta y mi ánima bien asentada en su vieja carcasa. En estos desvelos, sacudíme y críspeme, tosiendo cual si guardaran mis bofes el polvo que levantaran los cuatro jinetes del libro del Apocalipsis de San Juan y otros cuatro mil de tantos libros de caballerías. Hice por incorporarme y por causa desto di tal bote en la calabaza que a poco me descalabro, de lo que entendí ciertamente que hallábame confinado en angosta urna. Aterrescido abrí entonces los furiosos ojos a la tiniebla, palpé en derredor en busca de mis anteojos y hallélos, mas tan herrumbrosa la guarnición que se deshizo de puro orín en mis manos dando suelta a las lunetas. En esto estaba cuando al tacto sentí mis puños, mi capa y mis ropajes todos tan ajados que mejor se dijeran podridos, cual si hubiesen sufrido la acometida de un enjambre de polillas. Viéndome en calamidad tal, presa del desaliento y la cólera, creyéndome víctima del más macabro de los escarnios, sepultado en vida y amortajado en harapos, al tiempo que harto de furia pateaba como bien pude las paredes del antro, clamé:

-¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Sacadme a la luz, bellacos, que no es cristiano dar sepultura a un vivo!

Siguió a esto un silencio ronco, como el que deja un cañonazo tras de sí, y hélome la sangre al punto la idea de que de cierto estaba muerto y que había despabilado en mi monumento y regresado mi ánima a mi maltrecho cuerpo a sazón del Día del Juicio, mas tranquilizóme el no haberme desvelado el son de trompeta ninguna ni escucharse por doquier saraos de finados en resurrección por millares, pues no viniera a cuento que Su Majestad Divina hubiera dispuesto mi juicio en hora distinta a la concertada para los demás mortales. Compúseme para no perder la calma y fui batiendo a puro nudillo las fronteras de mi ceñida mazmorra hasta que di con que no lejos de mis bigotes sonaba tan hueco cual testa de escribano. Fue ahí que convoqué mis furias y di embate con el pomo de mi deshojado estoque una y mil veces, como polluelo pelado que ha de quebrar su güevo. Advertí al rato que alguna piadosa ave hacía eco de mis botes desde el otro lado a golpe de pico y así cedió la recia losa con estrépito y fui cegado por la amable luz, mas pronto me hice a ella y aprecié el rostro pasmado del que viera un espectro. No era este pájaro un colorido cardenal de Indias, sino canoso clérigo de hábito, mas sin tonsura, pobre de ínfulas, rosarios, anillos o abalorios, con unos anteojos ridículos que de puro grandes tenía que sujetárselos en las orejas y armado de piqueta de albañil. Santiguábase de mil cruces mi alumbrador como si tuviera ante sí un colegio de diablos. Cojo y todo brinqué desemparedado de la sepultura al suelo, y vime en la nave de una iglesia de alta bóveda, harto moderna, como de porte italiano, y bien acicalada, ornada de querubines, retablos, mármoles y sillería, mas harto deslucida, cual si el capellán no se cuidara de sacudirles el polvo a los santos. En un flanco subía hasta los techos un armazón de herrajes y puntales, mas no hubiese acertado a saber si por obra o por ruina. Sólo una cosa, pues, tomé a buen seguro, que no era este el Convento de Santo Domingo ni parroquia ninguna de la Villa Nueva de Los Infantes en que emplastado, escocido de melecinas, llagado de cauterios, ahíto de píldoras y bolos pasé los últimos días aciagos. Torné mi confuso rostro al destrozo causado por mi alumbramiento en el muro, por ironía esquinado a la capilla de la Virgen del Olvido, para comprobar que el inhumano que en vida me inhumara no se había servido siquiera de la decencia y dignidad de escribir nombre ni oficio en el monumento sino vilmente emparedóme anónimo como a un escarmentado. Reparé entonces en mis trazas y en fuerza de esto no era extrañeza que el buen clérigo, que por cobardía había enmudecido, se abandonara al pánico, pues raído y empolvado cual me hallaba, antes me juzgaran leproso que caballero. Las calzas vestía tan comidas que bien parecía que los ratones hubieran hecho festejo de mis carnes; los zapatos diríanse orejones; las medias, cuartas o menos; los puños y pañales, pañetes de eccehomo; la camisa, trapillo de mal arcabucero; y la capa, paño de tumba en pudrigorio. Lucía uñas tan largas que un mastín las codiciara para rascarse el lomo, barbas de mona vieja, cabellos tan luengos y greñudos como los de una meretriz desahuciada y desmoñada. Azorado, abochornado y corrido, acérqueme al espantado párroco e incrépele:

