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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#1
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A unas cuarenta millas de tierra entré en la calma inquieta de la interfase entre el viento del Norte y el Sudoeste. Ya se apreciaba la mar de leva, ligeramente nordesteada, que fluía desde el Golfo de León, y que me encontraría en pleno desarrollo cuando cruzase el meridiano 3º E. Arranqué motor, arrié mesana, tomé un rizo a la mayor, enrollé el génova y di la trinquetilla cazada a crujía, con las dos escotas, para navegar un rato a motor, hasta cruzar el meridiano, sin dar grandes bandazos. Dos horas después, habiendo comido y dormido una buena siesta, entró por fin la Tramontana o, más bien, fuimos nosotros, el barco y yo, quienes entramos en su ancho cauce. Amollé escotas y el barco salió disparado al galope hacia el Sueste dibujando una estela amplia y formando un fragoroso bigote de espuma en el tajamar cada vez que una de aquellas colinas de agua nos tomaba por la aleta.
Me senté por fin en el banco de estribor, arrebujado en mi anorak pero con el gorro de lana ligeramente subido sobre las orejas, de modo que el viento pudiese susurrarme en ellas las voces que hay prendidas en el aire. No pienso navegar nunca en ningún barco en el que no estés tú, me musitó de pronto el viento con la voz de Iulia. Fue navegando en el sloop de mi padre. Ella no había visto nunca unas olas tan grandes – la verdad es que no eran para tanto- y le impresionó mucho ver lo tranquilo que yo estaba cabalgando en los lomos de aquel Levante noble. Me miró atentamente mientras yo tomaba o largaba rizos, cazaba escotas y ajustaba los sandows que amarraban la caña mientras canturreaba o le besaba los cabellos al pasar a su lado. En los días anteriores me había tenido que ocupar de pequeños asuntos del motor y de mantenimiento general; habíamos entrado de noche en algún puerto pobremente señalizado y, en general, habíamos pasado por muchas de esas cosas rutinarias de la mar que tanto sorprenden a los campesinos y a sus descendientes. La cantidad de cosas que hay que saber para no terminar razonablemente ahogado, me dijo al llegar a puerto, es imposible que las sepa nadie más que tú. Tú y cuatro más, a lo sumo. No pienso navegar nunca en ningún barco en el que no estés tú, me dijo con cómica seriedad. Cubrí mis orejas con el gorro.Noté que había refrescado. Bajé a buscar un jersey y a beber algo caliente. |
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#2
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Por favor, no escribas más de esta manera...preferiría esperar a que publicases un libro y poder leerlo todo del tiron!
Gracias por hacer de este rincón de la Taberna de lo mejorcito...esta por ti: ![]() Salúd! |
| Los siguientes cofrades agradecieron este mensaje a jacarejack | ||
Tahleb (17-09-2012) | ||
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#3
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Gracias. Ya procuro que cada entrega sea como un fotograma, completo en sí mismo aunque forme parte de una película. Me halaga que se hagan cortas.
