La Taberna del Puerto Freedom sea
"Se navega por los astros, por la mar, por la tierra, por las gentes, por los sentimientos...Se navega." Altair
VHF: Canal 77   
Regresar   La Taberna del Puerto > Foro > Foros Náuticos > Foro Náutico Deportivo

Avisos

Responder
 
Herramientas Estilo
  #1  
Antiguo 15-03-2015, 08:02
Avatar de quillote1
quillote1 quillote1 esta desconectado
Piratilla
 
Registrado: 20-12-2014
Mensajes: 45
Agradecimientos que ha otorgado: 6
Recibió 28 Agradecimientos en 15 Mensajes
Sexo:
Predeterminado Re: El sueño de Peter

Quiero darte la gracias por elegir mi idea. La idea surgió porque he vivido muy cerca de una base de submarinos y de verlos entrar y salir a mi lado siempre he pensado que en superficie los veo yo pero luego son ellos los que me ven a mi.

En cuanto al pobre Peter el submarino fue testigo de cuando Susana lo arrojo al agua y lo tiene perfectamente localizado, mas teniendo en cuenta que los GPS militares son mucho mas precisos que los de uso civil. Los sonares de barrido consiguen espectaculares "fotografias" del fondo marino. La zona a buscar seria muy pequeña y un ancla da una fuerte señal. En cuanto a sacar el cuerpo del agua no se a que profundidad se encuentra pero si han podido sacar la cubertería del Titanic o cortar la proa del submarino K-141 Kursk ....
Citar y responder
Los siguientes cofrades agradecieron este mensaje a quillote1
Yan Yun 3 (15-03-2015)
  #2  
Antiguo 15-03-2015, 14:50
Avatar de ironia
ironia ironia esta desconectado
Hermano de la costa
 
Registrado: 27-10-2006
Localización: Bahia de Cadiz
Edad: 60
Mensajes: 3,982
Agradecimientos que ha otorgado: 16
Recibió 1,274 Agradecimientos en 815 Mensajes
Predeterminado Re: El sueño de Peter

Ehhhhhhh, seamos rigurosos con el texto y la localización.

Al cofrade Quillote: a 9 millas de la costa de Carboneras hay una fosa de 1500mts de profundidad y parece que nuestra "amiga Susana" lo sabe muy bien por que ha sido el sitio elegido para tirar por la borda a nuestro capi.
Sabe que ningún equipo de búsqueda pedirá unos medios tan sofisticados sin una pruebas contundentes.

por Susana, alguien la tiene que defender

__________________
Hay un mismo amanecer para todos, pero distintas formas de ver el horizonte.
Socio de ANAVRE

https://veleroironia.blogspot.com/
Citar y responder
Los siguientes cofrades agradecieron este mensaje a ironia
Yan Yun 3 (15-03-2015)
  #3  
Antiguo 15-03-2015, 17:57
Avatar de Yan Yun 3
Yan Yun 3 Yan Yun 3 esta desconectado
Piratilla
 
Registrado: 04-03-2015
Edad: 60
Mensajes: 36
Agradecimientos que ha otorgado: 37
Recibió 169 Agradecimientos en 28 Mensajes
Sexo:
Predeterminado Re: El sueño de Peter

Tenéis razón los dos en cuanto a vuestras dos opiniones. Viendo de qué iba el percal, me aseguré de que Susana arrojara al bueno de Peter con más de 1000 metros de sonda. El pobre no me da mucha pena, son lances que tiene la vida. Respecto de Susana, he de decir que estoy buscándole las cosquillas, a ver cómo me las ingenio para que no se vaya de rositas. Digo yo que tiene que sufrir algo.

