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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#1
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A aquellos que admiramos su presencia.
TRES SONETOS DE LAS CÍES. ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() I Tres vigilantes sombras solitarias guardan la raya de tu Mar, Oh Vigo; desnudas de sí mismas, puro abrigo, vestidas de memorias legendarias. Tres sencillas, pero extraordinarias hermanas, como un mito repetido al helénico son estremecido del Mar, que guardan muertos y plegarias. Porque sois islas mías,tan desnudas de daros a los vientos sin riberas. Por amor del caballo navegante, He de ceñir a vuestras frentes rudas mi corona de rosas marineras, y la mejor canción de mi cuadrante. II Un oriente de arenas y cantiles, y un oeste sonoro de sirenas, Olas y vientos, ciñen las serenas arquitecturas, fuertes y sutiles. Isla de san Martín, a un Sur de abriles y mayos, de limones y carenas, Desancorada, rotas las cadenas, adelanta sus náuticos perfiles, a un mar de Barandanes y Tritones, Cíes de soledad, tornáis el duro pecho, firme de aliagas y granitos: Y vuestros tres robustos corazones, aún esperan del gran confín oscuro, el renacer de los antiguos mitos. III Dorna, mi dorna del soñar remoto, adereza tus lonas y cordeles, y en una Vía Láctea de ronseles llévame así, mi dorna hasta lo ignoto. Llévame a las arenas donde roto, olvidado de dios y los bajeles. Un fantasma levanta estarabiles de fucos, caracolas, y pilotos. Guíame hasta esas playas, fulvo aliento; Hasta su amargo litoral tristísimo; Hasta sus furibundas gaviotas, que rachan los velámenes del viento con su grito mortal. Un piadosísimo rezo levantaré por las derrotas! El Pueblo Gallego, Vigo, 15 de noviembre de 1.942 -Balada de los mares del norte.Poemas,cuentos y ensayos,1942-1973 URBANO LUGRÍS. Alvarellos Editora |
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#2
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Concluida la relación de Marcial, se trabó de nuevo la disputa sobre si mi amo iría o no a la escuadra. Persistía Doña Francisca en la negativa, y D. Alonso, que en presencia de su digna esposa era manso como un cordero, buscaba pretextos y alegaba toda clase de razones para convencerla.
«Iremos sólo a ver, mujer; nada más que a ver -decía el héroe con mirada suplicante. -Dejémonos de fiestas -le contestaba su esposa-. Buen par de esperpentos estáis los dos. -La escuadra combinada -dijo Marcial-, se quedará en Cádiz, y ellos tratarán de forzar la entrada. -Pues entonces -añadió mi ama-, pueden ver la función desde la muralla de Cádiz; pero lo que es en los barquitos... Digo que no y que no, Alonso. En cuarenta años de casados no me has visto enojada (la veía todos los días); pero ahora te juro que si vas a bordo... haz cuenta de que Paquita no existe para ti. -¡Mujer! -exclamó con aflicción mi amo-. ¡Y he de morirme sin tener ese gusto! -¡Bonito gusto, hombre de Dios! ¡Ver cómo se matan esos locos! Si el Rey de las Españas me hiciera caso, mandaría a paseo a los ingleses y les diría: «Mis vasallos queridos no están aquí para que ustedes se diviertan con ellos. Métanse ustedes en faena unos con otros si quieren juego». ¿Qué creen? Yo, aunque tonta, bien sé lo que hay aquí, y es que el Primer Cónsul, Emperador, Sultán, o lo que sea, quiere acometer a los ingleses, y como no tiene hombres de alma para el caso, ha embaucado a nuestro buen Rey para que le preste los suyos, y la verdad es que nos está fastidiando con sus guerras marítimas. Díganme ustedes: ¿a España qué le va ni le viene en esto? ¿Por qué ha de estar todos los días cañonazo y más cañonazo por una simpleza? Antes de esas picardías que Marcial ha contado, ¿qué daño nos habían hecho los ingleses? ¡Ah, si hicieran caso de lo que yo digo, el señor de Bonaparte armaría la guerra solo, o si no que no la armara! -Es verdad -dijo mi amo-, que la alianza con Francia nos está haciendo mucho daño, pues si algún provecho resulta es para nuestra aliada, mientras todos los desastres son para nosotros. -Entonces, tontos rematados, ¿para qué se os calientan las pajarillas con esta guerra? -El honor de nuestra nación está empeñado -contestó D. Alonso-, y una vez metidos en la danza, sería una mengua volver atrás. Cuando estuve el mes pasado en Cádiz en el bautizo de la hija de mi primo, me decía Churruca: «Esta alianza con Francia, y el maldito tratado de San Ildefonso, que por la astucia de Bonaparte y la debilidad de Godoy se ha convertido en tratado de subsidios, serán nuestra ruina, serán la ruina de nuestra escuadra, si Dios no lo remedia, y, por tanto, la ruina de nuestras colonias y del comercio español en América. Pero, a pesar de todo, es preciso seguir adelante». -Bien digo yo -añadió doña Francisca-, que ese Príncipe de la Paz se está metiendo en cosas que no entiende. Ya se ve, ¡un hombre sin estudios! Mi hermano el arcediano, que es partidario del príncipe Fernando, dice que ese señor Godoy es un alma de cántaro, y que no ha estudiado latín ni teología, pues todo su saber se reduce a tocar la guitarra