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Antiguo 04-02-2013, 16:11
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Predeterminado Re: Verano del 74

Aunque con muchísimo retraso, no paso por aquí sin desearte un feliz cumpleaños. Como siempre gracias Tahleb
Saghabour
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Tahleb (06-02-2013)
  #2  
Antiguo 06-02-2013, 17:36
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Predeterminado Re: Verano del 74

Pasé los siguientes cuatro días deambulando por las murallas, las ruinas y las calles de Famagusta. Una de las tardes me llegué hasta Nicosia para devolver la invitación a cenar de mi amigo Metin y decirle que, finalmente, no iba a utilizar los contactos que tan amablemente me había facilitado. Se limitó a mostrarme la palma de su mano, como quien detiene el tráfico, en ademán de no querer saber por qué ni cómo. Me lo imaginaba, dijo. Si fueras turco serías el arquetipo de un efendi, un caballero de educación superior. Si te metes en un lío haré lo que pueda por ti. Sé prudente.

Cada atardecer observaba la hora de salida de la Luna. Cincuenta minutos de retraso cada día; casi una hora de oscuridad extra por día de espera. En la mañana del quinto día fui al encuentro de Mustafá. ¿Será hoy? Sí, hoy será.

Obedeciendo a la quebrada lógica de cuanto sucede en Oriente, el punto de entrada era sorprendentemente visible: un agujero en la alambrada que daba al espacio que alguna vez fue jardín entre dos chalets. Con total descaro, Mustafá me hizo aparcar el coche a escasos dos metros del hueco; echó una mirada circular no muy inquisitiva, agarró la bolsa con el equipo y se metió por el agujero con la agilidad de un hurón.

Lo seguí, intentando imitar en lo posible su displicencia y su facilidad de movimiento, y entramos en el vestíbulo de una de las casas. Allí, asistidos por la luminosidad azulada y escasa de una linterna de leds, nos enfundamos en los trajes isotérmicos, cuya función era la de hacernos invisibles a eventuales cámaras o visores de infrarrojos de los que, al parecer, se servían a veces las patrullas de la ONU, y salimos al exterior para recorrer el último tramo de mi viaje de ida hacia el pasado, hacia el recuerdo de la juventud y, quizás, como sugería Hölderlin en el fragmento de Hyperion que Iulia tenía como libro de cabecera, hacia el descubrimiento de alguna Verdad de esas que cabe escribir con mayúscula.

Como marino, mis ojos conocen la profunda oscuridad de las noches sin luna, pero la mar no es tan absolutamente negra como puede llegar a serlo una tierra cubierta de espesura y de arboleda salvaje, en la que el tenue atisbo de la luz estelar no encuentra dónde reflejarse. Mustafá caminaba a buen paso delante de mí y yo lo seguía mal que bien con la única guía del rumor de sus pasos quedos y, de vez en cuando, un fugaz alumbramiento de la linterna de leds. Supongo que fuimos a buscar la calle Stadiu y que, luego, giramos a la izquierda por la que antaño fue Sokratu, pero a los efectos de mi recuerdo, lo mismo hubiéramos podido estar caminando por un túnel lleno de hierbajos.

Mustafá se detuvo al fin, agachándose junto a un árbol rodeado de zarzas. Hemos llegado a la calle Iras, me dijo; el Golden Mariana está justo enfrente de nosotros, pero antes de cruzar quiero asegurarme de que no hay ningún vehículo de patrulla parado calle arriba o calle abajo. Quédate aquí un minuto.

Casi podría decir que, a fuerza de dilatadas, me dolían las pupilas. El Golden Mariana estaba a seis metros escasos de distancia, al otro lado de la calle, pero tan sólo podía percibir su masa superior, recortada vagamente contra el brillo grisáceo de las estrellas.

Vía libre, susurró Mustafá junto a mi oído. Vamos allá. Let’s go!

Tras cuatro o cinco zancadas sentí bajo mis pies los escalones que conducían a la recepción, aquellos mismos escalones sobre los que, hacía toda una vida, había quedado Asimina llorando, con doscientos dólares en el bolsillo y su vida en serio peligro, mientras Iulia y yo éramos evacuados.
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  #3  
Antiguo 06-02-2013, 22:52
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Predeterminado Re: Verano del 74







__________________
Buena proa!
Lachica
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  #4  
Antiguo 12-02-2013, 18:54
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Predeterminado Re: Verano del 74

Para no dejar huellas visibles desde la calle, en vez de entrar por la puerta principal lo hicimos por una ventana de la cocina. Una vez dentro, Mustafá permitió un poco más de luz y encendió un curioso aparato de su invención que venía a ser como una pantalla de ordenador. Afirmaba que el reflejo de su iluminación era totalmente invisible desde el exterior y que había descubierto que la clave estaba en tener una gran superficie iluminadora de muy baja intensidad. Lo cierto fue que, en efecto, lo que se iluminaba directamente era del todo visible mientras que cuanto quedaba fuera del foco directo era como si no existiese.

