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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#1
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Muy bien Atarip. En efecto, hay más de un Blue Lagoon en el Mediterráneo. Al menos dos: el de Malta y el de Chipre. Tal vez el de Malta (Comino) es el más mágico de los dos. Cuéntanos más...
Yo sigo con Chipre: ...Tomé un buen baño de mar, aunque el agua de mediados de mayo estaba aún un poco demasiado fría para mi gusto. Comprobé que el ancla estaba bien enterrada en la arena y, con la tranquilidad que eso me dio, me preparé una cena espléndida, tomé un par de copas de buen whisky –cosa que no me había atrevido a hacer en toda la navegación- y me fui a dormir sin despertador por primera vez en dos semanas. La navegación en solitario es como un shock para el cerebro de los humanos contemporáneos. De pronto, al seso le desaparecen multitud de “inputs” de urgencia, como los que produce, por poner un ejemplo, la sencilla actividad de conducir un coche o, incluso, la de ser espectador de una película de intriga. Los sueños, faltos de simbología fresca, derivan enseguida hacia estímulos del pasado y codifican recuerdos de sensaciones que el consciente ha olvidado hace mucho. El paso de una disciplina estricta, no sólo en materia de horas “dormibles” sino también de pensamientos autorizables, comida asumible, planteamientos permisibles y bebidas inocuas, a la situación de moral laxa en fondeadero, también provoca un claro desajuste de los ritmos neuronales de costumbre y hace que lo onírico adquiera una calidad extraordinaria y desconocida. Soñé el recuerdo remoto de mi madre sosteniéndome en brazos mientras me cantaba una canción de cuna de la perdida Sefarad: durme, durme mi alma doncella; durme sin ansia y dolor. Soñé sus labios de fresa y los dientes perfectos que, en la felicidad, mostraba. Soñé el recuerdo de que, con tan sólo ser, hacía feliz a quien más amaba. Recordé el sueño de las manos de Iulia acariciando mi cuerpo de héroe imberbe; de su boca besando la piel ingenua de la vaguada que conducía de mis caderas a mi vientre. Escuché en un eco lejano la voz áspera de mi padre, presión viva de su mano en mi brazo, al ritmo de una canción de guerra: Nous sommes des dégourdis, Nous sommes des lascars Des types pas ordinaires. Nous avons souvent notre cafard... Y regresé a la vigilia, con el Sol ya visible, en un último sueño de grandes barcos que, cargados de contenedores, partían sin mí. Entré, por fin, en el atestado puerto de Latsí; alquilé un coche y me dispuse a rodar hacia Famagusta con escala previa en la Nicosia turca. |
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Atlántida (10-12-2012), enric rosello (05-12-2012), Gambucero (29-11-2012), jacarejack (29-11-2012), Nochero (30-11-2012) | ||
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#2
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Cita:
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#3
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La carretera discurre cerca de la línea de la costa durante unos cien kilómetros, orillando el enclave de Kokkina y cruzando la doble línea de separación de las Naciones Unidas. Después de tantos años aún se respira el ambiente de conflicto y el odio latente entre griegos y turcos. Siguiendo el consejo de varios amigos, tuve que entregar el coche antes de cruzar la frontera y cambiarlo por otro, idéntico, pero de matrícula turca. Curiosamente, ambos pertenecían a la misma compañía de alquiler.
