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#1
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El Glorioso y el Capitan Pedro Mesia de La Cerda, pesadilla de los barcos Britanicos. Fuente Canaldelmisterio
En la patriótica y exaltada historiografía inglesa los marinos británicos han ejercido su magisterio por los siete mares prácticamente desde la irrupción del pirata Drake hasta nuestros días. Por el contrario los españoles, tendemos a contar ciertos pasajes de nuestra historia con cierto derrotismo, como si el fracaso de la Armada Invencible hubiese iniciado una lenta y prolongada decadencia hasta el desastre de Trafalgar. Bien es cierto que durante el siglo XVIII la Armada británica surcaba los mares como poder hegemónico, dado el número de sus barcos e innovaciones técnicas. Pero esto no quiere decir que España le tendiera un puente de plata o que su camino estuviera sembrado de victorias. Más bien al contrario, España salió indemne de la Guerra de la Oreja de Jenkins con episodios tan gloriosos como el que protagonizó Blas de Lezo en Cartagena de Indias o como la resistencia del almirante Navarro junto al cabo Sicié. Unos años después de esas hazañas, en 1747, un navío español protagonizó una aventura heroica y solitaria que ya forma parte de las grandes gestas de nuestra Armada. Esta fue la gesta del Glorioso. El Glorioso era un navío de dos puentes y 70 cañones que mandaba don Pedro Mesía de la Cerda, un cordobés veterano de expediciones como la del cabo Passaro y Orán, que llevaba ya unos años de servicio en aguas americanas. En el verano de 1747, el Glorioso partió de la Habana transportando cuatro millones de pesos acuñados en monedas de plata en una travesía sin incidentes, al menos hasta que el capitán avistó la isla Flores, en las Azores. En aquellas aguas de dominio portugués, esperaba un convoy inglés protegido por tres buques de guerra. El Glorioso puso proa lejos de aquel convoy con la esperanza de llegar a la costa sin mayores conflictos, pero los buques ingleses ya habían divisado al español y dos de ellos, la fragata ‘Lark’ y el navío ‘Warwick’ salieron a perseguirlo. La fragata llegó primero a una distancia de tiro y aunque no pretendía vencer sola al barco español, sí aspiraba a entretenerlo hasta que llegara el ‘Warwick’, de 60 cañones, con la esperanza de decidir la contienda. Era noche, pero la luna estaba tan luminosa que parecía medio día y los artilleros españoles pudieran afinar el tiro. Tras un cruce de disparos la fragata quedó inservible y tuvo que retirarse del combate, hundiéndose poco después. El ‘Lark’, efectivamente, permitió que el ‘Warwick’ llegara a tiempo de entablar combate, aunque de ninguna manera esperaba pagar un precio tan elevado. Los dos navíos, británico y español, se encontraron por fin frente a frente bajo una pálida luz de luna que resplandecía en sus cañones. El silencio dio paso al estruendo y las baterías hicieron fuego sin descanso durante una hora y media. Al cabo de ese tiempo, la humareda se levanta y el Warwick muestra sus heridas. Ha perdido el palo mayor y su mastelero de trinquete y no tiene más remedio que dejar paso al ‘Glorioso’. ![]() Nuestro buque presentaba también algunos daños pero no tan graves que le impidiesen repararlos a bordo, ni tan preocupantes como para no tratar de alcanzar la costa, incluso con vientos poco propicios. El capitán, Pedro Mesía de la Cerda, quería poner cuanto antes a salvo la valiosa carga que llevaba. Pasaron varios días de tensa travesía y al capitán le inquietaba aquella calma y también la densa niebla que tenía por horizonte. Por fin, el 14 de agosto, el vigía avistó entre la niebla el cabo Finisterre, en las costas gallegas, pero no pudo el capitán sentir más que unos instantes de alivio porque enseguida divisó entre la bruma la silueta de un gran navío, flanqueado por otros dos más pequeños. Se trataba de un destacado de la escuadra del almirante Byng, que patrullaba las costas portuguesas, entre Oporto y Lisboa. El capitán De la Cerda no vio opción de eludir el combate y se aprestó a preparar sus cañones. El primero en atacar fue el navío, nada menos que el ‘HMS Oxford’, armado con 60 cañones, que cruzó hierro y pólvora con el ‘Glorioso’ durante más de tres horas. Le apoyaban la fragata ‘Shoreham’ y la corbeta ‘Falcon’, sometiendo entre los tres a un fuego continuo al buque español, que se defendía con bravura bajo el magistral mando de don Pedro Mesía. Al cabo de aquellas tres horas, la mayor potencia y habilidad de los españoles hizo retroceder al ‘Oxford’. La fragata y la corbeta tomaron entonces el relevo pero el capitán español, vencido el mayor escollo, decidió avanzar hacia la costa para no poner por más tiempo en riesgo su preciada carga. Los dos barcos aún en liza trataron de desviarlo pero el Glorioso aguantó las salvas enemigas sin apartar su proa del puerto de Corcubión, en donde atracó entre vítores el 16 de agosto con su botín sano y salvo. Por haber dejado escapar al enemigo pese a su superioridad manifiesta, los comandantes del ‘Oxford’, el ‘Falcon’ y el ‘Shoreham’ fueron sometidos a un Consejo de Guerra nada más desembarcar en Inglaterra, acusados de negligencia en el combate. ![]() El Glorioso tenía serios daños en la popa a cuenta de soportar los últimos disparos ya embocado hacia la bahía. La tripulación había sufrido cinco bajas y 44 heridos y el barco había perdido el trinquete y tenía daños de consideración en las vergas y mástiles, pero aquella heroica entrada a puerto con el consiguiente desembarco de la carga, hacía que la moral de los marineros estuviera por las nubes. Como apenas pudo arreglar muy por encima los daños de su barco, De la Cerda puso rumbo a Ferrol con idea de reparar en condiciones el navío en sus astilleros. Sin embargo, los vientos eran contrarios y tras varios días luchando contra el viento y el mar embravecidos, el capitán optó por dar la vuelta y dirigirse a Cádiz, aun sabiendo que las costas portuguesas estarían infestadas de escuadras británicas. La decisión del capitán De la Cerda puede