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RELATO DE MI AMIGO ELIAS MEANA
SOBRE LOS "HERMANOS DE LA COSTA" CON SU PERMISO...UN SALUDOS De: Elías Meana Díaz [mailto:e.meanadiaz@.com] Enviado el: martes, 17 de enero de 2017 21:19 Para: Juan A. Gomez Tierrapadentro Aquí tienes este escrito y publicado en 2007. Si quieres más relatos cortos todavía me quedan, LOS “HERMANOS DE LA COSTA” En la década de los sesenta, la práctica del contrabando era algo habitual en muchos barcos mercantes; los sueldos, aunque superiores a los que se percibían en tierra, en general no daban para muchas alegrías, y mucho menos alcanzaban para ir haciendo ahorrillos cara al futuro, aunque a decir verdad, no todos los que transgredían la ley lo hacían por otra “necesidad” que no fuera darse algún que otro capricho, o correrse alguna que otra juerguilla sin que les doliera el bolsillo. Se contrabandeaba con todo lo imaginable, a excepción de las drogas, siempre y cuando no consideremos como tales al tabaco y el alcohol, que eran los soberanos del matute y los más fáciles de “colocar”, puesto que, en ocasiones, los compinches en tierra eran los propios aduaneros. Como decía, el abanico de este “negocio”, era, además de amplio, variopinto, pues lo mismo se trapicheaba con la píldora anticonceptiva (recuerdese de que época estamos hablando), que con las pelotas de tenis, de golf, o con los décimos de la lotería nacional, que gozaba de gran prestigio en Suramérica. Quien esto escribe (imagino que el delito habrá prescrito), llegó a ahorrar lo suficiente como para dar la entrada en la compra de un “600”, gracias al beneficio obtenido “importando” trencas. Está prenda, estaba muy de moda entre los “progres”, pero las que se podían comprar en España, eran muy caras y solo estaban al alcance de los “niños bien”, de los pijos, vamos. Las trencas, las comprábamos en Inglaterra a setecientas pesetas, y las colábamos en los puertos del Norte de España poniéndonos una encima de la otra. Yo, como era delgado y largo, me superponía tres cada vez que bajaba a tierra. Más de dos mil pesetas (de las de entonces) sacaba de beneficio con cada paseo. Pero no siempre se ganaba, a veces también se perdía, y de eso va esta historia, de cómo en ocasiones nos tomaban el pelo hasta los compinches en tierra, tal y como ocurrió en el caso que voy a contar, ocasión en la que, para mayor cachondeo, además de traerles el “pedido a la carta”, “los “hermanos de la costa”, eran la Autoridad competente. Ocurrió durante el segundo viaje que dábamos al puerto mejicano de Coatzacoalcos, donde a la vera de los pozos petrolíferos hay una gran refinería, y en cuyo pantalán, cargábamos el crudo con destino a la Española de Escombreras. En el primer viaje, como no conocíamos el terreno y aunque suponíamos que estaría bien “abonado”, no quisimos arriesgarnos, y, en Las Palmas, puerto en el que, habiendo salido de Cartagena, hicimos escala para hacer víveres y repostar, sólo metimos unas pocas cajas extras de Winston y otras pocas de coñac Terry (el de la malla, que era el más apreciado en América del Sur). El alijo, que por lo escaso y el abuso de los “hermanos”, no dio ni para una media farra en el boliche de turno, se lo “vendimos” a los agentes de la aduana que, a bordo de una lancha patrullera, salieron a recibirnos unas millas antes de tomar el práctico. A los de Aduanas, les vimos el plumero de inmediato, mejor dicho, no tuvieron empacho en dejárselo ver, tal y como solía ser habitual en aquellas latitudes. Eran seis, pero sólo subieron cinco, todos con los pistolones al cinto, el sexto, se quedó al cuidado de la patrullera que permaneció abarloada al costado del petrolero durante toda la visita. ¿En qué podemos servir a los hermanos de la Madre Patria? preguntó el que mandaba, con sonrisa y ojos de marrullero, al poco de que, tras recibirles con toda ceremonia, les invitáramos a pasar a la cámara, donde sobre la mesa ya aguardaba una botella bien fresquita del Tío la Guita, un buen plato de aceitunas, otro de almendras fritas, y un queso de cabra al que sólo le faltaba el trocito de la cata. Nos hicimos los tontos, pero a la tercera indirecta, entramos al trapo y pasamos a hablar del “bisnes”, como ellos calificaban al negocio del matute. No se creían que solo trajéramos “cuatro cajas”, y cuando disgustados, se convencieron de que no había más “cera”, nos obligaron, entre bromas y veras, a venderles parte de las existencias legales; aquellas destinadas a nuestro propio consumo. Cerrado el trato, y a sabiendas (por ambas partes) de que daríamos un segundo viaje, pasamos a tomar nota del “pedido” que la autoridad nos hacía; un “bisnes” que, como ellos decían, nos iba a colmar de plata los bolsillos. Lo que pretendían que trajéramos, suponía mucho dinero, pues al tabaco, coñac y güisqui (un motón da cajas de cada), añadían tres números completos para el sorteo extraordinario de Navidad de la Lotería Nacional, y tal cantidad de décimos, a 500 pesetas, era un pastón que no estábamos dispuestos a invertir, ha no ser que los beneficios, además de garantizados, estuvieran acordes con el capital adelantado. Una hora larga estuvimos discutiendo el asunto. (Menudo teatro gastaban aquellos cabrones). Al final, viendo que si querían la lotería tenían que mojarse, pusieron sobre la mesa 850 dólares americanos (unas 75.000 pesetas), y cerramos el “bisnes”. Treinta y ocho días después, estábamos de vuelta; faltaba un mes para Navidad, y los Reyes Magos nos iban a traer mucha plata… A veinte millas de tierra, a poco de que amaneciera, surgió en el horizonte la patrullera de nuestros amigos seguida de un pesquero. Paramos máquina, y una media hora más tarde, las dos embarcaciones se abarloaban al costado de estribor, y de seguida, comenzó el trasbordo de cajas. “Todo a bordo, patrón”, informó al jefe de los aduaneros, uno de los supuestos pescadores, apareciendo en la puerta de entrada de la cámara. —Todavía no habíamos visto ni un solo dólar de los 1.950 que nos debían tras deducir los 850 adelantados El jefe, hizo una señal a sus subordinados (eran los mismos de la vez anterior), se llevó a los labios la copa de fino La Guita, lo paladeó, se lo echó al buche, y, con parsimonia, dejó la copa sobre la mesa. Luego, como el que no quiere la cosa, llevó la mano derecha a la cartuchera a la vez que la izquierda echaba mano a la carpeta que contenía los pliegos de la lotería. “Nos debéis 850 dólares, hermanos”, dijo con una sonrisa de oreja a oreja, apuntando con el pistolón a la cabeza del Viejo. (la del capitán, para los neófitos). Elías Meana Díaz |
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