La Taberna del Puerto El seguro de mi barc
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Antiguo 18-07-2019, 00:31
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Predeterminado Re: Traerme el barco a Suecia

Silvia está encantada con el puerto de Lyon. Ella ha vivido a bordo de este barco casi diez años con lo cual sabe de sobra apreciar las duchas maravillosas de esta marina. Pasamos el primer día haciendo turismo por la ciudad y llenando el barco de víveres. Lyon es una ciudad que merece la pena visitar y se come de maravilla, aunque también es cierto que después de la dieta de espaguetis de la última semana, cualquier cosa me habría sabido a gloria.



Lyon no sólo es atravesado por un pedazo de río como es el Ródano, sino por dos. El otro es el Saone, y ambos convergen en el centro de la ciudad. El Saone es por donde nuestro viaje va a continuar. Encontramos un poco menos de corriente así que ya nos movemos a cuatro nudos y el paisaje también es más bonito, más salvaje. Me ha sorprendido gratamente el buen estado de la naturaleza en los ríos de Francia. Enorme cantidad de pájaros de todo tipo, incluidas rapaces, peces enormes que de cuando en cuanto saltan fuera del agua y mucha vegetación. Lamentablemente, fuera de Europa la naturaleza no tiene tan buenas noticias, pero despierta algo de esperanza ver con qué fuerza se recupera en cuanto le damos un respiro.

La primera noche Saone arriba nos deja en un puerto que tiene gasolinera. Lamentablemente el surtidor no funciona con tarjetas extranjeras y el capitán del puerto ya no vuelve hasta mañana. Bueno, no podremos repostar pero al menos el amarre va a salir gratis. Para estar bien seguro, pongo el despertador a las seis de la mañana. El madrugón tiene recompensa, el amanecer es mágico, una capa de neblina cubre el agua y el cielo va cambiando de color a cada minuto.


La corriente es mucho más suave, y el barco se desliza sin problemas río arriba.



La siguiente gasolinera ya está en Chalon sur Saone. Llegamos sobre las 12 del mediodía, repostamos, amarramos y vamos a dar una vuelta por la ciudad. Cuando regresamos encuentro una nota sobre la cubierta del barco. En ella un señor inglés me informa de que lamentablemente ha golpeado el mástil de mi barco mientras amarraba, pero cree que no ha causado ningún desperfecto. Voy a verle a su barco y en primer lugar le agradezco que haya dejado la nota. Es un hombre muy amable. Me acompaña hasta el barco. Parece que no hay desperfectos. Ha golpeado la base del mastil, que es la parte más sólida, pero... me dice que ha desplazado el mástil hacia proa más de un metro. Entonces me fijo mejor y... vaya. El soporte de la antena del radar ha golpeado contra la cabina y se ha partido. O sea que no ha sido un "golpecito", ni mucho menos. El hombre me dice que evalúe los daños que él me abona el importe de la reparación sin ningún problema. Y así de pasada dice una cantidad "200 euros". Bueno, así de entrada no tengo ni idea de lo que puede costar. Le digo que tengo que evaluarlo, porque además habrá que ver si la antena todavía funciona.



El hombre vuelve a su barco y Silvia y yo comenzamos a hablarlo. En seguida nos viene a la memoria un incidente parecido en Almerimar, donde un alemán embistió mi barco amarrado y también me ofreció "arreglarlo entre nosotros" sin dar parte al seguro. Aquello acabó fatal y terminé lamentando no haber dado parte al seguro. Así que vuelvo al barco de este hombre. Cuando menciono la palabra "insurance" su expresión cambia por completo. Me dice que solamente tramitar el parte le sale más caro que pagarme la reparación. Yo le cuento mi experiencia previa con este tipo de arreglos amistosos e insisto en que creo que es mejor solución, para eso están los seguros... Su amabilidad va dejando poco a poco paso a cierta tensión, así que para intentar suavizar las cosas le digo que lo tengo que consultar con mi compañía de seguros y que ya le diré algo. A los cinco minutos aparece en mi barco, ahora con una actitud decididamente hostil. Quiere sacar fotos de los daños. Ningún problema, adelante. Más tarde hablo con el marinero del puerto que me dice que sí, que lo ha visto todo. Esto me deja pensando qué habría ocurrido si no hubiera habido testigos... tal vez no habría encontrado ninguna nota sobre la cubierta. Todo esto me reafirma en que lo mejor es dar parte. Le pido los datos al marinero y llamo a mi seguro. Todo esto va a retrasarme pero qué se le va a hacer...