parecer equivocada teniendo en cuenta la cercanía del puerto ferrolano, pero hay que recordar que en pleno siglo XVIII, los vientos y las tormentas diezmaban tanto o más las flotas que el ataque de una escuadra enemiga, a lo que había que sumar la inconveniencia de navegar contracorriente en un barco destartalado. El capitán tomó la precaución de navegar lo más alejado posible de la costa pero aun así, la travesía era tan peligrosa como cruzar un campo de minas. Con la escuadra del almirante Byng patrullando las costas portuguesas el peligro era inminente y además, la Royal Army tenía cuentas que ajustar con el ‘Glorioso’. ![]() Los españoles llevaban casi dos meses de travesía cuando al remontar el cabo San Vicente, ya en la última etapa de su viaje, apareció una escuadrilla de cuatro fragatas comandada por el corsario George Walker y conocida como la Royal Family. Sorprendido por aquella aparición el capitán don Pedro Mesía ordenó una maniobra de fuga y las cuatro fragatas, que además de su rapidez y maniobrabilidad sumaban 120 cañones y casi mil hombres, se lanzaron a su caza. El Glorioso mantuvo la ventaja durante un tiempo pero el viento era ligero y las fragatas más rápidas. Cuando el ‘King George’ ya casi alcanzaba al buque español, el viento desapareció por completo y le siguió una ‘calma chicha’ en la que los barcos se fueron acercando hasta quedar a un tiro de fusil el uno del otro. Ocurría que la bandera española no ondeaba por culpa de aquella calma y como además nuestra enseña era blanca y con un escudo en el medio, como la de los lusos, el inglés no supo si estaba ante un enemigo o un aliado. Hubo unos momentos de desconcierto, hasta que el ‘King George’ pidió al barco español que se identificase. Lo hizo primero en portugués, pero no obtuvo respuesta. Después lo comunicaron en inglés y fue entonces cuando el ‘Glorioso’ respondió con una andanada que destrozó el palo mayor de la fragata. Tres horas pasaron los españoles ametrallando a la pobre fragata hasta que llegó en su auxilio el ‘Prince Frederick’, sumándose al combate. El ‘Glorioso’ tuvo entonces que repartir andanadas, pero mantenía a las dos fragatas a raya hasta que avistaron la llegada del ‘Duke’ y el ‘Princess Amelie’, ¡la familia real al completo! Cuatro fragatas contra un solo navío era más de lo que el ‘Glorioso’ podía soportar, de modo que optó por una honrosa retirada, perseguido por la voluntariosa escuadrilla. La fragata ‘Prince Frederick’, más rápida que las otras, fue la primera en alcanzar a los españoles y entablar de nuevo el combate. La tripulación del Glorioso estaba extenuada pero se aplicó en la batalla y la inclinó enseguida a su favor, hasta que apareció por barlovento el navío británico ‘Darmouth’, que patrullaba por la zona y había escuchado el fragor del combate. Sumando sus 50 cañones al fuego de la fragata, las tornas cambiaron de pronto. El sufrido ‘Glorioso’ se enfrentaba de nuevo a dos barcos y cada vez estaba más dañado y su tripulación más cansada. Una capitulación en aquel momento no habría supuesto ninguna deshonra pero aquello era lo último en lo que pensaba el capitán De la Cerda, acostumbrado ya a las batallas desiguales. Ante dos rivales, la artillería concentró su fuego contra el más letal, el navío, y tras una carga continuada de las baterías, uno de los disparos acertó en la santabárbara del ‘Darmouth’, con tal suerte que el fuego prendió enseguida y el barco voló por los aires dejando un denso rastro de pólvora en el aire. El ‘Glorioso’ volvía a quedar a la par con el enemigo. Por delante, tan sólo aparecía la fragata ‘Prince Frederick’, un enemigo menor para su enorme destreza. Sin embargo apenas un rato después se asomó por el lugar un nuevo y formidable buque, el ‘Russell’, que aparecía a escasa distancia junto a las fragatas rezagadas. Dotado de tres puentes y 80 cañones, el Russell era entonces lo más granado de la flota británica, frente a un navío español que, con dos puentes y 70 cañones, estaba lejos de aquellas innovaciones. El Russell, junto a las fragatas del comodoro Walker, sometieron a doce horas de fuego cruzado al bravo capitán De la Cerda, que vio anochecer y de nuevo hacerse el día sin dejar de presentar batalla. Sin municiones, con el casco literalmente destrozado y los aparejos inservibles, el Glorioso entregó las armas el 19 de octubre de aquel año de 1747, después de haber causado sensibles destrozos en todos sus oponentes. El ‘Glorioso’ no era más que un amasijo de tablas que se mantenía a flote con la épica de un boxeador noqueado que se niega a caer a la lona. En cubierta, una pequeña parte de la tripulación se mantenía erguida y orgullosa, entre los cadáveres hacinados de 33 marineros y otros 130 heridos. Agotados y vencidos pero aún orgullosos, como aquel barco indestructible que seguía flotando para ofensa a sus rivales. Los británicos, con ese sentido del honor tan arraigado, trataron a la tripulación española con todos los honores, reconociendo el valor de todos ellos y la hazaña de su barco. No en vano, el ‘Glorioso’ se había enfrentado a cuatro navíos y siete fragatas, dañando seriamente a todas y cada una de ellas. El buque español fue trasladado al estuario del Tajo, en Lisboa, pero no encontraron en sus bodegas ningún botín que celebrar. Don Pedro Mesía de la Cerda fue ascendido a jefe de escuadra, llegando a ser general de la Armada y virrey de Granada, además de marqués de Armijo tras la muerte de su padre. El Glorioso fue desguazado en Lisboa, pero un nuevo Glorioso saldría de los astilleros ferrolanos para surcar de nuevo los mares en 1755. Desde entonces y aún en nuestros días, la marina española mantiene siempre en activo un barco con el nombre del ‘Glorioso’, aquel navío solitario y orgulloso que discutió, con poderosas razones, el autoproclamado dominio británico sobre los mares. |
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#2
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He buscado por la red y no he sabido encontrarlos... ![]() ![]() (Edito) He buscado en la LOBA y tampoco lo encuentro.
