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#1
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Del cenit al nadir con parada en todas las estaciones (Pim)
La nave está bien pero acabamos de salir de una de las peores tormentas que recuerdo, la más dura sin duda. Y al fin cuando todo parecía haber terminado chocamos con algo, tal vez un contenedor u otro objeto a la deriva. No creo que haya que lamentar daños irreparables, aunque el ha sido terrible, la nave se ha estremecido y el golpe ha retumbado durante un buen rato, mientras sus costados vibraban como las hormonas de una adolescente a la vez que se disparaban un sinfín de alarmas, sirenas, silbidos y zumbidos que se han disparado automáticamente alrededor del cuadro de mandos. Los motores se han parado súbitamente y de repente todo ha quedado en silencio. Ni Phileas que estaba en el puente conmigo, se ha atrevido a abrir la boca hasta que le he ordenado un control de daños. Entonces ha salido directamente en busca de Michel para efectuar el largo "checklist" de la nave entre los dos. Cuando me he quedado solo me he sentado, tenía que comprobar y desactivar, uno por uno, los centenares de multicolores pilotos encendidos. Ahora acompañados de un zumbido, ahora silenciosos, una inmensidad de testigos repetidores de sus sensores advertían que algo había andado mal en algún momento. Aproveché para reflexionar pues estaba claro que acababa de meterme en un buen lío. Llevamos una carga de valiosísima especia hacia Deralia intentando acortar un poco las rutas de navegación convencionales, pues ya íbamos fuera de plazo cuando salimos, tome esta vía que contemplaba posibles tormentas, aunque nunca hubiera podido prever un abordaje de un objeto a la deriva. Zarpamos de Dune tres onfri atrás. Unos tumultos revolucionarios habían retrasado una y otra vez la carga de nuestras bodegas, pero la compañía no entiende de razones de ningún tipo. Nuestro contrato describe claramente que por cada ofri de retraso perderíamos una parte de nuestra gratificación y si, por cualquier razón, la demora se alargaba más de seis ontfri, habríamos trabajado en balde pues no cobraríamos absolutamente nada. Comencé a manipular botones, las luces se fueron apagando y me animé un poco, pues ya no parecía que las cosas estuvieran tan mal. Al poco de manejar el teclado, solo quedaron un par de pilotos abiertos; cuando regresaron mis compañeros a informar, los daños coincidían con mi interpretación de los dos pilotos aun iluminados. No teníamos combustible, el abordaje se había producido por la amura de babor y se habría abierto una brecha por donde se habría vertido todo. Por esta razón se habían parado los motores. En popa teníamos intacto el tanque de reserva, aunque era claramente insuficiente para terminar el viaje, pero por lo menos nos permitiría tomar tierra por nuestros propios medios. Desplegué la carta de navegación e intenté situarme por estima. Teniendo en cuenta el desvío que yo había aplicado al tratar de trazar una ruta mas corta, la desviación a estribor que nos había provocado aquel objeto al impactar contra nuestra aleta de babor, las leyes de la inercia y las fuertes corrientes imperantes en aquella zona-motivo por el cual en su momento se había restringido el tráfico comercial- me situé de forma tan exacta como me fue posible y le pedí a Michel que izara el periscopio para poder confirmar con mis propios ojos lo que mi análisis sugería. Estaba muy claro, aquella tonalidad azul implicaba atmósfera, por lo que imprimí un espectrograma remoto de aquel planeta que teníamos delante, en busca de los elementos necesarios para preparar el combustible necesario para proseguir nuestra derrota. -No podemos quejarnos, Capitán- era Phileas quien hablaba mientras miraba observaba detenidamente la pantalla del espectrógrafo –el planeta tiene grandes cantidades de hidrógeno y carbono, que aunque repartidos en distintos componentes, podremos programar la planta abastecedora de la nave para que los separe y los combine de nuevo en la fórmula química que más convenga. Entre otras muchas funciones, como la de médico y cocinero, Phileas era el químico de abordo. Llevaba mucho tiempo viajando con él y, aun siendo algo lunático, era un tipo muy capaz, al que nunca se le había visto afirmar alguna cosa que no fuera capaz de hacer. Para Michel en cambio era su primer viaje interestelar y se percibía que lo estaba pasando mal en estos momentos. Compartía las funciones de mecánico, radiofonista, informático e ingeniero de a bordo; y aunque no había asomo de lo contrario, yo estaba íntimamente convencido de que no estaba debidamente capacitada para los múltiples trabajos que debía realizar. Nos habíamos conocido mientras yo buscaba algún tripulante, para cubrir esa plaza, entre los innumerables bares de Theed, y no la enrolé por su currículo precisamente. Inicialmente Phileas acogió hoscamente y con un puntillo de distanciamiento la presencia de Michel. Parecía que un paso en falso de esta podía desembocar en una tragedia, pero su picardía fue imponiéndose sobre el viejo Phileas y a veces me pregunto sino debería sentirme algo celoso. Con los elocuentes resultados del espectrograma, nos dispusimos a tomar tierra. El ordenador calculó una órbita espiral de desaceleración, que nos dejaría en la superficie del planeta a baja velocidad, sin impacto y con el mínimo consumo de combustible, Por lo que iniciamos la maniobra de acercamiento. A través del periscopio pude observar toda la operación, abandonamos el negro universo al penetrar en la atmósfera, inicialmente lechosa de aquel astro; y paulatinamente todo nuestro alrededor se fue tiñendo de un azul intenso, claro, diáfano e inmaculado, que a medida que nos acercábamos a la parte sólida del planeta se moteó de diversas manchas blancas. Súbitamente con una especie de explosión, nuestro descenso se detuvo. La atmósfera se había vuelto repentinamente espesa e infranqueable y la nave flotaba sobre una vibrante membrana de un espeso fluido. Tecleé entre los controles del ordenador central intentando averiguar cuanto costaría penetrar aquella atmósfera hasta llegar a la superficie y la respuesta que obtuve después de ciertos cálculos y pruebas, era que no disponíamos de suficiente combustible para ello. El análisis descubrió que se trataba de una atmósfera líquida, formada básicamente por H2O, precisamente la reserva de hidrógeno que estábamos buscando; mientras que en el nivel superior, gaseoso, hallábamos el otro compuesto que iba a sernos de utilidad. Como la otra atmósfera era respirable, a pesar de su alta concentración en CO2, CO y CFC, salimos a cubierta para abandonar, aunque fuera por poco tiempo aquellas claustrofóbicas paredes. El fluido sobre el que reposábamos estaba muy agitado y formaba enormes ondulaciones que provenían de todos lados y zarandeaban enérgicamente la nave. Debíamos agarrarnos fuertemente a cualquier parte para evitar salir arrastrados por esas ondas que chocaban contra la nave y se deslizaban por la cubierta. Habíamos gastado toda nuestra reserva de carburante en el intento automático de penetrar en la atmósfera líquida, y estaba claro que debíamos enderezar la nave. El fluido gaseoso circulaba con tremenda rapidez y había empujado la nave hasta colocarla de forma que ofrecía la máxima resistencia a ambos fluidos y que a su vez era la postura más incómoda, por lo que le encargué a Phileas que desplegara una de las alas de planeo, que se encontraba bajo nuestros pies en el otro extremo de la nave, y que la lastrara con el fluido líquido que nos rodeaba y llenara con el mismo líquido los tanques M, A, C y G. con el fin de situar el centro de gravedad en el punto más bajo posible. Cuando Phileas se hubo ido a realizar mis encargos, me miré a Michel sopesando si estaría a la altura de las nuevas circunstancias y si sería capaz de cumplir con su papel, al tiempo que admiraba lo buena que estaba con aquella camiseta ceñida, que las espumosas salpicaduras de fluido iban pegando a sus voluptuosas carnes, dejándolas transparentar. -Michel bonita, eleva el periscopio en toda su extensión, y después aduja los captores de energía cósmica para que podamos usarlos como timón. Tomé un destornillador de estrella, que otro destornillador íbamos a usar los cosmonautas, y me dirigí al escudo anti-meteoritos, del que solté dos grandes piezas triangulares y las colgué una a proa y otra a popa del periscopio. Michel y Phileas estaban en cubierta conmigo cuando comencé a adujarlas y mientras Michel se ocupaba del timón, Phileas me ayudaba trimando la pieza mayor, la de popa, mientras yo me ocupaba de la de proa. Se trataba de aplanarla impidiendo que formara bolsas. Muy pronto la nave abandonó dejó de estar a merced de las ondulaciones que habíamos conocido desde que llegamos allí y comenzó a moverse ciñendo y surcando los fluidos. La atmósfera se tornó más respirable cuando la humedad empezó a precipitar. El gas se movía de forma turbulenta y con enorme violencia y Phileas llegó a pensar que nos estaban atacando, cuando una primera descarga eléctrica cayó a escasos metros con gran estruendo. No obstante no era más que otro fenómeno meteorológico de aquella atmósfera primitiva, al cabo de pocos instantes centenares de descargas centelleaban por doquier y se hacía difícil colocar bien los paneles para que se correspondieran correctamente con el ángulo de incidencia de los fluidos. De repente, ayudada de pies y manos Michel se dirigió al periscopio y empezó a trepar con seguridad. Cuando llegó a determinada altura, abrazada al periscopio merced a su potente ingle, soltó sus manos y se arrancó un par de mechas de su precioso pelo pelirrojo y las pegó a banda y banda del escudo. Aún desde lo alto, hizo saber a Phileas que tan solo debía conseguir que ambas mechas se mantuvieran horizontales. Desde ese instante nuestra velocidad se redobló. Dejé a Phileas el gobierno de la nave, mientras me llevaba a Michel a proa con cualquier excusa y allí, en el balcón de proa, le hice extender sus brazos y la abracé desde atrás y la amé, y hubiera vuelto a amarla una y otra vez si no llegamos a clavar la proa en una ondulación y el H2O no me arrastra a lo largo de la nave hasta que, al pasar junto a Phileas, este me tiende una mano y me salva. En proa, no obstante, Michel sigue imperturbable con sus brazos abiertos desafiando a los elementos. Después