La Taberna del Puerto Social
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Antiguo 13-12-2022, 22:26
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Predeterminado Respuesta: Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

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Originalmente publicado por enric rosello Ver mensaje
Aun no conozco Tabarca, pero por lo que veo en el vídeo, el fondeadero está envidiablemente más vacío de barcos que cualquier cala medianamente famosa de las Baleares, la Costa Brava, Córcega o Cerdeña. La máxima afluencia en Tabarca es la que enseñas en el vídeo?
Pero si no llegas a pedradas a los vecinos de fondeo!!
Dices también que los barcos entran y salen rápidos!!
Y que pueden darte un koski en caso de borneo.!!
Qué envidia de tranquilidad!!

PD: Es posible que estéis todos fondeados sobre algas?
Lo que sale en el vídeo no es nada con lo que suele haber cualquier sábado o fin de semana en verano, sobre todo a medio día. Aunque seguramente en Baleares será peor...

Con respecto a estar sobre algas, en la zona norte es bastante fácil... algas, rocas...

Un día a finales de junio, sábado a medio día fui, había algo de oleaje y literalmente no vi ni un solo hueco "decente" para fondear en ninguna de las dos zonas... solo cerca de las boyas que delimitan la zona prohibida o en zonas ya sin proteger del mar de fondo de ese día, dije, ya nunca más esos días a esas horas...
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enric rosello (14-12-2022), Tomas750 (15-12-2022)
  #2  
Antiguo 13-12-2022, 22:57
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

Yo ya paso de ir allí: domingueros en cantidades industriales, neumáticas de los restaurantes que se cruzan el fondeadero a toda velocidad para recoger y dejar incautos (véase más adelante), tabarqueras que hacen rumbo directo sin importarles qué tienen por la proa, mal tenedero con una combinación preocupante de rocas y algas, barcos que garrean sin que haya nadie a bordo (creo que ya han prohibido dejar los barcos solos), nada que ver o hacer en el interior de la isla, salvo dejar que te pongan un par de rejones en todo lo alto en cualquiera de los restaurantes que tienen por costumbre sangrar a los que se acercan por allí (dicen que la isla fue refugio de piratas, pero para mí que lo sigue siendo)… ¿Verdaderamente tiene algún interés ir?

Saludos y
__________________
Navigare necesse est. Vivere non est necesse. (Pompeyo)

Si damos bordos de menos de 180º, llegaremos a algún sitio... (anónimo)

Editado por Apagapenol en 16-12-2022 a las 00:43. Razón: Ampliar información
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Manila1886 (20-12-2022), Tomas750 (15-12-2022)
  #3  
Antiguo 15-12-2022, 19:51
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

Hay dos Tabarcas, y las dos son sorprendentes. En verano es sorprendente en la dirección que señala el cofrade, y sólo añado que se puede poner clarísimamente peor que lo que aparece en el vídeo. Tuve varios años amarre en Alicante, después en Costa Brava y ahora estoy en el Maresme, y Tabarca compite dignísimamente con Costa Brava o Pitiusas en saturación veraniega.

Fuera de temporada, es una isla única, donde puedes fondear o atracar en su pequeño puerto (hablo de hace ya unos años) y disfrutar de una isla que en un 80% está desierta y en el otro 20% está poco habitada (<50 habitantes), bien conservada y no falta algún sitio abierto donde tomar un buen pez. Y es una isla donde ocurren cosas extrañas y da pie, vídeos de youtube aparte, a curiosas “batallitas”

Una de ellas me pasó hará unos 15 años cuando, al poco de comprar mi anterior barco (un Puma 29), tiré el ancla un lunes de marzo, tras llegar en solitario con la intención de pasar la noche fondeado en la isla. Poco después me acordé de que no tenía gas y, como tampoco tenía ganas de cenar frío, me acerqué a su pequeño puerto, donde estaba atracado sólo otro barco, un precioso clásico de unos 11 metros y bandera francesa.

El puerto, viejo conocido de esta taberna, es pequeño y de calado justo, en contraste con su muelle, alto y de piedra, así que preparé amarras de proa y popa y salté al muelle con ambas en la mano para hacerlas firmes a los aros, oxidados, que hacen las veces de norays. Nada más saltar del barco, me sorprendió ver salir, melena al viento, una francesa del barco clásico, que me preguntó, en muy correcto español, si podía ayudarme con las amarras. Yo tendría 28 años y ella mi edad, así que, como estaba visiblemente sorprendido con su aparición y en el PER no enseñan cómo "maniobrar” ante este tipo de apariciones, la contesté con bastante torpeza en un pseudofrancés que no entendió, pese a lo que se quedó haciendo firme el largo de proa al noray mientras me ocupaba en amarrar, con más tranquilidad, el de popa. Tras agradecimientos y saludos chapurreados -de nuevo, torpemente- en francésñol-, subí a bordo a apagar el motor, a recoger y cambiarme; decidí ponerme la ropa de deporte y salir a correr a lo largo de la isla, aprovechando que tenía un rato largo por delante hasta la cena; “y, además, así, lo mismo sorprendo a la francesa”.

El caso es que, al salir, ella paseaba solitaria por el muelle y, al verme, me saludó y me preguntó, sonriente, si me apetecía cenar en su barco. Ante tal situación, para la que la DGMM no define protocolo alguno, le dije atropelladamente que “merci” y, por supuesto, que “oui” (o como se escriba), al tiempo que, en un alarde de sorpresa y agilidad, me dejaba, con gran dolor, el tobillo en el guardamancebos al saltar al muelle; por pura inercia que no me dio por interrumpir, seguí trotando y le señalé, ya no en francés ( no doy para tanto) sino con “hábiles” gestos, que salía a correr un rato. La vuelta corriendo en solitario por la isla fue memorable; recuerdo el sol poniéndose sobre cabo Falcó, en uno de esos atardeceres que se le quedan a unos grabados, lo que no exime que compatibilizara la dimensión bucólica con el ángulo utilitarista (“haré un par de fotos, y así luego se las enseño a la francesa”). Continué corriendo hacia el extremo contrario de la isla, el de Levante, donde está la pequeña parte habitada que, ya en sus últimas luces del día, tenía una apariencia fantasmal, completamente desierta. Llegué al barco ya en el comienzo de la noche y el pantalán estaba igualmente desierto, así que subí al Ocam, me di una ducha (fría, como todas las del Ocam, bastante con que ese día quedaba agua en los depósitos), pensé que ponerme (fue un pensamiento breve, sólo tenía la ropa del día siguiente) y pensé que llevar como detalle a la esperada cena (pensamiento igualmente breve, sólo tenía mucha cerveza y un fuet con palitos).

Así que me planté en el muelle, con la cerveza y el fuet con palitos, y me acerqué al barco vecino. Seguía sin verse a nadie; “lo mismo la francesa ha salido a dar un paseo”, así que me di yo dos por el muelle y, tras seguir sin ver a nadie, me situé frente al bonito velero y saludé en el poco francés que sabía; el caso es que mi saludo debió causarle una honda impresión, entre otras cosas, porque de las dos palabras que dije en francés, una la confundí y la dije en catalán [pronunciado por un madrileño]; su impresión fue, en cualquier caso y sin duda, incomparable a la mía, cuando, tras mis saludos, apareció al fin su inconfundible melena rubia por el tambucho de salida según subía las escalas… y acto seguido el resto del cuerpo, que resultó el de ser un hombre, unos diez años mayor que ella y con barba, que amablemente me invitó a pasar a bordo.