Llegué a Nicosia a media tarde, justo a tiempo de tomar un té antes de cenar con mi viejo amigo Metin, antiguo estudiante de Marina en Marsella, donde nos conocimos, y actual alto cargo de la Policía turco-chipriota. Gracias a la llamada de teléfono que le hice antes de dejar Barcelona, mi entrada en el país no había tropezado con las habituales exigencias de visados y demás obstáculos administrativos. Hacía mucho que no nos veíamos. Había engordado considerablemente y parecía observar el entorno a través de los párpados semicerrados mientras desgranaba en su mano derecha las cuentas de un rosario islámico. Disfruté muchísimo del ambiente que se creaba a su alrededor, como cristalizado por su aura de Pachá y por las atenciones orientales que le dedicaban los camareros y el dueño del restaurante. Descubrí, con sorpresa, que casi no bebía alcohol y que había dejado de fumar cigarrillos. Ya sólo disfrutaba, de vez en cuando, de alguna pipa de agua con tabaco aromatizado de manzana. Ahora, me dijo con expresión lobuna, he centralizado todos mis vicios en uno sólo que está tolerado por el Corán: las mujeres. Me había preparado una especie de salvoconducto en forma de carta con el membrete oficial de la policía en el que, copiando descaradamente la leyenda que ilustraba el reverso de nuestros antiguos títulos profesionales, rogaba a las autoridades y funcionarios de la república que me dieran asistencia en caso de necesitarla. Me dio también el nombre del comisario de Famagusta y el del comandante militar de la zona, con la recomendación de que fuese a verlos, de su parte, y de que les explicase claramente mi intención de violar sus leyes entrando en la zona de exclusión de Varosha. Necesitan, me dijo, mirarte a los ojos para estar seguros de que no les vas a complicar la vida con alguna imprudencia o con alguna fotografía publicada en algún sitio improcedente. Toma nota también, añadió, de que Varosha ya no existe. Ahora se llama Mereş. Cenamos una selección de platillos de comida chipriota, idéntica a la turca y a la griega, pero con nombres diferentes. Bebimos “ayran”, que es una especie de yogur aguado muy saludable y, con los postres, además del inevitable café turco, a mí me sirvieron un whisky con hielo y a Metin un vaso de raki, llamado ouzo por los griegos, que es un aguardiente de anís muy seco que hay que mezclar con agua. El restaurante estaba en lo que, de ser romana la casa, hubiese sido el “compluvium” y, de ser andaluza, el patio. Una fuente central nos brindaba su rumor; miles de geranios y de otras flores, cuyo nombre desconozco, esparcían un suave aroma. La música ambiental, también como un perfume, exhalaba notas de flauta sufí. http://www.youtube.com/watch?v=aEPZxf3l8hI Me invadió un sentimiento que no sé definir: estaba en casa. La gran casa de quienes tuvimos la fortuna de nacer a orillas de la más bella de las mares. Y de la que, siendo la más pequeña, más sangre humana por metro cúbico contiene. Metin recuperó del fondo de uno de sus bolsillos el rosario y se inclinó levemente hacia mí, mirándome intensamente entre sus párpados de Pachá. Cuando entres en Mereş, Tahleb, hermano mío, piensa en Turay, el hijo de mi padre y de mi madre, que también pudo ser tu hermano y que murió en agosto del 74 en el frente de Pentadactilia, no lejos de aquí, luchando por la libertad y la identidad de su pueblo. Te aseguro que no había más remedio que matar o morir. Cuando entres en Mereş, no te compadezcas sólo de los griegos. Nosotros pagamos con el doble de sangre que ellos su misma locura. |
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#4
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Hablamos de lo divino y de lo humano durante horas. Intentó explicarme los porqués de su deriva hacia estéticas islámicas, que yo atribuía a la simple necesidad de adaptarse a los vientos sociales predominantes, pero que tenía raíces personales mucho más profundas. Durante toda su juventud Metin había procurado sumarse a las corrientes occidentales que regían nuestra generación: el concepto de mundo que se engendró en las barricadas de mayo del 68, la liberación de la mujer, el concepto de la Democracia como ejercicio real y no sólo como juego de teoría política, el amor libre, el pacifismo.
