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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#11
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para todos.Después de este paréntesis semanasantero, vamos a ver si vamos ya terminando el relato. Es que Alonso ya tiene ganas de llegar a Sevilla... ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() Los tambores de las naves artilladas sonaban llamando a los puestos a sus tripulaciones. Sus barcos extendieron todas las velas necesarias para adelantar a los mercantes, dibujando como una media luna ante nuestras proas, como un paraguas protector extendiéndose a babor y estribor de la Capitana, de la Almirante y de la Gobernadora que iban en el centro. Los barcos más rápidos, a medio paño, iban en las alas. Las portas de sus cañones estaban ya abiertas como retando al posible enemigo y demostrando que estaban preparados para el combate. Todos estaban atentos a las maniobras. En cubierta los artilleros se mezclaban con marineros que permanecían junto a los cabos del cordaje listos para secundar la voz de mando al igual los hombres de mar que, ágiles como gatos, habían subido a las gavias. - ¡Ah de cubierta! ¡Son españoles! ¡Es la Armada! ¡Eran los barcos que habían venido a protegernos! Por la tarde ya eran totalmente visibles los ocho galeones y los tres pataches que componían la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias que espaciosamente se dirigían a unas sombras azules que a nuestro babor iban apareciendo. - ¡Las Azores! Navegábamos, tras la flota que nos precedía, al grupo central del archipiélago formado por dos islas grandes, dos regulares y una pequeña además de muchos otros islotes. - ¿A cual vamos? , le pregunté a Pablo. - A la isla Terceira, como antes se llamaban a todas estas islas, aunque a esta que vamos se llamaba de Jesucristo y como fué la tercera que se descubrió… - ¿Ves esas cuatro islas juntas en las que en una sobresale un pico más alto? Pues es la que está más separada a estribor. Nos cayó la noche con un fulgor dorado por el oeste, comenzó a lloviznar levemente; el viento cayó de tal forma que nos quedamos con las velas colgadas; en calma chicha. Al amanecer el gualdrapeo de las velas nos indicó que el viento soplaba de nuevo, se llevó a las nubes y lo que antes era un ambiente plomizo y lóbrego se transformó en momentos en un esplendido día con un sol radiante y luminoso. - Eso es lo que tiene,el tiempo aquí es así, me dijo Pablo. Gobernamos al centro de la isla a un promontorio cortado a pico sobre el mar que parecía descender por detrás suavemente. Era una escarpada isla sin ningún vestigio de ser habitada y sin posibilidad de serlo en algún día. - Pero ¿A dónde vamos? Le decía inquieto. No veo ningún barco… pero ¿Dónde se han metido? - Espera. No seas impaciente Arribamos al pié del escabroso monte que se llamaba de Brasil y aprovechando un viento que parecía rodear la isla lo bordeamos y apareció ante mis ojos una esplendorosa bahía donde estaban los barcos que tanto buscaba. El monte guardaba su entrada y en el istmo que lo unía con la isla, estaba asentada la ciudad. - Alonso, por fin ahí tienes tu puerto y tu ciudad, me dijo Pablo sonriendo, Se llama Angra, que significa en portugués bahía, y no te explico por qué ya que la estás viendo. En el paraje que se divisaba dominaba el verde de los bosques, porque una intrincada cordillera atravesaba la isla en su parte central y en pequeñas altiplanicies se hallaban fértiles tierras cultivadas de varias labores. El olor a tierra y sembradíos embriagaban mis saladas pituitarias. Después de terminar las maniobras de fondeo y de arranchar el barco, tuve que quedarme a bordo ya que tenía guardia. Las tripulaciones, vestidas con sus mejores galas, desembarcaron en masa en la ciudad, a bordo del servicio de chalupas que se había organizado, por lo que de fondo se escuchaba el barullo de sus voces como si fuese un sonido más de la noche. La ciudad, que empezaba tímidamente a alumbrarse, se extendía a poniente y levante del istmo estaba rodeada de construcciones militares. Por lo menos habría al menos nueve o diez. La que estaba al pié del monte estaba ya casi terminada, era el castillo de San Felipe, según me dijeron, y tenía una larga muralla con torreones y foso dentro de la que había, además de las casamatas militares, una iglesia y un palacio que supongo que sería del gobernador. Pero lo que más me llamaba la atención era que estaba labrado en piedra negra. Lo estaba admirando apoyado en la tapa de regala cuando sentí una presencia a mis espaldas. - Lo siento me dijo Mateo cuando me volví rápidamente, pero es que tengo… es más es que necesito hablar contigo. - Este es un buen momento; sólo nos puede escuchar, en todo caso, Dios y la mar. Me miró a la cara antes de contestar, como si