
21-06-2010, 11:33
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Corsario
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Chapuzas (epílogo, esta vez sí )
Estado del casco después de cada una de las dos primeras explosiones
(Fotocomposición de dos dibujos escaneados del libro “La Catástrofe del Cabo Machichaco”, con rotulación propia) En 1896 la jurisdicción de Marina dictó auto de sobreseimiento por no apreciar responsabilidad criminal de tripulantes ni autoridades en la pérdida del buque pero, pese a haberse ejercido el “derecho de abandono”, la aseguradora “La Unión y el Fénix” reclamó a Ibarra por vía ordinaria las cantidades abonadas a sus asegurados y, tras perder el caso, recurrió al Supremo. La naviera alegó que el capitán Léniz “...no tuvo directa ni indirectamente la menor culpa del suceso...” origen de la explosión, el celo para que las mercancías peligrosas “...fueran estibadas con todas las precauciones que la ciencia y la práctica aconsejaban...”, el “...ser conocida por las Autoridades la existencia de dinamita a bordo, y haber atracado siempre los buques con explosivos a todos los muelles”, y que el comandante de Marina “...con autoridad plena asumió el mando de la nave, y sin duda entendió que para las personas no había señal más segura del peligro que la manifestación del incendio”. En sentencia de 23 de Junio de 1900, el Tribunal Supremo consideró la demanda carente de fundamento, condenando a la aseguradora al pago de las costas y la pérdida del depósito constituido.
Tras sobrevivir como crucero auxiliar a varios ataques norteamericanos, ya en su vejez el correo “Alfonso XIII” aprovechó una escala en Santander para suicidarse borneando con la marea hasta quedar atravesado a un ventarrón del S. Así, escorado a Er y con la cara vuelta al muelle donde 22 años antes había visto morir a sus hombres, se dejó ahogar por una plancha descosida del costado de sotavento; como aquel 3 de Noviembre estaba amarrado a “su” boya, a unos 600 metros de la tumba del “Machichaco”, y aunque se llevó al fondo un perro chihuahua que venía de encargo, de los suyos permitió que se salvara hasta el gato (negro). Parte de la zona destruida por el fuego en 1893 volvió a arder en el incendio que arrasó la ciudad en 1941; al día de hoy en la explanada donde murió tanta gente hay un monumento que recuerda la catástrofe y, cada 3 de Noviembre, el Ayuntamiento de Santander sigue depositando unas flores.
Este artículo se basa fundamentalmente en la “Noticia Circunstanciada de la Explosión del Vapor Cabo Machichaco” (La Atalaya, 1894), en otro libro del que es coautor y director José Luis Casado Soto (“La Catástrofe del Machichaco”; Autoridad Portuaria de Santander, 1993) y en un tercero de Rafael González Echegaray (“Naufragios en la Costa de Cantabria”; Ed. Estudio, 1976). He podido acceder a los dos primeros gracias al citado José Luis Casado, director del Museo Marítimo del Cantábrico e historiador marítimo con una bibliografía y entusiasmo por nuestra historia que apabullan. Al CF (RNA) Sasía le debo el acceso a la obra de Adolfo Castillo e Iñigo Ybarra (“La Naviera Ybarra”; Ybarra y Cía., 2004), y a través de ella a los planos del “Machichaco” y los sobordos de carga de su último viaje. Los datos sobre construcción naval en el siglo XIX proceden del volumen VI del “Conway’s History of the Ship” y, para detalles puntuales, he utilizado entre otros un artículo de Juan Llabrés Bernal publicado en la RGM de Abril de 1944, otros dos trabajos del imprescindible González Echegaray, un escrito de Aduanas casi inmediato a la tragedia (archivo de la Autoridad Portuaria) y la sentencia del T.S. de 23 de Junio de 1900. Resta aclarar que las mareas están calculadas por el Método de Laplace y que las horas citadas deberían ser Hora Civil del Lugar, porque en España no se estandarizó la HcG hasta 1901.
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(Dedicado al cofrade Bandit y a otros tabernarios santanderinos de pro )
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