El caso es que, tras dos horas creyéndome Ulises en Ogigia, me di de bruces con la dura realidad, en la que la invitación a cenar era real, pero igualmente real era que, a diferencia de lo que me había dado por imaginar, la francesa no viajaba melena al viento y en solitario, sino con su marido parisino, tres hijos pequeños y en conserva con otro barco que aparecía por la bocana en ese momento, con una familia de cuatro suecos con los que resultó que compartían travesía tras haberse conocido en Gibraltar. Así que la cena que yo imaginaba con velas y “a dos” se transformó en un tropel de 10 personas (5 de ellos, niños entre 2 y 7 años) en la angosta mesa del Clásico de 11 metros; ante tal rolada del “viento”, no me quedó otra que adheririme, con tanto entusiasmo que, cuatro horas más tarde, sólo quedábamos el francés, el sueco y yo alrededor de los restos de la botella de un terrible licor sueco que le había dado por macerar con no sé qué hierbas que cogió en Marruecos; creo recordar, algo más tarde y mucho más difusamente, a la francesa llamándonos al orden a los tres, que al parecer cantábamos demasiado alto, con lo que tocó arriar velas y autoestima y volver al Ocam -otro golpe en el tobillo mediante- a dormir una noche muy distinta a la que, horas antes, había anticipado.

Tabarca es única, sin duda. Dentro y fuera de temporada.

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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

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Originalmente publicado por Avante Ver mensaje
Hay dos Tabarcas, y las dos son sorprendentes. En verano es sorprendente en la dirección que señala el cofrade, y sólo añado que se puede poner clarísimamente peor que lo que aparece en el vídeo. Tuve varios años amarre en Alicante, después en Costa Brava y ahora estoy en el Maresme, y Tabarca compite dignísimamente con Costa Brava o Pitiusas en saturación veraniega.



Fuera de temporada, es una isla única, donde puedes fondear o atracar en su pequeño puerto (hablo de hace ya unos años) y disfrutar de una isla que en un 80% está desierta y en el otro 20% está poco habitada (<50 habitantes), bien conservada y no falta algún sitio abierto donde tomar un buen pez. Y es una isla donde ocurren cosas extrañas y da pie, vídeos de youtube aparte, a curiosas “batallitas”



Una de ellas me pasó hará unos 15 años cuando, al poco de comprar mi anterior barco (un Puma 29), tiré el ancla un lunes de marzo, tras llegar en solitario con la intención de pasar la noche fondeado en la isla. Poco después me acordé de que no tenía gas y, como tampoco tenía ganas de cenar frío, me acerqué a su pequeño puerto, donde estaba atracado sólo otro barco, un precioso clásico de unos 11 metros y bandera francesa.



El puerto, viejo conocido de esta taberna, es pequeño y de calado justo, en contraste con su muelle, alto y de piedra, así que preparé amarras de proa y popa y salté al muelle con ambas en la mano para hacerlas firmes a los aros, oxidados, que hacen las veces de norays. Nada más saltar del barco, me sorprendió ver salir, melena al viento, una francesa del barco clásico, que me preguntó, en muy correcto español, si podía ayudarme con las amarras. Yo tendría 28 años y ella mi edad, así que, como estaba visiblemente sorprendido con su aparición y en el PER no enseñan cómo "maniobrar” ante este tipo de apariciones, la contesté con bastante torpeza en un pseudofrancés que no entendió, pese a lo que se quedó haciendo firme el largo de proa al noray mientras me ocupaba en amarrar, con más tranquilidad, el de popa. Tras agradecimientos y saludos chapurreados -de nuevo, torpemente- en francésñol-, subí a bordo a apagar el motor, a recoger y cambiarme; decidí ponerme la ropa de deporte y salir a correr a lo largo de la isla, aprovechando que tenía un rato largo por delante hasta la cena; “y, además, así, lo mismo sorprendo a la francesa”.



El caso es que, al salir, ella paseaba solitaria por el muelle y, al verme, me saludó y me preguntó, sonriente, si me apetecía cenar en su barco. Ante tal situación, para la que la DGMM no define protocolo alguno, le dije atropelladamente que “merci” y, por supuesto, que “oui” (o como se escriba), al tiempo que, en un alarde de sorpresa y agilidad, me dejaba, con gran dolor, el tobillo en el guardamancebos al saltar al muelle; por pura inercia que no me dio por interrumpir, seguí trotando y le señalé, ya no en francés ( no doy para tanto) sino con “hábiles” gestos, que salía a correr un rato. La vuelta corriendo en solitario por la isla fue memorable; recuerdo el sol poniéndose sobre cabo Falcó, en uno de esos atardeceres que se le quedan a unos grabados, lo que no exime que compatibilizara la dimensión bucólica con el ángulo utilitarista (“haré un par de fotos, y así luego se las enseño a la francesa”). Continué corriendo hacia el extremo contrario de la isla, el de Levante, donde está la pequeña parte habitada que, ya en sus últimas luces del día, tenía una apariencia fantasmal, completamente desierta. Llegué al barco ya en el comienzo de la noche y el pantalán estaba igualmente desierto, así que subí al Ocam, me di una ducha (fría, como todas las del Ocam, bastante con que ese día quedaba agua en los depósitos), pensé que ponerme (fue un pensamiento breve, sólo tenía la ropa del día siguiente) y pensé que llevar como detalle a la esperada cena (pensamiento igualmente breve, sólo tenía mucha cerveza y un fuet con palitos).



Así que me planté en el muelle, con la cerveza y el fuet con palitos, y me acerqué al barco vecino. Seguía sin verse a nadie; “lo mismo la francesa ha salido a dar un paseo”, así que me di yo dos por el muelle y, tras seguir sin ver a nadie, me situé frente al bonito velero y saludé en el poco francés que sabía; el caso es que mi saludo debió causarle una honda impresión, entre otras cosas, porque de las dos palabras que dije en francés, una la confundí y la dije en catalán [pronunciado por un madrileño]; su impresión fue, en cualquier caso y sin duda, incomparable a la mía, cuando, tras mis saludos, apareció al fin su inconfundible melena rubia por el tambucho de salida según subía las escalas… y acto seguido el resto del cuerpo, que resultó el de ser un hombre, unos diez años mayor que ella y con barba, que amablemente me invitó a pasar a bordo.



El caso es que, tras dos horas creyéndome Ulises en Ogigia, me di de bruces con la dura realidad, en la que la invitación a cenar era real, pero igualmente real era que, a diferencia de lo que me había dado por imaginar, la francesa no viajaba melena al viento y en solitario, sino con su marido parisino, tres hijos pequeños y en conserva con otro barco que aparecía por la bocana en ese momento, con una familia de cuatro suecos con los que resultó que compartían travesía tras haberse conocido en Gibraltar. Así que la cena que yo imaginaba con velas y “a dos” se transformó en un tropel de 10 personas (5 de ellos, niños entre 2 y 7 años) en la angosta mesa del Clásico de 11 metros; ante tal rolada del “viento”, no me quedó otra que adheririme, con tanto entusiasmo que, cuatro horas más tarde, sólo quedábamos el francés, el sueco y yo alrededor de los restos de la botella de un terrible licor sueco que le había dado por macerar con no sé qué hierbas que cogió en Marruecos; creo recordar, algo más tarde y mucho más difusamente, a la francesa llamándonos al orden a los tres, que al parecer cantábamos demasiado alto, con lo que tocó arriar velas y autoestima y volver al Ocam -otro golpe en el tobillo mediante- a dormir una noche muy distinta a la que, horas antes, había anticipado.