-¿No es esto, por ventura, cosa de diablos? Bien rezan las apariencias que estuve sepultado y he vuelto a la vida al punto. ¿Qué es esto? ¿Quién contra mi honor conjura esta macabra befa? ¿Dónde me hallo? ¿Es treta humana o voluntad divina que este poeta regrese del Hades como un grotesco Orfeo? ¿O es esta la Gloria prometida y esta facha y turbación no son sino reflejo de mis licencias en vida? ¡Habla! ¡Di, te ruego!

El clérigo hubo menester de un trago de esputo, dos exhalaciones y tres balbucencias para recobrar el nervio y al fin regalóme preguntas por preguntas:

-¿Quién es usted? ¿De dónde sale?
-Si mi nombre le sirviere –respondile- soy Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la Orden de Santiago, hombre de letras, carne y hueso, que algún desalmado enterró en vida creyéndome finado.

Por su gesto vide que me tomaba por orate y no he de condenárselo, pues lo raro fuese que no me juzgara, ataviado así de espantajo, por hombre desbaratado y de poco seso.

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Pirata
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

II. DE CÓMO CONOCÍ QUE FUI DESPIERTO EN EL AÑO MMIV

Repuestos ambos de tanta sinrazón, y viendo el clérigo que no era yo desquiciado de los de atar, sosegóse, y diole mucha risa que yo me llamase Quevedo diciéndome que, fuere yo quien fuere, el falso enterramiento me había robado el juicio. Revelóme que nos hallábamos en la iglesia de San Francisco el Grande en la Villa y Corte de Madrid y que modestamente se llamaba Juan Ramón Zanca y ejercía sacerdocio en esa parroquia. Díjome esto con un acento insólito en el hablar y haciendo uso de palabras fuera de lo regular, que yo jamás había oído ni por culteranas ni por cultipicañas, de lo cual deduje que era hombre venido de alguna provincia lejana, acaso de Indias. Mas por mi mente sólo se cocían cavilaciones en razón de cómo y quiénes me han llegado a Madrid abusando de mi morbidez y cómo se había construido en la corte iglesia tan fastuosa con tal presteza y diligencia en pocos años sin que yo hubiera noticia. Agradecíle al cura su auxilio y roguéle me prestara por caridad ropa limpia y al menos una palangana si no hubiere aljofaina para el aseo, que bien le compensaría con diez de vellón. Esto le causó aún más carcajada y no salía yo de asombro, pues aunque vistiera hábito de franciscano, larga tiene la mano el clero en hora de recibir doblones como letra de cambio por favores. Así divertido en estos pensamientos me condujo a una sacristía y me invitó a una sala oscura con estas palabras:

-Pase al baño y dé la luz, que voy a buscar algo de ropa.

Dicho esto desapareció al punto por una puerta de alcoba. Ofuscado cual me hallaba, no supe encontrar vela, velón ni candil, por más que hurgara acá y allá en la llamada sala de baños del franciscano, que no poca maravilla sería que tal tuviera, pues las órdenes mendicantes no hubieran de presumir de baños, que más propios son de las concubinas de los sultanes. Mas sí pude tantear finos barreños como de porcelana y dudé si con tanta bacía y la voz de dar la luz no habría tomado el buen fraile por parturienta a este aparecido. Regresó y riose de hallarme dando tientos en las sombras y he acá que ocurrió algo prodigioso: Bastó que tocase con los dedos de bendecir una suerte de traba o de gatillo que había junto a la jamba de la puerta para que se encendiese toda la sala con tan cegadora luminaria que al momento quedé aturdido y privado del habla, pues tanta luz por fuerza había de venir de tan grande fuego que dábame ya por consumido. Percatóse el franciscano de mi asombro y preguntóme si me asustaba de una bombilla, a lo que repliqué rostrituerto que siempre fueron de respetar bombas y bombardas y, que si las bombillas hubieren de restallar como tales, con certeza son cosa de susto y mejor me valiera yo en tinieblas. Era este artefacto una burbuja o campanilla de vidrio colgada de la techumbre que contenía un hilo finísimo con mas incendio en su menudencia que todas las ascuas que hiciera Nerón en Roma, cosa a fe mía de brujería pura. Mas no se inmutaba el amable párroco, que venía bien surtido para cubrir mis vergüenzas, explicándose con estas palabras:

