La Taberna del Puerto Greatblue360
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Antiguo 23-04-2010, 21:54
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Predeterminado Re: Rincón literario

" La de Cervantes estaba ya en el confín de la muerte. La hidropesía se le agravó. Pero cuanto más le debilitaba el cuerpo tanto más procuraba él fortalecer su ánimo, y, habiendo recibido la extrema unción para salir vitorioso como atleta cristiano en la última lucha, esperaba la muerte con ánimo tan sereno que parece no la temía, y, lo que es más de admirar, aún estaba para decir y escribir donaires de suerte que, habiendo recibido el último sacramento día 18 de abril del año 1616, el día siguiente escribió o dictó la Dedicatoria de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, citando coplas, a su patrón el conde de Lemos, para quien dejó escrita la siguiente dedicatoria: «Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan Puesto ya el pie en el estribo quisiera yo no vinieran tan a pelo en mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar diciendo:

Puesto ya el pie en el estribo con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te estribo.
Ayer me dieron la extrema unción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies de V. Exc., que podría ser fuese tanto el contento de ver a V. Exc. bueno en España que me volviese a dar la vida; pero, si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos; y, por lo menos, sepa V. Exc. este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle que quiso pasar aún más allá de la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía, me alegro de la llegada de V. Exc. Regocíjome de verle señalar con el dedo, y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas dilatadas en la fama de las bondades de V. Exc. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de Las semanas del jardín y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura sino milagro, me diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de La Galatea, de quien sé está aficionado V. Exc. y con estas obras, continuando mi deseo, guarde Dios a V. Excelencia como puede. De Madrid, a diez y nueve de abril, de mil y seiscientos y diez y seis años.
Criado de V. Exc.
Miguel de Cervantes.» "

Vida de Miguel de Cervantes Saavedra
Gregorio Mayans y Siscar
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Quiero vivir la vida aventurera
de los errantes pájaros marinos;
no tener, para ir a otra ribera,
la prosaica visión de los caminos.

Poder volar cuando la tarde muera ...
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Crimilda (26-04-2010)
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Predeterminado Re: Rincón literario

Con los bergantines fuimos bien tres leguas dando caza a las canoas; las que se nos escaparon, allegáronse entre las casa de la ciudad, y como era ya después de vísperas, mandé recoger los bergantines, y llegamos con ellos a la calzada, y allí determiné de saltar en tierra con treinta hombres por ganarles unas dos torres de sus ídolos, pequeñas, que estaban cercadas con su cerca baja de cal y canto. Y como saltamos, allí pelearon, con nosotros muy reciamente, por defendérnoslas; y al fin, con harto peligro y trabajo, se las ganamos. Y luego hice sacar en tierra tres tiros de hierro grueso que yo traía. Y porque lo que restaba de la calzada desde allí a la ciudad, que era media legua, estaba todo lleno de los enemigos, y de una parte y otra de la calzada, que era agua, todo lleno de canoas con gente de guerra, hice asestar un tiro de aquellos, y tiró por la calzada adelante hizo mucho daño en los enemigos; y por descuido del artillero, en aquel mismo punto que tiró se nos quemó la pólvora que allí teníamos, aunque era poca. Y luego proveí esa noche un bergantín que fuese a Iztapalapa, donde estaba el alguacil mayor, que sería a dos leguas de allí, y trajese toda la pólvora que había. Y aunque al principio mi intención era, luego que entrase con los bergantines, irme a Cuyoacán y dejar proveído cómo anduviesen a mucho recaudo, haciendo todo el mayor daño que pudiesen; como aquel día salté allí en la calzada y les gané aquellas dos torres, determiné asentar allí el real y que los bergantines se estuviesen allí junto a las torres, y que la mitad de la gente de Cuyoacán y otros cincuenta peones de los del alguacil mayor se viniesen allí otro día. Y proveído esto, aquella noche estuvimos a mucho recaudo, porque estábamos en gran peligro, y toda la gente de la ciudad acudía allí por la calzada a dar sobre nuestro real y cierto nos pusieron en gran temor y rebato, en especial porque era de noche, y nunca ellos a tal tiempo suelen acometer, ni se ha visto que de noche hayan peleado, salvo con mucha sobra de victoria. Y como nosotros estábamos muy apercibidos, comenzamos a pelear con ellos, y desde lo bergantines, porque cada uno traía un tiro pequeño de campo, comenzaron a soltados, y los ballesteros y escopeteros a hacer lo mismo, y de esta manera no osaron llegar más delante, ni llegaron tanto que no hiciesen ningún daño; y así, nos dejaron lo que quedó de la noche, sin acometemos más.

