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#1
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Y ahora viene la traca final. Va a resultar un poco largo os lo advierto, pero creo que merece la pena para ponernos un poco en situación de lo que vendrá después, cómo se puede pasar de estar en el Edén a entrar en el Averno en tan solo 7 horas.
Vamos a situarnos en Abril del 2008. SINGLADURA 23 (Miércoles) El plantado súper-veterano con su boya estaba situado a veinticinco millas al Nordeste de la isla de Santo Tomé y se desplazaba arrastrada por la corriente a tan solo tres o cuatro décimas de nudo en dirección Sur. La mar era prácticamente como una inmensa balsa de aceite cuando el “Apóstol Segundo” se acercaba rápidamente hacia él. Aún faltaba un poco para que comenzara a amanecer y había Luna Nueva, o sea, no había Luna, así es que la noche era negra cual boca de lobo como vulgarmente se suele decir. Aquella boya había hecho un recorrido casi inaudito, estuvimos haciendo seguimiento visual de ella durante meses en la pantalla de las boyas satelitarias con asombro pero sin poder visitarla porque viajaba por la costa de diversos países en cuyas aguas no podíamos pescar. Se echó al agua cerca del banco del 3º Sur y viajó haciendo W y WNW hasta que cruzó el Ecuador en 22º W. después hizo N hasta el 5º Norte y posteriormente E hasta el Cabo Palmas, de allí viajó sucesivamente por las costas de Costa de Marfil, Ghana, Togo, Benín y Nigeria. De allí hizo Sur pasando por la parte oriental de la isla de Príncipe y ahora estaba con la isla de Santo Tomé por su parte SW. Había realizado todo este periplo en 5 meses pero lo más asombroso del tema es que no hubiera sido interceptado por ningún cerquero o cañero coreano en su paso por Costa de Marfil, Ghana, Togo, Benín o Nigeria. Faltaba algo más de una milla para llegar junto a la boya de la cual aún ignoraban los tripulantes si estaría con su plantado correspondiente o no, cuando Jon amoderó el motor hasta el ralentí y segundos después desembragó. Inmediatamente después el sónar de baja frecuencia que permanecía en transmisión al igual que el otro desde media hora antes detectó algo que no era muy habitual a tan temprana hora ni a semejante distancia. En la parte de arriba del monitor a poco más de una milla de distancia apareció una mancha roja algo mayor que un huevo de gallina, Eustaquio exclamó: -¡Ostia, ahí hay morterada, seguro!- -Ojalá sea así pero yo no estoy seguro. Os he dicho muchas veces que aquí el interior del Golfo de Guinea, entre islas, es el criadero natural de barracudas y bananas principalmente, y como ya sabéis ambas especies tienen grandes y abundantes escamas. Debido a eso pueden generar una mancha descomunal en los sonares porque tanta escama actúa como reflectante de las ondas haciendo creer que hay mogollón de pescado. Lo mismo puede suceder en esta zona como en las proximidades de Guinea Bissau con el jurel, como ya nos sucedió la campaña pasada- -¡Coño, no me jorobes Jon, no seas agorero!- protestó el capi -Esperemos que sea material del bueno- porfió Javier -De momento vamos a ponernos listos para largar- ordenó Somarriba Javier hizo sonar la alarma en tres lagos timbrazos, Abdou echó a correr hacia el bote rápido con amplia sonrisa en el semblante, como hacía siempre. Con la arrancada se habían acercado a seiscientos metros y el manchón en ambos sonares ahora era más grande que la cajetilla de cigarrillos que Jon acababa de extraer del bolsillo lateral de la sudadera de su chándal. Encendió uno y después de meter todo el timón a estribor dió una palada avante para evitar que el barco se fuera encima del cardúmen. En su fuero interno presentía que aquello era pescado del bueno pero no quería echar las campanas al vuelo porque de equivocarse el berrinche sería monumental para todo el mundo, pero sobre todo para él, que lo tomaba todo tan a pecho, por añadidura era el responsable del barco así es que huelga añadir más. -El bote está en el agua- informó Agustín Un cuarto de hora después se encontraban con el arte en remojo y acababan de comenzar a virar los cables. Estaba amaneciendo y aunque el Astro Rey no había hecho acto de presencia aún se veía ya con bastante claridad. Entre otras cosas se divisaba nítidamente la brisa de pescado que había aflorado en plena largada alrededor del bote manejado por Abdou que sujetaba en su gancho de remolque el cabo que procedía del viejo plantado. El mismo cabo que hasta poco antes estuviera sujeto a la boya forrada de percebes en toda su parte sumergida. Una vez virados los cables y el plantado a bordo, Apolo, que sí era rubicundo ese día puesto que apenas había nubes en el firmamento, lucía en todo su esplendor mientras la brisa originada por la pesca encerrada en el cerco se hacía cada vez más grande y áspera, como cada vez era más grande y áspero el ansia que embargaba el corazón de Jon Somarriba. Cuando habían virado la mitad del arte era más que evidente de que allí había mucho pescado, había que ser muy cegato para no verlo. La sonda lateral marcaba mucho, los brillos del gran cardúmen de listado grande que se movía próximo a la superficie eran continuos y numerosos y patudos jóvenes venían mallados vivos de continuo en las mallas grandes de la parte central de la red. Cuando Koyo preguntó que cuántas anillas del saco debía coger, el patrón le respondió que diez, y el africano acogió la respuesta con júbilo, el saco de la red del “Apóstol Segundo” tenía doce en total. La silueta de la isla de Santo Tomé se divisaba nítidamente por el Suroeste, un avión comercial de pequeño tamaño se acercaba por el Norte procedente de Príncipe, mientras un transbordador de pasajeros que se asemejaba más a un bus acuático que a una embarcación salía raudo en dirección contraria. Estaba el extremo del saco entrando en el halador cuando éste casi se detuvo debido al peso. Había calma y chicha y el barco apenas se balanceaba, de haber un poco de balance la cosa se simplifica puesto que las oscilaciones del barco originan que a cada bandazo a estribor la red suba y cuando es a babor el halador recoja, así de simple. También es cierto que la ausencia de balances es primordial para en caso de que la cantidad de pesca encerrada en el saco sea muy grande éste no se rompa dando al traste con la faena. Un desastre mayúsculo, moral y económico. A duras penas el gran “power-block” consiguió subir toda la red en posición de poder traer el fondo del saco arriba para poder embarcar la pesca. Jon observó que aún al ralentí la panga les arrastraba poco a poco hacia atrás. -¡Para, Abdou!, desembraga el motor- ordenó al panguero a través del walkie-talkie -Ok, está parado patrón- respondió el senegalés No hubo manera de halar ni un metro de paño con el rodillo hidraúlico del costado de babor puesto que el saco en su totalidad estaba muy tenso, tuvieron que comenzar a estrobar desde el principio usando como es habitual el lanteón manejado por una maquinilla con un tiro de diez toneladas. -¡¡Chacha mowi!!- Animó Jon a sus muchachos -¡¡Angawa!!- (1) berreó acto seguido, micro en ristre Pero habían conseguido subir el saco hasta la mitad cuando la maquinilla del lanteón dijo basta, y se negó a virar ni un milímetro más, los paños del saco estaban tensos como cuerdas de violín apuntando hacia el fondo marino. (1) ¡¡Adelante!! = En Kwa -¡Koyo, vamos a poner el lanteón en doble!