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Sencillamente, cada vez se va poniendo más y más interesante el relato!!!
Fantástico!!! ![]() ![]()
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..el mar dará a cada hombre una nueva esperanza, al igual que el dormir le da sueños... |
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XI. DE LO QUE ACONTECIÓ EN LAS ESPAÑAS Y EN EL MUNDO DESDE MI DÍA POSTRERO
Hubo pues de suceder lo que temíamos los más prudentes en mi siglo: Que andaban los Felipes y sus validos más preocupados de las nalgadas y escotes de sus cortesanas que de los asuntos de Estado, que el poco oro de las Indias que se salvó de los piratas fue dilapidado en bribonadas o acabó en las arcas de los prestamistas frisones y que se hizo el palacio cueva de ladrones y la Corte colegio de hipócritas, petimetres, burdeleros, archipobres y pícaros. Así se fueron hinchando los cofres de deudas y las panzas de hambruna, mientras cuatro moscones de palacio morían de hipo a fuerza de chotos, perdices y langostones. Y ocurrió esto también en Francia y en Inglaterra y en muchas naciones, que a la sazón andaban todas guerreando unas con otras como por costumbre, aunque eran tales los adeudos de las Cortes en el afán de enlucir sus calzas, capas y sayos de alhajas, encajes, puntas, filipichines y maulas, que mosqueteros y generales andaban en los frentes de guerra hechos miseria, sin monturas que llevarse a la horcajadura, que de pura hambruna comiéronse los caballos y conviertióse la caballería en infantería de a pie con séquito de moscardas, las casacas todo lamparones y calandrajos, desnudas de botones, que habíanlos lanzado ya al enemigo a falta de munición, y cada cañonazo era largo como trueno al hacer eco en las barrigas de ambos destacamentos de puro huecas. Dieran pues aquellos hombres su vida antes mil veces por un mendrugo de pan que por la patria, de suerte que las guerras ni se ganaban ni se perdían, que la única victoriosa era la gazuza, aunque a los reyes, príncipes y duques, disfrazados de hominicacos pelucones, distraídos en bailes de pavana y bufonadas, no importaba esto dos caracoles. Es sabido pues que cubrían sus nobles testas los hidalgos con pelucas de mona y se untaban de afeites afeminados, cosa de marimantas y fantoches, que no sería de poca risa veer a estos majaderos en disfraz por la Corte dando limosnas. Y dicen que era en la Francia donde se inventaban estos usos, que siempre otros pueblos perdemos los dones por imitar al francés, que si graznaren ellos, acá todos cuervos, y si pusieren güevos en París, fueran las gentes cacareando por las calles de Madrid de la noche al día. Así andaban, mollejones y ahítos los necios amos, magros y enjutos los siervos, en injusto reparto de mieses y granos, hasta que hartóse el famélico vulgo de esta dilapidación y estas licencias, amotinándose en gravísimo tumulto que apodaron Revolución y descabezando de un tajo a reyes como a gallinas, siguiéndoles señores por cientos, gente de alcurnia, parientes y capigorrones, que porque no se le desencajaran las coyunturas al verdugo de tanto sanmartín hubo menester inventar una máquina que cosechaba cabezas como berenjenas, y aun sin ser holgazana la llamaron guillotina. Cayó con estas cabezas el respeto a la cristiana monarquía y a las buenas costumbres, pues los bravucones que tomaron el gobierno eran renegados de Dios, excomulgados y apóstatas, que sólo honraban a la Razón creyendo que razón tenían y no tenían ni razón ni honra ni fe. Dios no come ni bebe mas juzga lo que vee, de modo que faltos de moral y de cordura acabaron todos estos gentiles y proscritos a palos y descalabrados unos con otros, que tan pronto como tomaba uno el poder descabezaba a otros para evitar conjuraciones hasta que no quedó casi ninguno. A la sombra de estos sucesos en Francia, sufrieron muchos reales gaznates de las vecinas Españas, Austrias, Prusias e Inglaterras, viéndose