Cartas de Relación.- Hernán Cortés. Instituto Gallach.- Pag. 232.- Edición Conmemorativa V Centenario del Descubimiento de América.
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Vive y deja vivir,
pero vive como piensas,
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Antiguo 29-04-2010, 19:19
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Predeterminado Re: Rincón literario

El optimismo moderado del Renacimiento, hoy
para quien guste de novela picaresca:
Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.



Capítulo V

. Lo que a Gumán de Alfarache le aconteció en Cantillana con un mesonero


Luego que dejamos a las camaradas, pregunté a la mía:

-¿Dónde iremos?

El me dijo:

-Huésped conocido tengo, buena posada y gran regalador.

Llevóme al mesón del mayor ladrón que se hallaba en la comarca, donde no menos hubo de qué hacerte plato con que puedas entretener el tiempo, y por saltar de la sartén caí en la brasa, di en Scila huyendo de Caribdis.

Tenía nuestro mesonero para su servicio un buen jumento y una yegüezuela galiciana. Y como aun los hombres en la necesidad no buscan hermosura, edad ni trajes, sino sólo tocas, aunque las cabezas estén tiñosas, no es maravilla que entre brutos acontezca lo mismo. Estaban siempre juntos en un establo, en un pesebre y a un pasto, y el dueño no con mucho cuidado de tenerlos atados; antes de industria los dejaba sueltos para que ayudasen a repasar las leciones a las otras cabalgaduras de los huéspedes. De lo cual resultó que la yegua quedase preñada desta compañía.

Es inviolable ley en el Andalucía no permitir junta ni mezcla semejante, y para ello tienen establecidas gravísimas penas. Pues como a su tiempo la yegüezuela pariese un muleto, quisiera el mesonero aprovecharlo y que se criara. Detúvolo escondido algunos días con grande recato, mas como viese no ser posible dejarse de sentir, por no dar venganza de sí a sus enemigos, con temor del daño y codicia del provecho, acordó este viernes en la noche de matarlo. Hizo la carne postas, echólas en adobo, aderezó para este sábado el menudo, asadura, lengua y sesos. Nosotros -como dije- llegamos a buena hora, que el huésped con sol ha honor, halla qué cene y cama en que se eche. Mi compañero, habiendo desaparejado, dio luego recaudo a su ganado. Yo llegué tal de olido, que, dando con mi cuerpo en el suelo, no me pude rodear por muy gran rato.
Llegué los muslos resfriados, las plantas de los pies hinchadas de llevarlos colgando y sin estribos, las asentaderas batanadas, las ingles dolorosas, que parecía meterme un puñal por ellas, todo el cuerpo descoyuntado, y, sobre todo, hambriento. Cuando mi compañero acabó de dar cobro a su recua, viniéndose para mí, le dije:

-¿Será bien que cenemos, camarada?

Respondió que le parecía muy justo, que ya era hora, porque otro día quería tomar la mañana y llegar con tiempo a Cazalla y hacer cargas.

Preguntamos al huésped si había qué cenar. Respondió que sí, y aun muy regaladamente.

Era el hombre bullicioso, agudo, alegre, decidor y, sobre todo, grandísimo bellaco. Engañóme, que, como lo vi de tan buena gracia y de antes no le conocía, mostró buena pinta, y en decir que tenía todo buen recaudo alegréme en el alma. Comencé entre mí mismo a dar mil alabanzas a Dios, reverenciando su bendito nombre, que después de los trabajos da descansos, con las enfermedades medicinas, tras la tormenta bonanza, pasada la aflición holgura, y buena cena tras la mala comida.
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Avrei voglia di correre all’infinito

e vedermi arrivare sempre prima di me
e

Avrei tanta voglia di te

B. Costa
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  #4  
Antiguo 01-05-2010, 02:54
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Talking Re: Rincón literario

Hola a todos.. le s quiero compartir esto..


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La belleza de la vida la podemos encontrar en ...la sonrisa de un niño, en un bello rostro,
un cuerpo hermoso, pero lo más divino de la
creación esta en... el Corazón...

