Re: Verano del 74
Efectivamente, el paquete que acompañaba a la carta contenía el libro de cabecera de Iulia: “Hyperion, un ermitaño en Grecia”. Estaba muy ajado y tenía ya varias páginas sueltas, amén de docenas de párrafos subrayados y finos puntos de libro señalando pasajes concretos. No era lectura para mí, pensé con sinceridad, pero me propuse ir leyendo, de vez en cuando, los párrafos que Iulia había considerado de interés.
Ya no tenía nada más que hacer en Chipre. Era hora de regresar a mi barco, que me esperaba en su amarre de Latsí comprimido entre dos motoras tan gordas como las panzas de sus propietarios, rusos ambos, de modo que atravesé la isla sin detenerme para nada y me encontré a bordo a media tarde. Envolví cuidadosamente el libro en una tela y lo guardé en un lugar náuticamente seguro.
Me pregunté si mi viaje en busca de la Verdad habría tenido, finalmente, algún éxito. No supe qué contestar porque enseguida se me planteó otra pregunta: ¿Acaso mi viaje había terminado?
No me esperaba nadie en ninguna parte. No tenía ninguna obligación. Miré hacia el horizonte del Norte y me imaginé una entrada en Istanbul al amanecer.
Esa imagen se hizo realidad un mes y medio más tarde. Pero esa ya es otra historia. Tal vez la cuente algún día.
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