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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#3
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Una tarde su encuentro con José le deparó una grata sorpresa
-En marcha Carmen, ya ha llegado tu hora- Carmen se sorprendió, nunca había ido a ningún lado con su amigo. Parecía como si el único lugar en el que éste se hacía presente era en la playa -¿Dónde vamos? -A navegar ¿no es eso lo que querías? Carmen no se lo acababa de creer. ¿A navegar? ¿Cómo? Un cosquilleo fue adueñándose de su tripa. ¿Le estaría gastando una broma? José cogió de la mano a Carmen y la llevó hasta el puerto. Los pies de ésta parecían no tocar el suelo, no acababa de creérselo. Su cuerpo era un hervidero en el que se cocían toda clase de emociones, estaba muy ilusionada, pero además sentía por un lado incredulidad, por otro la invadía el miedo ¿y si se mareaba o se asustaba? O lo que era peor ¿y si se decepcionaba? Llevaba años idealizando la mar, todos los días. ¿Se habría creado un concepto erróneo y navegar no era como tal como ella esperaba? Pensar en esa posibilidad era lo que más la aterraba. Fuese como fuese, era el momento de averiguarlo, de saber si se convertiría en una hija de la mar. Llegaron a un pantalán y pararon frente a un pequeño velero atracado de popa, en el espejo podía leerse el nombre: Cote. José subió a bordo dando una zancada. Y ahí estaba ella, midiendo la distancia entre el pantalán y el barco, mirando el agua que había de por medio. -¡Vamos! Sube a bordo grumete. A Carmen le entró el pánico. Sus pies, al borde del pantalán no le respondían, ¡parecían estar tan lejos de la embarcación! No lo conseguiría, caería al agua. -¡Me da miedo! -¡Vamos no seas boba!, no vas a caer. Deja de mirar al suelo y mírame, solo tienes que dar un pequeño salto. Confía en mí- José extendió su brazo Tenía razón, se estaba comportando como una tonta, sólo estaba a un paso de alcanzar su sueño y ni tan siquiera se atrevía a subir a bordo. Miró a José a los ojos y en ellos vio la mar. ¡Claro que confiaba en él!, era el patrón que la conducía a conseguir sus anhelos. Saltó, sin mirar abajo, un solo paso y bajo sus pies la cubierta, una superficie flotante. Nada había cambiado ¿o sí? Una vez a bordo a Carmen aún le temblaban las rodillas, estaba nerviosa. -Hazte al timón -¿Yo? Pero… si no sé navegar -Vamos, no me digas que durante todo este tiempo has hecho oídos sordos a todo lo que he ido explicándote. Tranquila Carmen, yo estaré a tu lado. Enfilaron la bocana, y una vez fuera del resguardo del puerto todo cambió. El balanceo bajo sus pies se acentuó, y sus sentidos empezaron a despertar. La tarde caía y por proa el horizonte ofrecía una impresionante paleta de tonos anaranjados. -Apróate al viento, vamos a izar la mayor. El viento… ahí estaba, en forma de suave brisa acariciando su rostro. Percibió el aroma de la mar, y a su memoria volvieron recuerdos de su infancia, el olor a pescado de las manos ásperas del muchacho que en su día la acarició compasivo. Pero esta vez era una caricia suave, juguetona. Pararon motores, y el silencio, tan lleno de matices, acabó de invadir todos sus sentidos ¡Sí! La mar era lo que ella esperaba, en esos momentos deseó no regresar, quería quedarse allí para siempre. Entonces José se acercó a ella y le susurró al oído: -Deja que las olas te acaricien y que la brisa del mar peine los rizos de tu pelo En ese instante comprendió a qué se refería José al hablarle de los hijos de la mar. Y es que en ella se percibía una sensación maternal, te arropaba, meciéndote, el sonido de la brisa contra las velas se le antojaba un canto dulce, como una nana. Se sentía bien, como si estuviera en su hogar, como si siempre lo hubiera sido. Recorrieron la bahía mientras que José la animaba a jugar con las velas, a descubrir por sí misma como gobernar el barco. La noche llegó, y con ella un nuevo descubrimiento: el cielo era completamente distinto allí fuera. Un tapiz brillante los cubría, ¡nunca había visto tantas estrellas en el firmamento! Desde tierra apenas se apreciaban la mitad, pero allí, en medio de la nada y de un todo, el cielo cobraba vida propia. José sacó un termo y sirvió dos tazas de café. -Gracias José, y no me refiero al café, sino a todo lo que me has regalado. El destino te cruzó sin saber por qué en mi camino, pero bendita casualidad la que te trajo hasta mi. -No fue por azar Carmen, te busqué. Hace muchos años hice una promesa. Mi padre se pasó meses enteros hablándome de una niña que pasaba los días mirando a los barcos, una cría en cuyos ojos se leía la pasión por la mar. “Navegará, José, es su destino, y me encargaré de que se cumpla” Así me lo dijo