Chiquisunica
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  #5  
Antiguo 12-05-2010, 23:16
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Predeterminado Re: Rincón literario

No te puedo describir el espectáculo; me faltan dotes. Con el viento rozando en las rachas fuerza nueve, olas de seis metros por lo menos, que aparecían por la proa coronadas de espuma y barrían luego de proa a popa la cubierta, y cerrada oscuridad por todas partes, el espectáculo hubiera sido pavoroso para cualquier profano desconocedor de los recursos que tiene un barco como el Dutchman. Yo aguanté a pulso las tres horas que Jan me había pedido para tomar el mando descansado y ni acordarme de beber un solo sorbo de café a lo largo de mi guardia, extasiado ante el temporal y con los cinco sentidos puestos en gobernar el barco de forma responsable. Cuando la esfera luminosa me indicó que era el momento, trinqué la rueda, abrí el tambucho con cuidado y llamé al capitán, que dormía profundamente, lo que redobló el orgullo en mí,

- ¡Jan, tu turno; son las tres!

Volví al timón, mientras él se preparaba, hasta verle aparecer equipado para el caso.

-¿Novedades? -preguntó.
-Ninguna -respondí con suficiencia-,


Refrescó el viento. Fuerza nueve en las rachas, siempre sudsudoeste. Mar arbolada. El bar responde. Todo bajo control.

Una ola más nos roció a ambos y él desistí de encender su pipa

-Gracias, Peter -fue lo último que dijo-o Tú ahora dormir por todo.

Fue lo último que dijo, sí; pero yo no lo saa. Ni siquiera estreché su mano amiga. Me zambullí en la cámara, me descalcé, me quité el traje de agua y me tumbé vestido en la litera. De pronto me sentí rendido por completo y, apenas reclinada la cabeza, me dormí, no de cualquier manera, sino como un recién nacido. Nunca podré decir si los pantocazos, que recuerdo vagamente, el estruendo que creí oír, fueron reales o soñados. ¡Dios lo sabe! A mí me despertó un rayo de sol, que filtrado entre las cortinas, vino a besar mis párpados. Abrí los ojos deslumbrado y miré el reloj de Jan que aún llevaba en la muñeca. ¡Las 11.30 ya! Había dormido casi nueve horas de un tirón, lo que, en un barco tripulado por dos personas solamente, supone un egoísmo imperdonable. ¡El bueno del holandés ...!

Me tiré de la litera y sólo entonces me acordel temporal. ¿ Qué sentido tenía en ese caso aquel sol tibio? ¿ Y el suave balanceo, y el silencio? ¿Por qué seguía el tambucho cerrado a cal y canto? ¿ Qué hacía Jan ahí fuera?... Fue de eso que lo piensas y, de pronto, te entra el nervio. Gané de un salto la escala, abrí techo y compuertas ...

-¡Jan! -grité.

Ante mis ojos se ofrecía desierto el puesto del timonel. Subí a cubierta mirando alrededor, y ¡nada!

-¡Jan! ¡Jan! -seguí llamando, mientras volvía a la cámara, angustiado.

¿ Se habría acostado en su litera? Sabía que no, antes de mirar. Registré el barco de proa a popa. ¿Era posible? Gané de nuevo la cubierta. Las velas en facha, el barco detenido, un foque flameando a medio arriar ... y el océano, ya satisfecho al parecer, enviando olas largas, residuales y mansas cual caricias; pero de Jan ni rastro. ¿Se lo había llevado el mar? Yo le había dejado con el harnais a la cintura y juraría que abrochado el mosquetón. ¿ Se había soltado él para ir a proa? ¿Había fallado el cinturón? A medida que la cruel verdad se abría paso en mi mente, mis ojos oteaban en todas direcciones, buscando lo imposible, o esperando un milagro, no lo sé. Yo había leído historias, hipótesis de navegantes desaparecidos. Sabía lo que significaba caer al mar si no hay nadie que grite: «¡Hombre al agua!» ¿Habría pedido auxilio? ¿Me habría llamado -«Peter! »-, mientras yo me alejaba con su Dutchman durmiendo a pierna suelta?

Tardé un rato en darme cuenta de la verdadera situación a mi respecto, y esto lo digo en honor mío, porque lo único que ocupaba mi pensamiento, por lo pronto, era la desaparición de Jan, la pena inmensa por su pérdida. Yo, al fin y al cabo, aunque solo y abandonado a mí mismo, en medio del Atlántico, seguía vivo, flotaba sobre un barco intacto, al parecer. Mi querido holandés, en cambio, mi capitán, mi nuevo padre e íntimo amigo, estaría siendo pasto de los tiburones, ¡sabe Dios a cuántas millas!