Voy a escribir otro trozo y lo cuelgo.
Mientras tanto, unas birras para los cofrades, a cuenta de Susana, claro…

Citar y responder
3 Cofrades agradecieron a Yan Yun 3 este mensaje:
grumeteyo (15-03-2015), leviño (16-03-2015), quillote1 (15-03-2015)
  #4  
Antiguo 15-03-2015, 19:47
Avatar de Yan Yun 3
Yan Yun 3 Yan Yun 3 esta desconectado
Piratilla
 
Registrado: 04-03-2015
Edad: 60
Mensajes: 36
Agradecimientos que ha otorgado: 37
Recibió 169 Agradecimientos en 28 Mensajes
Sexo:
Predeterminado Re: El sueño de Peter

Por suerte, los solitarios también tenían su lado positivo. El palo estaba dotado hasta el tope con unos diminutos peldaños escamoteables, con lo que se podía subir a lo más alto sin necesidad de que otro estuviera dándole a la manivela del winche.
Nunca hubiera pensado hacer algo semejante, y desde luego, nunca navegando tan lejos de la costa. Pero la irrupción de la patrullera le había impuesto una serie de normas, y no le quedaba otra que atenerse a ellas.
Unos buenos minutos después, y bastante magullada, porque el palo se movía a aquellas alturas más que un tiovivo de feria, contemplaba satisfecha los dos cilindros que había bajado hasta la cubierta con la ayuda de un cabillo. Sabía que quitar los reflectores de radar no iba a hacerle desaparecer del radar de la embarcación de los militares, que imaginaba potentísimo y de última generación, pero quería creer que algo ayudaría. Después de todo, el velero no era sino un trozo de plástico, que absorve más onda de radio de la que refleja, y un pedazo de metal en forma de palo, tan estrecho que podía suceder que sólo diera ecos ocasionalmente. Cuando los barcos de recreo llevaban aquellos curiosos cilindros llenos de prismas metálicos, era por algo.
Inmediatemente, bajó a la cámara, buscó cierto aparatito que había visto en la mesa de cartas, y pulsó la tecla que lo apagaba, con lo que hizo enmudecer el AIS.
Todo aquello la había mantenido entretenida un buen rato. Lo malo es que con ello se terminaban sus posibilidades. Si quería que aquellas contramedidas surtieran efecto, lo único que faltaba es que el viento arreciara, el mar se levantara y su pobre eco se perdiera definitivamente entre el de las olas.
Nada que no estuviera lejos de cumplirse.
El primer día, cuando habían abandonado aquel simpático puerto de Aguadulce, habían contado con un suave poniente que les había llevado casi con caricias hasta la bahía desde la que habían levado anclas aquella mañana, que se le estaba haciendo tan lejana. A lo largo del día el viento había entrado desde la dirección contraria y, por el momento, no había caído. Un levante veraniego tenía sus pautas bien marcadas en aquella región, que ella conocía perfectamente. Si a la hora que ya era no sólo no se había suavizado, sino que se había instalado en unos constantes quince nudos de viento real, lo que situaba las rachas cercanas a los veinticinco nudos de aparente, al rumbo de ceñida que llevaba, entraba dentro de lo razonable que el levante arreciara durante la noche. En medio del Golfo de Mazarrón, y acercándose a Cabo de Palos, eso sólo podía significar que a lo mejor iba a tener mar de proa para hartarse. Navegación dura y agotadora. Pero ideal para sus pretensiones de convertirse en un indefinido punto más en la pantalla del radar de sus perseguidores.
Un par de horas más tarde, y después de comprobar que la oscilación hacia abajo del barómetro no era la habitual variación diurna del aparatito, decidió prepararse para una noche que empezaba a preveer intensa.
Por lo pronto, puso agua a hervir, vertió en ella un sobre entero de sopa instantánea, y enconmendándose a todos los dioses del océano, lo trasvasó a un termo sin escaldarse viva en el intento, lo cerró convenientemente y lo estibó a primera mano desde la bañera.
Luego, por aquello de lo irónico que resultaría que se perdiera ella misma por la borda, rebuscó en los tambuchos de la bañera, hasta que dio con el arnés de seguridad del solitario. Frío no iba a pasar. De hecho, el aire soplaba bastánte cálido, como esas veces en las que la costa almeriense padece olas de calor saharianas de las que derriten hasta el sicaflex de las juntas de la teca. De todas formas, preparó una chaqueta de aguas por si al amanecer le entraba la tiritona que preveía.
