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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#21
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![]() ![]() Al alba decidimos abandonar el escenario de Stromboli, realmente una maravilla de luz y colores a lo vivo, para dirigirnos hacia Lipari-Porticello, donde fondear y estirar las piernas. Mis clientes/as se fueron a dormir -cada uno a su catre-, y me quedé solo al timón, dueño de todo. Aprovechando que el viento habia caido y rolado al S, amariné el barco al rumbo SSW, con mayor y génova muy cazados. Poco a poco el barco fue cogiendo su velocidad (5-6 nudos). La noche era espectacular y no habia tráfico, por lo que mis pensamientos eran libres y paulatinamente se fueron relajando. Desde nuestro observatorio del volcán de Stromboli hasta Lipari-Porticello, hay una distancia de aproximadamente 20 millas, pero eso seria así de sencillo sino fuese porque en medio se encuentra el conjunto de islas de Panarea: Panarelli, Dattilo, las Liscas, y antes el Basiluzo. El conjunto no ofrece especial dificultad de paso, lo único que hay que hacer es dar el oportuno resguardo, de manera que, desde Stromboli recorreriamos unas 10 millas al 220, hasta tener por el través las Formigas de Panarea, dando entonces 2 grados a estribor para enfilar ya Lipari-Porticello. Todo ok. Configuré el piloto automático a ese rumbo (220), hasta ver las luces de marca entre Dattilo y las Liscas. Al dejarlas por el través, mentalmente me relajé, hasta que ....zzzzzzzz. Si querido lector, confieso que me dormí al timón y esta relajación estuvo a punto de costarnos muy cara si no hubiese sido por lo que relataré a continuación: El viento había refrescado, y aunque el piloto automático mantenía la proa a rumbo 220, probablemente hubo cierto abatimiento. Sea como fuere, el caso es que serian aproximadamente las 06:45, cuando me despertó un golpe en la aleta de estribor, justo donde yo estaba acurrucado y... dormido. Levanté la cabeza y solo pude ver una mancha negra, luego otro golpe y un hermoso delfín que saltaba a 2 metros escasos y se alejaba velozmente hacia la proa del l'Aila. Obviamente mi mirada fue tras su estela y lo que vi me dejó aterrorizado: me dirigia sin remisión hacia las rocas: Le Formiche es el nombre de esos peñascos. Quise dar timón pero este estaba en automático, lo desconecte y giré la rueda con todas mis fuerzas hacia babor. Naturalmente la vela de proa se acuarteló y el barco enseguida cayó más hacia babor de lo que solamente con el timón se habría virado. La espuma de la primera piedra pasó a 2-3 metros de la proa. Al instante pensé que -al igual que con el Titanic-, alguna arista me rasgaría la obra viva-, felizmente no fue asi, solté escota y rápidamente me coloqué en aguas libres. Cacé la escota de babor, con el barco ya amurado a estribor, y me fui alejando lentamente. Giré la cabeza a popa y pude observar a 4 o 5 delfines que quedaban atrás de mi estela. Bufff....Yo había leído y escuchado historias sobre los delfines, pero jamás pensé en vivir una experiencia como la que acababa de suceder: literalmente me habían salvado el barco, sino la vida. De no haber sido por su intervención, a una velocidad de 6-7 nudos, el golpe hubiese sido brutal, y justamente por la amura, una de las parte más débiles. El delfín es un mamífero muy inteligente. Dicen los biólogos, que es el 2º ser en inteligencia después de los humanos. Algunos se atreven a decir que con los delfines, se puede afirmar aquello de “no estamos solos”. Desde luego, en aquel amanecer fueron mi ángel de la guarda. No quise despertar al pasaje, pero cuando ya por la mañana les relaté la experiencia, dos cosas quedaron muy claras: Debiamos repetar los turnos de guardia siempre con 2 tripulantes, y jamás hay que confiar en un piloto automático cuando navegamos cerca de la costa o en un archipiélago de islas como aquél. Sara, una de las tripulantes, que es bióloga marina, nos explicó que los últimos estudios con los delfines confirman, no solamente su capacidad de aprendizaje, sino su capacidad para compartir conocimientos entre ellos y porqué no, con nosotros. Concretamente nos relató un experimento en que a un delfín, se le colocaba un teclado cuyas teclas producían efectos: por ejemplo la tecla X abría la compuerta, la tecla Y daba comida (sardinas), etc. Por supuesto que la tecla Y era la más “tecleada”, pero lo más increíble del experimento es que cuando se dejaba ir al delfín con su “manada” y, posteriormente, se daba acceso a toda la peña al teclado, todos sabían ya que la tecla Y daba “papeo”. ¿Que nos indica ese comportamiento?. Da que pensar y mucho sobre la inteligencia de estos hermosos mamíferos. Cuando os los encontréis en el mar, enviadles recuerdos de mi parte. Ayer, en una de las salidas que realicé muy cerca de mi puerto base, pude saludarlos, y en homenaje a ellos, esta será la única imagen que publicaré en este relato. Se lo merecen. |
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