de muchas ondulaciones el cielo se despejó de repente y si bien la atmósfera líquida continúo igualmente alterada, los fluidos gaseosos se detuvieron y se quedaron calmados. El oscuro color de esta atmósfera gaseosa dio paso al azul radiante que habíamos visto al llegar al planeta, y a través de esa atmósfera ahora transparente pudimos ver la vieja H765K, la estrella madre de este rudo sistema solar. Pero tal como ya había deducido, solo estábamos en el ojo de la nebulosa, y al poco rato volvimos a empezar con los fluidos violentos, aunque entonces sabía que ya estábamos saliendo. Saltando literalmente de la cresta de una ondulación a otra, y dejando una espumosa estela, aunque discontinua, porque tan pronto surcábamos la atmósfera líquida como solamente la gaseosa, atravesamos la perturbación y nos plantamos en su otro lado cuando anochecía. No tenía forma de orientarme ni cartas de navegación que valieran en aquel pequeño mundo, por lo que miré el cielo, nuevamente despejado, para tomar como referencia las estrellas. Naturalmente las identifiqué todas. El conocimiento y situación de las estrellas lo enseñan en todos los ciclos escolares básicos, y en las estrellas busqué la clasificación de este planeta. También enseñan en todas las escuelas que los distintos planetas nacen sin campo magnético, y que este es otorgado por la agrupación universal de astros con inteligencia avanzada (AUDACIA) que lo coloca en cada planeta orientándolo como clave del potencial de desarrollo de ese planeta. De forma que, ya que este planeta estaba orientado a Polaris, implicaba que albergaba vida inteligente en sexta fase y que jamás se desarrollaría más allá de ese mismo nivel, pues anteriormente se auto extinguiría. En cualquier caso, como el Sol sale por el este, pusimos ese rumbo y al poco tiempo tomábamos tierra en Ibiza. No fue difícil encontrar Carbono, puse nuestra máquina abastecedora a trabajar y comenzó la producción de C64H130 que era lo que necesitábamos, para ello tomábamos el H del H2O y el C del CO2 y liberábamos enormes cantidades de O en la atmósfera. Como efecto colateral, siempre se produce algún tipo de residuo inesperado, en este caso salían de la máquina unas deliciosas ensaimadas rellenas de cabello de ángel, ya se sabe que están más ricas las de Mallorca, pero ha quedado claro que se trataba de un efecto colateral inesperado. Era responsabilidad de Michel ocuparse tanto de proveer materia prima a la planta abastecedora, cosa harto fácil porque como he dicho ya, esta materia prima abundaba en este planeta; como deshacerse de forma responsable de los residuos inesperados, por lo que montó una planta de reciclaje y se vio obligada a entrar en contacto con la primitiva civilización local. La vimos poco durante el tiempo que duró la operación de reportaje, iba y venía en horario cambiado, desaparecía al ocaso y regresaba bastante tras el orto, pero como las ensaimadas se esfumaban, asumí que hacía bien su trabajo y no me preocupé por ella. Al cabo de poco tiempo tuvimos suficiente combustible como para zarpar, Michel vino a despedirnos a pie de la nave, había resuelto quedarse y montar un horno de ensaimadas en Portinatx, me tomó cariñosamente por las manos, me miró a los ojos, y sin decir nada se despidió de mí. Ni siquiera nos besamos, eso era más que un despido, nadie volvería a poner los pies en ese planeta condenado que se extinguiría irremediablemente algún día, entendí por tanto que Michel había elegido una vida de clausura, retiro y meditación. Al soltar sus manos una lágrima resbalaba bajo mi ojo izquierdo. Al poco de zarpar, mientras aun se calentaban los motores, Phileas fue hasta el balcón de proa y puso sus brazos en cruz. Yo me quedé mirando a es pedazo de maricón, y al fijarme en su culete respingón, me acerque por detrás y… pero esta es otra historia y solo dispongo de cuatro páginas.
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Editado por Natachamar en 01-04-2008 a las 23:13. |
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#2
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“La canción del mar” (Larsen)
“A usted le falta experiencia…. Este viaje le hará bien” “Wolf Larsen” Jack London Tenía toda la noche por la proa. Salía despacio del puerto, con las últimas luces del crepúsculo. La cubierta de la lancha aparecía deliberadamente repleta de aparejos de pesca y en los asientos acolchados de la popa descansaba una vetusta guitarra con las cuerdas calcinadas por el salitre. El aspecto del hombre era despreocupado e indolente, desengañado y furtivo, como todas sus noches. La embarcación salió de la bocana siguiendo, perezosa, la senda ondulante de la luz de la luna. Hacía frío. El hombre se caló su chaquetón de paño azul marino y el áspero gorro de lana. Iluminó el cuadro de instrumentos dando una fuerte calada al cigarrillo y activó el interruptor del radar. La pantalla destelló con un guiño fosforescente y comenzó el lento y rutinario barrido del cursor, espectral y persistente. Examinó con cuidado la imagen. No había nada extraño en doce millas a la redonda, sólo los vectores erráticos de barcos de pesca que comenzaban su faena y la estela larga de un más que probable bulkcarrier en demanda de aguas libres. Ni rastro de la patrulla de vigilancia. Dejó al piloto automático el gobierno de la embarcación y cogió la guitarra. Punteó despacio una copla antigua invocando a todas las ausencias. La quietud y el silencio también pueden modularse. Cada nota deja espacios abiertos para la deriva del alma y el pensamiento busca siempre veredas accidentadas para elevarse, como una argucia para ser aún más consciente cuando se alcanza el sosiego. El tiempo seguía corriendo en el resto del mundo. La noche y la guitarra habían aprendido a hablarse y en la mente del hombre rutilaba la esencia de todos sus recuerdos. Mantuvo el rumbo inalterado por espacio de una media hora, hasta que un destello verde apareció en el radar, justo en el lugar que habían acordado. Aceleró un poco ambos motores y la embarcación se encabalgó sobre la popa. El riesgo aumentaba ahora. Todavía quedaba media hora de navegación hasta alcanzar el carguero, un desvencijado “tramp steamer” abanderado en Malta. Luego, una hora más alijando en la lancha la media tonelada larga de resina de hachís marroquí, para santificar las fiestas. La última parte del trabajo sería, como siempre, delirante: navegar excesivamente cargado, obviando lo revelador que resulta para el Ministerio de Hacienda un punto brillante campando veloz y nocturno por los fueros de sus visores. Y al fin, descargar en un lugar recóndito de la costa donde, en caso de confirmarse la temida emboscada, estarían comprometidos todos los escapes. Quince minutos más tarde comenzaron a revelarse a simple vista las líneas difusas del carguero maltés contra el tenue resplandor del cielo nocturno. Se intercambiaron las señales prefijadas y desde el puente le dieron permiso para abarloarse al costado del barco. Subió a bordo por una escala que habían desplegado desde la cubierta. Había tres hombres esperándole. Le hicieron pasar a un grasiento local habilitado como repostería y le ofrecieron un café con tostadas. Se expresaban en inglés, pero creyó reconocer inflexiones eslavas en su dura fonética. A decir verdad, no le importaba en absoluto. Aceptó de buen grado el café y encendió uno de los cigarrillos franceses que le había tendido uno de sus anfitriones: un gigante barbudo de aspecto desgarbado y de edad indefinida. Volvieron a cubierta al cabo de veinte minutos. Comprobó, impresionado, que la lancha ya estaba casi cargada. Tres marineros asiáticos hacían diligentemente el trabajo mediante una de las grúas del costado. Terminada la faena, el gigante de los cigarrillos fingió un guasón y forzado ademán de echarlo por la borda. Luego, entre carcajadas, sacó de su abrigo una botella de buen whisky escocés y se la entregó para que la bebiera a la salud del tovarich Marko Volodya, el capitán de un barco fantasma, apátrida y de su tripulación de repudiados del mundo. Embarcó de nuevo en la lancha. Los balances eran ahora más intensos. El mar había empeorado y los dos barcos estaban atravesados a las olas. Encendió ambos motores y soltó las amarras. Mientras se alejaba, sintió nostalgia de un tiempo difuso, del tiempo infinito que permitía adentrarse en los más ocultos vericuetos del alma, cuando los viajes no eran más que transiciones entre todos los estadios posibles del juego de ser y las irrevocables sombras de la existencia eran las grandes compañeras en el camarote del marino. Se dispuso a recibir la mar por la amura. La figura del carguero se diluía ya en la penumbra. Conectó de nuevo el radar. El contrabando te convierte en un paranoico - pensó - pero imaginaba a un posible aduanero examinando en la pantalla de una turbolancha un punto verde intenso, del cual se desgajaba un puntito más leve y veloz, que desaparecía intermitentemente cuando las olas sobrepasaban su altura. Redujo la velocidad y arrumbó la embarcación a la playa donde debía desembarcar su valiosa mercancía. Y entonces sobrevino aquella extraña somnolencia. Se asustó; ahora comenzaba la fase más delicada de la operación. El contrabando - de estupefacientes, nada menos - ya se había consumado. La posible intervención de la patrulla fiscal implicaría una frenética y zigzagueante carrera por ensenadas repletas de escollos; una navegación a ciegas siguiendo las cartas dibujadas en la memoria, en la que una colisión se saldaba indefectiblemente con la muerte del piloto. En tierra esperaban sus hijos. No podía dormirse ahora, estaba demasiado curtido en aquellos menesteres como para cometer el error de un principiante. La mar seguía empeorando. Tenía que bajar el régimen de los motores; mantuvo la velocidad justa para seguir avanzando, evitando el peligroso planeo de la lancha. Todavía tenía dos horas para alcanzar la playa; más que suficiente, incluso haciendo rumbos sesgados a su destino para huir de las olas de través. Cedió el gobierno al piloto automático. Durante un rato, su única ocupación solo sería mantenerse despierto. Sintió el impulso irrefrenable de coger la guitarra. Y comenzó a tocarla. En su cabeza sonaba una canción hermosa, pero desconocida. Descubrió, sorprendido, que sus dedos deambulaban instintivamente por los trastes, acompañando fielmente aquella melodía. Era una modulación