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----------------------------------------------- ...¿y por qué no?... ![]() ----------------------------------------------- Editado por iperkeno en 04-01-2015 a las 12:42. |
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Hiy pongo esta entrada sobre este brillante General Catalan, Luis de Requesens, que os guste
http://www.abc.es/espana/20150104/ab...412301813.html Saludos. coronadobx Editado por coronadobx en 04-01-2015 a las 15:57. |
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#4
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![]() Si has consultado a la LOBA y no lo sabe, es que no existe. ![]() ![]() La LOBA ![]()
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"Busquemos lo que es mejor, no lo que es más común, o frecuente, y lo que nos lleve a la posesión de la felicidad" Del filósofo Séneca (Córdoba, Hispania 4 a.C. - Roma 65 d.C.) |
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#5
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Cita:
![]() Bueno, como en el caso de los "Martín Álvarez" en algunas épocas históricas puede que en la armada cumplan con unidades menores, auxiliares o del tren naval que no constan en... la LOBA. ![]() ![]()
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----------------------------------------------- ...¿y por qué no?... ![]() ----------------------------------------------- |
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#6
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Yo creo que no se ha cumplido.....Coronadobx
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#7
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BARRILES DE RON JAMAICANO PARA TODOS
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iperkeno (08-11-2017) | ||
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#8
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Buen punto Borrasca aunque tengo que reconocer que nos falta consistencia. Antes todos los barcos llevaban el nombre de un santo u advocacion y a correr!
Si tenemos pocos al menos busquemos una temática que debería estar ligada a nuestra historia como bien propones, es decir nombres de marinos ilustres y se acabó! ![]() De hecho propongo a los Cofrades que sigamos este hilo buscando un barco y su capitán, como,por ejemplo el Glorioso y Pedro Mesia de la Cerda. Podríamos poner una foto de ambos. En Cuanto tenga tiempo lo hago, ando viajando mucho ahora. Saludos. Coronadobx Editado por coronadobx en 09-11-2017 a las 03:59. |
| 5 Cofrades agradecieron a coronadobx este mensaje: | ||
Acasimirocasper (19-03-2023), Gambucero (12-11-2017), Hakuna Matata (09-11-2017), leviño (11-11-2017), Racamento (10-11-2017) | ||
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Pues hay va uno
http://bibliotecavirtualdefensa.es/B...o.cmd?id=35875 Derrotero de Juan Ladrillero al mando de la nao San Luis
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BARRILES DE RON JAMAICANO PARA TODOS
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| 3 Cofrades agradecieron a BORRASCA este mensaje: | ||
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#10
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Perdona pero ¿dónde tengo que pinchar para leer el documento? Perdona pero no estoy familiarizado con este tipo de documentos y formato. Muchas gracias y un cordial saludo! |
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Vaya, coronadobx, justo el dia que fuimos al Museo Naval, estaba expuesto el nuevo lienzo que Ferrer Dalmau ha hecho del Glorioso. Habra que dejarlo para la proxima... Por cierto, el cuadro tan chulo que cuelgas en el mensaje, representa al Glorioso mandando al garete al Dartmouth...y que tambien esta en nuestro querido Museo Naval. ![]() ![]() Esta te la invito, aunque sea virtual ![]() ![]() ![]() |
| 3 Cofrades agradecieron a Tonina este mensaje: | ||
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#12
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Mis hilos solo pretenden dar a conocer algo mas nuestra historia naval que a los que vivimos fuera desde luego nos llena de orgullo! Gracias y espero que nos veamos de nuevo pronto! Coronadobx |
| Los siguientes cofrades agradecieron este mensaje a coronadobx | ||
Tonina (10-01-2015) | ||
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#13
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Conviene recordar que tenemos más museos navales:
Cartagena Ferrol Canarias San Fernando Viso del Marqués Sevilla |
| Los siguientes cofrades agradecieron este mensaje a buzo | ||
Tonina (10-01-2015) | ||
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#14
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Efectivamente, y el de Sevilla, además, está en la Torre del Oro!
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#15
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jajajajaja pues me tengo que empezar a preocupar por que mi lado friqui me esta empezando a "poder"!
he visitado el de madrid varias veces, el de cartagena, el del ferrol y la torre del oro que es de tematica naval... me falta el que me pilla mas cerca y el que es sin duda el MAS RARO, un museo naval a los pies de sierra morena, el del viso del marques!! que tiene guasa la cosa... podrias aqui en tu hilo hablar del fundador del museo del viso , no?? saludos.
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SAIDA... MMSI: 235106852 CALL SIGN: 2HUX8 |
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#16
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Hoy toca una preciosa historia mas propia de Hollywood. Los 15 de Winchester, o como 15 prisioneros urdieron un plan para escapar de las "garras" Inglesas
