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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#27
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Cita:
Por cierto, el vídeo me ha recordado a un capítulo de "Las inquietudes de Shanti Andía", de Pío Baroja: "Sali de la atalaya, cruce el Rompeolas. El mar saltaba por los malecones y llegaba hasta las mismas casas, haciendo un ruido de terremoto. Metiendome por el agua, llegue hasta el angulo del muelle y dije a los pescadores lo que pasaba, lo que me habia dicho el atalayero. Se solto el bote de salvavidas. Larragoyen y otros marineros fueron entrando, a pesar de los gritos de sus mujeres. A mi me miraban, como diciendo: ?Que ira a hacer este? Salte al bote, y Larragoyen, con una galanteria marina, me dijo que dirigiera yo. La lancha no tenia timon. Para momentos peligrosos, es mas conveniente un remo largo, bien sujeto a popa, haciendo de espadilla. Todas las mujeres y chicos nos contemplaban con ansia. Era un momento aquel por el cual yo tenia la certidumbre de que habia de pasar alguna vez en mi vida. Quiza mi sino era morir asi, en el mar, de heroe, y que los chicos de mi pueblo hablaran de Shanti Andia como de un personaje de leyenda. La primera impresion al entrar en el bote fue de sofocacion; los sudestes y Ciras de los pescadores echaban un olor, mezcla de aceite de linaza, de pescado frito y de agua de mar, muy desagradable. Esperamos a ver lo que ocurria, los seis hombres en los remos; yo, de pie, en el timon. Una de las barcas paso; la otra, segun dijeron, se perdia. --iHala! iFuera!--dije yo. Salimos de las puntas. El horizonte se llenaba de nubes negras, cuyas formas cambiaban continuamente; a lo lejos, en el fondo del cielo, cerca del agua, se veia una barra negrisima, cuyo borde superior tenia un tinte cobrizo. Las olas, enormes, amarillas, venian de tres o cuatro partes diferentes y se rompian en un torbellino de espumas. En este momento, Larragoyen, quitandose la boina, dijo: --Un padrenuestro por el primero de nosotros que se ahogue. Confieso que la cosa me hizo muy mal efecto. Rezaron todos; yo miraba a lo lejos. El atalayero nos grito que no fueramos directamente hacia donde habia zozobrado la lancha, sino dando la vuelta. Asi lo hicimos. Realmente la tormenta era ruda; pero manejable; el viento soplaba siempre del mismo lado, sin cambiar apenas. El bote saltaba como un delfin sobre las olas. Estos peligros grandes y aparatosos quitan el miedo, sobre todo si uno tiene que asumir la responsabilidad; entonces dan la impresion de un problema de matematicas que hay que resolver. Desde el mar, el espectaculo de la tierra era extrano. El pueblo entero parecia invadido por las olas y las espumas. Por intervalos llegaba una ola casi cilindrica, como hueca, mas voluminosa que las otras. En vez de recibirla de traves, maniobramos para cogerla de frente, o, por lo menos, en un angulo lo mas acentuado posible. Esta maniobra de defensa nos obligaba a inclinarnos y a perder el rumbo. Dimos la primera vuelta, pasando por el sitio donde habia zozobrado la lancha, y recogimos dos naufragos; luego volvimos a dar otra vuelta y pudimos salvar otro; a la tercera vuelta, no encontramos a nadie. Faltaban Agapito, el novio de Genoveva, y tres muchachos mas. Nuestros remeros estaban rendidos. Nos acercamos a las puntas, y el atalayero con la bocina nos mando detenernos. Yo le dije a Larragoyen que me parecia mejor seguir e intentar pasar la barra lo mas pronto posible. Ir a guarecerse a Guetaria, con la gente cansada y anhelante, me parecia peligroso. Larragoyen nada dijo. El sostenerse alli era casi tan peligroso como pasar. Despues de las tres olas fuertes, los golpes de mar de ordenanza, como les llaman los marinos, venia un momento de relativa calma. Este momento creia yo que se debia aprovechar para atravesar la barra; pero los hombres estaban rendidos. Yo empece a ver la cosa mal; los hombres se encontraban jadeantes, demasiado cansados para hacer un esfuerzo verdadero y eficaz. Nuestra inquietud iba en aumento; la moral de nuestros remeros desfallecia. A mi me sostenia la idea de la responsabilidad. Desde donde estabamos, a veces, se oian las conversaciones de la gente en el Rompeolas; a veces, en cambio, no llegaban hasta nosotros los gritos del atalayero con su bocina. Los marineros iban perdiendo tono; cuanto mas tiempo tardaramos en intentar atravesar la barra, nuestra probabilidad de pasar era menor. El mar seguia cada vez mas furioso; las nubes corrian por el horizonte de una manera tan rapida que producian el vertigo. En esto, una ola de aquellas cilindricas, como hueca, se nos echo encima, vino en diagonal tan rapida, tan subita, que no hubo tiempo de ponerle la proa. La ola dio un golpe en la espalda de los dos primeros remeros, les hizo torcerse violentamente y paso por encima de nosotros. No hubo nadie de los nuestros que no creyera que aquel era nuestro final. Al verme todavia en la lancha, yo me indigne. --Estamos aqui parados estupidamente--les dije--. Hay que pasar. iHala! --Nada, vamos--dijeron todos. Estabamos dispuestos a hacer un esfuerzo supremo, cuando, con un enorme estupor, vimos la goleta de Machin, que venia, saliendo de las puntas, con el foque hinchado, como un cisne fantastico, rasando el agua. Todos nos quedamos atonitos. El pailebot salio de las puntas y dio una larga vuelta, con una rapidez inaudita. Llevaba dos pasajeros: Machin y su criado. Era admirable de precision: una maniobra mal hecha, una cuerda rota, y la goletilla iba al fondo del mar. Al cambiar de direccion creimos que se hundia; hubo un momento en que estuvo tendida casi por completo; pero pronto se fue enderezando y vino hacia nosotros cinendo el viento. Sobre la cubierta estaba Machin, tendido, acurrucado, y, al pasar cerca de nosotros, nos echo una cuerda. Uno de los que iban a proa la cogio y la sujeto. Nuestro bote dio un salto al ser arrastrado por la goleta y comenzo a hundir la proa en el agua. Machin, sin atender a las indicaciones del atalayero, se lanzo sobre las olas amarillas de la barra, alli donde se confundian el cielo y el mar, y paso el y pasamos nosotros con una velocidad vertiginosa, tan pronto en la cumbre de una montana de agua, como casi atravesandola por en medio. Antes de que nos dieramos cuenta estabamos a salvo; Machin y su criado bajaron las velas y nosotros remolcamos la goleta. Salimos al muelle. En aquel momento los chicos de la escuela volvian de rezar de la ermita por nosotros y nos contemplaban con admiracion. Machin sabia que entre los pescadores era odiado, y no quiso presentarse como nuestro salvador. El y su criado se retiraron. A este ultimo le detuve y le dije: --Han estado ustedes admirables. iQue bien han hecho la maniobra! --Si, el barco es bueno--dijo el criado. --Y los tripulantes. El hombre me dio las gracias y desaparecio tras de su amo." |
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