serena, de cadencia arcaica; un romance, un allegro assai que sonaba como si de alguna manera siempre hubiese estado allí, una especie de canción del mar. Y entonces se sintió realmente solo. Su inquietud aumentó. Se sentía extraviado, dentro de un mundo increíble que no parecía el suyo. Y, finalmente, se durmió. Se desplomó desfallecido sobre el cuadro de instrumentos de la embarcación, dejando caer la guitarra de sus manos. Aún no había amanecido cuando despertó. Estaba varado sobre la arena de una cala desconocida; algunas de las cajas de la furtiva carga flotaban entre las rocas. Miró desolado a su alrededor. Al menos, el lugar parecía desierto. Saltó a la orilla y se dispuso a explorar los contornos; estaba a punto de amanecer y el lugar pronto se llenaría de curiosos. Tendría que salir de allí lo antes posible, confundido con las sombras. Avistó en la lejanía el resplandor de la ciudad y se dispuso a calcular la distancia y el tiempo que tardaría en alcanzarla. Seguía sumido en estos pensamientos cuando, en medio del silencio, escuchó un suave murmullo procedente de la embarcación naufragada. Parecía una respiración. Se acercó dando un rodeo. Había una mujer sentada en la borda. Estaba recostada cómodamente contra una de las pocas cajas de resina de hachís que quedaban en la lancha. Su expresión era relajada e irónica. Había, no obstante, algo huidizo, mágico y secreto en aquellos ojos. Algo que extasiaba o incomodaba como si, en su presencia, todas las certezas se tambaleasen. Se dirigió a ella intentando camuflar su aturdimiento. - ¿Quién eres y qué haces aquí?, preguntó. - Siento romper tus esquemas, contestó. Soy una sirena común y corriente. Pero no te asustes, ya he conseguido que naufragaras. No deseo hacerte daño. - Dirás que no deseas hacerme más daño, prosiguió él. ¿Te dedicas a encantar narcotraficantes? Venga, dime quién eres de verdad. Puedo darte dinero si no me denuncias. No te pido más que tres horas de discreción. - ¡Ya te he dicho quien soy, dijo enfadada!. Tensó sus brazos contra la cubierta e introdujo, airada, su esbelta cola de pez en la embarcación. Él creyó desvanecerse. En su cabeza chispearon cientos de luces de colores y una náusea repentina le obligó a sentarse en la húmeda arena. Cuando levantó la cabeza, ella estaba junto a él. - No intentes comprarme, susurró en su oído. El viento me trajo tu melodía. Y no pude evitar llamarte. De la única forma en que sabemos hacerlo las sirenas. - Pues menos mal que no pilotaba un petrolero, dijo él intentando recuperar la serenidad. - Te esperaban en la playa, ¿sabes? La turbolancha de la fiscal. Bien abrigados y tomando café, mientras tú rastreabas en alta mar con ese repugnante aparato que llena el espacio de ondas infames. - No sabía que te molestaran los radares. - Esas malditas señales atacan nuestra entidad. Nuestra esencia incorpórea convive con la vuestra en todos los planos de la existencia, excepto en el material; o mejor dicho, en el margen de sensación que vosotros percibís, esa particular percepción que denomináis tangible. ¿Te has preguntado alguna vez por qué hay cada vez menos contactos entre nuestros mundos? - Jamás fui consciente de ellos, dijo el hombre. - Nosotros sí lo somos. Y la historia de los hombres está plagada de relatos que los confirman. - Creí que sólo eran leyendas, aseveró él. - Siempre os refugiáis en las palabras. Siempre dejáis que os tiranicen los significados. Sólo son burdos intentos de acotar lo ilimitado. Él suspiró, incómodo. Se recostó contra el costado de la embarcación y miró, abstraído, a su alrededor. Algunas cajas se habían destrozado contra las rocas. La carga aparecía ya dispersa por la playa. - Bonito plan has urdido para evitar mi emboscada. También habrías podido despertarme cuando aún estaba a flote. - Oye… ¿a ver si te crees que soy un socorrista? No me importaba tu lancha y menos aún la carga. Sólo me ocupo de lo que me gusta. Soy un ser inmoral....desde el punto de vista de vuestros esquemas mentales. ¿No has leído La Odisea?.....te salvé a ti porque me gustaba tu música. Y tú también.....bueno....un poquito. El hombre se sentó despacio junto a ella. En lo más profundo de su ser seguía sonando, indomable, aquella melodía hechicera de tiempos lejanos. Tenía la ropa empapada. Vació como pudo el agua de su guitarra. Le miró a los ojos y sonrió....cántame otra vez aquella canción, dijo a la sirena.
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Editado por Natachamar en 01-04-2008 a las 23:14. |
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Vic (13-03-2015) | ||
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#3
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LA JAULA Y EL HORIZONTE AZUL. (Ironia)
Hola soy Miguel, un español medio que como tu, vivía sin saberlo en una jaula particular, trabajaba en una multinacional alemana, muchas horas al día, de sol a sol como en el tajo, para llevar a casa un sueldo que la mayoría de los meses apenas llegaba a fin de mes. Esto es un relato de como empezó a cambiar mi vida un verano hace unos años, de los que estaba con mi familia pasando unos días en la playa. Yo salía de la jaula una vez al año, me dejaban la puerta abierta y nos íbamos a la costa, una casita de alquiler pagada con la extra de verano, aunque tras esos maravillosos días sin ataduras, o eso pensaba yo, volvíamos a casa para volver a cerrar la puerta de la jaula. Ese año un amigo nos invitó a salir en barco, unos bocadillos, mucho sol y aguas cristalinas, algún mareo repentino que se quito con un remojón, y un agradable día que pareció gustarnos a todos. Salí con el a navegar un par de veces más, una a pescar al curri, y la otra a una regata del club donde el atracaba el barco. La experiencia me debió marcar, por que en casa decían que los ojos me brillaban de una forma rara, que tenía las pupilas dilatadas, y que hablaba un idioma raro diciendo unas palabras extrañas que no entendían, como cornamusa, génova, gratil, pujamen, wincher,……etc. Ese verano, cuando volvíamos a casa en el coche, en medio de un atasco para entrar en la ciudad, mi pensamiento no era el de todos los años, no rememoraba lo bien que lo habíamos pasado en la costa, o me apenaba de que se hubiesen acabado esos días maravillosos, ¡no!, mi mente hacía planes a futuro, estaba sin ser consciente cortando uno de los primeros barrotes de la jaula. Ese invierno, me apunté a una academia para sacar el Patrón de Embarcaciones de Recreo, dos días a la semana, dos horas al día, estaba estudiando otra vez después de 10 años de acabar la carrera, y la verdad me costaba mucho, no se si era por lo cansado que llegaba después de un duro día de trabajo, o por la poca práctica que tenía, pero para seguir el ritmo de los demás, invertía mis días de descanso en hacer problemas de navegación, memorizar luces de colores, y aprender ese idioma raro que mi familia aun no entendía. El 17 de enero es una fecha marcada en mi currículum personal, ¡por fin estaba autorizado a llevar un barco de hasta doce metros! Salí de la capitanía con el título debajo del brazo y con esa rara sensación por segunda vez en mi vida, la primera fue recién licenciado en la facultad, sin tener ni idea de nada, buscando trabajo sin experiencia. Ahora estaba igual, con un título de navegación pero sin experiencia de nada. Ya había pasado la primera etapa de mi plan marcado a la vuelta de las vacaciones, ahora necesitaba saber si éramos capaces de vivir en un barco unos días todos juntos y no tirarnos por la borda ante la primera dificultad. No fue fácil ir convenciendo al personal de que en las próximas vacaciones de Semana Santa, haríamos un charter por la costa mediterránea, ellos eran más de: - ¿Por qué no lo dejamos para el verano? Hará mejor temperatura y podremos bañarnos. Yo quería saber si serían capaces de convivir en un espacio reducido, mas incomodo y en movimiento, al mismo tiempo necesitaba experiencia pues mis planes para ese verano eran otros, si todo salía bien, ya no volveríamos al alquiler del apartamento de la playa. Fueron unos días maravillosos, salimos de casa con todo preparado y con la incertidumbre de pasar una aventura que nos marcaría, cogimos el tren que nos llevaría a nuestro destino, Alicante. Ya de noche llegamos al puerto en el que nos esperaba Manuel, el Capi, nos acomodamos en un magnifico barco, un Belliure de 35 pies con unos añitos, pero que estaba muy bien preparado para su función. Cenamos en un bar del puerto unas tapas y hablamos largo y tendido de lo que haríamos en los días siguientes. Los niños aunque estaban cansados del viaje, no perdían ni palabra, no quisieron irse a dormir, creo que para ellos era “su gran aventura”, la que podrían contar en su clase a la vuelta de las vacaciones. El día amaneció soleado, el parte anunciaba levante f3, y marejadilla, las condiciones eran ideales para unos novatos como nosotros y para aprender las maniobras del barco. Fue en ese momento en el que sorprendí a mi parroquia con todo lo aprendido ese invierno, me veían hablar en ese idioma extranjero con el Capi, de tu a tu, yo me encontraba que me salía de la bola del mundo, y así de esa guisa, recorrimos las millas que separaban Alicante de Altea. Al día siguiente nuestra travesía nos deparaba una prueba crucial, salíamos de Altea con rumbo al Cabo de la Nao y el parte hoy no acompañaba. El viento subiría a medio día a f5 del noreste y podíamos tener riesgo de chubascos intermitentes, desayunamos con un nudo en el estomago, aunque el Capi nos tranquilizaba, parecía que para el era algo normal, y nos daba sensación que sabía lo que hacía, nos explicó con todo detalle lo que íbamos a pasar ese día, creo que se lo agradeceré siempre, nos fuimos adaptando a la diferentes situaciones, y el barco, muy marinero y seguro, se comportó como nunca otros en los que navegué. Yo estaba sacando mis propias conclusiones de aquellos días, y las largas charlas con el Capi en la bañera me iban abriendo los ojos sobre mis planes de futuro. Doblar el Cabo de la Nao y el de San Antonio fue duro, muy duro para nosotros, animales de tierra adentro que no sabíamos desenvolvernos en una coctelera de 35 pies, con rociones de agua y un par de chubascos que nos dejaron calados hasta los huesos, el viento llegó a rachas de 35 nudos y nuestro rumbo fue de ceñida, dos rizos en la mayor, sin la trinqueta y con un pequeño foque que