Resumen de la pagina de historia militar "Bellumartis" El 26 de Agosto de 1780 se escaparon de la cárcel de Winchester, ciudad al sur de Inglaterra, 15 prisioneros de guerra españoles, uno detrás del otro. Llegaron sin ser descubiertos hasta las orillas del rio Southampton donde robaron una lancha y se dirigieron ni cortos ni perezosos a la ciudad de Porsmouth, la ciudad con mayor número de naves de la Royal Navy. Ya hubiera sido toda una hazaña si les hubieran pillado allí pero no fue así. Aquellos 15 españoles robaron un buque ingles que estaba controlado por un solo hombre, por lo que se apoderaron de el rápidamente y sin problemas, ademas encerraron en el al Capitán, dos hombres y a un chico. El buque era un bergantín de 80 toneladas llamado John Thomas. Se echaron a la mar pasando entre alrededor de 17 navíos de linea sin problemas y adentrándose en el vigilado Canal de la Mancha. El 3 de Septiembre de ese mismo año llegaron sin problemas al puerto francés aliado de Brest. Al llegar allí les recibieron como lo que eran, auténticos heroes. ![]() Relato extraido de la pagina "nosesimeexplico" El 26 de agosto de 1780 dos presos se pelearon en el patio de la cárcel de la ciudad de Winchester. El intercambio de golpes degeneró en una batalla campal entre prisioneros partidarios de uno y otro. El portón del recinto estaba abierto para permitir la descarga semanal de víveres llegados en carros tirados por bueyes, tarea que estaba encomendada a un grupo de quince marineros españoles capturados en un navío de guerra cuyo nombre no ha sido precisado. Mientras, los boyeros se iban a tomar un trago a una taberna de las inmediaciones. Durante unos segundos los españoles observaron, sorprendidos y divertidos la escena: una turba de ingleses sacudiéndose y rodando por el suelo entre insultos, ayes y amenazas constituye, qué duda cabe, un espectáculo particularmente grato al ojo ibérico. Hallábanse disfrutando del momento cuando fueron poco menos que arrollados por los soldados del cuerpo de guardia, que salieron en tromba, caladas las bayonetas y listas las mechas, tras su sargento que les ordenaba formar en línea. Y allí quedaron los descargadores españoles, quietos como estatuas capaces de intercambiar miradas; a un lado, la calle de una ciudad extranjera y desconocida, al otro una docena de soldados apuntando a los contendientes y abriendo fuego sin miramientos al recibir la orden de su suboficial. Como un trueno retumbó la descarga en las arcadas del portalón. Alaridos de dolor, rabia y espanto provenientes del patio acompañaron al olor de la pólvora recién quemada. El sargento ordenó avanzar cinco pasos y dio orden de recargar las armas..., una imprudencia, pues más sensato hubiera sido recargar antes y avanzar después, por si alguien tenía hígados de plantar cara..., que no salió ningún voluntario, todo sea dicho. Listas las armas, ordenó apuntar nuevamente..., lo cual aterró aún más a los prisioneros..., ingleses..., porque los quince españoles ya no estaban allí para apreciar las maniobras de los soldados de la guardia..., antes al contrario, corrían como gamos, en manada, por las calles desiertas, dado que buena parte de la población se hallaba en el mercado, al ser sábado, y afortunadamente para ellos, quedaba un tanto apartado del presidio. Tampoco fueron vistos desde las atalayas de la cárcel, ya que los centinelas en ese momento sólo tenían ojos para el tiroteo del interior. Una calle..., un callejón..., una plazoleta..., a la derecha..., no, aquí no hay salida..., mejor por allí..., yo esto lo vi cuando nos trajeron..., o tal vez no..., pues de frente, por la calle de en medio..., y por esa calle de en medio llegaron al lado del río. Un río que, ellos no lo sabían, es el Itchen. Lo que sí sabían es que no se veía a nadie por ningún lado y que una solitaria lancha con vela y remos les estaba aguardando. Tuvieron el buen criterio de navegar aguas abajo, tal vez llegaran a otro río, tal vez incluso al mar. Como dice el refrán, una vez en el burro limpio palo, así que largaron la vela y se pusieron a remar con tanta dedicación como se habían sacudido los presos y con tan ciega determinación como había reaccionado el sargento de guardia. Y por aquello de que la diosa Fortuna ayuda a los audaces, abandonaron Winchester sin que nadie se diera cuenta de ello. Bueno, se dieron cuenta en la cárcel al cabo de un rato, cuando la cosa se normalizó un poco y a alguien le dio por preguntarse dónde estaban los tíos que tenían que acarrear los víveres, pero como nadie supo hacia dónde habían ido y tampoco hubo quien los viera por las calles, las patrullas que salieron en su búsqueda no supieron muy bien por dónde buscar. Y pasaron varias horas antes de que se conociera la denuncia por la desaparición de una lancha en el río. Para cuando se pudo salir en su búsqueda, los prófugos ya habían alcanzado la localidad de Eastleigh, donde nadie reparó en ellos, y continuaron adelante, bogando en silencio con la coordinación que les daba su experiencia naval. Ignoraban que tres lanchas se habían lanzado a su persecución, pero no les costaba mucho imaginárselo. Tampoco sabían que un destacamento de jinetes galopaba tratando de darles alcance por tierra, pero los quince daban por sentado que así sería. De hecho, les causaba cierta extrañeza no ver aparecer a sus perseguidores a cada palada de los remos, pero las horas de ventaja y la confusión inicial jugaban a su favor. Además, los ingleses tampoco se estaban matando por alcanzarlos. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a pasar desapercibido un pelotón de papistas de tez morena hablando en la jerga de esos jodidos españoles? En la granja de Townhill, que hoy es un barrio residencial de Southamton, nadie interrumpió sus bucólicas labores agrarias ni pastoriles para fijarse en la veloz lancha. Sí se fijaron en las tres que, llenas de soldados, pasaron después de que un escuadrón de dragones les preguntara si habían visto algo extraño en el río o por los alrededores. Al pasar por Swaythling, los españoles escucharon las campanas de la iglesia normanda de Santa María, pero acordaron unánimemente no rezar nada, no fuese Dios a confundirlos con herejes y se les frustrara la huida. Fue entonces cuando uno de ellos planteó en voz alta la cuestión que a todos les tenía en vilo desde que habían franqueado las puertas del penal: “Bueno..., pero..., ¿a dónde se supone que vamos?”, y la respuesta fue el chapaleo de los remos en el agua, que