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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#1
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Como cada mañana, mi hijo estaba trabajando con su ordenador mientras yo preparaba los desayunos. Esta vez tenía el trabajo añadido de conseguir un vuelo a Manchester para Claire. Yo iba y venía en silencio, sin prestarle mucha atención, aunque un poco enternecido por su aspecto de muchacho concentrado y serio al que, este verano, se había añadido el uso de unas gafitas de media luna para la vista cansada. En un momento dado, me llamó la atención su inmovilidad. Tout va bien? Ah, dis donc le lion mon dieu! -dijo imitando el acento de nuestro viejo Vudú y sin apartar la mirada de la pantalla-, ¡creo que me va a entrar el caso de mi vida! Un asunto gordo. ¿Cómo de gordo? MUY gordo. ¡De ésta nos compramos un 25 metros! Se frotó un momento las manos en un gesto de pianista que me hizo dar un respingo y se puso a teclear furiosamente. Luego, cogió su teléfono móvil y salió a cubierta. We’re gonna fuck’em, le oí murmurar.
Las chicas empezaban a despertarse. Dejé el desayuno preparado sobre la mesa y salí para hacer el ritual de mi chapuzón de la mañana y nadar un rato. Desde el agua, el ketch era imponente, precioso. Cada día le daba una vuelta, admirándolo, y cada día me sorprendía su belleza. Lo recorrí de proa a popa por debajo de la quilla sintiéndolo gravitar sobre mí. Recorrí la cadena del ancla hasta el fondo. Visité una vez más, como cada día, todos los ánodos. Al regresar a bordo, el mundo había cambiado de base. Casi no habían tocado el desayuno y estaban, los cuatro, apiñados frente a la pantalla del ordenador, hablando todos al mismo tiempo, escogiendo horarios, compañías aéreas, aeropuertos y enlaces de ferry. Una a Manchester, otro a Londres y dos a Roma, todos tenían que marcharse para atender a asuntos maravillosos y felices que habían surgido de pronto. Y de pronto también, me había quedado sin tripulación. El mejor programa parecía ser el de salir inmediatamente hacia Milazzo, cenar y dormir allí y, temprano por la mañana siguiente, tomar un taxi grande que los llevase al aeropuerto de Palermo. Llamé a Eliseo para que, haciendo uso de alguna ‘combinazione’ de las suyas, nos reservara un buen amarre; viré ancla y, con la cubierta desierta, puse proa hacia el Capo Milazzo. Esta vez sin delfines y a motor. Corre por mis venas suficiente sangre española como para que el concepto de la vergüenza torera no se me escape, así que puse especial cuidado en comprender cuáles eran las alegrías distintas que sentían los chicos para que su ilusión me ayudase a aguantar el tipo y no dar muestras de abatimiento. Fuimos a cenar a un lugar encantador, a los pies del castillo de Milazzo, desde el que se dominaba el puerto. La brisa nos traía de vez en cuando algunos de los sonidos del tráfico de los ferrys y los hidroalas junto con lejanos chirridos metálicos. Era una cena de despedidas y recordé una viejísima canción de mis tiempos de joven “lieutenant de quart” Ô ! Katy, Katy Je revois souvent Ce petit coin discret Dans ce vieux restaurant. L'air, près de la mer Les rumeurs du port Dispensaient à la nuit Bien plus de charme encore Es una canción de nostalgia que habla de un amor que se pierde a causa de una partida prematura y por pensar que se tiene tiempo para vivirlo y que se puede invertir en cortesía y elegancia. Me gustaba el tono poco apasionado de esa nostalgia, tal vez porque no relacionaba el dolor con el recuerdo. ¡Uno nace tan vulnerable! ¡Y cómo escuece el proceso de curtido! |
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#2
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Es costumbre que hagamos un regalo de recuerdo a nuestros invitados cuando se marchan. Este año había encargado unos collares hechos con ramitas de coral y un medallón central con la silueta del barco en bajorrelieve; en el reverso había una inscripción que es una especie de divisa familiar que adoptó mi padre en su juventud: J’ose (que no significa “Pepe” sino “me atrevo”). En su elegante estuche azul, entregué uno a cada chica.
A Alexandra se le inundaron los ojos de lágrimas en cuanto abrió su estuche; Sarah se levantó para darme un beso sonoro a mí y un verdadero mordisco a mi hijo. Claire estrechó el regalo contra su pecho y nos dio un pequeño discurso que a punto estuvo de provocar la deshidratación total de Alexandra por vía lagrimal. Ese verano, nos dijo, sería el último contacto con la paz, la bondad y la belleza que tendría en muchos meses, ya que su futuro consistiría ahora en investigar el lado más oscuro del odio y la maldad del ser humano, para elaborar la parte de los sumarios que se le encargaran. Nunca, nunca olvidaría este verano. Regresamos al muelle dando un paseo. Claire se colgó de mi brazo e inició un cuasi monólogo en el que recordó algunos de los buenos momentos que habíamos pasado y me dio una lección sobre el concepto de la propiedad y del usufructo según el derecho internacional, referido todo ello al delicado asunto del Lunar de Santa Clara. Dado que no era operativo nombrarme virrey ni gobernador a causa de la movilidad geográfica del dicho Lunar, y pareciéndole del todo injusto premiarme tan sólo con el privilegio del bautizo, había decidido otorgarme escritura de donación de la ‘nuda propiedad’ (lo he mirado, y se traduce así) y ella ostentaría el usufructo. Hablaba con rapidez. Me pareció notar un ligero temblor en su voz. Apretaba de tal manera mi brazo que notaba cómo se me clavaban sus uñas. Tienes miedo ¿verdad? ¿Tienes miedo de hacerlo mal? No, lo haré muy bien y voy a ser la mejor. Tengo miedo a morir; tengo miedo del estercolero humano, del horror y del propio miedo; miedo de haberme equivocado al elegir y miedo de perder para siempre la inocencia. Habíamos llegado, entretanto, al muelle y estábamos ya junto al barco. La abracé como para darle calor y no supe qué decirle. Ella se aferró a mí con fuerza, noté las esquinas del estuche azul en la espalda. Pusimos especial cuidado en la articulación del idioma básico que nuestro tibio amor había empezado a hablar junto al trueno del agua que se desplomaba en Maesano, tan pocos días atrás, y que preveíamos que pasaría a ser una lengua extinta con el próximo amanecer. Con la cara pegada a mi hombro la oí decir, en francés casi perfecto, “Tu m’as tout donné. Prend maintenant. Prend!” |
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#3
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Pero el regalo de despedida me parece un poco kitch![]()
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#4
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Sí, Bob. Descrito como yo lo he hecho (y hago lo que puedo) parece un abalorio claramente "verkitschen", pero en la realidad quedaron bastante bien y fueron recibidos con muy buena actitud.
Me los hicieron unos chicos holandeses que tienen una tiendecita en la Place Vendôme y el diseño es todo suyo, porque yo, de joyas, sé muy poco. |
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#5
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Vale, vale, lo importante es que los homenajeados queden satisfechos,
además, dado el origen geográfico de los abalorios tengo que rendirme a su pedigrí .Sigue, sigue ![]()
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#6
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Yo sin embargo me rindo a los relatos
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![]() La vida es como un viaje por el mar: hay días de calma y días de borrasca. Lo importante es ser buen capitán de nuestro barco. Jacinto Benavente
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#7
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Et moi aussi
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