Ahí va otra: Cuando sopla la Tramontana, las noches sin Luna de la altamar parecen hechas de metal negro y, las olas, de un cristal como la obsidiana de Lípari que conservo en un estante del salón: obscuro, frío y de aristas más cortantes que el acero. La espuma de las crestas queda a veces iluminada por las luces de costado, ora en verde, ora en rojo, con una calidad maligna, como los dientes de una fiera desconocida que rondase, furtiva, el olor a vida. De vez en cuando una rompiente pasa junto al casco sonando como un rugido quedo, susurrado, y el barco parece enervarse por unos instantes. Levanta la popa, escora a sotavento, la aguja de la corredera tiembla un par de nudos hacia la derecha, en la pantallita del GPS los números viajan de un cuadrante a otro súbitamente agitados, el indicador de viento vacila. No importa la experiencia que uno tenga ni que las millas navegadas se cuenten por miles, ni que la Tramontana sople alrededor de unos discretos 20 o 25 nudos. Las palabras “noche de Tramontana” parecen siempre extraídas de un grimorio de magia negra o de los versículos de algún libro de amenazas divinas, de conjuros de mal fario. Cuando el Sol te abandona en el Golfo y la noche empieza a crecer por Oriente, te sientes muy pequeño y no es raro que acudas discretamente a comprobar los cierres de esa puerta, que existe en todas las mentes, por la que nos podría penetrar el miedo. Íbamos de maravilla con el rizo de mayor y la trinquetilla. Sin esfuerzos y con todo a favor, la perilla del palo trazaba círculos entre las estrellas con ritmo de compás sidéreo y el barco había tomado ya esa calidad de pequeño hogar de luz tenue, de lugar seguro o de refugio entre la nieve. Pero yo continuaba en estado de alerta ancestral, consciente de que estaba pasando la noche con Tramontana, que lleva siempre navaja en la liga, y tal vez por eso mis pensamientos dejaron de vagar por el romanticismo y los recuerdos buenos, para internarse por caminos que había considerado inútil recorrer hacía mucho tiempo. En los tiempos en los que intentó trabajar como abogada, era frecuente que Iulia me pidiera que la acompañase a alguna cena, algún acto del Colegio de Abogados o, simplemente, a reuniones con otros colegas suyos. Es inevitable que los médicos hablen de medicina, los abogados de leyes y los marinos de barcos, y sé que jamás hay que intentar mezclar las cosas y pretender hablar de barcos con un abogado o de leyes con un médico, de modo que mis intervenciones en los encuentros profesionales de mi mujer se limitaban a sonreír, asentir con simpatía o denegar con conmiseración. Una vez me pareció divertido deslizar la mano entre sus muslos por debajo de la mesa mientras fingía escuchar con entusiasmo la perorata de un sujeto bastante engolado. Ella se acercó a mi oído y, con una dureza que yo desconocía, me dijo que si era incapaz de mantener la compostura era mejor que me marchase. Me quedé tan helado. Al acabar la cena me pidió perdón mil veces, alegando lo nerviosa que estaba por la importancia que aquel tipo al parecer tenía para su carrera. Miré hacia la oscuridad de la noche, allí donde, de vez en cuando, refulgía la espuma de una ola o una masa negra ocultaba momentáneamente las estrellas próximas al horizonte, como si entes grandes y subrepticios me acecharan, y me pregunté por primera vez en aquel viaje qué diantre estaba haciendo yo allí y para qué. |
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#5
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Tahleb, por Dios (Yavé, Alá, o como quieras llamarlo)... no nos hagas esto!!!!, no sigas dandole largas y en "fasciculos" cortos, hombre de poca fé... ¿o no ves como nos haces sufrir por la proxima entrega? (Si es por marketing pecuniario, ya sabes que aparte de las copas... y los chupitos de ron añejo... no hay nada que hacer)...
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Buen viento y mar de popa para vuesas mercedes. El mar dara a cada hombre una nueva esperanza, como el dormir le da sueños. (Cristóbal Colón) I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams glitter in the dark near Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain... Time to die. (Roy Batty) sigue mi blog Ganando Barlovento
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#6
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Gambucero! Esto no está precocinado y voy escribiendo sobre la marcha.