Tabarca es única, sin duda. Dentro y fuera de temporada.



enorme compañero, me ha encantado la historia🤣🤣🤣
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

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Originalmente publicado por Avante Ver mensaje
Hay dos Tabarcas, y las dos son sorprendentes. En verano es sorprendente en la dirección que señala el cofrade, y sólo añado que se puede poner clarísimamente peor que lo que aparece en el vídeo. Tuve varios años amarre en Alicante, después en Costa Brava y ahora estoy en el Maresme, y Tabarca compite dignísimamente con Costa Brava o Pitiusas en saturación veraniega.

Fuera de temporada, es una isla única, donde puedes fondear o atracar en su pequeño puerto (hablo de hace ya unos años) y disfrutar de una isla que en un 80% está desierta y en el otro 20% está poco habitada (<50 habitantes), bien conservada y no falta algún sitio abierto donde tomar un buen pez. Y es una isla donde ocurren cosas extrañas y da pie, vídeos de youtube aparte, a curiosas “batallitas”

Una de ellas me pasó hará unos 15 años cuando, al poco de comprar mi anterior barco (un Puma 29), tiré el ancla un lunes de marzo, tras llegar en solitario con la intención de pasar la noche fondeado en la isla. Poco después me acordé de que no tenía gas y, como tampoco tenía ganas de cenar frío, me acerqué a su pequeño puerto, donde estaba atracado sólo otro barco, un precioso clásico de unos 11 metros y bandera francesa.

El puerto, viejo conocido de esta taberna, es pequeño y de calado justo, en contraste con su muelle, alto y de piedra, así que preparé amarras de proa y popa y salté al muelle con ambas en la mano para hacerlas firmes a los aros, oxidados, que hacen las veces de norays. Nada más saltar del barco, me sorprendió ver salir, melena al viento, una francesa del barco clásico, que me preguntó, en muy correcto español, si podía ayudarme con las amarras. Yo tendría 28 años y ella mi edad, así que, como estaba visiblemente sorprendido con su aparición y en el PER no enseñan cómo "maniobrar” ante este tipo de apariciones, la contesté con bastante torpeza en un pseudofrancés que no entendió, pese a lo que se quedó haciendo firme el largo de proa al noray mientras me ocupaba en amarrar, con más tranquilidad, el de popa. Tras agradecimientos y saludos chapurreados -de nuevo, torpemente- en francésñol-, subí a bordo a apagar el motor, a recoger y cambiarme; decidí ponerme la ropa de deporte y salir a correr a lo largo de la isla, aprovechando que tenía un rato largo por delante hasta la cena; “y, además, así, lo mismo sorprendo a la francesa”.

El caso es que, al salir, ella paseaba solitaria por el muelle y, al verme, me saludó y me preguntó, sonriente, si me apetecía cenar en su barco. Ante tal situación, para la que la DGMM no define protocolo alguno, le dije atropelladamente que “merci” y, por supuesto, que “oui” (o como se escriba), al tiempo que, en un alarde de sorpresa y agilidad, me dejaba, con gran dolor, el tobillo en el guardamancebos al saltar al muelle; por pura inercia que no me dio por interrumpir, seguí trotando y le señalé, ya no en francés ( no doy para tanto) sino con “hábiles” gestos, que salía a correr un rato. La vuelta corriendo en solitario por la isla fue memorable; recuerdo el sol poniéndose sobre cabo Falcó, en uno de esos atardeceres que se le quedan a unos grabados, lo que no exime que compatibilizara la dimensión bucólica con el ángulo utilitarista (“haré un par de fotos, y así luego se las enseño a la francesa”). Continué corriendo hacia el extremo contrario de la isla, el de Levante, donde está la pequeña parte habitada que, ya en sus últimas luces del día, tenía una apariencia fantasmal, completamente desierta. Llegué al barco ya en el comienzo de la noche y el pantalán estaba igualmente desierto, así que subí al Ocam, me di una ducha (fría, como todas las del Ocam, bastante con que ese día quedaba agua en los depósitos), pensé que ponerme (fue un pensamiento breve, sólo tenía la ropa del día siguiente) y pensé que llevar como detalle a la esperada cena (pensamiento igualmente breve, sólo tenía mucha cerveza y un fuet con palitos).

Así que me planté en el muelle, con la cerveza y el fuet con palitos, y me acerqué al barco vecino. Seguía sin verse a nadie; “lo mismo la francesa ha salido a dar un paseo”, así que me di yo dos por el muelle y, tras seguir sin ver a nadie, me situé frente al bonito velero y saludé en el poco francés que sabía; el caso es que mi saludo debió causarle una honda impresión, entre otras cosas, porque de las dos palabras que dije en francés, una la confundí y la dije en catalán [pronunciado por un madrileño]; su impresión fue, en cualquier caso y sin duda, incomparable a la mía, cuando, tras mis saludos, apareció al fin su inconfundible melena rubia por el tambucho de salida según subía las escalas… y acto seguido el resto del cuerpo, que resultó el de ser un hombre, unos diez años mayor que ella y con barba, que amablemente me invitó a pasar a bordo.

El caso es que, tras dos horas creyéndome Ulises en Ogigia, me di de bruces con la dura realidad, en la que la invitación a cenar era real, pero igualmente real era que, a diferencia de lo que me había dado por imaginar, la francesa no viajaba melena al viento y en solitario, sino con su marido parisino, tres hijos pequeños y en conserva con otro barco que aparecía por la bocana en ese momento, con una familia de cuatro suecos con los que resultó que compartían travesía tras haberse conocido en Gibraltar. Así que la cena que yo imaginaba con velas y “a dos” se transformó en un tropel de 10 personas (5 de ellos, niños entre 2 y 7 años) en la angosta mesa del Clásico de 11 metros; ante tal rolada del “viento”, no me quedó otra que adheririme, con tanto entusiasmo que, cuatro horas más tarde, sólo quedábamos el francés, el sueco y yo alrededor de los restos de la botella de un terrible licor sueco que le había dado por macerar con no sé qué hierbas que cogió en Marruecos; creo recordar, algo más tarde y mucho más difusamente, a la francesa llamándonos al orden a los tres, que al parecer cantábamos demasiado alto, con lo que tocó arriar velas y autoestima y volver al Ocam -otro golpe en el tobillo mediante- a dormir una noche muy distinta a la que, horas antes, había anticipado.

Tabarca es única, sin duda. Dentro y fuera de temporada.

si si , muy buena....
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Antiguo 15-12-2022, 21:26
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TORRETA TORRETA esta desconectado
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

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Hay dos Tabarcas, y las dos son sorprendentes. En verano es sorprendente en la dirección que señala el cofrade, y sólo añado que se puede poner clarísimamente peor que lo que aparece en el vídeo. Tuve varios años amarre en Alicante, después en Costa Brava y ahora estoy en el Maresme, y Tabarca compite dignísimamente con Costa Brava o Pitiusas en saturación veraniega.

