Un día, durante la pasada semana –no importa cual- salimos a navegar. Como siempre, Spi –mi perro-,mi barco y yo. Dispuestos y deseosos de hacer el amor con la mar. Un acto de amor rutinario, como la rutina de los amantes que se aman y y se conocen desde siempre. Ternura y movimientos armónicos llenos de cariño y comprensión. Navegar... navegar... sólo los navegantes del corazón pueden apreciar y comprender el significado armónico de estas palabras, de esta dulce rutina.
Todo parecía normal, nada hacía presagiar los acontecimientos que se nos avecinaban. Navegábamos rumbo al Faro de Pechiguera, la puerta del Atlántico. Hacia poniente, otras veces, navegamos a levante, otras a mediodía, pero esta vez, no por casualidad sino por una causalidad desconocida, navegábamos a poniente.
Dejamos por el través el faro, por proa el atlántico, salvaje, libre. Hoy parece que nos espera, está agitado, puede que esté nervioso o se esté riendo en un ataque de hilaridad, no lo sé, ya lo veremos, pero está agitado.
Penetramos en él, primeras caricias, primeras tentativas. Mantengo el rumbo de forma suave, no agarro el timón, lo acaricio, lo palpo, corrijo su rumbo hacia sotavento. Como siempre, el barco es impetuoso. Quiere orzar, dirigirse a la mar. Pero le digo: “despacio.... despacio.... el amor requiere tiempo....” y corrijo su rumbo, de forma suave hacia sotavento.
Poco a poco, viene la mar del noroeste, una mar alta y larga. Ondula la mar como las dunas al desierto. Pero hay otras olas, otra mar corta, se superpone a la mar larga y empieza el baile que no esperaba. Es una mar corta, muy corta, de movimientos bruscos.....¡Mar!....¡Sal!....¡Viento!...¡Luz!.... ¡Espuma!....Una mar de pinceladas cortas. Cargadas de fuerza.... ¡Pasión!.... ¡Locura!.... ¡Amor!... ¡Ternura!... pinceladas sin verbo, sin estructura....¡Blanco!....¡Azul!....¡Amarillo!.... . Colores fuertes, intensos. Colores canarios, los colores de mi barco, los colores del océano....
Ya de vuelta, en el relax del climax, nos damos cuenta de que el tiempo dejó de existir, atrás quedó la estela. Testigo silencioso, cómplice y celestina donde depositamos los flujos de nuestro amor.
Pasado el través del faro, Spi me mira a los ojos y me dice: ¡Fabuloso! Hemos pintado un cuadro, mejor aun, hemos formado parte de él. Un cuadro impresionista, un homenaje a Vincent Van Gogh.