- gritó Jon a su contramaestre -¡Javi, arría el aparejo real- prosiguió Mientras tanto Koyo se apoderó de una pasteca de una sola roldana acabada en un gancho que estaba colgada de una barra en la banda de estribor de la maquinilla principal y la transportó a la banda de babor. El contramaestre ghanés había hecho aquella maniobra muchas veces con Jon, sobre todo cuando estuvieron faenando en el Pacífico, y se la sabía de memoria, por lo demás tampoco era muy difícil lo que iban a hacer, solo que al ser una maniobra ideada por el bermeano, era una faena desconocida por algunos tripulantes del barco en particular y por el resto de tripulantes de la flota en general. Lo habitual en estos casos es continuar estrobando con el aparejo real, la consecuencia es que subir sube arriba lo que sea si el saco aguanta sin romper, que no siempre aguanta. Lo malo del asunto es que el aparejo real tiene tanta desmultiplicación que resulta lentísimo tanto al virar como al arriar, y mientras tanto el pescado se muere y en consecuencia el peligro de que reviente el saco se multiplica puesto que el pescado muerto lógicamente pesa mucho más dentro de la red que el vivo. Cuando el cuadernal doble acabado en gancho que utilizaban para virar la panga estuvo a metro y medio de la cubierta Koyo encapilló la gaza del extremo del cable del lanteón en el gancho del aparejo real. Previamente había quitado de allí el gancho desengrilletándolo y después había pasado la gaza por la pasteca que trajera de estribor. Jon ordenó a Javier virar el aparejo real hasta que hicieran tope ambas pastecas en lo alto del arraigado de la pluma principal a doce metros de altura sobre la cubierta, mientras tanto tuvo que arriar cable del lanteón. En el momento que la pasteca doble hizo tope arriba, el lanteón pasó a ser doble puesto que en el seno de su cable había otra pasteca simple como ya he dicho antes. -Bueno, vamos a ver, Eustaquio, no hagas lo posible para que reviente el saco, ya sabes, tienes que virar el lanteón y el rodillo a la vez y con suavidad- rogó Somarriba -¿Cómo voy a hacer lo posible para reventar el saco?, qué cosas dices- -Al bermeano hay que entenderle por lo que quiere decir, no por lo que dice- soltó el patrón -Ya, mensaje recibido- accedió el capi con sequedad Continuaron dando estrobadas a los paños del saco con facilidad hasta que estuvo en disposición de ser salabardeado, en poco tiempo comenzaron a embarcar la pesca. Porriño se personó en la cónsola hidraúlica y preguntó al patrón: -Oye, tenemos un lance de puta madre ¿no?- había estado mirando el saco desde la regala antes de subir -Afirmativo- respondió el otro mientras miraba inquisitivo el gran saco -Pero ¿cuánto crees que hay?- quiso saber el maquinista -Yo creo que así a ojo debe haber unas doscientas- -¡Carajo! Tenía preparadas dos cubas pero voy a preparar una más- y se largó Cuando llevaban embarcadas cerca de doscientas toneladas, hora y media después, apareció de nuevo preguntando que cuánto quedaba. -Pues si no queda una cuba más, no andará lejos- respondió Somarriba, que lo había pasado mal, como cualquier otro patrón cada vez que se realiza un gran lance -Mecagüen la puta- exclamó Sabino y echó a correr de nuevo Embarcaron finalmente doscientas cincuenta toneladas de las buenas, habían descontado diez por si las moscas y otras cinco que calcularon de especies asociadas que inevitablemente habían caído en las cubas. En cuatro horas había finalizado todo, contando desde que la panga había salido de la popa del barco hasta que regresó de nuevo a su alojamiento. La mitad del total de la pesca estaba compuesta por listado grande, de dos a cuatro kilos, la otra mitad se trataba de rabil de todos los tamaños, desde tres kilos hasta setenta, y patudo joven de cinco a veinticinco kilos a partes iguales, es decir, la captura había sido magnífica no solo por el volumen, además de esto y cosa poco habitual en aquella zona no habían capturado especies de pequeño tamaño ni melvas ni bacoretas. Tres barreños de barracudas de buen tamaño pasaron a engrosar el “avituallamiento” de la gambuza, además de numerosos peces-ángel, bananas, dorados etc y el cocinero Lass con su pulgar vendado señalaba el cielo encantado. Sujetaron cuatro flotadores más de poliestireno al viejo plantado por su cara inferior, limpiaron de percebes la boya y después de depositarlos en el agua embarcaron la panga y pusieron rumbo Sur-suroeste. Tenían una boya de radiofrecuencia a diez horas de allí y pararían cerca de ella para visitarla por la mañana siguiente. Cuando el batelero Abdou apareció por el alerón de babor, la exultante sonrisa le llegaba de una oreja a la otra, se le veía muy contento. -Allahu akbar- (1) exclamó contento dirigiéndose al patrón cuando vio a éste mirándole -Salam aleikum- (2) respondió el bermeano sonriendo también -Aleikum salam- concedió el senegalés, feliz El resto de la jornada de pesca hubo más animación que de costumbre entre la dotación del “Apóstol Segundo”, como es lógico. Lito, que no cabía en sí de gozo hacía kilómetros por todo el barco con su trapo sucio en la mano recordando la repetición de la jugada a todo aquel que se le ponía a tiro. Después de la ducha cotidiana cuando Jon apareció en el salón-comedor, le recibió con una sonrisa de oreja a oreja y un cubata recién preparado -Oye viciño- saludó al que de vecino suyo no tenía nada -Ya se ve que me estás haciendo caso ¿eh?, otras dos de esas y nos vamos a casa llenos- soltó ladino -Otras dos de esas no entran a bordo, con una me conformo- replicó Javier -Ya empieza Paco con las rebajas, que vengan dos, que ya me encargaré yo de darles frío- intervino Porriño Continuaron de esa guisa durante toda la cena, entre pullas y bromas. Por lo visto al capi y al primer mecánico se les había olvidado la que montaron unos días antes. Sin embargo a Jon le costaría quitarse el disgusto de encima por lo menos hasta las vacaciones. Llevábamos 23 días de mar y teníamos 900 Tm de pescado a bordo, era una marea horrible para toda la flota pero tuvimos suerte o acierto y habíamos pescado más del doble que el segundo en el ránking. Teníamos un montón de días por delante para llenar el barco hasta las cartolas, aquel barco metía 1.300. (1) Allahu akbar= Alá es grande, en árabe (2) Salam aleikum= La paz sea contigo, en árabe Jooooooobar, hay que ser ceporro, se me habían olvidado las fotos. ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]()
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Stemma Proderi In Primis Bermei Editado por TXELFI en 31-05-2020 a las 22:22. |
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#2
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Esos objetos flotantes balizados, se respetan?, tienen por decirlo de alguna manera dueño? Ha habido casos de intromisión. Las frecuencias de localización tienen algo que ver?. pregunto desde la ignorancia.
Supongo, por lo que me ha llegado siempre, que la ética en la mar es un denominador común y algo más si cabe entre entre colegas. Pero con el abanico tan amplio de procedencia de buques, idiosincrasias, intereses, money money, zonas etc. No podría haber piques , astucias , carreras, calados por delante, situaciones comprometidas de rivalidad no siempre limpias etc.?? Perdóname Txelfi si soy tan preguntón; pero es que me puede, me apasiona. Es donde me hubiese gustado estar entre los treinta y los sesenta. Hubiese sido mi sueño. Pero ya sabes, el hombre se pasa la vida haciendo planes y el destino desbaratándolos. Por cierto esta mañana he tenido un encuentro particular con un zorro de mar, se ha ido y me he alegrado, por él y por mi. Creo que están protegidos. Unos compis también han tenido una clavada y lo han grabad, expectacular los saltos. tampoco lo han puesto en seco. sabes algo de estos escualos, dicen los veteranos que es muy rico culinariamente hablando. Menuda batería te he largado... ![]() Pide lo que quieras, barra libre. ![]() ![]()
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La tierra firme me marea, sobre todo cuando estoy en la Cantina del puerto. |
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#3
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El que encuentra una baliza ajena amarrada a un objeto si tiene pesca se le larga el arte y santas pascuas. Con tantos barcos de tantas nacionalidades no puedes andar con zarandajas.
