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#1
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Diamé dejó de reír y sacó de otro bolsillo un segundo sobre con los pases temporales para todos los marinos con validez de cinco días, aunque al siguiente día viajarían seguramente a sus respectivos países los no marfileños, excepción hecha de Israel, que tardaría un día más y Jaime que debía atender la recogida y entrega de la panga del cerquero naufragado en el varadero, amén de otras cuestiones como la inminente varada del “Urbero”, que tenía que planificar con el jefe de Carena, el varadero local.
Jon solicitó un microbús con chófer para las seis de la tarde para que les transportara al popular barrio de Treischville para realizar las compras necesarias. El bermeano firmó el recibo que le largó el marfileño y se metió los cuatrocientos mil francos CFA en el bolsillo de su tejano, después despidiéndose del empleado de la consignataria se acercaron a la larga mesa ocupada por todos los naúfragos excepto él y Eustaquio. Habían dejado una silla libre en el centro para el patrón justo enfrente de Koyo, el Inspector se sentó en uno de los dos extremos. Acababa de sentarse el rubio cuando su contramaestre le interpeló: -Patrón, tengo que decirte una cosa de parte de todos los tripulantes africanos- Todos los presentes guardaron un silencio sepulcral, solamente interrumpido por los murmullos procedentes de las mesas adyacentes, Jon frunció el ceño preocupado, <<¿Qué carajo habrá pasado ahora?>> pensó -Dime Koyo ¿Qué pasa ahora?- se notaba la preocupación en su rostro -Nada malo patrón, hemos estado hablando entre todos nosotros y queremos mostrarte nuestra gratitud por la forma en la que has sabido manejar el tema del abandono del barco y demás. Gracias a ti se ha hecho todo de una manera impecable y nadie ha sufrido daño alguno. Solamente se ha accidentado Daniel pero no ha sido culpa tuya, si no de los que nos han arriado una escala podrida. Incluso el detalle de la boza de la panga que fue ideado por ti en mi primera marea como contramaestre y en lo cual yo personalmente no creí, nos ha servido para no tener que pasar la noche en las balsas. Estamos orgullosos de que seas nuestro patrón y queremos que lo sepas, aparte de que nos gustaría que continuaras siéndolo- terminó su discurso Koyo A Jon se le había hecho un nudo en la garganta desde las primeras palabras de su contramaestre y tardó en reaccionar. Hizo un esfuerzo infrahumano para no derramar una lágrima, tanto que su rostro se contrajo en una mueca horrible de sufrimiento y agradecimiento a la vez, infinito. Lito estaba sentado a su izquierda y le dijo dándole suavemente con el codo: -Koyo tiene razón, es de admirar la serenidad y temple que has tenido- -Sí señor, al César lo que es del César- ratificó Sabino desde su derecha En parecidos términos se expresaron el resto de los allí reunidos. Jon estaba medio aturdido. Jaime tenía una sonrisa dibujada en sus labios, congeniaba bastante con el rubio desde la primera vez que se trataron. Había dicho a su tío, el propietario de la compañía, y a sus primos que en sus tiempos de camarero el rubio patrón bermeano le había tratado siempre con la mayor corrección, al igual que el resto de los oficiales del barco en general. No decía lo mismo de sus ex compañeros de fatigas de rango similar al suyo, que durante su estancia en aquel atunero ahora desaparecido le obsequiaron con un sinnúmero de epítetos y pullas desde que se enteraron de que el camarero del barco era sobrino del propietario del mismo. -Gracias a todos y parad de una vez si no queréis verme llorar- consiguió articular entrecortadamente el agasajado -Os habéis comportado de una manera ordenada, como adultos que sois, y ha sido fácil guiaros dada la gravedad de la situación, aparte de que disponía de varios ayudantes inmejorables, así es que basta de lisonjas y comamos- quiso terminar Jon -Bonne apetit- dijo Koyo -Buen provecho a todo el mundo- repitió el resto a coro El patrón abrió el sobre con los pases y buscó el suyo, después entregó a los más próximos el blanco papel firmado y sellado en el cuartel de la policía portuaria y entregó el resto al contramaestre para que los repartiera después del almuerzo a sus respectivos titulares. Les fue servido un buen almuerzo en un ambiente ameno, justo a los postres Jaime le pasó su teléfono móvil a Jon con una llamada. Se trataba de José Alosno que quería saludarle y de paso interesarse por su estado, asimismo pidió disculpas por no acudir a recibirles en puerto. A continuación llamó Emma para informar a Jon de que Daniel tenía dos costillas con fisura y un fuerte golpe en la rodilla pero nada roto, se trataba solamente del golpe, nada grave según las pruebas médicas a las que había sido sometido en una clínica de propietarios y responsables libaneses de prestigio. Asimismo le comunicó la confirmación de los pasajes para el día siguiente. Después del almuerzo y de los cafés la mayoría de los náufragos subieron a sus respectivas