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Predeterminado Re: Heroes Españoles (Relacionados con el mar) olvidados

Cuelgo un navío español zurrando a un buque inglés, en idealización de una de las múltiples escaramuzas navales protagonizadas por España e Inglaterra en el siglo XVIII. La lámina es una creación de artemilitarynaval para recordar que la Armada Española mantuvo a raya a la Royal Navy durante centurias.

Saludos al foro.

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Acasimirocasper (22-12-2022), LOBA (19-05-2015)
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Predeterminado Re: Heroes Españoles (Relacionados con el mar) olvidados

Pues es algo largo, ya lo se y no esta directamente relacionado a ningun heroe olvidado en concreto, pero es pura historia y muy nuestra que marco las diferentes rutas y descubrimientos navales!



Fuente: Politicaexterior.com (resumido)

El Tratado de Tordesillas firmado el 7 de junio de 1494 por los reyes de Portugal y Castilla fue lo más parecido a un acuerdo para dividir el mundo. La ironía fue que dividían un mundo desconocido y aún por descubrir.

¿El reparto del mundo? El tema es recurrente, pero la imagen abusiva. Es cierto, en la Conferencia de Yalta (1945) o en el Congreso de Viena (1815) se fijaron los límites de las zonas de influencia de las grandes potencias, legitimando los “protectorados”, los golpes de fuerza, las intervenciones militares a expensas de Estados en principio soberanos. Sin embargo, los acuerdos más parecidos a un reparto del mundo son los tratados de Tordesillas (pequeña localidad de Castilla la Vieja, entre Valladolid y Salamanca) firmados el 7 de junio de 1494 entre los reinos de Portugal y de Castilla. Estos tratados se basan en una paradoja: se trataba de repartir lo inexplorado, un mundo aún no descubierto. En Tordesillas, Portugal y Castilla no trazan una frontera siguiendo el cauce de un río o la cresta de una cordillera, sino que proponen una línea imaginaria trazada en lo desconocido, sin saber si atraviesa tierra o mar. Es evidente que no podía tratarse de América, porque no se sospechaba, después del primer viaje de Cristóbal Colón, que existía un nuevo continente. Se trataba del reparto del mundo.

¿Cómo se puede explicar el monopolio de Portugal y de Castilla en este reparto de 1494, la ausencia de otras potencias en la mesa de negociaciones? Algunas nociones de geopolítica y un examen de la situación permiten dar una respuesta.

Inglaterra estaba sumida en la terrible guerra civil de las Dos Rosas, que empezó en 1455 y no terminó hasta 1485, acabando con la vida de la mayoría de la nobleza británica. Los armadores de Bristol muestran interés en varias expediciones del descubrimiento: pero a causa de sus medios limitados se quedan en el Atlántico Norte.

Francia, después de curar las heridas de la guerra de los Cien Años (1337-1453), se agota en una lucha despiadada contra el Gran Ducado de Borgoña. La caída y muerte de Carlos el Temerario (1477) no ponen término al conflicto: la boda de María de Borgoña, hija del Temerario, con Maximiliano de Habsburgo desencadena un inquietante proceso dinástico que termina en la constitución del imperio de Carlos V. Además, a pesar del dinamismo de los normandos –sobre todo de los de Dieppe– Francia no está preparada para lanzarse a la gran empresa del descubrimiento.

En cuanto al reino de Aragón, dedica todas sus fuerzas a la expansión mediterránea: después de Sicilia y Cerdeña apunta hacia el Rosellón y Nápoles. Finalmente Venecia, gran potencia económica y naval, sólo se preocupa por la conquista turca que avanza hacia la Europa balcánica. En este contexto, Portugal y Castilla tienen las manos libres: al final del siglo XV son sin duda las dos potencias dominantes en el mundo atlántico. Pero Tordesillas no es el principio. Los dos Estados definen más bien un modus vivendi teniendo en cuenta el balance de los descubrimientos y las ambiciones de cada uno. Es una etapa –importante– en el proceso de las conquistas de ultramar, iniciada varios decenios atrás.

Portugal tenía en este terreno una ventaja indiscutible. No se había conformado con la construcción de barcos rápidos, manejables, ligeros, y bien adaptados a la empresa. Había reunido a los cartógrafos más prestigiosos procedentes sobre todo de Genova y Mallorca, a cosmógrafos, astrólogos y matemáticos. Los portugueses examinaron progresivamente la costa occidental de África y crearon establecimientos y comercios que les permitieron adquirir directamente (por lo tanto con menos gastos) productos muy buscados: la malagueta (pimienta de África), el marfil, el oro, los esclavos. El comercio de Arguin, establecido entre 1400 y 1455 y la fortaleza de San Jorge de Mina constituían importantes enlaces portugueses en el África Negra.

Por otra parte, los portugueses se habían preocupado de que los Papas confirmasen su soberanía sobre las tierras que acababan de descubrir. En la Edad Media, los Papas, especialmente Inocencio III (1198-1216), habían impuesto a los soberanos la idea de una potestas, poder superior al de los príncipes temporales. De esta forma podían ser arbitros en los conflictos que enfrentaban a los príncipes, incluso destituirles, como lo fue el emperador Federico II por Inocencio IV en 1245. Esta doctrina era discutible: el Papa sólo podía, teóricamente, disponer de las tierras de “los paganos, idólatras e infieles” y concederlas en soberanía plena a un príncipe cristiano, con la condición de que éste llevase a cabo la evangelización de los que ahí vivían. Tomás de Aquino (1227-1274), por ejemplo, no aceptaba esta pretensión pontificia: consideraba que el Papa sólo tenía una soberanía “espiritual” sobre los paganos y no podía disponer de sus territorios.

Francisco de Vitoria se basó más tarde en esta tesis para negar el derecho de conquista. Sin embargo, al final de la Edad Media, el concepto de potestas de Inocencio III se había impuesto. Durante el siglo XV los portugueses pidieron a los Papas el reconocimiento de sus prerrogativas en África. Obtuvieron bulas de Martín V (1418), Eugenio IV (1433 y 1436), Nicolás V (1452 y 1455) y Calixto III (1458). Estos precedentes y el de 1481 explican que los Reyes Católicos acudieran al Papa Alejandro VI en 1493.

En efecto, durante la expansión atlántica los portugueses se enfrentaron a los castellanos. Es verdad que ocuparon los archipiélagos de Madeira, Azores y Cabo Verde sin grandes enfrentamientos, pero no sucedió lo mismo en Canarias, Marruecos y en los parajes de Guinea. Finalmente los soberanos de ambos reinos juzgaron que lo más sabio era proceder a una regulación completa de sus litigios: firmaron los tratados de Alcobaça el 4 de septiembre de 1479. Firmaron y juraron capítulos adicionales sobre Guinea y Canarias; los Reyes Católicos en Toledo el 6 de marzo de 1480, y Alfonso V de Portugal y su hijo el príncipe Juan en Évora, el 8 de septiembre de 1480.

