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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#1
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No te enamores del mar (Andrade)
No te enamores del mar porque abraza a la arena y se va no te enamores del viento que besa a la tierra y la deja en silencio no te enamores del tiempo ni te enamores del cielo no te enamores jamás de una estrella que pueda fugarse y volverse deseo no te enamores de un sueño que cada mañana abandone tu lecho no te enamores de nada incapaz de olvidar tu semblante y que busque volver... que pretenda encontrarte no te enamores de nadie que pueda de ti enamorarse tan solo una vez ni siquiera de un roce en los labios no te enamores jamás si tus manos no están en silencio y tus pasos no buscan volar no te enamores de mi sin saberme del viento y la arena del cielo y de ti de tu mar no te enamores de mi que incapaz de fugarme encontré mi naufragio en tu mar. |
| Los siguientes cofrades agradecieron este mensaje a | ||
Flavio Govednik (22-07-2009) | ||
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#2
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Entonces como un relámpago, surgió en mí esta idea: "El grosero personaje que se sienta a mi lado, bebiendo el té en un tazón y comiendo el pan con sus sucias manos, es tal vez su marido. Estas son las cosecuencias de vivir lejos del mundo: ella ha debido casarse con este patán creyendo que no hay otros que valgan más que él. Es lamentable. Y yo debo procurar que, por culpa mía, no vaya a arrepentirse de su elección." Semejante reflexión podrá parecer vanidosa, pero era sincera. Mi vecino de mesa presentaba un aspecto repulsivo, mientras que me constaba por experiencia que yo era pasablemente agradable.
Cumbres Borrascosas.- Emily Brontë |
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#3
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Al pisar aquella braña recoleta, llena de vida, experimenté un gran sosiego. Algo así como el placer que se experimenta al zambullir la cabeza aturullada de ideas en un recipiente de agua fría. Hubiera deseado descubrirla antes para no haber dejado pasar un solo día sin hacerle una visita... Me senté sobre la verde alfombra, recostándome en un codo. Una hormiga ascendía por el tallo de una manzanilla. Pensé que quizás el animalito precisara medicinarse, aunque de no comer hierba resultaba difícil pensar en este lugar en una indigestión, pero no debía dé buscar esto, porque antes de llegar a los pétalos cambió de dirección y comenzó a descender. «Una indecisa -pensé-. Y no me gustan las indecisas...» La di un papirotazo y el animal se perdió entre las briznas de hierba del suelo. Miré a mi alrededor. Verdaderamente era éste un sitio excelente para meditar. «Mahoma, de haber meditado aquí -pensé- no hubiera prohibido a los suyos el vino ni la carne de cerdo. Esas prohibiciones surgían, sin duda, de una meditación desarrollada sobre un cerro árido y pelado.» Luis me había dicho que meditase aquí; que meditase sobre mi proceso psíquico que era algo así, en relación con el alma, como el historial médico para el cuerpo. Medito... «Soy así, veo así, siento así, porque un día, cuando mi alma era aún virgen, me dijeron: "Sé así, porque la vida es de esta manera". Y yo, que carecía de criterio propio, vi la vida como me dijeron que era; y fui y obré en consecuencia con esta manera de estimar la vida... Por descontado que yo era un espíritu hipersensible y asimilé esta lección pesimista porque se adaptaba a mi manera de ser no manifestada todavía. Después vino la corroboración de la vida misma con una lección práctica: la muerte de Alfredo. Entonces mi temperamento abandonó su estado latente y comenzó a desarrollarse. A desarrollarse en consonancia perfecta con las antiguas teorías. La vida era perder y para no perder deberíamos prescindir de ganar antes. Aquí estaba determinado el ritmo de mi conducta a lo largo de la vida. . . . La sombra del ciprés es alargada - Miguel Delibes pensándolo bien . . . la hormiga no era una indecisa, era un indeciso en busca de criterio pero un sorprendente efecto mariposa originado por una mente racional acabó con él en el suelo . . . bah tonterías. el libro . . . la obra maestra de don miguel . . . en mi opinión. p.d. orinoco se te echa de menos.