ya casi engolados en guillotina, que no pocas pesadillas debieron darles estas noticias. Entonces en España ya no reinaban los nietos de reyes y validos que yo conociere en vida, ni apenas bastardos suyos, que entró tras algún degüello y otro cañonazo una nueva dinastía afrancesada que se llama de los Borbones, y un tal rey Carolo cuarto debió veer los borbollones de su real sangre manando del descabezado torso en más de una mala siesta. Dicen que este Carolo era más gandul que mula candonga, aunque era hijo de un Carolo tercero que vino de Nápoles e hizo grandes cosas en la Corte, como un Palacio grandioso en el solar del Alcázar, un Museo de pinturas en el Prado de Atocha del que acaso he de hablar luego y otras obras muy ilustradas, aunque de vista era Su Majestad grotesco como verruga en geta de tocino. Aprendí también que antes de que los franceses escarmentaran de su embrollado motín se presentó en París un mariscal y se hizo el jefe, coronándose emperador de la Francia, a falta de reyes. Y era este bravo de armas tomar, llamado Napo León, digo yo que acaso por tener cabeza de nabo y cola de león o viceversa, pues napolitano no era sino corso. Subiósele pues al nabo el poderío imperial y quedósele angosto su territorio, así que siendo versado en artes de milicia anduvo en golondros de conquistar el mundo, y tal fue así que calzóse gorra emplumada, espada blanca y mosquetón con hipo y acometió en batalla por los cuatro vientos sin encontrar rival a medida de su embate. Andaba acá en tiempos del tal Carolo cuarto el gallinero de palacio tan afrancesado que nos hicimos clientes del francés sin dar coces de vuelta. Hube pues de escuchar espantado y pesaroso cómo fue España amante y provincia francesa tan a la ligera, tras siglos de guerras y paces que trajeron no poca sangre y desvelos en la gente de bien. Mas dióme aliento lo que siguió a esto, pues acurrucado el ejército y cabizbajo el monarca, no menguó el pueblo, que fueron alentados por la clerecía y los más resueltos toda suerte de gente llana contra el francés y hubo que vérselas el cachidiablo de Napo con la picaresca española en pleno, que trujían los frailes por hondas sus rosarios, los carreteros por arietes sus mulos, los gañanes artillería de terrones, los pastores sus cornudos por ejércitos, los cantareros sus potes por granadas, los panaderos por bombas sus mendrugos duros, los zapateros y sastres por castigo sus facturas, los escribanos sus yerros afilados, los barberos sus navajas por hacha y sus bacías por yelmo, los boticarios por espadas sus espátulas y por balas sus píldoras, los médicos por mosquete sus enemas, los pobres sus lamentos como espantadera, las putas sus impuras horcajadas por fuego de mortero, las doncellas sus remilgos por estrategia, las viejas sus enaguas por fortaleza, y de todo este ejército no desertó ninguno y muchos fueron mártires anónimos. Y así huyeron los galos como conejos por la cuenta que les tenía y quedó España curada de usurpadores, aunque fue grande el estrago que hicieron. Y dícese que vencido este Napo por ingleses y prusianos quedó por un tiempo cada mochuelo en su olivo y las naciones mansas. En diciendo esto, Don Diego bostezó muy grave, y temí que le venciera el sueño y la crónica quedase a medias, de modo que hube menester servirle otra copa del ardiente licor, aconsejándole una gárgara que le arrancase un eructo que le andaba ya un rato tropezando en las tragaderas. Regoldado y repuesto prosiguió para consuelo de mi inquietud y, apreciando mi desvarío ante lo explicado hasta agora, advirtióme que aún no habían catado cosas tan viles mis oídos como las que siguen. .../... ![]() Pirata |
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#3
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"Así se fueron hinchando los cofres de deudas y las panzas de hambruna, mientras cuatro moscones de palacio morían de hipo a fuerza de chotos, perdices y langostones."