Se pueden considerar estos tratados como un prólogo al “reparto del mundo” realizado en Tordesillas quince años más tarde. El capítulo 8 de los tratados de Alcobaça reconocía a los portugueses la posesión de “todos los comercios, tierras y rescates de Guinea con sus respectivas minas de oro, y todas las otras islas, costas, tierras descubiertas y por descubrir, halladas y por hallar: islas de Madeira, Puerto Santo, Desierta, y todas las islas de las Azores y la isla de Flores, así como las islas de Cabo Verde y todas las islas que han descubierto hasta ahora, y todas las que descubran y puedan descubrir desde las islas Canarias hacia el sur frente a Guinea, de forma que todo lo que ha sido hallado o quede por conquistar o descubrir en estos parajes más allá de lo que ha sido ya hallado, descubierto y ocupado, pertenezca al Rey y al Príncipe de Portugal con la única excepción de las islas Canarias conquistadas o aún no conquistadas, que pertenecen a los reinos de Castilla”.

Otro capítulo adicional atribuía el derecho de conquista del reino de Fez a Portugal y el del reino de Tlemcén a Castilla. La cuestión del litoral sahariano entre los cabos Aguer y Bojador no se había zanjado. Pero Juan II obtuvo del Papa Sixto IV la bula A eterna Regís (21 de junio de 1481), que sancionaba los acuerdos de Alcobaça atribuyendo a Portugal todos los territorios “al sur de las Canarias”. En aplicación de los tratados de Alcobaça y de la bula Aeterna Regís, los Reyes Católicos ordenaron a Cristóbal Colón que “siguiese su ruta continuando el descubrimiento desde las islas Canarias hacia el Oeste sin ir hacia el Mediodía”. El diario de a bordo del primer viaje confirma esta orientación hacia el Oeste y todos los marineros que participaron en la aventura sabían que la ruta de Guinea estaba prohibida.

Las circunstancias del regreso obligaron a Cristóbal Colón y a Vicente Yáñez Pinzón a hacer una escala imprevista en Lisboa, y a una entrevista con el rey Juan II. Este empezó reclamando las islas descubiertas, puesto que Colón hablaba de las “Indias”, pero el genovés mostró al rey las instrucciones, muy explícitas, que le habían dado por escrito los Reyes Católicos.

Sin embargo Juan II no se resignaba a este abandono: se propuso organizar una expedición paralela bajo el mando de Francisco de Almeida, que quizás tuvo lugar, terminando en el descubrimiento secreto de Brasil.

Era entonces urgente para los castellanos, que no habían infringido ni la letra ni el espíritu de los tratados, obtener una bula confirmando su soberanía sobre las islas descubiertas. El Papa debía favorecerles, puesto que se trataba del cardenal español Rodrigo Borgia, elegido en 1492 con el nombre de Alejandro VI.

Se explica así la rápida actuación de los españoles: su embajador en Roma, Bernardino de Carvajal, obispo de Badajoz, asistido por el obispo de Astorga, Juan Ruiz de Medina, obtuvo de Alejandro VI, desde el 3 de mayo de 1493, una primera bula, ínter Caetera. Una segunda bula con el mismo nombre fijó la línea de demarcación entre “los dominios portugueses y españoles siguiendo la línea del meridiano situado a cien leguas” al oeste de las Azores y de las islas de Cabo Verde. El Este para los portugueses, para los españoles el Oeste. Esta bula, de 4 de mayo, fue redactada sin duda después del 25 de mayo, fecha de la llegada a Roma del arzobispo de Toledo y de Diego López de Haro, enviados por los Reyes Católicos para prevenir las ambiciones de Juan II en el Oeste. El Papa expidió dos bulas más, Eximí Devotionis y Dudum Siquidem, esta con fecha de 26 de septiembre de 1493.

Las bulas alejandrinas eran de gran imprecisión geográfica. En efecto, ¿cómo establecer la línea de un meridiano a cien leguas al oeste de las Azores y de las islas de Cabo Verde si el archipiélago de las Azores (sobre todo si se incluye la isla de Flores, la más occidental) está situado sensiblemente más al oeste que las islas de Cabo Verde? Por otra parte, desde la promulgación de la bula Aeterna Regis, los portugueses habían avanzado en su empresa africana. Incluso después del viaje de Diego Cao en 1484-1485, Bartolomeo Díaz había llegado en 1487-1488 al extremo sur de África y doblado el cabo de Buena Esperanza. Desde ese momento los navegantes portugueses tuvieron acceso directo a la costa de Malabar y a sus comercios de especias. Sin embargo, la “relación” de Pedro de Covilha, redactada en 1487, hacía esperar magníficas ventajas si se firmaba un contrato directo con el reino de Sofala (o Monomotapa), en el sureste de África (actual Mozambique), suministrador de oro, y con India. Había que asegurarse entonces el control de la ruta de la India, lo que suponía la circunnavegación de África y la vuelta al mar adentro. Para conseguir este objetivo, Portugal no podía aceptar las bulas alejandrinas. Pero Juan II prefirió una negociación directa con Castilla en lugar de intervenir ante el papado.

Fueron unas conversaciones difíciles, interrumpidas una primera vez con la aparición en Tordesillas de la bula Dudum Siquidem, según la cual las islas o tierras no ocupadas por príncipes cristianos “incluso si eran tierras de las Indias” pertenecerían a los reyes de Castilla, una vez descubiertas por sus súbditos. Se reanudaron las conversaciones, que terminaron en los tratados de Tordesillas (7 de junio de 1494), aprobados y firmados por los Reyes Católicos en Arévalo (próximo a Valladolid y a Medina del Campo) el 2 de julio, y por Juan II de Portugal en Setúbal (cerca de Lisboa) el 5 de septiembre. Estas conversaciones se desarrollaron durante el segundo viaje de Colón. El genovés partió esta vez al mando de una poderosa flota –diecisiete barcos y más de 1.200 hombres–, Antonio de Torres fue enviado de nuevo a España por Colón desde “la isla Española” (actualmente Haití y Santo Domingo) y llegó durante las conversaciones con doce barcos. Apoyó con su informe las posiciones castellanas en las Antillas, afectando definitivamente a la solución adoptada en Tordesillas.

En efecto, los plenipotenciarios tenían dos opciones: un reparto norte-sur, teniendo en cuenta el reglamento de Alcobaqa, que atribuía a Portugal todos los descubrimientos desde el sur de las Canarias o un reparto este-oeste. Se adoptó la segunda solución debido a las posiciones adquiridas por los castellanos en los primeros viajes de Colón y a la voluntad portuguesa de consolidar los jalones de ida y vuelta de la ruta de las Indias.

