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Antiguo 24-10-2022, 17:45
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Predeterminado Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

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Y digo yo...
Ya que supongo tienes historias de hace 50 años... ¿Por qué no las cuentas?
La náutica ha cambiado mucho desde ese tiempo por lo que segiramente los más jóvenes se asombrarán de algunas proezas de los marineros de aquellas épocas, de esas ambientadas cuando los barcos eran de madera y los marineros tenían alma de hierro.
En aquellos tiempos los marinos mercantes hispanos navegábamos en barcos como los de ahora, relativamente cómodos, con algo menos de automatismos, mas tripulación, menos vacaciones y mas días en puerto, salvo que estuvieras en un petrolero de 150.000 TPM. También los salarios con relación a los terrícolas eran claramente superiores, y el riesgo y lo demás al mismo nivel.
Los marinos mercantes o civiles no somos propensos a contar "historias" a gente fuera de nuestro mundo porque no nos entienden, se aburren o creen que estamos contando cuentos, por lo menos en España, aquí se vive de espaldas al mar. Y así nos cunde el pelo.
Lo dijo el poeta montañés José del Rio, hay tres tipos de seres, a saber; los vivos, los muertos y los marinos.
Algunas excepciones con Román, que lo escriben, creo que sirven para confirmar la regla general. Gracias Román.
Gracias por tu interés.
Saludos.
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azogue (21-11-2022), Clapton (27-10-2022), Egis (27-10-2022), Laury (27-10-2022)
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Antiguo 24-10-2022, 17:50
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Predeterminado Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

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Originalmente publicado por TORRETA Ver mensaje
Los marinos mercantes o civiles no somos propensos a contar "historias" a gente fuera de nuestro mundo porque no nos entienden, se aburren o creen que estamos contando cuentos, por lo menos en España, aquí se vive de espaldas al mar.
Hombre, creo que estará de acuerdo conmigo en que con el nombre de esta casa, los parroquianos no viven precisamente "de espaldas al mar". Aquí, desde luego, escucharíamos con interés.
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Egis (27-10-2022)
  #3  
Antiguo 26-10-2022, 23:42
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Predeterminado Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