Tiburones he pescado sin querer tropecientos, tales como marrajos, azules, grises, martillos enormes, de puntas blancas, de puntas negras, tiburones ballena hasta 6 en un lance. He visto parir en cubierta unas cuantas veces 30 o 50 crías del tamaño de una pintarroja pero zorros no hay por allí. De todos los que nombro sin duda culinariamente hablando el mejor es el marrajo. Supongo que sabes que todos los elasmobranquios regulan su equilibrio osmótico mediante la urea de manera que tiburones y rayas tienen en su sangre una cantidad de urea tal que la décima parte mataría a un humano. De ahí que cuando se abre el vientre a un tiburón apesta a meada y no se hace agradable. Entonces tenemos que entre los tiburones son el marrajo y el cazón los que casi no huelen a urea y entre las rayas la común o (raja clavata). No sé si es coincidencia o no pero son los que carne más blanca y delicada tienen de todos ellos.
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Stemma Proderi In Primis Bermei |
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#4
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SINGLADURA 24 (Jueves)
Esa mañana se encontraron con la desagradable sorpresa de que al plantado le habían cercenado la corbata y no tenía nada de túnidos bajo él. Solamente habían quedado los peces de escama o especies asociadas. En ocasiones suele suceder que la corbata del objeto artificial se engancha en un anzuelo de un palangre para túnidos o peces-espada, y posteriormente cuando el palangrero hala su aparejo, al embarcar la franja de paño de red viejo el marinero de turno corta con su navaja el estorbo y así el plantado queda sin rabo y corre con la corriente superficial perdiendo la pesca que estaba con él y que estaba habituada a habitar asociada a un objeto “sujeto” a corrientes más profundas. Al perder el “fondeo” el objeto flotante cambia de velocidad y rumbo y los túnidos en casi todas las ocasiones abandonan el biotopo. -El plantado es como el hombre, si no tiene rabo no vale- dijo Jon a Koyo cuando embarcaron el artilugio con la grúa de proa para ponerle una corbata nueva y depositarlo en el agua de nuevo, <<ya tendrá pescado algún día>> opinaba siempre el bermeano Durante el intervalo de tiempo que permanecieron parados el barco balanceaba como un descosido porque se sincronizaba el período de balance con el de la ola. El patrón recordó el lance de la víspera y también el hecho de que el tanque antibalance permanecía vacío desde la salida de puerto. Estaba claro, tenían exceso de estabilidad, el rubio bermeano llamó por teléfono interno a Porriño ordenándole llenara el tanque “Flume” hasta su nivel de rendimiento óptimo. Pusieron rumbo Sur hacia otra boya de radiofrecuencia, no había señal de pesca por parte alguna aparte de los típicos lances sueltos por aquí y por allá que cada día unos pocos barcos efectuaban, lances por otro lado discretos o míseros todos ellos. Jon llamó a Gregorio por teléfono pues hacía cuatro días que no hablaba con él, el responsable del macicero le comunicó que debía haber unas cuarenta toneladas de túnidos reunidos bajo su barco. Según él la cantidad aumentaba paulatinamente día a día y sugirió veladamente a Somarriba que fuera pensando en darse una vueltecita por allí. No era cosa de esperar a que entrara una gran manada de delfines, calderones o de cualquier otro depredador que espantara la pesca que tantos días había costado reunir. Justo a la hora del almuerzo Isaac llamó para comunicar al patrón de que no había mercante alguno para transbordar la pesca en los próximos quince días y que en consecuencia tendrían que retrasar los relevos una semana. Cuando se enteró por boca del rubio de lo que habían hecho la víspera, el gerente se mosqueó mucho y llegó a insinuar al patrón que había encontrado pesca días atrás en algún lado y se lo había ocultado a él y a los dos barcos de la compañía. El bermeano se armó de paciencia y replicó al interfecto que conociendo los movimientos del barco desde su poltrona a través del Stándard C, cómo podía llegar a desconfiar hasta ese extremo. De hecho, su desconfianza enfermiza le había inducido a instalar un monitor en su despacho de la oficina para mediante un dispositivo GPS cuya antena todos los barcos de la empresa llevaban instalado sobre el puente, para así conocer en todo momento las posiciones y movimientos de los mismos. Al atardecer Somarriba puso una velocidad de diez nudos, aún así sobre las once de la noche estarían cerca de la boya que tenían en su proa. SINGLADURA 25 (Viernes) Ésta vez el objeto artificial estaba completo, no le faltaba corbata ni nada, pero no tenía pesca, es decir, sí tenía pero en poca cantidad (unas seis u ocho toneladas), un salabardo como vulgarmente solía decir el rubio patrón bermeano. Para no faltar a la costumbre al responsable de aquél barco no le apetecía para nada largar el arte para capturar tan exigua cantidad de pesca, sostenía y no exento de razón que quitar la pesca a un objeto significa dejarlo desnudo durante mucho tiempo. Mientras que dejándolo tranquilo con un salabardo de pesca, muy probablemente en dos, tres o cuatro semanas como máximo podrían hacerle un lance bueno. Había practicado ese sistema desde que vino la moda de “sembrar” objetos artificiales y le daba buen resultado hasta la fecha. A veces sucedía que días después la boya “desaparecía”, pero bueno, esos episodios forman parte del juego de la pesca, hay que saber perder como también hay que saber ganar. Resultó otro día en blanco porque nada de provecho encontraron. Esa jornada divisaron innumerables bandadas de aves marinas que acechaban los bancos de clupéidos que abundaban en la zona, sin embargo los atunes no hicieron acto de presencia. Al atardecer se cruzaron con un cañero koreano de construcción japonesa, un barco de sesenta metros y trescientas cincuenta toneladas de capacidad de pesca pintado de blanco. A Jon, que ya había tenido alguno abarloado al costado de su barco otrora, siempre le habían llamado la atención aquellos cañeros con su proa tan lanzada y con cavidades en la parte superior destinadas a romper las olas cuando vienen de proa, su superestructura de tres plantas totalmente a popa como los barcos mercantes de cabotaje, y su tamaño inusual en flotas pesqueras del resto de países que no fueran orientales. Un barco de semejante porte dedicado a la pesca a caña es impensable para nuestra flota, no así para ellos que embarcan tripulaciones de treinta y cinco o cuarenta hombres con sueldos de miseria si los comparamos con los de aquí, y sin vacaciones por añadidura para períodos de dos años. Navegaron a marcha reducida al rumbo suroeste hasta encontrarse a siete millas de una boya satelitaria que llevaba cuatro meses en el mar desde que había sido “plantada” junto con su objeto prefabricado, en las proximidades de Luanda por el “Urbero”. Eustaquio detuvo el barco a las doce y media de la noche. SINGLADURA 26 (Sábado) Nueva visita mañanera a una boya y nuevo chasco. También esta vez estaba todo completo pero no había más que ocho o diez toneladas de pesca, además de especies asociadas y tampoco en abundancia. El agua de mar estaba más fría que todos los días anteriores (veinticuatro grados), no es que fuera una temperatura particularmente fría pero a algo había que echarle la culpa. Jon estuvo tentado de largar el arte pero resistió la tentación. Ya le harían un buen lance la marea siguiente si tenían la suerte de que el objeto en cuestión no fuera “requisado”. Tampoco esa jornada el tiempo estaba como en las precedentes, soplaba una brisa fresca del Sur de quince nudos que para navegar de costado o proa a ella molestaba bastante porque había levantado olas de dos metros. A mediodía encontraron un objeto plantado amarrado a una boya de radiofrecuencia en la que se pudo leer “Avel Viz”, un cerquero galo de quinientas toneladas. Puesto que no tenía pesca le pusieron una boya propia y la dejaron en el lugar. Antes de retirarse a la ducha diaria Javier llamó a casa por teléfono. La conversación no duró dos minutos, rápidamente colgó el auricular y salió al alerón con lágrimas en los ojos. Unos segundos después entraba en el puente Lito por la misma puerta que había salido el lekeitiano -¿Qué le pasa a ese que está lloriqueando como una niña?