Supongo que es difícil justificar la posesión de una embarcación (teniendo en cuenta los gastos que esto conlleva), con 22 días de uso. La ilusión no, por supuesto. Así anda una mayoría, anhelando el mar, los muelles y las cubiertas desde una ciudad alejada de la costa. Yo salgo siempre que puedo, sea invierno o verano, fin de semana o día de trabajo. Vivo a minutos en bicicleta de mi marina, claro; un paseo andando. Pero tengo que admitir que también hay sacrificios: el barco está en tu cabeza todo el tiempo y te aleja de otras cosas, de otras aficiones. La familia se resiente y navegar se convierte en un asunto privado, íntimo. Entiendo a los que solo navegan en verano por una cuestión de calendario, de distancia al mar. La vida y sus compromisos mandan. Pero, desde luego, 22 días al año parecen muy pocos en la vida de un barco y quizás por eso, en ocasiones, los puertos son como elegantes desguaces donde veleros y barcos a motor, sencillamente, esperan.
