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#1
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Cofrade Atarip !!
SALUT ante todo y unas rondas ![]() ![]() Pero, con perdón ... ¿ no podrías editar todo el relato de una vez ? ¿o darme una pista de cómo conseguirlo ? La verdad es que me gustaría leerlo de una sentada. Entiendo que pierde el encanto pero ... se agradecería tuviera vuesa merced a bien el considerarlo. Y más SALUT todavía !! |
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#2
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Atarip, fíjate al día que estamos y nada de nada del relato.
![]() Comprendo que te vayas de kdd, pero acuérdate de los demás y deja a un propio con los papeles de don Paco, porfi. |
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#3
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larga se nos hace las espera...
compasión, cófrade Atarip ![]() |
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#4
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XIV. DE LA VISITA AL MUSEO Y NUESTROS DIÁLOGOS SOBRE EL ARTE.
No esperamos mucho y llegó bufando el espantoso engendro, aunque unas dueñas reviejas que allá aguardaban a esta bestia hacían mil refunfuñaduras diciéndose entre ellas que ya era hora. Abrióse un portón resoplando como fuelle de fraguas y saltaron a batalla todos los de a pie. Yo receloso hice mi entrada el último, casi a puro empellón de Don Diego, que se mofaba de mi poco arrojo. Cerróse la puerta y comprendí cómo hubo de sufrir Jonás en la ballena, que tal era el brete en que me hallaba. Sacó Don Diego de la faltriquera otra cedulilla, ésta llamada Metrobús, que no hubo nombre tan espantoso ni en libros de caballerías, y la introdujo dos veces en una agalla piadora que tenía la bestia en la misma entrada. Todos los viajeros hicieron lo mismo y el cochero, agarrado a una rueda de Santa Catalina que hacía la vez de las riendas del artefacto, cataba de reojo si cada cual cumplía con su pío pío. Arrancó ligero y fue tal el restregón que, de no agarrarme unos viajeros con trazas de indianos, doy de narices en el escote de una señorona que allá se sentaba. Diles las gracias y repúseme, aunque en mi fuero interno les reprochase el evitarme tan dulce caída. Hízome seña Don Diego de asirme a unos barrotes y así hice el viaje, más prendido que en galeras, que con el meneo hacía intención el cruasán de volverme al gañote y salir en bosadilla a salpicar camisas. Vide en este viaje por las ventanas grandes fábricas y palacios, e infinitos coches y personas que iban muy apriesa, como si anduviera el diablo tras dellos. Mas ¡qué digo! Ni el diablo quisiere saber de tan nefando infierno. Así fui catando las calles de esta urbe prodigiosa, que se antojaba a mis ojos una mixtura entre Sodoma, Babilonia y la Atlántida, cuyos confines habían crecido sin duda por donde en mi siglo sólo hubo madroñas y belloteros. En llegando a una plaza con ricas fuentes y arboleda vide los rascacielos que tanta turbación me causasen el día anterior, y reconociendo lugar tan señalado dije a mi difunto amigo: -Dime, buen Diego, ¿qué es este lugar en el que se edifican fábricas tan fabulosas y qué albergan estas torres tan altas, que al propio San Pedro dieran vértigos? -Nada de importancia, sabio amigo. No te dejes confundir por apariencias, pues no son estas casas cosa extraordinaria, sino las intendencias donde los negociantes tienen sus despachos. Acaso hay algún hotel, que es como llaman a las hospederías y posadas de estos días. Este lugar se llama agora Plaza de España y el monumento que ves está dedicado a la memoria de Miguel de Cervantes, que se considera el más glorioso escritor que tuvo nuestra lengua. -¿Cómo? –dije sorprendido- ¿El manco? ¿Ese sotacomitre de empacho? ¡Válame Dios y todo el santoral! ¡Por esto no hubiera dado yo un cuartillo! -Pues quisieron las suertes de la Historia que su Quijote fuese el libro que por más ingenioso se tiene, pues bien describe el carácter de nuestro pueblo, en su zafiedad, su terquedad, su ceguera y al mismo tiempo en su talante noble y ensoñador. -Pasmado me hallo –repliqué-. Que de saberlo hubiera escrito yo necedades