-A ver si le vienen bien estos pantalones y esta camisa... Calcetines hay más, pero calzoncillos se tiene que apañar con estos... Los zapatos va a ser lo más difícil. Pruébese estos que yo no me pongo porque me hacían daño. Luego puede asomarse a una caja de ropa que tenemos de donaciones.

Antojáronseme las prendas zafias e innobles, a la par que risibles, de modo que, vestido de aquella guisa, quisiera Dios no me hubiere de encontrar con algún conocido, pues oyérase de seguro la risotada y el escarnio por doquier. Estúdielas con reparo no fuera que, estando en auge el italianismo a juzgar por la arquitectura, fueran a vestirme afeminado. Harto sorprendióme cómo había acusado mudanza la moda en el vestir de la Corte desde mi ausencia. ¿Acaso los sastres habían mandado un solicitador a los infiernos y firmado un pacto con el diablo? A unas calzas lisas hasta los pies llamaban pantalón, acaso por semejanza con panteón, pues vistas así las piernas parecían longanizas en mortaja. A los calcetones llaman calcetines, que si más bajo no podían caer, cayeron de rango. Calzoncillos, camisa y zapatos conservaban el nombre mas no la honra, que andaba cercenada, pues a todos habían recortado hasta lo mínimo, sin duda artimaña de sastre y zapatero para ahorrar lienzos y cueros. Sólo alegróme no se estilaran acá de nuevo los cuellos engolados. Mas callé por no agraviar, mostréme agradecido y al fin tomelas a cierra ojos. Al no veer agua en los barreños de loza fina pedí una jarra de agua fresca, a lo que respondió mi bienhechor que abriera el grifo. Escudriñé en derredor a la caza del animal que yo tenía por fabuloso, mas no hallando ni bestia alada ni tan siquiera arañuelas reparé en que este era el nombre jocoso que el párroco daba a un caño con llaves que había en el barreño más a mano, acaso porque recordase por sus formas a estas quimeras que pastan en grutescos de no pocos palacios. En esto reconocí que debía ser el clérigo hombre de mundo y buen humor. Díjome que en retorciendo la llave siniestra el chorro sería de agua caliente. En verdad juzgué poco piadoso que una vicaría, franciscana por de más, haya de presumir de más suntuosos baños que los de rey moro alguno, aunque bueno es que toda sacristía se precie de lavamanos, mas callé otra vez por no hacer afrenta a la buena fe del clérigo Zanca, que palabras señaladas no quieren testigos. Puesto que el citado barreño estaba sujeto por un pie muy alto inquirí si pudiera lavarme entonces los pies en otra bacía grande también de loza blanca como de la China y provista de tapador que había a mis espaldas. Dicho esto quedó el párroco perplejo y, como teniéndome por botarate, me dio por consejo que no hiciera tal cosa, que no era barreño de guachapear sino la taza del Váter donde van a parar aguas menores y mayores de camino a las cloacas. A esto hube de responder, pues no es menester que el clero bajo haya de cagar sentado en bacín como los Papas de Roma, mientras los caballeros de respeto aún damos en cuclillas con el culo en tierra:

-¡Bien aviada anda la Venerable Orden de San Francisco con tronos papales a modo de letrina, que si el Santo volviera a la vida con su lección de humildades bien le diría a ese tal fulano Váter, extranjero a buen seguro, cuan infame es llamar taza a su invención si della no se ha de beber!

Hízome demostración del artefacto con lo que llamaba tirar de la cadena, que literalmente era eso, pues sobre ello había una cadenilla, con lo que al punto hubo estruendo de aguas que lavaron el bacín, a lo que yo grité “¡Agua va!”, como es de rigor. Satisfecho esto, aprestóse a dejarme con aspavientos, como el que trata con chiflados de vino, pues aconsejóme que me empapara bien la cabeza con agua fría. Ofrecióme desde el umbral una aspirina, lo que no entendí bien, a no ser que el buen hombre quisiera aspirar todo el polvo de mis ajados ropajes con sus propias narices, a lo que respondí que no era menester, pues mal provecho tenía ya mi atuendo, mas tampoco pareció el cura interpretarme, pues se fue sin replicar.