Corría el año 1974, yo contaba entonces con 18 años. Estaba embarcado en un barco pesquero dedicado a la pesca del atún con redes de cerco perteneciente a una conocida empresa de Bermeo propietaria de una flota de buques dedicados a esta actividad. La zona de pesca era en el golfo de Guinea, concretamente entre Senegal y Gabon. El sistema de detección y pesca de esta especie por esas latitudes consistía en navegar sin parar durante el día y muchas veces de noche en busca de los bancos de túnidos y para su localización, además de la utilización de los equipos electrónicos de a bordo, buscábamos las “pajareras” y también objetos a la deriva (troncos, palés de madera cuerdas etc) que podían llevar meses o años flotando y que servían de refugio y alimento a centenares de pequeños peces.
La tripulación, compuesta de españoles y senegaleses utilizábamos enormes binoculares instalados en las zona mas altas del barco para detectar los bancos de pescado, bien localizando los pájaros, los objetos y también lo que llamábamos “serguera”, espuma blanca que formaban los cientos o miles de atunes atacando en superficie a los bancos de pequeños peces de los cuales se alimentan. El relato que os quiero comentar comienza en una apacible jornada de navegación cotidiana en busca de los bancos de pescado. Disfrutábamos de mar en calma, un sol radiante y temperatura tropical. Teníamos por nuestro través a unas 10 o 12 millas de distancia la pequeña isla de Annobon, cercana a sus hermanas mayores Sto Tomé y Principe situadas a unas 150 millas al oeste de las costas de Gabón y Guinea Ecuatorial.
En un momento dado alguien desde el puesto de prismáticos grita ¡objeto por la amura de babor!. Al instante, el buque se pone a toda maquina rumbo a una especie de tronco negro y alargado y en todo el barco se prepara la maniobra para largar la red si se detecta que hay pescado comenzando una actividad frenética de todo el mundo a bordo despertando del letargo que reinaba hasta ese momento. Algo así como un zafarrancho de combate en un buque de guerra ante la presencia de un submarino enemigo.
Cual fue nuestra sorpresa cuando estábamos ya cercanos al supuesto objeto y nos percatamos que se trataba de un cayuco, un tronco de unos tres metros vaciado en su interior y afilado en sus extremos con un hombre en su interior y como único medio de propulsión tenía un frágil remo de una sola pala. No es posible pensabas….. la costa más cercana era la reseñada isla que apenas se vislumbraba su escarpada silueta en el horizonte.
El mar era un espejo y el hombre no paraba de agitar los brazos en demanda de nuestra atención. Nos abarloamos a su costado todos observando curiosos desde la altura de un moderno buque de pesca de unos 100 metros de eslora intentando entablar un dialogo con el tripulante de la minúscula embarcación. Se trataba de un hombre de edad indefinida de tez muy oscura, escuálido solamente cubierto con un taparrabos que con una enorme sonrisa que dejaba entrever la ausencia de la casi totalidad de sus dientes, intentaba canjear pescado que tenía a bordo flotando en dos palmos de agua, por comida. Siguiendo las órdenes del capitán, amarramos el cayuco por la popa y subimos al hombre a bordo y nuestra sorpresa fué en aumento cuando este hombre cuando se percató que eramos españoles, no habló con cierta fluidez en nuestro idioma y fuerte acento guineano. Al parecer este hombre era pescador y habitante de la isla de Annobón y nos dijo que llevaba tres días a la deriva y sin la mas remota posibilidad de regresar ya que las corrientes eran fuertes y lo alejaban cada vez mas, extenuado y resignado a su suerte.
Como os podréis imaginar, comió y bebió como no había comido en su vida. Acto seguido pusimos rumbo a la isla con el cayuco a remolque para devolver a este hombre a su casa. Era de un carácter muy alegre y durante el trayecto nos fué contando su vida, la de su aldea y su isla. De su etapa de colonia española conservan el idioma español que lo conocen los mas viejos, si bien las nuevas generaciones ya no lo practican tanto. Como ya he dicho, tenía un carácter jovial y, bien por que estaba alegre por su rescate y regreso a su entorno o por la alegría que desbordaba o por el sabroso marmitako con que le obsequió el cocinero, lo cierto es que hablaba hasta por los codos. Comentó que a principios de los años setenta del siglo pasado, sufrieron una epidemia de malaria o cólera en la que murió mucha gente que les dejó muy diezmados. Entre otras cosas nos dijo que en esa época dependían de Guinea Ecuatorial que les enviaba un barco con suministros y medicinas cada tres o cuatro meses y que durante esa epidemia, los habían dejado abandonados a su suerte sin recibir asistencia médica alguna.