llevaba para los días duros y el génova enrollado. La recompensa era enorme, teníamos nuestra aventura, la habíamos pasado con un aprobado raspando, pero al fin y al cabo, “un aprobado”. El tercer día lo pasamos en el puerto de Denia, las condiciones meteorológicas empeoraron, y el Capi recomendó variar nuestro plan inicial, no pasar por Cullera y terminar directamente en Valencia, cosa que hicimos un día después. Salimos a conocer esta bonita ciudad y descubrimos que el placer del crucerista, no está solo en el mar, si no en descubrir esos sitios por donde uno pasa, sus gentes y costumbres. Con viento de levante f4, amainando a 3 y 2 a última hora de la tarde, cubrimos nuestra última travesía de esas vacaciones. Saliendo al amanecer, con ese café preparado por el Capi, con sus tostadas recién hechas, aceite y jamón, el sol nacía por levante como un bola anaranjada que dos daba los buenos días y con la sensación de haber cubierto la segunda etapa del plan, segundo barrote cortado de la jaula. Pensé que mi familia estaba preparada para la tercera parte del plan, y como el tema estaba calentito, decidí que el tren de vuelta era el momento de soltarlo. ¡Este verano compraremos un barco y lo pasaremos en el ¡ Las caras de mi familia eran dignas de ser fotografiadas, a mi mujer se le cayó el alma al suelo, ¿estás loco? ¿cómo lo vamos a hacer?, por otro lado tenía como cómplices a mis dos hijos, que reflejaron en su cara una felicidad similar a la vivida estos cuatro días. El resto del viaje transcurrió en un examen de ingeniería financiera para explicar como podíamos cumplir el sueño, por fin me iban a servir de algo los años de facultad. La primavera la pasamos enfrascados en las distintas posibilidades de conseguir “la pasta”, y barajando que tipo de embarcación necesitábamos para nuestros planes. Internet, algún paseo de fin de semana para ver barcos y puertos, fueron nuestros objetivos. Pero fue una bonita mañana de sábado, cuando paseando por el puerto de San Pedro de Pinatar, el flechazo me tiró directo al corazón, estaba ahí, tenía un cartel de “Se Vende”, era un precioso Westerly de 34 pies, con unos años encima y con bandera inglesa. El barco estaba bien conservado y muy completo, pues había sido la vivienda de una extraordinaria pareja de ingleses que habían empleado sus últimos 10 años dando la vuelta al mundo, ahora ya mayores, lo querían cambiar por una caravana, para continuar por Europa rumbo a casa. Volvimos dos fines de semana más a verlo, hablar con los dueños, regatear, probarlo, pero el precio seguía siendo para nosotros un problema, se pasaba del presupuesto y ya contábamos con los ahorros, ampliación de la hipoteca, y un par de prestamos familiares con la promesa de devolución sin intereses. Fue un buen amigo de la oficina el que me dio la idea, que a la larga nos podía acercar a nuestro sueño. La operación era sencilla aunque arriesgada, pues si la pareja de ingleses buscaban una caravana, ¿Por qué no preguntarles por sus preferencias y comprar una que luego intercambiaríamos? Nosotros podíamos acceder a un mercado mayor que ellos, por el idioma, lugar de residencia, y contactos de nuestros amigos, muy aficionados a ir de camping en verano. En un par de meses, encontramos lo que ellos buscaban y tras un largo y agotador regateo que duró un mes mas, compramos la caravana y nos dirigimos a Murcia con muchas incertidumbres e ilusiones. La vuelta la hicimos en tren, nuestro sueño se estaba empezando a cumplir, y ahora solo necesitaba un par de semanas más para reunir el resto del dinero, pues el barco era de mas valor que la caravana. El tercer barrote de la jaula, lo corté en un día de julio, comiendo un arroz caldero en el puerto y cerrando la compra venta, de nuestro barco, el “My Way”, un nombre estupendo al que no estábamos dispuestos a renunciar ni cambiar, y no por que seamos supersticiosos, si no por que creo que se ajustaba muy bien a todo lo que estábamos pasando en esta nueva aventura. ¡Ya éramos armadores de nuestra propia embarcación! Ese verano lo pasamos por la costa de levante con el barco, preferimos hacer un recorrido ya conocido e ir adaptándonos al barco, colocándolo a nuestra forma de vida y sintiéndolo como uno mas de la familia. El plan era navegar en verano por la costa y no repetir cada año los mismos puertos, de manera que fuéramos conociendo diferentes sitios del mediterráneo, y en invierno dejarlo en un puerto base que iría cambiando cada vez mas al norte. Eso nos pareció lo más adecuado, pero nuestro primer inconveniente fue la falta de puntos de amarre, no podemos dejarlo donde nos guste, ni siquiera pagando, si no que lo vamos dejando donde queda hueco. Así pasamos unos años magníficos, en los que solo necesitaba una lista de teléfonos de puertos y anticipar con unos meses nuestros movimientos. La jaula se iba abriendo, con cada travesía un barrote nuevo era cortado, y el horizonte azul estaba mas cerca, alcanzable, se podía palpar con la mano, estirando el brazo por la proa, esa sensación de libertad que yo sentía, y que me hacía mas grande en mi interior, era como una droga que poco a poco te atrapaba y no te das cuenta………… Y no te das cuenta que lo que te rodea está cambiando, tu vives en una burbuja, pero la realidad es otra, no la quieres ver, pero está ahí, los niños crecen, tienen nuevas amistades, ya no les interesa tanto el barco, para ellos la aventura está en otra parte, lejos de sus padres, ahora lo que quieren es estar con sus amigos, novias, etc.…. y es entonces cuando un semáforo rojo se enciende en tu interior, y sientes que empiezan a soldar nuevos barrotes en la jaula, que ese horizonte que estabas a punto de palpar se vuelve a alejar como la línea de la costa en esos días de travesía a las Pitiusas que has estado viviendo los últimos años. Y en ese momento un mazo te cae en la cabeza, arrollador, es un tren de mercancías que viene sin frenos y tu estas en medio de la vía, ennortado, pensando en ese horizonte azul, y no lo ves llegar, no pita, no tiene frenos, pero te acecha por la espalda y no te perdona, te dice, - cariño, he conocido a alguien, hace ya unos meses, estaba sola, tu te ibas al barco los fines de semana, que si hay que arreglar tal cosa, que si tal otra, y yo aquí me sentía como abandonada, la otra, sentí que preferías al barco mas que a mi, que My Way estaba antes que yo, y ahí apareció él, atento, galán, me valora, he vuelto a sentir cosas que hace tiempo ya no sentía. Quedé petrificado, me abandonaba, no había marcha atrás, y lo que era peor, se iba con mi mejor amigo, o eso creía yo, aquel que me dijo que comprara la caravana, me pareció que ya entonces urdía su plan, un plan mezquino para arrebatarme aquello que mas me importaba y que hasta ese momento no me había dado cuenta estaba perdiendo. Pasé una temporada hundido en la mas absoluta de las miserias, no podía dormir por las noches, no comía, adelgacé mas de diez kilos, incluso mi estado de ánimo influyó en mi rendimiento profesional. Era un trabajo que exigía muchas horas y estar lúcido para tomar decisiones rápidas y lo mas importante, acertadas. Los tranquilizantes no eran el mejor de los aliados en ese caso y me vi en pocos meses sin familia, sin trabajo y tirado en la calle, con unos pocos de ahorros para vivir unos meses. La puerta con todos los barrotes se volvía a cerrar, no sabía que iba a ser de mí. Es en esos momentos en los que uno no tiene nada que perder, en los que surgen esas ideas, locuras o como lo quieran llamar, pero a mi solo me quedaba un barco, un pequeño coche utilitario que hacía años no salía de la misma ciudad, y una maleta en la que cabían la ropa de invierno y verano. Eso eran mis posesiones después de tantos años de esfuerzos, trabajo y privaciones. No era momento de mirar hacia atrás, la jaula había que romperla, de un martillazo, hacer saltar por los aires todos los barrotes, y eso era lo mas importante. Con el coche hecho polvo, recorrí el camino hacia la costa, recuperé una cinta de casete de U2, que escuché en el viejo radiocasete del coche un par de veces antes de que se rompiera la correa de distribución, por lo que dejé el coche en la cuneta, hice autostop mas de dos horas, antes de que una furgoneta de reparto urgente me acercara a la costa. Empezaba una nueva vida, compre en un viejo ultramarino del puerto una botella de un buen Rioja, gran reserva decía la etiqueta, una lata de caviar, de ese que se cría en Riofrío, de esturiones de los buenos, y un variado de ahumados, soy de los que piensan que una nueva vida hay que empezarla con buen pié, y ahí estaba My Way, esperándome, siempre fiel parece que me mira al llegar y me da la bienvenida, hoy voy a cenar y mañana…….. ya veremos como nos las arreglamos. Desde ese momento vivo en el barco, es cálido en invierno y no muy caluroso en verano, en libertad enterré los fantasmas del pasado, vivo de……………eso es otra historia que en otro relato os contaré. Un saludo El capitán
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NEUROSIS (Alex-Lanzarote)