habitaciones a descansar, algunos se fueron de paseo y los nativos a sus respectivos hogares. La noticia de la pérdida del “Apóstol Segundo” corrió más raudo que un reguero de pólvora encendida, por toda la capital de Costa de Marfil y parte de Ghana. A las cinco y media Jon se duchó y a continuación sentándose en la mesa de su habitación continuó con su escritura: Todo lo narrado por mi persona se ajusta exactamente a la verdad de lo ocurrido. En justificación de lo anteriormente expuesto ofrezco información testifical al efecto de los testigos que presento en este acto, D. Eustaquio Arqueros Paz, D. Javier Goiricelaia Soto, y D. Sabino Porriño Pando, tres de los Oficiales del buque de mi mando. Por todo ello, en cumplimiento a lo dispuesto en los artículos 624 del Código de Comercio y 2.173 de la Ley de Enjuiciamiento Civil: DECLARO: Que los hechos aquí consignados han sido debidos a causas fortuitas o de fuerza mayor , sin que haya existido culpa ni negligencia por mi parte ni por la del personal a mi mando, de lo cual doy fe, por lo que: Formulo solemne Protesta contra armadores, aseguradores y contra todo aquel que proceda en Derecho, con expresa reserva de ratificarla, ampliarla y o modificarla en su día si fuere preciso, por lo tanto: SUPLICO al Juzgado se sirva admitir a trámite este escrito, testimoniando la práctica de la información testifical ofrecida, acordando se libren y entreguen al promovente, testimonio triplicado de este escrito y de la providencia que en el expediente recaiga, por ser de Justicia que pido en Abidján a las … Horas del Día ... de Abril de 2008 OTROSI DIGO: Que por ser estas diligencias de carácter urgente al tener que repatriar a la totalidad de la dotación del barco naufragado, incluída mi persona, al Juzgado suplico se sirva practicarlas por sí mismo sin sujetarlas a reparto. SEGUNDO OTROSI: A los efectos de notificación y entrega de los testimonios interesados y cualesquiera otros trámites, designo como domicilio en este puerto el del consignatario del citado buque Dña. Emmanuela Arrizabalaga Larrauri, directora adjunta de la compañía consignataria SOGEM cuyo domicilio social es Grand Port de Péche BP 7059 Abidján (Cóte D´Ivoire), suplicando asimismo al Juzgado tenga por hecha esta designación a los efectos del artículo 264 de la Ley de Enjuiciamiento Civil. Firmado: Jon Somarriba Zarra Sobre las seis de la tarde había terminado el trabajo, metió los folios en su maleta y con el sobre con el dinero, el pasaporte, el pase y la tarjeta de la puerta de su habitación en sus bolsillos se encaminó a la puerta de la habitación de Javier contigua a la suya y la golpeó con los nudillos: -¿Quién es?- respondió el lekeitiano en el acto -Soy yo- Javier abrió la puerta al mismo tiempo que enfrente Sabino hacía otro tanto -Buenas tardes, tenemos que marcharnos de compras muchachos, antes de que cierren las tiendas- sugirió Jon -Te estábamos esperando- respondió Javier -Pensábamos que dormías- -¿Durmiendo yo? ¿Y quién escribe la protesta?, la tengo terminada- -Eres la hostia- respondió Sabino -Podías haberla hecho mañana- -Déjate de leches, cuanto antes terminar estas cosas mejor- dijo el rubio Apareció Julián que había oído sus voces y éste a su vez llamó a Israel. Lito y Lucio estaban abajo en el bar según Porriño. Cuando descendieron se encontraron con ambos gallegos que estaban acompañados de Koyo, con sendos vasos ante sí que contenían restos de un refresco de cola, trozos de limón y de cubitos de hielo. Después de los saludos el patrón interpeló a su contramaestre: -Oye Koyo, quiero que me digas la verdad, por favor. No creo que ningún tripulante africano se quedara sin ropa, porque excepto tú fueron los primeros en abandonar el barco con sus equipajes, corrígeme si me equivoco- -Es cierto patrón, ninguno hemos quedado sin ropa. La mayoría hemos olvidado en el barco cosas pequeñas pero nada de importancia- Jon sacó de un bolsillo el sobre con el dinero y después de contar entregó un fajo al ghanés diciéndole: -Toma cien mil francos, quiero que entregues cinco mil a cada uno de los africanos, tú incluído, para que no tengáis que rascaros el bolsillo cuando toméis un refresco o lo que sea entre hoy y mañana- -Gracias patrón, tendré que empezar a localizarles uno a uno- dijo Koyo -A los que se han marchado a casa les darás mañana, para que no haya malos rollos. Todos tus compañeros tienen teléfono móvil, ya lo sabes, así es que te costará poco contactar con ellos, la telefonía es muy barata aquí. Cuando les digas que es para entregarles cinco lechugas a cada uno aparecerán enseguida- dijo risueño el bermeano -De acuerdo, no te preocupes, así lo haré- y el contramaestre se despidió Hacía cinco minutos que Antoine, uno de los chóferes de la SOGEM les estaba esperando cumpliendo órdenes de Diamé. Se trataba de un nativo de unos treinta y cinco años, mediana estatura y mandíbula inferior prominente. Era bastante simple de espíritu el hombre, eso unido a que solamente hablaba una docena de palabras en español