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![]() Quiero vivir la vida aventurera de los errantes pájaros marinos; no tener, para ir a otra ribera, la prosaica visión de los caminos. Poder volar cuando la tarde muera ... |
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#4
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ALGUIEN TRAJO UNA ROSA.
Alguien trajo una rosa hace ya algunos días, y con ella trajo también algo de luz; yo la puse en un vaso y poco a poco se ha apagado la luz y se apagó la rosa. Y ahora miro esa flor igual que la miraron los poetas barrocos, cifrando una metáfora en su destino breve: tomé la vida por un vaso que había que beber y había que llenar al mismo tiempo, guardando provisión para días oscuros; y si ese vaso fue la vida, fue la rosa mi empeño para el vaso. Y he buscado en la sombra de esta tarde esa luz de aquel día, y en el polvo que es ahora la flor, su antiguo aroma, y en la sombra y el polvo ya no estaba la sombra de la mano que la trajo. Y hoy veo que la dicha, y que la luz, y todas esas cosas que quisiéramos conservar en el vaso, son igual que las rosas: han sabido los días traerme algunas, pero ¿qué quedó de esas rosas en mi vida o en el fondo del vaso? Vicente Gallego.
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#5
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Mis felicitaciones a las poetisas de este hilo
![]() Nunca le escribì un poema al mar, aunque siempre , en su contacto, me mueve a hablarle desde lo màs profundo, sacando cosas que me asombran a mi misma. Les dedico un poema. La carta en el camino Adiós, pero conmigo serás, irás adentro de una gota de sangre que circule en mis venas o fuera, beso que me abrasa el rostro o cinturón de fuego en mi cintura. Dulce mía, recibe el gran amor que salió de mi vida y que en ti no encontraba territorio como el explorador perdido en las islas del pan y de la miel. Yo te encontré después de la tormenta, la lluvia lavó el aire y en el agua tus dulces pies brillaron como peces. Adorada, me voy a mis combates. Arañaré la tierra para hacerte una cueva y allí tu Capitán te esperará con flores en el lecho. No pienses más, mi dulce, en el tormento que pasó entre nosotros como un rayo de fósforo dejándonos tal vez su quemadura. La paz llegó también porque regreso a luchar a mi tierra, y como tengo el corazón completo con la parte de sangre que me diste para siempre, y como llevo las manos llenas de tu ser desnudo, mírame, mírame, mírame por el mar, que voy radiante, mírame por la noche que navego, y mar y noche son los ojos tuyos. No he salido de ti cuando me alejo. Ahora voy a contarte: mi tierra será tuya, yo voy a conquistarla, no sólo para dártela, sino que para todos, para todo mi pueblo. Saldrá el ladrón de su torre algún día. Y el invasor será expulsado. Todos los frutos de la vida crecerán en mis manos acostumbradas antes a la pólvora. Y sabré acariciar las nuevas flores porque tú me enseñaste la ternura. Dulce mía, adorada, vendrán conmigo a luchar cuerpo a cuerpo porque en mi corazón viven tus besos como banderas rojas, y si caigo, no sólo me cubrirá la tierra sino este gran amor que me trajiste y que vivió circulando en mi sangre. Vendrás conmigo, en esa hora te espero, en esa hora y en todas las horas, en todas las horas te espero. Y cuando venga la tristeza que odio a golpear a tu puerta, dile que yo te espero y cuando la soledad quiera que cambies la sortija en que está mi nombre escrito, dile a la soledad que hable conmigo, que yo debí marcharme porque soy un soldado, y que allí donde estoy, bajo la lluvia o bajo el fuego, amor mío, te espero, te espero en el desierto más duro y junto al limonero florecido: en todas partes donde esté la vida, donde la primavera está naciendo, amor mío, te espero. Cuando te digan «Ese hombre no te quiere», recuerda que mis pies están solos