Para terminar, empleando la última barra de pan fresco que quedaba a bordo, se hizo un bocadillo con todo lo que se le ocurrió, y se obligó a hacerlo pasar por la esclusa entre sorbo y sorbo de una lata de cerveza helada.
Con todas aquellas labores completadas, encajó las piernas en la entrada del tambucho de bajada, junto al piano, y se preparó para rizar la mayor. Todavía no era estrictamente necesario, pero era de esas cosas que prefería hacer con luz solar. Además, como el tañido de una campana, siempre que pensaba en los rizos, le venía a la memoria la primera frase que aprendió cuando, de niña, le enseñaron a navegar: el mejor momento para tomar un rizo es cuando lo piensas por primera vez. El viento no había bajado. Al contrario, había arreciado algunos nudos. Y ella había pensado en los rizos…
Como no podía ser de otra manera, el solitario tenía la maniobra reenviada por completo a la bañera, de modo que fue tan sencillo como abrir el stoper de la driza de la vela mayor, después de soltar la escota para que la vela buscara ella sola la posición en la que se vaciaba de viento. Tal y como había adivinado, el patrón del barco tenía marcados los tres rizos en la driza, de modo que supo con exactitud hasta dónde dejar bajar la vela para realizar la operación. ¿Un rizo? Mejor meter ya el segundo. Ya que estaba, era lo más sensato. Enrollaría menos génova y listo. Volvió a cerrar el mordedor de la driza. A continuación cazó lo justo el cabo del primer rizo ayudándose del winche de estribor. Perfecto. Peter tenía la marca en el sitio exacto. La polea del rizo se quedaba a poco más de un palmo sobre la botavara. Al cazar el rizo eso impedía que se formara un nudo con el cabo sobre la misma botavara, que es lo que hacen los neófitos la primera vez que se enfrentan a una maniobra de toma de rizos totalmente reenviada a la bañera. Soltó el cabo del winche, enrolló el cabo del segundo rizo y se empleó con más energía en el mismo hasta aplanar la vela como le pareció que aguantaría mejor lo que fuera que el viento le tuviera preparado. Después dio un último tirón a la driza, para que la vela formara una leve arruga vertical paralela al palo. La maniobra concluyó volviendo a tensar la escota de la vela, para que ésta volviera a portar.
En cuanto al génova, se limitó a lascar un poco la escota y a darle unas pocas vueltas a la manivela sobre el winche en el que había enrollado el cabo del enrollador de la vela de proa. Con meter un par de palmos de lona era suficiente por el momento.
Cuando terminó, se dirigió a popa y, desde detrás de la rueda, se detuvo a estudiar los instrumentos durante unos momentos. Como siempre, después de quitar trapo el barco no había perdido una décima de la velocidad que había llevado hasta ese instante. Simplemente, había ganado en comodidad y, por encima de todo, en tranquilidad. Ahora el piloto automático trabajaba sin tensiones extraordinarias.
A las 22:00 horas era noche cerrada. La posición del velero, según los satélites, era 37º 17, 764’ norte, 1º 7,248’ oeste. La tierra más cercana, por su amura de babor, el extremo de Cabo Tiñoso, el que señala la entrada a Cartagena por el oeste. Por el través estaba entre Águilas y Mazarrón, a unas diecinueve millas de aquella costa. En cuanto a su destino inmediato, todavía le separaban unas buenas treinta millas de Cabo de Palos. No menos de seis horas de molesta navegación, ya que estaba empezando a no poder evitar algún que otro desagradable pantocazo.
A pesar de todo, estaba feliz. Su propio radar hacía tiempo que había perdido el eco que ella le había hecho seguir. Las embarcaciones militares siempre se han enmascarado muy bien en la mar. Cuando ésta había estado tranquila la señal de la patrullera no había sido nunca muy fuerte, e incluso había desaparecido a ratos. La subida en la altura de las olas había ido poniendo las cosas más difíciles. Si intentaba eliminar los falsos ecos de las olas, perdía también la señal de la patrullera. Si, por el contrario, aumentaba la ganancia, el velero aparecía rodeado de ecos por todas partes.
Su felicidad nacía en la creencia de que igual de mal la tenían que estar captando los otros. Con suerte la llegada de la mañana siguiente le encontraba libre de sus perseguidores.
De momento, sin embargo, la noche solo estaba empezando. E iba a ser una noche interesante, aunque eso ella todavía no podía adivinarlo.