y a conocer los veintidós modos de bailar la gavota. Parece que por su linda cara le han hecho, primer ministro. Así andan las cosas de España; luego, hambre y más hambre... todo tan caro... la fiebre amarilla asolando a Andalucía... Está esto bonito, sí, señor... Y de ello tienen ustedes la culpa -continuó engrosando la voz y poniéndose muy encarnada-, sí señor, ustedes que ofenden a Dios matando tanta gente; ustedes, que si en vez de meterse en esos endiablados barcos, se fueran a la iglesia a rezar el rosario, no andaría Patillas tan suelto por España haciendo diabluras. -Tú irás a Cádiz también -dijo D. Alonso ansioso de despertar el entusiasmo en el pecho de su mujer-; irás a casa de Flora, y desde el mirador podrás ver cómodamente el combate, el humo, los fogonazos, las banderas... Es cosa muy bonita. -¡Gracias, gracias! Me caería muerta de miedo. Aquí nos estaremos quietos, que el que busca el peligro en él perece. Así terminó aquel diálogo, cuyos pormenores he conservado en mi memoria, a pesar del tiempo transcurrido. Mas acontece con frecuencia que los hechos muy remotos, correspondientes a nuestra infancia, permanecen grabados en la imaginación con mayor fijeza que los presenciados en edad madura, y cuando predomina sobre todas las facultades la razón. Aquella noche D. Alonso y Marcial siguieron conferenciando en los pocos ratos que la recelosa Doña Francisca los dejaba solos. Cuando ésta fue a la parroquia para asistir a la novena, según su piadosa costumbre, los dos marinos respiraron con libertad como escolares bulliciosos que pierden de vista al maestro. Encerráronse en el despacho, sacaron unos mapas y estuvieron examinándolos con gran atención; luego leyeron ciertos papeles en que había apuntados los nombres de muchos barcos ingleses con la cifra de sus cañones y tripulantes, y durante su calurosa conferencia, en que alternaba la lectura con los más enérgicos comentarios, noté que ideaban el plan de un combate naval. Marcial imitaba con los gestos de su brazo y medio la marcha de las escuadras, la explosión de las andanadas; con su cabeza, el balance de los barcos combatientes; con su cuerpo, la caída de costado del buque que se va a pique; con su mano, el subir y bajar de las banderas de señal; con un ligero silbido, el mando del contramaestre; con los porrazos de su pie de palo contra el suelo, el estruendo del cañón; con su lengua estropajosa, los juramentos y singulares voces del combate; y como mi amo le secundase en esta tarea con la mayor gravedad, quise yo también echar mi cuarto a espadas, alentado por el ejemplo, y dando natural desahogo a esa necesidad devoradora de meter ruido que domina el temperamento de los chicos con absoluto imperio. Sin poderme contener, viendo el entusiasmo de los dos marinos, comencé a dar vueltas por la habitación, pues la confianza con que por mi amo era tratado me autorizaba a ello; remedé con la cabeza y los brazos la disposición de una nave que ciñe el viento, y al mismo tiempo profería, ahuecando la voz, los retumbantes monosílabos que más se parecen al ruido de un cañonazo, tales como ¡bum, bum, bum!... Mi respetable amo, el mutilado marinero, tan niños como yo en aquella ocasión, no pararon mientes en lo que yo hacía, pues harto les embargaban sus propios pensamientos. ¡Cuánto me he reído después recordando aquella escena, y cuán cierto es, por lo que respecta a mis compañeros en aquel juego, que el entusiasmo de la ancianidad convierte a los viejos en niños, renovando las travesuras de la cuna al borde mismo del sepulcro! Muy enfrascados estaban ellos en su conferencia, cuando sintieron los pasos de Doña Francisca que volvía de la novena. «¡Qué viene! -exclamó Marcial con terror. Y al punto guardaron los planos, disimulando su excitación, y pusiéronse a hablar de cosas indiferentes. Pero yo, bien porque la sangre juvenil no podía aplacarse fácilmente, bien porque no observé a tiempo la entrada de mi ama, seguí en medio del cuarto demostrando mi enajenación con frases como éstas, pronunciadas con el mayor desparpajo: ¡la mura a estribor!... ¡orza!... ¡la andanada de sotavento!... ¡fuego!... ¡bum, bum!... Ella se llegó a mí furiosa, y sin previo aviso me descargó en la popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntería, que me hizo ver las estrellas. «¡También tú! -gritó vapuleándome sin compasión-. Ya ves -añadió mirando a su marido con centelleantes ojos-: tú le enseñas a que pierda el respeto... ¿Te has creído que estás todavía en la Caleta, pedazo de zascandil? La zurra continuó en la forma siguiente: yo caminando a la cocina, lloroso y avergonzado, después de arriada la bandera de mi dignidad, y sin pensar en defenderme contra tan superior enemigo; Doña Francisca detrás dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos golpes de su mano. En la cocina eché el ancla, lloroso, considerando cuán mal había concluido mi combate naval. Trafalgar.- Benito Pérez Galdós. |
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#3
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Acabo de leer Bilbao Nueva York Bilbao y me ha gustado mucho.
