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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#1
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Cita:
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#2
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Lo siento Tahleb pero no me quedan más agradecimientos. Formas parte de lo que recordaré cuando acabe el verano de 2012.
Muchas gracias y un abrazo.
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"El mar dará a cada hombre una nueva esperanza, como el dormir le da sueños" Cristóbal Colón
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#3
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C***cha e su madre!!!
![]() Lo que me estaba perdiendo! Había leído tu última intervención luego del fascinante relato. Y como siempre leía Tahleb en el último post del hilo, no se me ocurrió entrar hasta que vi Zentinel en lugar de Tahleb Bueno! Ahora ya sé que esto continúa! Grande Tahleb!!! Y ahora con relato náutico incluído ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() |
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#4
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Saludos a todos!
Ya he regresado a tierra firme y me dispongo a continuar lo empezado. Veo que habéis leído mucho y no sabéis cómo me halaga... Ahí va: A finales de marzo decidí que ya era hora de dejar mi refugio invernal y preparar el barco para la campaña de verano. Le eché un último vistazo al sauce convaleciente, casi una visita de observación médica, y me pareció que bajo su corteza y en las puntas de las ramas podadas se advertía algún signo de vitalidad. Tal vez, pensé, se salve después de todo. Comprobé la tensión de los tirantes que le había puesto, le di una palmada de ánimo en el tronco y me marché a Barcelona. A mi barco. No tenía tripulación. Dudé sobre si sería prudente embarcar a alguien que me acompañase para hacer algunas guardias, pero finalmente decidí que haría el viaje solo aunque, ya que me atraía la idea de recorrer los “camins” sin hacer escalas, eso significara dormir poco y mal. Nunca antes me había planteado esa cuestión así, a priori. Ante mí se solían presentar los viajes como único objeto, y el detalle de ir solo o acompañado dependía nada más de cómo transcurrían los días, las escalas o las relaciones, sin que me importase lo más mínimo tener que dormir a salto de mata y ocuparme íntegramente de la navegación. Será uno de los síntomas de la edad, pensé. Me peguntaba a menudo qué sentido tenía aquel regreso al pasado. Sentía una cierta aprensión ante la posibilidad de que los recuerdos volviesen a levantar los fantasmas de la pena y el dolor de antaño, pero también notaba que se había instalado en mí una firme determinación basada en el deseo de recuperar aunque fuese un diminuto hálito de juventud, de felicidad, de primavera. Tal vez, pensaba, volver a ver la habitación 211 del Golden Mariana sirviera para reafirmar en mí la convicción de que mis recuerdos eran auténticos; de que al menos una vez me había entregado con armas y bagajes a la corriente de la Vida y había sido incontestable, absoluta e inmensamente feliz. Existía la posibilidad de que la emoción que experimentase allí fuera capaz de agrietar en alguna medida la coraza de sal, egoísmo y miedo que se había formado sobre mi alma, haciendo que las verdaderas sensaciones de la vida me llegasen amortiguadas y sin sabor. Pero la respuesta certera se me presentó mientras mi mente se ocupaba de otras cosas. Estaba a bordo cambiando una driza de mayor, para lo que había improvisado un eje sobre el que girase la bobina de la driza nueva mientras tirase del extremo de la vieja, cuyos chicotes correspondientes había unido con una costura. El tambor, situado en la bañera, a varios metros de la base del palo, giraba diligentemente mientras yo halaba de la driza y parecía como si su movimiento fuese un tanto ajeno a mi trabajo. La driza nueva atravesaba los reenvíos y se introducía en el palo como una corriente sanguínea, suave y salutífera. En el preciso instante en que la costura entre chicotes llegó a mi mano tuve una revelación. Supe porqué quería volver a Varosha y por qué quería hacer el viaje solo. Iulia había ingresado en lo definitivo. Ya nunca más la vería, salvo en sueños, y su imagen permanecería para siempre estable. Ya no podría traerme dolores nuevos ni encender más expectativas ni causar decepciones. Podía, por fin, reconciliarme con su recuerdo, analizar una vez más nuestros errores mutuos y perdonar definitivamente a aquellos que un día fuimos. Podía olvidar sin miedo a que el olvido desguarneciera mis murallas de defensa. Necesitaba, para ello, un viaje iniciático o, quizás, eremítico. Las viejas drizas que me habían mantenido tenso bajo el viento de una vida de combates estaban siendo sustituidas sin que apenas lo notase. Emprendía un viaje hacia la serenidad. |
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acostarut (06-02-2013), Atlántida (12-09-2012), BadMan (20-09-2012), eilnet (04-09-2012), Enrana (04-09-2012), enric rosello (14-02-2013), jacarejack (06-09-2012), Jadarvi (05-09-2012), lachica (05-09-2012), limia (09-11-2012), mar y luna (06-11-2012), Nochero (04-09-2012), perurena1 (05-09-2012), serjioko (04-09-2012), Zephyr (05-09-2012) | ||
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#5
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Grandeeeee!!!!