y a que debido a su timidez, si se le apremiaba se atascaba de tal manera que de su boca no salía palabra, a veces parecía tonto. Pero nada más lejos de la realidad, por ejemplo, sabía conducir cualquier vehículo con rapidez y sorprendente solvencia como pocos, en el caótico y abundante tráfico de Abidján. Se acomodaron en uno de los dos microbuses de color blanco en cuyos laterales se podía leer en grandes letras azules “SOGEM”, que les habían llevado al hotel por la mañana. De copiloto se sentaba Jon, en el segundo asiento Sabino y Lito, en el tercero Israel y Javier y en el cuarto Julián y Lucio. El vehículo de doce plazas ocupado solamente por ocho personas resultaba bastante cómodo. Somarriba indicó con su mal francés a Antoine que les llevara a Treischville para comprar ropa, y el nativo comprendió con rapidez, veinte minutos después detenía el vehículo en una calle del popular barrio marfileño atestada de tiendas de todo tipo surtidas de toda suerte de ropa, calzados, complementos, productos de aseo, menáge y pequeños electrodomésticos. La calle entera parecía la meca del comprador de bajo poder adquisitivo. Una hora después se instalaban de nuevo en el Mitsubishi con unas bolsas de plástico en sus manos. Jon parecía otro, vestía unos jeans y una gruesa camisa a juego, ambos de la mítica firma americana Levi´s, no hacía nada de calor aquel día, y una vez anochecido menos. Había adquirido además una camiseta, un par de calzoncillos, dos pares de calcetines, una maquinilla de afeitar desechable y cepillo y pasta de dientes. La vestimenta con la que había entrado en la tienda de turno yacía ahora en una bolsa de plexiglás pendiente de su mano. Sus compañeros de fatigas habían adquirido a su vez variadas prendas, no así calzado ninguno de ellos porque hubieran necesitado el doble de dinero del que disponían, se conformaron con el que guardaban en su maleta, en el caso de Jon con el que calzaba desde el abandono del barco, unos modernos y nuevos zapatos ortopédicos de color azul oscuro como los que utiliza numeroso personal sanitario por sus cualidades. Estaban especialmente diseñados para personas que por razones de trabajo tienen que permanecer muchas horas de pie. -Patrón ¿A dónde vamos?- preguntó el chófer -Al hotel, Antoine- respondió el otro deslizándole un billete de mil -¿No vamos a tomar una vitamina por ahí primero?- sugirió Lito -Será mejor que lo tomemos allí, son las ocho, estarán cenando ya- replicó Jon -¡Vaya carallo que leva aquel can!- exclamó Lucio cabreado, siempre tenía sed Jon no lo hacía para fastidiar, temía a sus hombres tanto como a sí mismo. Venían de padecer una situación muy jodida y podían fácilmente caer en la tentación de liarse, porque la mayoría de ellos tenía dinero en sus bolsillos de las “sobras” de la anterior estancia en puerto. Julián e Israel no dijeron ésta boca es mía, pero Sabino apoyó las palabras de Jon. -Tomaremos un reconstituyente en el bar del hotel antes de cenar- dijo éste último -Mejor así, no me jodáis con vuestras historias. No tengo ganas de quedarme sin cenar como ayer- manifestó Porriño -Después de que me dejéis frente a la puerta del Ivoire Star podéis iros a donde os dé la real gana- añadió ceñudo el maquinista -A sus órdenes- berreó con sorna Lito mientras pensaba para sí <<Aguafiestas>>. Poco después estaban todos de tertulia con sus correspondientes vasos de combinados delante, en el bar del hotel rodeados de bolsas de plástico y acompañados de Jaime. Se les acercó un camarero preguntándoles si no querían cenar. Ante su respuesta afirmativa volvió a preguntar, ésta vez a qué esperaban. Subieron rápidamente a sus habitaciones para depositar allí sus bolsas e inmediatamente descendieron al gran comedor, los tripulantes senegaleses no se presentaron a cenar ninguno. -¡Claro!, les has dado cinco mil leandras a cada uno, y con eso los africanos son capaces de hacer encajes de bolillos. Se habrán ido a comer cuscús- soltó Lito -Pero es absurdo- dijo Jon -Podían comer bien aquí gratis y gastarse sus cinco mil en otras cosas- -Nunca entenderás a los colacaos por muchos años que hagas aquí- respondió el marinense -Esos individuos son así, les gusta ir a su bola- -No sé, quizá tengas razón. Ellos piensan diferente a mí, eso está claro- aceptó Jon Cenaron en buena armonía poco más de la mitad de la dotación acompañados de Jaime, después los tripulantes africanos se marcharon a la calle los primeros y los gallegos a continuación acompañados de Israel. Quedaron Solamente Jon, Sabino, Javier, Julián y Jaime en el bar del hotel. Tomaron un reconstituyente durante la animada charla que sostuvieron durante más de media hora y después se retiraron a sus respectivas habitaciones. Jon estuvo acostado con las manos bajo la nuca viendo la televisión hasta las doce de la noche, se visionaban dos canales españoles vía satélite, al igual que en todos los buenos hoteles de aquél país. Cuando a medianoche se le comenzaron a cerrar los párpados apagó la tele y veinte minutos después estaba dormido.