- preguntó el gallego -Si está llorando es que algo muy grave ha sucedido en su casa ¿no crees?- respondió Jon muy serio -Javi no es ninguna niña, todo lo contrario, hay que ser muy hombre para llorar. El hombre que no llora nunca no es un hombre, es un monstruo- añadió el patrón, además de serio, preocupado En esos momentos entraba en el puente el interfecto secándose las mejillas con el dorso de la mano -¿Qué pasa colega, malas noticias?- preguntó Jon pasándole un brazo por los hombros El lekeitiano les aclaró breve y entrecortadamente el motivo de su repentina desazón. Uno de sus mejores amigos de la infancia se había ahorcado porque su novia de toda la vida le había dejado por otro. Sin comentarios. Dos horas después de oscurecer estaban parados cerca de otra baliza. ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]()
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Stemma Proderi In Primis Bermei Editado por TXELFI en 01-06-2020 a las 21:54. |
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TXELFI (01-06-2020) | ||
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#6
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SINGLADURA 27 (Domingo)
La boya de turno tenía entre cuatro y seis toneladas de pesca bajo ella. Jon, fiel a sus principios no largó la red, embarcaron el plantado a bordo para agregarle dos flotadores más puesto que se veía un poco hundido y una vez devuelto a la mar pusieron proa al “Urbero” que distaba ciento setenta millas al Noroeste. El “Esparru” y el “Agerre” estaban por la zona donde habían aflorado los rabiles la luna anterior, de paso visitaron algunas boyas que la corriente había empujado desde la costa de Guinea Bissau hasta allí. Habían efectuado capturas de veinte y treinta toneladas respectivamente y tenían la intención de continuar visitando boyas en un área de una singladura de navegación para de esa forma tener opciones a localizar el codiciado “Yellow-finn” o de ser otro barco el localizador estar cerca del mismo. Exactamente lo mismo que habían decidido hacer otros Patrones de la flota, lo cual por otra parte es lo más lógico. Isaac llamó a mediodía porque quería saber las intenciones de Jon. Éste le dijo lo que había, al día siguiente visitarían el banco y largarían al “Urbero”, después continuarían visitando boyas siempre con tendencia hacia poniente porque cualquier día no muy lejano era previsible un nuevo afloramiento del cimarrón. No era cuestión de permanecer cerca del puerto de Abidján en espera del mercante frigorífico, mientras tanto ¿qué harían? El gerente le respondió que procurara completar el barco con cimarrón para la llegada del mercante, sugerencia a todas luces superflua. No encontraron absolutamente nada durante todo el día, el aburrimiento era infinito y los tres Oficiales del puente tuvieron tiempo para hablar de todo, por la tarde a Eustaquio se le encendió la bombilla: -Oye Jon, anoche estuve pensando que a lo mejor la cacea de nasas que encontramos el otro día pudiera ser perdida por uno de los dos barcos que un armador gallego conocido mío tiene faenando por las costas de Gabón y Congo- -¡Hombre! También sería casualidad ¿no?- supongo que no serán los únicos que faenan por allí- respondió el rubio -Es verdad, pero esas nasas tienen pinta de ser españolas, imagínate que las perdió uno de sus barcos. Si quieres le localizo por teléfono y si eran suyas podemos devolvérselas en puerto a cambio de una recompensa, sus barcos habitualmente entran en Abidján a tomar combustible- razonó Arqueros -¿Y si no era suya la cacea y te dice que sí lo era? ¿Cómo lo sabremos?- -¿Y a nosotros qué más nos da? No nos sirven para nada, Jon ¿qué haríamos con ellas? Si se las damos a uno de sus barcos por lo menos se aprovecharán, y en mi opinión mejor que se quede con ellas un barco nacional, deben de valer una pasta- -Tienes toda la razón- reconoció el bermeano -No sé qué carajo haríamos con ellas. Si tienes su número de teléfono llámale y explícale el caso- -No tengo su número pero sé quién lo tiene, es amigo de un hermano mío, le llamaré- Media hora después Eustaquio había terminado de hablar con el armador gallego en presencia de Jon y Javier como él así lo había querido. Efectivamente la cacea perdida había pertenecido a uno de sus barcos, la cuestión era saber cuál de ellas habían encontrado porque el barco nasero en cuestión había perdido dos con tan solo unos días de diferencia. El hombre estaba desesperado porque el barco en cuestión esa marea estaba patroneado por un novato mientras el patrón titular disfrutaba de sus vacaciones, y el comienzo del neófito en las artes de gobernar un barco de pesca no podía haber sido más desastroso. Quedaron en devolverle todo unos días después cuando entraran en puerto. Ya ultimarían los detalles con una nueva llamada en cuanto arrancaran para tierra y su consignatario se haría cargo de los utensilios de pesca perdidos. -¡Leches! Ese hombre debe estar consternado- dijo Somarriba -Ahora menos- opinó Javier -Tenía perdidas dos y ahora recuperará una- -Es verdad, vaya casualidad que conocieras al armador y se te ocurriera llamarle- aprobó Jon -Pero como no pienso ir por Galicia le ahorraré la mariscada- se carcajeó el capi Cuando oscureció tenían al “Urbero” a veinticinco millas, Jon ordenó a Eustaquio que detuviera el barco a quince millas al Este-sureste del macicero, la corriente de tres cuartos de nudo les acercaría durante la noche. Lito llamó a su humillada esposa por teléfono y pidiéndole perdón consiguió hacer las paces con ella, cuanto menos logró calmarla de su furor de dos semanas atrás. SINGLADURA 28 (Lunes) A pesar de que Gregorio aseguró a Jon antes de largar el arte de que había por lo menos cincuenta toneladas de pescado bajo el “Urbero”, la verdad es que capturaron “solamente” treinta y cinco toneladas. Y digo solamente porque cuando a uno le aseguran que hay por lo menos cincuenta si después resulta que aparecen nada más que treinta y cinco, se lleva una gran decepción. Somarriba se juró a sí mismo que convencería al armador de la compañía de instalar un sondador de alta gama al macicero, porque “aquello”, según decía él era demasiado cachondeo, si es que se puede llamar cachondeo a desconocer siempre la cantidad aproximada de pescado que pudiera haber bajo la quilla del barco para unos pescadores experimentados. El barco en cuestión estaba dotado además de dos sondadores de eco ultrasonoros con pantalla TRC a colores y otro gráfico, de un sónar que había visto tiempos mejores, pero que por aquellos días y según Gregorio no servía para nada a pesar de haber costado un dineral en su día. Por supuesto que el sónar en cuestión no se había estrenado en el “Urbero”, se había desmontado de otro cerquero de la compañía cuando había comenzado a cojear. Muy probablemente tenía en mal estado el domosónico, el transmisor