Pero su tierra, a la que regresó al principio de los ochenta, lo devolvió a la realidad. El norte de Chipre pertenece a Oriente y, por lo tanto, los cambios suceden con un ritmo distinto. No se podían introducir esos cambios de repente sin destruir elementos fundamentales de la estructura social. La solución, pensaba él, estaba en el recurso a la bondad. Por eso, precisamente, se hizo policía. Para combatir la maldad y proteger a los buenos. La buena gente estaba habituada a la imagen de hombre justo un poco gordo, un poco espiritual -de ahí el rosario que desgranaba continuamente- y muy vigilante, como sugería su mirada pretendidamente escrutadora. Un jefe de policía de nervios templados engendraba confianza y esperanza. Ambas generaban bondad y, la bondad, engendra justicia. Esa mirada puesta en las cumbres del bien común le había hecho perder, sin embargo, las dioptrías necesarias para ver los motivos vitales de gente como yo. Respetó escrupulosamente mis sentimientos, pero sé que no pudo comprender por qué estaba yo perdiendo el tiempo en aquel viaje a los recuerdos. Especialmente, supongo, teniendo en cuenta que las esperanzas suyas y las de su gente se basaban ahora en la posibilidad de olvidar. ¿Sabes?, me dijo, cada día cruzan la Línea más de veinte mil turco-chipriotas para ir a trabajar al lado griego y varios miles de griegos pasan hacia aquí para hacer sus negocios. Es cuestión de tiempo que unos y otros se decidan a instalarse cerca de sus trabajos y, por lo tanto, que empiecen a convivir. Son gente joven que no conoce los detalles de lo que pasó. Y es mejor que nadie se lo recuerde. Lo más importante es que podamos mantener quietos a los militares ambiciosos de medallas y a los periodistas ávidos de reportajes enardecedores. El tiempo cierra las heridas. Vas a Mereş a recordar momentos felices, pero también recordarás desgracias y penas. A la mañana siguiente me dispuse a emprender la última etapa de mi viaje. Un par de ancianos vestidos a la vieja usanza turca me observaban con atención mientras cargaba la maleta en el coche y, mecánicamente, me dirigía luego a la portezuela delantera izquierda. Cuando quedó patente mi desconcierto al ver que el volante no estaba allí, uno de los ancianos le entregó un billete al otro, que lo recibió con una gran sonrisa mientra me dirigía un simpático guiño. En Chipre se conduce por la izquierda. A menudo y especialmente por las mañanas, los turistas lo olvidamos. |
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Atlántida (20-12-2012), Enrana (11-12-2012), enric rosello (11-12-2012), Gambucero (14-12-2012), J.R. (12-12-2012), Nochero (14-12-2012), SAGHARBOUR (12-12-2012) | ||
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#5
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Afortunadamente, la carretera que, desde Nicosia, lleva hasta Famagusta es una autopista de dos carriles por sentido que permite conducir relajado, sin la atención constante que exige la circulación por la izquierda y que, a medida que me aproximaba a mi destino, me hubiese costado mucho mantener.
La primavera estaba en su esplendor. A ambos lados de la autopista se veían frutales floridos y campos labrados que empezaban a verdear. Bajé la ventanilla para que entrase el aire con sus aromas y aprecié, una vez más en mi vida, que cada país tiene su olor propio y que los olores son el pilar más sólido de los recuerdos. Chipre tiene olor de especias mezcladas, algo así como el curry, y, de vez en cuando, una fugaz bocanada, áspera e intensa, de los efluvios de las higueras. La última vez que lo aspiré estaba mezclado con los gases de la cordita, el keroseno de los aviones y la chamusquina de incendios lejanos en los que, probablemente, no era sólo madera lo que ardía, pero su olor propio subyacía, bien identificable, como una esperanza de tiempos mejores. Llegué por fin a Famagusta. Crucé primero algún arrabal y, en cuanto las casas se espesaron un poco, me encontré bordeando la valla que separa a Varosha del presente y de la vida. El corazón se me aceleró cuando descubrí que la calle Kemal Server era en realidad la que yo conocí como calle Iras, donde se hallaba el Golden Mariana, y que la valla de prohibición que la interrumpía estaba a poco más de doscientos metros del hotel. Tan cerca y tan lejos. Aparqué el coche detrás del Hotel Palm Beach, a la sombra del esqueleto arruinado del Hotel Salamina, aún en pie al otro lado de la valla, el mismo que fue bombardeado mientras Iulia tocaba “Imagine” al piano en la verandah del Golden Mariana. Un tremendo boquete hacia la mitad de su altura indicaba el lugar por el que había penetrado uno de los cohetes de la aviación, mientras que por la cara norte se apreciaba el desprendimiento de la fachada en cuatro o cinco de los pisos. Me quedé un rato como extasiado por el hecho de aquella simultaneidad. Era como si aquel destrozo estuviera tan ligado a las notas de la canción que se diría que era efecto de éstas y no de un ataque aéreo. http://www.panoramio.com/photo/27010...