Al cabo, salí de aquellos diminutos baños, prodigio de modernidad, tan aliviado por mi aseo como ridículo en aquellos ropajes, que más parecían camisón y calzones largos que atavío de caballero, en mis adentros aún recomido de sospechas y tormentos sobre este mi sepelio y resurrección. Muy al propósito, hallé al cura Zanca (preguntábame en mis adentros si por su apellido le dieron tales anteojos zancudos) barriendo cascotes al pie de mi anónimo sepulcro. Alegróse de verme andar con dignidad a pesar de mi aturrullamiento. Asomábase dentro del nicho y confesaba una y otra vez que en verdad era cosa de misterio si no broma de tan mal gusto como buena confabulación el que hubiera surgido hombre o demonio alguno de un hueco en la pared tantos años sellado. Al verme bisojeando en mi inspección del agujero el párroco ofrecióme unas gafas viejas que guardaba y me aseveró que eran para veer mejor, con lo que entendí que no serían gafas de las de armar ballestas, sino anteojos de allende, que dicen agora de larga vista. Tal cual yo mal me temía, regalóme con otras zancudas que hube de sujetarme en las orejas, para mayor ridículo de mi estampa viva. Mas fue milagro para mi vista, que bien claro pude entonces apreciar la modernidad del templo y su dimensión. Pregúntele entonces al buen cura cuándo habían comenzado a erigir esta iglesia y que si sería cabildo y catedral de la villa cuando se terminase, a lo que contestó que de cierto habíaseme secado el seso, que la iglesia se terminó en el siglo XVIII. Turbado por esto preguntéle el día que era hoy y repúsome que martes trece.

-¿De septiembre?
-No, de julio.
-¿De qué año? A riesgo de que pueda pareceros necia la pregunta –consulté yo, movido por un presentimiento funesto que me tenía el espíritu atragantado y me hacía correr los pulsos como galgos.
-Pues del dos mil cuatro, ¿de cuál va a ser? –díjome reposado Zanca, y de la zancadilla casi doy de bruces en los mármoles. Así supe que fui revivido tras más de tres centurias frío, no acertando si por milagro, por vísperas del Juicio, por capricho de la Parca, de los astros, de Dios Todopoderoso o del mismísimo Satanás. Fuese quien fuese, cómo ni de qué manera, maldíjele por no respetar mi descanso, así me condene una millarada de eternidades por ello, pues un edén de edenes fuera para mis sentidos cualquier ominoso infierno a fe mía, que no este por venir aciago al que he despertado. Y lo juzgo así, desgraciado de mí, por las cosas que allá vide y aprendí. Quien no me creyere siga leyendo.