y libros de caballerías en lugar de versos. ¡Carajo con el bribón, el Caballero de la Triste Figura! Y dime, amigo, que no medra en mí la modestia. ¿Tengo yo acaso monumento o me sigue maltratando la historia como lo hizo cuando vivo, que por ahorrar lisonjas a algún villano fui invitado de celda en celda y tuve luego servidas moscas y mocos para el postre. -No temas, muerto mío –dijo con sorna-, y reconcíliate con tu modestia, que tienes estatua y con tu nombre una glorieta, que no es tanto como la gloria, pero casi, y es tu monumento mejor que el de Lope, y no hace mucho te pusieron una fuente en derredor, para que veas tu imagen reflejada, cual Narciso. Reímos de esto y consoléme yo algo al oírlo. Luego callamos, pues en Callao estábamos, que no era un lugar precisamente tranquilo. Es paradoja. Tras lo que parecióme una eternidad nos abajamos al fin. Pálido como el muerto que era iba yo, mareado de navegar en secano. Díjome que habían dado nuestros huesos con la calle de Alcalá, mas igual me valiera que me hallase entre las siete colinas de Roma, pues nada era lo acostumbrado para mis ojos. Era todo en derredor tal hervidero de coches que de la tostadura de sus cuescos no pude parar de toser, y en el centro de la plaza había una fontana con una estatua representando un carruaje guiado por leones, conducido por una dama que acaso fuera Démeter, Cibeles o Rea por la figura. Pensé yo si mi monumento también tendría leones y si sería así de señalado. Mas pronto desvanecióse mi vanidad a la vista de los ricos palacios en derredor de este barullo, que jamás los vide antes tan grandiosos y suntuosos. No anduvimos mucho y topamos con Neptuno, encarnado de la misma guisa que la otra estatua, aunque guiábanle jacos en vez de fieras. Mustio se le veía tan lejos del mar, y acá me dijo mi explorador que nos encontrábamos en el Prado de Atocha, aunque no aparecía ya ni prado ni atochar ni nada de lo que yo hube conocido en vida, sino grandes edificaciones, cuatro arbolotes y, si cabe otra mención de lo mesmo, grande ruido de los millares de coches guiados sin bestia que zumbaban por doquier. Mostróme en esto Don Diego una grande fábrica con columnas, y díjome que era éste el Museo, llamado así en honor a las Musas, ya que en él se guardaban retratos y pinturas de gran valor, muchas de ellas pintadas en nuestros días y más antiguas. Díjome que eran las más preciadas las de Diego Velázquez, lo que hace justicia, vive Dios, pues muchas destas vide yo en la Corte, retratos más reales que sus Reales muestras. Díjome que había cuadros antiguos y traídos de Flandes y de Italia, y que, amén de Velázquez, se creían preciosos los espantajos que pintó el Greco en Toledo y los de un fulano muy celebrado llamado Goya, pintor de tapices, reyes majaderos, ejecuciones, cabrones, brujas y trasgos, que no pude conocer por moderno. Todo ello quería enseñarme y así marchábamos resueltos, mas cuando nos hallamos en los soportales, abrió don Diego mucho los párpados, que daban así pasmo sus ojos descaperuzados, púsome en el hombro la mano diestra, que eran cuatro dedos como sarmientos resecos y un pulgar canino, y con la zurda hizo señas al aire diciendo: -¡Mi buen muerto, paladín de los ingenios! No has de visitar lo que ya conociste en vida habiendo en el mundo tan grandes novedades. ¡Tornemos el rumbo, que vas a veer lo que llaman arte en esta edad moderna! Vive el cielo que más revelador ha de ser para tus ojos aquello que vieren cuanto más ilustrativo de los tiempos modernos. Otro museo has de veer y no éste. Dicho esto, guióme apriesa por el avispero de las calles a una placeta más remota, y en ella había otra casona enorme que llaman el Museo de la Reina Sofía, celebrando que tiene este nombre Su Majestad en estos días. Era esta construcción sencilla salvo en sus dimensiones, mas adosadas tenía dos cristaleras como hechas de espejuelo, tan altas como ella. Caté que las gentes subían y bajaban por ellas en gran número sin que hubiese menester peldaños ni escalas, pues iban quietos sobre una tarima que movía el mismísimo diablo. -Una condición hay –dije amedrentado- si quieres, amigo, mostrarme los prodigios que encierran esos muros: Que no haya de subir yo por arte de esas poleas sibilinas. -No temas, que bien supongo que siendo antiguo te diese la tarantela si subieres a uno de esos ascensores –contestó-, pero has de saber que no hay nada malo en hacer más liviano el cuerpo, que se siente al subir así que pesa éste poco más que el alma. Y has de saber que si porfías en ese recelo te llamarán los modernos claustrofóbico. ¿Cómo pues subirías a un rascacielos de ciento y tantos pisos sin cansarte? -¡No he de subir, voto al Cielo! –dije, airado por estas mofas-, que de tantos años soterrado me sobrecogen las alturas. Dicho esto pagamos lo que se nos dijo y nos entramos. Había dentro un patio, como de convento y, en derredor, por los varios pisos muchas salas bien iluminadas sin muebles ni menaje, de lo que se colegía que allá no vivía nadie, adornadas con pinturas pendientes de las paredes acá y allá, que las gentes iban mirando muy despacio, como si encontrasen algún regocijo en ello. Acérqueme a mirar yo mismo una de estas obras que hacían deleite de las gentes y quédeme más frío que un arenque ante lo que vieron mis ojos, pues en este cuadro no había nada más que un pingajo negro, que acaso por broma alguien había enmarcado. -Este es el arte del último siglo –me dijo el bueno de Diego-. ¿Qué te sugiere? -Si has de tomarme por bobo o por páparo, hazme la mamona, que si a esto llamas arte, genio he sido yo en lienzos de calzón y pañizuelo, y más lo fuese cuando usaba pañales, aunque poca memoria guardo dello. -Mi sabio amigo –insistía-, no es mi designio hacerte ofensa ni burla. Cierto es que a muchos no conmueve, pero esto es el arte moderno. Sólo pretende romper con las doctrinas de antaño. Andan agora los artistas en busca de otros lenguajes para expresar la belleza y tan afanados están que osan atentar contra ella. Así que dime sin recelo, por favor, qué te sugiere esta obra. -¡Por Christo, que no es mofa! -No es mofa –dijo. -Pues dime, amigo moderno, pues preciso tu ayuda para mi apreciación, ¿es esto retrato o paisaje? Hízonos esto gran estallido de risotada, que nos asomaban las lágrimas a las ventanas de los ojos. Y sólo de pensar que éramos muertos tan alegres nos daba más risa y no podíamos suspenderla. Yo caí tronchado al suelo y Don Diego apenas se tenía en pie, tal era la violencia de la risa. Dionos llamada de atención una dama que allá vigilaba el buen orden de las cosas y así nos compusimos, algo corridos de vergüenza, pues con afectación recordábanos que era aquella casa museo y no taberna. -Retrato, es retrato –dijo Don Diego al fin, entrecortado por no soltar la carcajada que le empujaba el aire desde los bofes. -¡Pardiez, pues, que lo veo! –dije en sobresalto- ¡Y qué gran maestro! Autrorretrato es este de la sombra del ojo del culo. Tal fue la bufonada con esta agudeza mía que se hizo menester salir por pies de la sala, como dos chiquillos que anduviesen en alguna canallada, y tan alborotados de la risa que nos costó un rato componernos. Entramos en otra sala y pasmado seguí viendo y considerando pinturas: Unas parecían hechas a escupitajos; otras se llamaban “pájaro” o “muger” y no se adivinaba ni la sospecha dello, que mejor retrato de tales cosas hubiera hecho un ciego maniatado; en otras se veían unas formas grotescas sin ton ni son; en otras había todo tipo de desechos, suciedad y mugre pegados sobre el lienzo. Dábame vuelcos la razón de veer cómo se había perdido el buen gusto. -Sácame de aquí, mi devoto amigo –rogué-, que ya me causa aturdimiento el esplendor de tanta hermosura. -Un punto has de llevar la cruz todavía, Quevedo, pues algo quiero enseñarte que fue para mí revelación. Has de confiar en mí que tengo también ojos antiguos. -Así sea. Subimos unas escaleras hasta otra altura y así fui guiado por pasillos hasta unas piezas mayores en las que se guardaba la obra de un tal Picasso. Allá llegados, me dio Don Diego esta explicación: -Mira con esmero estos lienzos, amigo, pues son del pintor más grande del siglo último y cabeza de un vicio del arte que se llamó cubismo. Has de saber que la deformación de la realidad viene de una licencia aleatoria pero armónica de la geometría y el color, y que si bien no