Don Paco, tenga vuecencia cuidado que el posadero nos cierra el hilo. ![]() |
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#5
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Había hecho mella por doquier entre la gente ambiciosa de poder e irreverente con la monarquía el íncubo de la revolución gala, cuyo lema engañoso era “libertad, igualdad y fraternidad”, que en manos de malsines, malhadados y malditos significaba libertad para arrebatar bienes ajenos, igualdad sólo si tú tuvieres más que yo y fraternidad para con el cornudo en adulterio. Así se malversa la buena intención de los filósofos en manos de los rufianes, que buen ejemplo dello es cómo la Santa Iglesia hizo oídos sordos a las humildes palabras de Jesuchristo. Arremetedera fue esta revolución mayormente en las provincias de Indias, que una por una y sin faltar ninguna a la cita se alzaron insurrectas en guerras de independencia, hasta que no hubo en América un celemín de tierra en manos de la corona española y del oro y plata de ultramar no quedó ni la cizalla. Así fueron dejadas a su suerte estas tierras antaño provechosas, agora convertidas en repúblicas que han padecido en su corta andadura más tiranos que toda la Historia Antigua y son agora imperio de la penuria, potencia de piojos y chinches, dominio de fiebres, bubas y calenturas y estado de bellaquería. Y vive Dios que no me huelgo de oír tales miserables nuevas. Así fue desmejorando España y rebajándose la autoridad de reyes y reinas ante los diputados, comisarios y generales, tal que en tiempos de una llamada Isabel segunda hubo quien no quiso veer la corona en crespines de dama y se sublevó a favor de un varón protobastardo para la sucesión, cosa que no hizo cuajo más que entre algunos vizcaínos pero trajo mucha sangre y muchos pesares. En un punto hubo tal entuerto y entontecimiento entre los dirigentes que dieron por terminado el reinado y se entró una República a guisa de la francesa, que duró lo que buñuelo en orfanato, intentándose una monarquía de chisme que duró lo que otro buñuelo y así hasta que hubo otra vez rey, que fue Alfonso doce y luego el trece, un chisgarabís de poca enjundia que no gozaba del calor de su parroquia. Fueron estos tiempos ruidosos y faltos de decoro y había sido privada la clerecía de muchos de sus bienes, cosa que si bien salvara a muchos curas golosos de avaricia de las furias del infierno, acabara con muchas costumbres piadosas y dejara a muchos incapaces al desamparo. Así andaba la gente hormigueando en motines y revueltas, y los alguaciles siempre ocupados, que agora se llamaban guardias civiles y calzaban en la pelona sombrero de tres picos. Y he acá que llegaron de la Rusia unas ideas nobles por de dentro y ponzoña por fuera en cuanto sólo cabe su uso cuando la codicia desaparezca de la faz del mundo y eso será acaso cuando desaparezca el hombre. Y aún contando con que no hubiese codicia, yerra esta doctrina en que prohíbe la religión, cosa necesaria para el alma de los mortales. Llámase a esto comunismo, como antes dije, y en esta ordenanza son todos camaradas, igual es la camarada buscona que el camarada embajador, igual el camarada ladrón que el camarada juez y no hay ricos ni pobres. Vease que es esto cuento de viejas. Mas es notable que tales clamores ablandaron el seso de los más infelices y con estas premisas entró la chusma en muchedumbre a palacio, pasó por las armas a los Grandes de Rusia, hízose con el mando, y permaneció así más de setenta años entre mil disparates. Hizo esta nueva revolución, junto con otras especulaciones de tontos de remate que querían apadrinar la anarquía como doctrina política, mucho eco entre las gentes más exprimidas y descarriadas. Llamaron a estos comunistas rojos, acaso porque siempre andaban escarnecidos a palos por los alguaciles, o de izquierdas, acaso por lo torcidos que iban del camino recto, por zurdos o por siniestros, y ellos a sí mismos se llamaban progresistas, ya que prometían hacer adelantamiento