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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#1
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Samadrec En el mediterraneo, solo hay tres vientos, el poco, el demasiado, i el de proa! |
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#2
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No conocía este hilo .....y leerlo ha sido precioso.
Gracias por estas aportaciones. ![]()
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Que no me falte el viento
Editado por mar y luna en 06-11-2012 a las 13:23. |
| Los siguientes cofrades agradecieron este mensaje a mar y luna | ||
Tahleb (09-11-2012) | ||
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#3
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Antikithera, que apareció en el horizonte dos días y medio después de pasar la Isola delle Correnti, era tan pequeña como nuestro extinto mundo en común. A penas diez kilómetros de largo por tres de ancho; cincuenta habitantes repartidos por cuatro poblados diminutos. Su capital, Potamos, cuenta con tan sólo diecinueve almas.
Hace muchos años, con ocasión de un viaje de vacaciones a Creta, la avistamos desde el ferry que nos llevaba hacia el Peloponeso. La isla es casi completamente rocosa y sus piedras, expuestas al sol y al viento desde el inicio de los tiempos, parecen transmitir vejez y cansancio. Estas piedras, dijo Iulia al verlas, siempre fueron libres: nunca las cubrió un jardín, ni un palacio, ni un templo. Ni siquiera un leve manto de tierra. La Libertad, consume. Unos pocos árboles, aislados, raquíticos y torcidos por el Meltemi, se obstinan en sobrevivir introduciendo las raíces, tenaces, entre las rocas, en disputa con matas polvorientas de tomillo y de romero. Recordé un precioso poema de Serrat que habla de una encina que crece aferrada a un risco en el reino de los robles y de las hayas: ...Y de haber nacido en la tierra baja pudo ser timón y volverse al mar. Pudo ser rueda y ver mundo, ser mango, cuna o altar. Pudo ser ceniza y humo o pudo, simplemente, no haber nacido donde manda el roble, pero ahí nació desafiando las reglas, consentida por el sol. Más cerca de las estrellas. De abrazarse al suelo, a pelear la tierra con los aguaceros, de rellenar grietas con bojes, tomillos y enebros, de andar huyéndole al hacha que el amo blande ligero..., nudos amargos duelen en tus maderas, encina verde. Que tus contornos te quieran, que te respete la muerte. Que es bueno que cuando el haya enrojece y los caminos mudan de color, entre esqueletos de robles, salpiques con tu verdor las palideces del bosque. |
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#4
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recobrando el placer, PLACER, por la lectura
gracias, compañeiro ![]() |
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Tahleb (13-11-2012) | ||
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#5
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Cita:
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Tahleb (13-11-2012) | ||
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#6
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Y aún siendo tan pequeña, seca y desolada, Antikithera le ha dado a la humanidad dos cosas fascinantes que han situado su nombre en la Historia: una cosa bella y un objeto misterioso.
A principios del siglo pasado unos pescadores de esponjas encontraron frente a Antikithera los restos de un naufragio de la época romana; una nave que, sin duda, se dirigía a Italia con el botín obtenido tras la conquista de una ciudad griega. Entre esos restos se hallaban los fragmentos de una estatua de bronce que, una vez reconstruida, resultó ser un efebo. Es decir, un hombre joven y bellísimo. Su brazo derecho está levantado y los dedos de la mano tienen una postura curiosa, casi como formando el signo de la victoria pero sin estar extendidos del todo. Cuando vimos la estatua en el museo de Atenas, Iulia me contó cuál era la teoría más plausible: la estatua representaría o bien a Perseo o a un juvenil Hércules. En ambos casos su mano estaría sujetando una de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides ahora desaparecida. Tal vez la famosa manzana de la discordia. El objeto misterioso es una máquina hallada en el mismo naufragio y que, según inscripciones que figuran en ella, data del año 200 A.C., por lo menos. Se compone de docenas de engranajes de bronce, diales y agujas indicadoras que, al parecer, reproducen los movimientos de los astros y predicen los eclipses. Muchos consideran que es un OOPArt (Out Of Place Artifact) de los que hay varios por el mundo. Para mí, en cambio, Antikithera es, sobre todo, una de las puertas del corazón de Grecia. Al dejarla por la popa me internaba en el Egeo y una parte de mí quedaba atrás. El sol salía por la proa, como una promesa, y me puse a bailar con pasos de zempekiko la canción del amanecer: Despleguemos las velas hacia el Sol y el olvido, la vida seca las lágrimas. ¡Amanece! ¡Amanece! http://www.youtube.com/watch?v=m8mks...ature=youtu.be |
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#7
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Si camarada,por mucho que la jodamos,cada dia vuelve a darnos otra oportunidad....
