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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#11
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Ya me va quedando menos
−¡No, tonto! Es sólo que estoy desnuda. Peter pareció sorprendido por unos segundos. De repente se le estaba ocurriendo que a lo mejor no había sido muy buen anfitrión. −¡Oh, vaya!− Medio balbuceó. −No tienes nada para bañarte. Tenías que haberme pedido algo. Susana volvió a reírse, negando a la vez con la cabeza. −Claro que tengo, hombre. Me suelo poner un bikini cuando hay demasiada gente en la playa. Es sólo que me gusta bañarme desnuda. ¿Te importa? Peter estaba alucinando. Aunque, bien mirado, tampoco se trataba de algo extraordinario. Desde el primer momento ella le había parecido una chica bastante desinhibida, estaban en una cala medio nudista y, encima, estaban lo suficientemente separados de los otros barcos, como para conservar la mínima intimidad. Él mismo se había bañado desnudo en todas aquellas calas montones de veces. Es sólo que no se imaginaba que las cosas pudieran suceder tan rápido. De todas formas, más le valía no darle importancia. Era algo natural, y no tenía que ver en ello connotaciones extrañas. Lo mejor sería bromear sobre el asunto, para aclarar posibles dudas. −¿No te estarás insinuando? Susana no perdió la sonrisa con que le había recibido desde el principio. −Creía que podía confiar en ti. Peter hizo un gesto de negación. −Es una broma. Claro que no me escandalizo. De hecho, si quieres que te sea sincero, si he perdido un rato buscando un bañador antes de echarme al agua, ha sido para que no pensaras mal de mí. A mí también me gusta. Creo que ya somos mayorcitos para que no ocurra nada que no deseemos los dos, ¿no te parece? −Eres un caballero, Peter. Hacía tiempo que no tropezaba con alguien como tú. Eso lo desarmaba un poco y no supo qué responder. ¿Debía alegrarse por el halago? −Tengo hambre. Nadar abre el apetito. ¿Comemos algo?− Susana no había esperado tampoco contestación alguna a su última afirmación. Sin aguardarle, se puso a nadar en dirección al barco, dejándole sumido en un auténtico mar de dudas. Unos segundos después, mientras la contemplaba a placer al subir a bordo, no le quedó otro remedio que pensar lo difícil que iba a ser, incluso para un caballero como él, continuar comportándose como tal, si ella se paseaba ante sus ojos con aquella indumentaria durante mucho tiempo. ¿Cuánto hacía que no tenía un escarceo amoroso con alguna mujer? Por fortuna, la frialdad del agua le protegió de una excesiva indiscreción cuando salió tras la ninfa que había tenido la dicha de embarcar. Casi tres horas más tarde, volvían a izar las velas siempre rumbo hacia el este. Como había vaticinado él, el barco que seguían no había tocado el pintoresco puertecito de San José. Tampoco habían tenido la fortuna de que alguno de los que fondeaban por las cercanías lo hubiera visto por allí. Proseguían a ciegas. Aunque tampoco parecía que aquello preocupara demasiado a ninguno de los dos. Susana estaba viviendo una jornada dichosa. Daba la impresión de que le brotaba la felicidad por cada poro de su piel. En cuanto a Peter, en fin, ella le había preguntado hacía un rato si no le importaba que se vistiera aquel día sólo con un pareo medio transparente en la cintura, así es que realmente, no sabía si era real lo que le estaba sucediendo, o si había muerto sin darse cuenta y aquél se había convertido en su paraíso particular. El levante había hecho acto de presencia hacia el medio día. Eso era lo mejor que les podía ocurrir, le explicó, porque por regla general, cuando entraba a esa hora, sólo soplaba como una brisa térmica, de no más de quince nudos, como mucho, ideal para la navegación que había planeado para esa singladura. Por otra parte, le iba a permitir aprender a llevar el barco. No sólo ponerse tras la rueda, sino ir asimilando los más elementales rudimentos sobre el trimado de las velas. Con todo esto, en definitiva, lo que Peter estaba procurando era distraer a Susana, para que poco a poco fuera perdiendo el interés por encontrar demasiado pronto a su amiga. Cada cosa que descubría de la muchacha, hacía que aumentaran esas ganas de