Fuera de temporada, es una isla única, donde puedes fondear o atracar en su pequeño puerto (hablo de hace ya unos años) y disfrutar de una isla que en un 80% está desierta y en el otro 20% está poco habitada (<50 habitantes), bien conservada y no falta algún sitio abierto donde tomar un buen pez. Y es una isla donde ocurren cosas extrañas y da pie, vídeos de youtube aparte, a curiosas “batallitas”

Una de ellas me pasó hará unos 15 años cuando, al poco de comprar mi anterior barco (un Puma 29), tiré el ancla un lunes de marzo, tras llegar en solitario con la intención de pasar la noche fondeado en la isla. Poco después me acordé de que no tenía gas y, como tampoco tenía ganas de cenar frío, me acerqué a su pequeño puerto, donde estaba atracado sólo otro barco, un precioso clásico de unos 11 metros y bandera francesa.

El puerto, viejo conocido de esta taberna, es pequeño y de calado justo, en contraste con su muelle, alto y de piedra, así que preparé amarras de proa y popa y salté al muelle con ambas en la mano para hacerlas firmes a los aros, oxidados, que hacen las veces de norays. Nada más saltar del barco, me sorprendió ver salir, melena al viento, una francesa del barco clásico, que me preguntó, en muy correcto español, si podía ayudarme con las amarras. Yo tendría 28 años y ella mi edad, así que, como estaba visiblemente sorprendido con su aparición y en el PER no enseñan cómo "maniobrar” ante este tipo de apariciones, la contesté con bastante torpeza en un pseudofrancés que no entendió, pese a lo que se quedó haciendo firme el largo de proa al noray mientras me ocupaba en amarrar, con más tranquilidad, el de popa. Tras agradecimientos y saludos chapurreados -de nuevo, torpemente- en francésñol-, subí a bordo a apagar el motor, a recoger y cambiarme; decidí ponerme la ropa de deporte y salir a correr a lo largo de la isla, aprovechando que tenía un rato largo por delante hasta la cena; “y, además, así, lo mismo sorprendo a la francesa”.

El caso es que, al salir, ella paseaba solitaria por el muelle y, al verme, me saludó y me preguntó, sonriente, si me apetecía cenar en su barco. Ante tal situación, para la que la DGMM no define protocolo alguno, le dije atropelladamente que “merci” y, por supuesto, que “oui” (o como se escriba), al tiempo que, en un alarde de sorpresa y agilidad, me dejaba, con gran dolor, el tobillo en el guardamancebos al saltar al muelle; por pura inercia que no me dio por interrumpir, seguí trotando y le señalé, ya no en francés ( no doy para tanto) sino con “hábiles” gestos, que salía a correr un rato. La vuelta corriendo en solitario por la isla fue memorable; recuerdo el sol poniéndose sobre cabo Falcó, en uno de esos atardeceres que se le quedan a unos grabados, lo que no exime que compatibilizara la dimensión bucólica con el ángulo utilitarista (“haré un par de fotos, y así luego se las enseño a la francesa”). Continué corriendo hacia el extremo contrario de la isla, el de Levante, donde está la pequeña parte habitada que, ya en sus últimas luces del día, tenía una apariencia fantasmal, completamente desierta. Llegué al barco ya en el comienzo de la noche y el pantalán estaba igualmente desierto, así que subí al Ocam, me di una ducha (fría, como todas las del Ocam, bastante con que ese día quedaba agua en los depósitos), pensé que ponerme (fue un pensamiento breve, sólo tenía la ropa del día siguiente) y pensé que llevar como detalle a la esperada cena (pensamiento igualmente breve, sólo tenía mucha cerveza y un fuet con palitos).

Así que me planté en el muelle, con la cerveza y el fuet con palitos, y me acerqué al barco vecino. Seguía sin verse a nadie; “lo mismo la francesa ha salido a dar un paseo”, así que me di yo dos por el muelle y, tras seguir sin ver a nadie, me situé frente al bonito velero y saludé en el poco francés que sabía; el caso es que mi saludo debió causarle una honda impresión, entre otras cosas, porque de las dos palabras que dije en francés, una la confundí y la dije en catalán [pronunciado por un madrileño]; su impresión fue, en cualquier caso y sin duda, incomparable a la mía, cuando, tras mis saludos, apareció al fin su inconfundible melena rubia por el tambucho de salida según subía las escalas… y acto seguido el resto del cuerpo, que resultó el de ser un hombre, unos diez años mayor que ella y con barba, que amablemente me invitó a pasar a bordo.

El caso es que, tras dos horas creyéndome Ulises en Ogigia, me di de bruces con la dura realidad, en la que la invitación a cenar era real, pero igualmente real era que, a diferencia de lo que me había dado por imaginar, la francesa no viajaba melena al viento y en solitario, sino con su marido parisino, tres hijos pequeños y en conserva con otro barco que aparecía por la bocana en ese momento, con una familia de cuatro suecos con los que resultó que compartían travesía tras haberse conocido en Gibraltar. Así que la cena que yo imaginaba con velas y “a dos” se transformó en un tropel de 10 personas (5 de ellos, niños entre 2 y 7 años) en la angosta mesa del Clásico de 11 metros; ante tal rolada del “viento”, no me quedó otra que adheririme, con tanto entusiasmo que, cuatro horas más tarde, sólo quedábamos el francés, el sueco y yo alrededor de los restos de la botella de un terrible licor sueco que le había dado por macerar con no sé qué hierbas que cogió en Marruecos; creo recordar, algo más tarde y mucho más difusamente, a la francesa llamándonos al orden a los tres, que al parecer cantábamos demasiado alto, con lo que tocó arriar velas y autoestima y volver al Ocam -otro golpe en el tobillo mediante- a dormir una noche muy distinta a la que, horas antes, había anticipado.

Tabarca es única, sin duda. Dentro y fuera de temporada.

Tal cual.
Me ha encantado, magnífico relato.
Esa es Tabarca en invierno.
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  #7  
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

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Originalmente publicado por Avante Ver mensaje
Hay dos Tabarcas, y las dos son sorprendentes. En verano es sorprendente en la dirección que señala el cofrade, y sólo añado que se puede poner clarísimamente peor que lo que aparece en el vídeo. Tuve varios años amarre en Alicante, después en Costa Brava y ahora estoy en el Maresme, y Tabarca compite dignísimamente con Costa Brava o Pitiusas en saturación veraniega.

Fuera de temporada, es una isla única, donde puedes fondear o atracar en su pequeño puerto (hablo de hace ya unos años) y disfrutar de una isla que en un 80% está desierta y en el otro 20% está poco habitada (<50 habitantes), bien conservada y no falta algún sitio abierto donde tomar un buen pez. Y es una isla donde ocurren cosas extrañas y da pie, vídeos de youtube aparte, a curiosas “batallitas”

Una de ellas me pasó hará unos 15 años cuando, al poco de comprar mi anterior barco (un Puma 29), tiré el ancla un lunes de marzo, tras llegar en solitario con la intención de pasar la noche fondeado en la isla. Poco después me acordé de que no tenía gas y, como tampoco tenía ganas de cenar frío, me acerqué a su pequeño puerto, donde estaba atracado sólo otro barco, un precioso clásico de unos 11 metros y bandera francesa.

