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El Portero
 
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

IX. DE LA EXPIACIÓN DE DON DIEGO DE TORRES

Entréme en las alcobas del cordial Don Diego, hasta una sala rica en volúmenes de librería, con un escritorio grande, sobre el cual erguíase una lamparilla como candil de pie cuya llama no bailaba, artificio de Electra sin duda, que era dañino a mis ojos, ya deslumbrados de tanta bombilla y tanto pábilo mágico. Roguéle al licenciado buscara un cabo de vela y soplara esta otra lámpara, que era molesto a mis antiguos ojos matar la sombra con tanta luminaria y pareciérame más bello su rostro siendo Don Diego de Noche, y así hizo. Planté mis posaderas en sillón regio con enorme solaz, pues las andanzas del día de mi desenterramiento habíanme baldado todos los huesos del cuerpo, que debían andar agusanados de los siglos. Veíase en los gestos de mi anfitrión cuán inquieto andaba en complacerme y cuán azorado de puro nervio.

-Don Francisco –dijo al fin muy grave de ánimo, resoplando la voz más que entonando-, largo tiempo anhelaba este encuentro, que es para mí liberación, pues agora descansará en paz esta vieja quimera, mitad bribón y mitad fraile, que tenéis ante vuestros doctos y antiguos ojos.

-¿Pues cómo? ¿Acaso me esperabas? ¿De ordinario te visitan los muertos? ¿Acaso eres conocedor de qué poderes escupe mi alma de nuevo al vertedero del mundo? Si algo sabes que me ilumine, habla, por Christo.

Sentóse entonces reposado Don Diego, ofreciéndome en copa oronda un poso como de aguardiente de caña bien templado, que regalaba el olfato, quemaba el gaznate y amansaba el espíritu, filtro éste que fue melecina para mi desasosiego. Hubo acá un silencio mientras el buen barbón meneaba la copa en su mano con ceremonia. Al fin dijo:

-Yo también soy resucitado, que los cielos, infiernos y purgatorios me cerraron las puertas y perdió mi alma la guía, de suerte que vagó en pena hasta que se aburrió sobremanera y volvió a entrar en este ajado cuerpo, a falta de otro más lustroso, que fue escupido raudo de la fosa.

-¡Jesús mil veces! –dije espantado-, que no soy solo en esta desventura.

-Clérigo fui en vida, la cruz en los pechos, el diablo en los hechos. Y prosista también, tras de tus pasos, tan pronto escribiendo de alchimia, brujería y astros como de cuestiones pías. De mi mundo, que fue cien años después que el tuyo y cien veces peor, hizo mi pluma sátira tan cruel que no me vale de nada el arrepentimiento. Apenas me honran obras de misericordia que hice en los días postreros de mi vida para expiar las ofensas que precedieron y es la más grave que fuiste tú, mi admirado difunto, en mi obra, resucitado en un sueño, que imitaba los de tu ingenio, y es ésta la obra más celebrada entre los veinte lunáticos que me leyeron, y se llama “Visiones y Visitas de Torres con don Francisco de Quevedo por la Corte”. Es ironía que este pobre orate, quien hubo escrito en días de asceta un libro intitulado “Cátedra del morir”, viese al cabo del tiempo turbado su eterno descanso y despertase un mal día a este tiempo moderno, que es la escoria que dejaron los nuestros y es el peor de los castigos para el hombre cabal. Acá llevo incontables lustros de penitencia y acá me he de pudrir si no obtengo de tu boca y de tu mano generosa el perdón para este terrible agravio y plagio que sin permiso ni concesión tuya, con toda libertad te hice después de muerto, condenándome así por importunar el descanso de tu inspiración con mi larga mano de cuatrero. Quisieron la Providencia y la Fortuna que tengas tú también cuentas pendientes, pues muchos cayeron víctimas de tu certera pluma, y se atendieron mis oraciones y conjuros, en los cuales convocaba tu sabia osamenta para poner fin a esta mi resurrección y descansar en paz con tu absolución. Pero antes de juzgarme, has de saber, muerto mío, que no hice todo esto por robarte el nombre ni manchar tu honra, sino llevado de mi devoción por tu genio, y antes fuiste padre de mis musas que fantasma apaleado por el bufón que hubo en mi.