no dejaba de ser significativa. El río cambió de repente, ganando amplitud a ojos vista sin que hubiese razón para ello puesto que no habían recibido ningún afluente, y el mismo que había planteado la duda, proporcionó una certeza: “esto ya no es un río, es una ría y el mar no puede estar muy lejos”. Al cabo de unos segundos, otro dijo: “pues entonces ya sabes a dónde vamos, al mar. Al sur está España y al sur tenemos que ir”. El comentario, siendo acertado, no analizaba la cuestión de fondo, que era cómo cruzar el Cantábrico en barquichuelo sin irse, nunca mejor dicho, al fondo de la cuestión. Sea como fuere, remar era el único medio para conservar la libertad y, de paso, el pellejo en razonable buen uso. Así que remaron. Combatieron la sed con el agua del Itchen, de la que hicieron provisión, con gran acierto puesto que en la ría se tornó salobre. El hambre ya fue otro cantar. Estaba descartado desembarcar para robar, y más aún tratar de comerciar con otras embarcaciones, así que se repartieron un pan que había en la lancha y con eso, que era casi nada, hubieron de conformarse. Y Ría adelante, pasando por mitad del puerto de Southampton. Y nuevamente, nadie les dedicó siquiera una distraída mirada. Minutos más tarde alcanzaron la confluencia de la ría del Itchen con la del Test. Bien pudieran haberse metido en la segunda ría, que es muy amplia, creyendo que era el rumbo adecuado, pero uno de ellos había estado una vez allí, durante uno de los escasos períodos de paz anglo-española, y recomendó poner rumbo a babor, cosa que hicieron sin dudar porque, en su situación, cualquier mediana certeza se tornaba dogma de fe. El marinero español sabía cómo se salía de Southampton..., avante a babor, pero se guardó muy mucho de sugerir poner rumbo Sur a España, que eso, estando muy claro, no estaba, en realidad, ni medio claro. Así que costearon, a sabiendas de que por ahí no se iba a casa, pero es que, a ver quién era el guapo que ponía rumbo a casa..., y así continuaron, costeando el país de sus captores a ver si salía el sol por Antequera. Estaban bastante fatigados (de Winchester hasta el mar hay casi treinta kilómetros), cuando les sonrió la suerte y abordaron una barca de pesca. Se quedaron el pescado y dejaron a los dos pescadores herejes atados de pies y manos, un tanto apaleados, pero con vida, que al no ser soldados no era plan de matarlos innecesariamente y que fuesen al infierno, que tampoco estaban las cosas como para mostrarse crueles. Repuestas las fuerzas a base de peces crudos, y sin saber que tal vez habían inventado el sushi, llegaron a la bocana de una preciosa rada, la de Portsmouth. Y se liaron la manta a la cabeza. Allá que se fueron sin dudarlo, de perdidos al río, así que se metieron en la mayor base de la Royal Navy de todo el sur de Inglaterra. Con dos cojones y, en el fondo, nada que perder. Observaron maravillados los navíos de Su Graciosa Majestad, que no era cosa que pudiera verse de cerca, salvo en caso de abordaje, situación en la que no se presta especial atención a los aspectos estéticos. Atracaron al final de uno de los muelles, junto a un bergantín mercante. Bajaron a tierra, subieron a bordo del barco, cuyo nombre era John Thomas, dejaron fuera de combate al único marinero que hallaron en cubierta, bajaron a la bodega y se pusieron hasta las cejas de comida. Como estaban de muy buen humor, se sintieron hospitalarios, de manera que cuando regresó el capitán, insistieron que se quedara con ellos, bueno, ellos en la cubierta y él en la sentina acompañado del marinero capturado. Al cabo de un rato subieron a bordo otro marinero y un grumete, quedando ambos igualmente como huéspedes. Estaba por caer la tarde cuando enarbolaron la bandera inglesa, largaron amarras, desplegaron las velas y se hicieron a la mar. Quince españoles en una base naval inglesa, pasando como quien no quiere la cosa junto a diecisiete navíos de línea de la Royal Navy y alejándose con las últimas luces del atardecer. Era el momento de extender las cartas náuticas..., y ver si alguno de ellos entendía algo... El día 3 de septiembre de 1780, el bergantín de ochenta toneladas Juan Tomás, de su Majestad Católica, tripulado por quince marineros españoles y portando cuatro prisioneros ingleses, atracó en el puerto francés de Brest, donde fue recibido en triunfo por los navíos del Rey Cristianísimo y con gran entusiasmo de la población. Su hazaña fue publicada por la Gazeta de Madrid, el 6 de octubre. Y como corresponde a las más acrisoladas tradiciones españolas, los nombres de esos quince héroes cayeron para siempre en el olvido. En este video disfrutareis de tal epica aventura. Espero que os guste https://www.youtube.com/watch?v=4oZFG5ubAOo Saludos. Coronadobx Editado por coronadobx en 09-01-2015 a las 16:58. |
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Cita:
No creas que tu visita es tan rara. Yo también estuve.
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"Busquemos lo que es mejor, no lo que es más común, o frecuente, y lo que nos lleve a la posesión de la felicidad" Del filósofo Séneca (Córdoba, Hispania 4 a.C. - Roma 65 d.C.) |
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Cita:
Puso el marqués un palacio en el Viso, porque pudo,y porque quiso... |
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#19
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Cuelgo un navío español zurrando a un buque inglés, en idealización de una de las múltiples escaramuzas navales protagonizadas por España e Inglaterra en el siglo XVIII. La lámina es una creación de artemilitarynaval para recordar que la Armada Española mantuvo a raya a la Royal Navy durante centurias.
Saludos al foro. ![]() |
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Acasimirocasper (22-12-2022), LOBA (19-05-2015) | ||
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#20
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Pues es algo largo, ya lo se y no esta directamente relacionado a ningun heroe olvidado en concreto, pero es pura historia y muy nuestra que marco las diferentes rutas y descubrimientos navales!