En efecto, algunos años después de Tordesillas, Vasco de Gama realizaba la hazaña que tanto esperaba la corte de Lisboa, el viaje hacia la India por el cabo de Buena Esperanza. Esto explica porqué los portugueses insistían en obtener un desplazamiento importante de la línea de demarcación de la bula ínter Caetera hacia el Oeste. Se fijó finalmente a 370 leguas (2.200 kilómetros aproximadamente) al oeste del archipiélago de Cabo Verde, con la reserva de que las islas ya descubiertas y ocupadas por los castellanos pertenecían a éstos si se situaban entre la línea de las 250 leguas y la de 370, no había ninguna.

La aplicación del tratado resultó difícil. Precisemos que un meridiano suponía entonces un antimeridiano. En la época de Tordesillas se ignoraba aún la existencia del continente americano y del océano Pacífico, así como las dimensiones reales del planeta, por lo que era imposible prever las consecuencias de la decisión adoptada. Sin embargo, los negociadores sabían que era necesario trazar lo antes posible –aunque fuese aproximadamente– la línea de reparto, para que la coexistencia de portugueses y españoles fuese posible.

Parece que los Reyes Católicos se tomaron en serio la ejecución del tratado, e incluso se obsesionaron con la línea de demarcación. En Badajoz, reunieron una comisión compuesta por un astrólogo, dos pilotos y dos capitanes de barco: consultaron al famoso cartógrafo catalán Jaime Ferrer.

Pero como al término de los diez meses previstos para trazar la línea no se había logrado nada, dictaron en abril y mayo de 1495 dos “provisiones” sucesivas –dos textos con el valor de edictos– para prolongar el plazo de ejecución. En cuanto a los portugueses, adoptaron procedimientos dilatorios para conseguir un plazo de tres años, al término del cual sería definitivamente ejecutorio el segundo tratado de Tordesillas relativo a África.

En 1498, el sucesor de Juan II en el trono de Portugal, Manuel el Afortunado, envió a Duarte Pacheco, importante cosmógrafo, al otro lado del océano, “para comprobar con la mayor exactitud los puntos de tierra (islas o continentes) que atravesaba el meridiano de demarcación establecido en Tordesillas. El trazado de Duarte Pacheco aparece por primera vez en el mapa que mandó realizar en 1502 Alberto Cantino, embajador del duque de Ferrara en Lisboa. Se puede leer la mención: “Este he o marco dantre Castella y Portuguall. Juan de la Cosa, cartógrafo y cosmógrafo, que había participado en el primer viaje de Colón como maestro de la Santa María, llevó un ejemplar de este mapa a Castilla.

Mientras tanto, Brasil y algunos territorios explorados por españoles caían en manos portuguesas. Y a la inversa, tres cuartos de siglo más tarde, Filipinas volvía a España.
Los españoles habían examinado este vasto archipiélago durante el viaje de Magallanes (que murió), y sus exploradores vascos (Legazpi, Urdaneta) tomaron posesión del archipiélago en nombre de Felipe II –de ahí Filipinas–. Se estableció un contacto regular entre Acapulco y Manila. Según el trazado del antimeridiano, el archipiélago de las Molucas, gran centro de producción de especias, debería haber pasado también a Castilla. Pero su posesión provocó grandes protestas, porque los portugueses habían logrado salir desde Malaca. El destino de estas islas que escaparon a España demuestra la mala aplicación del tratado.

No podía ser de otra forma. ¿Cómo hubiesen podido Portugal y España conservar en su único beneficio territorios inmensos en los que se iban a descubrir en menos de medio siglo las riquezas, pero también la debilidad política y militar? Además, la reforma protestante y la ruptura de la unidad cristiana dejaron sin eficacia la garantía pontificia. Las bulas alejandrinas cayeron en desuso rápidamente.

Portugal infringió el reglamento de Tordesillas lanzando a sus navegantes hacia América del Norte (descubrimiento del Labrador) y, más tarde, a Brasil, enviando los “bandeirantes” dentro de las tierras, sin tener en cuenta el límite de las 370 leguas. Los ingleses realizaron varias exploraciones en América del Norte, y en la época isabelina intentaron establecer una colonia en Virginia. Los hugonotes franceses, al mando de Villegaignon, fundaron en la bahía de Río de Janeiro la “Francia Antartica”, que fue destruida más tarde por los portugueses que no toleraron esta intromisión en el corazón de sus dominios.

En el siglo XVII, los holandeses, ingleses y franceses rompieron el monopolio ibérico en América y Asia. Pero los ibéricos conservaron mucho tiempo importantes dominios en América, África e incluso en Asia.

En el acuerdo de Tordesillas figuraban distintas cláusulas para su aplicación, una de ellas se refería al trazado de la línea de demarcación.

El original se conserva en los archivos portugueses.

Ha habido realmente cinco bulas del Papa Alejandro VI sobre los Grandes Descubrimientos y sus consecuencias. Se sabe que estas bulas se conocen por las dos primeras palabras en latín, cuya traducción carece de sentido sin las palabras que las siguen.

Las dos primeras bulas inter Caetera, de 3 de mayo de 1493, fueron redactadas una en abril, la otra en… junio. Esta falsificación de la fecha se explica por la voluntad del Papa, tras su encuentro con el embajador español, de esbozar el reparto entre España y Portugal, que no había previsto en el primer texto, pero dejando creer que ya lo había pensado antes.

En efecto, el primer texto decía: “Os damos, concedemos, y atribuimos todas y cada una de las tierras e islas citadas, tanto las desconocidas como las que ya han descubierto vuestros enviados, y las que quedan por descubrir, siempre que no estén bajo la dominación actual de señores cristianos”.

El segundo texto establece un reparto del Atlántico y de las tierras no descubiertas. Castilla disfrutaba de la soberanía al oeste de una línea imaginaria a cien leguas de los archipiélagos de Azores y Cabo Verde, los portugueses conservaban el derecho de ir hacia el sur usque indos.

Las dos bulas siguientes, Eximí Devotionis y Dudum Siquidem, con fecha de septiembre de 1493, ampliaban las donaciones hechas a Castilla. La primera daba a los castellanos los mismos derechos concedidos a los portugueses en su zona de influencia, la segunda preveía que las nuevas tierras descubiertas por los castellanos les pertenecerían “incluso si formaban parte de la India”. Esta bula casi hizo fracasar las negociaciones de Tordesillas. También reforzaba las pretensiones españolas en las Molucas.

La quinta bula, Piis Fidelium, estaba dirigida al padre Boíl, que dirigía a los religiosos que partieron con Colón en el segundo viaje; le concede grandes poderes, ya que este benedictino tenía la misión de organizar la evangelización de los indios.
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Editado por coronadobx en 20-05-2015 a las 13:14.
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Acasimirocasper (22-12-2022), ayapitas (20-05-2015), iperkeno (20-05-2015), leviño (20-05-2015), LOBA (23-05-2015), Loquillo (21-05-2015), Tonina (24-05-2015)
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Muy interesante e instructivo, da gusto leer a vuesa merced CoronadoBx.
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coronadobx (21-05-2015)
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Muy buenas hoy hablo de un gran Navarro y Marino Espanol que por su fuerte caracter y aventuras hubiera sido digno de ya varias peliculas. Demostro un arrojo y valentia sin igual y si me permitis la expresion los "tenia bien puestos" ..... hablamos de D Tiburcio de Redin. Os animo a que lo leais, es de los mejores relatos que creo que hemos comentado en este hilo! Ojo que hasta de Fraile seguia peleando!