Todo empezó como empiezan muchas veces estas cosas, por una llamada de teléfono. Y como es habitual, todos íbamos a salir beneficiados: la persona que requería de un servicio, el que podía realizarlo (en este caso yo) y el intermediario que nos ponía en contacto. El teléfono empezó a sonar justo cuando me metía en el agua. Era media tarde de un caluroso día de finales de agosto y escasos minutos antes había fondeado el barco en illetas, en la isla de Formentera. Subí a cubierta casi de un salto y sonreí al ver el nombre en la pantalla, Nacho tiene el don de la oportunidad, siempre me llama en el momento menos adecuado, por lo menos en este caso no interrumpió nada comprometido. Nos conocemos desde la infancia y muchas veces me acompaña en los traslados. Actividad a la que me dedico en invierno además de vagabundear con mi velero por el mediterráneo intentando estirar mis escasos ahorros. Nacho sabía que no iba a poder negarme. La cuestión era que su padre, un reputado abogado de Barcelona, tenía una clienta americana cuyo marido había fallecido recientemente en Barcelona mientras realizaba un crucero con su velero por el mediterráneo y necesitaba de alguien que se lo llevara de vuelta a Florida. El óbito fue debido a una parada cardiorrespiratoria de resultas de la impresión que recibió el finado por una llamada telefónica (de nuevo tenemos el teléfono por medio) que le informaba de un cambió importante en su situación financiera. La viuda había decidido poner el barco en venta y los brokers le recomendaron el traslado del barco a los Estados Unidos donde sería más fácil su venta al tener pabellón de aquel país. Lo que se me proponía era que lo llevará sin cobrar nada a cambio. Por otra parte, dispondría de él hasta finales de mayo y podría quedarme con los ingresos resultantes de chartear el barco en ese periodo. Por supuesto, el barco debía ser entregado en perfectas condiciones de mantenimiento. A finales de setiembre, una vez hube concluido mis compromisos de charter de la temporada, tomé el mando del velero. Era un S&S de 43 pies construido en madera moldeada en un astillero de Maine en 1978 y aparejado en Cutter, una verdadera joya náutica. Disponía de toda la electrónica y ayudas a la navegación necesarias. Lo primero que hice fueron las fotos y ponerme en contacto con mis agentes y posibles clientes. Acto seguido revisamos todo el barco en todas sus esquinas y cofres haciendo un inventario completo. La gran sorpresa fue encontrar una pistola en una caja acolchada dentro de la mesa de cartas con su munición. No me gustan las armas y me puse en contacto con el padre de Nacho quien me solicitó que la lleváramos con nosotros y me consiguió el permiso correspondiente. Si bien tuve que depositarla en un puesto de la guardia civil hasta el día de la partida. Por lo demás, el barco estaba impecable y se notaba que el difunto sabía qué se traía entre manos. Varamos para inspeccionar la obra viva y darle 2 manos de patente. Una vez de nuevo en el agua dimos por preparado el velero para la travesía oceánica. De lo acontecido a lo largo de los primeros meses y durante la travesía oceánica no hay mucho que contar. O sí, pero no viene al caso de este relato. Tan sólo comentar cuatro pinceladas, a saber: que disfrutamos del barco y de las Granadinas tomando Martinica como base de operaciones, que económicamente nos volvimos casi con lo que habíamos salido habiendo pagado incluso nuestros compromisos estructurales en España y a la vuelta aún tendría ahorrados los beneficios de la temporada anterior, que la segunda semana de abril iniciamos la ruta hacia el destino final y para finalizar, la cantidad de navegantes y nuevos amigos que conocimos. Eran muy comunes las tertulias y cenas en uno u otro barco y muchas veces volvíamos a bordo admirados de las experiencias que oíamos de navegantes que llevaban alguna e incluso, en algunos casos, varias vueltas al mundo. Un tema recurrente era la piratería en la mar, las zonas en las que se daba y qué buscaban dichos modernos piratas. Especial interés poníamos cuando hacían referencia a las Bahamas como uno de los puntos "de riesgo" y que en dicha zona el mayor peligro se encuentra en que quieren un barco "limpio", es decir, con todo en regla, para trasvasar droga desde un barco nodriza e introducirla posteriormente en los cercanos Estados Unidos y por tanto se "deshacían" de los legítimos ocupantes del barco y en algunos casos incluso violaban a las mujeres antes de "deshacerse" de ellas. Nuestro particular interés por esa zona era debida a que debíamos de pasar por las proximidades de las Bahamas en nuestra ruta hacia Florida. Planteamos el último tramo en dos etapas, la primera y más relajada, con algunas cortas paradas en alguna de las islas, hasta Culebra al Este de Puerto Rico donde unos navegantes nos habían dicho encontraríamos un varadero tranquilo y de precio muy razonable regentado por un tal Juan y una segunda etapa directa a Fort Lauderdale, nuestro destino final en Florida. Tras una semana de intenso trabajo de carenado y barnizado. Nos dirigimos a San Juan con intención de hacer la compra necesaria para la travesía que teníamos por delante. Pero el "shock" del reencuentro con el mundo latino y el haber conocido a dos hermanas, Susana y Cristina, la primera noche merengueando por "el viejo San Juan". Alargó nuestra estancia en la isla una semana. Y finalmente partimos a realizar la última etapa con ellas a bordo. Si el eje principal de esta historia fuera comentar el traslado del barco desde Barcelona a Florida, me extendería más en las anécdotas acaecidas en la travesía atlántica o durante los primeros meses o incluso, podría añadir algo de pimienta contando detalles eróticos de nuestra relación con las hermanas puertorriqueñas. Pero si no lo he hecho, ha sido por que todo lo narrado hasta ahora, no es más que una introducción esquemática. El autentico relato o la razón de ser del mismo, empieza ahora. Los hechos sucedieron la tercera noche, al atardecer habíamos dejado por babor la isla de Tortuga, al noroeste de la Española, y cambiado el rumbo para enfilar el estrecho paso entre Cuba y los bajos de las Bahamas. La noche era nublada y sin luna. El barco se deslizaba suavemente a 6 ó 7 nudos empujado por una brisa del Este y gobernado por el piloto de viento. Nacho y yo nos habíamos distribuido las guardias dejando a las chicas libres para que durmieran o nos acompañaran cuando lo desearan, el romanticismo de la cálida noche tropical envolvía la atmosfera a bordo. A las 3, Susana hacía poco que se había retirado y yo me encontraba en la bañera cuando empecé a oír un ronroneo de motor lejano y baje a la cabina a conectar el radar. Allí estaba el causante del ruido que percibía, un punto a 5 millas por la aleta de estribor. Supuse que debía ser un pesquero dirigiéndose al canal entre Cuba y Haití y salí fuera a ver si lo veía, pero nada, no veía nada, no es inusual que por estas latitudes algunos pesqueros naveguen con las luces reglamentarias apagadas por lo que no me alarmé. Pero baje a echar una segunda mirada a la pantalla del radar y tomar una marcación del punto que ya empezaba a ser una ligera línea, como un guión. Mi preocupación fue en aumento al comprobar que el ruido aumentaba en intensidad y la marcación se mantenía a rumbo de colisión por lo que desperté a Nacho por si nos veíamos obligados a maniobrar y le expliqué la situación. Mientras él salía de la cama, haciendo uso de una potente linterna enfoqué el haz de luz sobre la vela mayor con objeto de que ésta hiciera de pantalla y por lo menos llamar la atención. Nada, el ruido del motor era cada vez más cercano, no hacía falta mirar al radar para apreciar que el maldito barco estaba muy cerca si bien una ojeada al mismo nos indicó que iba a pasar por nuestra popa. Pero una vez se situaron a nuestra popa, cambiaron su rumbo y velocidad acompasándola a la nuestra. Estaban pegados a unos metros nuestra popa y mirando en esa dirección sólo se veía la opaca negrura de la noche, pero la intensidad del ronroneo que se escuchaba indicaba que se trataba de un barco bastante grande. "Esto no me gusta nada tío", me dijo Nacho. "A mi tampoco", le contesté. Y cerramos el tambucho de entrada al barco. Susana y Cristina también se levantaron y se sentaron juntas en el salón. La radio en el canal 16 estaba en silencio e hicimos un intento de contactar con nuestros perseguidores, sin respuesta. Pasaban los minutos y todo seguía igual. Una y otra vez utilizábamos la radio para intentar contactar, con el mismo silencio de respuesta. Entonces abrí el cajón de la mesa de cartas y saqué la pistola de su caja y tras retirar el cargador lo cargué con la munición ante la atónita mirada de Nacho y las chicas. "Si me van a liquidar no lo harán así por las buenas", les dije. Y expliqué a las chicas el riesgo en que nos encontrábamos sin entrar en detalles que las pudiera intimidar más de lo que de por sí ya estaban. Mi experiencia con las armas se remonta al servicio militar y me impresionó el peso y la frialdad del metal. Parece mentira la peligrosidad de algo tan pequeño. Ya he dicho que no me gustan las armas y si las empuñas has de estar dispuesto a usarlas. Desde la salida de Barcelona nunca había salido de su caja. Pero si el azar nos la había puesto a bordo, creo que ésta es la única situación para tenerla por lo menos lista para su uso. Para evitar accidentes innecesarios la coloqué dentro del fregadero con el seguro puesto. Pasados unos minutos, el ruido del motor pareció que bajaba de revoluciones, aunque sólo fueron unos segundos. Lo que siguió, aun aumentó más la tensión a bordo, ya que a continuación se nos acercaron dos lanchas neumáticas y se colocaron a una distancia de unos 10 ó 15 metros a cada banda de nuestro través y encendieron un foco muy potente desde del barco principal en nuestra dirección. Nos daba pánico incluso correr las cortinas para mirar a las neumáticas y no lo hicimos, si bien, se las oía y distinguía por su distinto sonido en comparación con el barco nodriza. Ante esta nueva situación, mandé un "MAYDAY" por la radio indicando nuestra posición y que un barco no identificado nos estaba rodeando. Fue entonces cuando sí nos contestaron por la emisora y en español. ¡Era un guarda-costas de los Estados Unidos! ¡Y en aguas que no eran de su jurisdicción! Por radio, os hicieron un interrogatorio. Nombre, nacionalidad y número de pasaporte de cada uno, de dónde veníamos, a dónde nos dirigíamos, por qué íbamos a los Estados Unidos, si teníamos intención de realizar alguna escala y todos los datos de la documentación del barco. Después del interrogatorio, las lanchas volvieron al barco principal pero siguieron con el foco encendido y manteniendo nuestro rumbo y velocidad durante unos 20 ó 30 minutos más hasta que finalmente, apagaron el foco y se fueron sin mediar palabra. La única explicación razonable que encontramos ante su actuación es la ansiedad e histeria colectiva de las autoridades del control de fronteras tras los atentados del 11-S. ¡Pero estábamos a más de 500 millas de sus aguas jurisdiccionales! En lo que quedó de travesía, en dos ocasiones más fuimos controlados por los guarda-costas que se acercaron a nuestra popa, en estos casos de día, y tras comprobar el nombre del barco con prismáticos siguieron su ruta. Pasados los meses, llamé al broker americano para informarme de la suerte que había corrido el barco y si ya tenía un nuevo propietario. Y fue cuando me enteré de que en el mes de Junio había sido robado de la marina y encontrado dos semanas más tarde fondeado en una isla de las Bahamas con el interior totalmente destrozado. Se supone que fue utilizado para introducir un importante alijo de droga en el país.
