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Antiguo 20-12-2022, 21:58
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

Me estaba relamiendo esperando otro final jajaja. Qué bueno.

Cita:
Originalmente publicado por Avante Ver mensaje
Hay dos Tabarcas, y las dos son sorprendentes. En verano es sorprendente en la dirección que señala el cofrade, y sólo añado que se puede poner clarísimamente peor que lo que aparece en el vídeo. Tuve varios años amarre en Alicante, después en Costa Brava y ahora estoy en el Maresme, y Tabarca compite dignísimamente con Costa Brava o Pitiusas en saturación veraniega.

Fuera de temporada, es una isla única, donde puedes fondear o atracar en su pequeño puerto (hablo de hace ya unos años) y disfrutar de una isla que en un 80% está desierta y en el otro 20% está poco habitada (<50 habitantes), bien conservada y no falta algún sitio abierto donde tomar un buen pez. Y es una isla donde ocurren cosas extrañas y da pie, vídeos de youtube aparte, a curiosas “batallitas”

Una de ellas me pasó hará unos 15 años cuando, al poco de comprar mi anterior barco (un Puma 29), tiré el ancla un lunes de marzo, tras llegar en solitario con la intención de pasar la noche fondeado en la isla. Poco después me acordé de que no tenía gas y, como tampoco tenía ganas de cenar frío, me acerqué a su pequeño puerto, donde estaba atracado sólo otro barco, un precioso clásico de unos 11 metros y bandera francesa.

El puerto, viejo conocido de esta taberna, es pequeño y de calado justo, en contraste con su muelle, alto y de piedra, así que preparé amarras de proa y popa y salté al muelle con ambas en la mano para hacerlas firmes a los aros, oxidados, que hacen las veces de norays. Nada más saltar del barco, me sorprendió ver salir, melena al viento, una francesa del barco clásico, que me preguntó, en muy correcto español, si podía ayudarme con las amarras. Yo tendría 28 años y ella mi edad, así que, como estaba visiblemente sorprendido con su aparición y en el PER no enseñan cómo "maniobrar” ante este tipo de apariciones, la contesté con bastante torpeza en un pseudofrancés que no entendió, pese a lo que se quedó haciendo firme el largo de proa al noray mientras me ocupaba en amarrar, con más tranquilidad, el de popa. Tras agradecimientos y saludos chapurreados -de nuevo, torpemente- en francésñol-, subí a bordo a apagar el motor, a recoger y cambiarme; decidí ponerme la ropa de deporte y salir a correr a lo largo de la isla, aprovechando que tenía un rato largo por delante hasta la cena; “y, además, así, lo mismo sorprendo a la francesa”.

El caso es que, al salir, ella paseaba solitaria por el muelle y, al verme, me saludó y me preguntó, sonriente, si me apetecía cenar en su barco. Ante tal situación, para la que la DGMM no define protocolo alguno, le dije atropelladamente que “merci” y, por supuesto, que “oui” (o como se escriba), al tiempo que, en un alarde de sorpresa y agilidad, me dejaba, con gran dolor, el tobillo en el guardamancebos al saltar al muelle; por pura inercia que no me dio por interrumpir, seguí trotando y le señalé, ya no en francés ( no doy para tanto) sino con “hábiles” gestos, que salía a correr un rato. La vuelta corriendo en solitario por la isla fue memorable; recuerdo el sol poniéndose sobre cabo Falcó, en uno de esos atardeceres que se le quedan a unos grabados, lo que no exime que compatibilizara la dimensión bucólica con el ángulo utilitarista (“haré un par de fotos, y así luego se las enseño a la francesa”). Continué corriendo hacia el extremo contrario de la isla, el de Levante, donde está la pequeña parte habitada que, ya en sus últimas luces del día, tenía una apariencia fantasmal, completamente desierta. Llegué al barco ya en el comienzo de la noche y el pantalán estaba igualmente desierto, así que subí al Ocam, me di una ducha (fría, como todas las del Ocam, bastante con que ese día quedaba agua en los depósitos), pensé que ponerme (fue un pensamiento breve, sólo tenía la ropa del día siguiente) y pensé que llevar como detalle a la esperada cena (pensamiento igualmente breve, sólo tenía mucha cerveza y un fuet con palitos).

Así que me planté en el muelle, con la cerveza y el fuet con palitos, y me acerqué al barco vecino. Seguía sin verse a nadie; “lo mismo la francesa ha salido a dar un paseo”, así que me di yo dos por el muelle y, tras seguir sin ver a nadie, me situé frente al bonito velero y saludé en el poco francés que sabía; el caso es que mi saludo debió causarle una honda impresión, entre otras cosas, porque de las dos palabras que dije en francés, una la confundí y la dije en catalán [pronunciado por un madrileño]; su impresión fue, en cualquier caso y sin duda, incomparable a la mía, cuando, tras mis saludos, apareció al fin su inconfundible melena rubia por el tambucho de salida según subía las escalas… y acto seguido el resto del cuerpo, que resultó el de ser un hombre, unos diez años mayor que ella y con barba, que amablemente me invitó a pasar a bordo.

El caso es que, tras dos horas creyéndome Ulises en Ogigia, me di de bruces con la dura realidad, en la que la invitación a cenar era real, pero igualmente real era que, a diferencia de lo que me había dado por imaginar, la francesa no viajaba melena al viento y en solitario, sino con su marido parisino, tres hijos pequeños y en conserva con otro barco que aparecía por la bocana en ese momento, con una familia de cuatro suecos con los que resultó que compartían travesía tras haberse conocido en Gibraltar. Así que la cena que yo imaginaba con velas y “a dos” se transformó en un tropel de 10 personas (5 de ellos, niños entre 2 y 7 años) en la angosta mesa del Clásico de 11 metros; ante tal rolada del “viento”, no me quedó otra que adheririme, con tanto entusiasmo que, cuatro horas más tarde, sólo quedábamos el francés, el sueco y yo alrededor de los restos de la botella de un terrible licor sueco que le había dado por macerar con no sé qué hierbas que cogió en Marruecos; creo recordar, algo más tarde y mucho más difusamente, a la francesa llamándonos al orden a los tres, que al parecer cantábamos demasiado alto, con lo que tocó arriar velas y autoestima y volver al Ocam -otro golpe en el tobillo mediante- a dormir una noche muy distinta a la que, horas antes, había anticipado.

Tabarca es única, sin duda. Dentro y fuera de temporada.

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