Citar y responder
8 Cofrades agradecieron a Yan Yun 3 este mensaje:
Andariegu (16-03-2015), ayapitas (15-03-2015), forner82 (15-03-2015), jgfontes (16-03-2015), jotayes (17-03-2015), leviño (16-03-2015), manolouk (15-03-2015), Ricardo Can (25-03-2015)
  #5  
Antiguo 16-03-2015, 21:13
Avatar de Yan Yun 3
Yan Yun 3 Yan Yun 3 esta desconectado
Piratilla
 
Registrado: 04-03-2015
Edad: 60
Mensajes: 36
Agradecimientos que ha otorgado: 37
Recibió 169 Agradecimientos en 28 Mensajes
Sexo:
Predeterminado Re: El sueño de Peter

Leyendo el relato de Ailanautic, pensé contestar al suceso de la caída del ancla durante la navegación, para darle la razón: es algo que pasa a veces. Luego decidí que mejor abría un paréntesis en la huida de mi Susana, e introducía mi propia experiencia al respecto. Me sucedió navegando en solitario en esa misma zona, con el mismo viento y mar. La única licencia literaria es que mi molinete no era eléctrico. Por eso he querido que no funcionara el de mi piratilla.
Unas cervezas para los cofrades que todavía seguís al pie del cañón y disfrutad otro ratillo.