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#4
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LA MUERTE CON UN CLAVO EN LA CABEZA
Tomdiskd En la calle Tomásská, Malá Strana, hace muchos años vivía un maestro cerrajero. Tenía una mujer bonita, era trabajador y sabía hacer bien su trabajo, pues las cosas le iban bien. Tenía cada vez más trabajo y por eso decidió aceptar a un ayudante joven. Pasó un tiempo y hasta los pájaros de Petrín sabían que entre la mujer del cerrajero y el ayudante había algo más que una simple amistad. Sólo el esposo no sabía nada, amaba mucho a su mujer y hacía todo lo que ella le pedía. No sabía que los amantes se encontraban en secreto por las noches para acordar la mejor manera de deshacerse de él. Un día por la mañana salió la mujer de la casa llorando porque su esposo, supuestamente, había muerto de repente. Se despidió de él, lo enterró como era debido, y hasta usó algún tiempo ropa negra. Los vecinos le tenían lástima a la joven viuda quien, al pasar un año, celebró la boda con el ayudante joven. Como es natural, el taller no podía quedarse mucho tiempo sin maestro, al igual que la mujer sin esposo. Unos meses después de la boda empezaron los rumores de que por las noches pasaban cosas extrañas en la cerrajería. Varias personas hasta juraban haber visto al muerto paseando alrededor de la casa y llorando. Nadie hacía caso a los cuentos y los recién casados vivían contentos y sin problemas, el ex-ayudante ejercía muy bien su trabajo, igual al maestro. Pasaron siete años. En ese tiempo existía una ley según la cual después de siete años se destruían las tumbas viejas en los cementerios. También la tumba del maestro cerrajero fue abierta. El ataúd podrido se rompió bajo la piqueta y el sepulturero se fijo que el cadáver tenía un largo clavo oxidado en el cráneo. El cerrajero, cuando estaba vivo, tenía mucho cabello y durante el entierro nadie pudo notar el clavo. El sepulturero informó a las autoridades y la mujer del maestro y su esposo no negaron nada cuando los guardias los vinieron a buscar. El juez los condenó a muerte a los dos. Pero el pobre cerrajero no ha encontrado la tranquilidad ni después de la condena de sus asesinos. Según dicen, su esqueleto con un clavo en la cabeza suele caminar de noche por los alrededores. Para salvarlo, alguna persona valiente debería sacarle el clavo oxidado de la cabeza, pero hasta el día de hoy no ha aparecido una persona así. 77 leyendas de Praga.- Alena Jezková. (Faltan los acentos circunflejos, puestos boca arriba, de algunas consonantes en los nombres propios, entre ellas en la z del apellido de la autora, pero, francamente, no quería perder el tiempo buscándolos). ![]() |
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#5
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Cita:
.Pero de que el pobre cerrajero fue el ultimo en enterarse de que por la frente le asomaban un par de cuernos, de eso estoy absolutamente seguro . Siempre ha sido y sera igual, y no lo digo por experiencia eh !! ![]() Un beso Crimi ![]() ![]() ![]()
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KUMI ![]() Después de una ola siempre viene otra |
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#6
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Cita:
![]() tu cuando hablan de amores no te pierdes ni una ![]() venderias hasta tus pobres troyanos ![]()
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#7
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Cita:
Cita:
![]() ![]() ![]() Os voy a dedicar un chiste, que también puede ser literatura, aunque éste es un poco irreverente. ![]() Convento de monjas en un paraje apartado y abrupto. Llega el señor obispo de visita, tras dos largos años de ausencia debido a la guerra civil que había asolado el país. Pregunta a la madre superiora, una monja de mediana edad, como ha ido la cosa. -¡Horrible, padre, horrible. Llegó el bando verde y nos violaron a todas, menos a sor Inés. Después llegó el bando amarillo y nos violaron a todas, menos a sor Inés. Luego llegaron los lugareños y nos violaron a todas, salvo a sor Inés... -¡Terrible, hija, terrible! Pero ¿por qué no a sor Inés? ¿Es muy vieja? - No, padre, es muy joven. - Ya... es feísima entonces. - No padre, es guapísima. - ¿Es deforme, está enferma, le huele el aliento...?-el obispo, ojiplático, sin entender nada, se pregunta asombrado el por qué de haber respetado únicamente a sor Ines. - No padre, es sana, alegre y simpática, pero dijo que no y no. ![]() ![]() (Espero que me perdonen las monjitas ) |
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