Fuentes: Wikipedia y enorancienlanzasblogspot



Tiburcio de Redín y Cruzat, (Pamplona 1597, La Guaira (Venezuela) 1651), Barón de Bigüezal, Caballero de Santiago.[1]

Fue un militar y marino de comportamiento ejemplar en lo castrense, pero de vida agitada y conflictiva. Al llegar a la madurez, su vida sufrió una profunda y repentina transformación al descubrir su vocación misionera para seguir el camino clerical que habían seguido la mayoría de sus hermanos.

Fray Baltasar de Lodares, en su obra “Los franciscanos capuchinos de Venezuela” basado en un retrato existente en el Museo del Prado (Madrid), atribuido al padre Juan Ricci, lo presenta en los siguientes términos: "El entrecejo fruncido como un nubarrón de tormenta, sobre su mirada dura y desafiadora; los bigotes encabritados por las puntas, el mentón audaz y provocativo, orlado de un pelillo áspero e impertinente; la cabeza revuelta e indómita, cayendo sobre el cuello; las botas altas y pesadas".

En su memoria se le dédico el nombre de una calle en Pamplona, su ciudad natal.

BIOGRAFIA

Nació en Pamplona el 11 de agosto de 1597 y era el menor de los siete hijos de don Carlos de Redín y de doña Isabel Cruzat. Es, por tanto, hermano de Martín de Redín y Cruzat. Al cumplir los catorce años, ingresaba en los Tercios de Infantería Españoles para combatir en las guerras de Italia, donde al poco tiempo, por su arrojo y valentía lograba el grado de alférez, grado militar que se le concedió para recompensarle sus méritos en el asalto de la fortaleza de San Andrés, en el sitio de Vercelli.

A sus pocos años, por su capacidad castrense, en 1620 ocupaba el cargo de capitán de mar y guerra, estando al mando de uno de los galeones que hacían la travesía atlántica hacia el Nuevo Mundo (parece ser que era el “Nuestra Señora de Atocha”), En 1624, se le destinó a Portugal, al mando de una compañía de Piqueros de Infantería, bajo las órdenes del marqués de Hinojosa, con el que ya había combatido en las guerras de Italia.

Después pasaría a Armada del Océano, prestando su apoyo y auxilio al marino don Antonio de Oquendo donde sostendría algunos combates navales. En alguno de estos enfrentamientos resultó herido, en un brazo y en el pecho. Al recuperarse fue llamado a la Corte, donde el rey Felipe IV le recompensó su demostrada valentía, regalándole una cadena de oro y dándole el cargo de Gobernador, de la nueva armada que se estaba aprestando en la ensenada de Barcelona.

Tiburcio de Redín, era tajante a la hora de solventar situaciones difíciles, lo que le hacía ser temido por los que se veían obligados a enfrentarse con el aristócrata pamplonés. Uno de los ardides, que empleó en una ocasión, fueron de los que le hicieron pasar a la historia legendaria; en esa ocasión, fue conocedor de que un pirata holandés le estaba esperando a que se hiciera a la mar con su bajel; pero Redín mandó cargarlo con piedras, para aparentar que iba sobre cargado de tesoros.

Redín ordenó inutilizar la artillería de su buque y reforzó a la tripulación con infantes españoles, se hizo a la mar sin preocuparse de los que le esperaban. Sopesando vencer la embestida, el buque holandés, puso rumbo de encontrada hacía la nao española, al llegar le pidieron cuartel aduciendo que su capitán estaba gravemente enfermo, al mismo tiempo que todos los españoles aparentaban estar enormemente asustados.

Persuadido el capitán holandés de que eran ciertos los hechos, pasó a tomar el buque español y se dirigió a la cámara del capitán, supuestamente enfermo, al entrar se encontró con que Redín le descerrajó un tiro que lo echó por tierra, sirviendo al mismo tiempo de aviso a la gente de Redín para que abordaran la nave holandesa. La reacción de los piratas, fue intentar disparar sobre su propio buque, que ya había sido abordado y conquistado por los españoles, pero como encontraron la artillería inutilizada, no tuvieron más remedio que resignarse a ser apresados por los españoles.

Esta acción sucedía en unas circunstancias especiales, ya que Redín iba como arrestado con destino a España, por orden de la Real Audiencia de Santo Domingo y por una de sus acostumbradas travesuras. Es este caso, poco más se le podía pedir, ya que las que utilizaba con sus enemigos, también lo hacía con los amigos, era su forma de ser. En este caso, la jugada le salió redonda, puesto que logró entrar en la bahía de Cádiz, con el buque holandés apresado.

Por su conflictivo carácter, siempre andaba huyendo de la justicia, su vida era una constante zozobra, y los accidentes y las pendencias inevitablemente se le atravesaban en su camino. Una de las veces que se encontraba en Madrid, y obligado a huir de la justicia que lo andaba buscando, su ingenio se impuso una vez más y logró esquivarlos haciéndose pasar por un lisiado paralítico.

Regresó a Sevilla y de nuevo tuvo que salir huyendo, por la persecución, está vez de un marido celoso, pero otra vez su inventiva se puso de manifiesto; se dirigió a su general y le pidió le entregara el mando de cuatro bajeles, con el pretexto de tener una misión oficial para realizar un servicio señalado.

A sus 40 años, aunque en su vida militar había cumplido con su misión sirviendo a la patria en las acciones encomendadas, quizás cansado de tanta aventura y de aquella vida de pendencias y sobresaltos que llevaba, decidió buscar la paz espiritual e ingresó en un convento, siendo admitido en la Orden Capuchina de Tarazona, el día 26 de junio del año de 1637, tomando el nombre de fray Francisco de Pamplona.

Aunque ahora vestía hábito monástico, parecía que las dificultades le buscaban allá por donde iba, de nuevo, en un viaje al norte de África, el buque en el que viajaba junto a otros frailes y el prefecto de la Orden, fue visto por un navío holandés, que inmediatamente se puso a dar caza al español. Enterado el capitán del buque de que él estaba a bordo, le rogó al prefecto de los capuchinos que le pidiese a Redín que se pusiera al mando del buque, pues no encontraba otra solución.

Cuando el prefecto de la Orden le indicó que era su obligación para evitar caer en manos de herejes y que le obedeciese, quedando de momento a su entera libertad de acción y sin obligación ni pena para su alma, ya que estaba en juego la defensa de España y de su Cristianismo; Redín de un manotazo arrebató la espada del capitán, comenzó a dar órdenes, entraron en combate y después de que se impuso la superioridad española, los holandeses no tuvieron otro remedio que escapar para no ser castigados con mayor dureza. Algún tiempo después solicitaba formar parte de las misiones venezolanas.