Al día siguiente por la mañana reanudamos el viaje. He decidido que lo más sensato es hacer la reparación en Travemunde, donde tengo intención de subir el palo de nuevo, ya que quiero asegurarme de que, cuando se monte el nuevo soporte, la antena no haya sufrido daños. Y eso no lo puedo comprobarlo con el mástil sobre cubierta.

Cerca del mediodía llegamos a la esclusa que da acceso al canal Rhone-Rhin. Allí un esclusero muy amable nos explica que las primeras setenta esclusas (de las 130 que tenemos que pasar para llegar al Rhin) las pasamos nosotros mismos con un mando a distancia que nos facilita. Perfecto. Salimos de la esclusa y no hemos hecho ni cien metros cuando ya vemos la segunda. Madre mía. Esto es lo que nos espera durante toda la próxima semana. Esclusa tras esclusa.

Solo hay 100 millas en linea recta entre el Saone y el Rhin, pero se avanza muy lentamente. Hacer 20 millas en un día es una auténtica hazaña. Y para rematar una ola de calor extremo ha llegado de repente, subiendo el termómetro por encima de los 30 grados. En las esclusas no hay manera de evitar el sol. Te lo comes con patatas. Todo el frío que he pasado en el Ródano no es nada comparado con esto. Sudamos para avanzar y al final de cada día, mirando el cómputo de millas en el Navionics me dan ganas de llorar.
Y yo que pensaba, "menos mal que a partir de aquí ya no hay corriente en contra". Corriente es verdad que no hay, pero las esclusas me frenan mucho más que las corrientes.


Navegar por los canales es bonito. Cuando logro olvidarme de la cantidad de esclusas que me esperan, consigo disfrutarlo. De vez en cuando nos adelanta alguna bicicleta, lo cual me sirve para darme cuenta de que cinco nudos, en realidad, no es nada...

Silvia dice que se lía con el piloto así que cuando se queda al mando lleva el timón a mano. Y es en uno de esos momento en que está al timón que de pronto suena un pitido. La temperatura del motor! No sale agua por el tubo de escape!. Rápido, el ancla. Fondear en un canal de diez metros de anchura no se puede hacer a lo loco, porque a poco que bornees te vas contra la orilla así que tengo que esperar a que el barco esté casi detenido. El filtro está lleno de algas. Lo limpio. Arranco. sigue sin salir agua... Tiene que ser el grifo de fondo. Me las veo y me las deseo para sacar el tubo del grifo, pero finalmente lo consigo. Un puñado de algas lo ha atascado completamente. Retiro las algas y arranco. Sigue sin salir agua... Que cojones...? La bomba? Me dispongo a desmontar la bomba pero me detengo a pensar... Es imposible, las algas no pueden alcanzar la bomba ya que el filtro está de por medio. Vuelvo a revisar el filtro... Está limpio. Joder... Vuelvo a retirar el tubo del grifo de fondo... Sale agua pero... Tal vez no la suficiente. Meto una varilla por el grifo y... Ahora sí! Un chorro de agua sale disparado. Vuelvo a montar todo, arranco y... Voilá.