en alguna cosa. Contra ellos crecieron los que llamaban de derechas, acaso por saber que irían derechos al infierno, tal era su hipocresía, pues afectándose de ser gente de Dios, los más eran malvados con inquina, ladrones sin embozo y por ende fariseos, y acá entraban los más de los curas, los ricos y los militares. Estos así mismos se llaman conservadores, tal es su afán de conservar la riqueza que guardan como botín de siglos de rapiña. Los más cerriles de estos faramalleros eran aduladores de sí mismos, sus usos y su casta, que los más majaderos la creían la regalada y primada de Dios, y con tal ahínco tenían sorbido el celebro que no hacían ascos en imponer sus altas opiniones al prójimo por la fuerza de la milicia y la amenaza de la horca, y estos son los peores de entre los derechistas y se llaman fascistas, acaso por que viven en fascinación alucinados de sí mismos y echando al prójimo mal de ojo. Es menester conocer estas figuras para entender las calamidades que se acontecieron en el siglo XX. Andaba pues el palomar alborotado en tiempos de este Alfonso trece, que es número de aojo, sus ministros poltrones y pamposados, los anarquistas y ganapanes comunistas chirlando en las callejuelas y los generales en escaramuzas contra los moros de Marruecos, de las que salieron escarmentados de tan grande que fue el degüello y la sangría. Hubo pues muchos sucesos hasta que un general marrajo, que llamaron Largo Caballero, tomó el gobierno con mano larga y caballería y luego otras mil marimorenas que ni hago memoria dellas, hasta que se vio el Borbón desbraguetado y hecho un matachín, que hubo de exiliarse a Italia hasta cuando los ranacuajos tuvieron pelos. Ordenóse entonces la segunda República, otra vez con la francesa por muestra, que incluso cambiaron la insignia española vistiéndola un tercio de nazareno en luto de Pascua, y fueron muy celebrados estos años por las gentes de las izquierdas, pues era esta lechigada de ministros más renegada de los santos evangelios que fuera el sanedrín de Herodes, y se dice que florecieron entonces las letras, que son los más de los poetas y prosistas siempre pecadores de los que conquistan el infierno por la lengua. Fueron estos sucesos como puñada en el buche para los fascistas, que crecían entre las milicias y alegrábanseles las pajarillas sólo de rumiar la conspiración contra el republicano impío. El cabecilla de estos matasietes llamábase Franco, he de creer que más por lo ingenuo que por lo galante y bizarro, pues era un hombrecillo de medio calzón, desbrozado de seso, ayunado de hombros, con voz de chivo pituitoso, calvete de melón, atormentado de gesto, bergante de bigotes y bellotero de papo. Es cosa de risa que a este mequetrefe, acaso por pura chufleta, llamábanle el generalísimo, no siendo superlativo sino en aires, pues humildad no conocía y, menguado como era, gastaba bilis y cólera en humores. Andaban este generalísimo y sus demás generalillos muy aferrados a la cruz y otros atributos de cristianos viejos, lo que hizo crecer en ellos profunda inquina a los comunistas, que por ser éstos ateos andaban entonces a teas por las iglesias. Fueron estos extremos broza para el incendio de los odios más enconados, encenagándose las almas de unos y otros hasta que tomaron tanta cólera que se parió el más grande horror que cabe en la Historia de las Españas, que me corro en mil vergüenzas sólo de pensar en ello, y fue esto la Guerra Civil, que es el vicio más vil que puede un país padecer, pues en ella se pasaron por armas entre vecinos y se sacaron los ojos entre hermanos, quedando la tierra estéril de sorber tanta sangre envenenada y cobijar tanto cimenterio. Acabó esta barbarie con triunfo del generalísimo francolín, emplumado de medallones y amparado por mercenarios de la morería y otros fascistas de medio pelo que había en Prusia y en Italia. Coronóse este pollo de bigotes caudillo y tirano de las Españas por la Gracia de Dios, y fue así emperador de la ceniza y la miseria , dictador de sentencias diestro en artes de patíbulos, mazmorras y tormentos, y dado que, amigo como era de obispos y confesores, sabíase condenado, quiso alargar su vida terrena hasta que era pudrigorio en vida, y así tuvo sometido al país no menos de cuarenta años. .../... ![]() Pirata |
