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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#4
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El mundo exterior se fue complicando rápidamente. El día 15, que cayó en lunes, hubo un golpe de estado en Chipre y el arzobispo Makarios, un tipo que vestía como Belfegor y que era a la sazón el presidente de la república, huyó de la isla en un caza inglés, según publicaron los periódicos. Supongo que iría como pasajero. Nuestros armadores y sus hijos se marcharon a Atenas el miércoles y nos dijeron que regresarían la próxima semana para continuar sus vacaciones. Mientras tanto podíamos hacer lo que quisiera el capitán, que, por cierto, llevaba un par de días con la mirada huidiza y haciéndose nerviosos tirabuzones en el pelo del pecho.
Mi joven reina y yo pedimos permiso para pasar todo el viernes en tierra para ir a la playa y, luego, de compras por la ciudad. Por suerte, y pensando en las compras, cogimos ambos nuestras carteras con los pasaportes y el dinero, porque serían sobre las doce del mediodía cuando, desde la playa, vimos pasar nuestro barco navegando a toda máquina hacia el Sueste. Nos quedamos boquiabiertos y sin saber qué hacer. En aquel tiempo feliz, aún no se habían inventado los teléfonos móviles y no había modo de saber si el barco iba a regresar más tarde o si se estaba marchando por alguna razón y, a la vista estaba, por patas. La duda nos la aclaró el amable señor Potonidis, que era un consignatario de buques que se encargaba también de los asuntos del yate, a cuya oficina acudimos a toda prisa. El barco había recibido la orden de salir hacia El Pireo sin perder ni un instante. Nos habían dejado en tierra puesto que no podían esperar a que regresáramos de nuestro día de playa y shopping, pero también porque ya no iban a necesitar más nuestros servicios debido a que ciertas circunstancias adversas obligaban a suspender las vacaciones sine die. Le habían dejado al consignatario, en dólares americanos, la parte de nuestro salario del mes en curso, un generoso premio por nuestra dedicación y una cantidad adicional que debería cubrir el precio de los billetes de avión para regresar a Marsella o a donde tuviéramos a bien dirigirnos. Gentilmente nos permitió llamar a nuestras familias desde su oficina para que, en la medida de lo posible, las tranquilizáramos. Salimos a la calle un poco desorientados pero sintiéndonos bastante ricos. Yo no había empezado a pensar todavía cuando sentí que ella me sujetaba el brazo y me obligaba a detenerme. ¿No notas algo raro en el ambiente? Se ven muy pocos turistas. Le contesté que el turista tendía a ser pusilánime y que era normal que abandonase un país en el que se acababa de producir un golpe de estado. Lo que debíamos hacer, le dije, era buscar un hotel donde pasar la noche (yo, a lo mío) e ir a comprar algo de ropa y un par de mochilas o, añadí rápidamente al ver su expresión, una mochila para mí y una maleta para ella. Mañana, le dije sin saber que el Destino tenía hechos sus planes, nos ocuparemos de ver el mejor modo de volver a casa. Editado por Tahleb en 23-06-2012 a las 16:39. |
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