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Buena proa! ![]() Lachica |
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Tahleb (07-09-2012) | ||
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#6
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Mis sueños nocturnos continuaban, aunque ya no eran tristes en sí mismos y mi almohada amanecía seca siempre. A medida que la fecha de inicio del viaje se aproximaba, los sueños retomaban su naturaleza esencial, que es el absurdo. Así, me veía corriendo cuesta abajo por una calle de Barcelona, a cuatro patas, como un caballo que galopase, con una maravillosa sensación de ingravidez y velocidad, con Iulia aferrada a mi espalda. Ella daba gritos de júbilo y la gente nos miraba pasar con cara de disgusto. Que se fastidien, me decía al oído, que yo no peso nada. En otro sueño la llevaba en brazos, sin ningún esfuerzo, ayudándola a escapar de un lugar indeterminado. Ella me miraba agradecida, con aquellos ojos suyos, de niebla, y me decía que yo no tenía miedo y que eso no era ser valiente, sino otra cosa.
Tres noches antes de partir salí a cenar con un inglés, viejo conocido de otros puertos y casualmente vecino de pantalán. Viudo y de esencia solitaria a pesar de ser un gran conversador. Le encantan las ostras, pero nunca las come si faltan menos de setenta y dos horas para iniciar un viaje, para prevenir el efecto de posibles intoxicaciones. Era justo mi límite y hasta septiembre ya no sería aconsejable volver a comerlas, de modo que nos atizamos una docena cada uno con una botella de Sauternes. Sin rastro de tristeza en la voz me contó cómo había traído el barco, sin escalas, desde Inglaterra hasta Mallorca, en primavera, para cumplir con el último deseo de su esposa, enferma y desahuciada, que era el de bañarse una vez más en las aguas de una cala en la bahía de Pollensa. Llegó, según me dijo, justo a tiempo de cumplirlo. Diez días después le tocó ir de entierro. Narraba aquella enormidad con el tono de quien explica el retraso de las obras del cuarto de baño de un vecino, y lo admiré por ello. En justa correspondencia, lo puse al día del tránsito de mi exmujer y me premió con una expresión conmiserativa y tres palabras: eso siempre duele. ¿Siempre? Pregunté. Sí, me dijo, es como una flecha apache en las costillas: al final sólo te duele si te ríes, pero duele. Come on, my friend, let’s have a couple of gins and tonic. |
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#7
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Partir era para mí un proceso mucho más fácil en un barco mercante que en un velero tripulado en solitario, al menos desde el punto de vista anímico. En la salida de un mercante el capitán está acompañado por una serie de actores que intervienen en un procedimiento marcado que te conduce, como por un túnel, a la orden de largar amarras. El primer oficial te notifica el fin de las operaciones de carga, cierre de bodegas y trincado; el agente te trae los papeles que hay que firmar; el Práctico sube al puente; el segundo oficial te confirma que la escala está a bordo y el jefe de máquinas responde a la orden de “atención a la máquina”. A partir de ahí, hecho ya a la idea, inicias la maniobra que te llevará de vuelta a la mar y a la rutina de tu vida.
En un velero con un solo tripulante la cosa es mucho más sencilla y bastante más difícil. ¿A qué hora sales, si tanto da qué hora sea? ¿Antes de comer? ¿Después de desayunar? ¿A media tarde? ¿De madrugada? Mi experiencia me ha conducido a una respuesta relativamente vaga: si nada ni nadie me espera, salgo después de haber dormido bien, ya sea tras la noche, la siesta o la cabezada esporádica. La tarde anterior liquidé la factura de mi estancia en puerto y peregriné hacia la calle Boria para presentarme, según la tradición, ante la Virgen de la Guía, en la capilla de Marcús, pero la encontré cerrada. Dirigí entonces mis pasos a los vestigios de una sinagoga de la calle del Call (Call significaba ghetto en el catalán antiguo) y evoqué junto a sus piedras el recuerdo de mi madre cuando, rodilla en tierra, esperaba que posase su mano en mi cabeza y me bendijera antes de mis viajes. Mazel tov, Tahleb, mon petit. Dormí maravillosamente, sin soñar, aquella noche y a las seis de la mañana largué amarras para embocar el primer tramo del “camí de Baracca”, que me conduciría por el norte de Menorca y el sur de Cerdeña hasta las inmediaciones del banco de Skerki. Viento del Sudoeste fuerza 3; aparente a un descuartelar; todo el trapo arriba; siete nudos y medio. El Sol salió por el Estenordeste iluminando un cielo inmaculado que me avisaba, sin traición, de que pronto me encontraría con la Tramontana de fuerza 5 o 6 que anunciaban los partes meteo. Pensé que mi ruta me llevaba en dirección contraria a la que en su día emprendiera el poeta Ausiás March y que, por tanto, los vientos que para él hubieran sido contrarios eran eventualmente aliados míos. Él regresaba hacia su amor y hacia la vida. Yo estaba de vuelta. Pero ambos andábamos entre “veles e vents” http://www.youtube.com/watch?v=QyHsKWJeZ8Y |
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