Y dicho esto, ofrecióme un tomo de imprenta pergeñado de buen pergamino sobredorado con la susodicha obra, “Visitas y Visones de Torres con don y lo que sigue, que soy yo tal”, que yo tomé y hojeé con gran pasmo. Invadió mi corazón un grande sentimiento de culpa, pues si bien pudieron mis versos arruinar el honor de algún que otro botarate en vida, entristecíame que la sola influencia de mis letras arruinara el alma de este pobre clérigo estando yo muerto y bien muerto.

-Mi buen Don Diego –respondíle tocando su hombro espátula con mi palma-. Mal he de perdonaros si tenéis algo que veer con mi exhumación, pues no es regalo para mi solaz verme de vuelta de la Parca, mas se vee que no es tal el caso, sino que andamos errantes quienes fuimos pendencieros en la vida y nos fuimos a la tumba en día señalado sin resolver nuestros pleitos. Si mi perdón ha de servir a tu dicha, acá lo tienes de corazón, mas has de saber que no soy ofendido sino halagado por estas andanzas póstumas que me atribuye tu magín, pues dos palabras que he leído le bastan a mi conciencia para veer que es tu obra azote de vicios, abusos e inmoralidades, castigo de petimetres, boticarios, mohatreros, usureros, malos cómicos y otras hediondeces humanas. Necesitado anda siempre el mundo de gentes como nosotros, que firmes cerramos el seso a la majadería y volamos la pluma siempre diestra para afrentar el embuste.

Iluminóse el rostro del clérigo barbicano, aliviado por mis amables palabras, al tiempo que yo arrastraba gañote abajo las turbias estelas de estos pensamientos con un trago de licor.

-Bendito seas, Quevedo, maestro de sabios. Dios te conceda mil mercedes y te abra las puertas de los Cielos. Déjame agora partir libre y en paz, henchida mi alma de tu espléndida generosidad con ella.

Y hablando así le sobrevino una aureola fantástica como si vinieran por él los ángeles al punto, la niña de sus ojos contrayéndose hasta perderse, como si se le escapara el espíritu del andrajoso cuerpo.

-¡Ay de mí! –quejéme, mi corazón con el pálpito a galope, e incrépele- ¡Espera! ¡Vuelve, ocioso! ¡Deja la eternidad para otra hora, apiádate de este muerto revivido, concédeme un favor como precio a tu redención!

Debió escucharme su alma piadosa, pues a mis voces detúvose la tolvanera y volvióle el aliento y la color al rostro, que se me enfrentaba agora con aire de compasión, al tiempo que las manos se iban a la frasca de brandi, que así se llamaba este bebedizo. Y mientras servía el licor hablóme así:

-Dime, mi benévolo, discreto y admirado muerto, que pronto espero toparme contigo en las santas alturas, en qué puedo servirte. Dímelo, no obstante te ruego seas breve, pues echo de menos los rigores de mi ataúd y sufro cada minuto de eternidad perdida.

-No has de desampararme así, camarada difunto –le dije- ¿Es menester abandonar a su entera suerte y sin instrucción ninguna en esta hostil modernidad a un pobre y roído cadáver? Te ruego, ya que en tu segunda visita al mundo has sido maestro, me instruyas en lo que ha acaecido en España y otros reinos durante mi ausencia, pues siempre interesóme la política y hállome más perdido y desorientado que legaña en el culo o que novicia en burdeles. Dime, ¿en qué acabaron mis tiempos? Comido de liendres dejé yo al Imperio español en mis últimos días, que no sé si me mató la disentería o las malas noticias de la Corte, y la curiosidad me muele las entrañas.

-Con gusto te diré lo que sé, mi admirado Don Francisco –respondió el licenciado-, aunque es poco, que trescientos y pico años no son relato para una noche. Mas acaso no te guste oír lo que he de relatarte.

Dióse una buena espadañada de licor, vertió lentamente más de este quitapesares en la copa, aclaróse la voz y narró Don Diego con gravedad lo que a continuación quiero resumir al que leyere, que aún me tiene boquiabierto, corrido en pataleta, pasmados los sentidos y el entendimiento y acobardada la sesera lo que oí, pues son tales los acontecimientos de la Historia, que queda el más negro Apocalipsis del más infausto de los profetas a la altura de un entremés.

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