En su nuevo estatus se comportó muy dignamente, era muy devoto y cumplía a rajatabla las disciplinas de la orden. Pero “donde hubo fuego siempre quedaron cenizas”. Tanto de su vida militar como de la evangélica, se comentan hechos que rayan lo legendario, pero dado su fuerte carácter y su forma de solucionar los problemas, a estas posibles leyendas se les pueden dar visos de realidad.

En una ocasión, estando de viaje, se encontró en un mesón de Tudela, donde unos matones intentaron abusar de la mesonera y de sus hijas; Redín les recrimino su actitud, pero los fanfarrones viendo delante de ellos un pobre fraile, no lo tomaron en cuenta y siguieron con su molesta diversión. Esto hizo resucitar las mañas del viejo capitán, por lo que sirviéndose de un látigo, comenzó a darles tales trallazos de manera que los otros no tuvieron otra opción que la de darse a la fuga.

En otra ocasión en que se dirigía al sur de España, se hospeda en un pueblo de Toledo; el curioso ventero, amigo de enterarse de vidas ajenas, entabla diálogo con el recién llegado clérigo:-¿Es cierto que el célebre soldado, don Tiburcio de Redín ha tomado él hábito capuchino? -Sí, hermano -le responde el fraile ¡Gracias a Dios!, -contesta el ventero- que se ha corregido; pero…, ¿Cree ud.. padre que perseverará en los votos que ha hecho?-Confío en Dios que sí, hermano, -le responde fray Francisco de Pamplona- ¡Vive Dios…! -exclama el ventero-, mucho me temo…, porque hombre más tremendo que ese no lo he conocido jamás. Cuando pasaba por aquí, eran seguras las riñas, las heridas, la sangre…

El ventero seguía con su retahíla, comentando la turbulenta vida del personaje, mientras éste le escuchaba dando cuenta de un plato de lentejas. Cansado el fraile de tanta historia mundana que le apartaba de sus pensamientos evangélicos, secamente le suelta al ventero: -Perdón, hermano…. ¡Yo soy Tiburcio de Redín!

Epílogo: Este clérigo, que tan bien conocía el área del Caribe por su destino en los barcos que perseguían la piratería, a partir de 1650 fue uno de los grandes impulsores de las misiones venezolanas, a él particularmente y a otros impulsores misionales que cumplieron con su apostolado, se deben estas palabras de agradecimiento que les dedica Duarte Level:

“Empero sobre la tumba de los capuchinos, Venezuela está obligada a depositar coronas de agradecimiento. Esos frailes salvaron la integridad de la Patria. En nuestra cuestión de límites con la Guayana inglesa, el único argumento sólido e incontestable que pudimos presentar para justificar nuestro derecho sobre Guayana fue la obra que allí hicieron los misioneros. A ellos les debemos no haberlo perdido todo. Hasta donde llegaron los religiosos en su misión evangélica puede decirse que llegaron nuestras fronteras. Al plantar la cruz fijaron los linderos de Venezuela”.

Tiburcio de Redín y Cruzat, el soldado y el marino que cumplió con su deber obtuvo y tantos premios mereció (entre estos el hábito de Santiago), o el humilde fray Francisco de Pamplona, como se le conoció en su corta vida religiosa, imprevistamente moría en el puerto de La Guaira (Venezuela) el 31 de agosto de 1651, cuando venía a España a reclutar más misioneros para contribuir a la evangelización que llevaban a cabo las misiones venezolanas.

Aqui dejo otro enlace con una vision apasionada e interesantisima de Don Tiburcio!http://enorancienlanzas.blogspot.com...-pamplona.html

Editado por coronadobx en 26-05-2015 a las 19:41.
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Predeterminado Re: Heroes Españoles (Relacionados con el mar) olvidados

La proeza española que salvó al mundo de la peor epidemia
Fuente: LibertadDigital - Cultura /Laura Galdeano

"No imagino que los anales de la Historia hayan aportado un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso como éste".

Son palabras de el doctor Edward Jenner, el inventor de la vacuna de la viruela sobre la "Expedición Balmis". El María Pita zarpó en 1803 desde La Coruña , un navío lleno de esperanza y de miseria. Partía hacia América con una veintena de niños huérfanos con la misión de erradicar una epidemia que se cebaba sin contemplaciones con todo ser humano que se cruzase a su paso. Sólo con el método "brazo a brazo", utilizando a los niños como portadores del suero, podría llegar en buenas condiciones a esos territorios tan lejanos. A principios del siglo XIX, la viruela, conocida como flor negra, mató o desfiguró a una quinta parte de la humanidad, por lo que fue considerada la plaga más difundida y más duradera.



Este es el contexto en el que se desarrolla A flor de piel, último libro del escritor madrileño Javier Moro, Premio Planeta 2011 por la novela El imperio eres tú. Moro nos trae "el viaje filantrópico más grande de la historia", una proeza española que ha quedado en el olvido. Balmis, un cirujano alicantino, se embarca en una corbeta con veintidós niños huérfanos con la misión de llevar la recién descubierta vacuna de la viruela a los territorios de Ultramar. Con ellos, Isabel Zendal, encargada de cuidar a los pequeños y la voz que narra esta apasionante aventura.



"Es una aventura que ensalza unos valores eternos"
"Es una expedición poco conocida para la trascendencia que tuvo y la ejemplaridad de la historia", asegura Javier Moro a Libertad Digital. "Es una historia muy española. Hay un vasco, el capitán del barco; un alicantino, el director de la expedición; un subdirector catalán; la rectora gallega y el patrocinador castellano. Es una aventura que ensalza unos valores eternos", explica el escritor.

El objetivo era el más humanitario posible, pero, para ello, había que utilizar a los más indefensos: la mayor empresa humanitaria de la historia descansaba sobre las espaldas de la población más frágil y depauperada que existía. Eran niños huérfanos, abandonados, que después de ser utilizados por esta expedición, volverían a ser abandonados. No murió ninguno por el viaje, los que murieron fue porque partieron ya enfermos".



"La viruela acabó con la dinastía de los Habsburgo en España"
La misión se llevó bajo el auspicio de Carlos IV. "La viruela acabó con la dinastía de los Habsburgo en España, no fue una revolución, fue la enfermedad. Acabó con Luis XV de Francia y casi con la familia de Carlos IV, por eso estaba tan involucrado. Pero no sólo eran razones políticas. En los tres primeros siglos de la conquista, 90 millones de indígenas murieron por choque microbiano, casi siempre atribuido a la viruela", asegura Moro.

La decadencia que sufría España en este periodo ensombreció esta gesta. "Fue una luz en la oscuridad del final del imperio. Había muchos problemas más importantes que llamaban la atención: el desmiembre del imperio, guerras civiles en España, guerras en los territorios de América, el rey estaba casi en manos de Napoleón... Por eso, casi cayó en el olvido", explica el escritor.