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Stemma Proderi In Primis Bermei Editado por TXELFI en 09-06-2020 a las 17:18. |
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#2
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A la mañana siguiente estaban desayunando cuando Amidou y Bongo se presentaron ante los náufragos para saludarles, en especial al patrón claro está, después de una breve charla se marcharon por donde habían venido.
A las nueve Jon llamó a Emma con el móvil de Jaime para solicitar un coche con chófer. Media hora después montaban en una berlina Jon, Javier, Sabino y Lito y se dirigieron a la oficina de la SOGEM con Antoine al volante. Una vez allí la consignataria catalana entregó al patrón una copia mecanografiada de su Protesta y le informó también de que Eustaquio estaría allí a mediodía, no antes. -Envía éstos papeles por correo a mi oficina cuanto antes, por favor. Necesito la aprobación del abogado de la asociación antes de presentar la Protesta en la Embajada- pidió Jon a Emma -Ahora mismo los escaneo y los envío. En quince minutos está hecho- aseguró Emma -Quisiera llamar por teléfono al gerente- pidió el bermeano Ella marcó un número de teléfono en el dial y después entregó el aparato a Jon -Sí, ¿quién es?- sonó la voz de Isaac -Buenos días, soy yo ¿Me escuchas?- -¡Hombre!, buenos días Jon ¿cómo estás?- -Un poco tarde para preguntar eso ¿no crees?, hace más de veinticuatro horas que hemos desembarcado- dijo suave pero firmemente Somarriba -¡Ya estamos!, ayer ha sido un día caótico para todos, por razones obvias- se excusó el otro -Caótico sobre todo para mi gente y para mí, pero qué más da, no te he llamado para eso. Te llamo para decirte que ahora mismo Emma está enviándoos la Protesta que redacté ayer. Supongo que harás que la revise el abogado de la asociación por si hubiese alguna metedura de pata. Una vez leída, si todo está bien me llamas aquí en el acto, estaré toda la mañana en la SOGEM, pero necesito respuesta antes de mediodía para poder presentarla en la Embajada- -Está bien, en cuanto la reciba se la enviaré de inmediato a Berasaluze para que la estudie y en cuanto tenga respuesta te lo comunicaré- Paco Berasaluze era el abogado asesor de la asociación de armadores de atuneros congeladores, un verdadero genio en su puesto, según los armadores -De acuerdo, estaré esperando. Hasta luego- -Hasta luego- Una hora después no había respuesta, y los dos maquinistas aburridos a más no poder se marcharon a pasear por el muelle. El bermeano y el lekeitiano ojearon y releyeron todos los ejemplares de la revista MAR que había en aquella oficina que no eran pocos, mientras charlaban con Emma y Óscar. A las doce continuaban sin saber nada y Jon solicitó hablar con su esposa para confirmarle que volaría a su casa aquella noche y que por lo tanto llegaría a Loiu a media mañana del día siguiente. Estaba charlando con ella cuando Eustaquio hizo acto de presencia en la estancia transportando sus dos valijas y saludando a todo el mundo. Venía acompañado de Sabino y Lito que le habían visto desembarcar en el muelle frente a la consignataria. Después de los saludos el capi les explicó con todo lujo de detalles de qué manera se había hundido el barco en el que habían trabajado, en esencia se hundió primero la popa, quedando el barco casi vertical, proa al cielo, después se ladeó un poco para finalmente deslizarse hacia el abismo en pocos minutos. Ni siquiera quedaron restos flotando en la zona, todo aquello que había contenido el barco y que no era metálico había sido convertido en cenizas y humo. Ahora, lo que quedaba del “Apóstol Segundo” descansaba a más de tres mil metros de profundidad. El fango y los sedimentos posados a lo largo de los milenios habían servido de improvisada y lúgubre sepultura al otrora cerquero azul y blanco que a partir de entonces pasaría a ser formidable morada caída del cielo para numerosos seres que pueblan las profundidades abisales, donde reina la perpetua oscuridad más absoluta. Todos los presentes escucharon su relato sobrecogidos, sobre todo sus cuatro compañeros de fatigas, nunca mejor dicho. Gabrielle irrumpió en la estancia de repente y se abalanzó sobre el cuello de Eustaquio entre sollozos. -¿Qué haces tú aquí?- preguntó el capi tratando de zafarse de ella -He venido a verte- respondió la nativa de manera entrecortada -Pero ¿quién te ha avisado?- Eustaquio tenía cara de mosqueo Ella desvió la mirada hacia Emma, delatándola sin querer -Ah, ya entiendo, no sé cómo no lo he adivinado, sabiendo como sé que sois comadres- La joven y agraciada esposa del capi se desentendió de él avergonzada, como si hubiera pecado, siendo así que había sido al revés, y saludó a todos los presentes con sendos besos en las mejillas. -Tenía que decírselo, Eustaquio, entiéndelo- se justificó Emma -Sí pero no debías haberte dado tanta prisa- -Si la llamo más tarde te hubieras presentado en casa y a ella podía darle un infarto- -¿Y los niños?