figura la forma apropiada de las cosas, significa cómo se ven las cosas deformadas tras pasar por el corazón y la mente del artista. Conmovióme la seriedad de Don Diego, de modo que fui catando los lienzos, que eran de muchos colores y pretendían acaso dar volumen como de escultura a rostros cuadrados en balde, que los más eran de mugeres, toros y caballos, figurados como en imitación de las primitivas artes de los países que habitan indios o negros. Mas éstos no tenían nada en su sitio, que se plantaba el ojo en el lugar del cuerno, los labios en la frente, los hocicos en el cogote y otras atrocidades, tal que había rostros bizcos de los tres ojos y tuertos de oreja, y a pesar del disparate se veía mucha congoja en estos rostros, lo que hube de juzgar meritorio, a fe mía. Eran todos estos cuadros ensayos de uno grande, de al menos veinte varas de largo, aciago de color, que daba la apariencia de una escena en la noche vista en el guiño de un relámpago. En este decorado retorcíanse gentes y bestias, todas cuadradas y descuadradas al tiempo, como si se figurasen en tal desfiguración grandes padecimientos. Uno parecía entremuerto con la durindaina desenvainada. Otro figuraba una muger enserpentada y toda lagrimones que tenía un desdichado zagalillo en brazos, que se hacía más difunto a la vista que al que dieron cuchillada fendiente. Otro era un toro añusgado, corniveleto y torcido de vista. Otro un rocín ferino con el gesto bilioso del que va en galopada a los infiernos y ya anda en umbrales. -De veer esto se me abren gusaneras en los sesos –dije-, tal es la mala sangre que tiene esta pintura. ¿Es esto rapto de sabinas o matanza de Herodes? -No hay tal cosa –saltó Don Diego-. Esto avisa del terror que sufren las gentes en la guerra moderna, que es cobarde y vil, pues no son los bravos soldados quienes caen en el frente prevenidos, sino que las bombas llueven del cielo en las casas de la gente honrada y plebeya que mueren sin honor ni defensa posible. -¡Gravísima desgracia! Te digo en verdad, amigo, que todo lo visto hasta agora de este arte moderno no monta un comino. Borrones y gazafatos escarabajeados a mis ojos, no más. Mas este lienzo me trae tanta angustia al corazón que, conmovido, me descubro ante el artífice. Pues es bueno que escupa el hombre la hiel que tiene en el alma y no la acalle, y diga las verdades en la cara a quienes se ofendan, pues tal ofensa es prueba de la sangre que su mano esconde. Y bueno es que sea el arte la voz del doliente o de la víctima, que es siempre muda en su modestia o en su ausencia. Ya se pintaron asaz en mis días retratos floridos y copiosos bodegones para grandes amos y tiranos podridos de poder. Y, dicho esto, hice reverencia y partimos. .../... ![]() Pirata |
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..el mar dará a cada hombre una nueva esperanza, al igual que el dormir le da sueños... |
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"Te digo en verdad, amigo, que todo lo visto hasta agora de este arte moderno no monta un comino. Borrones y gazafatos escarabajeados a mis ojos, no más. Mas este lienzo me trae tanta angustia al corazón que, conmovido, me descubro ante el artífice. Pues es bueno que escupa el hombre la hiel que tiene en el alma y no la acalle, y diga las verdades en la cara a quienes se ofendan, pues tal ofensa es prueba de la sangre que su mano esconde. Y bueno es que sea el arte la voz del doliente o de la víctima, que es siempre muda en su modestia o en su ausencia. Ya se pintaron asaz en mis días retratos floridos y copiosos bodegones para grandes amos y tiranos podridos de poder"
Grande eres, o redivivo Paco !! Dedicado a mi amigo el cofrade Rolo, por su incidente de recorrido ![]() ![]() ![]() ![]()
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..la lontananza sai
é come il vento che fa dimenticare chi non s'ama.. spegne i fuochi piccoli, ma accende quelli grandi Editado por malamar en 19-10-2009 a las 11:56. |
| Los siguientes cofrades agradecieron este mensaje a malamar | ||
limia (19-10-2009) | ||
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XV. DE NUESTRO MÍSERO ALMUERZO Y LA NATURALEZA DE ALGUNAS COSAS MODERNAS.
