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"Se navega por los astros, por la mar, por la tierra, por las gentes, por los sentimientos...Se navega." Altair
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Antiguo 15-03-2015, 19:47
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Yan Yun 3 Yan Yun 3 esta desconectado
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Predeterminado Re: El sueño de Peter

Por suerte, los solitarios también tenían su lado positivo. El palo estaba dotado hasta el tope con unos diminutos peldaños escamoteables, con lo que se podía subir a lo más alto sin necesidad de que otro estuviera dándole a la manivela del winche.
Nunca hubiera pensado hacer algo semejante, y desde luego, nunca navegando tan lejos de la costa. Pero la irrupción de la patrullera le había impuesto una serie de normas, y no le quedaba otra que atenerse a ellas.
Unos buenos minutos después, y bastante magullada, porque el palo se movía a aquellas alturas más que un tiovivo de feria, contemplaba satisfecha los dos cilindros que había bajado hasta la cubierta con la ayuda de un cabillo. Sabía que quitar los reflectores de radar no iba a hacerle desaparecer del radar de la embarcación de los militares, que imaginaba potentísimo y de última generación, pero quería creer que algo ayudaría. Después de todo, el velero no era sino un trozo de plástico, que absorve más onda de radio de la que refleja, y un pedazo de metal en forma de palo, tan estrecho que podía suceder que sólo diera ecos ocasionalmente. Cuando los barcos de recreo llevaban aquellos curiosos cilindros llenos de prismas metálicos, era por algo.
Inmediatemente, bajó a la cámara, buscó cierto aparatito que había visto en la mesa de cartas, y pulsó la tecla que lo apagaba, con lo que hizo enmudecer el AIS.
Todo aquello la había mantenido entretenida un buen rato. Lo malo es que con ello se terminaban sus posibilidades. Si quería que aquellas contramedidas surtieran efecto, lo único que faltaba es que el viento arreciara, el mar se levantara y su pobre eco se perdiera definitivamente entre el de las olas.
Nada que no estuviera lejos de cumplirse.
El primer día, cuando habían abandonado aquel simpático puerto de Aguadulce, habían contado con un suave poniente que les había llevado casi con caricias hasta la bahía desde la que habían levado anclas aquella mañana, que se le estaba haciendo tan lejana. A lo largo del día el viento había entrado desde la dirección contraria y, por el momento, no había caído. Un levante veraniego tenía sus pautas bien marcadas en aquella región, que ella conocía perfectamente. Si a la hora que ya era no sólo no se había suavizado, sino que se había instalado en unos constantes quince nudos de viento real, lo que situaba las rachas cercanas a los veinticinco nudos de aparente, al rumbo de ceñida que llevaba, entraba dentro de lo razonable que el levante arreciara durante la noche. En medio del Golfo de Mazarrón, y acercándose a Cabo de Palos, eso sólo podía significar que a lo mejor iba a tener mar de proa para hartarse. Navegación dura y agotadora. Pero ideal para sus pretensiones de convertirse en un indefinido punto más en la pantalla del radar de sus perseguidores.
Un par de horas más tarde, y después de comprobar que la oscilación hacia abajo del barómetro no era la habitual variación diurna del aparatito, decidió prepararse para una noche que empezaba a preveer intensa.
Por lo pronto, puso agua a hervir, vertió en ella un sobre entero de sopa instantánea, y enconmendándose a todos los dioses del océano, lo trasvasó a un termo sin escaldarse viva en el intento, lo cerró convenientemente y lo estibó a primera mano desde la bañera.
Luego, por aquello de lo irónico que resultaría que se perdiera ella misma por la borda, rebuscó en los tambuchos de la bañera, hasta que dio con el arnés de seguridad del solitario. Frío no iba a pasar. De hecho, el aire soplaba bastánte cálido, como esas veces en las que la costa almeriense padece olas de calor saharianas de las que derriten hasta el sicaflex de las juntas de la teca. De todas formas, preparó una chaqueta de aguas por si al amanecer le entraba la tiritona que preveía.
Para terminar, empleando la última barra de pan fresco que quedaba a bordo, se hizo un bocadillo con todo lo que se le ocurrió, y se obligó a hacerlo pasar por la esclusa entre sorbo y sorbo de una lata de cerveza helada.