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NOCHE DE SOLEDAD (Rio Cinca)
Eran algo más de las nueve de la noche, quizá fuese más apropiado decir de la tarde, pues el sol estaba en su ocaso, una preciosa puesta de sol de principios de Agosto, con el contraluz lejano de las Columbretes. Había navegado todo el día de ceñida, con un gregal de algo más de 15 nudos, y una mar de fondo del NE algo crecida, era de esos días que se goza navegando, pero que hay que estar navegando, es decir atento, sin relajarse mucho, negociando cada ola, de esos días en que algunos ridículos, dicen que les hablan sus barcos..., hay gente para todo. El viento había comenzado a amainar, esto hizo que me relajara, que sin quererlo fuese buscando una postura cómoda, que mi mente comenzase a dejar de estar allí, a pulular libremente, y empezase a dar alguna cabezada, no comprendía por qué tenía tanto sueño, pues aunque era el cuarto día de navegación en solitario, la noche anterior había dormido bien, amarrado en Sant Antoni de Portmany, después de una buena cena con unos amigos. Tenía previsto hacer noche en Columbretes, y su vista a lo lejos, me sacó de mi sopor. Un pequeño cálculo me hizo comprender, que aún a motor, no llegaría antes de las once, y éstas si serían de la noche, pues había luna nueva y la noche sería oscura. Puse el motor en marcha, trimé de nuevo las velas, y conforme oscurecía y me acercaba a Columbretes, comencé a planificar el fondeo. Con mar de fondo del NE, dentro del cráter se estaría mal, pero buscar las boyas de fuera a oscuras, no me convencía en absoluto, así que decidí fondear dentro, pues estas boyas son más fáciles de localizar. Pasadas las once estaba ante la entrada a puerto Tofiño, así se llama esa especie de herradura volcánica. La oscuridad era casi total, cada giro del faro producía un leve resplandor, no había nadie fondeado, al menos con la luz de fondeo o alguna otra luz encendida, y en estas fechas, eso significaba que la mar de fondo les había hecho salir a fondear fuera, o volver a tierra. Decidí entrar por el lado de estribor, pues aunque estaba más oscuro, no existe ninguna roca con la que tropezarse, como sucede en el otro lado, además la espuma blanca de las olas, al romper contra las rocas, era visible, y servía de referencia para la distancia a la que podía acercarme. Lentamente me adentré en aquella oscuridad, pero recorrida la mitad del cráter, aún no había visto ninguna boya, estaba seguro que al menos dos debían haber pasado, así que conforme avanzaba me fue invadiendo la angustia. Por fin la luz de la linterna descubrió una boya a proa, puse punto muerto, y corrí con el bichero antes de que pasara de largo. Al sujetar la gaza, el tirón y un traspiés inoportuno, estuvieron a punto de hacerme caer al agua, por lo que con el corazón a punto de estallar y la respiración entrecortada, intenté relajarme un poco, tumbándome panza arriba sobre cubierta. Poco a poco, la luz del faro dando vueltas, y el cielo tan lleno de estrellas, como en pocos lugares puede verse, lo fueron logrando. La tranquilidad duró poco, pues la boya comenzó a golpear el casco, me incorporé, largué un poco más el cabo, y aseguré el fondeo, preparé algo que comer, y mientras cenaba balanceándome de un lado a otro, comencé a sentir una especie de soledad. Allí, dentro de aquel cráter, tan oscuro, sin nadie alrededor, con el barco dando bandazos, y las olas rompiendo contra la pared de lava a menos de treinta metros, hacía que el ambiente fuese algo tenebroso, ni siquiera se escuchaban las gaviotas, que como en otras ocasiones, con su voz chirriante y gimiente, parecen niños llorando..., aunque bien pensado, quizá hubiese sido peor escuchar esos gemidos. Antes de acostarme, largué un poco más el cabo que me sujetaba a la boya, pues aquel pelotón de plástico volvía a golpear el casco. Recordé que por estas fechas, siempre se veían esas lucecitas verdes fosforescentes, del plancton junto a la popa del barco, pero hoy ni eso..., alumbré con la linterna, y vi el agua muy revuelta, con muchas algas, incluso algún plástico ensuciando su transparencia, decidí acostarme, pues estaba claro que no era mi noche. Unas horas antes me caía de sueño, y ahora me era imposible conciliarlo. Sentía una sensación incómoda, difícil de explicar, no era miedo, ni ansiedad, ni inquietud, ni..., definitivamente era soledad. Intenté oír el crepitar de las castañuelas, seguro que ellas estaban allí abajo, pero tan solo se escuchaba el mar rompiendo contra las rocas. No se si al final llegué a dormirme, pero de nuevo el golpe del pelotón contra el casco me sobresaltó. Me levanté, y las olas rompiendo contra las rocas me parecieron mucho más cerca, instintivamente puse el motor en marcha, pues con el balanceo del barco, incluso me llego a parecer que la luz de fondeo iba a pegar en el acantilado. Como vi que me estaba poniendo histérico, y que sería imposible descansar, decidí continuar la travesía. No quería más sustos, así que fui meticuloso recogiendo y preparando todo, incluso orienté el barco hacia la bocana, antes de soltar el chicote, y ver deslizar la gaza dejando partir el barco. Al pasar bajo el faro, y salir a mar abierta, sentí un gran alivio, como quien sale de la tristeza de las tinieblas, y llega a la tranquilidad de la luz. Pero el alivio duró poco, un nuevo contratiempo me hizo exclamar “joder esto no acaba nunca”, la luz de popa, iluminaba una nube blanca pegada al agua, era vapor de agua que salía del escape, apenas salía agua, así que paré el motor antes de que la cosa fuese a mayores. Pensé que tanto rato con el motor en marcha, en la boya, y con el agua tan revuelta, seguro que algún plástico habría obstruido la toma. Estaba debajo del faro, no hacía nada de viento, tendría que esperar a que amaneciese para bajar a limpiar la toma. La sensación de soledad fue en aumento, las olas rompiendo contra aquella pared de piedra negra bajo el faro, me parecían cada vez más cerca, icé las velas por ver si conseguía mover el barco, pues estaba claro que el mar de fondo me estaba empujando contra las piedras, pero solo conseguí que el golpear de las velas contra la jarcia, aumentase mi inquietud. Volví a arrancar el motor, y aceleré sin querer mirar el humo, continué hasta que comprendí que libraba la isla, y sin mirar al humo, paré el motor, al menos todavía no había sonado ninguna alarma. Arrié las velas pues solo hacían ruido, intente dormir un poco, pero fue imposible, seguía inquieto, la espera del alba se me hizo eterna, preparé la máscara de buceo, un cabo para atarlo a la cintura, la escalera de baño. Por fin se hizo de día, me desnudé, me sumergí bajo el agua, allí la oscuridad todavía era total, “no importa, iré a tientas, conozco el casco perfectamente”. De pronto, algo rozó mis piernas, y un estremecimiento de pánico sacudió mi cuerpo, salí precipitadamente, me golpeé la cabeza contra el casco, subí alocadamente por la escalera, y de nuevo el corazón a punto de estallar y la respiración entrecortada. Comprendí que el cabo que llevaba atado a la cintura, era quien había rozado mis piernas, definitivamente estaba histérico, debía tranquilizarme y razonar. Antes de volver a bajar, esperé a que la luz del sol iluminase con fuerza y cuando por fin llegué a la toma, ésta estaba limpia, confundido pensé en lo peor, la bomba se habría averiado. Salí del agua, abrí el compartimiento del motor, y ahora con más luz, me di cuenta que el filtro estaba obturado por pequeñas partículas de algas, no me explico como no lo había comprobado antes, que estupidez por mi parte. Era ya avanzada la mañana, cuando tras múltiples intentos, por fin conseguí abrir el filtro, y de improviso..., una voz por la emisora me sobresaltó, “guardería Columbretes, guardería Columbretes, guardería Columbretes, aquí Barracuda, Barracuda, Barracuda, cambio” Me sentí como el náufrago solitario de una isla que ve pasar un barco, solté el filtro, cogí el micro, y cuando iba a gritar “aquí…, aquí…, estoy aquí”, sonó nuevamente una voz, “¿que haces, estás tonto? tranquilízate de una vez” Quede paralizado, esta voz me resultó familiar, y no provenía del altavoz de la emisora, había salido de todas partes. De nuevo la voz otra vez “¿me has oído?” No podía creer lo que estaba pasando, ¿será verdad o estoy soñando?, y pregunté… “¿eres tú?” La voz respondió con total claridad... “¿acaso hay alguien más a tu alrededor? estoy aquí, siempre he estado aquí, pero tú nunca me escuchaste, ni tan siquiera lo has intentado” Seguía allí paralizado, sin poder salir de mi asombro, incrédulo todavía de lo que acontecía. De pronto la voz sonó de nuevo muy resuelta... “¿qué haces ahí como un pasmado?, vamos, monta ese filtro de una vez, y despliega las velas, que está comenzando a soplar levante” Obedecí sin titubear, puse rumbo al Delta, y pasamos toda la jornada hablando sin parar, como intentando recuperar el tiempo perdido, se notaba que estaba a gusto, y que dominaba la situación, se sentía seguro, no paró de dar órdenes... “abre un poco el rumbo” “límpiate la espalda, que te la manchaste de azul con la patente” “Allí..., al fondo..., aquello es Peñíscola” Ya nunca he estado solo, siempre me acompaña, me aconseja, incluso me da órdenes, o me grita si lo hago mal. Desde aquel día..., aunque alguien lo considere ridículo..., os lo puedo asegurar..., a mí también me habla mi barco. ¡Ah! Y para los que les parezca ridículo..., “no hay peor sordo que el que no quiere oír”.