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III. DE LOS COCHES Y OTROS ESPANTOS QUE VIDE EN LAS CALLES

Aún turbado, aprésteme renqueando a las puertas de la iglesia por aprender más del tiempo futuro y no hice más que abrir el portón cuando un fragor tremendo, cual el que hicieran mil colmenas espantadas, se llegó a mis oídos, de suerte que prudente cerré de nuevo. Un mendigo achacoso, que no harapiento, que porfiaba con gesto penitente en pedirme limosna en los umbrales del templo, vencido por la certeza de que mis cuartos quedaron en el infierno salió al ruido sin pánico ni asombro, lo que me dio valentía entonces de asomar la jeta a la calle por la puerta entornada. Así aprendí que el estruendo venía de ciento máquinas en manada, de varios colores y moldes, mitad carro y mitad bestia, que corrían muy ligeros. Era esta imagen que dejara patidifuso al mismísimo Jerónimo Bosco, que no se dijera hubiese ante mis ojos ciudad ninguna sino maléfico hormiguero de bestiales quimeras. Tenían todas estas máquinas como ojos en el frente, mas sin expresión ninguna, tal que de cuando en cuando una lucecilla como de color de fuego se encendía y se apagaba en uno y otro costado, como por extravagancia. Así mismo había otras luces en el culo de tales bestias, que en unos era chato y en otros lagartudo, que también lucían de esa guisa, aunque la más veces se encendían de color encarnado. No tardé en saber que tenían otras voces además de ronquidos, pues al pronto se encabritó uno y empezó a sonar como cornetín de guarnición, pero sin armonía y muy molesto por su estridencia. Eran algunos refulgentes como plata y oro, otros de los tonos más caprichosos, blancos, verdes, azules o bermejos en muy diversos matices. Algunos eran grandes y más ruidosos, y los más destos tenían nombres pintados en rótulos, ora en lengua extranjera, ora en castellano, como el que rezaba “Jamones y Embutidos Chaparro”, a lo que seguía la cábala “TELF” (que ha de indicar “Téngale Dios en su Fe” u otra cosa) y cifra tan grande que no quise creer que fuera el número de morcillas y nalgadas de puerco que atesorase el tal buhonero. Llamó desto mi atención un rugido imponente y en esto apareció el zángano mayor que se imaginara, de color muy roja y estirado, cual gusano endemoniado de una legua de eslora, que paró, bramó y empezó a vomitar infelices de su costado al tiempo que tragaba por una agalla otra muchedumbre que le aguardaba. Dentro iban como piojos en costura muchas gentes. Luego aprendí que a este más temible llamábanle auto bús, que sólo el nombre da respingo y susto. Antes me sometiera yo a un auto de fe que a uno destos otros. Tenían este y todos ventanas bien acristaladas mas sin cortina alguna, a través de las cuales se veían personas diversas y siempre una iba asida a una suerte de timón moviéndolo como si esto fuera cosa de gran importancia para el dominio de estas bestias. De todo esto comprendí que eran, aún sin caballos, coches, y que gran ofensa debía haberse cometido contra Dios para que enviara al mundo tal plaga de cocheros. Mas confundióme que algunas mujeres navegábanlos y diome curiosidad que hubiere cocheras entre las damas, de modo que pregunté a un anciano calvatrueno que por allá andaba si en estos tiempos era menester tener uno de esos coches sin caballos aún sin ser noble ni hidalgo ni apoderado, o si es que la nobleza se vendía tan barata que todos los villanos paseaban en coche, y que cómo señora o dueña alguna consentía en tener coche mas no cochero. Díjome este paisano que en los tiempos que corren antes le quitaba un hombre el bocado a su propio hijo que a su coche (que no se que preciada golosina me dijo comían las dichas bestias) y que muchos de esos andaban empeñados y adeudados por que el vecino viera qué bien vestía de coche y que igual daba hembra que varón a la hora de presumir destos bienes, que no por ser ellas más torpes en su manejo querían verse privadas de tal fasto. De ello deduje que estos vehículos no lo eran sino de vanidades. Aclaróme que hasta el más miserable tiene coche en estos tiempos, pero que los ricos tenían mercedes y que los pobres no tenían, perogrullada a la que yo repliqué que siempre ha sido así, desde que el hombre es hombre y la justicia ciega. Declaró que él mismo se había tenido que conformar con sus seiscientos y díjele yo al punto que no pecara de avaricia pues mejor serían seiscientos que ninguno. Díjome también el viejo pelón que bien errado andaba yo en mis conjeturas, que estos coches sí llevaban caballos, mas por adentro, y que a veces muchas decenas, de lo que se entendía que fueran tan apriesa que de verlos pasar dábanme vértigos, aunque por los bufidos bien se dijera que llevaban dragones o elefantes fabulosos en lugar de potros. Advertí que estos ingenios, como las bestias y los racionales, tenían un ojo en el culo por el que salían muy negros humos y pestilencias y pregunté si por allá se exhalaban los humores, sudores y excrementos de tan arracimada reata de brutos que había en sus entrañas, pese a que bien extraño me parecía que cupiera