Proa al sol,proa a la vida. La vida,que por mucho que la odiemos siempre nos acompaña. Tus escritos siempre me tocan la fibra, estan llenos de realidad de desgarradora y autentica realidad. Gracias,camarada y por favor,sigue.... ![]()
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Si la vida es un barco,... que haya sueños en las velas, esperanza en el timon,... y no esclavos en los remos. |
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#8
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Desde Antikithera hasta el paso entre Karpathos y Kasos hay unas 180 millas al rumbo 096. En época de Meltemi es un trayecto muy malo, pues la mar parece venir de todas las direcciones entre Noroeste y Nordeste, pero en mayo aún es posible cruzar con cierta facilidad. En mi caso, el viento de Poniente acabó cayendo y me vi forzado a llevar una típica navegación mediterránea, negociando ventolinas, parando y arrancando motor, ajustando el aparejo cada cuarto de hora. Del Norte llegaba una mar vieja muy larga que nos acunaba serenamente, con ritmo de péndulo grande, y parecía imponernos su compás al barco y a mí. Fue en ese tramo donde más me arrepentí de no haber embarcado a algún tripulante, pues no duermo tranquilo si navego a motor y el cansancio me hizo mella enseguida. Si me sentaba en la cámara, me quedaba hipnotizado con la danza pendular de la cocina o con el movimiento de metrónomo lento de los lápices en su alojamiento de la mesa de cartas; si me quedaba fuera, me hechizaba el contoneo de la rosa del compás dentro de su cúpula cristalina. El mar tenía ese tono de azul que sólo se ve en algunos esmaltes o en ciertos cuadros de Matisse: el color de lo insondable.
Con el cansancio volvieron los recuerdos y las ensoñaciones, pero se había producido un cambio esencial en los efectos que me causaban. Acodado de perfil en la brazola cerré un momento los ojos y, en ese espacio de tiempo tan pequeño, me vi transportado al viejo sloop de mi padre, sentado en la misma posición y con Iulia sentada muy cerca junto a mí. Ambos mirábamos hacia proa. El viento hacía flotar sus cabellos y éstos me acariciaban la cara y me deleitaban con su aroma. Sin que ella se diera cuenta yo atrapaba algunos entre mis labios intentando descubrir su sabor. Eran ligeramente salados, como toda su piel y su amor. Al abrir los ojos me sentí afortunado. Aquel recuerdo era un tesoro vital. Y tenía muchos más. La pena y la nostalgia habían desaparecido. Mi opus nigrum empezaba a brillar. Iulia, acepté por fin, nunca fue una mujer del todo real. La esencia de Iulia era mía. Se componía de un soporte material adecuado y de todo mi amor, todos mis sueños, mis ambiciones y deseos colocados sobre ese soporte como un vestido. ¡Y qué bien lo llevó durante los catorce años que compartimos! ¿Habría cosido ella también un traje semejante para mí? Es evidente que yo no fui exactamente como ella quería. Por eso cambiaba el contenido de mi maleta cuando debíamos entrar en su mundo familiar y se enfadaba conmigo si participaba demasiado en las conversaciones con sus colegas. Yo era perfecto en el mar, sobre todo en los mares de Grecia que le ayudé a cruzar, y en su cama. Le encantaba que la escuchase embelesado mientras me contaba episodios de la mitología o me hablaba del origen de las palabras que hoy usamos. Y pienso, ahora, que también amaba en mí aquello que de griegos tenemos casi todos los marinos del Mediterráneo. Pero había otras muchas cosas mías que, sencillamente, no percibía. Como si yo emitiese en una longitud de onda en la que ella no sintonizaba. Qué lástima, pensé, que el conocimiento te alcance siempre cuando ya no puede ser aplicado. Atravesé el Stenos Karpathy y seguí a rumbo, Este media cuarta al Sur, hacia Chipre; patria, precisamente, de Pigmalión y Galatea. |
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