Tras casi hora de navegación, llegamos a la isla de Annobon, una isla volcánica impresionante y paradisíaca, cubierta de una vegetación verde exuberante y salvaje, grandes cocoteros que llegaban hasta el mismo borde de la playa y un pequeño rio de aguas cristalinas desembocaba en dicha playa.
Tras fondear en la resguardada bahía en la cual estaba ubicada la aldea, el capitán hizo acopio de un buen botiquín de medicinas, sobre todo antibióticos y quinina y nos autorizó a bajar a tierra a todo el que quisiera en dos botes.
Obviamente, ante la perspectiva de salir un poco de la rutina diaria y vivir una experiencia nueva, todos excepto los que se encontraban de guardia, optamos por desembarcar. Los dos botes iban atestados.
Hace de esto mucho tiempo y la memoria ya va fallando si bien recuerdo con nitidez un anécdota curiosa. Cuando nos acercábamos en el bote y a escasos metros de la playa dispuestos al desembarco, apareció en la orilla una niña de unos 12 años que portaba una piña de plátanos sobre su cabeza. Al percatarse de nuestra presencia, soltó un tremendo grito y acto seguido tras dejar caer al suelo la piña, salió corriendo como alma que lleva el diablo perdiéndose en la espesa vegetación, como si hubiese sido testigo de una aparición fanstasmagórica. No la volvimos a ver.
Ya una vez en tierra, guiados por el rescatado (Nos dijo su nombre pero no lo recuerdo) y seguidos por varios de los habitantes de la aldea que se habían acercado curiosos nos dirigimos al poblado y, casi tal como se ve en los documentales , consistía en un grupo de chozas redondas cubiertos sus tejados de hojas de palmera en forma circular y una amplia plaza en el centro donde nos esperaba el cacique, y no digo lo de cacique de forma despectiva ni mucho menos, sino que es como ellos le llamaban, algo similar a como nosotros llamamos alcalde al regidor de un municipio.
Además de las mencionadas medicinas, les dimos ropa y comida no perecedera. El cacique (alcalde) se hizo cargo de todo y recibió con mucha atención las instrucciones de nuestro capitán, sobre todo en lo referente a los medicamentos, dosis, síntomas de enfermedades etc.
Tanto para ellos como para nosotros fue un dia de fiesta, les dimos casi toda nuestra ropa, calzado gorras tabaco etc. y ellos nos llenaron los botes de plátanos, mangos y otras deliciosas frutas tropicales.
Recuerdo que en lo alto de un colina a la cual nos llevaron, había un pequeña y humilde ermita, muy cuidada y limpia con un cristo en su altar central al que le faltaba un brazo. Nos contaron el anécdota del brazo pero esto ya no lo recuerdo, lo siento. Nos hablaron de un misionero vasco, muy anciano que venía por la aldea de vez en cuando. Quisimos visitarlo pero al parecer residía en una población mas grande al otro lado de la isla y dicho sea de paso, no existían ni carreteras asfaltadas ni vehículos, solo senderos de tierra en mejor o peor estado.
Tras un par de horas de estancia, se decidió el regreso. De los los dos botes, uno se había ido antes hacia el barco con gente y ya no regresó. Los demás que aún quedábamos en la isla embarcamos en el bote que quedaba e íbamos como en el metro en hora punta y con el agua a unos centímetros de la borda pero estable avanzando despacio ya que no había oleaje. La tripulación eramos mayoría gente joven, fogosa y con ganas de juerga. A alguien le hizo gracia zarandear el bote de lado a lado en mitad del trayecto entre la playa y el barco y el agua comenzó a entrar a pocos por un costado y otro hasta que no hubo ya vuelta atrás. El bote, que iba impulsado a remos se hundió lentamente y hubo que saltar y nadar unos 200 metros hasta el barco. Se perdieron gafas, calzado y hasta hubo uno que perdió la dentadura postiza, y el remate de esta aventura bien pudo costarnos una tragedia.
Con todos en el agua y lejos aún del barco, algún gracioso gritó entre risas ¡TIBURÓN, ME HA ROZADO UN TIBURÓN! Por supuesto era una gracia de mal gusto y así nos lo tomamos casi todos, pero uno de los compañeros le entró angustia. Asustado y con lo ojos abiertos como platos comenzó a pedir socorro mientras ya braceaba y nadaba con dificultad y totalmente descoordinado, llegando a tragar agua porque comenzaba a hundirse y salir a superficie. Suerte que nadábamos todos juntos y enseguida lo sujetamos y tranquilizamos hasta que llegó el bote del barco y lo rescató del agua. El bote hundido se rescató sin mayores problemas del fondo a unos cinco metros sin dificultad y con ayuda de globos inflados de aire en el fondo y bidones vacíos.
Bueno pues este es el relato. Si habéis llegado hasta aquí sin bostezar ya es un logro. Siento el tocho. Saludos
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Antiguo 27-10-2022, 12:39
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Predeterminado Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

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Originalmente publicado por Andromeda Ver mensaje
Corría el año 1974, yo contaba entonces con 18 años. Estaba embarcado en un barco pesquero dedicado a la pesca...
Brillante relato.
Ha nacido un escritor.
__________________
Saludos.

