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#1
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¿¿Queréis conocer un poco de la isla de Annobón??. Está a 15 horas al W de Cabo López en Gabón. Pertenece a Guinea Ecuatorial.
Los habitantes de Annbón conocían un poco las andanzas de los atuneros congeladores de cerco, algunos patrones esporádicamente visitábamos la isla e incluso si llegábamos a sus inmediaciones por la tarde en alguna ocasión fondeábamos en la única playa al noroeste de la isla, con quince metros de sonda como a doscientos metros de la orilla, para pasar la noche allí y al amanecer levar ancla y marcharnos a buscarnos la vida. La mayoría de patrones éramos reacios a acercarnos tanto porque a los que fondeaban los rodeaban los cayucos y subían al barco bastantes nativos solicitando su caridad. La sal en Annobón es oro, necesitan sal imperiosamente para poder secar el pescado que capturan cuando hay en abundancia para tener suministro cuando no hay. Los mayores les pedían sal, cigarrillos, monofilamento, anzuelos y pilas para alguna que otra radio portátil que había allí. Los niños venían en busca de cuadernos y lápices. Si teníamos Melva o Bacoreta a bordo (la mayoría de las veces) les regalábamos dos o tres toneladas para que repartieran, además de un cuarto de tonelada de sal, normalmente guardabamos diez o quince toneladas en el parque de pesca para reforzar la salmuera. Alguna vez les dimos un bidón de los de aceite de doscientos litros pero lleno de gasoil para un motor de cabeza caliente que por lo menos databa del Cretácico Superior y que tenían para mover una dínamo. Una vez el sacristán pidió en el “Apostol Segundo” mi barco, una garrafa de vino para celebrar las misas dominicales de parte del sacerdote, el cocinero lo consultó conmigo y éste accedió. Después de cenar unos tripulantes fueron a tierra a visitar la isla y se encontraron al sacristán con la garrafa a medias y cantando desaforadamente la canción de Manolo Escobar "Que viva España". Cierto patrón bermeano, capitán de la marina mercante para más señas aunque ejercía de Patrón de atunero, excelente persona y como tal buen samaritano, frecuentaba la isla probablemente más que ningún otro marino. Éste personaje entrañable al que perfectamente se le podría calificar de filántropo y que se llama Luis Mari se preocupaba de coleccionar ropa usada durante sus vacaciones para después llevársela a los habitantes de Annobón, por supuesto sin recibir nunca nada a cambio, además de las consabidas donaciones de pescado, sal, gasoil, lápices, cuadernos, pilas etc, etc. Decían las buenas lenguas que la calle principal del villorrio asentado frente a la playa noroccidental de la pequeña ínsula había sido rebautizado con el nombre de “Calle del capitán Luis Mari”. <<Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios>>, todavía quedan personas agradecidas en éste valle de lágrimas. <<Es de bien nacidos el ser agradecidos>>, les arengaba periódicamente el único pastor que cuidaba de aquel rebaño, desde el púlpito de la saneada iglesia de ladrillo y cemento, y los bien educados feligreses seguían al pie de la letra sus constructivas enseñanzas. Jon decía refiriéndose a los aborígenes del lugar <<En general son buena gente, sencilla, honrada y muy religiosa. Hablan correctamente el español. Annobón es una Isla formada por un volcán que surgió en medio del mar, conserva su cráter que los milenios y las lluvias se han encargado de convertir en laguna. Su vegetación es asombrosamente frondosa, en el Golfo de Guinea llueve mucho. Recolectan frutas tropicales, principalmente plátanos, pequeños pero riquísimos. Recolectan también huevos de aves marinas que allí pernoctan a miles y anidan y crían a sus polluelos cada año. Pescan un variado abanico de peces tropicales y pulpos, les he visto pescar pequeños atunes al curricán con cayucos con un palo de quita y pon y una vela a veces asombrosamente remendada con telas de diversos colores.