o el receptor. Entregaron al macicero unos cien kilos de cangrejos que fueron recibidos con júbilo por sus siete tripulantes, con aquel botín para tan pocos hombres tenían para rato. Le trasfirieron también veinte de las boyas nuevas recibidas en Abidján y otros tantos objetos artificiales fabricados a bordo con orden expresa de que los fuera “plantando” allí mismo fondeado como estaba a razón de uno por día, ya se encargaría la corriente de arrastrarlos hacia el Oeste-noroeste, solo era cuestión de tiempo. “Desaparecía” una boya casi a diario y no quedaba otra que “sembrar” en la misma proporción cuanto menos si se quería mantener “sembrada” la huerta. Finalizada la maniobra pusieron rumbo Oeste-noroeste hacia la famosa boya de los “setenta” que distaba doscientas noventa millas. No llegarían a ella hasta el amanecer del día siguiente, ahora viajaba empujada por la corriente Oeste y estaba situada en un grado de latitud Sur y cuatro grados de Longitud Oeste. Nada digno de mención apareció el resto de la jornada de pesca, aparte de numerosas aves marinas que viajaban hacia poniente. SINGLADURA 29 (Martes) La boya, mejor dicho el objeto fabricado que estaba adosado a ella y que les había proporcionado una cuba de pescado en cada una de las dos ocasiones que había estado dentro del cerco, esta vez les proporcionó una decepción porque por lo que marcaban los sonares antes del lance daba la impresión de que allí había veinte toneladas de pescado pero capturaron solo doce. Embarcaron también una importante cantidad de peces ballesta, bananas y llampugas que habían obrado la superchería, y después de devolver todos los peces ballesta vivos al mar y embarcar el saco de la red y la panga pusieron rumbo Norte hacia una boya de radiofrecuencia que venía de Occidente. La corriente bastante dura se había dejado sentir en aquel lance, afortunadamente para ellos no hubo ningún incidente. Navegaron el resto de la jornada sin encontrar otra cosa que una boya satelitaria en la que se podía leer “Belouga” unida a un viejo tronco de árbol justo al cruzar el Ecuador. Un sinnúmero de dorados, peces ballesta, bananas y demás especies habitualmente asociadas a objetos flotantes pululaban en un radio de cincuenta metros alrededor del putrefacto madero. No había túnidos bajo ella, pero de haberlos habido tampoco hubiera sido posible largar la red de cerco porque la diferencia de corrientes entre la capa superficial y la de ochenta metros era brutal, nada menos que tres nudos. Cambiaron el artilugio electrónico por uno propio y continuaron adelante, ya entregarían en puerto las boyas ajenas encontradas, como hacían siempre. El “Belouga”, un viejo cerquero que pintaba de verde y tenía una capacidad de carga de túnidos de cuatrocientas cincuenta toneladas, había ostentado pabellón francés hasta pocos años atrás en que fue adquirido por una compañía koreana que tenía su base en Ghana. Lo mismo que había sucedido con el “Mervent” y algunos más. A media tarde sucedió un hecho insólito por lo inusual por aquellos parajes. Casi de súbito levantó un fortísimo viento del Norte (doblemente insólito en el Golfo de Guinea) que obligó a Jon, cuyo barco navegaba con el viento casi de proa a reducir la velocidad al mínimo para poder asegurar la red y la panga con los cables de la maquinilla principal y los gruesos cabos de los chócker, porque de mantenerse durante muchas horas aquel viento infernal terminaría levantando olas de considerable tamaño que aunque inofensivas para el barco podrían ser fatales para los dos importantes elementos que alojaba sobre su popa. De hecho, la mar se había puesto blanca de espuma mientras que el cielo parecía de plomo viejo. Una vez trincado y arranchado todo no sin dificultad puesto que los sufridos marineros fueron zarandeados como peleles durante el tiempo que duró la maniobra, Jon aceleró el motor hasta las seiscientas revoluciones por minuto utilizando el mando neumático del interior del puente, las necesarias para alcanzar los diez nudos de velocidad que necesitaban para llegar a la siguiente boya al amanecer. Con calma y chicha el barco alcanzaba doce nudos y medio a aquél régimen de revoluciones. Por supuesto, Eustaquio y Javier habían cubierto los grandes binoculares con sus respectivas lonas mientras Jon supervisaba toda la maniobra de trincado. El silbido que producía el paso del viento entre la arboladura del barco era sobrecogedor mientras el barco avanzaba escupiendo espuma y rociones por todas partes, el balanceo del barco no era muy acusado aún porque no había dado tiempo a que se formaran grandes olas. El patrón del barco ordenó por teléfono interno que se presentara en el puente el marinero que tenía la primera guardia mientras sus acólitos no perdían de vista los radares en previsión de algún cruce con cualquier otro barco. Acto seguido y pese a que faltaba más de una hora para el ocaso encendió las luces de navegación y las de popa, la visibilidad se había reducido a una milla. La tormenta tropical que se había cernido sobre ellos llegó a su momento álgido mientras cenaban y los tripulantes hubieron de sujetar sus platos porque los pantocazos del atunero de cerco eran ya importantes. Después, mientras disfrutaban de la película el aborrecido viento amainó con la misma celeridad con la que había aparecido y dejó de escucharse el lúgubre sonido que había generado durante tres horas y media. Eso sí, las olas de dos metros que había formado continuaron zarandeándoles durante unas horas más. Antes de acostarse Jon redujo la velocidad ajustándola para llegar a la baliza que tenían en proa al amanecer, como hacía siempre que sobraba tiempo. ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]()
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Stemma Proderi In Primis Bermei Editado por TXELFI en 02-06-2020 a las 14:39. |
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SINGLADURA 30 (Miércoles)
La boya que estaba a ciento cincuenta y cinco millas al Sur de Abidján, “navegaba” a casi un nudo de velocidad al rumbo Este-Nordeste movida por la corriente Norecuatorial del Golfo de Guinea, de no echarle el guante lo más probable es que acabara en una playa de Ghana, Togo, Benín, Nigeria o Camerún, o en la cubierta de algún atunero coreano ya sea cerquero o cañero de los que hacen base en Ghana y pululan en sus aguas. El insólito itinerario protagonizado por la “boya viajera” de los aledaños de Santo Tomé de una semana antes se repite en muy contadas ocasiones. Pero nada de eso ocurrió porque albergaba pesca bajo él y después de largar el arte y embarcar treinta toneladas de pesca quedó a bordo para mejor ocasión. El contramaestre y sus muchachos hubieron de levantarse media hora antes de lo habitual para retirar todas las trincas que habían puesto la víspera por la tarde. Durante el virado de la jareta Koyo advirtió a Jon de que una de las numerosas antenas que había sobre el puente estaba rota, y mientras halaban el arte Jon ascendió al techo del puente de mando e inspeccionó con minuciosidad todo cuanto desde allí se veía. Efectivamente la antena de látigo de fibra de vidrio y resina de poliéster de nueve metros de longitud que correspondía al receptor de facscímil estaba partida en dos por el horrible ventarrón de la tarde anterior, no se apreciaba ninguna otra avería en la zona. Ironías de la vida, el aparato que se había quedado sin antena y que sirve para conocer la climatología reinante y la previsión del tiempo era precisamente el artilugio que los oficiales del “Apóstol Segundo” ni se molestaban en poner en marcha