=kh.google.com Sólo acontecimientos muy sonados dejan en nuestro recuerdo la grabación exacta del lugar en el que nos encontrábamos y de lo que hacíamos cuando sucedieron. El asesinato de JFK o el atentado del 11 de septiembre son dos de ellos y afectan a casi todo el mundo. El ataque al Salamina es, para mí, una de esas grabaciones imborrables. Recuerdo que, al oír el primer estampido, los jóvenes soldados que coreaban la canción apoyados alrededor del piano se agacharon instantáneamente. Iulia levantó las manos del teclado como si se quemase. Asimina, la camarera, dejó caer la bandeja que llevaba y se me abrazó, escondiendo la cara en mi pecho, y temblando como un gorrión. Con Asimina bajo el brazo izquierdo, agarré a Iulia con el derecho y me las llevé a ambas tras la protección de los ladrillos con los que estaba hecha la barra del bar. Nos sentamos en el suelo, asustados, aturdidos y fuertemente abrazados los tres. Iulia, que no temblaba en absoluto, puso su mano sobre la cabeza de Asimina en ademán protector. En ese instante y por causa de ese gesto, el futuro me desveló una de sus grandes promesas. Tomé conciencia de que Iulia era una mujer fuerte y valiente. Supe que, probablemente y si salíamos con bien de aquella, el Mundo iba a ser nuestro. El destino me había regalado una camarada. |
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#6
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Tras inscribirme en el hotel salí, impaciente, a dar un paseo por la playa hasta la valla que, introduciéndose en el mar de un modo bastante rústico, impide el acceso más allá de los parasoles que fueron, en su día, del Salamina. Observé, a menos de 100 metros, la escalinata medio arruinada del King George y el lugar, sobre la arena, en el que 37 años atrás descansaban los botes de vela ligera que me hicieron concebir locos planes de evasión. La playa había retrocedido mucho y, poco después del King George, hacia el Sueste, las olas casi lamían los cimientos de los primeros rascacielos. Una pátina de color tabaco, que matizaba todos los colores antiguos, cubría como un sudario los edificios y la vegetación salvaje que crecía entre ellos.
Tenía una extraña sensación en el estómago, mezcla de ansiedad, tristeza y excitación. Sentía la proximidad de Varosha y la del pasado al mismo tiempo. Era como si el presente y el tiempo intermedio, es decir, mi vida desde entonces, no hubiera sido más que una alucinación vaga y que, de alguna manera factible y simple aunque ignorada, yo pudiese regresar a agosto del 74 y retomar mi juventud. Tal vez con el equivalente de un chasquido de los dedos o la pronunciación de una palabra mágica o, quizás, dando no más de un par de pasos en una dirección esotérica adecuada me sería posible franquear aquella barrera tan sutil. Me pasaron por la mente todas las teorías sobre realidades paralelas que había escuchado alguna vez. Sentía tan vivo el latido de mi corazón de joven, estaba todo tan próximo, que cerré los ojos con la verdadera esperanza de ver ante mí la sonrisa de Iulia y el resplandor de aquel verano en cuanto los volviese a abrir. ¡Qué cerca estaba todo! Aún con los ojos cerrados volví a verla. Paseaba semidesnuda ante mí, recortada en contraluz por el atardecer que discurría tras el ventanal de nuestra habitación mientras leía y declamaba un escrito de Hölderlin: “Dejé mi patria para encontrar, más allá del mar, la Verdad. ¡Cómo latía mi corazón, lleno de grandes esperanzas! No encontré nada más que a ti. Tampoco tú encontraste a nadie más que a mí. Nosotros no somos nada; aquello que buscamos lo es todo”. |
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Enrana (11-01-2013), enric rosello (08-01-2013), Gambucero (08-01-2013), J.R. (09-01-2013), Nochero (15-01-2013) | ||
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#7
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Y, efectivamente, no encontré nada cuando, finalmente, abrí de nuevo los ojos. Allí estaba la playa abandonada y el impasible sol de la tarde, deslumbrándome. Un soldado aburrido me observaba desde su garita; una caseta construida con materiales de saqueo sobre la terraza del mismo hotel en el que, antaño, se servía la mejor langosta del Mediterráneo.