** Jamás he visto a una nativa acercarse al barco, y si algún tripulante desembarcaba desaparecían como por arte de magia, por lo visto estaban bien instruidas por ya sabéis quién. Aún así y como siempre parece que debe haber una excepción que confirma la regla, según las malas lenguas parece ser que un gallego marinero de un atunero de cerco había engendrado un retoño en la isla años atrás. Había un único cayuco en Annobón que se movía mediante un motor fuera borda, era el más grande de todos y cómo no propiedad del alcalde. Creo que el exclusivo uso que le daba era trasladarse de la playa al pesquero que esporádicamente les visitase. El resto de los mortales movían sus cayucos, en número aproximado de medio centenar, con tracción a sangre y a vela. En fin, guardo un grato recuerdo de aquellos tiempos y aquellas gentes, aunque en varias ocasiones estuve con mi barco fondeado en su playa jamás he puesto pie en Annobón, les deseo a sus habitantes lo mejor porque desde que se desanexionaron de España quedaron prácticamente abandonados a su incierta suerte, espero que San Antonio les ayude todo cuanto se merecen. Una tarde anocheciendo paramos a la deriva a veinticinco millas al Sur de la Isla de Annobón, antiguamente Pagalu, perteneciente a Guinea Ecuatorial, antigua Guinea Española, donde subsiste una población de cerca de tres mil almas y una iglesia-misión denominada de San Antonio. Paré el barco allí como he hecho muchas veces para a primera hora de la mañana siguiente dar una pasada por la parte Sur de la Isla pues en ocasiones hemos pescado allí cantidades apreciables de Rabil. Acababa de acostarme alrededor de las diez de la noche después de la cena y la película de vídeo cotidianas cuando el marinero de guardia llamó a la puerta de mi camarote. En el costado de estribor de nuestro barco, a sotavento, había aparecido un pequeño cayuco de unos tres metros tripulado por dos nativos de la isla, uno de avanzada edad que se llamaba cómo no Antonio y el otro su nieto de unos catorce años, de cuyo nombre no puedo acordarme. Antonio ya me recordaba de algunas veces que fondeamos en la playa-resguardo que hay al Noroeste de la Isla, y yo lo recordaba a él por su parecido asombroso con el célebre actor de Hollywood Morgan Freeman, aunque no era tan alto como el norteamericano. Cuando bajé a cubierta estaban ya sobre ella ambos y su nave amarrada al costado. Primero ordené a los tripulantes que aparecieron por allí que embarcaran el cayuco con la grúa eléctrica de estribor, y después pregunté a nuestros visitantes qué es lo que les había traído hasta nosotros. Simplemente habían salido a pescar, se habían alejado más de la cuenta y el viento y la corriente habían hecho el resto. Les dimos ropa de abrigo, cenaron en el comedor de marinería y descansaron en un camarote libre casi toda la noche. Dos horas antes de amanecer puse el barco en dirección a la Isla y amaneciendo estábamos a una milla, arriamos el cayuco al mar, nuestros visitantes cargados de regalos embarcaron en él y nos despedimos efusivamente. Recuerdo también un día de víspera de Corpus Cristi que fondeamos en la playa por la tarde. Embarcaron a bordo once niños que celebrarían su Primera Comunión al día siguiente, es costumbre allí que el día del Corpus reciban su primera Hostia todos los niños que cumplen nueve ese año. A uno de ellos le obsequié con una botella de leche sin desprecintar que tenía en el frigorífico de mi despacho, hacía pocos días que habíamos salido de puerto, pues bien, tomando la botella de plástico blanco en sus manos me miró a los ojos asombrado y me preguntó <<¿esto se come?>>. Son situaciones que hacen que a uno se le encoja el corazón. A otro niño le caían unos mocos como cataratas y tosía de cuando en vez, evidentemente sufría un fuerte resfriado. Dado que calzaba unas chancletas de plástico como todos los demás pero el que moqueaba era él, marché a mi camarote y cogiendo un par de calcetines nuevos se los regalé. La escena de la botella de leche se repitió casi de idéntica forma, el pobre rapaz desconocía totalmente para qué servían aquellas prendas. Dios mío, y nosotros nos quejamos por cualquier minucia, ¡qué asco de mundo!
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Stemma Proderi In Primis Bermei Editado por TXELFI en 16-05-2020 a las 11:15. |
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#2
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Cita:
![]() Comprensible dentro de todo. Todo lo demás no tiene desperdicio. No sabemos lo que tenemos. Gente de mar, brava y generosa si que quedan algunos.