en esa noche, y buscan los dulces y pequeños pies que adoro. Amor, cuando te digan que te olvidé, y aun cuando sea yo quien lo dice, cuando yo te lo diga, no me creas, quién y cómo podrían cortarte de mi pecho y quién recibiría mi sangre cuando hacia ti me fuera desangrando? Pero tampoco puedo olvidar a mi pueblo. Voy a luchar en cada calle, detrás de cada piedra. Tu amor también me ayuda: es una flor cerrada que cada vez me llena con su aroma y que se abre de pronto dentro de mí como una gran estrella. Amor mío, es de noche. El agua negra, el mundo dormido, me rodean. Vendrá luego la aurora, y yo mientras tanto te escribo para decirte: «Te amo». Para decirte «Te amo», cuida, limpia, levanta, defiende nuestro amor, alma mía. Yo te lo dejo como si dejara un puñado de tierra con semillas. De nuestro amor nacerán vidas. En nuestro amor beberán agua. Tal vez llegará un día en que un hombre y una mujer, iguales a nosotros, tocarán este amor, y aún tendrá fuerza para quemar las manos que lo toquen. Quiénes fuimos? Qué importa? Tocarán este fuego y el fuego, dulce mía, dirá tu simple nombre y el mío, el nombre que tú sola supiste porque tú sola sobre la tierra sabes quién soy, y porque nadie me conoció como una, como una sola de tus manos, porque nadie supo cómo, ni cuándo mi corazón estuvo ardiendo: tan sólo tus grandes ojos pardos lo supieron, tu ancha boca, tu piel, tus pechos, tu vientre, tus entrañas y el alma tuya que yo desperté para que se quedara cantando hasta el fin de la vida. Amor, te espero. Adiós, amor, te espero. Amor, amor, te espero. Y así esta carta se termina sin ninguna tristeza: están firmes mis pies sobre la tierra, mi mano escribe esta carta en el camino, y en medio de la vida estaré siempre junto al amigo, frente al enemigo, con tu nombre en la boca y un beso que jamás se apartó de la tuya. Pablo Neruda
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gracy "El lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistò. De esa miel no comen las hormigas" |
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#6
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Me arrepiento, en primer término, de haber principiado a novelar demasiado pronto. En la edad juvenil se puede ser excelente poeta lírico, pero no cultivar con acierto un género tan objetivo como la novela realista. Sólo en la edad madura es dado al artista emanciparse de los lazos con que su sensibilidad le ata al mundo fenomenal y adquirir la calma, la perfecta serenidad necesaria para concebir y penetrar en el carácter de sus semejantes. Asimismo deploro el empleo de ciertos efectos de relumbrón que hallarás en algunas de mis obras. Cuando salieron de mi pluma ten por seguro que no atendía al consejo de las musas, sino al gusto depravado de un vulgo frívolo y necio. Me pesa, finalmente, de haber escrito más de lo que debiera. La fecundidad tal como el vulgo de los críticos la entiende es, en mi opinión, un vicio, no cualidad digna de aplauso. Para que las obras de arte se acerquen a la perfección y nazcan viables, es menester que se nutran antes largo tiempo en el cerebro y se trabajen con sosiego. No se me oculta que hay espíritus privilegiados a quienes basta poco tiempo para engendrar y producir frutos delicados; pero juzgo que ni aun a estos mismos les perjudicará un saludable retraso. Recuérdese el ejemplo de Goethe, que concibió a los veinte años la idea de Fausto y no terminó su inmortal poema hasta los ochenta. Actualmente, oprimidos unas veces con el afán de lucro, otras con la pasión de la gloria, los que escribimos para el público vivimos en una fiebre devoradora de producción. El público exige a cada instante novedades: es menester servírselas, aunque vayan hilvanadas. Si no aparece cada poco tiempo un libro nuevo en los escaparates de los libreros, pensamos con terror que se nos va a olvidar, sin