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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#9
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![]() para todos¡Vamos a ver como salimos de esta! ¡Ahí va! ![]() ![]() Se pudo ver, entre penumbras, que una columna de agua se elevaba gran distancia de la popa seguido de un estampido sordo, como si estuviesen golpeando con un mazo un árbol distante. - ¡Apagad los fanales! ¡Cubrid las linternas! -¡Todos a cubierta! El capitán , entre los dos apóstoles situados ante el bonaventura , con las manos apoyadas en el pasamanos de la toldilla alzó su voz : - "El pirata está lejos. Este disparo y los que sigan son para amedrentarnos. A la distancia que ha caído el proyectil deben de estar por lo menos a más de cinco millas. Su alcance de combate estaría en menos un cuarto de milla si sus cañones y servidores son muy buenos. Tienen que andar mucho para alcanzarnos en la canal. Esta es la realidad; porque nos favorece el viento y la corriente. Si han atacado es porque ven posibilidades luego debemos sacarle al barco todo su jugo, nos va la vida en ello. Por otra parte ellos no saben que a la salida nos espera el galeón artillado; ni que yo tengo la mejor tripulación que un galeon de indias puede tener y que ,por supuesto, Dios y la Santísima Madre están con nosotros." Contramaestre suba por favor el armamento. - ¡Atención! Brigada de Santiago a por los cañones. Lucas,Alonso,Pedro y Llamita , conmigo por el resto de pertrechos. - ¡Tripulación a sus puestos! ¡zafarrancho! Los marineros,galvanizados por las palabras de su capitán,salieron disparados, unos subiendo por los obenques, para después desplegarse por las vergas buscando su lugar de trabajo ; otros a pié de los palos, del cabrestante de maniobra, de las maniguetas y de los bitones de escota y otros últimos a desmantelar los paramentos inútiles. Sobre cubierta ya teníamos dispuesto todo el armamento que llevábamos: Una culebrina, de 24 libras - la única pieza que era de bronce, porque el resto eran de hierro colado - ; 1 verso que era media culebrina; 1 sacre que era un cuarto de culebrina y cinco falconetes que eran 1/8 de culebrina con sus correspondientes cureñas y cabalgaduras . Un poco más allá estaba la munición constituida con 20 pelotas de piedra y otras 20 de hierro por cada pieza;una caja con cornetes para cebar, mecha y otros utensilios,además de los barriles con 5 quintales de pólvora. De pié, apoyados entre sí, estaban ocho arcabuces,cuatro de culata y otros cuatro de gancho, con sus pelotas de plomo y moldes; varias granadas de palo huecas con arpón; aferradores con sus cabos; puñales y espadas, ballestas con sus dardos; paveses para los costados y las gavias; alacranes... todo el listado que el mayordomo de la artillería nos había colocado a bordo en Sevilla, antes de emprender la travesía y que debíamos devolver en cuanto arribáramos. - Vamos a disparar la culebrina, para que vean que no lo van a tener fácil Mateo desmontó las tapas de las troneras habilitadas en las batayolas de babor y estribor. Estas portas ciegas estaban preparadas, tres en cada banda, diseñadas con sus brazolas correspondientes. Junto a la pólvora y municiones, un cañón necesitaba de diversos enseres para su funcionamiento que venían en un arcón precintado por el mayordomo sevillano que los habilitados se apresuraron a desellar para poner la culebrina en servicio. Estos artilleros ocupaban un puesto superior al marinero corriente que, aunque su labor habitual era las propias del servicio a la navegación, llegado el momento tenían que ocuparse de la artillería. Primero quitaron de la boca del cañón el tapón de madera revestido de cebo que protegía el ánima cuando no se disparaba. El tapón de volada, le decían, que tenía en el centro esculpida una Virgen entre dos columnas con la inscripción "Ave María Gratia Plena" y rodeándola ,como si fuera una moneda ,la frase lapidaria "Considera bien y ten presente el fin ",después metieron por esa boca un taco con una esponja húmeda para eliminar posibles restos de disparos anteriores, a continuación le metieron la pólvora apretándola con el atacador que tenía unas marcas indicando la profundidad a la que debía hundirse en el ánima del cañón para un disparo correcto por el peso de la bala . Después le aplicaron un taco formado de trozos de vela vieja y luego la bala ,que se eligió de metal, ya que alcanzaba más y su aullido de vuelo más temible , y al final comprimieron todo el conjunto con estopa. Acercaron la culebrina a la batayola asomando su boca por la porta y armaron el aparejo necesario. Primero le metieron una braga como retén de retroceso, uniendo las amuras al escabel del cañón. Luego unieron la cureña con un juego de poleas a dos cáncamos con sus argollas arraigadas en cubierta, que estaba habilitados tras la pieza para ese efecto y por último aplicaron un doble juego de poleas uniendo las gualderas de la encabalgadura con la amura. Con estos sistemas de podía alejar o acercar la culebrina a la porta rápidamente. Se colocaron cuñas altas debajo de la culata para dirigir lo más lejos posible el tiro y ya sólo quedaba meter por el oído del arma una pequeña cantidad de pólvora fina y aplicar el botafuego. - ¡Cañón listo! Gritaron al unísono los servidores, uno con el cuerno de la pólvora y el otro con el botafuego y su mecha encendida. - ¡Orzar una cuarta! El oscuro barco disparó de nuevo y su bala no levantó una columna de agua sino que esta vez rebotó sobre la mar dando tres violentos saltos hasta hundirse definitivamente y que apenas se vieron con luz de la luna oculta. Sin duda estaban más cerca. - ¡Cubierta! ¡Hay otra vela más! ¡Son dos! – Gritaron desde arriba - Es verdad, dijo Pablo mirando hacia popa y engurruñando los ojos .Es una sombra más entre las sombras musitó, pero son dos. La nuez me hizo un extraño que por poco me ahoga y tosiendo me asomé a la borda donde un rebufo de viento y agua me azotó la cara; íbamos más rápidos. - ¡En viento, señor! Las velas del galeón ya estaban hinchadas con el nuevo rumbo tensando más la jarcia haciendo crujir ostensiblemente la arboladura que se quejaba así de la nueva presión del viento, pero que, rápidamente, le dio través a los acosadores. - ¡¡Fuego!! El cañón disparó con un ruido ensordecedor que taponó mis oídos y propulsado por la vívida llama que salió por su boca, saltó al menos un metro hacia atrás sobre las dos ruedas de su cureña e inundó la cubierta en un acre humo que se me metió en los ojos y empecé a llorar a lágrima viva. La respuesta llegó rápida; un lejano zumbido sordo fue acercándose cambiando de tonalidad y volumen levantando al final un piquete de agua. Pablo me miró y al verme tosiendo y con los ojos arrasados en lágrimas me dijo sonriendo: - "Ir a la guerra, navegar y casar, no se ha de aconsejar" El juego continuó hasta el alba que dejó al descubierto un mar diferente: grisáceo , revuelto por un viento aumentando cada vez más ya que escapábamos del resguardo del canal y un cielo encapotado que desprendía una suave llovizna que el aire hacía desaparecer. El macizo galeón estaba escorando marcadamente mientras navegaba amurado a babor con la mar encaramándosele hasta las portas abiertas por Mateo y escurriéndose a las de la banda de sotavento. El barco navegaba derecho a la salida del canal calando la proa con fuerza, levantándose y cayéndose ruidosamente entre rociones de agua pulverizada. Ya estábamos casi a tiro de cañón de nuestros perseguidores que estaban navegando paralelos, como perros hostigando a una presa. Sus dos proas parecían como batutas dirigiendo una desacompasada marcha guerrera, cuando de ellas brotaron cuatro destellos y dos pesadas balas rugieron por encima destrozando el aparejo haciendo un agujero