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#6
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Menos mal que D. Diego de Torres no le contó a D. Francisco de Quevedo las andanzas de un tal "El deseado"(Fernando VII),porque le entra un cabreo tal, que fenece allí mismo
Pero, el relato de dos siglos en seis párrafos, genial!! ![]()
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#7
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No quedaban en zaga deste Franco otros gallitos fascistas, y fue un teutón quien más descalabro causó en el siglo, de nombre Adolfo nosequefulano, algo como Jilguero, que dicen tenía pico de oro y así daba sesos de mosquito a todos los que le escuchaban. Creíase un Apolo este galafate, afurciado de sí mismo, pues se decía de linaje tan sublime que era nacido para dominar a los otros. Así pues, enarbolando un pendón con un garabato, espoleó a sus ensoberbecidos ejércitos para conquistar el mundo. Acaso por creerse estos germanos tan bien nacidos llamábanlos nazis, aunque fuese paradoja que este Adolfo más bien era zamborotudo, zoquetudo y hobachón, bigotillo a medio zurcir, guedeja en frontispicio y testuz repelado, ojos hiperbólicos que le bailaban en las cuencas, orejas asomadizas, papo goruendo, trazas de perturbado, gesto mascarón y un pasmo en el brazo y mano diestros que dejábaselos tiesos de un bote a cada paso. Cobarde lo era redomado, siempre cobijado por cuadrillas de guardameas más estirados que finibusterres, más rapados que güevo y uniformados con gorros de plato, de cara tan gótica que no les hiciere reír ni mona con matraca. Andaban con el mismo calambre en el brazo que su jefe y eran sus alguaciles y corchetes apellidados de las Ese Ese, porque si señalaban con el dedo se mostraba que ése y ése iban a la cárcel, que no era plato de gusto, pues conocíanse las celdas como campos de concentración y eran antesala de los de asfódelos en el Hades. Era este sacatrapos de germanía poco amigo de judíos, que hubiera hecho buena pareja en un aria con la Católica Isabel, pues tomose gran fatiga en regalar a davides, moiseses, josueses, jeremíases, y zacaríases con martirios, mutilaciones y mil perrerías, que por no darles la tierra prometida hacía jabón de ellos en vez de enterrarlos. Fue su voluntad conquistar el mundo y hacerlo incircunciso, causando así la Segunda Guerra Mundial, que llámase segunda porque ya hubo una primera poco antes, que habíase desatado sin más cimiento que la mala sangre que se tenía cada nación con sus vecinas, y de la cual los prusianos habían salido descalabrados. Y llámase mundial porque no hubo nación que no se viese en el entuerto, salvo España, que andaba recién forrada de mataduras, socarrada en tizón y opulenta de miseria tras las andanzas del generalísimo. Obró este Adolfo teutón de la misma guisa que el Napo francés hizo primero, mas a la viceversa, pues irrumpió en París y en otros muchos sitios con sus milicias en runfla, tal que no le restó en Europa más que el reino de Inglaterra y la Rusia comunista por despojar, y aún fuera de Europa andaba en simpatía con unos tales nipones, que son unos chinos pequeños y tercos pero muy industriosos, moradores de unas islas que hay en las Indias Orientales. Cuentan que fue por causa destos nipones, que andaban en pleitos con los Estados Unidos de las Indias Occidentales del Norte y diéronles bombarda con volatería en unas fragatas que tenían más allá de los siete mares, que embizarraron los americanos y persuadiéronse de entrar en liza, siendo éstos los últimos en juego, en pacto de alianza con ingleses y rusos. Muchos estragos y calamidades hubo en estos días, justas y combates en mar y tierra, y también