Como decía Víctor Frankl, en esta vida solo hay dos tipos de personas: las decentes y las indecentes, da igual que sean creyentes o ateos, jefes o empleados, ricos o pobres.
No creo que los de Sanxenxo, sean especialmente malvados, pijos o indecentes. Tampoco creo que allí se concentren todas las maldades que se han hecho en este país sobre el paisaje y la costa. Lo que si es cierto, es que es una tierra privilegiada y eso acaba atrayendo el turismo y echando a los nativos como en cualquier zona atractiva del planeta. Los que son de allí acaban emigrando porque no pueden pagar los alquileres de las casas- o los amarres- mientras ven que los “invasores” solo utilizan pisos y amarres un mes de verano.
Este problema es malo de arreglar. ¿Qué queremos? Que la costa sea más fea y menos atractiva, para no tener turistas bordes y pijos que se dejen la pasta. La solución está en que el criterio de la gente se defina y tenga opinión para elegir en donde quiere vivir y que quiere legar a sus hijos y nietos.
Algo parecido pasa con los ricos. No es cierto que toda riqueza se amase de forma ilegal. No disuadamos a los que se esfuerzan, estudian, se arriesgan, trabajan día y noche para cumplir su sueño. Es muy fácil decir que seriamos buenos si tuviéramos fortuna. Lo difícil es tenerla para donar la mitad de ella como han hecho algunos magnates primero hay que conseguirla y después ya veremos si la repartimos. El problema no es la riqueza, (lo mismo que no está en la belleza que atrae los visitantes) bienvenida sea la fortuna, el problema no es esta, sino la forma en que se usa.
Yo creo que el caso que nos ocupa - e incluyo la destrucción del paisaje, o el inconsciente que pone en peligro su familia y la seguridad de otros navegantes-, no se resuelve con la crítica - que podría sonar a envidia cochina por no poder ser nosotros los del cuerpo apolíneo y el velero de lujo- Se arreglaría si tuviéramos criterio, opinión formada para establecer cuatro reglas – no un cuarto de millón como en nuestro código civil- y nos comprometemos a comportarnos de forma decente – volviendo al ejemplo de Frankl- es decir: no soy más apreciado socialmente si hago el macarra exhibiendo de forma inconsciente mi mando a distancia, mi velero y mi familia perfecta. No soy mejor persona si tengo mi barco en un sitio de postín a costa de destruir el medioambiente y el paisaje. Es una cuestión de prioridades y de dar valor a la reputación, al ser, más que poseer.
El problema no son los políticos que aprueban los planes urbanísticos, ni de los que no paran de legislar toda la gama cromática de códigos, sino de la gente que en el fondo apoya una manera de proceder, de los que compran los pisos hacinados en una costa saturada de modelos de ocio que no son más que réplicas de otros que podemos ver en cualquier parte del mundo. Si la gente pensara de otra manera, los políticos se adaptarían a ella si no quieren irse al paro y otro tanto les pasaría a los promotores que en vez de diseñar con criterios de sostenibilidad respetuosos con el paisaje. En la náutica pasaría otro tanto, si pensáramos de esa manera. Creo que la gente presumiría menos de tener barco con mando a distancia y más de navegar. Confío en que poco a poco iremos madurando, pero el problema por desgracia no se concentra en Sanxenxo, os lo puedo asegurar, he conocido a más pijos todavía, en clubs pequeñitos donde los socios acudían solo para alternar y nunca habían pisado una cubierta.