uno sólo. Su explicación no entendí muy cabal, pero vino a decirme lo que en verdad yo venía acusando de modo tal que echaba en falta capa para embozarme las narices, que tanta suciedad salía al aire por el sieso de estos ingenios que andaba el ambiente emponzoñado en todo el mundo y que un día hubieran todos de asfixiarse a costa dello. Mas no había visto aún nada, que roncando más que una piara surgió un hombre a horcajadas sobre una máquina que al mismo Juanelo Turriano hubiese turbado, pues como de milagro se tenía en pie con tan solo dos ruedas, y el tal caballero andante o demonio que la domeñaba llevaba un yelmo cual cascarón de güevo, pues era blanco, reluciente y redondo como tal, y daba no sé si miedo o risa verlo. Esto, me explicó el solícito calvo, era un amoto y me dijo que tarde o temprano tales jinetes caían de lomos de tan indómito engendro y que el que menos salía magullado, cuando no descalabrado, y que por eso llevábase ese cascarón en la testa, que abrevió casco, para no abrirse la sesera en la primera cabalgadura. En este diálogo estábamos cuando divirtióme un farol de muchas varas de alto que a tiempo mudaba sus tres luces de verde a amarillo y a bermejo, y observé que como por arte de brujería los coches paraban ante él y se amansaban, y esto aprovechaban las gentes para cruzar la calle de través sin poner en grave apuro sus vidas. Luego de que hubieran pasado las gentes, cambiaba la color y partían las máquinas enfurecidas, que alguna impaciente siempre de entre las rezagadas sonaba el cornetín como en protesta, a lo que los cocheros colindantes exhortaban improperios de enorme vulgaridad, entre los que he de mentar “Vete a tocarle el pito a tu puta madre, mamón”, cosa ésta que antojóseme grosería en verdad memorable. Aprendí del anciano que a esto llamaban semáforo y que sin ello el tráfico fuere un infierno –cosa que chocóme, pues difícil era imaginar infierno peor que este-, y que a estas luces debían obedecer las máquinas como a un guardia, y dicho esto señalóme al tal guardia. Era este personaje hombre tan valeroso que en medio de la travesía se enfrentaba a las máquinas como el que desafía una vacada de reses bravas y en su boca soplaba un pito que espantara a los demonios. Los ojos tenía este hombre tapados con un antifaz a modo de anteojos con los vidrios negros, acaso para no veer el peligro en que se hallaba, o acaso por que tal máscara obligara más respeto. Se daba aires este mancebo como de alguacil, que con ese temor le miraban las gentes cerradas en sus coches, como si les acechara a través de la oscura máscara, y se conocía su dignidad en que llevaba botas de viaje, grillos, mamporro y un arcabucillo minúsculo al cinto, que no espada, y en que era el único que lucía tocado en este mundo moderno en que todas las gentes andan a cabeza descubierta sin vergüenza de la calva ni los malos pelos que hubiesen. Parecía el adorno de este guardia más plato de patena que sombrero, de puro plano, redondo y desplumado. ¡Buena diana debían hacer de ello los pichones para sus palominos! Casi rozábanle unos autos buses por un costado y otros, que venían de distinta parte, por otro, y yo con gran temor miraba esto cuando silbando a puro grito una salmodia horrorosa se apareció una máquina blanca con grandes luces en caperuza sobre la cubierta tan apriesa que dábame pánico verla. Percatándome de que las otras bestias se amedrentaban a su paso y que el alguacil cegado, como si la captase empero su antifaz, apartaba a otros para darle paso, preguntéle al locuaz calvatrueno si acaso era este tan escandaloso el coche de un hombre de postín, pues vide pintada en todos sus flancos una cruz como de alguna orden de caballería. Respondió que eso no era sino una ambulancia, acaso por ambular más apriesa que los otros, que llevaba y trujía los enfermos al hospital. Maravillóme que fueran los enfermos más rápidamente que los sanos, pues en otros tiempos fuese lo contrario, y no estimé que siendo enfermos merecieren el tormento de tan insufrible bullicio. Pasó tal y quedé cavilando que si andan los coches sin bestia que tire dellos, mal negocio harán los herreros si ya no han de herrar yeguas ni jumentos, mas pronto persuadíme de que más hierro debía de llevar cada uno destos coches, pese a que anduviesen ligeros, que los cascos de un batallón de caballería, y que bien atareados debían andar en las fraguas con ellos. Luego habría de aprender que en estos tiempos no son los talleres de artistas ni alfareros, sino de maestros mecánicos, que son como las fraguas modernas que se entienden con las entrañas de los coches, y son sanguijuela para las bolsas de dineros de los que presumen dellos, pues tienen estas máquinas mil veces más achaques que las bestias. Así de ciego es el progreso y así ha embastardado el mundo, que por mantener estos engendros vive el hombre empeñado y esclavo dellos, obteniendo sólo a cambio grandes velocidades que es lo que menos ha menester uno para saborear con virtud esta vida mundana, ya que yendo mas apriesa sólo han de llegar antes a su hora última.

