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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#1
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Os veo todas las mañanas desde la ventanilla del autobús en el que me desplazo a mi trabajo.
Ellos: Traje oscuro y corbata, zapatos tipo castellano, maletín o portátil en una mano y la otra sujetando un móvil pegado a la oreja. Ellas: Bolso al hombro, botas mosqueteras, maletín o portátil en una mano y la otra sujetando el móvil pegado a la oreja descolocándoles esas gafas que por decirlo finamente, les deforma la cara. Ellos la cara la llevan deformada siempre usen o no gafas. Parecéis salidos, en serie, de una fábrica de robótica, programados en busca de la presa de la jornada. No os miráis los unos a los otros, solo seguís vuestro camino, todos en la misma dirección, al mismo paso, hacia los mismos edificios, ajenos a todo lo que pueda ocurrir a vuestro alrededor salvo a las instrucciones que os den o podáis dar, cosa, ésta última que dudo, desde el dichoso artefacto que ya forma parte de vuestra fisonomía. A algunos de vosotros os reconozco del puerto. Salís del pantalán de forma atropellada, por no decir atropellando al prójimo. Hacéis gala de la mínima consideración y cortesía hacia vuestros vecinos, porque claro, hay cosas que no se enseñan, ni tienen porqué enseñarse, en las escuelas náuticas. Es decir que os falta “cuna” por muy abultada que sea vuestra cuenta corriente o la de vuestra familia. Cuando os distingo siempre hago lo mismo, esperar a que salgáis, alejarme lo más posible de vuestra derrota o aguantar el “olazo” que provoca el potente motor de la embarcación cuando no me queda más remedio. Había salido con mi mujer a dar una vuelta y pasar el día en una playa silenciosa en nuestro pequeño bote. La mañana parecía agradable, pero sin confianzas, sin bajar la guardia, cuando vi a uno de vosotros que gesticulaba de forma extraña y poco ortodoxa. Me acerqué con cautela a ver que pasaba. Era otra pareja, de en torno a los cuarenta, a la que al parecer se le había fastidiado el motor. Después comprendí que se habían quedado sin combustible y se encontraban a la deriva. Ella le decía a él constantemente, sin prestarnos la mínima atención, que llamara a alguien que los sacara de allí. Les dije que pidieran auxilio a Salvamento Marítimo y les ofrecí el número de teléfono que llevo memorizado en el móvil. Ella decía, sin mirarnos, algo así como que “mamá se iba a poner echa una fiera si no llegaban a tiempo para comer en el club náutico… que ya habían reservado la mesa. Él me respondió que su seguro era básico, que no incluía el servicio de remolque y que le podía costar “un pastón” esa llamada. Les sugerí la posibilidad de remolcarles advirtiéndoles de las complicaciones, dadas las diferencias entre embarcaciones, y siempre de que dispusiera de un cabo adecuado. Tuve que abordar su embarcación y me abrió un cofre que parecía el cubo de la basura de un barco grande con aparente buena pinta exterior, hacer un encaje de dos “cuerdas viejas” (perdón, pero nunca mejor dicho), preocuparme de encapillarlas como pude, por donde no pudieran romperse, a las cornamusas de proa y luego a mi bote. Tampoco soy un experto, ni un navegante de toda la vida como muchos de vosotros. Empecé a tirar suavemente, de todas formas nuestro fuera borda no da para mucho, y por más señales que le hice cuando tenía la necesidad de virar movía la rueda de su timón en el mismo sentido que yo, lo que complicaba aún más la maniobra. Menos mal que estábamos cerca de puerto. En el mar, como casi todos sabéis, el sonido se propaga con nitidez a esas distancias. Ella dijo en un momento algo así como que “con esa mierda de barco vamos a llegar tarde a la comida”. Mi mujer, que la había escuchado, abrió la mochila de los bocatas y sacó una herramienta de la que nunca me separo ni cuando buceo ni cuando navego. No se si con la intención de lanzarla a la yugular de “alguien” o de cortar el cabo de remolque. Me limité a sonreírle, sabiendo que entendería que un patrón responsable no puede hacer algo así, pase lo que pase, oiga lo que oiga, y volvió a guardarla. Nos bastó la mirada para entendernos. Les dejé en el muelle de la gasolinera del puerto. Lancé aquella mierda de cabo sobre su proa. No esperé ni las gracias, dimos media vuelta y salimos de nuevo al mar con toda la prontitud que pudimos buscando una cala solitaria en la que relajarnos mientras pensábamos que a ella le faltaban las botas mosqueteras, por seguir siendo finos, a él los mínimos conocimientos y sentido común y a ambos, educación. En este foro existen varios post con centenares de visitas y decenas de respuestas y comentarios sobre como mejorar la imagen de la náutica. Pero hasta que no nos libremos de estos “gixxxxxas” no lo vamos a conseguir. Y lo peor de todo es que sé que la próxima vez que me enfrente a una circunstancia similar, aunque tropiece con los mismos, obraré de igual forma. Cerveza para los compañeros y carne putrefacta para los zombis. |
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