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Editado por Natachamar en 01-04-2008 a las 23:16. |
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cabadias (19-12-2019), danilo (25-12-2019), HadaPirata (18-11-2019), humpback (25-11-2019), PLATAZUL (18-11-2019) | ||
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#6
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Sabor a sal (Addabaran)
Sabor a sal, olor a azahar y azul en los ojos. Se repetía una y otra vez. Sabor a sal, olor a azahar y azul en los ojos. Rezaba mientras balanceaba con furia la palanca de la bomba de achique. A la deriva, en medio del Atlántico desde hacía más de una semana, desarbolado cruelmente por una galerna y con el motor anegado, había pasado dos noches encerrado en la cabina, amarrado al palo y zarandeado sin piedad por olas de más de nueve metros que habían echado a perder la poca comida que le quedaba. Según sus cálculos debía encontrase en algún punto situado al Noroeste de las Azores, quizá a unas sesenta millas escasas, que ahora, se le antojaban inalcanzables. Lejos quedaba ya la ilusión por volver al mediterráneo. Tras años de vivir en New Jersey añoraba la luz, el color, el olor de su infancia....sabor a sal, olor a azahar y azul en los ojos, musitaba entre dientes, mientras se sujetaba con fuerza a la brazola y oía el espantoso crujido del casco al caer en el seno de una ola. Acondicionó su barco para el viaje con el ímpetu y el tesón del iluminado. Fue concienzudo en sus previsiones y no escatimó esfuerzos en reparar, sustituir o añadir aquellos elementos de seguridad que estimó necesarios para una perfecta singladura. Revisó la ruta y las cartas de pilotaje cientos de veces, incluso diseñó alternativas de escape en caso de que se complicase la navegación. Nada de eso parecía suficiente. Solo, en mitad de la nada, empezaba a sentirse muy cansado. Las manos le pesaban y sus piernas, atravesadas por miles de agujas invisibles, ya no le respondían, sólo quería dormir. Sobresaltado, se incorporó sobre la bañera. El fragor de las olas batiendo contra las rocas le despertó. Rendido, había dormido desde el mediodía. La poca luz que quedaba le ofrecía un nada halagüeño final. Se encontraba a barlovento de una costa tajada y abrupta que irrumpía en el océano precedida por islotes que se alzaban verticales acuchillando el brumoso cielo del anochecer. Apretó los dientes y se repitió: sabor a sal, olor azahar, azul en los ojos. Raudo abrió el tambucho de estribor y extrajo el ancla flotante, necesitaba tiempo para pensar. Amarró el ancla a una estacha de treinta metros de cabo y diez de cadena y deslizando la maroma por el ojo de la bita de babor la llevó hasta el chigre del mismo costado. Después arrojó el ancla por sotavento. El corazón se le paralizó por unos segundos. Se sentó en la bañera agarrando con fuerza su arnés. El barco inició un ligero borneo hacía estribor. Sintió un pequeño tirón y el velero empezó a atravesarse lentamente a las olas hasta que una lo alcanzó por el costado haciendo tumbar el barco y a él caer sobre la regala de babor donde quedó sujeto a la línea de vida, sumergido en las gélidas aguas que irrumpían en la bañera. El barco finalmente se aproó lo suficiente para recuperar la estabilidad lateral aunque sus cabeceos eran tan violentos que apenas le permitían mantenerse en pie. A su popa los islotes se acercaban implacables. Sólo tendría una oportunidad de pasar entre ellos, confiaba en que, a su socaire, el mar estuviera más calmado y le permitiese embarrancar su viejo Halcón en algún lugar con bajo fondo. Maniobró el timón para evitar que se atravesase al mar y le hiciera virar involuntariamente. La pala parecía soldada al casco y los brazos le temblaban por el esfuerzo de mantener la caña a la vía. Comenzó a diluviar. El viento parecía darle un respiro aunque establecido aun por encima de los cincuenta nudos y sin gobierno seguía siendo demasiado. El barco disminuyó la velocidad y acompasó su deriva a las olas que impactaban en la proa sumergiendo el casco para después hacerlo emerger. La estacha no soportaría mucho tiempo los violentos estrechonazos. El Halcón se acercaba a los islotes. La espumaba blanca volaba a su alrededor entremezclada con la lluvia. Le costaba respirar. A cada caída del barco en el seno de una ola imaginaba la orza aplastada contra el fondo. Restaban menos de cincuenta metros para cruzar los bajíos cuando la cresta de una ola elevó el barco hasta casi ponerlo vertical para después lanzarlo a plomo sobre el seno de la siguiente. La estacha se tensó y arrancó la cornamusa llevándose consigo el balcón de proa, arrastrándose por los guardamancebos de babor doblando los candeleros hasta quedar fija en el chigre. El barco borneo 180º hasta hundir su popa en la siguiente ola. Empezaba a cabalgar sobre el bajío arrastrando el ancla flotante y con la pala del timón a punto de reventar. Sabor a sal, olor a azahar, azul en los ojos, repetía apretando los dientes. Las olas encapillaban la popa del barco. Tarde o temprano alguna la alzaría más de la cuenta. El riesgo de que una guiñada lo atravesara al mar parecía inevitable. No tenía más opción. Alcanzó como pudo una hachuela que tenía estibada en el cofre de babor y sobre el balcón de popa retorcido sesgó la estacha golpeándola furiosamente. El barco se lanzó proyectado hacia delante balanceándose sobre los costados. A duras penas podía gobernarlo y conseguir que derivará a suficiente velocidad sobre las olas como para permitirle superar los bajíos. Se alegró de tener un barco ligero, de quilla corta y esbelta. El primer crujido sobre el costado le heló la sangre. El segundo le hizo acostarse en la bañera. Mientras, el lamento de las cuadernas de estribor, apagaba el ruido de las olas. El viejo Halcón clavó la orza y se apoyó sobre la banda de estribor al tiempo que giraba sobre sí mismo. Durante unos segundos dejó de derivar. Pensó que era el fin. El impacto de la siguiente ola fue brutal, pero liberó el barco del fondo rocoso donde había embarrancado. Se adrizó derivando a más de tres nudos. Había superado el arrecife. Las olas ya no rompían con tanta intensidad aunque embarcaba demasiada agua por la herida abierta en su costado. Frente a él, a un centenar de metros, la costa tajada entre la que se adivinaba un pequeño abra entre dos cantiles. Aprovechó la estrepada del barco para gobernar hacía él. Los balanceos eran constantes. La orza golpeaba y se liberaba alternativamente haciéndole rodar por la bañera. El Halcón empezaba a perder velocidad, llevaba demasiada agua en su interior y encapillaba una ola tras otra provocando una guiñada que dirigió su proa hacia el cantil de babor proyectándolo contra la pared rocosa. Tuvo el tiempo justo para dar un último golpe de timón y acostar la banda de babor sobre la roca. El mar le empujaba por popa rasgando el forro del casco contra el saliente, embocándolo dentro del abra. Recorrió, entre bandazos los pocos metros que le separaban de la costa hasta que la orza se clavó en el fondo. El agua comenzaba a superar la borda. Alcanzó a nado la playa mientras la incipiente luna apenas traspasaba las nubes. De bruces sobre la arena, con los ojos cerrados musitó.... sabor a sal, olor a azahar, azul en los ojos.
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Editado por Natachamar en 01-04-2008 a las 23:16. |
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#7
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Singladura por la costa Portuguesa (Libertyenlamar)
Mi primer amanecer en Portugal!....Ayer fue un día largo de aeropuertos, desde las 10h. a.m que salí de casa tocaba la cubierta del barco a las 20h. p.m., horario portugués, 1h. menos en España. Once horas bambando, para volar solo 2h. Los nervios de encontrar o no el lugar, entenderme con el idioma, etc, se disiparon una vez empecé con ello y puse pie en el aeropuerto. Hasta me permití ir de rebajas en el aeropuerto de Lisboa! Vilamoura resultó ser un pueblo muy turístico y de lujo. Todo rodeado de campos de golf. El náutico era como una pequeña ciudad de tiendas, restaurantes, etc…y cada yate de lujo que te hacían flipar!.Aunque no los envidiaba, seguía prefiriendo un velero de 12’ de eslora, tres discretos camarotes y dos baños…………. Hacia un año que andaba sola por el mundo pero relativamente poco que navegaba, era mi primer viaje completamente sola, mi primera singladura en un barco desconocido con una tripulación completamente desconocida y un armador completamente desconocido, a excepción de un par de conversaciones telefónicas. Era la más joven de la tripulación, como en mis inicios laborales, volvía a ser la benjamina a mis casi cuarenta años, paradójico no?. Por ello me empeñé en dejar claro al presentarme, que contaran conmigo para todo, para lavar, para cocinar…..y para navegar!. Y vaya si lo tomaron en serio, me estrené con un buen baldeo a la cubierta del barco, y eso que todavía no había saltado ninguna ola por culpa de mi gobierno!........al terminar procuré interesarme por lo que hacía el patrón, que en su mesa de cartas preparaba el derrotero para el próximo día. Tenía un sofisticado programa de cartas informatizado que era toda una maravilla, pero además, había que tener en cuenta la tabla de las mareas que variaban más de 3m de pleamar a bajamar cada 12 horas. El derrotero previsto era zarpar rumbo a Albufeira, fondear y si el mar lo permitía quedarse allí y sino, seguir hasta Portimao, que tenía puertecito para pasar la noche, solo unas 7 millas pero solo teníamos una previsión de viento de 3 a 5 nudos, rolando NS y EO hasta las 19h que parecía que subiría a 9 nudos y rolaría a OE. Salimos de Vilamoura finalmente a la hora prevista, 11,30h después del exhaustivo baldeo y despedirnos de los simpáticos vecinos brasileños. Navegamos a vela con rumbo de ceñida hacia Albufeira, 8 a 9 nudos, de viento y una velocidad conseguida de 5’. El patrón me dejó la rueda y disfruté, al fin y al cabo, era para lo que había venido, cerré los ojos y sentí el barco y el mar en sincronismo, los ojos abiertos no me ofrecían mucha visibilidad más, pues el antirrociones era incompatible con mi pequeña estatura. No era fácil elegir lugar de fondeo, pues aunque la costa era asombrosamente encantadora, no disponíamos de carta náutica de ese tramo y dudábamos de la fiabilidad de la sonda, además de ser una costa muy rocosa e impresionante con sus arrecifes cortados a cuchillo y pequeños y sugerentes calas desiertas, por inaccesibles desde tierra. Al final hicimos un intento para fondear a la hora de comer, algunos se pegaron un chapuzón, pero era tal el mar de fondo que teníamos que solo pudieron tomar una ensalada de legumbres y hasta mi acostumbrado estómago, por un momento, estuvo a punto de pillar el colocón….. Finalmente levamos ancla y seguimos la derrota dirección a Baleira a probar más suerte, pero el panorama era igual, así que decidimos ir a motor directos a rumbo y hacer 3 guardias, de esa manera, todos podríamos relajarnos fuera de nuestra guardia y tomar el sol, leer, o dormir…….. Así en poco tiempo la proa se convirtió en un solarium nudista, hasta que llegó el turno de mi guardia, intenté sacar Génova para quitar un poco de motor pero no avisé a los del solarium, con la mala suerte de que la escota se enredó en uno de los pies, eso junto con la sorpresa del controlador patrón que no estaba acostumbrado a que ningún tripulante tomara la iniciativa, provocó un momento de confusión y de tensión. Me apresuré a pedir disculpas a los amigos de Lorenzo y por supuesto al patrón, que me recalcó que solo permitía un error de ese tipo!. Seguimos hasta Portimao para pasar la noche, pero al final nos quedamos en un precioso fondeadero a la entrada de la bocana, con una tranquila playa de fondo. Treinta y seis veleros conté fondeados, increíble sin embargo la quietud que nos rodea, alguien ha puesto música chill-out y hemos contemplado una