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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#1
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LLegando de otro post y reflexionando sobre nuestro día perfecto, sobre nuestra tormenta perfecta, me atrevo a contaros el mío.
-------------------------------- La tenue luz de un sol incipientemente abrasador ilumina la habitación, llega a mis ojos como dos finas drizas izando mis párpados, lenta, suavemente. Miro, y me gusta lo que veo. Remoloneo entre las sábanas buscando unos minutos más de mente en blanco, mientras mis manos se deslizan bajo la almohada. La abrazo, y se abre una ventana. La brisa hace cosquillas con mi flequillo, y las puertas de mi nariz se abren para recibir lo que me trae: algas, sal, espuma. Y pensar que en otro tiempo el olor anhelado era el café!! Un tierno fantasma se abalanza sobre mí con sus brazos de perfumes marinos, me destapa, me arrastra sobre el suelo de madera hasta la puerta, la traspaso sin percibir siquiera si está abierta o cerrada, y allí aparece, brillante, cegadora, inagotable. La mar. Me hipnotiza. Me trajo un regalo durante mi sueño, lo dejó a pocos metros de mi orilla. Es un pequeño menorquín, no sé donde empieza ni dónde acaba… pues el azul de su casco se confunde con el turquesa del agua. Me mira fijamente, su proa apunta a mi entrecejo, como desafiante, emanando seguridad en sí mismo de una forma casi impertinente, insolente, con un desdén intrínseco. No soy dueña de nada en mí, mis pies se mueven solos, la dorada arena resbala sobre sus empeines y me acaricia como las manos de un bebé. Se llama Canela. Su nombre está grabado en color negro sobre la frente de un sol de madera, en la amura de estribor. Me detiene, quiere que le vea bien. Dirige mis ojos sobre mi hombro derecho hacia una palmera volcada sobre la orilla, me lleva hasta ella y me sienta sobre el tronco. Mis muslos se quejan, está áspero. Me estira el camisón y me vuelve a sentar. Se mece tan levemente que las olas parecen traspasarlo desde la popa. Frunzo el ceño y agudizo mi vista… ¿viene hacia mí?... me descubre un cabo que se pierde en el agua, casi puedo ver el ancla de popa arañando el fondo. Percibo su lucha por retenerlo allí, yo sé que quiere venir hasta la orilla, pero el ancla está vigilante, es la única que conserva la lucidez y no permite el desastre. Pero no, ahora veo que no quiere venir… sólo quiere girar, quiere mostrárseme con orgullo, es presumido. Descubro ahora su babor, hay una luna llena de la misma madera que el sol, con sus montes y valles, sombras y luces. Leo de nuevo “Canela”, en el mismo azabache del sol. Sol y luna, luz y sombra… composición humana. Vaya, pienso, en las dos amuras. Sí señor, que se vea en todos los ángulos, ¿qué llevará en la popa? ¿qué llevará en las aletas? ¿tal vez la polar, las osas, quizá la Casiopea que también se dibuja en mi pecho?. Sonrío, me sonríe. Huele a complicidad, empatía, camaradería. Sé que quiere que vaya yo, pero me hago de rogar. Sé que es mío, sé que no se irá ¿para qué tener prisa?. Kavafis martillea mis sienes… “No apresures el viaje, mejor que dure muchos años y viejo seas cuando a Ítaca llegues, rico con lo que has ganado en el camino…” Me ha oído… el placer del viaje, asiente con su proa. Así es, estamos de acuerdo. Permanecemos allí de forma intemporal, disfrutando de ese viaje, sabiendo que vamos a llegar uno al otro, como dos amantes con sus cuerpos a dos milímetros, que se huelen, que se consumen en el calor del deseo, cuyos pechos se inflaman y casi, casi se rozan, sabiendo que la pasión será saciada, con la paz y complacencia de saber que la espera tendrá su recompensa. Un escalofrío me despierta de la hipnosis y recorre mi espalda por su centro. Décimas de segundo hasta que lo identifico… es el sol, aplastante. La gota de sudor se multiplica por mi frente, brilla en mi labio superior y encadena mi pelo a la nuca. Es el momento. Él sabe que mis pies no entrarían en el agua hasta que sintiera el sofoco, sabe que gusto del fuego, que soy mujer de ardor y calor. No recuerdo el recorrido, no sé cuándo llegué a él. No recuerdo la humedad ni la frescura del trayecto. Las percepciones me abandonan, no sirven ahora. Es como si el cuerpo y la mente se fundieran en un algo inerte, para simular la nada, la muerte, y así recuperarse, prepararse, para las nuevas sensaciones. Es la presunción que avisa de algo, la intuición que transmite señales de alarma. Los sentidos se tensan, y con ellos vuelve la mirada, la visión. Hay una plaquita junto al timón. Quédate a la deriva en el mar inmenso y en calma donde sólo escuches el susurro de las olas acariciando los sentidos, y a mi corazón libando tiernamente el tuyo. Quietud, paz, sosiego inundan ahora todo, a mí, a él. Se balancea para avisar de la ansiedad ante la partida, como un caballo impaciente a quien molesta la brida. Ahora sé que tenía razón. “No temas a los Lestrigones ni a los Cíclopes, ni al colérico Poseidón, seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo. Ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes ni al salvaje Poseidón encontrarás, si no los llevas dentro de tu alma, si no los yergue tu alma ante tí.” Mi alma no los quiere, no los tiene, no los teme. Cuánto he ansiado esa afirmación. Inspiro hasta que me parece que voy a explotar, no son mis pulmones; son mis velas, velas latinas que se inflaman para la partida, que se orientan para recibir el viento. Oigo a Poseidón ordenar amenazantemente a Bóreas, Noto y Euro que se paralicen, que no se atrevan. Le veo sonreír a Céfiro, invitándole con un ademán afectuoso a que llegue hasta nosotros. Levanto mis ojos, al fondo está el azul, allí está él. El mismo mar, distintas orillas…Sólo hemos de navegar, me dice. Y partimos. |
| Los siguientes cofrades agradecieron este mensaje a Canela | ||
windi (17-11-2008) | ||
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