Y por si quieren darse una vuelta por mi TW
https://twitter.com/egis57
(Hay información bursátil y económica)
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Andromeda (27-10-2022), BURGUILLO (22-11-2022), Clapton (27-10-2022)
  #5  
Antiguo 27-10-2022, 18:59
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Te mereces el Planeta y más. Excelente narración
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Andromeda (27-10-2022)
  #6  
Antiguo 27-10-2022, 19:56
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Gracias Andromeda por tu magnifica historia.
Por el foro anda una historia de un colega que pasó la mayor parte de su vida en atuneros.
https://foro.latabernadelpuerto.com/...d.php?t=183189
Saludos
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Andromeda (27-10-2022)
  #7  
Antiguo 27-10-2022, 21:34
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Predeterminado Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

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Originalmente publicado por TORRETA Ver mensaje
Gracias Andromeda por tu magnifica historia.
Por el foro anda una historia de un colega que pasó la mayor parte de su vida en atuneros.
https://foro.latabernadelpuerto.com/...d.php?t=183189
Saludos
Gracias Torreta, en su momento ya había leído con mucha atención las andanzas del estimado cofrade con las cuales me he sentido muy identificado.
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  #8  
Antiguo 27-10-2022, 22:54
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Predeterminado Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

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Te mereces el Planeta y más. Excelente narración

Pues estoy gratamente sorprendido, he pensado que aburriría a las arañas con semejante tocho. Simplemente me he metido en la máquina del tiempo, he retrocedido casi cincuenta años y he dejado fluir los recuerdos de esa época a través del teclado. Sienta bien, es como volver a revivirlo un poco.
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  #9  
Antiguo 27-10-2022, 23:16
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Originalmente publicado por Andromeda Ver mensaje
Pues estoy gratamente sorprendido, he pensado que aburriría a las arañas con semejante tocho. Simplemente me he metido en la máquina del tiempo, he retrocedido casi cincuenta años y he dejado fluir los recuerdos de esa época a través del teclado. Sienta bien, es como volver a revivirlo un poco.
Hola
Sin duda, a mucha gente les parecería un tocho aburrido, pues hay gente para todo
A nosotros, bien has visto, nos apasiona, y se lee con mucho agrado pues está muy bien escrito
Gracias
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https://youtu.be/hJlojXdQVDQ
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Antiguo 22-11-2022, 15:55
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Predeterminado Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

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Brillante relato.
Ha nacido un escritor.
Gracias a Egis por traer a esta ilustre Taberna tan interesante tema, no apto para discusiones , de momento jeje, y a Andromeda por subirse al atril y deleitarnos con tan ligera pluma.

A la espera …..
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Antiguo 22-11-2022, 17:41
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Que entretenidas historias...y que bien contadas... has puesto el listón altito altito
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  #12  
Antiguo 14-09-2024, 14:05
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Una ronda de ron caribeño para todos! Este es un relato que escribí hace unos años, más para que no pase inexorablemente al olvido que por otra razón. Las fotografías son actuales de la época. Espero que sea de interés.


LA CANCIÓN EN EL AGUA

La gente no me cree cuando cuento esta historia. Es por eso que no la cuento. No a los amigos en el bar, o con el café de sobremesa. No a extraños ni miembros de mi familia. Nadie conoce esta historia, aparte de aquellos que estaban conmigo en aquel momento, los pocos que fueron testigo como yo de los hechos. Nadie, hasta ahora.

No es un secreto. Simplemente no quiero ser acusado de mentiroso, o de tejedor de fábulas, simplemente para divertir a la concurrencia. Pero lo que voy a contar ocurrió de todas formas.

Ocurrió en el mar, a pocas millas al este de la isla de Fernando de Noronha. Lo cual es lo que mismo que decir que ocurrió a unas millas al este del medio de la nada, pues allí es donde se encuentra la isla, en el medio del Atlántico sur.

Fernando de Noronha es un grupo de islotes someros, en la latitud del estado de Pernambuco, en el noreste brasileño. Son en realidad afloramientos coralinos rodeando una isla principal, pero sin llegar a formar un atolón. La isla principal es el pico de una gigantesca montaña submarina que se eleva desde los fondos abisales del océano mil metros por debajo, y apenas rompe la superficie.

Hoy Fernando de Noronha es un exclusivo lugar de vacaciones y una reserva natural, pero en el tiempo de esta historia a principio de los años 80 del siglo pasado, no había en las islas absolutamente nada excepto una pequeña base de la armada brasileña, un faro, y las ruinas de una prisión.