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La tierra firme me marea, sobre todo cuando estoy en la Cantina del puerto. |
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TXELFI (15-05-2020) | ||
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#3
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Txelfi,el escritor Pérez Reverte no te llega a la altura de la alpargata muy interesante y amenos tu relatos.Imagino aunque no lo refieres que algunos temporales jodidos os cogerían.
Un saludo. |
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TXELFI (16-05-2020) | ||
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#4
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Pues olé por el capitán Luis Mari y por las buenas personas, que muchas hay.
![]() ![]() ![]() Gracias Txelfi. |
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TXELFI (16-05-2020) | ||
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#5
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Cita:
Tuve el honor de hacer de capitán de Luis Mari una campaña, meses antes de que me pusieran de patrón. Excelente persona y de cerebro privilegiado. Siempre guardaré un buen recuerdo de él.
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Stemma Proderi In Primis Bermei |
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#6
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-Hace unos veinte años nos quedamos sin marmitón y salíamos a la mar al día siguiente, teníamos que buscar uno en Abidján. No hubo manera de localizar ninguno que hubiera estado embarcado antes, pero me trajeron un chaval de quince años natural de Burkina Faso conocido en el puerto porque se ganaba la vida ayudando en la cocina de los pesqueros en sus estancias en puerto. El muchacho llamado Parfait que chapurreaba un poco en español me aseguró cuando se presentó ante mí que había realizado una marea en un arrastrero andaluz que faenaba en Gabón a la gamba, haciendo una sustitución. Le pedí escéptico que me enseñara sus documentos y para mi sorpresa me mostró su pasaporte nuevecito y su cartilla de navegación en la cual efectivamente aparecía sellado un embarque de un mes en el “Monte Azote”. ¿Cómo había conseguido aquellos documentos?, a buen seguro le habían costado lo que le pagaron por la marea en el gambero.
Me pareció un buen muchacho y efectivamente el tiempo demostró que lo era, así es que lo embarqué sin más elucubraciones. Se trataba de un chaval muy peculiar porque se había criado en un ambiente más peculiar aún, en la selva y sin padre, y con una madre que no podía mantener a sus cinco hijos, Parfait, al que pronto rebautizaron en mi barco como Alfredo, se escapó de su aldea con doce años y mendigando, “cogiendo” comida y ropa de donde había, caminando hasta destrozar sus fuertes pies, subiéndose clandestinamente en los bajos de camiones, y de cualquier forma imaginable nuestro niño marmitón apareció en Abidján un año después, medio muerto de cansancio, sueño y desnutrición. Hacía un año ya que se había establecido definitivamente en la zona portuaria del popular puerto y sobrevivía ayudando en la cocina y limpiando barcos. En nuestro barco se le asignó el camarote que compartían el marmitón y el camarero, había un catre para cada uno de ellos igual que el de cualquier marinero pero Alfredo se negaba a dormir en el mismo y se acostaba en el suelo sobre un cartón al igual que lo había hecho casi desde que naciera. El camarero se quejaba de que se lo encontraba a diario tirado en el suelo roncando hecho un ovillo. Un día Alfredo había literalmente desaparecido, el susto que nos llevamos fue mayúsculo porque registramos el barco de cabo a rabo y no aparecía. Estábamos ya convencidos de que había caído al mar así es que dí media vuelta y aguzamos la vista oteando el mar desesperados y angustiados, intentando navegar por nuestra propia estela en un ímprobo esfuerzo por localizarle. Llevaríamos una hora aproximadamente navegando en dirección contraria cuando al oficial de puente se le ocurrió levantar la lona que tapaba el bote rápido que estaba en la cubierta de botes, el que no usábamos porque tenía el motor averiado. El que estaba en uso lo llevábamos colgando de su pescante en el costado de estribor. Parfait estaba dormido como un tronco en el interior de la pequeña embarcación de aluminio, que expuesta al sol debía ser una especie de horno. Recuerdo que era media tarde, o sea, la hora del bocadillo, y el marmitón no aparecía, de ahí la voz de alarma. Cuando por