Aquello era como visitar un buque fantasma. Sobre las mesas de la cafetería estaban aun las tazas y los vasos del último servicio. Colgando de un gancho, tras la barra, pude ver un delantal de camarero. Subimos sigilosamente hacia el bar veranda. Allí estaba el piano, con la tapa del teclado abierta, y la barra del bar tras la que nos habíamos protegido Iulia, Asimina y yo cuando cayó la primera bomba en el Salamina. Bajo la barra había un par de cajas de Coca-Cola intactas y una de un refresco que no había vuelto a ver en treinta años, Orange Crush, a cuyas botellas parecía habérseles roto la chapa por oxidación. Vi el rincón en el que pasábamos las horas leyendo, dos sofás dobles y una mesita baja, convenientemente lejos de las ventanas y las cristaleras que podían convertirse en metralla en caso de explosión. Sobre la mesita, cubiertas por el polvo, aún se podían ver un par de ejemplares del Selecciones, varios de la revista alemana Stern y por lo menos un Paris-Match. Recordé, como en una ráfaga, que en uno de ellos había un reportaje sobre la guerra de Vietnam que me había impresionado mucho. Trataba de los feroces combates en el Delta del Mekong entre vietnamitas. Los americanos ya se habían retirado. Descubrí que sabía que otras de aquellas revistas hablaban de la muerte de Perón, de un terremoto ocurrido en Colombia o del choque de dos camiones cisterna llenos de butano en España. Mis neuronas, sobreexcitadas, habían hecho un viaje más profundo que el realizado por el resto de mi cuerpo. Estaba todo allí.

Subí ansiosamente al segundo piso. Recorrí el pasillo hasta el fondo y me detuve ante la puerta de la 211. ¡Estaba todo allí! Si abría esa puerta, ¿no estaría Iulia esperándome al otro lado? ¿No me acogería su sonrisa pícara como preludio de alguna de sus bromas? ¿No me mirarían sus ojos como solían mirarme, llenos de amor?
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Predeterminado Re: Verano del 74

Uffff me dejas sin palabras,camarada Tahleb.
Remueves todos los posos de tu vida y de las nuestras....

Y sigue porfa..
__________________
Si la vida es un barco,...
que haya sueños en las velas,
esperanza en el timon,...
y no esclavos en los remos.
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Tahleb (14-02-2013)
  #6  
Antiguo 14-02-2013, 17:56
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Predeterminado Re: Verano del 74

La puerta de la 211 había ocupado un lugar importante en mis reflexiones de los últimos días. Por un lado estaba el hecho de que la llave había sido conservada por Iulia y, del modo que he narrado, había llegado a mis manos. ¿Habría cerrado la puerta después de su visita en el 2004? Por otra parte, ¿cabía esperar que, después de treinta años sin uso, la cerradura hubiese obedecido a las intenciones de Iulia?

Por si acaso, y saltándome las estrictas normas de Mustafá, la llave, desprovista de su vistoso llavero, estaba convenientemente alojada entre el calcetín y mi tobillo derecho. Mientras dudaba, un poco mareado por la impresión que me causaba aquel retroceso brutal en el tiempo, vi aparecer la mano de Mustafá en el halo de iluminación empujando suavemente la puerta, que se abrió a penas un par de centímetros.

Apoyé entonces mi mano derecha en la hoja y empujé con decisión.

Tal vez duró el tiempo que tarda mi corazón en dar dos latidos. Tal vez fuese algo menos, o poco más, de un segundo. Pero la vi con total claridad: Iulia estaba sentada en la cama, con un libro sobre las rodillas y ambas manos apoyadas en el colchón. La misma postura que, según los astrónomos griegos, tiene Casiopea en el cielo. La misma en la que tantas veces me esperó. Ese segundo escaso fue suficiente para que viese cómo su cabeza giraba hacia la puerta y que nuestras miradas estuviesen a punto de cruzarse. Pude ver que sonreía y también vi sus ojos, pero antes de que llegasen a mirarme francamente, antes de que se clavasen en mí y me transmitiesen algún sentimiento, la visión se desvaneció en el polvo y la penumbra.

También tras un cortísimo espacio de tiempo mi mente analítica e incrédula elaboró una respuesta plausible: había tenido una alucinación causada por aquel ambiente tan denso.