A principios del siglo XX el gobierno brasileño construyó allí una prisión donde, siguiendo el ejemplo de los franceses en la Isla del Diablo en Guyana, enviaba a cumplir sentencia (en su mayoría, sentencias de por vida) a los condenados más peligrosos. Era una sentencia de muerte por otros medios y con otro nombre; los presos eran enviados a Fernando de Noronha a morir.

La prisión ya no existe, por supuesto, pero historias de los sucesos ocurridos allí y de las vidas de los prisioneros en la islas aún persisten en el imaginario popular y en el folklore de Natal en Brasil. Muchas historias, algunas aterradoras, todas trágicas, de soledad, privaciones, amor, desesperación, y locura aún viven por boca de abuelos y viejos pescadores.

Bien, como introducción ya basta. Era el 21 de noviembre de 1980, y yo era un estudiante de oceanografía a bordo del buque de investigación oceanográfica Almirante Saldanha de la armada brasileña. El Saldanha había sido un bergantín de cuatro palos, con casco de hierro, construido en Inglaterra en 1933, para servir de buque escuela en la armada de Brasil. Un navío hermoso, absolutamente una Gran Dama de los mares. A mediados de los años 60 dejó de ser un barco escuela y vehículo de diplomacia, y la armada brasileña recomisionó el navío como un buque de investigación.

Esto quiere decir que quitaron la arboladura a la pobre Gran Dama, reemplazaron su antigua máquina de vapor por un diésel de locomotora, y le construyeron una sobrecubierta para alojar todos los laboratorios científicos.
Todo esto significa también que el Saldanha era el buque más incómodo que haya surcado nunca los mares. Sin sus mástiles que le dieran estabilidad, el Saldanha cabeceaba, rodaba y guiñaba como un corcho en la brisa más leve. Con un casco simple de hierro sin aislamiento, era ruidoso, húmedo, e insoportablemente caluroso en los trópicos.

Agréguesele una dotación de 80 tripulantes con una dieta a base de arroz y “feijoes” (frijoles negros) y aquellos calores pegajosos, y el barco apestaba a humanidad bajo cubierta. No lo que yo llamaría un crucero placentero.

Para mí, sin embargo, todo aquello carecía en absoluto de importancia. Como parte de un convenio de cooperación entre las respectivas armadas de Uruguay y Brasil, yo había sido seleccionado, junto con otros cinco compañeros de universidad, para participar en una campaña de investigación oceanográfica de dos meses de duración. Era una fantástica oportunidad para nosotros desde el punto de vista profesional, y se presentaba a mis ojos como la aventura de una vida. ¡Dos meses navegando por el Atlántico y jugando a ser Jacques Cousteau!

En realidad, nosotros los estudiantes estábamos allí para realizar todo el trabajo pesado y aburrido de laboratorio, bajo la dirección de dos investigadores profesionales. No teníamos acceso al puente de mando, y ciertamente NO al comedor de oficiales. Estábamos allí para hacer guardias, operar los guinches, mantener el equipo, y procesar muestras de agua y de plancton durante desesperantemente aburridas e interminables horas filtrando miles de litros de agua en el laboratorio.

El Saldanha navegaba un curso recíproco desde la costa de Brasil hasta, más o menos, el medio del Atlántico, y desde el río de la Plata hasta Natal en Brasil, deteniéndose cada 40 millas para extraer muestras de agua desde una profundidad máxima de 200 metros. Dia y noche, con buen y mal tiempo, el buque se detenía en mitad del océano cada cuatro horas, y nosotros echábamos al agua 200 metros de cable de acero con botellas Nansen fijadas al cable cada 20 metros para obtener las muestras.

Una vez recuperadas las muestras del mar, nuestro trabajo era vaciar las botellas, filtrar el agua, y hacer los análisis químicos y biológicos correspondientes. En total, el crucero incluía más de cien estaciones de muestreo.