orden mía se presentó en el puente y le pregunté por qué se había escondido para echar la siesta, me respondió que en el camarote hacía mucho frío debido al aire acondicionado y él estaba acostumbrado a dormir con mucho calor. Le advertí que no volviera a esconderse ni para dormir ni para nada porque habíamos perdido dos horas por su culpa, y me prometió que no lo volvería a hacer. La alegría que nos llevamos al verle sano y salvo hizo minimizar el cabreo por su acción. Una semana después nuestro Alfredito “desapareció” de nuevo, nos preguntábamos dónde se habría escondido esta vez mientras registrábamos todo el barco, pero como no aparecía el rapaz la angustia se hacía cada vez más acuciante a medida que transcurría el tiempo. Al igual que en la ocasión anterior se había dado la voz de alarma a toda la tripulación y excepto yo, que no puedo abandonar el puente dejándolo solo y el engrasador de guardia en la cámara de máquinas, todos los demás tripulantes registraron el barco exhaustivamente hasta que el caldereta lo encontró esta vez dormido como un tronco debajo de la proa de la panga, en el hueco que queda entre la panga y la cara de popa de la red. Ésta vez no supo responderme al motivo por el que se había escondido para su siesta, y con el disgusto y el cabreo que pillé se me fue la mano y le solté un cachete en la mejilla, no fue un fuerte bofetón, si no más bien una torta dada sin fuerza. Pero al muchacho le dolió muchísimo más el hecho que el golpe del que ya consideraba su padrino. Todavía tengo grabada en mi memoria su expresión impertérrita después del sopapo, sin moverse un milímetro frente a mí (a la sazón tenía casi mi estatura), mientras unas gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Me arrepentí en el acto de mi acción, os lo juro, es más, estaré arrepentido el resto de mi vida porque aquel rostro con los lagrimones descendiendo por su piel de ébano no se me borrará jamás- -¡Hombre!, yo creo que el cachete se lo tenía bien merecido- justificó Eustaquio -Vaya una manía de esconderse que tenía el mocoso ese, lo aprendería en la selva- opinó Javier -Seguro- confirmó Jon -En aquel momento pensé que cuando regresáramos a puerto se marcharía para siempre, pero nada de eso pasó, continuó con nosotros por lo menos dos años más que fue cuando decidí cambiar de empresa. Posteriormente a éste episodio me contó muchas cosas de sus vivencias, nos habíamos hecho casi amigos. Cierta vez le extraje con tijeras un incisivo superior enorme porque tenía dos montados uno sobre otro, le quedó la boca mucho mejor. Pero lo más cojonudo del tema fue cuando vinimos a pescar con este barco aquí al Atlántico hace ocho años y alguien me dijo que Alfredo vivía en Las Palmas de Gran canaria, pero cuál fue mi sorpresa mayúscula cuando la campaña pasada se me presenta en el barco en Abidján para saludarme porque se había enterado que estaba yo allí. Él había llegado la víspera para visitar a sus amistades y pasar con ellos quince días, ahora debía tener veintinueve años y si no se identifica no le hubiera reconocido, debe medir un metro noventa más o menos. Me dio una gran alegría saludarle después de tanto tiempo- Somarriba respiró aliviado y encendió un cigarrillo -Menos mal que no se le ocurrió sacudirte otro sopapo para quedar en paz- bromeó el lekeitiano ¡Menudo cimarrón!, un metro noventa, se ve que ha comido bien desde entonces- dijo el capi -Ya os he dicho que nos hicimos casi amigos, prueba de ello es que en cuanto se enteró de que estaba en puerto con mi barco vino rápidamente a saludarme. Lo que pasa es que estuvo solamente veinte minutos y tú no llegaste a verle, Eustaquio. Pero recuerdo otra anécdota que me pasó también en un barco de mi empresa anterior hace unos veinte años. Contrataron en la oficina de Bermeo, casualidades de la vida, un joven de veintiséis años como marmitón para mi barco. El individuo en cuestión, sorprendentemente era natural de Soria y no había visto un barco en su vida, a no ser por la tele, pero desesperado por la falta de trabajo y la necesidad económica en la casa de su madre, que tenía que alimentar a él y sus tres hermanos más pequeños además de a sí misma, cogió su hato y se fue a buscar la vida al País Vasco como habían hecho antes muchos paisanos. Después de patear las calles de Bilbao sin resultado alguno, contactó por azar con dos jóvenes bermeanos de parecida edad que tras escuchar la triste historia del soriano le llevaron a su Villa sugiriéndole que la manera más fácil de encontrar trabajo era