- preguntó el recién llegado dirigiéndose a su esposa -Están en casa con la criada- respondió con sumisión la joven madre -Emma, llama a nuestra oficina por favor, son la una- pidió Jon Al minuto siguiente tenía a Isaac al otro lado del aparato -¿Se puede saber qué es lo que pasa con la Protesta?- interpeló Jon agrio -Pues pasa que Berasaluze está ilocalizable, parece que se lo haya tragado la Tierra- -Santa Madre de Dios ¿Y no hay ningún otro abogado experto en éstos temas por ahí?- -Los habrá, pero tiene que ser él el que dé el visto bueno a tus papeles, no quiero líos- -De acuerdo, pero esos papeles no van a ingresar hoy en la Embajada porque en menos de una hora se cierra. Aparte de eso, ésta noche me largo a mi casa, así es que no seré yo quien los presente mañana, porque ¿Ese individuo aparecerá antes de mañana, no?- -No lo sé, supongo que sí. De todas formas que Eustaquio presente mañana la dichosa Protesta en la Embajada y sanseacabó. La ha leído Bermeosolo y dice que está todo bien, bajo su punto de vista, así es que no debe de haber pegas- -No debería haber pegas si se presenta dentro de las veinticuatro horas, es decir hoy. Eso es lo que exige la Ley, otra cosa es que la Embajadora rubrique que la ha recibido hoy aunque lo haga mañana- -No te preocupes, no va a pasar nada- -De acuerdo, voy a poner a Eustaquio al corriente de todo, adiós- -Hasta luego- Jon no las tenía todas consigo, tenía mucho respeto por los temas concernientes a la Ley. Por otra parte, había escuchado en infinidad de ocasiones aquella maldita frase de <<No te preocupes>> de labios de aquel personaje, y en demasiadas ocasiones hubo motivo de preocupación a posteriori. -Muchachos, vámonos a comer al hotel- anunció el bermeano -Me voy con vosotros- respondió el capi -Tienes esposa e hijos aquí Eustaquio, ¿Porqué no te vas a tu casa y vienes después?- Sugirió el bermeano -No, prefiero comer con vosotros y así me pongo al corriente de todo- -Como quieras- respondió Jon mirando de reojo un mohín de disgusto en el bello rostro de Gabrielle -A las siete pasará a recogeros Diamé para llevaros al aeropuerto, estad preparados- informó la consignataria a los naúfragos -De acuerdo Emma, dame tres besos, al estilo gabacho- dijo riendo Jon Se despidieron todos de ella excepto el capi, el resto de tripulantes ignoraban cuándo volverían a verla. A la una y media entraban en el hotel Ivoire Star y de inmediato se sentaban alrededor de la que ya consideraban su mesa. Eustaquio se había negado a que su joven esposa les acompañara durante el almuerzo y ésta se marchó a casa de vuelta, transportada por Emma en su coche y acompañada por el maletín de su esposo, la mochila se había quedado con él. La conversación durante la comida recayó cómo no en el incendio, el abandono del buque, la estancia en el “Captain Saieski” y finalmente el hundimiento del “Apóstol Segundo”. Nada más comer los senegaleses subieron por sus equipajes y a continuación se despidieron del resto de tripulantes. Antoine les esperaba en recepción, había dejado el microbús frente a la puerta del hotel. -Hay que buscar barco rápidamente patrón, tenemos que pescar, si no pescar nosotros y nuestros bambinos no comer- se despidió Abdou, el batelero, sentía verdadera adoración por el rubio patrón bermeano y no lo ocultaba. La mayoría de los africanos occidentales llaman bambinos a los niños, siendo así que Italia está tan lejos. -Lo más pronto posible Abdou, buenas vacaciones- respondió Jon dando un abrazo al senegalés, al resto les estrechó la diestra Los europeos quedaron de tertulia hasta las seis, a esa hora los tripulantes marcharon a sus habitaciones para asearse y vestirse para el viaje. Eustaquio marchó a su casa en taxi, mientras Jaime se dirigía también a su habitación, estaba anocheciendo en la capital de Costa de Marfil. Jon se dió uno de aquellos baños que tanto le gustaban, en la blanca bañera que le hizo recordar la que había comprado para su camarote y que tan poco le duró. Solamente la había utilizado una docena de veces para bañarse, el resto de los días se había limitado a una ducha. <<Qué mala suerte ¡maldita sea!, cuando ya tenía el barco casi a mi gusto se me chamusca>> pensó Somarriba cerrando los ojos, no podía quitarse de su atormentada cabeza la pérdida del barco por el que tanto había luchado a lo largo de doce años. A las seis y media se incorporó y abriendo los grifos de la ducha se desprendió concienzudamente de todo el jabón, después se secó y se peinó. Cuando salió del amplio cuarto de baño la habitación estaba casi a oscuras, solo tenuemente iluminada por la luz artificial que atravesaba las gruesas cortinas del gran ventanal que daba a la avenida. Se había hecho completamente de noche. El bermeano encendió las luces y a continuación se calzó el segundo calzoncillo y el segundo par de calcetines que adquiriera la víspera, se puso la camiseta que no había sido