Por allí había pasado el temible caballo de la Guerra, pero, a diferencia de la mayoría de las tierras y las ciudades devastadas, las heridas abiertas por su guadaña no habían podido cerrarse aún ni ser enterradas por el paso de la historia. Me impresionó, sobre todo, la súbita consciencia de la habitualidad de lo tremendo. Yo mismo era, en aquel lugar, un visitante común y mil veces visto. Al regresar al hotel, un camarero en uniforme impecable me aguardaba para conducirme hasta una mesa junto a la cristalera del salón, desde la que se divisaban las ruinas de Varosha bañadas por la luz del Poniente. Tal vez., sugirió, me apetecería tomar alguna bebida contemplando la Ciudad Fantasma. Le hice alguna pregunta sobre los años transcurridos junto a la ciudad prohibida, pero me contestó con un discreto encogimiento de hombros: lo siento, señor, yo soy de Jordania y no tengo ni idea de por qué están esas ruinas tan feas ahí. Las de Jerash, me informó con un susurro cómplice, estaban junto a su pueblo y ésas sí que valían la pena. Y, además, podían visitarse. Al día siguiente intenté ver al comandante militar al cargo de la zona, pero me informaron, sin demasiada amabilidad, de que no podría concederme ninguna entrevista hasta una semana después. A continuación intenté ver al jefe de la policía enseñando la carta de Metín como tarjeta de visita, y obtuve, a pesar de todo, una respuesta similar. Mis genes de colono europeo empezaron a sentirse a gusto en aquel escenario. Junto a las murallas de la fortaleza veneciana, en un mercadillo de tenderetes, encontré un puesto en el que vendían, como si fuesen antigüedades, llaveros de las habitaciones de casi todos los hoteles de Varosha, pero no hallé ninguno del Golden Mariana ni nadie que recordase haberlos visto nunca en venta. Al parecer, el hotel estaba demasiado cerca del trayecto habitual de las rondas de vigilancia y no había sufrido demasiados saqueos. Pregunté en un par de sitios si alguien recordaba al libanés de Varosha en cuya tienda, casi cuatro décadas atrás, había comprado mis víveres de supervivencia y, por fin, hallé a un viejecillo frágil y encorvado que asintió sonriendo: ¡claro que me acuerdo! ¡Ese era yo! Y, pasmosamente, se acordaba también de mí. En realidad, de quien se acordaba era de Iulia, pero sabía que la acompañaba un muchacho que bien pudiera ser yo. Ejerciendo de típico comerciante oriental se sirvió del poder de sus gestos para ordenar a los dependientes que fuesen a buscar té y cigarrillos, y me hizo sentar junto a una mesa baja para conversar. Procediendo en estricto orden cronológico me habló de su inquietud por nosotros cuando dejó de vernos; de su esperanza de que hubiésemos sido evacuados sin novedad con los demás extranjeros; del miedo y la angustia vividos el quince de agosto, cuando hubo que abandonar la ciudad en tan sólo un par de horas; de su determinación por quedarse en la zona turca, a pesar de ser cristiano; de los largos años de conquista de la estabilidad y de la paz de los últimos tiempos, rodeado de hijos y nietos que lo veneraban. Y de la gran alegría que se llevó cuando, siete u ocho años atrás, Iulia vino a visitarlo. |
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