El puerto, viejo conocido de esta taberna, es pequeño y de calado justo, en contraste con su muelle, alto y de piedra, así que preparé amarras de proa y popa y salté al muelle con ambas en la mano para hacerlas firmes a los aros, oxidados, que hacen las veces de norays. Nada más saltar del barco, me sorprendió ver salir, melena al viento, una francesa del barco clásico, que me preguntó, en muy correcto español, si podía ayudarme con las amarras. Yo tendría 28 años y ella mi edad, así que, como estaba visiblemente sorprendido con su aparición y en el PER no enseñan cómo "maniobrar” ante este tipo de apariciones, la contesté con bastante torpeza en un pseudofrancés que no entendió, pese a lo que se quedó haciendo firme el largo de proa al noray mientras me ocupaba en amarrar, con más tranquilidad, el de popa. Tras agradecimientos y saludos chapurreados -de nuevo, torpemente- en francésñol-, subí a bordo a apagar el motor, a recoger y cambiarme; decidí ponerme la ropa de deporte y salir a correr a lo largo de la isla, aprovechando que tenía un rato largo por delante hasta la cena; “y, además, así, lo mismo sorprendo a la francesa”.

El caso es que, al salir, ella paseaba solitaria por el muelle y, al verme, me saludó y me preguntó, sonriente, si me apetecía cenar en su barco. Ante tal situación, para la que la DGMM no define protocolo alguno, le dije atropelladamente que “merci” y, por supuesto, que “oui” (o como se escriba), al tiempo que, en un alarde de sorpresa y agilidad, me dejaba, con gran dolor, el tobillo en el guardamancebos al saltar al muelle; por pura inercia que no me dio por interrumpir, seguí trotando y le señalé, ya no en francés ( no doy para tanto) sino con “hábiles” gestos, que salía a correr un rato. La vuelta corriendo en solitario por la isla fue memorable; recuerdo el sol poniéndose sobre cabo Falcó, en uno de esos atardeceres que se le quedan a unos grabados, lo que no exime que compatibilizara la dimensión bucólica con el ángulo utilitarista (“haré un par de fotos, y así luego se las enseño a la francesa”). Continué corriendo hacia el extremo contrario de la isla, el de Levante, donde está la pequeña parte habitada que, ya en sus últimas luces del día, tenía una apariencia fantasmal, completamente desierta. Llegué al barco ya en el comienzo de la noche y el pantalán estaba igualmente desierto, así que subí al Ocam, me di una ducha (fría, como todas las del Ocam, bastante con que ese día quedaba agua en los depósitos), pensé que ponerme (fue un pensamiento breve, sólo tenía la ropa del día siguiente) y pensé que llevar como detalle a la esperada cena (pensamiento igualmente breve, sólo tenía mucha cerveza y un fuet con palitos).

Así que me planté en el muelle, con la cerveza y el fuet con palitos, y me acerqué al barco vecino. Seguía sin verse a nadie; “lo mismo la francesa ha salido a dar un paseo”, así que me di yo dos por el muelle y, tras seguir sin ver a nadie, me situé frente al bonito velero y saludé en el poco francés que sabía; el caso es que mi saludo debió causarle una honda impresión, entre otras cosas, porque de las dos palabras que dije en francés, una la confundí y la dije en catalán [pronunciado por un madrileño]; su impresión fue, en cualquier caso y sin duda, incomparable a la mía, cuando, tras mis saludos, apareció al fin su inconfundible melena rubia por el tambucho de salida según subía las escalas… y acto seguido el resto del cuerpo, que resultó el de ser un hombre, unos diez años mayor que ella y con barba, que amablemente me invitó a pasar a bordo.

El caso es que, tras dos horas creyéndome Ulises en Ogigia, me di de bruces con la dura realidad, en la que la invitación a cenar era real, pero igualmente real era que, a diferencia de lo que me había dado por imaginar, la francesa no viajaba melena al viento y en solitario, sino con su marido parisino, tres hijos pequeños y en conserva con otro barco que aparecía por la bocana en ese momento, con una familia de cuatro suecos con los que resultó que compartían travesía tras haberse conocido en Gibraltar. Así que la cena que yo imaginaba con velas y “a dos” se transformó en un tropel de 10 personas (5 de ellos, niños entre 2 y 7 años) en la angosta mesa del Clásico de 11 metros; ante tal rolada del “viento”, no me quedó otra que adheririme, con tanto entusiasmo que, cuatro horas más tarde, sólo quedábamos el francés, el sueco y yo alrededor de los restos de la botella de un terrible licor sueco que le había dado por macerar con no sé qué hierbas que cogió en Marruecos; creo recordar, algo más tarde y mucho más difusamente, a la francesa llamándonos al orden a los tres, que al parecer cantábamos demasiado alto, con lo que tocó arriar velas y autoestima y volver al Ocam -otro golpe en el tobillo mediante- a dormir una noche muy distinta a la que, horas antes, había anticipado.

Tabarca es única, sin duda. Dentro y fuera de temporada.

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  #8  
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

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Originalmente publicado por Avante Ver mensaje
Hay dos Tabarcas, y las dos son sorprendentes. En verano es sorprendente en la dirección que señala el cofrade, y sólo añado que se puede poner clarísimamente peor que lo que aparece en el vídeo. Tuve varios años amarre en Alicante, después en Costa Brava y ahora estoy en el Maresme, y Tabarca compite dignísimamente con Costa Brava o Pitiusas en saturación veraniega.

Fuera de temporada, es una isla única, donde puedes fondear o atracar en su pequeño puerto (hablo de hace ya unos años) y disfrutar de una isla que en un 80% está desierta y en el otro 20% está poco habitada (<50 habitantes), bien conservada y no falta algún sitio abierto donde tomar un buen pez. Y es una isla donde ocurren cosas extrañas y da pie, vídeos de youtube aparte, a curiosas “batallitas”

Una de ellas me pasó hará unos 15 años cuando, al poco de comprar mi anterior barco (un Puma 29), tiré el ancla un lunes de marzo, tras llegar en solitario con la intención de pasar la noche fondeado en la isla. Poco después me acordé de que no tenía gas y, como tampoco tenía ganas de cenar frío, me acerqué a su pequeño puerto, donde estaba atracado sólo otro barco, un precioso clásico de unos 11 metros y bandera francesa.

El puerto, viejo conocido de esta taberna, es pequeño y de calado justo, en contraste con su muelle, alto y de piedra, así que preparé amarras de proa y popa y salté al muelle con ambas en la mano para hacerlas firmes a los aros, oxidados, que hacen las veces de norays. Nada más saltar del barco, me sorprendió ver salir, melena al viento, una francesa del barco clásico, que me preguntó, en muy correcto español, si podía ayudarme con las amarras. Yo tendría 28 años y ella mi edad, así que, como estaba visiblemente sorprendido con su aparición y en el PER no enseñan cómo "maniobrar” ante este tipo de apariciones, la contesté con bastante torpeza en un pseudofrancés que no entendió, pese a lo que se quedó haciendo firme el largo de proa al noray mientras me ocupaba en amarrar, con más tranquilidad, el de popa. Tras agradecimientos y saludos chapurreados -de nuevo, torpemente- en francésñol-, subí a bordo a apagar el motor, a recoger y cambiarme; decidí ponerme la ropa de deporte y salir a correr a lo largo de la isla, aprovechando que tenía un rato largo por delante hasta la cena; “y, además, así, lo mismo sorprendo a la francesa”.