Fuente: Politicaexterior.com (resumido) El Tratado de Tordesillas firmado el 7 de junio de 1494 por los reyes de Portugal y Castilla fue lo más parecido a un acuerdo para dividir el mundo. La ironía fue que dividían un mundo desconocido y aún por descubrir. ¿El reparto del mundo? El tema es recurrente, pero la imagen abusiva. Es cierto, en la Conferencia de Yalta (1945) o en el Congreso de Viena (1815) se fijaron los límites de las zonas de influencia de las grandes potencias, legitimando los “protectorados”, los golpes de fuerza, las intervenciones militares a expensas de Estados en principio soberanos. Sin embargo, los acuerdos más parecidos a un reparto del mundo son los tratados de Tordesillas (pequeña localidad de Castilla la Vieja, entre Valladolid y Salamanca) firmados el 7 de junio de 1494 entre los reinos de Portugal y de Castilla. Estos tratados se basan en una paradoja: se trataba de repartir lo inexplorado, un mundo aún no descubierto. En Tordesillas, Portugal y Castilla no trazan una frontera siguiendo el cauce de un río o la cresta de una cordillera, sino que proponen una línea imaginaria trazada en lo desconocido, sin saber si atraviesa tierra o mar. Es evidente que no podía tratarse de América, porque no se sospechaba, después del primer viaje de Cristóbal Colón, que existía un nuevo continente. Se trataba del reparto del mundo. ¿Cómo se puede explicar el monopolio de Portugal y de Castilla en este reparto de 1494, la ausencia de otras potencias en la mesa de negociaciones? Algunas nociones de geopolítica y un examen de la situación permiten dar una respuesta. Inglaterra estaba sumida en la terrible guerra civil de las Dos Rosas, que empezó en 1455 y no terminó hasta 1485, acabando con la vida de la mayoría de la nobleza británica. Los armadores de Bristol muestran interés en varias expediciones del descubrimiento: pero a causa de sus medios limitados se quedan en el Atlántico Norte. Francia, después de curar las heridas de la guerra de los Cien Años (1337-1453), se agota en una lucha despiadada contra el Gran Ducado de Borgoña. La caída y muerte de Carlos el Temerario (1477) no ponen término al conflicto: la boda de María de Borgoña, hija del Temerario, con Maximiliano de Habsburgo desencadena un inquietante proceso dinástico que termina en la constitución del imperio de Carlos V. Además, a pesar del dinamismo de los normandos –sobre todo de los de Dieppe– Francia no está preparada para lanzarse a la gran empresa del descubrimiento. En cuanto al reino de Aragón, dedica todas sus fuerzas a la expansión mediterránea: después de Sicilia y Cerdeña apunta hacia el Rosellón y Nápoles. Finalmente Venecia, gran potencia económica y naval, sólo se preocupa por la conquista turca que avanza hacia la Europa balcánica. En este contexto, Portugal y Castilla tienen las manos libres: al final del siglo XV son sin duda las dos potencias dominantes en el mundo atlántico. Pero Tordesillas no es el principio. Los dos Estados definen más bien un modus vivendi teniendo en cuenta el balance de los descubrimientos y las ambiciones de cada uno. Es una etapa –importante– en el proceso de las conquistas de ultramar, iniciada varios decenios atrás. Portugal tenía en este terreno una ventaja indiscutible. No se había conformado con la construcción de barcos rápidos, manejables, ligeros, y bien adaptados a la empresa. Había reunido a los cartógrafos más prestigiosos procedentes sobre todo de Genova y Mallorca, a cosmógrafos, astrólogos y matemáticos. Los portugueses examinaron progresivamente la costa occidental de África y crearon establecimientos y comercios que les permitieron adquirir directamente (por lo tanto con menos gastos) productos muy buscados: la malagueta (pimienta de África), el marfil, el oro, los esclavos. El comercio de Arguin, establecido entre 1400 y 1455 y la fortaleza de San Jorge de Mina constituían importantes enlaces portugueses en el África Negra. Por otra parte, los portugueses se habían preocupado de que los Papas confirmasen su soberanía sobre las tierras que acababan de descubrir. En la Edad Media, los Papas, especialmente Inocencio III (1198-1216), habían impuesto a los soberanos la idea de una potestas, poder superior al de los príncipes temporales. De esta forma podían ser arbitros en los conflictos que enfrentaban a los príncipes, incluso destituirles, como lo fue el emperador Federico II por Inocencio IV en 1245. Esta doctrina era discutible: el Papa sólo podía, teóricamente, disponer de las tierras de “los paganos, idólatras e infieles” y concederlas en soberanía plena a un príncipe cristiano, con la condición de que éste llevase a cabo la evangelización de los que ahí vivían. Tomás de Aquino (1227-1274), por ejemplo, no aceptaba esta pretensión pontificia: consideraba que el Papa sólo tenía una soberanía “espiritual” sobre los paganos y no podía disponer de sus territorios. Francisco de Vitoria se basó más tarde en esta tesis para negar el derecho de conquista. Sin embargo, al final de la Edad Media, el concepto de potestas de Inocencio III se había impuesto. Durante el siglo XV los portugueses pidieron a los Papas el reconocimiento de sus prerrogativas en África. Obtuvieron bulas de Martín V (1418), Eugenio IV (1433 y 1436), Nicolás V (1452 y 1455) y Calixto III (1458). Estos precedentes y el de 1481 explican que los Reyes Católicos acudieran al Papa Alejandro VI en 1493. En efecto, durante la expansión atlántica los portugueses se enfrentaron a los castellanos. Es verdad que ocuparon los archipiélagos de Madeira, Azores y Cabo Verde sin grandes enfrentamientos, pero no sucedió lo mismo en Canarias, Marruecos y en los parajes de Guinea. Finalmente los soberanos de ambos reinos juzgaron que lo más sabio era proceder a una regulación completa de sus litigios: firmaron los tratados de Alcobaça el 4 de septiembre de 1479. Firmaron y juraron capítulos adicionales sobre Guinea y Canarias; los Reyes Católicos en Toledo el 6 de marzo de 1480, y Alfonso V de Portugal y su hijo el príncipe Juan en Évora, el 8 de septiembre de 1480. Se pueden considerar estos tratados como un prólogo al “reparto del mundo” realizado en Tordesillas quince años más tarde. El capítulo 8 de los tratados de Alcobaça reconocía a los portugueses la posesión de “todos los comercios, tierras y rescates de Guinea con sus respectivas minas de oro, y todas las otras islas, costas, tierras descubiertas y por descubrir, halladas y por hallar: islas de Madeira, Puerto Santo, Desierta, y todas las islas de las Azores y la isla de Flores, así como las islas de Cabo Verde y todas las islas que han descubierto hasta ahora, y todas las que descubran y puedan descubrir desde las islas Canarias hacia el sur frente a Guinea, de forma que todo lo que ha sido hallado o quede por conquistar o descubrir en estos parajes más allá de lo que ha sido ya hallado, descubierto y ocupado, pertenezca al Rey y al Príncipe de Portugal con la única excepción de las islas Canarias conquistadas o aún no conquistadas, que