Esto trae el relato de regreso a Fernando de Noronha. La isla representaba el fin de nuestra participación en el crucero. La última estación de muestreo se encontraba a unas 15 millas de la isla principal. Una vez completado el trabajo de laboratorio ese día, el Saldanha debía navegar hasta Natal donde desembarcaríamos los estudiantes uruguayos para volver a Montevideo. El Saldanha sería entonces reaprovisionado, y un nuevo grupo de estudiantes embarcaría para la segunda etapa de la campaña que los llevaría hacia el norte hasta la desembocadura del río Amazonas.

Habiendo ya procesado las últimas muestras, escrito los últimos informes y empacado los últimos trebejos en nuestros bolsos, el capitán comunicó a la tripulación que nos quedaríamos allí un día más. Parece que el Saldanha debía también relevar algunos miembros del personal de la base de la armada en la isla, y por razones que he olvidado por completo, no pudieron embarcar de forma inmediata.

La isla no tenía (ni tiene) un puerto, y el área circundante es demasiado somera para permitir la entrada de un buque de la envergadura del Saldanha, con multitud de promontorios coralinos extendiéndose en todas direcciones. Por esta razón, el capitán decidió fondear un poco más alejado a sotavento de la isla, en unos 20 metros de agua. El tiempo estaba bueno, con alisios ligeros del este, lo que nos daría una noche tranquila de descanso a todos.
Esa noche, bajo una luna llena hermosa, fuimos invitados por primera y única vez, a cenar con los oficiales, con vino y cerveza para celebrar el final de una campaña exitosa. Consumidas las viandas y hechos todos los brindis, los estudiantes nos retiramos a nuestras literas.

Como concesión a la comodidad del personal científico civil, nuestra cabina tenía una hilera superior de literas cardánicas (equivalente a una hamaca hecha de metal), y una inferior de literas fijas al casco. Yo nunca usé las literas cardánicas. Las encontraba incómodas, y el constante chirrido del cardán sin aceitar era más enfadoso e inconducente a un buen descanso, que el movimiento del barco al que ya estábamos habituados de todas formas. Elegí por lo tanto echarme a descansar en una de las literas fijas, al otro de la cabina, y dormir con la oreja a dos pulgadas de distancia del casco de hierro.

En algún momento durante la noche desperté confuso y algo desorientado, sin saber qué había interrumpido mi sueño. Aparte de algún ronquido apagado, había absoluto silencio en la cabina. En la calurosa y sofocada oscuridad, todo parecía normal. Y sin embargo, no todo lo era. Concentrándome, podía oír un sonido inusual, viniendo de alguna parte. No era el rumor de una conversación lejana entre personas, o los gemidos y gruñidos normales de una embarcación con casco de metal, o el ronroneo de maquinaria eléctrica, tampoco el frufrú apagado de las olas golpeando contra el casco. No, este sonido tenía cadencia, como de música. Era una melodía, aunque no una melodía como yo había escuchado nunca antes.

No podía creer que hubiera a bordo un despistado cantando en mitad de la noche. ¡Esas cosas simplemente no ocurren en un buque militar! Y aún así, allí estaba ese sonido, claramente distinguible, aunque muy tenue, yendo y viniendo. Fue entonces que caí en la cuenta de que el sonido venía del casco de hierro, a sólo unos centímetros de mi cabeza. ¡En otras palabras, el sonido provenía del agua! Apreté la cabeza contra el hierro y escuché música: una canción, clara e hipnótica, cantada por voces vivas.

Completamente despierto ahora y con mucha curiosidad subí en silencio a cubierta, encontrándola desierta. La luna llena brillaba, la brisa era ligera y tíbia, y nada se movía en derredor. Bajé a la cabina y echado una vez más en mi litera apreté la oreja contra el hierro del casco. Las voces volvían a estar allí, muy, muy lejanas, ¡cantando aquella extraña melodía!

No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil en aquella posición, con la oreja sobre el hierro húmedo, escuchando. Probablemente sólo fueron algunos minutos, pero parecieron horas. Creo que me quedé dormido escuchando aquella melodía extraña, aquellas voces claras y tenues que no parecían humanas.