prever que ése es el medio más seguro para ello; porque ese público cuya atención anhelamos cautivar a toda costa es un Saturno que devora nuestros pobres libros sin digerirlos: es igual que le den a mascar carne de dioses o piedras berroqueñas. No, compañeros, no: tratemos de producir obras sazonadas, sacando de nuestro ingenio todo el partido posible. Quien haya producido una sola obra en su vida, si es bella, jamás será olvidado. No nos fatiguemos en dilatar nuestra popularidad agradando a la muchedumbre, sino en obtener la aprobación de los pocos hombres de gusto que existen en cada generación. Éstos son los que al cabo imponen su criterio. Si así no fuese, si el renombre del escritor dependiese de la turbamulta, ni el _Quijote_, ni la _Iliada_, ni la _Divina Comedia_, ni ninguna de las obras maestras del ingenio humano, serían estimadas en lo que merecen. La fecundidad del escritor no debe medirse por el número de sus obras, sino por el tiempo que éstas duran en la memoria de los hombres. Escritor fecundo es aquel que a través de las edades hace sentir su influencia, _fecundiza_ con su obra el pensamiento de la posteridad, vive con todas las generaciones, las acompaña, las instruye, les hace gozar y sentir. En este supuesto, Cervantes con un solo libro es más fecundo que Lope de Vega con sus millares de comedias. Lejos, pues, de enorgullecerme por el número de obras que llevo escritas, me avergüenzo pensando en los grandes escritores que tras larga y laboriosa vida no han producido otro tanto. Es un vicio de la época al cual tampoco he podido sustraerme. . . . El idilio de un enfermo. Armando Palacios Valdés. está el foro muy entretenido con el taller de escritura . . . pero no olvidemos el de lectura ![]()
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#7
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Un Soneto de Pablo Neruda
Es hoy: todo el ayer se fue cayendo entre dedos de luz y ojos de sueño, mañana llegará con pasos verdes: nadie detiene el río de la aurora. Nadie detiene el río de tus manos, los ojos de tu sueño, bienamada, eres temblor del tiempo que transcurre entre luz vertical y sol sombrío, y el cielo cierra sobre ti sus alas llevándote y trayéndote a mis brazos con puntual, misteriosa cortesía: Por eso canto al día y a la luna, al mar, al tiempo, a todos los planetas, a tu voz diurna y a tu piel nocturna |
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#8
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—¿Adonde vamos? —dijo. —A cualquier playa. Quiero tumbarme en la arena y leer. Asomamos al muelle. Por el Paseo corrían algunos niños. Los bañistas chapoteaban en los pontones y dos viejos disponían una andana de redes frente a la pescadería. Juan miraba a su alrededor ávidamente y aseguraba que en su vida se había encontrado mejor. —Me entran ganas de plantar a esos cabrones e instalarme a vivir aquí —dijo. Los pescadores aguardaban en el poyo del cobertizo. Sentado en el suelo, un muchacho enderezaba los juncos del golero de una nasa. Juan se aproximó a ver y un hombre todavía joven vino a nuestro encuentro y lo reconocí por la boina. Era el remero del bote. —Es para pescar anguilas —dije—. Se embocan por la faz y luego ya no salen. Juan le ofreció su cajetilla de Chester. El remero le dio lumbre haciendo hueco con las manos. —¿Quieren dar una vuelta? —Nos gustaría ir a La Manga. —Hoy no se puede. Cuando el viento sopla de tierra hay mucha marejada. Desde aquí no se dan ustedes cuenta. Saliendo lo verán. —¿Hacia dónde podemos ir? —A Los Urrutias. Si nos distanciamos de la costa el mar se arbola en seguida. Le acompañamos al pontón y el hombre embarcó los remos en el bote y me sostuvo mientras saltaba a la bancada. Juan y yo nos sentamos enfrente de él. Estábamos a socaire del viento y la barca se movía apenas. El hombre armó los remos sujetando