en la mayor. La vela se retorció y se partió ante la fuerza del viento a través de su agujero que acertadamente había dado en las costuras. La suerte está de parte de los piratas, porque se estaban partiendo las arraigadas una a una y con un estruendo final se partió el aparejo de la boza y los amantillos con lo que la verga cayó pesadamente, como un gran árbol en cubierta destrozando los botes. Después cayeron sus jarcias y varias drizas que atronaron al caer sobre las tablas y el armamento. Saltaron un montón de astillas por el aire que silbaban en todas direcciones como flechas disparadas por un ejército fantasma y que tiñeron de sangre a la mayor parte de la dotación que servía en la cubierta principal. Al final los restos de la vela mayor los cubrieron como un fúnebre sudario. El viento nos trajo los vítores desaforados de los piratas cuando vieron el inesperado éxito de sus disparos. - ¡Hideputas! , rugió el contramaestre. - ¡Gente a las brazas del trinquete! Recoger los restos de la vela! Con cuchillo y hachas en mano iban cortando los brioles, mallas, envergues, apagapenoles, amantillos, amuras y escotas para dejar libre la vela de la verga. Estábamos a merced de ellos con los cañones principales inutilizados y sin la vela principal. Por un momento me quedé paralizado mirando que de nuevo cuatro lenguas naranjas relampagueando entre nubes de humo en sus proas ahora no tan lejanas. Las balas esta vez se deslizaron sobre la mar, dejando estelas de espuma que marcaban su camino hundiéndose a menos de veinte brazas de la popa. - En esta salva hemos tenido suerte porque ya están a un cuarto de milla más o menos, - exclamó el capitán - y dirigiéndose al contramaestre a gritos para que le entendiera entre el estruendo de las velas dijo: - Creo que son cañones del 18. Tardarán al menos media ampolleta en efectuar el siguiente disparo con los mismos cañones luego nos da tiempo a utilizar el sacre de seis libras que tenemos ya instalado en la cámara. Tras ese cabo ya habremos franqueando el canal de las Bahamas, la mar se serenará, ahí a lo mejor tendríamos alguna oportunidad… Noté una sacudida en la tablazón bajo mis pies y me aferré a la cabilla de la driza de la trinqueta para no caer. El barco se hundía en el seno de una ola clavando su tajamar en ella y en el momento de ascender un estampido sonó en popa. Entre el humo pude ver que la bala había caído muy cerca del a proa del barco de babor y al rebotar le arrancó el botalón hasta el tamborete pero sin consecuencias apreciables, porque los servidores de los cañones de proa siguieron trabajando. Ahora ya estaban apuntando. Estábamos a su merced. - ¡Ahora! - La voz del capitán cortó el aire – - ¡Virar por redondo! ¡Pinzote al mamparo! La voz del contramaestre acompañó la maniobra: - ¡Muévanse! La tripulación sorteando los elementos que todavía continuaban desparramados por cubierta, se lanzó a las brazas, el casco pareció tambalearse violentamente por el empuje, la tablazón chirrió y arriba las vergas crujieron con tanta violencia que se transmitía a toda la estructura del barco que también se quejaba protestando mientras se escoraba cuando las velas se hincharon bajo el aliento del nuevo rumbo. - ¡Guinda suelta! ¡Sujetar las empuñiduras! ¡Gavia del trinquete bracea más ¡¡Amarrar! Los piratas no dispararon, debieron pesar que era mejor batir el barco tranquila y metódicamente tras el cabo ya que era cosa hecha. Esa fue nuestra suerte porque al bordearlo vimos aparecer por nuestra amura de estribor al galeón artillado con todas sus velas desplegadas y su tajamar separando intensos filetes de agua. Contaba con el barlovento y de inmediato se echó sobre los perseguidores dejándonos resguardo entre él y el cabo. Con sus portas abiertas disparó una andanada de sus 22 cañones de la banda de babor. Las rojas llamaradas en medio del humo y fragmentos de tacos provocaron