Al despertar el día siguiente pensé que todo había sido un sueño, una pesadilla descabellada producto del calor y la falta de aire en la cabina. Pregunté a mis compañeros si alguien había escuchado ruidos extraños, música, durante la noche. Indagué también entre la tripulación. Todos me miraron con ojos vacíos sin comprender de qué estaba hablando.
Uno de mis compañeros sugirió que lo que había escudado eran ballenas. O delfines. No, pensé. Conozco el sonido de la canción de las ballenas, y el cuchicheo de alta frecuencia de los delfines.

En fin…. ¡Quizá haya sido sólo un sueño después de todo!

Muchos, muchos años más tarde, iba de viaje desde Uruguay a Sudáfrica, cuando quedé varado en Natal. Mi vuelo de conexión a Johannesburgo había sido cancelado, y tenía que esperar en Natal por 24 horas al siguiente vuelo. Un día vacío en Natal, en la humedad y el calor del trópico, ¡sin nada qué hacer! La aerolínea me había reservado una habitación en un hotelucho sin aire acondicionado sobre la playa, cerca del puerto. La única habitación disponible en toda la ciudad, me aseguraron.

Al día siguiente, luego de haber dormido muy poco y con dos tazas de café por desayuno, salí a caminar por la playa. Ahora bien, el paseo marítimo de la ciudad Natal, y las playas de moda, están situadas al norte del puerto comercial, donde se concentran todos los grandes hoteles y complejos residenciales para los turistas. Yo estaba en la menos reputable y mucho menos turística playa al sur del puerto comercial. Era no más de un camino vecinal con casas muy modestas a la derecha, y una ancha playa de blancura deslumbrante a la izquierda, llena de pequeñas barcas de madera varadas, cientos de metros de redes de pesca colgadas sobre pilones secándose al sol, y el olor a algas, pescado, y diésel en el aire.

¡Bueno, una cerveza fría es tan apetecible y refrescante aquí como allí! Con esa imagen en la mente, entré en una taberna de pescadores que apareció entre dos casas, que podía haber sido construida con la madera que deja la resaca en la playa, techada con hoja de palma, y pintada con todos los colores del arcoíris, a sentarme en la barra y pedir una “Brahma” (una marca de cerveza brasileña).

El sitio brindaba una sombra agradecida, y a excepción de un par de marineros viejos sentados al otro extremo de la barra (evidentemente pescadores locales) bebiendo cachaça, estaba vacío. Aunque hablo portugués razonablemente bien, en cuanto abrí la boca para pedir la cerveza, todos en el recinto sabían que yo era un extranjero. Bicho raro en ese barrio de Natal.
Pero los brasileños son, en general, gente curiosa y gregaria. En el espacio de unos minutos ya tenía a uno de los viejos lobos de mar sentado junto a mí, interrogándome que de dónde venía, que qué estaba haciendo allí, y si era mi primera visita a Natal. Así comenzó la conversación.

Después de un par de cervezas para cada uno, mencioné al pescador (cuyo nombre supe alguna vez pero lamentablemente no recuerdo) que no, en realidad, no era mi primera visita a Natal, y que había estado allí mucho años antes, cuando era estudiante, en un crucero de investigación a bordo del Almirante Saldanha.

Y entonces relaté al pescador la historia que acabo de relatar aquí.

Durante el relato, el hombre me miraba con creciente incredulidad. Entonces, entornó los ojos y con una expresión indescriptible en la cara exclamó:
-¡¿Você também ouviu?! (¿tú las escuchaste también?)
-¿Cómo que escuché también? ¿A quién se refiere? respondí.
-¡Ouviu elas, as sereias! (¡escuchaste a las sirenas!)

Fue entonces mi turno de poner cara de sorpresa. No sabía si el viejo hablaba en serio o le estaba gastando una broma a este pobre y tonto turista extranjero.

El viejo se inclinó entonces, y casi en un susurro dijo: “Ellas cantaban para ti. ¡Es peligroso escucharlas! Vienen a buscar a quienes las escuchan. Muchos hombres en la antigua prisión de Fernando de Noronha perdieron la razón escuchando sus voces, y a esos hombres… ¡nunca más se los vio entre los vivos!
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