Los tres protagonistas de A flor de piel llevaron la vacuna a México, Caracas, Bogotá o Filipinas, enfrentándose a una dura travesía para los pequeños pasajeros que los acompañaban. Sin embargo, esta no fue el único escollo que debieron salvar. "Hoy estamos acostumbrados a la idea de la inmunización, pero en esa época, decían que te iban a meter el mal que estaba matando. Era la primera vez que se mezclaban fluidos de animales con humanos, eso daba repulsión. Los curas decían que te iban a salir cuernos, iba contra la ley de Dios", explica Moro.

"Los curas decían que te iban a salir cuernos, iba contra la ley de Dios"
Y no solo el recelo de la Iglesia se interpuso. "Los mayores enemigos de esta empresa fueron los propios españoles", asegura. "Suscitaba mucha rivalidad entre los propios médicos, había un rédito político muy grande".

La Iglesia terminó por apoyar la misión. "La viruela era peor que el cáncer hoy, un tercio de los que la contraían morían, otro tercio quedaba con secuelas muy graves y los que sobrevivían, acababan con la cara picada, marcada para toda la vida. La vacunación levantaba muchas cuestiones morales, hoy en día hay personas en contra de las vacunas. Pero entonces, pronto los arzobispos vieron la ventaja que suponía encontrar un arma contra la viruela. Sin esta institución, no hubiera funcionado el método exportado por Balmis. Llevó el embrión de la sanidad pública, las Juntas de Vacunación. Si llegaron a vacunarse quinientas mil personas al paso de la expedición fue porque funcionó un protocolo de actuación", asegura.

Tres protagonistas

El escritor madrileño cuenta esta historia en la persona de Isabel Zendal. "Sin ella no había niños y sin niños no había expedición. Era la columna vertebral de la historia, la clave". La OMS la nombró en 1950 "la primeras enfermera de la historia en misión internacional" y la facultad de enfermería de Puebla de México lleva su nombre.



Balmis dedicó su vida a la medicina. "En Alicante y Madrid hay calles con su nombre. Era un hombre descrito como polémico, su mal carácter era legendario, pero era un gran organizador, un gran investigador, un hombre con unas capacidades de trabajo increíbles. Salvany, el auténtico héroe, era otro tipo de hombre, buscaba el consenso".

Con A flor de piel, Javier Moro solo espera una cosa: "Que el lector español se entretenga con la historia y esta expedición adquiera la importancia que se merece".
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SALUDSS.

Cuanto mas leo en este foro mas inculto me siento y mas al ser alicantino y desconocer por completo la historia que nos ha traído Gambucero.
de adolescente pase muchas horas en la plaza del doctor Balmis , a un que nosotros la llamábamos plaza del ángel , creo que por un local que se encontraba en ella , ahora después de remodelarla y eliminar los bancos de estilo Gaudi por otros mas acordes a los presupuestos municipales y abrir al publico de nuevo se ha puesto en valor un refugio antiaéreo de la guerra civil que se encuentra bajo ella el R46. el club Rotari a donado un busto de Balmis para que junto una fuente de piedra de principios del siglo pasado adornen la plaza .
creo que comprare el libro no voy a esperar a que hagan la peli
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Jorge Juan, espía y científico que pudo dar la victoria a España en Trafalgar

Fuente: ABC - História
Autor: Jesús García Calero

Cada vez que uno piensa en Jorge Juan y Santacilia (1713-1773) no sabe si debe preferir a uno de los grandes militares de nuestra historia, que hizo posible el milagro naval español con los primeros Borbones. Su poderoso proyecto de flota habría evitado seguramente la derrota de España en Trafalgar, si él no hubiera caído en desgracia por intrigas cortesanas. O puede uno decantarse por admirar al “sabio español” -tal y como se le conocía en toda Europa por ser uno de los científicos más reputados del siglo de las Luces- sin cuyas observaciones el sistema métrico decimal no sería como lo conocemos hoy ni tendríamos el exacto conocimiento de la forma de la tierra.

Como James Bond
¿Cuántas vidas caben dentro de una vida? Porque también resulta apasionante reconocer en Jorge Juan a un James Bond al servicio de Su Majestad Española, un hombre capaz de revelar importantes secretos del enemigo, espiar y minar sus astilleros provocando una fuga de cerebros y manos expertas y, por supuesto, un caballero que supo enaltecer -mezcladas, no agitadas- las armas y las letras de su Rey en las mejores Academias de Ciencias de Europa, la francesa, la Royal Society británica o la Academia berlinesa.

El 5 de enero se cumple el tercer centenario de su nacimiento
Todos ellos, y algunos más, son el verdadero Jorge Juan, un ilustrado que mañana, 5 de enero, cumpliría 300 años. El Museo Naval -donde se conservan su cuadrante y maquetas de sus construcciones- ha realizado estos días talleres infantiles sobre su figura con gran éxito. Jorge Juan nació en Novelda de la unión de dos familias ilustres: la de su padre, Bernardo Juan, que descendía de los condes de Peñalba, y la de su madre, Violante Santacilia, procedente de una hacendada familia ilicitana. Ambos se habían casado tras enviudar, en segundas nupcias.



A los 3 años, Jorge queda huérfano de padre, estudia con los jesuitas alicantinos y luego en Zaragoza. A los 12 años se le somete al meticuloso estudio de limpieza de sangre necesario para ingresar en la Orden de Malta, apoyado por su tío paterno Cipriano, caballero de esa orden. Profesa en Malta y recibe con 14 años su primer título: Comendador de Aliaga en Aragón. En Malta también debió “correr carabanas”, persiguiendo a los cárabos o galeotes moros, lo cual pudo ser el inicio de su vocación marinera. A los 16 regresa y pide el ingreso en la Real Compañía de Guardias Marinas.

Reserva de conocimiento
Y allí todo cambia. Felipe V había creado en esa escuela gaditana un verdadero centro de conocimiento, una reserva ilustrada donde se enseñaban los más modernos estudios de aquella hirviente época, sin descuidar las bellas artes. Un joven con el talento de Jorge Juan aprendió allí a amar la ciencia, cuando España era aún un país de grandes atrasos que desconfiaba del progreso, con el acecho siempre temible de la Inquisición, agitada por un infame casticismo que atacaba cualquier avance procedente del extranjero.


Participó en la campaña de Orán y Blas de Lezo fue maestro suyo
Jorge Juan se asomó al universo a través del novedoso prisma de Newton y las explicaciones científicas de la mecánica celeste. Se graduó con 21 años, después de navegar tres años y participar en las campañas de Orán y en la escuadra que acompañó al futuro Carlos III para asumir el Trono de Nápoles. Entre sus maestros en el arte de navegar tuvo al bravo Blas de Lezo, defensor de Cartagena de Indias en desigual combate contra una gran escuadra inglesa.

