Curiosamente, o no, cada vez se leen más comentarios de lectores en ese sentido. Expresan su frustación al descubrir que el relato no encaja del todo en la realidad. Pero... ¿dónde está escrito que las novelas deban ser documentales? Que imiten la realidad no significa ni mucho menos que sean la realidad. El reflejo de la cosa no es la cosa. El reflejo no existe... no tiene cuerpo. Es puro espejismo. Puro cuento. Pura tomadura de pelo.
Pero al abrir un libro, el lector firma un pacto secreto con el autor según los terminos del cual se va a creer lo que le dice, como si de la vida misma se tratara. Siempre ha funcionado así. ¿Acaso no os acordáis? ¿Cómo diablos empezaba la Caperucita?. Ese famoso "Erase una vez"... una pura mentira, ya que aquello nunca fue, ni una vez, ni dos, ni jamás... pero con esta convención literaria el autor nos conduce delante del espejo donde se refleja la historia.
Tal vez, hoy en día, en un mundo marcado por el testimonio immediato e inmediatamente publicable, nos cuesta distanciarnos de lo puramente documental para adentrarnos en la deliciosa farza de la ficción.
El libro de Dan Brown no es más que un cuento. Extraordinariamente bien contado y allí está su mérito. ¿Que le falten cosas? Por supuesto. ¿Qué le sobren otras? Más aún...¿Qué traicione la historia, la fe y el sentido más común? Como no.
¿Cómo no iba a contarnos pamplinas... si no es más que un cuento?