una y mil veces. Poco después enfermó, un poso de amargura le acompañó hasta la muerte: te había dado su palabra, veía que su hora llegaba y no alcanzaría a cumplir su compromiso. Las gentes de mar siempre están ahí cuando se les necesita y en cierto modo sentía como si te abandonara a tu suerte. Su última voluntad fue que me asegurara de que recibieras tu bautismo de mar, le prometí que así sería y aquí estamos. Y me alegro por ello, porque sé que esté donde esté mi padre se sentirá satisfecho. Carmen vio pasar una estrella fugaz. A su memoria vino la sonrisa desdentada del viejo Antonio, quiso creer que les miraba desde el cielo, que esa estrella era un guiño. Sonrió. Lo sabía, El Raspa era un hombre de mar, no le podía fallar. A partir de ese día Carmen se dedicó a navegar, haciendo planes, buscando su propio barco. La mar, tal y como vaticinó el padre de José, la había enganchado, y ya no podía pasar mucho tiempo alejada de ella. Sin embargo, seguía teniendo una espina clavada, un asunto pendiente. La embarcación del Raspa seguía en la playa, durante todos esos años apenas había recibido mantenimiento alguno, y estaba muy deteriorada. Aprovechando que José debía emprender un largo viaje, se propuso ocupar su ausencia en la barca de la playa, quería devolverle el lustre de años atrás, en cierto modo era el barco con el que siempre había soñado navegar. Echaba de menos a José, más de lo que esperaba, se había acostumbrado a él y era extraño no tenerle a su lado en la playa, pero su nueva labor la mantenía despejada. Empezó por revisar la estructura del casco. Lo ignoraba todo, pero sabía apreciar qué madera aún podía aprovecharse. Cada dos por tres visitaba una carpintería de ribera cercana, para fijarse en su labor, preguntando todo aquello que le producía curiosidad. Hizo lo mismo con todos los armadores de la zona. Después volvía al barco, durante días enteros, aplicando lo aprendido, hasta que la tarde caía y la falta de luz le impedía continuar. Poco a poco entre los pescadores se despertó un afecto especial por Carmen. Se habían acostumbrado a verla allí, a responder a sus preguntas sobre los barcos, la veían trabajar sin descanso con un arrojo del que muchos hombres carecían. Una mañana que dedicaba a lijar la regala se le acercó uno. -Si pretendes que este cascarón vuelva a flotar otra vez, antes de seguir lijando deberías revisar a fondo las cuadernas, y sustituir algunos tablones del forro, la madera está podrida por algunas zonas- dicho eso, el hombre subió a la embarcación, y empezó a señalarle las partes más débiles que urgían ser repuestas. Creo que queda mucho trabajo por delante pero 4 brazos siempre trabajarán mejor que dos. Antes de que Carmen saliera de su estupefacción otro pescador se arrimó -Buena cosa harías si dejaras que este grumete de 3 al cuarto te dijera como hay que poner a son de mar un barco. Cuenta con dos brazos más si no quieres naufragar nada más botarlo. Una voz ronca se sumó: -¡Que el demonio me lleve! ¡Donde vamos a llegar! Una mujer en un barco de pesca, esto no nos traerá nada bueno, no señor. Pero que no se diga,- el hombre de voz quebrada hizo un guiño simpático a Carmen- cuenta dos brazos más, que la memoria del Raspa bien merece que esas viejas maderas caten de nuevo el salitre. Carmen se emocionó, por primera vez en mucho tiempo una lagrimilla corrió libremente por su rostro. Poco a poco el grupo aumentó. Iban todos los días, tras terminar de faenar. Los días de descanso eran una fiesta en la playa. Las mujeres llevaban viandas, y el ambiente que se respiraba era especial. Trabajaron duro, pero su labor fue llevadera amenizada con miles de anécdotas marineras que contaban los pescadores. Fanfarroneaban exagerando el tamaño de sus capturas, llegando incluso a discutir como niños, pero sus enfados se zanjaban pronto con un apretón de manos y alguna broma. Poco a poco el barco retomó vida. La pintura acabó de devolverle el esplendor que luciera años atrás. -Carmen, ha sido cosa tuya recuperar este barco. A ti te corresponde su bautizo. Pero antes ha de volver a lucir su nombre. Y nada de cambios que trae mal fario. ¿El nombre? Ni tan siquiera había pensado en ello ¿Cómo se llamaba? Fue fácil adivinarlo. Al día siguiente bajó a la playa con un bote de pintura azul. Pintó letra a letra minuciosamente. Ahora sí, ya estaba listo para ser devuelto a su medio, para mecerse de nuevo en la mar. La tarde que José regresó, Carmen esperaba impaciente en la playa. Esbozó una sonrisa de satisfacción al ver la expresión de sorpresa de su amigo. Le tendió la mano a modo de invitación: -Vamos José. Hoy seré yo quien te lleve a navegar. |
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