maravillosa puesta de sol tras las casitas naranjas y amarillas del puerto de Portimao. No deja de sorprenderme ver como los veleros siempre van buscando su proa al viento, todos al unísono y aquí además está el efecto de las mareas, siempre pendientes de la pleamar y de la bajamar, de repente quietos, de repente meciéndonos como en el vaivén. Estuvimos tentados de bajar a la playa con la dingui a bañarnos y tomar algo en una terracita o chiringuito chill-out que se adivinaba desde la cubierta, pero entonces el patrón recordó un lugar que alguien le había recomendado, que venían a buscarte en lancha motora para cenar pescadito y después de un nuevo chapuzón, en pellejillo, pareo nuevo seco y nos dispusimos a bajar para cenar…… Al día siguiente desperté la primera, aproveché para salir a cubierta y aprovechar los suaves primeros rayos de sol de la mañana y la brisa marina matutina, que acariciaran mi piel, mientras escribía en mi diario….Estos momentos son los que no se pueden explicar, pero hacen más que justificables las más de 10h de trasiego entre aeropuertos. Levamos ancla y cambiamos el fondeo por un amarre dentro del puerto de Portimao. Inicialmente lo hicimos en el muelle de espera, voluntariosamente me tiré al pantalán para hacer firme la amarra de proa pero con los nervios no fui capaz de hacer un as de guía que el día anterior había explicado yo misma al resto de la tripulación, ¡qué vergüenza!. Después del papeleo habitual, nos asignaron amarre y soltamos amarras, en esta ocasión la tensión vino por el intento de saltar a cubierta las otras dos tripulantes que se ofrecieron a soltar las amarras. De nuevo al llegar al amarre asignado, fui yo la que saltó al pantalán, y al intentar coger la amarra de babor que me tiró el patrón, fallé y ésta cayó al agua, y con ella mi alma, al ver la cara que me ponía el patrón, uf, no había manera de hacer las cosas perfectas para él! Era como una confabulación, cuánto mejor quería hacerlo todo, peor me salía!. Para compensar me ofrecí a hacer la comida. El patrón me ayudó, para facilitarme todos los ingredientes que necesitaba, realmente solo él sabía dónde estaba todo. Desde su mesa de cartas, mientras descargaba mi cámara de fotos en el ordenador, seguía atento a todas mis maniobras culinarias. Hubo un momento en que se paró observador en unas de mis fotografías y de repente me sorprendió preguntándome si era feliz…….le pregunté que si era una premonición, cómo dice que tiene a veces, o ¿era lo qué había visto o no había visto en mi foto?. Por supuesto he contestado intuitiva y rápidamente que sí, pero a continuación no he podido evitar quedarme sumida en un profundo silencio que supongo le ha dicho mucho más que mi simple contestación….. La tarde la ocupo cada miembro de la tripulación a su manera, unos leyendo, otros andando por la playa, otros tomando el sol, y yo me fui a quemar energías en unos largos a la maravillosa piscina del náutico. Luego me recompensé con una margarita en una hamaca frente al acantilado y dejando navegar mis pensamientos entre el pasado y el futuro. Después volví paseando por la dársena y observando los impresionantes trimaranes que habían arribado tras una regata al puerto. Al día siguiente, nos concedimos unas horas más por tierra, un paseo por las tiendas del pueblecito, un collar de corales y una botella de vino de Oporto del 67 fueron fichados para mi maleta. Zarpamos a las 12h, ayude en la maniobra, esta vez sin errores, y nos dirigimos al muelle de espera para dejar las tarjetas y recoger las fianzas. Salté al pantalán y esta vez hice firme sin problemas en el norai. Luego nos dirigimos al fondeadero del día anterior para comer. Hoy sopla fuerte el SO, pensé que después podríamos disfrutar navegando a vela…..resultó muy gratificante el fondeo, pues después de la comida, tuvimos una intimista conversación de sobremesa, dónde todos y cada uno de los tripulantes, dejó conocer a los demás algo más de sí mismo. Acabamos todos en cubierta, desparramando nuestros cuerpos al sol. En el patrón resurgió su vena de artista, y haciendo acopio de una tablilla de acuarelas, estilo Dalí, se puso a pintar las espaldas blindadas al sol. Todos los barcos de alrededor nos observaban, todas las zodiacs reducían la marcha a nuestra altura….fue un rato entrañable, para recordar. El mar saca lo mejor de cada uno de nosotros, pensé. Dejando el estandarte español bien alto, levantamos el fondeo y salimos de la bocana a vela solamente, con un par……..para seguir navegando a vela durante un par de horas, 8 a 9 nudos de viento, sacábamos 4 de velocidad en un largo por la aleta de babor, así navegamos plácidamente hasta arribar a Lagos. Nunca olvidaré la llegada a Lagos, fue preciosa, con la puesta de sol. Y para entrar en el náutico nos levantaron un puente de metal que lo hizo más impresionante si cabía. Acabamos el atraque sobre las 21h. así que el patrón nos propuso irnos a cenar con el salitre en la piel, prescindiendo de la salud de bote, para poder disfrutar de pescadito fresco en un local que le habían recomendado de la cofradía de pescadores. Pronto nos encontramos delante de una tosca mesa de madera, pero repleta de las mejores, ostras, langostas, y marisco que me pudiera imaginar. El dueño y camarero, era un portugués de larga melena, con ojos de gato que intentaba hacernos la estancia lo más acogedora posible. De repente y sin planearlo, empezamos a interpretar cada uno de nosotros un papel, como si de una familia nos tratáramos. Teníamos al papi y la mami feliz, a la tía solterona y a la hija, recientemente separada por la que sus padres suspiraban. El buen hombre, se lo creyó completamente y acabó haciéndonos de guía por los garitos del pueblo hasta la madrugada…..hasta ver amanecer en el espigón de la bocana. La gran Nortada nos esperaba al amanecer, hubo obligada reunión de tripulantes, aunque finalmente la decisión estaba tomada, algo me decía que el éxito de la noche anterior había contribuido a ello. Zarpamos a las 15,30 UTC, 16:30h local, rumbo a Baleira, soplaba viento del Norte, 28º de temperatura, bajamar a las 16:30h UTC, 1,40m, de 13 a 17’ de velocidad de viento hacia Sagres. Aunque los lugareños intentaron persuadirnos de que desistiéramos de nuestro intento que venía la Nortada, no parecía ser tanto como lo pintaban……. Baje a descansar un poco después de mi primera guardia. Habíamos pasado punta Baleira. El viento no había bajado de 20 a 22 nudos de real, solo llevábamos media mayor, por precaución del patrón. Olas de 1m a 1,5m aproximadamente, y había bajado la temperatura. Empezamos a divisar Cabo San Vte, como un gran vigilante. Menos mal que el cielo está estrellado…..Sin embargo el panorama había cambiado completamente cuando salí a cubierta a mi siguiente guardia, el viento había subido, la mar también, el cielo se había cubierto completamente. Nuestro derrotero se había desviado 3 millas de lo previsto, el Cabo San. Vicente seguía impertérrito observándonos, y el motor parecía no hacer nada a sus 2000 rpm. Flotábamos como un corcho, puntas de 42’, F8, el patrón empapado y cansado me cedió el arnés y la linterna para que vigilara las olas que no nos dieran de través y me avisó que el piloto automático no respondía con tanta mar. Un par de veces me repetí ……”si quieres aprender a rezar ven al mar a navegar”………las horas fueron pasando y grado a grado fui consiguiendo virar y poner proa al norte para remontar la costa portuguesa rumbo a Lisboa. Aquel amanecer lo recuerdo como uno de los más deseados de mi vida. El Atlántico se mostraba ahora tendido, como rendido a nuestra tenacidad, con largas y constantes olas. Ahora nos mece, nos sube y nos baja, cual caballo domado. Finalmente avistamos Sines, cuna del gran navegante Vasco de Gama y sacando fuerzas de dónde no sabíamos dónde, baldeamos el barco, el gran héroe de la travesía antes de rendirnos a Morfeo. Después del merecido descanso, seguimos nuestro derrotero hacia Sesimbra. Seguimos con viento del N pero más suave, 12’ de real, pero con un rumbo de ceñida total, no nos permitía poder disfrutar de las velas. Aunque el patrón me permitió hacer un par de zigzag a vela antes de arrancar el motor y poner rumbo directo. Supongo que fue su manera de recompensarme por el buen hacer durante mi guardia nocturna. Al arribar a Sesimbra, el patrón nos eximió de la obligación de baldear y nos permitió ir a las duchas y arreglarnos para salir a cenar a un legendario lugar “Lobo de Mar”. A la vuelta, tuvimos que asegurar el toldo de la capota, el fuerte viento lo hacía peligrar. A las 4h. U.T. C. tocó diana, para zarpar rumbo a Cascais, sin embargo un precavido marinero aconsejó al patrón que desistiera de su intención, fuera de la bocana seguía soplando la Nortada, como ellos la llaman, con más de 25 kn, así que después de un copioso y completísimo desayuno destinado a llenar de fuerzas a una tripulación que debía enfrentarse a la dura mar, volvimos a nuestros catres hasta la salida del sol. Entonces el viento había bajado y parecía un buen momento para pasar el Cabo Espiche. Así que enfilamos la proa a la bocana de Porto Abrigado y dijimos adiós por la popa a Sesimbra. Se presentaba una plácida navegada, inicialmente pudimos sacar la mayor en un través, pero en cuanto llegamos a cabo Espichel y pusimos rumbo a Cascais, de nuevo teníamos el N en proa total, de nuevo recogimos prácticamente todo el trapo y seguimos con el ronroneo del motor. Navegábamos a guardias de 1 hora, así siempre alguien está ojo avizor a palangres y otras naves y los demás se relajan y coquetean con sus cuerpos al sol. Aprovecho para coger el timón y poco a poco la mar va creciendo, caprichosa, desafiante y competidora, mujer contra mujer. A unas 8 millas de Cascais, cerca ya de la entrada a Lisboa, fuimos recibidos por una veintena de grandes veleros del mundo, como si de una recepción se tratara. Era la salida de la Tall Ship Race, rumbo a Cádiz. Todas las cámaras de abordo se dispararon sin parar, ante tal espectáculo. Cascais resultó un pueblo tranquilo y señorial, invadido de regatistas del mundo entero, que dejamos atrás mientras decíamos adiós a las gaviotas que formaban en fila de uno en el borde del espigón, para poner rumbo a Lisboa. Aquel día el NO fue condescendiente conmigo y no sopló demasiado racheado, y nunca superando los 15 kn, F3-4. También el Océano Atlántico fue generoso conmigo y se presentó dócil y suave, para el que sería mi último día de navegación en esta travesía. Así que sacamos todo el velamen y pusimos rumbo a Lisboa en un largo por la aleta de babor. El patrón me cedió el timón y pude sentir una vez más la buena sintonía que había conseguido con el barco. Varios bordos trasluchando hasta enfilar la entrada por el Tajo. Allí tuvimos que arriar velas y volver al motor, así que cambié popa por proa y fui a contemplar la entrada y toda su diversidad monumental. ¡Nunca podía haberlo imaginado igual.! El día acabó a ritmo de fados por el barrio alto de la ciudad, al coincidir con la celebración de un cumpleaños y los familiares agasajaban al homenajeado cantándoselos. Después de un par de días de turismo por la ciudad, atracados en una de las diversas marinas que hay en el río, llegó la tripulación que venía a cubrir la nueva quincena y a sustituirnos a los que estábamos. Gente estupendísima, cálida, extrovertida y de mi misma edad, con la que conecté un segundo antes de que llegaran. ¡Mala suerte la mía!, a veces el destino te gasta estas malas pasadas, disfrutamos un día de la ciudad juntos, les hice de guía turística, y compartimos ron y cigarritos de la risa en el pantalán antes de decirles adiós, al amanecer siguiente, mientras ellos enfilaban la bocana a mi me esperaba un taxi para llevarme al aeropuerto y regresar a la mundanal realidad terrestre……..
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Editado por Natachamar en 01-04-2008 a las 23:17. |
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