Después del segundo pantocazo fuerte, se colocó tras la rueda del timón, desconectó el piloto y se preparó para echar unas cuantas horas de entretenida guardia. Cuando el viento levanta la mar en el Mediterráneo lo que hace es producir una ola corta y molesta, contra la que no hay otra defensa que zigzaguear. Subes la muralla de agua en línea recta y, cuando estás a punto de coronar la cresta, metes timón a la banda para que la proa no caiga a plomo en el siguiente seno, sino que se deslice por el lomo hasta lo más profundo, donde procuras volver a rumbo, y a comenzar de nuevo. Así hasta el infinito.
Por el momento no resultaba complicado en exceso. Al fin y al cabo estaban en pleno verano y el viento no iba a superar un límite razonable. Sin embargo, no iba a ser Eolo, en esta ocasión, el que iba a romper la tranquilidad de Susana.
Cuando llevaba unas tres horas aferrada al timón, creyó entrever un reflejo blanco justo en la proa, por debajo del tambor del enrollador del génova. Como es fácil intuir, navegaba con todas las luces apagadas. En otras circunstancias la difusa claridad verde y roja de las lámparas de proa le habrían permitido vislumbrar con más facilidad el fenómeno. Esa noche todo lo que tenía era la incierta luminosidad de las estrellas, y la sombra blanca de los rociones de espuma que llevaban un rato rodeando la embarcación.
Forzó la vista unos minutos, hasta que se dio cuenta de que cada vez que el velero alcanzaba la cresta de la ola e iniciaba el descenso por el otro lado, la tapa de fibra del pozo de anclas se abría, para volver a cerrarse cuando la proa frenaba en el siguiente seno. Con la mente funcionando a toda velocidad, supuso sin dudar que se había abierto el pestillo que aseguraba esa tapa en su sitio, y que iba a tener que mojarse un poco para cerrarla.
De pronto, sin embargo, sintió que su corazón se detenía. A unos seis o siete metros por delante de la proa, en el agua, acababa de descubrir algo que se movía por delante de ellos. La primera impresión había sido que sus amigos los delfines acudían a pasar un rato haciéndole compañía en aquella noche agotadora. Enseguida se había percatado de que se había equivocado, pero no quería creerlo. ¡Era un ancla! ¡Su propia ancla! De alguna manera se había soltado y había arrastrado con ella hasta el agua esos pocos metros de cadena.
Cuando la proa subía y llegaba a la cresta, la inercia lanzaba el hierro hacia arriba, donde se movía como un péndulo por el aire, volviendo a caer al agua tras unas décimas de segundo en las que parecía detenerse a una altura aproximada de un metro sobre la cubierta, antes de iniciar el descenso.
Ignoraba cuánto tiempo llevaba sucediendo aquello. Le importaba bien poco. Se daba cuenta de que era cuestión de suerte que el ancla no hubiera chocado todavía con la fibra del casco y produjera una importante vía de agua. Así es que no debía demorarse un segundo en solucionar aquella crisis.
Conectó el piloto, después de abrir el rumbo un poco por debajo de un descuartelar, para evitar en lo posible los pantocazos. Arrancó el motor y lo dejó en punto muerto. No quería gastar ni una gota de combustible más del necesario, porque no sabía dónde y cómo iba a concluir aquella peculiar regata. Luego soltó el mosquetón del arnés de seguridad del cáncamo que había al pie de la bitácora y lo engrilletó a la línea de vida que recorría cada una de las bandas del velero. Y por fin, armándose de valor y sin pensar cómo podía terminar todo aquello, se arrastró como pudo hasta la proa.
Hasta entonces el ancla había estado sobre la pieza de acero que formaba el escobén, y había estado convenientemente asegurada con un pasador, también de acero, y de un centímetro de diámetro, que atravesaba la caña de la misma por un ollao al efecto. Bien, el pasador había sido cortado como si fuera de mantequilla. Quedaba sólo la mitad del mismo, colgando inútilmente de un cabito que impedía que se perdiera cuando se sacaba del ancla al fondear. Partido el pasador, el ancla había tirado de la cadena y al bascular hacia abajo, había roto también el pequeño pestillo que cerraba la tapa del pozo.
Lo sorprendente es que no se había ido toda la cadena al agua, como hubiera sido lo natural. Hasta que fue testigo directa de lo que estaba sucediendo. El tambor del winche del ancla no se había llegado a desembragar, pese a los tirones a los que lo estaba sometiendo el movimiento descontrolado del ancla y su cadena. Lo que pasaba era que, cuando todo el conjunto perdía tensión, al llegar al punto culminante de la subida, los eslabones se zafaban de la corona dentada preparada para la cadena, y sólo volvían a su posición con el nuevo tirón que se producía al llegar abajo, siempre perdiendo por la proa cinco o seis eslabones en cada viaje.