estrenada aún, el pantalón tejano y la camisa del mismo tejido sobre la camiseta. Finalmente se calzó sus zapatos ortopédicos después de limpiarlos con una esponja a tal efecto que había encontrado en el cajón de la mesilla de noche la víspera, y metió en los bolsillos la cartera, pasaporte, cartilla de navegación y de vacunaciones, y cómo no, el pendrive en el que guardaba lo que había escrito de su libro. Atrapó la maleta con una mano y la tarjeta-llave de la habitación en la otra, y tras apagar el televisor y cerrar la puerta embarcó en el ascensor y descendió a recepción. Allí se encontró con Jaime, Sabino y Lito, se unió a ellos y finiquitaron su estancia en el establecimiento hostelero firmando los albaranes pertinentes y entregando las llaves. Justo entonces aparecieron Javier, Lucio, Julián e Israel, los tres primeros firmaron sus papeles correspondientes, pero el cubano volaba al día siguiente, así es que ni firmó ni entregó llave alguna al igual que el inspector, éste último regresaría a su Galicia natal dos días después. Koyo entró con paso rápido en la estancia, venía a despedir a los que marchaban. -Buenas tardes- saludó a todos en general -¿Cómo están las cosas por casa?- preguntó Jon -Está todo bien patrón, gracias, espero que vosotros encontréis también lo mismo- Diamé hizo acto de presencia dando las buenas tardes y se unió al grupo, había aparcado un microbús frente a la puerta del establecimiento, como de costumbre. Jon abrazó a Koyo, a Israel y a Jaime por este orden y salieron del hotel. Dos minutos después se ponían en movimiento con el patrón de copiloto como es costumbre allí. Tardaron treinta minutos en arribar al aeropuerto Félix Houphouet Boigny, que a aquellas horas como cada día estaba bastante animado por gentes heterogéneas que iban y venían. Se notaba el ambiente desde el exterior del vetusto aeropuerto, pero una vez en el interior se respiraba más que ambiente, era casi un gentío lo que se movía allí. Se apearon del microbús de la SOGEM y esperaron con sus maletas en el suelo a que el nativo aparcara el vehículo en el aparcamiento que hay a cincuenta metros de la fachada. Estaba terminantemente prohibido estacionar frente al edificio, y mientras el microbús se ponía en movimiento los pescadores encendieron cigarrillos al tiempo que un nutrido grupo de africanos, chavales en su mayoría, les acosaban con sus típicos ofrecimientos de transporte de maletas a cambio de unas monedas. Los naúfragos se lo tomaron con resignación, qué remedio quedaba, se hartaron de decir que no, en tanto que no perdían de vista a sus bagajes. Minutos después Diamé hizo acto de presencia y mandó al carajo a los moscardones de dos patas, después mostró los documentos de los tripulantes junto con los billetes electrónicos a uno de los dos policías armados de pistola reglamentaria sobre una cadera y porra sobre la otra que estaban en la entrada del recinto, y accedieron al interior. Los ex tripulantes del extinto “Apóstol Segundo” se pusieron en una de las largas colas que había frente a los mostradores de facturación de equipajes y Diamé se colocó junto al mostrador con los pasaportes, cartillas de vacunación y billetes de todos los marinos en su diestra, tocaba esperar pacientemente. Las tres cuartas partes de los viajeros que se movían en el interior del edificio eran de color, pero se veían bastantes europeos, franceses en su mayoría que regresaban a su país en el mismo vuelo que los pescadores. Pero por haber, en aquél aeropuerto había de todo, se veía incluso alguna que otra persona de facciones asiáticas. Costa de Marfil es uno de los estados africanos más cosmopolitas y por ende el aeropuerto de Abidján. -Vaya un gentío hay aquí- dijo Jon por decir algo -Como de costumbre, aquí siempre está igual- respondió Lucio -¿Porqué habrá siempre tanta gente en éste lugar?- preguntó Lito -Yo creo que este aeropuerto es pequeño para el volumen de pasajeros que tiene- intervino en la conversación Javier -Pues yo pienso que esto está mal organizado- soltó Sabino ceñudo -A mí lo que más me jode es el olor a humanidad que hay- dijo despectivo Julián -Bueno hombre, no seas quejica, dentro de dieciséis horas estarás en tu casa- arguyó Jon -Eso espero- respondió el markinés muy serio Tardaron veinte minutos en llegar al mostrador, Jon echó su maleta semivacía sobre la cinta transportadora que contiene una báscula, las dos maletas, una dentro de la otra junto con el chándal sucio, y uno de los walkie-talkies usados en el rescate que el bermeano se había quedado de recuerdo, solamente pesaron siete kilos. La baliza satelitaria de salvamento había quedado en poder de Jaime, que la llevaría a la oficina, aunque el artilugio en sí ya no servía para nada. Con las tarjetas de embarque en su poder se despidieron de Diamé con agrado, el bermeano le largó un billete de dos mil CFA que el otro agradeció con una sonrisa. Cruzaron hasta el extremo izquierdo de la planta