llegar a intimar con ella que había sentido desde la primera vez que la vio, de pié en aquel pantalán. Así es que se había propuesto continuar la búsqueda, como le había prometido, pero sin emplear un celo demasiado excesivo en ello. Si en lugar de hacer bordos cerca de tierra, se alejaba lo suficiente para ocultarse al otro lado del horizonte, es posible que no llegaran a localizarlos en mucho tiempo. Por lo demás, ella no parecía dispuesta a poner pegas al respecto. Había depositado en Peter toda su confianza, y cualquier iniciativa que éste propusiera tenía que parecerle la más correcta de las decisiones. De momento, aprovechando que el levante venía exactamente del lugar hacia el que querían ir, no tenían otro remedio que hacer un bordo hacia afuera, si pretendían seguir progresando tan sólo con el idílico empuje del viento, en lugar de tener que encender el maloliente y ruidoso motor. Si alargaban lo suficiente aquel rumbo, unas tres o cuatro horas por lo menos, era posible que en el siguiente alcanzaran sin volver a virar su destino por aquel día. Con el yate navegando casi solo, bueno, algo habría que inventar para entretenerse. Por lo pronto, el barco se había apoyado en una escora suave, que pareció sorprender bastante a Susana durante las primeras millas. La tarde anterior habían tenido siempre el viento por la aleta, y la chica no había tenido ocasión de experimentar esa inclinación que tanto llama la atención a los noveles la primera vez que se suben a un velero. Peter, que esperaba una reacción semejante, había izado las velas tranquilamente esa mañana, y se había puesto a observar a la muchacha mientras la proa iba cayendo y el trapo se llenaba de aire. Cuando la cubierta había abandonado la horizontalidad propia de las motoras, hasta se le había escapado un grito de asombro, al tiempo que había buscado con cierta urgencia un lugar al que aferrarse. Él, riéndose al principio, la había calmado, explicándole muy vagamente lo que pasa con los veleros al ceñir. Había aprovechado para impartirle unas clases prácticas sobre los efectos de los diferentes rumbos sobre el barco, colocándola a ella directamente a la rueda. Susana lo había asimilado muy pronto. Enseguida le había cogido el truquillo a eso de ir buscando los apoyos convenientes para moverse por cubierta con la soltura habitual. Era una buena chica. El tripulante perfecto con el que todo marino solitario ha soñado alguna vez. −¿Tú crees que si te pasara una desgracia ahora mismo, yo sería capaz de hacer algo con el barco? En estos momentos Susana seguía a la rueda, disfrutando como una chiquilla que acabara de aprender una nueva habilidad, mientras Peter se recostaba todo lo largo que era, sobre el banco de sotavento de la bañera, con la cabeza a proa, sin poder apartar los ojos ni un minuto del cuerpo maravilloso que parecía ponerse al alcance de su mano. −Bueno.− Empezó él, después de pensarlo sólo unos segundos. −Teniendo en cuenta que aún no hemos hecho ninguna virada, y suponiendo que fueras capaz de no dormirte durante bastantes horas, es posible que fueras capaz de alcanzar la costa de Argelia en busca de ayuda. −¡Argelia!− Se admiró ella. −Más o menos, es lo que hay a proa.− Y añadió, con un poco de ironía. −Aunque me parece a mí que con esa indumentaria tuya poca era la ayuda que ibas a conseguir. Susana se rió y se encogió casi imperceptiblemente, como si acabara de ser el blanco de la mirada de un grupo fanáticos. −Venga, tú no me digas nada, a ver si soy capaz de llevar yo sola el barco hasta la cala esa. ¿No crees que ya podíamos ir torciendo otra vez hacia tierra?− Propuso. Peter no pudo evitar la tentación de corregirla. −No digas torcer. Suena como si estuvieras conduciendo un coche. Los barcos viran, ¿de acuerdo?− Ella afirmó con la cabeza. −En cuanto a lo otro, como quieras. Adelante, cuéntame lo que vas a ir haciendo. Susana frunció el ceño, como si estuviera pensando muy intensamente todos los movimientos que tenía que llevar a cabo para lograr el propósito de cambiar de rumbo. −Bueno, lo primero es preparar las…, ¿escotas?− Peter afirmó complacido. −Así es que, ¿te importa sujetar mientras el timón? |
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