pertenecen a los reinos de Castilla”. Otro capítulo adicional atribuía el derecho de conquista del reino de Fez a Portugal y el del reino de Tlemcén a Castilla. La cuestión del litoral sahariano entre los cabos Aguer y Bojador no se había zanjado. Pero Juan II obtuvo del Papa Sixto IV la bula A eterna Regís (21 de junio de 1481), que sancionaba los acuerdos de Alcobaça atribuyendo a Portugal todos los territorios “al sur de las Canarias”. En aplicación de los tratados de Alcobaça y de la bula Aeterna Regís, los Reyes Católicos ordenaron a Cristóbal Colón que “siguiese su ruta continuando el descubrimiento desde las islas Canarias hacia el Oeste sin ir hacia el Mediodía”. El diario de a bordo del primer viaje confirma esta orientación hacia el Oeste y todos los marineros que participaron en la aventura sabían que la ruta de Guinea estaba prohibida. Las circunstancias del regreso obligaron a Cristóbal Colón y a Vicente Yáñez Pinzón a hacer una escala imprevista en Lisboa, y a una entrevista con el rey Juan II. Este empezó reclamando las islas descubiertas, puesto que Colón hablaba de las “Indias”, pero el genovés mostró al rey las instrucciones, muy explícitas, que le habían dado por escrito los Reyes Católicos. Sin embargo Juan II no se resignaba a este abandono: se propuso organizar una expedición paralela bajo el mando de Francisco de Almeida, que quizás tuvo lugar, terminando en el descubrimiento secreto de Brasil. Era entonces urgente para los castellanos, que no habían infringido ni la letra ni el espíritu de los tratados, obtener una bula confirmando su soberanía sobre las islas descubiertas. El Papa debía favorecerles, puesto que se trataba del cardenal español Rodrigo Borgia, elegido en 1492 con el nombre de Alejandro VI. Se explica así la rápida actuación de los españoles: su embajador en Roma, Bernardino de Carvajal, obispo de Badajoz, asistido por el obispo de Astorga, Juan Ruiz de Medina, obtuvo de Alejandro VI, desde el 3 de mayo de 1493, una primera bula, ínter Caetera. Una segunda bula con el mismo nombre fijó la línea de demarcación entre “los dominios portugueses y españoles siguiendo la línea del meridiano situado a cien leguas” al oeste de las Azores y de las islas de Cabo Verde. El Este para los portugueses, para los españoles el Oeste. Esta bula, de 4 de mayo, fue redactada sin duda después del 25 de mayo, fecha de la llegada a Roma del arzobispo de Toledo y de Diego López de Haro, enviados por los Reyes Católicos para prevenir las ambiciones de Juan II en el Oeste. El Papa expidió dos bulas más, Eximí Devotionis y Dudum Siquidem, esta con fecha de 26 de septiembre de 1493. Las bulas alejandrinas eran de gran imprecisión geográfica. En efecto, ¿cómo establecer la línea de un meridiano a cien leguas al oeste de las Azores y de las islas de Cabo Verde si el archipiélago de las Azores (sobre todo si se incluye la isla de Flores, la más occidental) está situado sensiblemente más al oeste que las islas de Cabo Verde? Por otra parte, desde la promulgación de la bula Aeterna Regis, los portugueses habían avanzado en su empresa africana. Incluso después del viaje de Diego Cao en 1484-1485, Bartolomeo Díaz había llegado en 1487-1488 al extremo sur de África y doblado el cabo de Buena Esperanza. Desde ese momento los navegantes portugueses tuvieron acceso directo a la costa de Malabar y a sus comercios de especias. Sin embargo, la “relación” de Pedro de Covilha, redactada en 1487, hacía esperar magníficas ventajas si se firmaba un contrato directo con el reino de Sofala (o Monomotapa), en el sureste de África (actual Mozambique), suministrador de oro, y con India. Había que asegurarse entonces el control de la ruta de la India, lo que suponía la circunnavegación de África y la vuelta al mar adentro. Para conseguir este objetivo, Portugal no podía aceptar las bulas alejandrinas. Pero Juan II prefirió una negociación directa con Castilla en lugar de intervenir ante el papado. Fueron unas conversaciones difíciles, interrumpidas una primera vez con la aparición en Tordesillas de la bula Dudum Siquidem, según la cual las islas o tierras no ocupadas por príncipes cristianos “incluso si eran tierras de las Indias” pertenecerían a los reyes de Castilla, una vez descubiertas por sus súbditos. Se reanudaron las conversaciones, que terminaron en los tratados de Tordesillas (7 de junio de 1494), aprobados y firmados por los Reyes Católicos en Arévalo (próximo a Valladolid y a Medina del Campo) el 2 de julio, y por Juan II de Portugal en Setúbal (cerca de Lisboa) el 5 de septiembre. Estas conversaciones se desarrollaron durante el segundo viaje de Colón. El genovés partió esta vez al mando de una poderosa flota –diecisiete barcos y más de 1.200 hombres–, Antonio de Torres fue enviado de nuevo a España por Colón desde “la isla Española” (actualmente Haití y Santo Domingo) y llegó durante las conversaciones con doce barcos. Apoyó con su informe las posiciones castellanas en las Antillas, afectando definitivamente a la solución adoptada en Tordesillas. En efecto, los plenipotenciarios tenían dos opciones: un reparto norte-sur, teniendo en cuenta el reglamento de Alcobaqa, que atribuía a Portugal todos los descubrimientos desde el sur de las Canarias o un reparto este-oeste. Se adoptó la segunda solución debido a las posiciones adquiridas por los castellanos en los primeros viajes de Colón y a la voluntad portuguesa de consolidar los jalones de ida y vuelta de la ruta de las Indias. En efecto, algunos años después de Tordesillas, Vasco de Gama realizaba la hazaña que tanto esperaba la corte de Lisboa, el viaje hacia la India por el cabo de Buena Esperanza. Esto explica porqué los portugueses insistían en obtener un desplazamiento importante de la línea de demarcación de la bula ínter Caetera hacia el Oeste. Se fijó finalmente a 370 leguas (2.200 kilómetros aproximadamente) al oeste del archipiélago de Cabo Verde, con la reserva de que las islas ya descubiertas y ocupadas por los castellanos pertenecían a éstos si se situaban entre la línea de las 250 leguas y la de 370, no había ninguna. La aplicación del tratado resultó difícil. Precisemos que un meridiano suponía entonces un antimeridiano. En la época de Tordesillas se ignoraba aún la existencia del continente americano y del océano Pacífico, así como las dimensiones reales del planeta, por lo que era imposible prever las consecuencias de la decisión adoptada. Sin embargo, los negociadores sabían que era necesario trazar lo antes posible –aunque fuese aproximadamente– la línea de reparto, para que la coexistencia de portugueses y españoles fuese posible. Parece que los Reyes Católicos se tomaron en serio la ejecución del tratado, e incluso se obsesionaron con la línea de demarcación. En Badajoz, reunieron una comisión compuesta por un astrólogo, dos pilotos y dos capitanes de barco: consultaron al famoso cartógrafo catalán Jaime Ferrer. Pero como al término de los diez meses previstos para trazar la línea no se había logrado nada, dictaron en