La Taberna del Puerto Osmosis
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Predeterminado Re: Orcas, averías, risas, aventuras y desventuras en nuestra navegada del Cantábrico

El otro tropiezo serio lo tuvimos entrando en la marina de Albufeira.
Salimos de la Ría de Alvor con menos de media marea, cosa que no recomiendo porque los bancos de arena se mueven con las mareas y el calado del canal de salida, a pesar de estar balizado, no es seguro, de hecho nosotros encallamos tres veces, para después salir lanzados a toda velocidad por la estrecha entrada de la ría. Para dar una idea de la situación solo tengo que decir que la vaciante nos lanzó a una velocidad de más de 14 nudos por el canal (y solo pude mirar un par de veces la corredera…) que parecía un río. De hecho es lo que es, un auténtico río con una corriente fortísima que formaba olas de casi un metro de altura mucho antes de encontrarse con la mar abierta donde las olas eran todavía mayores. Si a esos 14 nudos le restamos los seis ó siete de velocidad que llevaríamos nosotros, para poder maniobrar sobre la corriente, la resultante de la vaciante sería una corriente de unos ocho nudos de velocidad. Nunca antes el Roatán había ido tan rápido.
El resto de la navegación hasta Albufeira fue tranquila con viento del norte que nos llegaba por la aleta y que se orientó a un través-largo al virar el cabo. Las rachas habían subido de intensidad hasta casi los treinta nudos, cambio que afortunadamente había adivinado con antelación y nos cogió ya con dos rizos en la mayor.
La entrada a la Marina de Albufeira está protegida por un puerto exterior sin pantalanes usado por los pesqueros para fondear, que da paso a un canal que es como un cañón que entra en tierra delimitado por un lado por un acantilado y por el otro por la montaña que en la orilla termina en un dique de cemento conformando al final una ensenada súper protegida que acoge los pantalanes de la marina. El canal tendrá unos ciento cincuenta o doscientos metros de largo por tan solo 25 metros de ancho en su parte más estrecha y aquel día, por su orientación, hacía que aquel viento racheado se acanalara por él aumentando considerablemente de intensidad.
En principio no deberíamos haber tenido problemas para pasarlo ni tampoco para amarrar porque la ensenada quedaba tranquila y protegida, pero como siempre que las cosas salen mal hay algún factor que desencadena el desaguisado. M. me había subido la guía Inry y antes de recoger las velas había visto que al final del canal estaba a mi estribor el pantalán de espera y, un poco más allá, a babor, el pontón del combustible al que teníamos que ir para repostar.
No sé porqué me despisté y en vez de ir primero al pantalán de espera entré decidido hacia el pontón del gas-oíl y no habría pasado nada si no se me ocurre en medio del canal cambiar mi objetivo y virar para entrar primero al pantalán de espera. Así que giro en medio del paso, en el que por cierto tendríamos como cuatro o cinco barcos por delante y otros tanto por detrás nuestro entrando o saliendo de la marina. Cuando quise darme cuenta las rachas de viento nos empujaban con tal fuerza que inmediatamente nos quedamos atravesados en el medio del paso. Intento avanzar hacia el muelle de espera y, al ir en contra del giro de la hélice, el barco no obedece y apenas mejora el ángulo para abarloarme al pantalán. Toco con la proa ligeramente (menos mal que el pantalán era de madera), pero allí no había nadie para ayudarnos y un minuto después, temblando como un principiante, volvía a estar atravesado entre los barcos que salían y los que entraban y con muy poco espacio para maniobrar.
Ya abandonada la idea de ir hacia el pantalán de espera, decido volver hacia el pontón del gas-oíl y como las rachas eran importantes y mi hélice es destrógira decido ciabogar hacia la derecha lo que supone hacer prácticamente un giro de 270 grados. En medio del estrépito de las bocinas de los barcos más cercanos que pensaban que les íbamos a tocar, voy dando atrás y avante y girando apurando al máximo los 25 metros de ancho que tenía disponibles y cuando llego más o menos a la dirección adecuada me paso girando hacia estribor y aunque intento la ciaboga al contrario el viento me lo impide y no me queda más remedio que volver a ciabogar otro giro entero en medio de toda una sinfonía de bocinas, pitidos, voces y más de un juramento en portugués, en inglés y en algún otro idioma desconocido.
Así que ahí estaba mi barco, atravesado en un canal de 25 metros (he comprobado con Google Maps que es lo que mide de ancho), apurando la ciaboga hacia las rocas en cada empujón hacia adelante y hacia un barco finlandés cuando daba atrás que temiendo el abordaje me atronaba con una bocina que bien le hubiera servido a un petrolero. Ni que decir tiene que a estas alturas del percance se habían ido acumulando barcos que querían entrar o salir del canal de manera que, además del ruidoso y enfadado finlandés, el canal había quedado ocupado por un buen número de barcos turísticos cargados de pálidos, orondos y rubios ingleses de todas las edades que debieron divertirse de lo lindo viendo mis apuros en medio de aquella jauría, mientras sus patrones procuraban mantenerse en su sitio a pesar del viento y aprovechaban también para hacer sonar sus bocinas y amenazarnos con gestos muy poco educados que acompañaban a los gritos e imprecaciones que afortunadamente no entendíamos, aunque adivinábamos.
El espectáculo que dimos fue corto, pero intenso. No tardaríamos más de cinco ó diez minutos en volver a quedar en la dirección correcta, pero hasta los administrativos de la marina salieron fuera de la oficina echándose las manos a la cabeza, supongo que temiendo que al final se formara en el canal un tapón de barcos atravesados y embistiéndose unos a otros y dejando a la marina incomunicada. Es posible que más de uno de aquellos espantados espectadores pensara que si la cosa salía mal habría que llamar a la marina portuguesa para desatascar el canal con un remolcador o algo así.
Afortunadamente el segundo 360 salió bien y en un par de minutos estábamos en el pantalán del gas-oíl sin más peripecias y sin que ocurriera ningún incidente más ni con nosotros ni entre alguno de los otros barcos implicados. Eso sí, tras llevarme un marinero en la zodiac a la oficina, nos asignaron la plaza de amarre más fácil que tenían disponible en los pantalanes para grandes barcos, dando por supuesto que ofrecerme entrar en cualquier otra plaza de menos de 30 metros de eslora era un serio riesgo para la seguridad marítima del sur de Portugal.
Acobardado por el tamaño de nuestros vecinos al día siguiente fui a la oficina del puerto a decirles que podían cambiarme a un amarre con la eslora adecuada para mi barco, pero amablemente me comunicaron que no había entradas de grandes barcos previstas y que podíamos quedarnos allí. Así que esta ha sido la primera y espero que última vez que nuestro querido barco se codea con los monstruos de los súper millonarios, pero me ha dado la pista de que montar un buen pollo es lo mejor qué puedo hacer si me niegan la plaza de mi tamaño en algún puerto. Igual funciona!!!
Y hasta aquí las aventuras y desventuras de nuestros algo más de tres meses de navegación, que dicho sea de paso ha resultado magnífica. Espero que os hayan divertido nuestras peripecias.
Ahora nuestro barco descansa en su amarre y espero que no sufra daños durante todo el invierno para poder comenzar de nuevo en mayo nuestra siguiente navegada.
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