En saliendo de este Museo, díjome Don Diego de Torres muchas otras cosas sobre el arte de los tiempos para mí futuros, e interesóme una tendencia que él mentó que llaman surrealismo por estar abajo de lo real, pues estos maestros no pintaban cosas de la realidad sino de los sueños. Y tal como yo fui escritor de sueños, que conté más realidades dormido que despierto, hube de confiar que fuera esto de mi agrado. Así es que vimos un par de cuadros con hormigas por doquier, pan duro, imágenes blandas y figuras obscenas de larga sombra, a modo de Jerónimo Bosco o aún más repugnante. Diome todo esto más espanto que los sueños del Dante, pues no eran estos los sueños decentes ni cabales de un hombre temeroso de Dios, sino acaso los de un lunático de mente apolillada. A mis juicios respondió Don Diego: -Razón tienes, mi querido muerto, mas no es novedad que se tenga a los lunáticos por genios, pues esto ocurre desde antiguo. -Mejor es esto –dije yo- a que se tenga a los genios por lunáticos. ¡Mas yo sólo he de admirar a los que me parezcan cabales, vive Christo! -Pues ándate con ojo que, ya que lo mientes, bien se tuvo a Christo por lunático en su día. -Demos pues por lunático a él y a todos los bautizados –dije con chiste- y celebrémoslo en alguna taberna, que ando más deshambrido que pícaro en cuaresma. Salimos en esta conversación a la calle, o al infierno mismo, que yo digo, y nos adentramos por correderas y travesías estrechas para hacer marro a la grande borregada de coches y autobuses. Así, apartados de toda esa bulla, se hacía de menos el Madrid de mis días, con sus bestias atadas en los zaguanes, sus caballeros de espada guarnecida y calzón mal cosido, sus perros ladrones, sus dueñas maledicientes y las aguas sucias corriendo por doquier con su escolta de moscas. Tal fue el efecto que por primera vez sentíame desnudo sin mi capa. -Vamos, amigo –dije para ahuyentar la añoranza- a aparar algo para el arca del pan, que es como llamaban a la barriga los galopines de mi siglo. -Vamos pues, que aún no has visto nada. Te he de enseñar algo, pero me has de jurar que no me aborrecerás por mi mal gusto –dijo Don Diego. -Lo juro, aunque me haces temer. -No temas. En esta intriga anduvimos un poco más, hasta una plaza muy grande y bulliciosa, que me dijeron la Puerta del Sol, mas apenas el sol era el que yo conocía, que el mío era límpido y no ahumado. Entramos en una taberna muy luminosa, que sólo se parecía a las de mis días en que había un mendigo a la puerta. Díjome Don Diego que eso era un engendro de la modernidad, uno de los peores, que se llamaba burguerquín o maldonas, que para el caso es lo mismo, y que las gentes plebeyas y no tanto suelen comer las viandas que dan en estos lares, y que se cuentan por millardas estas tabernas infames en el mundo y todas reparten la misma bazofia. Seguimos una fila de gente, que estaban uno tras otro como si esperaran confesión, para llegar a un bufete donde estaban los taberneros y mesoneras, que eran varios e iban uniformados como de lacayos. Llegados a este sitio nos despachó una dellas, zagala de pocos abriles, leonina de catadura, con una perla en el flanco de la nariz que se diría moco desdeñado, el cabello enrubiado con lejías y sahumerios, tocada la testa de un gorrito bobo que todos lucían. A su solicitud contestó Don Diego que quería papas grandes, cervezas para dos comensales y dos hamburguesas. Al punto la joven mesonera hízole burla, repitiendo sus voces como beata que lanza plegarias al viento, y se fue a sus cosas. -¡Me turba tanta insolencia –dije airado y corrido-, que no la vide ni en gorronas de burdel! ¿Acaso no le infligen respeto a esta servil mesonera las nobles canas de un anciano caballero? -No te exaltes, mi amado y sabio amigo, que este es el respeto que se debe en estos tiempos, y no hay ofensa, que ella hablaba por ese micrófono con la cocina y así daba comanda de nuestras viandas. Era este micrófono que decía Don Diego apenas un palitroque, que a un cuerdo jamás hubiera inspirado conversación ninguna. Púsonos