No se había ido toda la cadena, pero la perdería si no hacía algo de inmediato.
Empezó asegurando la tapa abierta con uno de los cabos que el solitario, precavido él y muchas gracias, tenía atados en el balcón de proa. A continuación pasó una pierna por cada lado del estay y las dejó colgando por las dos amuras. Gracias a que estaba parcialmente enrollado, el pujamen del génova estaba bastante alto y eso le proporcionaba algo de libertad de movimientos. Pese a todo, se sentía como si acabara de sentarse sobre un potro salvaje en un rodeo. Dejando el tope del palo aparte, se había sentado en la zona del barco que más se movía en ceñida contra una mar levantada como aquélla.
Dejó transcurrir unos cuantos minutos en los que estuvo estudiando, completamente concentrada, el peligroso movimiento del aparejo de fondeo. El problema era grave por una doble razón. Estaba en juego la integridad del barco. Y estaba en juego su propia integridad.
Después de ese rato se había hecho una idea de lo que iba a hacer. No le iba a quedar otra que cobrar cadena hasta que el ancla estuviera casi a la altura de la parte baja del casco. En cuanto al último trozo, ya sin la ayuda del molinete eléctrico, que sería efectivo, pero muy lento en esas circunstancias, tendría que cobrar a mano el par de metros último, hasta que todo volviera a la normalidad.
Muy fácil de pensar. Pero cada vez que veía volar el ancla por delante de la proa, un frío cruel le recorría la espalda.
¡Venga, no podía esperar más!
Con el ancla iniciando su camino ascendente, apretó el pulsador que movía el molinete y…, y no sucedió nada. Lo apretó frenética, pero el molinete siguió sin inmutarse.
Miró hacia la popa, pero a esa distancia y con el ruido del viento, no fue capaz de escuchar el sonido del motor, que había arrancado porque sabía que el molinete no funcionaba si la máquina no estaba encendida. O la batería se había descargado, o había saltado algo tan estúpido como el disyuntor del molinete en el cuadro de diferenciales. En cualquier caso, nada que pudiera solucionar en ese preciso momento, porque no tenía la menor idea de dónde estaba, ni tiempo que perder en su búsqueda.
En fin, las había tenido peores. Se armó de valor y, aprovechando la cíclica pérdida de tensión de la cadena en las subidas, fue cobrando palmo a palmo, hasta tener fuera sólo el tramo final. Allí se detuvo unos segundos, dejando que la proa subiera y bajara varias veces, hasta que, en la subida de una ola superior a las demás, tiró a toda velocidad de la cadena, sin importarle dónde iba cayendo ésta a bordo, y cuando el ancla se detenía ingrávida en el aire en su última ascensión, con un último esfuerzo la atrajo hacia su cuna de acero que coronaba la roda, donde la aguantó con la mano mientras el velero se lanzaba hacia un seno que parecía no ir a llegar nunca. Por fin, cuando la proa volvió a salir del agua, se afanó en hacer que toda la cadena cayera hasta el fondo del pozo como lo haría en circunstancias ordinarias, y luego se apresuró a pasar un cabo por el ollao de la caña del ancla, y lo ató bien firme, haciendo las veces del pasador metálico que había faltado.
Solo entonces se relajó y se permitió una sonrisa de satisfacción. Se había desollado las palmas de las manos y estaba calada hasta los huesos, además de agotada. Pero había conseguido salvar del barco y a ella con él, y estaba feliz.
Poco después, de nuevo en la seguridad de la bañera, apagó el motor, recuperó el rumbo y siguió navegando. El viento no iba a subir más. Las rachas sólo superaban los treinta nudos de aparente ocasionalmente, así es que no era para tanto. Pronto volvería el sol. Ella estaría más cerca de su cita. Y sus problemas acabarían.
Citar y responder
7 Cofrades agradecieron a Yan Yun 3 este mensaje:
ayapitas (17-03-2015), forner82 (17-03-2015), leviño (17-03-2015), Loquillo (18-03-2015), LORDRAKE (17-03-2015), peleon (16-03-2015), Ricardo Can (25-03-2015)
  #6  
Antiguo 16-03-2015, 21:54
Avatar de jgfontes
jgfontes jgfontes esta desconectado
Pirata pata palo
 
Registrado: 11-09-2009
Localización: Ria de Vigo
Edad: 58
Mensajes: 399
Agradecimientos que ha otorgado: 72
Recibió 114 Agradecimientos en 92 Mensajes
Sexo:
Predeterminado Re: El sueño de Peter

.........impresionante el momento de tensión que acabas de relatar con el ancla.

brindo por ti y tu relato

sigue, sigue
Citar y responder
Responder Ver todos los foros en uno

Freedom sea

Herramientas
Estilo

Reglas del foro
No puedes crear discusiones
No puedes responder a mensajes
No puedes editar tus adjuntos
No puedes editar tus mensajes

BB code está activado
Emoticonos está activado
El código [IMG] está activado
El código HTML está desactivado
Ir a


Todas las horas son GMT +1. La hora es 12:59.


Powered by vBulletin® Version 3.7.0
Copyright ©2000 - 2026, Jelsoft Enterprises Ltd.
© La Taberna del Puerto