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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#11
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El día que se marchó Diego, no dejaba de ser un poco triste. No me gustan
las despedidas. Fran nos llevó en el coche hasta el aeropuerto Princesa Juliana, el de la parte holandesa, ya que es internacional. Desde el otro, el de Grand-Case, solo se vuela a islas vecinas. Le vimos alejarse, camino del puesto de facturación. Se me antojaba contento, pues iba a volver a ver a su pareja y a su familia, tras casi cuatro meses. Me daba la impresión, que le apetecía mucho. A ese respecto, se podría decir que soy algo más "descastado". Aunque, por supuesto, también tenía muchas ganas de ver a mis nietos, mis hijos y mi esposa, el saber que estaban bien me dejaba satisfecho. Y es que si se quiere hacer un largo viaje, en el que se va a estar muchos meses fuera, hay que estar vacunado contra la nostalgia. No se puede estar todo el tiempo pegado al teléfono o al ordenador, pendiente de los orarios, para hacer videollamadas diarias y/o estar continuamente respondiendo mensajes de Whats App. Porque entonces, ni se está aquí, ni se está allí. ¡¡Carpe diem!!. De vuelta, Fran se quedó en el Geminja, con su esposa, Nuria y Manuel, para comer en el pequeño "chiringuito" que llevaban ellas, donde daban menús a medio día, para los trabajadores del varadero. Una vez que cerraban el comedor, se quedaban los cuatro para comer. Luego ellas cerraban "el negocio" y ellos continuaban con su trabajo (los dos eran empleados del varadero). A mi no me apetecía comer aún, por lo que decidí irme al barco dando un paseo. Lo habíamos dejado esa misma mañana, al fondo de la Marina Port Royal, frente al Spinnaker, a menos de 500 de donde comían nuestros amigos. Y caminando de vuelta al cata, dejando la mente en blanco, sin pensar en que hacer o dejar de hacer, me invadió una estupenda sensación, que hacía que me sintiese ligero, como si flotase. ¡¡No había fumado nada!!, os lo juro. Pasé por la puerta de un bar, donde días antes habíamos visto perder al Madrid 2-0 ante el Borussia Dortmund y "se me antojó" una cerveza. Esta vez no tenía que consultar con nadie. No tendría que pensar si era mucho o poco lo que costaría. Simplemente me apetecía y lo único que tenía que hacer era acercarme a la barra y pedirla: "une bière, s’il vous plaît". Son esos pequeños detalles, los que en definitiva, determinan nuestras futuras acciones. En aquel momento, acababa de convertirme en un navegante solitario. O como mucho, con mi pareja. Esa noche dormí profundamente. Los restaurantes de la marina cerraron pronto (para nuestra manera de ver los horarios) y un omnímodo silencio se apoderó de los pantalanes. No había viento sobre las jarcias, que hiciese repicar la driza en el mástil de algún velero. La calma había estallado. Y esa noche soñé. Soñé con el niño que era, al que el cuerpo se le iba haciendo viejo. Soñé con los proyectos vividos y con los que estaban pendientes. Soñé que no importaba cuantos llegarían a hacerse realidad o cuantos se quedarían en el camino. Soñé que la vida es una senda, por la que nos vamos abriendo paso, para alcanzar nuestros objetivos, para encontrarnos a nosotros mismos. Soñé que mientras te buscas, sigue quedando senda, sigue quedando vida. Soñé con que era un niño, aunque no extrañaba llevar un cuerpo viejo. Eufórico me levanté a la mañana siguiente. Al quedarme sin barco, tras la venta de El Temido lll, mi intención era la de darle rienda suelta a una idea que tenía desde joven, que no era otra que hacer mi propio barco. Ya tenia en mente muchos de los datos y de los números, que iban a darle forma. Pero esta noche había subido a bordo. Tenía ganas de contárselo a los amigos y me fui directo al Geminja, donde me encontré con Svetlana y Gabi, que ya habían vuelto de hacer el chárter en las Islas Vírgenes Británicas, que estaban junto con Manuel y Fran. Brindamos por la venta de El Temido lll y por el nuevo El Temido lV ..... o como se vaya a llamar. Un día después, ya estaba volando desde Grand-Case a Pointe-à-Pitre, capital de Guadalupe. Para desde allí, seguir hacia París y luego a Sevilla. Entre vuelos y esperas, 24 interminables horas. Veinticuatro interminables horas, que te dan tiempo para reflexionar. Para hacer balance de lo vivido en este tiempo. Valoras las muchas maravillas de la naturaleza que has visitado, desde la inmensidad del océano, a los arrecifes de coral, o la exuberante vida salvaje de mar Caribe. Pero también tomas nota del esa especie de viaje en el tiempo que haces, que te vuelve a llevar a calles sin asfaltar, a desagües sin canalizar, a viviendas sin agua potable, a personas sin vestimentas mínimamente aceptables... en definitiva un mundo que aveces, te recuerda al de tu infancia y al que le damos la espalda. Y por último, añadiría ese viaje que se hace hacia el interior de uno mismo, que te ayuda a conocerte. Y si amigos, trae a cuenta. Son tres viajes, por el precio de uno. Epílogo: Es evidente, que la ausencia de la más mínima épica, unido a mi escasa capacidad prosaica, no pueden hacer que esta narración, sea considerada literariamente de valor alguno. Agravado, además, por el hecho de tratarse de un viaje, donde ni siquiera se le rompe una uña a cualquiera de los protagonistas. Ciertamente, poco había que contar. ¡¡Demasiado he alargado esto!!. ![]() Pido disculpas por ello. ![]() Muchas por haberme acompañado hasta aquí.Salud y ![]()
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