al fin una escudilla de color bermejo en las narices y fue echando en ella todo lo pedido en un abrir y cerrar de ojos. Pagó Don Diego y fuimos, escudilla en mano, a una mesa pringada de salsones. Limpiamos lo manchado con unos pañizuelos que había y sentámosnos a meter el hocico en los manjares. -Muy delicado no ha de ser el banquete –dije-, pues al punto que lo solicitamos lo cocinaron. -Bien dices, Quevedo, pues esto es lo que llaman comida rápida. Tanto ha perdido el hombre la razón y el paladar en estos días que en lugar de disfrutar pausadamente de los placeres de la mesa, muchos ven la obligación de comer como una molestia mundana, y dan gusto al estómago sólo a regañadientes, despachándolo en un instante para que no les robe tiempo de seguir en sus asuntos. -¡Grandísima estupidez –apunté-, que el hombre no coma por atender sus negocios! ¿Pues no son los negocios los que le dan el pan y la longaniza? -Así es, sabio amigo, y en este círculo a toda prisa vive su sinvivir el hombre moderno. -Mal me parece. Ríome yo de eso: siga siendo mi corazón antiguo y mi estómago dichoso. Veamos. Abrimos con pulcritud los estuches que había en la escudilla. En uno, como un sobre, encontramos cuatro astillas de papa y en otro, mayor, estaba la tal hamburguesa, más envuelta que un rorro en pañales. Antojábaseme esta hamburguesa como un pastel de los de mis días, pues había entre mórbido pan un par de pamplinas y un ochavo de libra de carne majada, que igual podía ser de res que de reo, vacuna vieja que canina o gatuna. Puse las narices y no me llegó indicio de aroma ninguno, ni bueno ni malo. Puse la oreja y no le oí maullar. Embestí un bocado pues, mas no con arrebato, pues no daba para muchos y temía que en dos atacadas me quedase sin ello. Así hamburgueséme todas las fauces, y sentí que era esta bazofia más blanda de lo que quise creer, comida de viejas, y sentí que me sabía la carne a vinagre y di con un par de tropezones que acaso tuvieran aún vida. Al ensalivarlo se me ponía la lengua de perro, llamando a la arcada a voces. Viéndome disgustado, ofrecióme Don Diego la cerveza, y no fue más que asir el vaso en el ansia de ayudar el trago, que se me deshizo éste en las manos, pues el cristal era blando de puro falso y no hizo sostén a la fortaleza de mis dedos. Derramóse el líquido por mis ropajes, tal que apenas pude catarlo. Viéndome enojado, brindóme Don Diego de su vaso, asiéndolo él sin peligro, y así tragué el bocado inmundo. Y Dios me libre de repetir la hazaña. -¡Válame el cielo, Quevedo! –dijo Don Diego, riéndose como un malandrín- ¿Acaso cató Sócrates la cicuta a quijada llena? ¿Y no ves que el vaso es de plástico? -¡Válate a ti la broma el infierno, Don Diego, y allá te sirvan los diablos hamburguesas por arrobas en menaje de plástico, y sea comida tan rápida que no te dé tiempo a cagarla. Y cuando te pregunten qué pecado purgas, responde que el de marmitón de cabronadas. Así fui refunfuñando un rato, hasta que pasó el enojo, pues bien había jurado no hacer bilis negra de lo que Don Diego me mostrase. Aplaquéme catando papas, que era cual mascar leña por lo insípido, hasta que Don Diego concibió el proyecto de echarles un adobo malsano que llaman quéchup, que se antoja sangre en cuajo por el aspecto, mas por sabor viene a ser como melaza en vinagre. Hice remilgos y quedé ayunando, mas no por piedad sino por asco. -No he de hacer encomios de estos alimentos modernos –dijo Don Diego, que no dejó una miga de toda aquella inmundicia- mas uno se hace a las costumbres. -Dios me libre. Si has de abandonarme, amigo muerto, espero me concedan tus dineros unos puercos para matanza, pues mala ventura son estos aciagos días para mi estómago. -No temas, -dijo él-, que mis dineros te han de dar la matanza hecha a tu antojo en cualquier mercado, que son como los de tus días y aún mejores que lonjas y alhóndigas. Llaman a algunos supermercados e hipermercados y te digo que en verdad merecen el nombre, que es más de lo que soñó Salomón todo lo que se ofrece al que tiene dineros en