Con todas aquellas labores completadas, encajó las piernas en la entrada del tambucho de bajada, junto al piano, y se preparó para rizar la mayor. Todavía no era estrictamente necesario, pero era de esas cosas que prefería hacer con luz solar. Además, como el tañido de una campana, siempre que pensaba en los rizos, le venía a la memoria la primera frase que aprendió cuando, de niña, le enseñaron a navegar: el mejor momento para tomar un rizo es cuando lo piensas por primera vez. El viento no había bajado. Al contrario, había arreciado algunos nudos. Y ella había pensado en los rizos…
Como no podía ser de otra manera, el solitario tenía la maniobra reenviada por completo a la bañera, de modo que fue tan sencillo como abrir el stoper de la driza de la vela mayor, después de soltar la escota para que la vela buscara ella sola la posición en la que se vaciaba de viento. Tal y como había adivinado, el patrón del barco tenía marcados los tres rizos en la driza, de modo que supo con exactitud hasta dónde dejar bajar la vela para realizar la operación. ¿Un rizo? Mejor meter ya el segundo. Ya que estaba, era lo más sensato. Enrollaría menos génova y listo. Volvió a cerrar el mordedor de la driza. A continuación cazó lo justo el cabo del primer rizo ayudándose del winche de estribor. Perfecto. Peter tenía la marca en el sitio exacto. La polea del rizo se quedaba a poco más de un palmo sobre la botavara. Al cazar el rizo eso impedía que se formara un nudo con el cabo sobre la misma botavara, que es lo que hacen los neófitos la primera vez que se enfrentan a una maniobra de toma de rizos totalmente reenviada a la bañera. Soltó el cabo del winche, enrolló el cabo del segundo rizo y se empleó con más energía en el mismo hasta aplanar la vela como le pareció que aguantaría mejor lo que fuera que el viento le tuviera preparado. Después dio un último tirón a la driza, para que la vela formara una leve arruga vertical paralela al palo. La maniobra concluyó volviendo a tensar la escota de la vela, para que ésta volviera a portar.
En cuanto al génova, se limitó a lascar un poco la escota y a darle unas pocas vueltas a la manivela sobre el winche en el que había enrollado el cabo del enrollador de la vela de proa. Con meter un par de palmos de lona era suficiente por el momento.
Cuando terminó, se dirigió a popa y, desde detrás de la rueda, se detuvo a estudiar los instrumentos durante unos momentos. Como siempre, después de quitar trapo el barco no había perdido una décima de la velocidad que había llevado hasta ese instante. Simplemente, había ganado en comodidad y, por encima de todo, en tranquilidad. Ahora el piloto automático trabajaba sin tensiones extraordinarias.
A las 22:00 horas era noche cerrada. La posición del velero, según los satélites, era 37º 17, 764’ norte, 1º 7,248’ oeste. La tierra más cercana, por su amura de babor, el extremo de Cabo Tiñoso, el que señala la entrada a Cartagena por el oeste. Por el través estaba entre Águilas y Mazarrón, a unas diecinueve millas de aquella costa. En cuanto a su destino inmediato, todavía le separaban unas buenas treinta millas de Cabo de Palos. No menos de seis horas de molesta navegación, ya que estaba empezando a no poder evitar algún que otro desagradable pantocazo.
A pesar de todo, estaba feliz. Su propio radar hacía tiempo que había perdido el eco que ella le había hecho seguir. Las embarcaciones militares siempre se han enmascarado muy bien en la mar. Cuando ésta había estado tranquila la señal de la patrullera no había sido nunca muy fuerte, e incluso había desaparecido a ratos. La subida en la altura de las olas había ido poniendo las cosas más difíciles. Si intentaba eliminar los falsos ecos de las olas, perdía también la señal de la patrullera. Si, por el contrario, aumentaba la ganancia, el velero aparecía rodeado de ecos por todas partes.
Su felicidad nacía en la creencia de que igual de mal la tenían que estar captando los otros. Con suerte la llegada de la mañana siguiente le encontraba libre de sus perseguidores.
De momento, sin embargo, la noche solo estaba empezando. E iba a ser una noche interesante, aunque eso ella todavía no podía adivinarlo.


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Andariegu (16-03-2015), ayapitas (15-03-2015), forner82 (15-03-2015), jgfontes (16-03-2015), jotayes (17-03-2015), leviño (16-03-2015), manolouk (15-03-2015), Ricardo Can (25-03-2015)
 

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