baja y ascendieron hasta la primera a través de una larga escalinata, al final de la cual se proveyeron de unas cartulinas blancas que había que rellenar para entregarlas en la cabina de control de pasaportes antes de acceder a la sala de espera. Los demás pasajeros tardaban bastante en cumplimentar el requisito, los agentes miraban casi con lupa los pasaportes y las cartulinas de marras. Introducían los datos en un ordenador y cotejaban los resultados en el monitor del mismo con parsimonia, como de costumbre, evidentemente no tenían ninguna prisa. Había solo dos cabinas y frente a ambas se había formado una nutrida cola, también como de costumbre -Enseñad la cartilla de navegación junto con el pasaporte- sugirió Jon a sus compañeros -De lo contrario no nos dará tiempo ni a tomar una birra antes de embarcar- remachó -A miña está dentro da maleta que facturéin- respondió Lito -Es bueno llevarla consigo siempre que se viaja al extranjero- apoyó Sabino -Y si se tienen títulos naúticos también. Ya veréis que a los que aportamos nuestra cartilla nos despachan mucho antes- -El año pasado en Casablanca estaban cacheando a todo quisqui antes de acceder a la sala de embarque- recordó el rubio -Del cacheo se encargaban dos agentes con bigote y unas jetas que parecían sacadas de la peli “El expreso de medianoche”. Yo llevaba los bolsillos llenos de bisutería para los pertinentes regalos a toda la tropa femenina que me esperaba en casa, esa vez no sé por qué motivo no los llevaba en la maleta facturada. De repente recordé que tenía algún collar y brazalete de marfil entre otras cosas en mis bolsillos y que me podía meter en un lío si aquellos dos uniformados se lo proponían. Lo mejor que me podía pasar es que aquellos simpáticos agentes me confiscaran todo, pero a lo peor me denunciaban y me caía una multa gorda o algo peor. Por cierto, en aquella ocasión viajaba completamente solo. El caballero trajeado que estaba ante mí en la cola extrajo de su bolsillo una billetera que contenía tres mil euros. Cuando uno de los policías le espetó que a dónde iba con tanto dinero encima, el sorprendido viajero le respondió que no era tanto. <<¿Que no es tanto?>> respondió el del bigote fulminándole con una mirada glacial. Estuvo taladrando con sus negros ojos al viajero durante varios segundos que a mí se me hicieron eternos, así es que al que estaba ante mí, me lo imagino. Mientras me mantenía tras el trajeado saqué del bolsillo del pantalón mi cartilla y cuando medio minuto después dejaron pasar a mi antecesor se la planté ante el agente más cercano largándole en francés: <<Je suis marine>> (1) El individuo echó un paso atrás y me indicó muy serio con la mano que pasara, para acto seguido espetar a su compañero <<C´ets marine>> (2) mientras se ponía firmes como un palo. El otro bigotudo le imitó al instante con marcialidad dando un paso atrás y cediéndome el paso. (1) Soy marino, en francés (2) Es marine, en francés Os juro que pasé entre los dos uniformados tiesos como un huso preguntándome qué coño había sucedido allí. No me había rehecho aún de mi sorpresa cuando me di cuenta del gazapo mientras me sentaba en un banco, y estuve a punto de soltar una carcajada. El asunto es simple, en francés marino y marine se pronuncian igual. Supongo que sabéis que en Marruecos hay una base naval norteamericana atestada de marines, aquel agente ante mi determinación y en vista de la cartilla azul con la foto en la portada creyó que era uno de ellos y se puso firmes, el otro simplemente le imitó- Entre las risas de sus compañeros preguntó Lito: -¿Y qué coño estabas haciendo tú en Casablanca?- -Tuve un plácido vuelo Abidján, Dakar, Villacisneros, Casablanca, Sevilla, Madrid, Bilbao. Ya sé que parece una broma pero es rigurosamente cierto. En aquella ocasión me dijo Alicia que lo cogía o tenía que quedarme en Abidján dos días más, no había otra combinación posible. Y como quiera que estaba cuatro meses y una semana fuera de casa no me apetecía para nada pasarme dos días más aquí- aclaró Jon Y con la misma se puso ante la ventanilla de una de las dos cabinas presidida por una oronda agente de rostro agradable y dotada de unos senos de considerable tamaño. El bermeano puso en sus manos sus documentos y ella ojeó las fotos de la cartilla y el pasaporte y los comparó con el rostro de su propietario. -¿Marinero español?- preguntó ella con una sonrisa, en español -Pescador de atún- respondió el otro escuetamente -¿Habéis pescado mucho?- continuó la simpática mujer uniformada -Qué va, muy poco- dijo Jon con una sonrisa forzada La agente se dio cuenta que el pescador no tenía ganas de cháchara y le entregó sus documentos. Cinco minutos después estaban todos excepto Lito sentados a una mesa sobre sendas sillas de aluminio frente al bar anejo a la sala de embarque. Se les acercó un camarero y solicitaron unas cervezas, cuando el nativo venía con ellas sobre una bandeja redonda llegó el marinense.