en aquel océano puesto que el tiempo era casi siempre tan bonancible que se consideraba supérfluo su uso. De hecho, ninguno de los barcos que faenaban en el área tuvo conocimiento de la llegada de aquella tormenta tropical que se originó de manera inopinada. Después el bermeano ascendió a la cofa y revisó las antenas, luces y demás elementos que había sobre ella y no observó avería alguna. Una vez embarcada la panga navegaron a buena marcha al rumbo Oeste-Noroeste para llegar a tiempo a la segunda baliza que distaba de la primera casi cien millas. Se trataba de llegar a una hora prudencial para en caso de tener pesca bajo ella poder largar el arte y terminar la maniobra antes de oscurecer, de esa manera ganarían toda la noche de navegación hacia aguas occidentales, al siguiente día era cuarto creciente y los cimarrones con toda probabilidad asomarían de nuevo, había que andar con tiento. Mientras navegaban, Jon desconectó la antena averiada y después de soltarla de su anclaje la bajó al alerón de babor, después enroscó bobinándolo fuertemente un hilo de nylón blanco de dos milímetros de grosor a lo largo de toda la zona rota comenzando y terminando por lo sano, es decir, aproximadamente un metro de longitud, lo que le llevó media hora. Había observado que aquella especie de tubo de fibra estaba roto igual a como lo hacen las cañas de bambú, con grietas longitudinales que si se colocan todas las tiras en su sitio y se ligan con fuerza con un cordel pueden durar cierto tiempo sin problemas. Cuando terminó la larga ligada el patrón ordenó al contramaestre que pintara el largo remiendo con generosidad y esmalte blanco, el color original de la antena. Otra media hora más y la antena se erguía de nuevo en su lugar original. -Total, para lo que sirve te ha quedado de puta madre- dijo Eustaquio cuando acabó -Es que la antena rota y caída como estaba hacía feo- se excusó Jon La verdad es que ardía en deseos de llegar a la siguiente baliza y necesitaba de cualquier actividad para tratar de abstraerse del ansia que le embargaba. De hecho el rubio bermeano utilizaba este sistema muy a menudo, al igual que la mayoría de sus colegas. Llegaron a la segunda boya que se encontraba a ciento diez millas casi al Sur de Sassandra a las cuatro de la tarde, con la corriente en contra y el barco bastante cargado como estaba solamente habían podido desarrollar una velocidad que no llegaba a los trece nudos en el trayecto a pesar de haber mantenido el motor propulsor a seiscientas sesenta revolucines por minuto. Bajo el objeto plantado amarrado a la boya había pesca de nuevo y sin siquiera arriar el bote rápido al agua largaron la red para no perder ni un segundo. El bote se arrió después de que el barco había completado el cerco, no era la primera vez que actuaban así cuando el tiempo apremiaba más de lo normal. Naturalmente también en ésta ocasión la boya con su objeto prefabricado quedaron a bordo del barco, la corriente en la zona era la misma que en el lugar del lance de la mañana. Capturaron veinticinco toneladas en ésta ocasión, y antes de que comenzara a oscurecer, a las seis y cuarto, habían izado la panga y navegaban de nuevo rumbo al Oeste hacia la siguiente baliza que se encontraba a doscientas millas a seiscientas sesenta vueltas. Jon esperaba llegar a ella a mediodía de la siguiente singladura, si antes no la encontraba cualquier otro atunero puesto que estaba situada cerca de donde se habían efectuado las capturas de “Yellow-finn” la Luna anterior. Por eso precisamente esa y no otra boya estaba en ésta ocasión en el punto de mira de Jon, es normal actuar así, al mismo tiempo de visitar una o varias balizas se explora la zona donde más probabilidades existen de encontrar cardúmenes de túnidos en superficie durante el día. ![]() ![]() ![]() ![]() ![]()
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SINGLADURA 31 (Jueves)
Acababan de dar la una de la madrugada cuando en su estado de duermevela Jon escuchó golpear la puerta de su camarote antes de ser abierta y acto seguido la voz angustiada de Javier: -¡Levántate Jon, hay un incendio en la sala de máquinas y no lo pueden apagar!- Lo que sintió en ese momento el rubio patrón bermeano es algo inenarrable por varios motivos. Por una parte una extraña serenidad invadió su ser, algo así como si hubiera estado esperando el envite, por otra parte y quizá consecuencia de lo primero, instantáneamente después de escuchar la alarmante noticia por boca de su fiel Javier supo que no había nada que hacer, la suerte está echada, <<Alea jacta est>> había dicho Julio César mientras cruzaba el río Rubicón, pero el río en el que trataba de navegar en aquellos instantes el “Apóstol Segundo” era infinitamente más ancho que aquél. Jon Somarriba, al tiempo que accionaba el interruptor de la luz del habitáculo decorado de laminado color crema, presintió en el acto que el desenlace de aquella alarma sería fatal como ya he dicho antes, y precisamente por eso se abstuvo de salir corriendo en calzoncillos, muy al contrario se puso rápidamente calcetines y un grueso chándal mientras sus dilatadas pupilas se acostumbraban a la luz eléctrica, a continuación se calzó unos zapatos ortopédicos que usaba para bajar a cenar al comedor, preparándose para una larga noche a la intemperie y un minuto después de la noticia estaba en el puente de mando anejo a su camarote. <<Los presentimientos, presentimientos son, nada definitivo>> pensó el patrón, había que intentar lo que fuese para tratar de salvar el barco. Se encontró con Eustaquio, Javier y Sabino, éste último linterna en mano. -He parado el barco, Jon, y también encendí todo el alumbrado exterior- saludó el oficial lekeitiano. -¿Qué sucede en la máquina?- preguntó Somarriba dirigiéndose a Sabino -Aquello es un infierno, no hay nada que hacer, no se puede bajar allí- dijo el jefe -Pues dispara la planta de CO2 y apaguemos el incendio- ordenó Jon -No es posible llegar al cuarto de CO2 porque el humo negro que invade todo es tan denso que hace imposible ver absolutamente nada en el parque de pesca. El que baje allí está condenado a muerte si intenta llegar al cuarto de CO2, porque está tan lejos de la escalera de bajada que a ciegas no podrá encontrar el camino para llegar allí y mucho menos regresar- soltó Sabino de un tirón, convencido de lo que decía. -Los equipos de respiración autónomos no sirven de nada, se podría respirar con ellos sin problema pero el tema no es ese, el humo es muy negro y muy denso ¡algo increíble!, el que baje al parque de pesca está perdido- advirtió Sabino -O sea que el barco está dotado como es preceptivo de una planta de extinción de incendios para la sala de máquinas, pero no se puede accionar porque el disparador está en un lugar inaccesible si el incendio es precisamente allí- dijo Jon -Efectivamente, ni más ni menos- corroboró Porriño -Pues parece mentira porque el barco ha sido diseñado por ingenieros, y los que lo han revisado hace poco durante la varada cuatrienal también- saltó Eustaquio con sorna -Si es así vamos a abandonar el barco, preparemos todo- ordenó Jon, después se dirigió al contramaestre que estaba en el umbral de la puerta de babor del puente -Koyo, vete a la panga con Ousmane y quitad la maniobra, después cortad con cuchillo el estrobo samson del aparejo real y finalmente disparad el gancho. Una vez la panga en el agua amarradla en el costado de babor, frente a la puerta de la habilitación- Incendiada la cámara de máquinas resultaba imposible poner en marcha el sistema hidraúlico para soltar de la panga el aparejo real que