El caso es que, al salir, ella paseaba solitaria por el muelle y, al verme, me saludó y me preguntó, sonriente, si me apetecía cenar en su barco. Ante tal situación, para la que la DGMM no define protocolo alguno, le dije atropelladamente que “merci” y, por supuesto, que “oui” (o como se escriba), al tiempo que, en un alarde de sorpresa y agilidad, me dejaba, con gran dolor, el tobillo en el guardamancebos al saltar al muelle; por pura inercia que no me dio por interrumpir, seguí trotando y le señalé, ya no en francés ( no doy para tanto) sino con “hábiles” gestos, que salía a correr un rato. La vuelta corriendo en solitario por la isla fue memorable; recuerdo el sol poniéndose sobre cabo Falcó, en uno de esos atardeceres que se le quedan a unos grabados, lo que no exime que compatibilizara la dimensión bucólica con el ángulo utilitarista (“haré un par de fotos, y así luego se las enseño a la francesa”). Continué corriendo hacia el extremo contrario de la isla, el de Levante, donde está la pequeña parte habitada que, ya en sus últimas luces del día, tenía una apariencia fantasmal, completamente desierta. Llegué al barco ya en el comienzo de la noche y el pantalán estaba igualmente desierto, así que subí al Ocam, me di una ducha (fría, como todas las del Ocam, bastante con que ese día quedaba agua en los depósitos), pensé que ponerme (fue un pensamiento breve, sólo tenía la ropa del día siguiente) y pensé que llevar como detalle a la esperada cena (pensamiento igualmente breve, sólo tenía mucha cerveza y un fuet con palitos).

Así que me planté en el muelle, con la cerveza y el fuet con palitos, y me acerqué al barco vecino. Seguía sin verse a nadie; “lo mismo la francesa ha salido a dar un paseo”, así que me di yo dos por el muelle y, tras seguir sin ver a nadie, me situé frente al bonito velero y saludé en el poco francés que sabía; el caso es que mi saludo debió causarle una honda impresión, entre otras cosas, porque de las dos palabras que dije en francés, una la confundí y la dije en catalán [pronunciado por un madrileño]; su impresión fue, en cualquier caso y sin duda, incomparable a la mía, cuando, tras mis saludos, apareció al fin su inconfundible melena rubia por el tambucho de salida según subía las escalas… y acto seguido el resto del cuerpo, que resultó el de ser un hombre, unos diez años mayor que ella y con barba, que amablemente me invitó a pasar a bordo.

El caso es que, tras dos horas creyéndome Ulises en Ogigia, me di de bruces con la dura realidad, en la que la invitación a cenar era real, pero igualmente real era que, a diferencia de lo que me había dado por imaginar, la francesa no viajaba melena al viento y en solitario, sino con su marido parisino, tres hijos pequeños y en conserva con otro barco que aparecía por la bocana en ese momento, con una familia de cuatro suecos con los que resultó que compartían travesía tras haberse conocido en Gibraltar. Así que la cena que yo imaginaba con velas y “a dos” se transformó en un tropel de 10 personas (5 de ellos, niños entre 2 y 7 años) en la angosta mesa del Clásico de 11 metros; ante tal rolada del “viento”, no me quedó otra que adheririme, con tanto entusiasmo que, cuatro horas más tarde, sólo quedábamos el francés, el sueco y yo alrededor de los restos de la botella de un terrible licor sueco que le había dado por macerar con no sé qué hierbas que cogió en Marruecos; creo recordar, algo más tarde y mucho más difusamente, a la francesa llamándonos al orden a los tres, que al parecer cantábamos demasiado alto, con lo que tocó arriar velas y autoestima y volver al Ocam -otro golpe en el tobillo mediante- a dormir una noche muy distinta a la que, horas antes, había anticipado.

Tabarca es única, sin duda. Dentro y fuera de temporada.

Que gran historia....si la llego a conocer antes, la suelto en el vídeo
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  #9  
Antiguo 16-12-2022, 13:39
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Originalmente publicado por Tomas750 Ver mensaje
Que gran historia....si la llego a conocer antes, la suelto en el vídeo
Por cierto Tomas ,aparte de la recomiendacion que haces de la marca de fondeo que hablas que nadie la lleva , y tú si la pones ..creo que cuando estás navegando a vela y a motor ,te falta la marca de navegación a vela y a motor ..muy importante cuando se lleva alguna vela arriba ,en este caso ,como tú que estás navegando con vela mayor y el motor ..
Saludos
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Tomas750 (24-12-2022)
  #10  
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Originalmente publicado por custodio Ver mensaje
.... cuando estás navegando a vela y a motor ,te falta la marca de navegación a vela y a motor ....



Precio: 9'80€
( https://www.depositohidrografico.com...e-senalizacion )


Y la marca de fondeo:



Precio: 7'60€
( https://www.depositohidrografico.com...e-senalizacion )

Los habrá que no hemos llevado ninguna de las dos en la vida.
(Y mira que son baratas ).


Salud y
__________________


El cruce del Atlántico y posterior estancia en el Caribe de El Temido lll (2014/2016)
http://foro.latabernadelpuerto.com/s...d.php?t=145184

Editado por El Temido II en 16-12-2022 a las 13:56.
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Tomas750 (24-12-2022)
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Y además el cono es con el vértice hacia abajo...

Saludos y
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  #12  
Antiguo 24-12-2022, 00:02
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Originalmente publicado por custodio Ver mensaje
Por cierto Tomas ,aparte de la recomiendacion que haces de la marca de fondeo que hablas que nadie la lleva , y tú si la pones ..creo que cuando estás navegando a vela y a motor ,te falta la marca de navegación a vela y a motor ..muy importante cuando se lleva alguna vela arriba ,en este caso ,como tú que estás navegando con vela mayor y el motor ..
Saludos
Tienes toda la razón, de echo la llevo en el barco pero ya no la pongo. Antes lo hacía y al final me canse de ser el único. Gracias por la información y un saludo!!!
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  #13  
Antiguo 16-12-2022, 20:20
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Originalmente publicado por Avante Ver mensaje
Hay dos Tabarcas, y las dos son sorprendentes. En verano es sorprendente en la dirección que señala el cofrade, y sólo añado que se puede poner clarísimamente peor que lo que aparece en el vídeo. Tuve varios años amarre en Alicante, después en Costa Brava y ahora estoy en el Maresme, y Tabarca compite dignísimamente con Costa Brava o Pitiusas en saturación veraniega.

Fuera de temporada, es una isla única, donde puedes fondear o atracar en su pequeño puerto (hablo de hace ya unos años) y disfrutar de una isla que en un 80% está desierta y en el otro 20% está poco habitada (<50 habitantes), bien conservada y no falta algún sitio abierto donde tomar un buen pez. Y es una isla donde ocurren cosas extrañas y da pie, vídeos de youtube aparte, a curiosas “batallitas”

Una de ellas me pasó hará unos 15 años cuando, al poco de comprar mi anterior barco (un Puma 29), tiré el ancla un lunes de marzo, tras llegar en solitario con la intención de pasar la noche fondeado en la isla. Poco después me acordé de que no tenía gas y, como tampoco tenía ganas de cenar frío, me acerqué a su pequeño puerto, donde estaba atracado sólo otro barco, un precioso clásico de unos 11 metros y bandera francesa.