.../...

Pirata

Editado por Atarip en 14-09-2009 a las 18:07.
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Freeblue (14-09-2009), luisette (12-11-2009), marpirao (27-11-2009)
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

Absolutamente...genial
No añadiré nada más, pero...¿Cuándo publicamos?

Besos y continúa, por favor.
Alex
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  #8  
Antiguo 12-11-2009, 21:47
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vALE, PERO HAY ALGUIEN MAS MAS MAS ....MAS
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Atarip!!!

que nos tienes en ascuas, y el hilo se pierde....
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  #10  
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Arriba.
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  #11  
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XIX. DE LA BROMA DE DON LUIS Y EL FINAL DE ESTE SUEÑO

Obscura era la noche y grande el desamparo al pisar suelo cordobés, mas en juicioso lance di en hacer míos los pasos del batallón de viajeros, pues advertí que todos seguían un mesmo camino. Así hice hasta que se dispersaron, cada mochuelo a su olivo, y quedé yo en un desmochuelado paseo, guarnecido de algunos faroles y cuatro matojos. No era esta ciudad muy dispar a la de Madrid, salvo en la altura de los edificios, que era menos, mas no vide signo que me valiere. Anduve pocos pasos y di de narices con un paisano que llevaba un perrillo de falda, enjaezado en un cordel. El canino se afanaba en apostar cacas en el paso, y esto le entretuvo, tal que yo avecineme sin intimidar al amo e hice indagaciones, luego de encarar un par de ladridos.

-Disculpe v. m. mi atrevimiento, le ruego. Llego de la Corte y, como ajeno, no sé el camino a la santa catedral, o a los alcázares, o acaso al río, que me sirviera de seña. ¿Quedo lejos?

-Siga, siga de frente, como veinte minutos –me dijo, y por el deje supe que en Córdoba estaba, que no había mudado el tiempo acá el hablar de sus gentes-. O media hora –dijo el truhán con sorna al veer que con un cojo hablaba.

-Dios le guarde, y entre tanto guárdese v. m. Del estiércol que va sembrando –y fuime, ocupado en no pisar los cagajones, fruto templado del tal perruno vientre y de otros que fueron antes.

Largo fue el camino hasta que vide con gran júbilo para mi apaleada alma una iglesia que a fe mía mostrara uno de los paños tal como se viera en mis tiempos, y de ahí comencé a correr callejas, corrales y plazuelas que con otra guarnición pasaran por las de mis días. No cabía en mí el gozo ¿Quién tal pensara, que por unos lugares pasa el tiempo y no así por otros? Viéndome en tal escenario, silencioso como era a tal hora de la noche, entré en grita.

-¡Góngora! ¡Comparece, bellaco miserable, que traigo cuentas contigo y ya hacen monto!

A estos gritos respondió con gran jolgorio uno que iba alegre de vino, y pregúntele yo por la tumba de don Luis de Góngora. No supo éste que tal hubiera, mas con la linda tajada que se trujía tampoco supiera de cierto si parióle su madre. No fue éste el último, pues pregunté a todos los malnochadores que vide, que fueron decenas y quien no hacía burla dello se hacía el loco. Encontré al sereno una dueña, revieja carantamaulas, pasada cual orejón, su cuna y la de Matusalem ras con ras, más fea que desfile de mandrágulas y cocodrilos, más arrugada que gañote de ahorcado, la quijada huérfana de dientes, la nariz haciendo tijera con ella, los dedos tarascas de huesa, por ademán un rictus y por sonriso un réquiem. Vendía en un chaflán tocinos embuchados en mendrugos de pan y a mi averiguación dijo que acaso en la mezquita, y acaso ello lo recordara de propria vivencia de puro vieja. Reíme yo de que fuera Góngora enterrado en campo de Mahoma cual perro infiel, mas ha de ser agora como en mi tiempo esta mezquita basílica cristiana. Fui y halléla, tal como la vide en mi siglo, acaso más ajados los portones, cerrados por los cuatro flancos, tanto el que miraba a Meca como el que le daba el culo. Grité otros tantos góngoras y no llegó nadie, tal que hice voto de apostarme en los umbrales hasta la amanecida, confiando que vinieren los sacristanes a abrir a maitines. Dormido quedé en un peldaño, cual buscón harto de bota. Ya era poca cualquiera humillación tras lo que soportaba a mis espaldas en este día.