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Stemma Proderi In Primis Bermei Editado por TXELFI en 11-06-2020 a las 17:50. |
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#3
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-La madre que parió al tío ese, me ha tenido media hora acosándome a preguntas-
-A partir de ahora no meterás tu cartilla en la maleta- se burló Julián -Claro, mira el listo éste, después de verle los cojones al burro…….- Hubo de esperar a que el camarero regresara de nuevo con su cerveza, Jon pagó la cuenta. Media hora después pidieron otra ronda y esta vez fue abonada por Sabino. A las nueve y media llamaron por megafonía a los pasajeros de su vuelo, tocaba hacer cola de nuevo para pasar a la sala de embarque. Un cuarto de hora más tarde se reunieron en la sala de embarque atestada de viajeros donde no había un solo asiento libre. Tuvieron que resignarse a permanecer de pie hasta que fueran llamados a embarcar. -¿No vamos a tomar otra birra?- preguntó Lucio, había un pequeño bar también allí -Yo no quiero más- respondió Sabino, el rubio expresó lo mismo Julián, Lucio, Lito y Javier se arrimaron a la barra del bar, mientras los dos bermeanos se dirigieron a curiosear en las pequeñas tiendas de duty-free que había allí en número de media docena, había que matar el tiempo como fuere. A las diez formaron cola de nuevo para el control de tarjetas de embarque y pasaportes para acceder al pasadizo que conducía a la pasarela del avión, pero en medio del estrecho y largo pasillo salpicado de ventanas hubieron de hacer cola una vez más para ser cacheados e investigados con un detector de metales uno a uno. Los viajeros que llevaban equipajes de mano debían abrirlos sobre unas mesas dispuestas a tal fin para que fueran registrados por manos enguantadas en látex. Cuando por fin los ex-tripulantes del atunero de cerco fenecido pocos días antes consiguieron sentarse en sus respectivos asientos del poderoso Airbús A330 eran exactamente las diez y veinte minutos de la noche, justamente la hora para la que estaba previsto el despegue. Les había tocado en la fila de tres asientos de babor, justo a la altura del ala izquierda, Lito, Julián y Javier delante y los otros tres inmediatamente detrás de ellos. Despegaron, sí, pero con cuarenta minutos de retraso sobre el horario anunciado. Jon Somarriba cerró sus ojos en el momento en que el gran tren de aterrizaje se separó de la pista y se santiguó como hacía siempre. El ruido generado por los dos potentísimos turborreactores girando a su régimen máximo durante la maniobra del despegue tapaba el llanto de los asustados niños que inevitablemente albergaba el moderno aeroplano. Con los párpados obstinadamente cerrados Jon Somarriba recreó en su mente una especie de caleidoscopio en el que desfilaron los rostros de los tesoros que vería en unas horas, María, Naiara, Maite, Elizabeth, Laura, Argi, y cómo no, sus padres y sus sobrinos. Cuando media hora más tarde se apagaron las luces que ordenaban mantener los cinturones de seguridad abrochados, el fatigado patrón bermeano soltó la hebilla del suyo y abriendo los ojos se encorvó hacia adelante para apoderarse de la revista de rigor de la Air France. Fue entonces cuando sintió un bulto en el bolsillo derecho del tejano, metió la mano en el mismo y extrajo un objeto que al tacto parecía un encendedor desechable, pero el encendedor estaba en un bolsillo lateral de la chaqueta vaquera. Lo que Jon tenía en su mano derecha era el pendrive en el que estaban acumuladas horas y horas de trabajo y montones de datos de túnidos y de pesqueros. <<¡Maldita sea!>> pensó el pescador apretando el pequeño artilugio en el interior de su puño cerrado de tal manera que los nudillos se le pusieron blancos <<No he terminado mi libro, sabe Dios cuánto tiempo tendrá que transcurrir para que vuelva a tener ganas y energía para terminarlo. Que sea lo que Él quiera>>. Este escrito no persigue otro fin que además de servir de guía identificativa de la vida y costumbres de las distintas especies de túnidos, acercar también un poco al gran público la convivencia y actividades cotidianas en un atunero de cerco. Por último, quisiera también que esta obra sea un pequeño homenaje a mis familiares y amigos, estén vivos o no, y cómo no a mis ex-compañeros de fatigas durante tantos y tantos años de brega, y por último a aquellos bermeanos intrépidos que fueron los pioneros de lo que hoy en día conocemos como nuestra gran flota atunera, referente en el mundo entero. Muchísimas gracias a todos ellos.
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Stemma Proderi In Primis Bermei Editado por TXELFI en 11-06-2020 a las 14:43. |
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Que abanico de sensaciones produce la lectura de estos capítulos. Se me ocurren mil y una preguntas, pero solo el responsable del buque sabe lo que sintió y , a mi entender, hay cosas, que por mucho que teclees no se pueden transmitir con letras.
Me eche a reír, cuando, creo que el gallego dijo: quien nos habrá maldecido..me suena eso en mis carnes un montón. jajajajaj Como eso muchas más. Gracias Txelfi.
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La tierra firme me marea, sobre todo cuando estoy en la Cantina del puerto. |
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TXELFI (13-06-2020) | ||
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#5
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Eskerrik asko Txelfi por este "hilazo" , uno de mis preferidos
Suerte en la pesca y un saludo ![]() |
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TXELFI (13-06-2020) | ||
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#6
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Muchas gracias, eskerrikasko a vosotros por leerme.
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#7
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Yo entro todos los días, solo por ver si hay algo nuevo, me encanta este hilo, y estoy agradecido a TXELFI, por contarnos su vida en la mar, gracias.
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TXELFI (13-06-2020) | ||
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