intentara grabar este momento en su memoria, se le empañaron los ojos pero parecía mantener bastante bien el control. - Mi verdadero nombre es Leonor Díaz de Tous. Soy hija del que fué Veinticuatro y Alcaide de los Reales Alcázares y Atarazanas de Sevilla, Pedro Tous y Juana Díaz de Sandoval. Mi madre murió y yo al ser el último de sus cuatro hijos, aunque hembra, fui muy querida por mi padre que me llevaba a todos los sitios con él y a todas luces era la preferida. Aprendí de su mano todas las actividades de las Atarazanas, que era su pasión y la mía, ya que a mí me gustaban mucho y me fue educando en sus artes como si fuera un muchacho. Como sabes los Reyes Católicos mandaron cerrar el astillero con sus catorce enormes naves de ladrillo que Alfonso X levantó, y al final liquidaron los enseres del complejo naval. Pues mi padre las rehabilitó e incluso mandó a construir tres más porque a partir de entonces todos los barcos que hacían este viaje a Indias debían pasar por allí para efectuarles las reparaciones y alistamientos necesarios pues, aunque ordinariamente los galeones se armaban en Cantabria, concretamente en Colindres y Guarnizo, en Sevilla debían ser carenados, impermeabilizados, en algunos casos emplomados y por otra parte se debían reparar las faltas, tanto en el casco como en jarcia, arboladura o velamen que habían detectado en las inspecciones de la Casa de Contratación , así como su correspondiente arqueo. Mi padre me fue pasando por todos los departamentos pues decía que para mandar hay que saber trabajar, cosa extraña pues es sabido que los hijosdalgo con patrimonio no debían trabajar con las manos y menos siendo ya como era, mujer casadera y con proposiciones. Quizás fuera debido a las enseñanzas de ciertos libros que tenía escondidos en un arcón disimulado en la chimenea de su dormitorio. Estos misteriosos libros, encuadernados con olorosas tapas de cuero y sujetos con un fino bramante, que decía mi padre lo habían escrito sabios griegos y latinos; además tenía "El Cantar de los Cantares" de el rey Salomón y una Biblia que no era la "Vulgata Latina" de San Jerónimo. "Esta será tu herencia más provechosa", me decía. Mi padre no estaba dispuesto a casarse de nuevo por lo que mis hermanos Juan Fernández, Pedro Pérez Melgarejo y Fernán Tous luchaban entre ellos y sobretodo contra mí por el mayorazgo. Un día, ya anochecido, llamaron a la puerta y se presentó un oficial de la inquisición que tras hablar brevemente con mi padre, le presentó un documento firmado por el inquisidor Tello de Sandoval que ordenaba su arresto. Entraron al menos diez corchetes de la fé, dos de los cuales fueron conducidos por los sirvientes al dormitorio de mi padre, apareciendo más tarde con el arcón de los libros. Me enteré más tarde que lo habían llevado al castillo de Triana y a pesar de que todos los días acudía a misa a la iglesia de San Jorge que estaba dentro del castillo y a continuación preguntaba y solicitaba audiencia con el inquisidor Tello, nunca me la concedieron. Sólo me dijeron que había sido delatado "espontáneamente" en el último Edicto de Fe donde se ordenaba a los ciudadanos que si tenían sospechas de herejías se comunicaran y que por supuesto su identidad nunca sería revelada y sus servicios agradecidos. Un día, uno de los que ejercían de "familiares" del santo oficio y que le debía muchos favores a mi padre , me reveló que le habían sometido a "question de tormento" concretamente la del agua - ya sabía que consistía en ponerlo boca abajo, introduciéndole a continuación en la boca un paño donde se le vertía agua para que le provocarse una espantosa sensación de ahogo - y que había confesado pero no delatado y ahora era un "confitente diminuto" ; no tendría "relapso" y no iría al quemadero de Tablada, pero que tuviera cuidado ya que había familiares por medio. Sospechaba que mis hermanos tendrían algo que ver porque no se había procedido a la correspondiente expropiación de los muchos bienes que tenía mi padre. Tuve entonces dos suertes; una que me acogiera en su casa el subintendente del Astillero que fué prohijado de mi padre y la otra, aunque desgraciada para mi nuevo familiar, que muriera uno de sus seis hijos y yo pudiera pasar por él. Efectivamente a los pocos días los agentes del tribunal ya me estaban buscando, pero yo ya estaba alistado como Mateo de Pérez-Bañón en mi galeón de Indias. Desgraciadamente antes de partir pude ver su auto de fé donde tras los "soldados de la zarza" iba el pobre de mi padre, con un aspecto tan rematado que encogía el corazón, montado a horcajadas de un burro rumbo a las gradas de la catedral con un sambenito amarillo con cruces de San Andrés rojas bordadas por detrás y por delante. Después de leer la sentencia por" posesión de libros heréticos" se le castigó a cuatro de años de destierro, ocho de