Despertóme la aurora y vide que no estaba solo, que me asediaban pichones y palomos. Espánteles y volaron, aunque de buena gana hubiera hecho presa alguno convidándolo a mi desayuno. A falta dello entré en un palacio que hacía las veces de posada, busqué las necesarias, señaladas como servicios, por el buen servicio que hacen al que se ha acuclillar y darse a pujos, y allá cabalgué una letrina de asiento, orinal descomunal con tapadero, aliviándoseme el vientre con grandes relinchos de las nalgas, lo que dio buen puchero de cámaras, meconio de los siglos. Luego de ciertas maniobras y evoluciones que hube de hacer para no desportillarme el carajo con el tapadero, que era de dos piezas, límpieme lo sucio con un ovillo sin fin de pliego muy oportuno que hallé allá mesmo, ataquéme las calzas y huí apriesa, pues era grande el hedor de la churre que dejé allá untada. Aliviado desto apostéme en una mesa bien guarnecida de las que hallé en el patio y regalé al buche pan con aceite, a falta de manteca, y uno de estos cafés, que es como beber brea, por lo negro, caliente y amargo. Había otras frioleras y enjuagues dispuestos, mas no vide morcillas, ni perdices ni gallinas, ni cosa apetecible ninguna. Pagué en moneda al posadero, con esas piezas tan curiosas que son por el canto de oro y por el principal de plata o lo opuesto, y di por comido a mi triste estómago, que apenas había barrido aún de él las telarañas de tantos siglos.

Salí a la brisa mañanera, llegándome hasta el río de peregrino caudal. Alivió mi alma reseca la visión del agua en su discurso eterno ante la nobleza de esos muros y ablandóse a tal punto la ruindad de mi mumificado corazón que llegué a abrazar la idea de pedir perdón a Góngora. Bien visto, nada que perder en el lace había, pues bien podía salir yo salvado y él verse muerto en vida, que sólo a tal protobastardo se lo deseo por la tirria que le debo, o bien quedaría yo como estaba, desenterrado y escarmentado, y él enterado de que ni muerto le he de dejar tranquilo. Recordé las palabras de la postrera hora de Diego de Torres sobre las aguas del río que habían de llevar las almas al perpetuo descanso y vide en este Gualdalquivir cien Nilos, haciendo de los califas faraones y viendo ya mi espíritu pasajero de su paz, escoltado por blanquísimas garzas rumbo hacia el majestuoso impero del sol poniente.

Desengañóme destas ilusiones el sol de la mañana, clamando a la vida tan contrario a mi anhelo, que ya me quemaba la frente y la nasal. Atrasé mis pasos a la catedral mora y hallé la puerta abierta al fin, tal que entréme en los patios, que guardaban naranjos bien ordenados, y allá vide con pasmo grandes multitudes de extranjeros, los más de las Indias Orientales, juzgando por lo desvaído de la tez, lo chato de las narices y lo sietedurmiente de sus ojos, como henchidos de legaña. Campaban ufanos por doquier mirando las cosas a través de unas arquillas, que acaso la rendija que abrían los párpados no daba para veer las cosas por sí. Con estas cajas, que son las camarillas de que me hablara Don Diego, se lanzaban centellas unos a otros, como por juego, pues en sabiendo que iba la centella a ellos, quedaban muy quietos, aguardándola con grande sonriso y expectación y, en saliendo ésta, hacían mucha fiesta dello.

Esclavos no eran, pues grillos y cadenas no llevaban. Piratas tampoco, pues iban mugeres y niños con ellos. Disimuléme entre ellos, que eran hordas, y parecían gente de paz, pues daban en sonreírme con la boca llena de dientes, que no les cabía ni uno más. Uno era jefe, pues hablaba en su babélica jerga dando muchas disposiciones y todos escuchaban, y les decía dónde debían marchar y dónde detenerse, y yo iba con ellos a rebaño, hasta que vime dentro del edificio y cánseme del juego. Estando ellos entretenidos en una capilla, el patrón hablando y los demás atentos tirándole centellas a un San Ciruelo y San Pito que hubiera, escabullíme con zorras artes y alejéme hasta verme perdido en la soledad del templo.

..../....


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gracias
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Sergio Ponce


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