Pero entonces noté que Mustafá se aferraba con fuerza trémula a mi brazo. Did you see that? Allah, Allah! Lady Iulia must be dead!
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  #7  
Antiguo 14-03-2013, 13:00
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Predeterminado Re: Verano del 74

Disculparán ustedes el mes de silencio. Parece que la sesentena no me ha sentado muy bien y he pasado unas semanas en astillero. Nada que altere esencialmente mis planes. Ahí va la siguiente entrega (ya falta poco).

++++++++++

Pero no, no fue un fantasma lo que vimos. Mi visión estaba sentada en la cama, mientras que, según contó más tarde, Mustafá la vio en pié al fondo de la habitación. La mía llevaba el pelo suelto; la suya no. La mía tenía apenas 20 años.

Ha sido el polvo que se ha levantado al abrir la puerta, Mustafá, tranquilo; el polvo y esa mierda de luz que te has inventado, que parece que estemos en el triángulo de las Bermudas, le solté de corrido y en español. Y pareció entenderme. Dust? Yes, only dust.
Cosa curiosa lo de las lenguas.

Tal como cabía esperar, la habitación contenía exactamente los mismos elementos que treintisiete años atrás: las cortinas dobles, a punto de desplomarse; las alfombrillas a pie de cama; la banqueta para el equipaje… Vi, sobre la cama, el resto desecado de dos claveles. En aquella tiniebla era imposible saber de qué color habrían sido.

Entré en el cuarto de baño. El lavamanos consistía en una pica soportada por un pedestal, ambos de porcelana. El pedestal era hueco y se podía acceder a su interior pasando la mano entre la pared y su cara posterior. En aquel hueco solíamos guardar los pasaportes y el dinero, a falta de mejor caja fuerte. Ya el propio gesto de agacharme y pasar brazo y mano tras el pedestal me transportó un poco, pero la sensación que tuve cuando mis dedos tocaron algo escondido allí dentro fue como un viaje por el túnel del tiempo.

El objeto resultó ser un envoltorio de plástico muy bien sellado y, pegado a él, un sobre con una carta en su interior. La carta iba dirigida a mí.

“Si estás leyendo esta carta es porque, de algún modo, os habéis encontrado. Conociéndote, sé que el modo más probable es que hayas sido tú quien ha vuelto a Varosha y al viejo escondite de nuestros papeles de aquellos días tan intensos. Tal vez el motivo de tu regreso sea que te han informado de mi muerte. Según los médicos ya no me queda mucho. Me da un poco de miedo pensar en eso.
Como ves, también yo he regresado. En mis recuerdos tú no salías muy nítido. No he vuelto por ti. Quise volver al lugar en el que había perdido la virginidad de un modo tan romántico (ante Júpiter nada menos ¿te acuerdas?), al recuerdo del ruido tremendo de las bombas y al descubrimiento de que era capaz de mantener la calma y una cierta serenidad incluso en situaciones así. Varosha era una especie de diploma en mi vida. Yo estuve allí. Y tú, evidentemente, también estabas en mis recuerdos pero desdibujado, sin mucho protagonismo. Como una más de las cosas estupendas que me ocurrieron en el 74.
Pero una vez aquí tu recuerdo me ha invadido. Inundado más bien.
Es como si te volviera a ver caminando por la playa, moreno, sano, guapo y fuerte. Deliciosamente tímido; tratándome como si yo fuese algo extremadamente delicado e irreemplazable. Tal vez no tendrías que haberme querido tanto. Te salí “rana”.
No voy a justificarme ahora. El hecho incontrovertible es que os abandoné a ti y a nuestro hijo. Yo pensaba que había cometido una monstruosidad singular, pero luego he visto que ni siquiera soy la única. Otras muchas mujeres lo han dejado todo atrás para correr tras una quimera.
Paseando estos días por Famagusta y a lo largo de la valla de separación, tu sombra se ha ido situando junto a mí, ajustando su paso al mío como solías hacer. Y todo nuestro amor juvenil me ha vuelto a hervir en el corazón y el vientre. Yo también te quise locamente. Luego se me olvidó que te quería. Y, ahora, como dice la canción de Lolita de la Colina, se me olvidó que te olvidé. A mí, que nada se me olvida.”

En este punto me interrumpió el susurro apremiante de Mustafá: patrol, patrol outside. Turn out the light.

Totalmente a oscuras oímos pasar el motor diesel de un vehículo de patrulla. Cuando se extinguió el sonido, Mustafá señaló su reloj. Era hora de volver.
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