sambenitillo y la pena de doscientos latigazos que se les aplicaron sobre el burro, recorriendo las calles de Sevilla mientras el verdugo le propinaba los azotes con la penca de cuero entre las burlas y escarnio del pueblo ya que iba desnudo hasta la cintura y con un capirote blanco, donde constaba su delito. Mi padre no resistió ese castigo tanto físico como moral y a pesar que decían que había sido tratado con benevolencia debido al cargo que tenía, murió en el mismo hospital de beneficencia que el había creado en las Atarazanas, un día antes de zarpar sin haber tenido la oportunidad de verlo en sus últimos momentos… Ella se detuvo, respiró hondo aguantando la respiración y se quedó mirando a la nada. Dos brillantes surcos de lágrimas aparecieron en sus mejillas. He ido arrastrando esta pena todos los días desde que salí de Sevilla hace ya cinco años… - ¿Y qué pretendes hacer de nuevo en Sevilla? – le pregunté con un nudo en la garganta. - Quiero vengarlo. - ¿Y después? - Depende de ti - ¿De mí? - Si, Alonso. Ya estoy encadenada a ti. Desde el primer momento algo especial me unió contigo. Si nó, por cuanto te iba a revelar mi secreto. Luego vinieron los sentimientos. Me ha costado trabajo el comprenderlo; aunque mi padre ya me lo advirtió en su día. "tengas la educación que tengas en el fondo siempre serás mujer y sentirás como mujer el día que se presente el hombre adecuado" Tú eres ese hombre. Ese era el segundo secreto que tenía que confesarte. Una ráfaga de viento trajo desde tierra el rumor de las risotadas de las tripulaciones que estarían bebiendo en las tabernas o en las casas de tablaje. Me volví hacia Leonor - ya interiormente no la podía llamar de otra forma- y le dije: - Los dos estamos hechizados eso ya lo debes saber. No te puedo explicar el imposible torrente de felicidad que ahora estoy sintiendo porque a mí me pasa igual que a tí. Decirte esto es como quitarme un peso de encima porque no sabía como y en qué momento expresarte mi… Mientras iba hablando nos íbamos acercando cada vez más con una fuerza irresistible, incontenible, embrujadora y cuando nos dimos cuenta estábamos abrazados. - No hables, me dijo al oído, no hace falta en estos momentos que parece que no pueden estar sucediendo. Es un sueño. Nos separamos y le dije: - Un día bajaremos a tierra juntos. Más tarde o más temprano llegará ese día y ese será nuestro primer día sin disimulos, pudiendo mostrarnos libremente nuestro amor. Para mí será una larga penitencia, pero por nuestro bien debemos esconderlo hasta entonces. Ella me miró y sonrió, pero su mirada era triste; afirmó con la cabeza dió media vuelta y se perdió en la oscuridad. La tripulación andaba de mal humor cuando amaneció y comenzaron las tareas ordinarias. Se notaba lo mucho que habían trasegado durante la noche y aunque la tarea era liviana se ejecutaba de mala gana y con descuido. - ¡Estibar las pipas y la leña!, gritaba ,abocinando con las manos, el contramaestre. Estaríamos en Terceira el tiempo suficiente para hacer las pocas provisiones que necesitábamos y para organizar la nueva flota. Esta zona era peligrosa ya que podían aparecer corsarios o piratas pero para prevenir riesgos los barcos armados navegaban listos para el combate. Nuestra Flota era importante en número de barcos armados. Eso ya lo debían saber los corsarios por sus espías así que sería como un suicidio si decidían atacarnos. Al amanecer del cuarto día, ya listos para zarpar, sopló un desagradable viento y mar del sur que no nos ayudaba mucho para salir de la bahía y aproar la costa del Algarve portugués. Impacientes esperábamos su role y mientras tanto aproveché para echarle una última mirada a la amplia bahía. A pesar del poco caserío que tenía Angra se veían, a parte de la del castillo, cuatro torres de iglesias situadas a uno y otro lado del istmo. Su tierra era rojiza y contrastaba poderosamente con el verde de los árboles que parecían cedros. A continuación arrancaban unos altos montes con barrancos espectaculares cubiertos con brillantes laurisilvas con botones carmesíes… - El viento ha rolado, gritaron, ahora norte cuarta al noroeste. El cañonazo retumbó en la bahía. - ¡Envergada la bandera! gritó desde arriba el serviola. - ¡Nos vamos! Atentos a las maniobras. ¡Brazas! ¡Gavias! ¡Cabrestante! Al rato desde proa anunciaron - ¡Arriba y clara, el ancla ha zarpado! - ¡Largar la mayor! En menos de veinte días, si las cosas se daban bien, estaríamos viendo el cabo de San Vicente. Bibliografía: Alonso Rodríguez - Ejercicios de Perfección y Virtudes Cristianas Julio Caro Baroja - El Señor Inquisidor y Otras Vidas por Oficio. Victorino Nemesio - Mal tiempo en el Canal
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capitan maxorata (13-04-2009), rookie (13-04-2009) | ||
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