además de usarse para su izado se utiliza también como medida de seguridad para navegar de noche. Jon había ideado años atrás el estrobo de nylón samson de cincuenta milímetros engrilletado en cuádruple en previsión de cualquier eventualidad. Al mismo tiempo que daba la orden Somarriba accionó el pulsador rojo de alarma general tres veces, como cuando se ponían listos para largar, solamente que a la una de la noche todo aquel que escuchara aquel potente timbre sabría en el acto que ésta vez no se trataba de echar la red. Que algo grave estaba sucediendo en el barco sería evidente hasta incluso para el pobre “Tronco” en caso de encontrarse a bordo. Eustaquio había pulsado los grandes botones rojos de las paradas de emergencia del motor propulsor y de los ventiladores de la cámara de máquinas en cuanto se supo la noticia. -Voy a llamar al gerente para informarle de lo que pasa- dijo Jon Pero justo cuando marcaba el número del teléfono móvil de Isaac en el artilugio satelitario, la derrota quedó a oscuras y los teléfonos dejaron de funcionar. Se pusieron manos a la obra, el patrón ordenó a Javier que cogiera la baliza GPS de emergencia de su anclaje sobre el puente y la sujetara sobre el gancho disparador de la panga. A su vez el bermeano sacó una a una las doce boyas satelitarias nuevas que tenían en el balcón que había detrás del puente y ordenó a Koyo que con la ayuda de un par de marineros las transportaran también a la panga después de haberlas puesto en funcionamiento. Al sacar la última boya del balcón había basculado su cuerpo sobre la barandilla que contorneaba el receptáculo y sintió un dolor agudo en el costillar izquierdo, días después se verificó mediante rayos X que tenía tres costillas con fisuras. La densa y gran humareda negra como la pez manaba de la puerta de bajada al parque de pesca, de los respiraderos del palo y del embudo circunscrito en la gran escotilla situada en el centro de la cubierta superior. Las llamas aparecían con claridad a través de la puerta abierta de la chimenea, es decir, unos siete metros más arriba que la cámara de máquinas, aquello se había convertido sin ningún género de dudas en un infierno de llamas. Huelga añadir que dada la gran cantidad de combustible, aceites lubricantes e hidraúlicos, grasas, pinturas, disolventes y demás materiales de fácil combustión que albergaba el barco y con la agravante fundamental de la imposibilidad de acceder al cuarto del CO2 diseñado para que en caso de incendio importante en la cámara de máquinas y una vez desalojada de personal se cerraran las puertas de acceso a la misma y se descargara el contenido de las grandes bombonas mediante tuberías de acero instaladas a tal efecto, inundando de CO2 el recinto, lo cual originaba la extinción del incendio. Huelga añadir repito, que en este caso lo más sensato era abandonar el barco porque definitivamente no había nada que hacer. Lo incomprensible del asunto es que estando dotado el barco del sistema como es preceptivo, para su accionamiento se tuviese que personar un tripulante en el compartimento que alojaba la batería de bombonas para poder tirar del disparador, siendo que dicho compartimento estaba casi sobre la cámara de máquinas. La brisa que soplaba en esos momentos del Sur venía del costado de babor puesto que el barco había quedado al garete con su proa apuntando al Oeste, y se llevaba la enorme humareda hacia estribor, en la banda de babor se podía respirar con normalidad. El cocinero apareció en la cubierta de botes preguntando qué es lo que tenía que hacer y Jon le instó a que en colaboración con sus dos subordinados embarcaran en la panga el mayor número posible de agua embotellada y algunos alimentos ligeros como galletas por ejemplo. Julián repartió linternas a diestro y siniestro, Somarriba no le cogió ninguna pero Eustaquio sí, y con ella encendida en ristre se dirigió rápidamente hacia su camarote para rescatar lo que pudiese. El electricista cubano apareció con cara de haber estado completamente dormido un segundo antes. Puesto que no aparecía por parte alguna Lito había tenido que despertarlo a manotazos porque ni los timbrazos ni el jaleo reinante lo habían conseguido. Sabino como jefe de máquinas se preocupó de localizar a todo el personal a su cargo. Arriaron a bordo de la panga los dos contenedores que albergaban las balsas salvavidas hinchables que estaban en la banda de babor de la cubierta de botes y arrojaron al mar los dos de la banda de estribor, ya las recogerían después de abandonar el barco. Mientras arriaban a la panga las dos de babor Jon observó que casi todos los tripulantes africanos a excepción hecha de Koyo y alguno más estaban embarcados en la panga sin aviso previo, además se encontraban semidesnudos casi todos ellos. El primer pensamiento que le vino a su cabeza fue que aquellos hombres a medio vestir a la intemperie y de noche tendrían todos los números para pescar una pulmonía o algo por el estilo. El patrón subió rápidamente las escaleras que le separaban del alerón despotricando por los pinchazos que sentía en su costado izquierdo y se dirigió a su habitáculo. La habilitación del barco estaba a oscuras pero todo el alumbrado exterior permanecía encendido, por las numerosas ventanas del puente entraba bastante luz hasta el despacho del patrón que permanecía con la puerta abierta. Atrapó una linterna que tenía en el despacho y entrando en el camarote atrapó las dos maletas de viaje que tenía a bordo, la azul que usaba para viajar y la roja que se quedaba a bordo llena de ropa mientras disfrutaba de sus vacaciones, junto con un gran cajón de cartón. Las abrió y cogiendo de los cajones y armario metió en ellas todos los pantalones largos que tenía, así como sudaderas, camisas de mangas largas, chándales y jerséis, es decir, toda la ropa de abrigo que pudo recopilar. Acto seguido abrió el cajón de la mesilla de noche y retiró su cartera, la cartilla de navegación, la cartilla de vacunaciones y el pasaporte y los metió en una de las dos repletas maletas, después las cerró y cogiendo una en cada mano y con la linterna en la boca salió del camarote y atravesó el despacho, pero justo cuando pasaba ante el gran escritorio sobre el que descansaba su portátil se le encendió una luz roja en la cabeza. Dejó una maleta en el suelo y la linterna sobre el escritorio, después cogiendo el pendrive que había junto al ordenador se lo metió en un bolsillo del pantalón, cargó con las dos maletas de nuevo y saliendo del puente descendió a la cubierta de botes. Koyo se hizo cargo rápidamente de las dos valijas de su patrón y se encargó de que fueran embarcadas en la panga. En esos instantes Eustaquio y Sabino contaban por enésima vez los tripulantes embarcados en la panga a los que sumaban los pocos que estaban congregados en el punto de reunión sito en el centro de la cubierta de botes. Estaban visibles diecinueve a bordo de la panga, todos africanos excepto Lucio, y ocho a bordo del barco, los cinco oficiales además de Julián, Ismael y Koyo, total veintisiete, no faltaba nadie. Javier portaba tres walki-talkies en sus manos y Eustaquio una mochila y un maletín. -Bueno, vámonos ¿no? aquí ya no hay nada que hacer- apremió Eustaquio -Supongo que habrás pillado la documentación del barco y de toda la tripulación- -Lo tengo todo aquí en la mochila- respondió el Capi -Vámonos, abandonemos el barco- respondió Jon Descendieron por la escalera de acero mientras sonaban dos explosiones provenientes de la cámara de máquinas, pisaron la cubierta superior y pasaron al callejón de babor, justo frente a la panga. Un par de minutos después quedaban a bordo solamente el patrón y el capitán del barco. -Vamos, desembarca ya- dijo Somarriba -No, desembarca tú primero- respondió Eustaquio Jon captó al instante que el capi quería ser el último, como en las películas, y no se anduvo con bobadas, trepó a la regala del barco y descendió hasta poner ambos pies en la regala de la embarcación auxiliar que permanecía amarrada con dos cabos de nylón samson al costado del barco y con su motor desembragado ronroneando al ralentí. No le costó demasiado puesto que el barco estaba muy cargado y la diferencia de altura entre ambas embarcaciones no era tanta, Koyo le tendió una mano para evitar que cayera en un movimiento brusco de la panga. Lo primero que se fijó Somarriba al poner los pies en la cubierta fue la gran cantidad de víveres de diversa índole que ocupaban la mitad de la cubierta de la panga. -¿Pero qué coño es esto?