abril y mayo de 1495 dos “provisiones” sucesivas –dos textos con el valor de edictos– para prolongar el plazo de ejecución. En cuanto a los portugueses, adoptaron procedimientos dilatorios para conseguir un plazo de tres años, al término del cual sería definitivamente ejecutorio el segundo tratado de Tordesillas relativo a África. En 1498, el sucesor de Juan II en el trono de Portugal, Manuel el Afortunado, envió a Duarte Pacheco, importante cosmógrafo, al otro lado del océano, “para comprobar con la mayor exactitud los puntos de tierra (islas o continentes) que atravesaba el meridiano de demarcación establecido en Tordesillas. El trazado de Duarte Pacheco aparece por primera vez en el mapa que mandó realizar en 1502 Alberto Cantino, embajador del duque de Ferrara en Lisboa. Se puede leer la mención: “Este he o marco dantre Castella y Portuguall. Juan de la Cosa, cartógrafo y cosmógrafo, que había participado en el primer viaje de Colón como maestro de la Santa María, llevó un ejemplar de este mapa a Castilla. Mientras tanto, Brasil y algunos territorios explorados por españoles caían en manos portuguesas. Y a la inversa, tres cuartos de siglo más tarde, Filipinas volvía a España. Los españoles habían examinado este vasto archipiélago durante el viaje de Magallanes (que murió), y sus exploradores vascos (Legazpi, Urdaneta) tomaron posesión del archipiélago en nombre de Felipe II –de ahí Filipinas–. Se estableció un contacto regular entre Acapulco y Manila. Según el trazado del antimeridiano, el archipiélago de las Molucas, gran centro de producción de especias, debería haber pasado también a Castilla. Pero su posesión provocó grandes protestas, porque los portugueses habían logrado salir desde Malaca. El destino de estas islas que escaparon a España demuestra la mala aplicación del tratado. No podía ser de otra forma. ¿Cómo hubiesen podido Portugal y España conservar en su único beneficio territorios inmensos en los que se iban a descubrir en menos de medio siglo las riquezas, pero también la debilidad política y militar? Además, la reforma protestante y la ruptura de la unidad cristiana dejaron sin eficacia la garantía pontificia. Las bulas alejandrinas cayeron en desuso rápidamente. Portugal infringió el reglamento de Tordesillas lanzando a sus navegantes hacia América del Norte (descubrimiento del Labrador) y, más tarde, a Brasil, enviando los “bandeirantes” dentro de las tierras, sin tener en cuenta el límite de las 370 leguas. Los ingleses realizaron varias exploraciones en América del Norte, y en la época isabelina intentaron establecer una colonia en Virginia. Los hugonotes franceses, al mando de Villegaignon, fundaron en la bahía de Río de Janeiro la “Francia Antartica”, que fue destruida más tarde por los portugueses que no toleraron esta intromisión en el corazón de sus dominios. En el siglo XVII, los holandeses, ingleses y franceses rompieron el monopolio ibérico en América y Asia. Pero los ibéricos conservaron mucho tiempo importantes dominios en América, África e incluso en Asia. En el acuerdo de Tordesillas figuraban distintas cláusulas para su aplicación, una de ellas se refería al trazado de la línea de demarcación. El original se conserva en los archivos portugueses. Ha habido realmente cinco bulas del Papa Alejandro VI sobre los Grandes Descubrimientos y sus consecuencias. Se sabe que estas bulas se conocen por las dos primeras palabras en latín, cuya traducción carece de sentido sin las palabras que las siguen. Las dos primeras bulas inter Caetera, de 3 de mayo de 1493, fueron redactadas una en abril, la otra en… junio. Esta falsificación de la fecha se explica por la voluntad del Papa, tras su encuentro con el embajador español, de esbozar el reparto entre España y Portugal, que no había previsto en el primer texto, pero dejando creer que ya lo había pensado antes. En efecto, el primer texto decía: “Os damos, concedemos, y atribuimos todas y cada una de las tierras e islas citadas, tanto las desconocidas como las que ya han descubierto vuestros enviados, y las que quedan por descubrir, siempre que no estén bajo la dominación actual de señores cristianos”. El segundo texto establece un reparto del Atlántico y de las tierras no descubiertas. Castilla disfrutaba de la soberanía al oeste de una línea imaginaria a cien leguas de los archipiélagos de Azores y Cabo Verde, los portugueses conservaban el derecho de ir hacia el sur usque indos. Las dos bulas siguientes, Eximí Devotionis y Dudum Siquidem, con fecha de septiembre de 1493, ampliaban las donaciones hechas a Castilla. La primera daba a los castellanos los mismos derechos concedidos a los portugueses en su zona de influencia, la segunda preveía que las nuevas tierras descubiertas por los castellanos les pertenecerían “incluso si formaban parte de la India”. Esta bula casi hizo fracasar las negociaciones de Tordesillas. También reforzaba las pretensiones españolas en las Molucas. La quinta bula, Piis Fidelium, estaba dirigida al padre Boíl, que dirigía a los religiosos que partieron con Colón en el segundo viaje; le concede grandes poderes, ya que este benedictino tenía la misión de organizar la evangelización de los indios. . Editado por coronadobx en 20-05-2015 a las 13:14. |
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#21
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Muy interesante e instructivo, da gusto leer a vuesa merced CoronadoBx.
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coronadobx (21-05-2015) | ||
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#22
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Grandes relatos...
el Museo Naval de San Fernando (Cádiz) está genial, además hace poco fue rehabilitado. Para los que quieran ver historia. |
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LOBA (19-02-2016) | ||
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#23
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Este trozo de la serie Black Sails os gustara y representa la furia Española
Pongo el link por si acaso https://m.youtube.com/watch?v=wNQUeeF6hso |
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ayapitas (23-02-2016) | ||
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#24
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Impresionantes imágines.
No pudo ser muy distinto a la realidad. Imagino a tantos heroes españoles ( relacionados con la mar ) y olvidados ..........dejándose la vida por defender lo que tenemos hoy. ![]()
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"Busquemos lo que es mejor, no lo que es más común, o frecuente, y lo que nos lleve a la posesión de la felicidad" Del filósofo Séneca (Córdoba, Hispania 4 a.C. - Roma 65 d.C.) |
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#25
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que pasada de relato tío. Gracias por el hilo
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coronadobx (12-01-2017) | ||
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