A veces, escribir un folio es como hacer un civet: todo el día en la cocina. Ahí va otro plato. Este hay que comerlo despacito... Tratándose de mí, esa era una pregunta absurda. Amaneció de nuevo, con lentitud y sin estridencias. Simplemente el alba fue ganando en blancura hasta que parió un Sol dorado que brillaba directamente sobre el azul y que se puso a trotar hacia el cénit con la fascinante soltura de los potros recién nacidos, sin más trámites. Entrando en la disciplinada rutina que me da la paz mientras estoy solo, desayuné aún como un terrestre: ensaimada de la pastelería Sirvent, de Barcelona, y café de verdad, hecho en cafetera italiana con agua mineral. Embutidos y quesos del Club del Gourmet. Fruta del mercado de Santa Caterina. Luego, recorrido de inspección del barco. Higiene personal. Rato de lectura. Me encantaría poder creer en algún dios para seguir los rituales de su religión. Así ya no hablaría de las duchas, sino de las abluciones, y podría también introducir en mis días momentos de oración o de meditación. Si creyera en dios, me haría fraile e ingresaría en alguno de los cenobios aéreos de Meteora hasta el fin de mis días. Lejos del mar, que ha sido mi vida, para preparar, meditando, la última recalada vital y finalizar viaje habiendo entendido algo. Pero no tengo esa suerte. Estoy peor que Kazantzakis, pues a su “No espero nada. No temo nada. Soy libre" yo debería añadir que no me creo nada y que, muy a menudo, la Libertad me pesa. La navegación en solitario, pensé, es una variante de la vida monástica apta para descreídos. Te somete a reglas y rutinas que puedes ir puliendo poco a poco, de modo que tus acciones van adquiriendo el ascetismo gestual que tienen las labores de todos los monjes del mundo, sea cual sea la divinidad que les ocupe. Ellos rezan a media voz. Nosotros hablamos solos. Ellos se afanan silenciosamente en el huerto, el corral o el scriptorium un día tras otro. Nosotros aferramos y largamos; cazamos y amollamos; reforzamos ligadas o ajustamos rumbos una vez y otra. Y ambos, mientras tanto, vivimos una vida incógnita en el interior de nuestros cráneos, solos, serios, esperando que fuerzas superiores manifiesten voluntades comprensibles en el crecimiento de los tomates o en el continuo anudarse de las millas en la estela. La diferencia está en que los marinos llegamos a destino, tarde o temprano, y la tierra no tarda en sumirnos de nuevo en el Espejo de Maya. Mi padre afirmaba que los viajes por mar producen un efecto acumulativo, como los metales pesados en las capas altas de la cadena trófica, pero en vez de conducirnos a la muerte por envenenamiento, que es cosa del cuerpo, nos llevan lentamente hacia un concepto alquímico: el Opus Nigrum. En el lenguaje virtual de la Alquimia, la Obra Negra era la sustancia requemada, informe, inerte y obscura que quedaba en el fondo del crisol -que ellos llamaban atanor- después de incontables y repetitivas destilaciones, fusiones y manipulaciones. A pesar de su aspecto, el Opus Nigrum era nada menos que la antesala del gran éxito; la substancia de la cual habría de nacer la Piedra Filosofal. Su obtención era anunciada al mundo por medio de símbolos secretos, como las vírgenes negras que tanto abundan en España. Para mi padre, la vida del mar, con sus maniobras repetidas, su aislamiento, su proximidad del peligro y sus eventuales inmersiones en la disipación de los puertos, hacía en el alma del marino el mismo trabajo que el atanor alquímico sobre la materia. Podía llegar el momento en el que hubiese desaparecido toda fe, todo deseo espiritual, toda esperanza, de modo que cabría imaginar que, en el fondo del corazón, no quedase más que una masa negra y desolada. Ese sería, paradójicamente, el momento en el que se hace posible abrir la última puerta del conocimiento y ser inundado completamente por la luz de la Verdad. Sin prejuicios, sin miedo ya. |
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#7
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Sin problemas Tahleb, ya se que escribir no se puede "precocinar", pero era una buena forma (y con un poquito de cachondeo) para indicarte nuestro general estado de ansiedad por el siguiente capitulo.
...hmmmmm ¡asi que enfrascado en la busqueda de "la materia esencial" tuya propia? (vulgo piedra filosofal que no tiene por que ser piedra fisica). ¡Me gusta esa idea!.
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Buen viento y mar de popa para vuesas mercedes. El mar dara a cada hombre una nueva esperanza, como el dormir le da sueños. (Cristóbal Colón) I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams glitter in the dark near Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain... Time to die. (Roy Batty) sigue mi blog Ganando Barlovento
Editado por Gambucero en 19-09-2012 a las 18:01. |
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Tahleb (19-09-2012) | ||
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#8
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Cita:
Tengo que navegar más. Gracias ![]()
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