estos tiempos. Con estas esperanzas, ayunado empero, abandonamos este tal maldito maldonas, atravesando unas puertas que me trae sin cuidado fuesen de cristal o de plástico, pues en mi mente sólo cabía el anhelo de salir por ellas. Anduvimos otro poco por calles muy vistosas y atestadas de gentes, regalándonos la vista con los colores de los bazares y aún más con el pasar de las mugeres, que eran algunas dellas muy donosas y muchas dejaban desnudos los hombros y piernas, y las más jóvenes el vientre y la cintura, como para incitar al varón a lujuria. Mas prevínome Don Diego que esto era engañoso, que no osara tocamiento alguno ni quebranto si no quisiera tropezar con un cachete en la jeta, y que las leyes de cortejo y halagos a la hembra para conseguir sus favores seguían tan vigentes o más que en nuestros siglos. En estas conversaciones estábamos cuando un pálpito del infierno, como si se le saliera el corazón a la tierra de sus entrañas, nos dio sobresalto. Era este sonido como de bombo y bombarda, muy acompasado, y se sentía como martillazo de fragua dentro de la cabeza. Catamos que de un coche venía este tambor faraónico y faltóme calle para huir. -No temas –dijo Torres-, que música es lo que viene. -¿Música? Los cuescos de Satanás hacen más regalo al oído en tono y armonía. -Difunto amigo –me dijo-, has de saber que la música popular ha sufrido grandes mudanzas desde tus días. Esto es lo que bailan las gentes en salones que llaman discotecas, y si esto te parece ensordecedor, colige que no has oído en tu vida trueno ni cañonazo más rabioso que la música que esta gente baila. Pues has de saber que ya no hay jigas ni chaconas ni contrapasos, pues todo sigue el mismo compás, que es este bum bum que oyes y, para más novedad, te diré que no se baila en pareja, con lo cual has de dar por perdido tanto el arte que en ello hubiere como la pícara elegancia en el cortejo de la dama, y al cabo es más afín esta ceremonia a la que hacían los infelices primitivos en sus fiestas paganas. -Me asombras –dije. ¿Es en verdad tan triste esta mudanza? -Disculpa si exagero. No es tal la tristeza. Son los cánones del mundo moderno los que dictan estas modas. Pero has de saber que muchas hay a elegir, y no todo es orgía de diablos y afrenta a los sentidos, aunque sí he de decirte que todo viene escrito por los intereses de quienes perfilan el mercado. Lo que quiero decirte, muerto amigo, y seré breve, es que surge un músico, que los hay muy diversos, desde los cantautores, que son como los ciegos de tu siglo, hasta las estrellas del pop o del rock –interpreté yo estas apelaciones a la onomatopeya de los estacazos y rasgaduras que sonaban en tales fanfarrias-, que son tan célebres como los capones y rolandos de otros días, y cada cual vale tanto como vende, y éste es el vicio. Pues igual que un poeta vende sus libros, hoy los músicos venden sus murgas enlatadas, tal que quien lo compra puede oírlo en su casa mil veces si desea, con la misma claridad que lo cantaron, tal y como si tuviera la charanga en su alcoba. -¡Jesús Christo! ¡No lo adivinara un zahorí! ¿Como por encantamiento? -Tómalo así. Y te digo que es esto digno de averiguarse, pues ciertamente los músicos se valen de distintas artes, más diversas que esto que agora oyes. Tal es así que cada una tiene su historia, pues unos tañen guitarras, otros dulzainas, otros ingenios electrónicos, que pueden imitar cualquier sonido, y se considera que muchos de estos trovadores estridentes son los poetas de estos tiempos y cada cual tiene sus favoritos. Yo no entendí mucho de estos prodigios, mas pude desprender destas palabras que ha descubierto el hombre cómo guardar los sonidos y las voces igual que se guardan los pensamientos en el lenguaje escrito. Parecióme esto atroz por lo increíble, mas aún me restaba algo más pasmoso por veer, pues pronto caté con mis proprios ojos cómo podían guardarse imágenes de cosas fabulosas y así lo contaré a quien siguiere leyendo. .../... ![]() Pirata |
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