cuidadosamente el estrobo en torno al escálamo y aproamos hacia la mar. El pueblo dormía gris y muerto. Una niñera con cofia y delantal blanco nos hizo adiós desde uno de los pontones. Los bañistas seguían chapoteando junto al muelle y el hombre explicó que pasaban el verano así y nunca se decidían a embarcarse. —¿Por qué? —dije. —Esa gente de la huerta tiene miedo al agua. En La Manga hay playas muy chulas y no se asoman a verlas ni por curiosidad. Los madrileños, es distinto. A ellos les agrada la mar. Preguntó si parábamos en el hotel y dije que sí. —El señor Joaquín, el amo, es amigo mío. Antes de enviudar salía a menudo de pesca. —¿Qué tal le va el negocio? —Durante la temporada se defiende. En agosto llena el hotel. Luego lo cierra en octubre y ya no abre hasta el verano. Navegábamos a longo de costa y apuntó con el brazo a las instalaciones de la base hidronaval. —La tienen prácticamente abandonada. Ahora, la mayoría del personal está en San Javier. En tiempo de la guerra, en cambio, había varias docenas de hidros y los técnicos construyeron un campo de aviación. —Le dicen el campo del Ruso —agregó. Aguantábamos de orza y el bote cabeceaba. Entre la base hidronaval y los Urrutias se extendía una llanura ocre, salpicada de palmerales y molinos. De trecho en trecho, el viento levantaba tolvaneras de polvo anaranjado. —Si son aficionados a la pesquera les llevaré en mi barca de motor. La semana pasada la dimos a la banda para limpiarle el fondo, pero mañana estará lista y calaremos las redes. —¿Cómo pescan? —dijo Juan—. ¿Con palangre? —No, acá salimos a la dorada o al mújol. Con la moruna o la pasantana. El viento soplaba cada vez más duro y el mar rompía a bordo y nos rociaba. Riendo, el hombre dijo que pasáramos a la bancada posterior. A vista de Los Urrutias ganamos la proa a otro bote. El remero —un pescador viejo— singlaba con una espadilla por la popa y saludó con voz ronca a nuestro amigo. —¿Quién es? —preguntó Juan. Sin dejar de bogar, el hombre explicó que era el padre del muchacho que tejía las nasas en la Pescadería. "En el pueblo le dicen el Morillo, dijo. Aquí, a todos nos conocen por un mote." —¿Y a usted? ¿Cómo le llaman? —A mí me dicen el Isabelo —contestó con una sonrisa. AI aproximarnos a la playa el temporal amainó. Las olas se acostaban, bajas y tendidas y transparentaban los guijarros del fondo. Luego, a medida que el viento caía, desaparecían por completo y no se divisaba rizo alguno en toda la lumbre del agua. El bote araba, sondando casi el suelo con la quilla e Isabelo dejó de bogar, desarmó uno de los remos y comenzó a fincar con lentitud, sirviéndose de él a guisa de palanca. Cuando la barca tocó seco, encapilló una soga de esparto a la cornamusa y arrojó el pedral al mar. Me quité el pantalón y la blusa e Isabelo me ayudó a bajar de la barca. El agua me llegaba escasamente a los muslos. Juan se había desvestido asimismo y propuso que fuéramos a beber una cerveza en el pueblo. —Gracias —dijo el hombre—. Yo les espero aquí. —¿Conoce usted algún bar? —En la carretera hay uno, pero deben cubrirse para ir allí. Si no, los civiles les multarán. Isabelo nos alargó las camisas y se sentó en la tapa de la regala con las piernas colgando para fuera. Juan le obligó a coger un paquete de Chester. La orilla de la playa estaba cubierta de algas secas y el suelo cedía bajo mis pies. El reverbero del sol hacía daño a los ojos. En Los Urrutias no había un alma —como si sus habitantes hubiesen desalojado después del último vendaval—. Las casas tenían puertas y ventanas entabladas. La única nota de color la ponían las farolas y alguna que otra palmera, desmedrada y amarilla. . . . Mar Menor -Juan Goytisolo- dedicado a algún catalán que otro . . . y a todos los que este verano han gozado, de lo que queda, del menor de los mares.
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