El puerto, viejo conocido de esta taberna, es pequeño y de calado justo, en contraste con su muelle, alto y de piedra, así que preparé amarras de proa y popa y salté al muelle con ambas en la mano para hacerlas firmes a los aros, oxidados, que hacen las veces de norays. Nada más saltar del barco, me sorprendió ver salir, melena al viento, una francesa del barco clásico, que me preguntó, en muy correcto español, si podía ayudarme con las amarras. Yo tendría 28 años y ella mi edad, así que, como estaba visiblemente sorprendido con su aparición y en el PER no enseñan cómo "maniobrar” ante este tipo de apariciones, la contesté con bastante torpeza en un pseudofrancés que no entendió, pese a lo que se quedó haciendo firme el largo de proa al noray mientras me ocupaba en amarrar, con más tranquilidad, el de popa. Tras agradecimientos y saludos chapurreados -de nuevo, torpemente- en francésñol-, subí a bordo a apagar el motor, a recoger y cambiarme; decidí ponerme la ropa de deporte y salir a correr a lo largo de la isla, aprovechando que tenía un rato largo por delante hasta la cena; “y, además, así, lo mismo sorprendo a la francesa”.

El caso es que, al salir, ella paseaba solitaria por el muelle y, al verme, me saludó y me preguntó, sonriente, si me apetecía cenar en su barco. Ante tal situación, para la que la DGMM no define protocolo alguno, le dije atropelladamente que “merci” y, por supuesto, que “oui” (o como se escriba), al tiempo que, en un alarde de sorpresa y agilidad, me dejaba, con gran dolor, el tobillo en el guardamancebos al saltar al muelle; por pura inercia que no me dio por interrumpir, seguí trotando y le señalé, ya no en francés ( no doy para tanto) sino con “hábiles” gestos, que salía a correr un rato. La vuelta corriendo en solitario por la isla fue memorable; recuerdo el sol poniéndose sobre cabo Falcó, en uno de esos atardeceres que se le quedan a unos grabados, lo que no exime que compatibilizara la dimensión bucólica con el ángulo utilitarista (“haré un par de fotos, y así luego se las enseño a la francesa”). Continué corriendo hacia el extremo contrario de la isla, el de Levante, donde está la pequeña parte habitada que, ya en sus últimas luces del día, tenía una apariencia fantasmal, completamente desierta. Llegué al barco ya en el comienzo de la noche y el pantalán estaba igualmente desierto, así que subí al Ocam, me di una ducha (fría, como todas las del Ocam, bastante con que ese día quedaba agua en los depósitos), pensé que ponerme (fue un pensamiento breve, sólo tenía la ropa del día siguiente) y pensé que llevar como detalle a la esperada cena (pensamiento igualmente breve, sólo tenía mucha cerveza y un fuet con palitos).

Así que me planté en el muelle, con la cerveza y el fuet con palitos, y me acerqué al barco vecino. Seguía sin verse a nadie; “lo mismo la francesa ha salido a dar un paseo”, así que me di yo dos por el muelle y, tras seguir sin ver a nadie, me situé frente al bonito velero y saludé en el poco francés que sabía; el caso es que mi saludo debió causarle una honda impresión, entre otras cosas, porque de las dos palabras que dije en francés, una la confundí y la dije en catalán [pronunciado por un madrileño]; su impresión fue, en cualquier caso y sin duda, incomparable a la mía, cuando, tras mis saludos, apareció al fin su inconfundible melena rubia por el tambucho de salida según subía las escalas… y acto seguido el resto del cuerpo, que resultó el de ser un hombre, unos diez años mayor que ella y con barba, que amablemente me invitó a pasar a bordo.

El caso es que, tras dos horas creyéndome Ulises en Ogigia, me di de bruces con la dura realidad, en la que la invitación a cenar era real, pero igualmente real era que, a diferencia de lo que me había dado por imaginar, la francesa no viajaba melena al viento y en solitario, sino con su marido parisino, tres hijos pequeños y en conserva con otro barco que aparecía por la bocana en ese momento, con una familia de cuatro suecos con los que resultó que compartían travesía tras haberse conocido en Gibraltar. Así que la cena que yo imaginaba con velas y “a dos” se transformó en un tropel de 10 personas (5 de ellos, niños entre 2 y 7 años) en la angosta mesa del Clásico de 11 metros; ante tal rolada del “viento”, no me quedó otra que adheririme, con tanto entusiasmo que, cuatro horas más tarde, sólo quedábamos el francés, el sueco y yo alrededor de los restos de la botella de un terrible licor sueco que le había dado por macerar con no sé qué hierbas que cogió en Marruecos; creo recordar, algo más tarde y mucho más difusamente, a la francesa llamándonos al orden a los tres, que al parecer cantábamos demasiado alto, con lo que tocó arriar velas y autoestima y volver al Ocam -otro golpe en el tobillo mediante- a dormir una noche muy distinta a la que, horas antes, había anticipado.

Tabarca es única, sin duda. Dentro y fuera de temporada.

Yo de ti rodaría la película ... que jartá a reír me he pegado
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  #14  
Antiguo 17-12-2022, 10:39
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

Me han entrado ganas de fondear en Tabarca este invierno


Unas rondas
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  #15  
Antiguo 17-12-2022, 19:41
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Hola
Yo en una ocasion estaba fondeado en la zona norte en mayo, estaba llena de barcos y motos de agua. Me quede sentado guardando el barco mientras los compañeros visitaban la isla y de repente aparece una moto de agua al lado del barco, la cojo alargando la mano y la ato. Cuando volvieron los demas mande a mi hermano a que la dejase en la playa y nos fuimos. Hay que ser cierrabares.
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  #16  
Antiguo 20-12-2022, 18:55
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...
Y es una isla donde ocurren cosas extrañas
...
...
Tabarca es única, sin duda. Dentro y fuera de temporada.



Madre mía, Avante, hasta la mitad del penúltimo párrafo todo era una aventura de ensueño (aunque no entiendo muy bien a santo de qué te fuiste a correr; ahí malograste tu destino )...

Pero el desenlace... vaya bofetón de realidad consumada. O más bien sin consumar.

Y es que las sirenas existen, pero debe ser para otros.

Abrazos,
__________________

Newton

El movimiento se demuestra andando.
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  #17  
Antiguo 20-12-2022, 21:58
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

Me estaba relamiendo esperando otro final jajaja. Qué bueno.

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Hay dos Tabarcas, y las dos son sorprendentes. En verano es sorprendente en la dirección que señala el cofrade, y sólo añado que se puede poner clarísimamente peor que lo que aparece en el vídeo. Tuve varios años amarre en Alicante, después en Costa Brava y ahora estoy en el Maresme, y Tabarca compite dignísimamente con Costa Brava o Pitiusas en saturación veraniega.