una larga detonación que nos hicieron nos temblar a pesar de que ya estábamos a más de 100 varas del artillado. Vimos con alegría que en el jabeque de estribor se había abierto un enorme agujero que traspasaba el barco. Y los piratas, espantados, corrían atropelladamente de un lado a otro como hormigas cuando le deshaces la entrada de su hormiguero. Doblamos el cabo y dejamos de ver a los barcos; tan sólo escuchábamos los lejanos disparos que sonaban como broche a la salvación de nuestras vidas, como los fuegos artificiales que lanzaban cuando ocurría un hecho importante. La Ntra., Sra. de las Angustias agarrochó sus vergas y puso en facha sus velas para descubrir realmente sus daños. ¡Maniobra de fondeo! La cubierta delantera estaba manchada de sangre que un marinero con un cubo de arena la estaba cubriendo. La caída del aparejo por lo pronto había matado a un marinero y herido seriamente a ocho aunque había muchos más heridos por los astillazos, el enemigo más temible en todo combate naval y que estaban siendo trasladados a la leñera donde el cirujano Paíno había organizado la enfermería. Perdí la sensación del tiempo , envarado al pié de la escala de la toldilla contemplando el desolador panorama , con el cerebro embotado como un barco varado tras una tempestad, sin reaccionar ante las escenas de dolor y muerte que estaban desfilando ante mis ojos, cuando sentí que me tocaban el hombro con fuerza. Era Lucas, con el brazo envuelto en una llamativa venda roja seguramente producto de un astillazo. Su cara no revelaba esta contrariedad porque reflejaba la misma vitalidad de siempre. - El señor Paíno quiere verle y se alejó cojeando entre la maraña de cabos desparramados por la cubierta. A la oscilante luz de los faroles , pude ver que se habían ordenado los zoquetes de leña de forma continua para hacer un suelo en el que estaban extendidos los jergones y donde yacían los heridos para ser atendidos. Paíno intentaba alentar, con palabras de falsa confianza a los pobres desgraciados. - Alonso, échame una mano, no puedo aplicar rápidamente los ungüentos a toda esta gente… Por otra parte Mateo no me deja que lo cure. Dice que lo tienes que hacer tú… - ¿Mateo herido? ¿Cómo está? ¿Es grave? ¿Dónde está? Las palabras salieron como una exhalación, atropelladamente de mi boca y un extraño hondo pesar se apoderó de mi alma… - No, no es nada grave. Unas pequeñas astillas se le han clavado desde el pecho hasta los piés,pero es raro que no me haya dejado verlas… dice que lo tienes que curar tú. ¡Condenado pelirrojo! Te está esperando en el pañol de cables. Crucé rápidamente el pasillo saltando sobre un pajecillo que agachado se apretaba contra el paramento llorando en silencio de puro terror. Mateo estaba echado en la oscuridad del compartimento sobre una enorme madeja de cabo de doce menas con la vista fija en el bao situado sobre su cabeza. - ¿Cómo estás? - No te preocupes, que estoy bien. ¿Quieres curar mis heridas? - Sí, por supuesto. - Pero me tienes que jurar, antes de empezar, guardar secreto de lo que veas. - ¡Que tonterías dices! A ver esas heridas… - ¡Jura! - Bueno. Juro por Dios, por la Virgen y por los Santos guardar secreto, dije sonriendo y de carretilla como cuando era un chiquillo. - ¡Lo has jurado! Empieza a curarme. Acerqué el farol y lo colgué de un gancho encima del bao que Mateo comenzó de nuevo a mirar. Extendió las piernas los brazos y me conminó: - ¡Empieza de una vez! Comencé a desabrochar primero el cinto para permitir que se relajara ya que estaba muy nervioso y respiraba agitadamente. Lo incorporé y le quité la camisa. Su pecho estaba cubierto por una venda de tela fuertemente oprimida donde estaban clavadas tres astillas de las que habían brotado un hilillo de sangre ya seca. Bibliografía Timoteo O´Scalan . - Cartilla práctica de Construcción Naval
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