por los aires, que desde la otra guerra ya volaban los soldados, tal que los caídos en batalla eran caídos en verdad de bien alto. Dicen que hizo mudanza la suerte de los fascistas cuando quisieron los alemanes invadir la Rusia y quedaron los más dellos carambanados de puro frío, y cuando desembarcaron coitosos en gran número ingleses y americanos en Normandía, aunque hubo muchos muertos por los nidos de ametralladora, que mala pájara debe ser ésta y peores sus pollos. Tanto cagaron al final de la guerra los aviones petarderos en los sitios del alemán que en algunas plazas no quedó ni el cimiento, y del fulano Adolfo no se encontró ni un mal zancarrón, cayendo estos tales fascistas en desgracia hasta la fecha. Otra borricada se hizo en esos días y la sufrieron los nipones, desmayándoseles con esto las ínfulas imperiales. Fue ésta la cobardía y bellaquería más notable que conoce la Historia, pues castigóse a ciertas ciudades niponas con tamaños petardos, que donde cayeron quedó todo reducido a átomos, que se les dice por eso bombas atómicas. Dícese que una sola desta bombas hace boñiga de una ciudad entera y muchas leguas en derredor, no quedando ni la botonadura del jubón de quienes allá estuviesen. Y también dicen que deja un humazo en apariencia como de seta más alto que las nubes y aún pasados años del desaguisado mueren las gentes que allá se aventuran por consunción, cancros y emponzoñamiento, tales son las malas aires que quedan tras el pedo. Ante tal vejación, dijéronse los agredidos que “a olla que hierve ninguna mosca se atreve” y capitularon la paz. De este modo quedaron ingleses, americanos y rusos vencedores, franceses liberados alemanes italianos y nipones vencidos, y todos escarmentados, aunque unos más descalabrados que otros. A estos repugnantes sucesos siguió una adjudicación del mundo en suertes: A los judíos y judihuelos, que eran los más arruinados, majados y desbarrigados de esta contienda y sólo por azar quedaron algunos vivos, que no es buena estrella la de David, regaláronles en desagravio la tierra prometida de sus escrituras, que es la Ciudad Santa de Jerusalén y la parte de Judea y Palestina. Y fue este gran desatino, pues los infieles de alcorán que allá moraban, viéndose despojados de sus tierras, desatrahillaron los perros contra los llegados. No hicieron cosa alguna los colonizadores por regalar buenas palabras a estas gentes, que fuera más sagaz diplomático un pollino. Hiciéronse los baladrones y multiplicaron la ley del talión, ojo por los dos, diente por ijada, tal es así que andan aún a pleitos y pedradas, que no hay día en que no descuarticen, descalabren y escarmienten los de Moisés a los de Mahoma y al contrario. Tan revueltos andan los Santos Lugares que más le valiera a Christo haber sido nacido en cualquier otra parte. Es este reparto del mundo que dije se demedió Alemania, y quedó el potente americano a la cabeza de reinos y repúblicas de la Europa Occidental, comenzando así el imperio del dólar, y el ruso comunista se hizo fuerte en la Europa Oriental. Fueron forjando desta manera unos y otros gran desamor, tal que mentar sólo las filosofías del comunismo en Occidente era gran agravio y valía el patíbulo y, al cambio, la evocación de las doctrinas capitalistas en el lado rojo era gran embarazo y valía mil majamientos, si no la muerte. Tal fue así que acabó por construirse un paredón para que unos no vieran cómo vivían los otros. Así es siempre el hombre, terco y tirano y falto de prudencia, víctima de su proprio fanatismo, que púsole Dios el seso en el cráneo sólo por que no sonasen huecos los garrotazos. Hiciéronse unos a un lado y otros al otro muy poderosos, amasando gran polvorín de bombas atómicas en los dos lados, tal que al mínimo desaire ya se ladraban fanfarroneando que iban a soltarlas y dejar el país contrario hecho páramo. Llamaban a estos conatos guerra fría y vivían las gentes entonces muy compungidas y medrosas de que se calentara esta guerra y repasara la