No quiero presumir, pero seguro que nadie el colegio habrá pasado por una aventura como ésta. Vagaba desorientado por cubierta 'in advertir las lágrimas que rodaban por mis mejillas, ni tener a quién ocultárselas, por otra arte.

No sé el tiempo que pasó antes de que me sobrepusiera, sentado en el suelo, la espalda contra el palo de mesana, el barco a su suerte, las velas flameando y el sol haciendo su carrera indiferente.

Los veranos de Peter.- José Luis Martín Vigil
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Los siguientes cofrades agradecieron este mensaje a Crimilda
slocum (13-05-2010)
  #6  
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—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie. Ni a tu
amigo Tomás. A nadie.
Un hombrecillo con rasgos de ave rapaz y cabellera plateada nos abrió la
puerta. Su mirada aguileña se posó en mí, impenetrable.
—Buenos días, Isaac. Este es mi hijo Daniel —anunció mi padre—.
Pronto cumplirá once años, y algún día él se hará cargo de la tienda. Ya tiene
edad de conocer este lugar.
El tal Isaac nos invitó a pasar con un leve asentimiento. Una penumbra
azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de una escalinata de mármol
y una galería de frescos poblados con figuras de ángeles y criaturas fabulosas.
Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una
gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula
acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores
y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando
una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban
adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre,
boquiabierto. El me sonrió, guiñándome el ojo.
—Daniel, bienvenido al Cementerio de los Libros Olvidados.
Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una
docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí
los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de viejo. A mis
ojos de diez años, aquellos individuos aparecían como una cofradía secreta de
alquimistas conspirando a espaldas del mundo. Mi padre se arrodilló junto a mí y,
sosteniéndome la mirada, me habló con esa voz leve de las promesas y las
confidencias.
—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que
ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y
vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que
alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace
ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era
viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde
cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando
una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro
se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos
aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los
libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún
día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los
vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro
que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros,
Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?

Carlos Ruiz Zafón
La sombra del viento

p.d. ¡ojo! que éste engancha.
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Quiero vivir la vida aventurera
de los errantes pájaros marinos;
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Poder volar cuando la tarde muera ...
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  #7  
Antiguo 24-05-2010, 18:30
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Predeterminado Re: Rincón literario

El fragmento de hoy va dedicado especialmente a Pacoperas.

Sé que no tiene nada que ver con lo del hilo de las fotos, pero como el pensamiento es absolutamente libre en lo de crear analogías (y no discutiré aquí si lo es o no en otros términos) a mí me lo ha traído a la memoria.

En el siglo V a.C. aparecen los sofistas. Los dos más famosos fueron Gorgias y Protágoras. Los sofistas eran escépticos con respecto a la posibilidad de averiguar verdades absolutas y más bien creían que había razones para defender tanto una tesis como su contraria. Una misma tesis podía resultar verdadera o falsa según se afirmara en un contexto o en otro. De ahí que estuvieran particularmente interesados en cuestiones de retórica. Además, defendían también una especie de relativismo moral según el cual no hay un bien ni un mal absolutos, sino que lo que es bueno para unos puede resultar malo para otros. Y lo mismo puede decirse con respecto a la justicia: lo que es justo en Atenas puede ser injusto en Esparta, y viceversa.

Una concepción relativista de la justicia y por tanto parecida a la de los sofistas (aunque no idéntica) aparece en un antiguo relato árabe, traspasado luego a otras culturas, que dice así:

Dos amigos en litigio fueron a ver al cadí para que impartiera justicia.

Uno de ellos expuso el caso de esta manera:

-Mi amigo me ha traicionado. Entró en mi casa cuando yo no estaba, robó mi asno y mi dinero, y violó a mi mujer. Pido un castigo justo para él.

El cadí le dijo: -Tienes razón.

El otro hombre entonces se defendió con estas palabras: -Nada de eso es cierto: yo no robé aquel asno, sino que me lo llevé porque yo se lo había prestado primero y él no me lo quería devolver. También me debía aquel dinero. En cuanto a su mujer, es cierto que hicimos el amor, pero fue ella la que se echó encima de mí, porque anda escasa de amor ya que su marido no le hace caso. Cuando él ha llegado a casa nos ha sorprendido haciendo el amor y la ha emprendido a golpes conmigo. Es a mí a quien tienes que hacer justicia.

-Tienes razón -asintió el cadí.

-Pero, señor, no puede ser que los dos tengan razón -intervino el ayudante del cadí.

Y el cadí le dijo:

-Es cierto. También tú tienes razón.


Filosofía para bufones.- Pedro González Calero.
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