enrolándose en algún pesquero. Como al soriano le importaba un bledo meterse en la boca del lobo si hacía falta con tal de poder mandar un sueldo a su madre, llamó a la puerta de varias compañías de atuneros acompañado de sus dos benefactores y precisamente en la empresa en la que yo estaba a la sazón le dieron la plaza de marmitón porque necesitábamos uno en breve. A la sazón un servidor trabajaba en una de las empresas más pobres del mundo del atún y embarcaban lo que las compañías potentes no querían, como por ejemplo gente que no había embarcado nunca. En nuestra oficina le dieron trabajo en seguida, al jefe de personal le importaba un rábano que hubiera embarcado o no, con el concurso del soriano se le solucionaba el tema de la búsqueda de un marmitón y punto. Pero había un problema, el muchacho no tenía Cartilla de Navegación. El jefe de personal de mi empresa le firmó y selló un documento que decía que necesitaba la Cartilla para embarcar en breve para que el trámite se hiciera por vía de urgencia. Sus “colaboradores” le acompañaron la mañana siguiente a la Capitanía Marítima y tres días después estaba en posesión de la libreta que le habilitaba a embarcar. Una semana contada desde que puso los pies en Bermeo embarcaba con nosotros, durante ese tiempo durmió en una habitación que generosamente le había cedido uno de sus dos samaritanos. Aparte de esto, durante ese período de tiempo ayudaron ambos paisanos además de otros amigos de su cuadrilla a que el soriano que se llama Luis, no estuviera solo y mantuviera su andorga llena. Para más señas embarcamos juntos porque yo estaba en casa de vacaciones y viajamos en el mismo vuelo junto con el resto de relevos, excepto los africanos- El patrón hizo un receso para arrojar la colilla de su cigarrillo al mar desde el alerón de babor como hacía habitualmente. Eustaquio, que no encontraba conexión con la historia anterior preguntó: -Pero ¿qué tiene que ver la historia del soriano con la del burkinés?- -Ahora os lo cuento. Luis, el soriano, se mareó solamente el primer día de su bautismo de fuego. Al segundo día habían desaparecido las naúseas y vómitos del neófito y aparentemente al tercer día se comportaba casi como un tripulante veterano, se adaptó al mar con una celeridad sorprendente. Pero cierto día, cuando llevábamos un mes de mar más o menos, a las once de la mañana que como sabéis es la hora habitual del almuerzo en toda nuestra flota, el camarero no aparecía en el puente con la comida, y finalmente lo hizo a las once y cuarto. Cuando le llamé la atención por el teléfono interno al cocinero por el retraso se quiso justificar diciéndome el muy cabrón, que el marmitón no le ayudaba nada. Después de almorzar llamé a Luis al puente y le solté simple y llanamente que si había embarcado cubriendo una plaza en el barco era para trabajar y que en un mes había tenido tiempo más que de sobra para aprender todas sus tareas. El joven me preguntó el porqué de mi reprimenda, a lo cual respondí transmitiéndole la queja del cocinero. Los lagrimones descendiendo por las mejillas del soriano que permanecía inmóvil en el centro del puente del barco me hicieron encoger el corazón, os lo digo muy en serio. Me respondió sin levantar la voz pero denotando sufrir una humillación enorme que, cómo podía haberme dicho eso el cocinero si él hacía absolutamente todo lo que le ordenaba con diligencia. Os prometo que no sé porqué pero le creí a pies juntillas, cogí el teléfono interno y ordené al cocinero presentarse en el puente. Cuando vió al marmitón ante mí se puso nervioso y ante mi requerimiento sobre su acusación de una hora antes, se desdijo de sus palabras el pedazo de Judas. Solamente les dije a ambos que hicieran lo posible para llevarse bien y se marcharon. Entonces hice venir al camarero y le pregunté sobre el marmitón soriano, éste me respondió que el neófito era un buen muchacho, callado, obediente y trabajador. Creedme que aún a día de hoy me arrepiento de no haber pedido disculpas a aquel hombre, y me estaré arrepintiendo mientras viva. Me gustaría estrechar su mano pero me parece muy difícil por no decir imposible. Desde que regresamos a nuestros respectivos hogares cuatro meses después del embarque no lo he vuelto a ver, porque pidió la cuenta y nos dejó, espero que no fuera yo el motivo- terminó Jon muy serio
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Stemma Proderi In Primis Bermei Editado por TXELFI en 16-05-2020 a las 18:34. |
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