Parca el mundo entero en un guiño, pues tal es la destrucción que se vaticinaba. Terminó esto de suerte que un buen día asesaron los del lado rojo, viendo que no siendo el hombre falto de ambición, sino ruin por natura, el comunismo es sólo aplicable por la fuerza, la opresión y la privación de voluntades, y que es más acertada al hombre la ley de las bestias en libertad, que el pez grande devore al chico y queden los dos peces contentos, comedor y comido. Así cayó en paz el muro que separaba ambas partes y quedó todo el mundo a merced del imperio americano, que es quien pregona tal doctrina, y así sigue en estos tiempos, y es esta escasez de moral la que comienza a ahuecarlo, según cree Don Diego. En estas platicas andábamos los dos calamocanos, él solícito dando respuesta a mis interpelaciones y yo todo aspavientos al escuchar los sucesos que se me revelaban, la frasca del goloso aguardiente más vacía que cepo de iglesia, y nuestras nalgas ya fundidas con las asentaderas de la sillería. Suspendióme que se vislumbraba el claror de la aurora en la ventana, que hubiera jurado por Santiago que no fueran tantas las horas pasadas en tales predicciones. Púseme en pie, no sin cuita, que ya mis carcomidos huesos crecían en anhelos de desbarrancarse, estiréme y di unos pasos a la ventana. Así vide cómo la amanecida iba abrazando la ciudad monstruosa y matando los candiles que brillaban por doquier, en las calles, en las ventanas y en los coches, que iban apriesa sin ton ni son. Dábame vahído mirar abajo desde tal altura, mas en verdad era digno el espectáculo, pues se contaban por cientos las fábricas de casas, palacios o templos de endemoniada altura. Andaban a puro empellón dos cocheros diciéndose no sé qué juramentos, pues veíase que el coche de uno estorbaba al otro y el del otro embarazaba al uno, de tal guisa que ninguno quería ceder paso. Divirtióme cómo estuvieron en pleito, llamándose hi de puta y peores cosas, como el cuervo a la corneja –quitaos allá, negro; quitaos vos allá, negra- hasta que el menos empapirotado hizo gesto de apartarse. Había venido Don Diego a mi lado a contemplar la comedia y comentó la necedad de las gentes de estos tiempos, que es la misma que la de otrora, y luego de esto hizo guaya y lamento de ser muerto hablando con otro muerto, que era momento triste para los difuntos el amanecer, que es cuando todo despierta a la vida. No me afligía yo tanto, que no poca alegría me trujo mi alba primera tras siglos de estar mi calavera plantada en sórdido camposanto, y el bullir de la vida parecía desporqueronarme la linfas y los humores. Picábanme ya los tolanos y rugían mis tripas como fieras, de modo que apelé a la caridad de mi amigo, pidiéndole desayuno. Afectaba desasosiego, tal era su anhelo de dejar esta esfera en pos del Reino de Dios, si lo hubiere, mas hube de recordarle su juramento de llevarme a conocer el cinematógrafo y para eso, según entendí, era menester esperar a la tarde. Roguéle pues que pasáramos juntos la mañana y dejara en mis manos antes de partir a las Islas de los Bienaventurados algún sustento. Diole esto aliento para seguir entre los vivos amparando a este humilde muerto, dibujósele en la faz sonriso como de desatinado y apareció al punto fulgor en sus ojos. En esto, calzándose un sombreo, cual era usanza en nuestros días, dijo: -Sabio difunto, en buena hora, pues es solaz despedirse de lo que se guarda afecto: Vamos a mi café favorito a desayunar y a leer el periódico, de allá al banco, pues he de dejarte en herencia mis dineros ahorrados que te serán necesarios, aunque no sé si es peor pecado llevarlos a la tumba que legárselos a un muerto, y podemos irnos luego al Museo del Prado, del que te hablé, y de postre al cine. Vime amparado en este día y alegréme mucho. Salimos, él tocado de sombrero y yo a calva descubierta, los dos finados escaleras abajo, y quien siguiere leyendo sabrá lo que aconteció. .../... ![]() Pirata |
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