Empieza la acción
Entonces, en 1734, Felipe V recibe la solicitud de su primo Luis XV para que se permita a los inquietos académicos franceses viajar a Quito con el fin de medir un arco de Meridiano bajo el Ecuador y así obtener el valor de un grado terrestre. La empresa era vital por aquel entonces, puesto que, dominada la Latitud, fallaban los cálculos de Longitud, lo cual impedía una precisión científica tanto en la derrota de los barcos como en la cartografía. Jorge Juan iba a jugar un papel vital en la solución.


El Rey quería dos oficiales y eligieron dos pimpollos, Ulloa y Juan
Felipe V quiere facilitar la misión científica francesa pero siempre que las luces del siglo iluminasen también a la ciencia española. Por ello ordenó el 20 de agosto que dos de sus más hábiles oficiales acompañasen a los académicos franceses. Quería dos personas “en quienes concurrieran no sólo las condiciones de buena educación, indispensables para conservar amistosa y recíproca correspondencia con los académicos franceses, sino la instrucción necesaria para poder ejecutar todas las observaciones”. El Monarca animaba a competir para que estos enviados realizasen sus propios cálculos “con entera independencia de los que hicieran los extranjeros”.

Dicho y hecho. Pero en lugar de elegir a dos oficiales, la Marina puso al servicio de esta empresa a dos pimpollos, dos guardiamarinas, de 19 (Antonio de Ulloa) y 21 años (Jorge Juan). Ambos protagonizaron aquel viaje que cambiaría sus vidas y les uniría con una amistad indestructible.

Las misiones secretas para Felipe V
No tenían graduación militar así que hubo que ascenderles a tenientes de navío. Jorge Juan se encargaría de la astronomía y la matemática, mientras que Ulloa sería el naturalista. Y además del objetivo científico del Meridiano, Su Majestad les encargó algunas otras misiones (históricas, descriptivas, cartográficas, botánicas y mineralógicas). Sin embargo, los dos cometidos más importantes eran secretos.

Critica la tiranía sobre los indios como Fray Bartolomé de las Casas
Lo que Felipe V quería era conocer de primera mano el estado real de sus pueblos de ultramar, la situación política y social que administraban sus enviados. Por otro lado quería tener bien vigilados a los académicos franceses para impedir que llevasen a París informaciones vitales que no debían caer en manos del Gobierno de París. En ambas cosas, Ulloa y Juan se emplearon a fondo con una liberalidad y madurez sorprendentes.

La dureza de la misión
La misión partió de Cádiz en 1735, y en ella viajaba, además, el marqués de Villagarcía, nuevo virrey del Perú. Les esperaban 9 años durísimos. Viajaron a Quito para realizar triangulaciones kilométricas que extendieron hasta Cuenca, la ciudad situada a casi 400 kilómetros al sur, y cuyos vértices frecuentemente se situaban en la cima de montañas que alcanzan los 5.000 metros.

Soportaron tormenas a 5.000 metros y los ataques del almirante Anson
Es difícil imaginar la complicación que el clima, la orografía y diversas vicisitudes supusieron para aquellos hombres. Divididos en dos grupos y conocidos por “los caballeros del punto fijo”, tuvieron incluso que abandonar sus trabajos en tres ocasiones y desplazarse a Guayaquil para solucionar cuestiones urgentes relativas a la defensa y fortificación de las costas y plazas del virreinato, entonces hostigado de continuo por el almirante inglés Anson.

Héroe contra la Inquisición y la tiranía
Es una maravilla asomarse hoy a los libros que escribieron. En el de Astronomía, Jorge Juan tuvo que enfrentarse al desagrado inquisitorial que desconfiaba de Copérnico y Galileo -no digamos de Newton- a esas alturas. Y lo hace con mucha inteligencia, demostrando que los avances científicos han permitido, entre otras cosas, la navegación y por tanto la evangelización de América, y que en Roma los prelados más cultivados -cita ejemplos con autoridad- han aceptado por entonces lo que la matemática demuestra y los necios inquisidores tildan aún de contrario a las Escrituras.



La Inquisición tuvo en el punto de mira su obra
Hubo más libros, pero el más llamativo es el informe secreto sobre la administración americana. Emparentando con la visión de Bartolomé de las Casas, Jorge Juan constata sin piedad los abusos de encomenderos, corregidores, curas corruptos y gobernantes que hacen la vista gorda: “La tiranía que padecen los Indios nace de la insaciable hambre de riquezas que llevan a las Indias a los que van á gobernarlos”, dice Jorge Juan en una de sus frases más templadas.

El espía competente
¿Cómo logró tanta información? Supo escuchar y presionar a las personas adecuadas con datos, relacionarlos entre sí para extraer conclusiones rápidas y certeras, tanto sobre los abusos como sobre las violaciones de las leyes y el contrabando, aportando vías de solución. Con su informe, el Rey iba a tener buena cuenta de los desmanes en las extensas y lejanas provincias donde apenas llegaba comunicación oficial alguna que permitiera poner coto a los tributos injustos y cumplir la observancia de la ley, mientras las potencias extranjeras pugnaban por romper el monopolio comercial. Tiempo después los espías ingleses publicarán estos escritos en la pérfida Albión (también en español, para la propaganda), no como ejemplo de severa autocrítica sino como confirmación de la leyenda negra que han agitado interesadamente durante toda nuestra historia.

A su regreso ha muerto Felipe V y nadie les hace caso
A su regreso, Jorge Juan constata que, muerto Felipe V, a nadie le interesan sus misiones, mediciones o publicaciones. De hecho, los avispados académicos franceses apenas mencionaron la aportación española que fue vital para la instauración del valor del metro y el sistema métrico, que no podría haber nacido sin la ayuda de esa misión compartida (la "grandeur" se llevó una vez más toda la gloria). Además también aclaró con exactitud cuál era el meridiano que cimentaba el Tratado de Tordesillas que tantos conflictos había traído entre Portugal y España por la imprecisión de los cálculos.

El momento clave de una vida
En el trayecto de vuelta de este viaje se produce tal vez el momento de mayor lucidez de Jorge Juan. El acecho con peligro real de los corsarios a los barcos franceses y el apresamiento de la nave que traía a Ulloa, la “Deliverance”, hizo pensar y mucho al joven marino. Había visto una sociedad en descomposición en América, había reflexionado sobre la necesidad de fortalecer el imperio de la ley. Había visto la debilidad de los buques de factura francesa frente a los ingleses, más maniobrables y veloces. Había sufrido los ataques de Anson en las lejanas costas. Vio claramente que los dominios en América serían insostenibles con una creciente supremacía naval inglesa. ¿Qué hacer?