- exclamó Jon estupefacto -Tú me has dicho que embarcáramos algunos víveres- se defendió Lass -¿Cuánto gasoil tenemos en el tanque?- preguntó el rubio al panguero -Está casi lleno patrón- respondió Ousmane La panga estaba dotada de un tanque de tres mil litros de combustible, suficiente para navegar dos singladuras a media máquina. Eustaquio soltó los dos gruesos cabos de amarre, después entregó la mochila y el maletín a Javier y abandonó el barco. Habían tardado no más de veinte minutos en recoger todo lo que consideraron necesario y se embarcaron en la panga con escrupuloso orden, sin histerias ni pataletas estériles. Pasaron lista una vez más para asegurarse de que estaban todos antes de dar avante para alejarse del barco y después Jon se puso al timón y embragó. El bermeano dirigió la embarcación auxiliar hacia la proa del barco y después giró a estribor pasando frente a la roda del atunero herido de muerte. -¡Koyo, vamos a embarcar las balsas salvavidas que están en el agua!- ordenó Una estaba casi en el mismo lugar donde había caído, es decir, a la altura de la cubierta de botes. Le pasaron uno de los cabos de amarre con un ahorcaperros y tras ímprobos esfuerzos consiguieron izarla a bordo de la panga. La otra flotaba a la altura de la chimenea y casi pegada al costado del barco, la sombra del mismo hacía difícil la visión, se veía a duras penas porque el contenedor que albergaba la balsa neumática estaba construida naturalmente de poliéster blanco, de ser un color oscuro no se vería. Se acercaron a ella despacio pero cuando la tenían a su lado se escucharon repentinamente tres potentes explosiones procedentes de la cámara de máquinas adyacente. -¡Vámonos de aquí antes de que explote el barco!- rogó Sabino nervioso -Será mejor que nos larguemos, no sabemos lo que puede suceder- dijo Jon Acto seguido embragó avante y giró a babor para dirigirse a la proa del barco de nuevo, después puso proa al viento siempre al ralentí, no era cuestión de derrochar ni una gota de gasoil, a buen seguro aparecería algún barco por allí en las próximas horas pero no descartaba navegar al rumbo Norte si el barco se hundía antes de que apareciera nadie. Sabía que estaban a ochenta millas al Sur de San Pedro, (Costa de Marfil), la panga alcanzaba nueve nudos a toda máquina, por lo tanto a velocidad de crucero de, pongamos siete nudos, y teniendo en cuenta las guiñadas en unas doce horas estarían en tierra. Cuando se separaban del barco observaron con asombro que una gran llamarada cárdena como si de un gigantesco soplete se tratara brotaba de uno de los tubos de escape de la gran chimenea. -Los motores auxiliares se deben haber quedado sin refrigeración- razonó Sabino -Se van a fundir- respondió Lito, con su sempiterno trapo en una mano y una linterna en la otra -Qué más da, se va a fundir todo- vomitó Jon con amargura -Manda cojones, las luces exteriores continúan encendidas, mientras que las del interior se han apagado a los pocos minutos, es curioso- dijo Julián No habían transcurrido ni dos minutos desde la observación hecha por el caldereta markinés cuando de súbito el barco se quedó a oscuras. Se quedó a oscuras en cuanto a alumbrado eléctrico se refiere, porque de la puerta de la chimenea salían ya las llamas con descaro y alumbraban la cubierta de popa de manera lúgubre. Estaba la panga con la tripulación del barco abandonado a una milla naútica aproximadamente cuando Jon desembragó la hélice y quedaron a la deriva al igual que su humeante nodriza. -Lo que no entiendo es cómo el cuarto de derrota ha quedado a oscuras y sin teléfono antes que nada- manifestó Javier -Yo tampoco- dijo Sabino -Los teléfonos funcionan a veinticuatro voltios al igual que las luces de emergencia obviamente. Mientras el barco tiene energía eléctrica en toda la red esos veinticuatro voltios vienen de unos rectificadores a tal efecto. Pero si falla la energía eléctrica principal por lo que sea, automáticamente el circuito de veinticuatro se alimenta de las baterías de emergencia, que no son pocas. Es inconcebible que las luces de emergencia de la habilitación, los teléfonos y la derrota en general fueran los primeros en quedarse sin energía. Se ha quedado a oscuras el interior del barco mucho antes que el exterior, me parece incomprensible, hay algo que ha fallado aquí, eso está claro- -Pues menos mal que el sistema ha sido diseñado y revisado hace meses por ingenieros- Volvió a la carga el capi -Tenemos que quedarnos aquí quietecitos hasta que venga alguien- dijo el patrón -Será la manera más fácil de que nos localicen- observó Javier -No es solamente eso, no debemos alejarnos del barco mientras siga a flote- aclaró el rubio -Si nos marchamos para tierra y da la casualidad de que se apaga el incendio, cualquiera que pase por aquí podría hacerse cargo del barco y reclamar después su propiedad como barco abandonado- Jon era Capitán de Pesca y en consecuencia algo de Derecho Marítimo había tenido que estudiar, no era el mismo caso que Eustaquio, ejercía de capitán pero su título no iba más allá del de Patrón de Cabotaje, sus estudios naúticos habían sido mucho más exiguos. Curiosamente Javier estaba en posesión del título de Patrón de pesca de Altura, superior al de Eustaquio, pero por antigüedad en aquel barco éste ostentaba un rango superior. -Tenemos encendida la radiobaliza amarrada al gancho disparador- dijo Javier -Y las doce boyas satelitarias que embarcamos en la panga están todas encendidas también. Lo he hecho adrede para que el patrón del macicero se dé cuenta de que algo raro sucede en cuanto mire la pantalla de las boyas- replicó Jon El bermeano puso sus dos maletas sobre el gran guardacalor plano hecho de chapa de aluminio y las abrió. Después repartió toda la ropa que contenía entre todos los africanos y finalmente metió sus documentos y cartera en la roja y ésta a su vez en la azul que era un poco más grande. Contemplaron como alucinados cómo las llamas habían salido ya de la puerta de la chimenea y avanzaban lentamente por la banda de estribor de la cubierta hacia proa, es decir, hacia la habilitación. A buen seguro se habían quemado los latiguillos de las maquinillas hidraúlicas que había en la zona y se había derramado el aceite avivando el incendio. La humareda se hacía cada vez más grande a medida que pasaba el tiempo. Murmullos de asombro brotaban de las gargantas de los tripulantes acongojados, hablaban en sordina, como temiendo pecar. ![]() ![]() ![]() ![]() ![]()
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Stemma Proderi In Primis Bermei Editado por TXELFI en 04-06-2020 a las 11:46. |
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