Fuera de temporada, es una isla única, donde puedes fondear o atracar en su pequeño puerto (hablo de hace ya unos años) y disfrutar de una isla que en un 80% está desierta y en el otro 20% está poco habitada (<50 habitantes), bien conservada y no falta algún sitio abierto donde tomar un buen pez. Y es una isla donde ocurren cosas extrañas y da pie, vídeos de youtube aparte, a curiosas “batallitas”

Una de ellas me pasó hará unos 15 años cuando, al poco de comprar mi anterior barco (un Puma 29), tiré el ancla un lunes de marzo, tras llegar en solitario con la intención de pasar la noche fondeado en la isla. Poco después me acordé de que no tenía gas y, como tampoco tenía ganas de cenar frío, me acerqué a su pequeño puerto, donde estaba atracado sólo otro barco, un precioso clásico de unos 11 metros y bandera francesa.

El puerto, viejo conocido de esta taberna, es pequeño y de calado justo, en contraste con su muelle, alto y de piedra, así que preparé amarras de proa y popa y salté al muelle con ambas en la mano para hacerlas firmes a los aros, oxidados, que hacen las veces de norays. Nada más saltar del barco, me sorprendió ver salir, melena al viento, una francesa del barco clásico, que me preguntó, en muy correcto español, si podía ayudarme con las amarras. Yo tendría 28 años y ella mi edad, así que, como estaba visiblemente sorprendido con su aparición y en el PER no enseñan cómo "maniobrar” ante este tipo de apariciones, la contesté con bastante torpeza en un pseudofrancés que no entendió, pese a lo que se quedó haciendo firme el largo de proa al noray mientras me ocupaba en amarrar, con más tranquilidad, el de popa. Tras agradecimientos y saludos chapurreados -de nuevo, torpemente- en francésñol-, subí a bordo a apagar el motor, a recoger y cambiarme; decidí ponerme la ropa de deporte y salir a correr a lo largo de la isla, aprovechando que tenía un rato largo por delante hasta la cena; “y, además, así, lo mismo sorprendo a la francesa”.

El caso es que, al salir, ella paseaba solitaria por el muelle y, al verme, me saludó y me preguntó, sonriente, si me apetecía cenar en su barco. Ante tal situación, para la que la DGMM no define protocolo alguno, le dije atropelladamente que “merci” y, por supuesto, que “oui” (o como se escriba), al tiempo que, en un alarde de sorpresa y agilidad, me dejaba, con gran dolor, el tobillo en el guardamancebos al saltar al muelle; por pura inercia que no me dio por interrumpir, seguí trotando y le señalé, ya no en francés ( no doy para tanto) sino con “hábiles” gestos, que salía a correr un rato. La vuelta corriendo en solitario por la isla fue memorable; recuerdo el sol poniéndose sobre cabo Falcó, en uno de esos atardeceres que se le quedan a unos grabados, lo que no exime que compatibilizara la dimensión bucólica con el ángulo utilitarista (“haré un par de fotos, y así luego se las enseño a la francesa”). Continué corriendo hacia el extremo contrario de la isla, el de Levante, donde está la pequeña parte habitada que, ya en sus últimas luces del día, tenía una apariencia fantasmal, completamente desierta. Llegué al barco ya en el comienzo de la noche y el pantalán estaba igualmente desierto, así que subí al Ocam, me di una ducha (fría, como todas las del Ocam, bastante con que ese día quedaba agua en los depósitos), pensé que ponerme (fue un pensamiento breve, sólo tenía la ropa del día siguiente) y pensé que llevar como detalle a la esperada cena (pensamiento igualmente breve, sólo tenía mucha cerveza y un fuet con palitos).

Así que me planté en el muelle, con la cerveza y el fuet con palitos, y me acerqué al barco vecino. Seguía sin verse a nadie; “lo mismo la francesa ha salido a dar un paseo”, así que me di yo dos por el muelle y, tras seguir sin ver a nadie, me situé frente al bonito velero y saludé en el poco francés que sabía; el caso es que mi saludo debió causarle una honda impresión, entre otras cosas, porque de las dos palabras que dije en francés, una la confundí y la dije en catalán [pronunciado por un madrileño]; su impresión fue, en cualquier caso y sin duda, incomparable a la mía, cuando, tras mis saludos, apareció al fin su inconfundible melena rubia por el tambucho de salida según subía las escalas… y acto seguido el resto del cuerpo, que resultó el de ser un hombre, unos diez años mayor que ella y con barba, que amablemente me invitó a pasar a bordo.

El caso es que, tras dos horas creyéndome Ulises en Ogigia, me di de bruces con la dura realidad, en la que la invitación a cenar era real, pero igualmente real era que, a diferencia de lo que me había dado por imaginar, la francesa no viajaba melena al viento y en solitario, sino con su marido parisino, tres hijos pequeños y en conserva con otro barco que aparecía por la bocana en ese momento, con una familia de cuatro suecos con los que resultó que compartían travesía tras haberse conocido en Gibraltar. Así que la cena que yo imaginaba con velas y “a dos” se transformó en un tropel de 10 personas (5 de ellos, niños entre 2 y 7 años) en la angosta mesa del Clásico de 11 metros; ante tal rolada del “viento”, no me quedó otra que adheririme, con tanto entusiasmo que, cuatro horas más tarde, sólo quedábamos el francés, el sueco y yo alrededor de los restos de la botella de un terrible licor sueco que le había dado por macerar con no sé qué hierbas que cogió en Marruecos; creo recordar, algo más tarde y mucho más difusamente, a la francesa llamándonos al orden a los tres, que al parecer cantábamos demasiado alto, con lo que tocó arriar velas y autoestima y volver al Ocam -otro golpe en el tobillo mediante- a dormir una noche muy distinta a la que, horas antes, había anticipado.

Tabarca es única, sin duda. Dentro y fuera de temporada.

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  #18  
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

la verdad es que lo de la saturación de turistas está llegando a todas partes. Aqui en la desembocadura del bidasoa ya salir un sabado o un domingo por la mañana en julio o agosto es encontrarte con un monton de barcos, motos de agua, gente haciendo padel, los otros con los optimist, piraguistas, los que arrastran esas cosas hinchables para los turistas, etc etc etc y fondean en ciertos sitios como frente a la playa de hondarribia es misión imposible o pelea continua...
por no hablar de la saturación de las playas, paseos maritimos, etc... yo este año he acabado asqueado. Me estoy planteando para el verano que viene irme a un pueblo pequeño al monte donde haya una piscina para los crios y un bar para el padre y dejar lo de la nautica para el resto del año.

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tuchin (22-12-2022)
  #19  
Antiguo 21-12-2022, 09:00
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Predeterminado Re: Fondear En La Isla De Tabara Junto A Los Charter Sin Patron

Al leer el titulo me he acordado de las " guardias " que tenia que hacer de pie , en proa , bichero en mano como el Dios Poseidon ahuyentando los barquitos de charter sin patrón que querian fondear dentro de mi circulo de borneo
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  #20  
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Originalmente publicado por Martae Ver mensaje
Al leer el titulo me he acordado de las " guardias " que tenia que hacer de pie , en proa , bichero en mano como el Dios Poseidon ahuyentando los barquitos de charter sin patrón que querian fondear dentro de mi circulo de borneo
A mí me ha recordado a una cosa que me contó un conocido que le pasó en Tabarca, que una lancha de "esas" se le amarró en el boyarín del orinque y cuando fue a decirle que se quitara de ahí, le contestaba el chaval gritando, es mía!! la he cogido yo primero!!! y el... pero fuera de mi ancla que estás enganchado en mi orinque.
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