El velero perfecto, el estoicísmo y el sometimiento liberador.
Muchas veces me preguntan sobre las condiciones climáticas de una travesía. Siempre digo que una singladura que se precie, sufrirá de todo: bueno, malo y regular. Mis amigos me preguntan sobre el barco ideal y pocas veces se que responder. Lo tendría muy claro si siempre pudiera hacer navegaciones oceánicas, pero varias veces me ha tocado soportar un temporal del oeste en la costa Portuguesa y hoy puedo contarlo, porque en aquellas circunstancias no gobernaba el barco oceánico ideal. Alguna vez me han confesado un armador amigo, que disfruta especialmente del barco en el pantalán, que aprecia una amplia y abierta bañera y un despejado salón que pueda acoger a muchos amigos. No es el criterio de diseño clásico de Sparkman &Stephens (sentinas profundas, espacio reducido y compartimentado para evitar golpes y desplazamientos violentos en un bandazo, etc), pero es perfecto para el uso que pretende su usuario. No quiero que se interprete esto como una crítica, simplemente porque respeto profundamente todos las formas de entender la náutica y nunca quisiera pecar de soberbia al considerarme más que nadie, simplemente por las millas que pudiera haber dejado bajo mi quilla o situaciones comprometidas en las que me he visto envuelto, pues este último hecho no se si de verdad es algo meritorio o vergonzante. En definitiva, estas cuestiones son siempre un compromiso, pues la elección de algo nos obliga a prescindir de lo otro y viceversa. Si entendemos que es imposible prever todas las circunstancias que pueden acontecer en un elemento natural tan poderoso como es el mar, la elección del velero perfecto, es un complejo problema muy difícil de resolver, si antes no nos hacemos la pregunta: ¿perfecto para que?. Mi planteamiento no trata del barco perfecto, sino de la mentalización mas adecuada., pues quiero pensar que una aventura viene del régimen etimológico del advenir, de lo que nos depara cada recodo del camino y por eso hay que estar preparado para todo, incluso para el naufragio que ha de llegar como una cosa más en el devenir cotidiano. Si en algo me ha ayudado la mentalización en las adversidades, es para tratar de evitar la desesperación. Esta cuestión es fundamental sobre todo si se ejerce de patrón con tripulación. Para ello procuro armarme de estoicismo, proponiéndome estar preparado para todo, tal como debe entenderse una auténtica aventura. Por eso cuando leo o escucho a un amigo que quiere tener todo atado y bien atado, como por ejemplo dedicar horas y horas a la discusión sobre el barco perfecto, acabo comprobando que su rechazo a la incertidumbre, su obsesión por la preparación de la travesía, lo llena de temores y le impide echarse a la mar. El estoicismo, supone un sometimiento liberador. Parece una contradicción pero intentaré explicarlo: De nada sirve rebelarse, enfadarse, maldecir… cuando antes se adquiera la mentalidad de sometimiento a las circunstancias, antes dejaremos de sufrir. Por otra parte, al someternos, de alguna manera nos fundimos con el viento, con el barco, con el mar y las olas. Acabas sintiendo dentro de ti lo que ocurre en la perilla del palo, notando en tu piel el fluir del agua contra la carena, sincronizando con tu corazón la tensión de la jarcia contra el forro, como un latido, como algo que está tan dentro de ti de forma inconsciente como la respiración o la circulación sanguínea. Ocurre con la jarcia algo parecido a lo que le pasa al ciego con el bastón. Se convierte este en sus ojos e incluso lo inspiran porque le ayuda a componer una imagen visual y a su vez, le transmite las texturas, los ruidos más o menos agudos que produce una superficie más o menos densa. Cuando finalmente se alcanza esa integración, sentimos una plenitud e incluso euforia, al apreciar que hemos vencido nuestros miedos y que hemos comprendido nuestro verdadero e ínfimo papel en un entorno tan rutilante y poderoso como es el mar. Alguna vez he tenido ocasión de comentar con camaradas solitarios y me han transmitido que esa sensación, incluso puede llegar a ser peligrosa, pues en determinados momentos puedes perder incluso el instinto de supervivencia. Dicen que han encontrado a muchos ahogados con la bragueta abierta. Es posible que el tener que ocupar una mano a liberar algo muy reducido por el frío, entre numerosas capas de ropa técnica y otra aferrándose al backstay, es una actividad muy peligrosa. Por eso (permítanme lo escatológico), cuando navego en solitario con mal tiempo no me corto y uso directamente la bañera. Sin embargo (no se si algún cofrade lo ha notado como yo), a mi me ha ocurrido que en una noche maravillosa mientras contemplo la estela iluminada por el plancton fosforescente, he sentido el impulso de tirarme. Siempre ocurre cuando he sentido el mar vivo como un corazón palpitante, cuando entendí que aquello era un todo de lo que yo formaba parte, de una fusión con el medio donde he pasado un tiempo trascendental de mi vida. Cuando lo pienso, dudo sobre mi estado mental y quizás por aquello de que mal de muchos, consuelo de tontos, me pregunto si alguno de ustedes, sintió una sensación similar a la mía. Un fraternal abrazo.
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