La experiencia le convenció de que la Armada debía ser la prioridad de España
A su llegada a España -antes le nombraron en París miembro correspondiente de la “Academie”-, la muerte de Felipe V le hundió en un mar de dudas. Pero el destino le tenía guardado el encuentro más relevante de su vida. Con el marqués de la Ensenada, alguien con las mismas preocupaciones y con quien daría un vuelco a la política naval.

Espía a Londres, en misión imposible
No todos los campos de batalla de la Historia de España fueron a cañonazos ni cuerpo a cuerpo. En 1748 una batalla decisiva, quizá la más importante, era de inteligencia. A través del marqués de la Ensenada, Jorge Juan hace llegar sus informes secretos al Rey, y Fernando VI los estudia con interés. Ensenada comprende todas las carencias de los viajes de Juan y Ulloa (que fue liberado con honores, como miembro de la Royal Society, tras demostrar el valor científico de su misión) y decide publicar todas sus obras.

El éxito de su espionaje industrial en Londres fue espectacular
Pero a Jorge Juan le reserva una misión imposible. Le envía a Londres, camuflado con el nombre de Mr. Josues, para importar los avances de construcción naval de los astilleros del Támesis y lograr expertos que quisieran hacer escuela en España. También le pide un montón de informaciones prácticas y tecnológicas que el embajador de entonces, poco hábil en asuntos secretos, llevaba años tratando de recabar. A Jorge Juan le bastó una semana para asomarse a los Astilleros y relatar lo que estaban construyendo. Allí, por cierto, conoce caballerosamente y comparte mesa y mantel con el almirante Anson y el ministro Redford, que poco tiempo después mandará a la policía darle caza por espía.

Sus envíos de información en cartas cifradas fueron tan numerosos, eficientes y enjundiosos que convencieron aún más a Ensenada de la necesidad de cambiar de política y centrar el esfuerzo en construir una flota poderosa y moderna. Jorge Juan intuyó, como él, que tarde o temprano se dirimiría contra la flota inglesa la supremacía de los mares y que sin un cambio en la Armada no habría América. Por ello se centró en recabar la más exacta información sobre la construcción naval, la división moderna de trabajo cualificado de los astilleros, copias pieza a pieza de diseños de barcos, investigaciones sobre el lacre, las primeras aplicaciones de máquinas de vapor para limpiar puertos y otros usos preindustriales. También informó de planes concretos de los ingleses para atacar América.

A punto de ser atrapado
Ensenada y Juan sabían que el sistema de construcción de los barcos españoles, el de Gaztañeta, estaba obsoleto. El gasto de madera era enorme, contra el eficiente sistema inglés y la calidad y resistencia de jarcias, velas y otros componentes no resistía comparación. Jorge Juan realizaría sus propias mejoras al sistema. Pero lo realmente novelesco fue su accidentada salida de la ciudad del Támesis, pues estuvo a punto de ser atrapado.

La policía, mandada por el ministro Bedford, le pisaba los talones
La policía pisaba los talones a los “espías españoles”, y alguno de sus contactos allí fue detenido. La operación la dirigía el propio ministro Bedford. Antes de escapar aún tuvo que vivir mil peripecias y planificar el viaje de decenas de importantes ingenieros navales y obreros cualificados a España con sus familias para trabajar para la Corona. Les convenció de que aquello no iba a poner en peligro la floreciente industria naval británica.
Los astilleros cambian

En junio de 1750 logra cruzar el Canal de incógnito en un barco, el Santa Ana de Santoña, y llega a París. A su vuelta, comprueba que en España trabajan ya cuatro de los mejores constructores ingleses, medio centenar de técnicos y decenas de obreros cualificados. Ensenada pone sobre sus hombros una montaña de responsabilidades para cambiar los Astilleros españoles y ganar por la mano a los ingleses. A todas les da cumplimiento con brillantez y audacia. Su carrera es imparable. Pero tantos honores levantaron las envidias de la corte y no faltó quien criticó esta política.

A su regreso los astilleros cambian: es un milagro naval
En 1752, el Rey le nombra director de la Academia de Guardias Marinas de Cádiz. Allí terminará de experimentar todas sus teorías sobre la construcción naval sustentadas matemáticamente. Los resultados incluso impresionaron a los ingleses. Inspeccionaba desde la tala de árboles hasta la modernización de arsenales y astilleros, empezando por Cartagena.

Las intrigas triunfaron en el verano de 1754 y provocaron la caída y destierro del marques de la Ensenada, gracias al empeño del sagaz embajador británico en Madrid, Benjamin Keene, que tenía claro que debía hacer lo posible por acabar con el responsable de una política que solo podía perjudicar a su país. Lo triste es que lo lograra. El resto es conocido y desemboca en la creciente subordinación al francés, la Armada combinada y la derrota en Trafalgar, cuya convulsa consecuencia en América no tardariá en llegar.

Si su sistema hubiera seguido, la Armada sería poderosa
Con el tiempo, sus ideas, y las de Jorge Juan, fueron desechadas. Se optó por el tipo de construcción naval francesa, sus ingenieros y sus sistemas, mucho más atrasados, pero defendidos con denuedo por los nuevos ministros y sobre todo por Julián de Arriaga, secretario de Marina.

Embajador y espía en Marruecos
Es imposible resumir todas las vertientes de una biografía como la de Jorge Juan. Su prestigio sobrevivió a su salida de la primera línea de la vida pública. Y de hecho Carlos III, el Rey que vino de Nápoles y tanto tuvo que ver con el florecimiento de las artes en España, le encargó una de las misiones más difíciles de su vida. La embajada a Marruecos, en plena madurez, que sentaría las bases de una relación complicada entre los dos reinos, gracias a que logró firmar un primer tratado de 19 artículos que no ignoraba ninguna de las ambiciones importantes de la Corona. Allí también recabó información secreta y relevante para el Monarca. Fue la última aventura de Jorge Juan, un hombre imprescindible durante aquellos tres reinados.

Última Carta al Rey
Tan solo unos días antes de morir, Jorge Juan realizó uno de los servicios más difíciles a su Rey. Sometido a la agonía a la que le llevaron sus cólicos biliares, escribió a Carlos III una carta sorprendente, cuyo original se conserva en la Real Academia de la Historia. En ella, llegado el punto de rendir su vida, advierte al Monarca de las grandes desgracias que acechan en el horizonte, sobre todo por distraer los esfuerzos debidos a la Armada, sin la cual, lo que era España en aquel momento estaba condenado a cambiar, a sus ojos.

Venció el metodo de Gautier que vino a sustituir al suyo. Y si Jorge Juan detestaba la obra del francés, se dice que Gautier, de la mano de Julián de Arriaga, hizo todo lo que pudo para destruir la obra del sabio español. El perfeccionamiento de las naves a fines del XVIII vendría gracias a Romero y Fernandez de Landa y Retamosa. Sea como fuere se perdió un tiempo precioso y además de la técnica, faltó la visión política del marqués de la Ensenada sobre lo vital que una gran Armada iba a resultar en un futuro inmediato.



Y aquí el link al artículo original
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