Hemos tomado la ruta del Rhone-Rhin para evitar las algas pero parece que las algas son un problema también aquí. De modo que la rutina de las esclusas cambia a partir de ahora. Mando a distancia, semaforo verde/rojo, apertura de compuertas, entrada a la esclusa, amarre, parada del motor, accionado de la palanca de llenado y corriendo al interior a limpiar el filtro del motor. A pesar de limpiar el filtro en cada esclusa, a veces el barco pierde velocidad entre esclusa y esclusa. Primero pensaba que era debido a que iba arrastrando algas con la quilla o la pala del timón, pero descubro que la pérdida de velocidad se debe, sorprendentemente, a que el filtro se atora y el motor pierde potencia por el esfuerzo adicional que supone mover la bomba. Las primeras veces que esto ocurre hago un fondeo de emergencia y limpio el filtro, pero pronto depuro la técnica. Apago el motor, dejo a Silvia al timón y corro a limpiar el filtro. Cuando volvemos a arrancar todavía nos movemos a dos o tres nudos y de esa forma se pierde mucho menos tiempo.


Pero cada vez hay más algas y empiezo a temer por lo que pueda encontrar más adelante. Llegamos a un tramo en el que el agua ni siquiera se ve. Con el motor a plena potencia no hacemos más que medio nudo. Se me hace eterno pero finalmente llegamos a la esclusa. Es un alivio relativo ya que mi preocupación ha crecido varios enteros. ¿Habrá tramos peores que este?



A Silvia tampoco le agrada mi nivel de estrés, pero a diferencia de Gerardo, ella también se estresa, sobre todo con las esclusas, que no le gustan nada. Así que pasamos el día intentando tranquilizarnos el uno al otro de un modo muy poco convincente.

A las seis de la tarde, aunque todavía nos quedan horas de luz, decidimos parar en un embarcadero, porque estamos saturados. Silvia se va de paseo y vuelve con un manojo de flores. Más tranquila. Menos mal. De momento hemos conseguido no tomarla el uno con el otro y eso ya es un triunfo. La convivencia es difícil, son muchas horas juntos en un espacio muy pequeño y encima pasando nervios, pero el recuerdo de otros viajes infernales hace que nos esmeremos en mantener la armonía y en cierto modo lo vamos consiguiendo.

El perito de mi seguro me ha llamado por teléfono y viendo lo complicado que va a ser realizar el peritaje del estropicio a lo largo de mi ruta, me dice que haremos un peritaje "online" con una app que sirve para eso. Lo único que necesito es tener buena cobertura telefónica pero eso es también un problema. La mayor parte del tiempo no hay cobertura alguna, y cuando la hay es muy débil. Finalmente encuentro un lugar donde tengo tres rayitas y conseguimos relizarlo con éxito. Hay que ver. Mi móvil no sólo tiene todas las cartas de navegación, el plotter y los partes meteorológicos, no sólo me permite hablar con mis seres queridos, poner música, hacer fotos y vídeos, sino que también me ahorra una cita complicada con el perito, que seguramente que me habría hecho perder mucho tiempo.

El tiempo sigue siendo mi mayor preocupación. Avanzamos muy despacio. Ya hace diez días que llegué a Lyon y cuando miro el mapa y veo la escasa distancia que he recorrido en ese tiempo se me cae alma al suelo. Menos mal que todavía no sé que la velocidad seguirá cayendo en los próximos días, cuando salgamos al río Doubs... Pero creo que esto ya os lo cuento mañana.

Editado por dhow en 19-07-2019 a las 01:23.
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Predeterminado Traerme el barco a Suecia

Que pena que haya que esperar, estoy enganchado

Me alegra que de momento te gaya ido todo bien.

Espero tus siguientes pasos

Unas rondas de lo que gustes

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dhow (02-09-2019)
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Predeterminado Re: Traerme el barco a Suecia

Aterrizo en Amsterdam el 21 de julio. Cuando llego al barco, primer contratiempo: la antena del radar, que según lo acordado debería ya estar montada, no lo está. Como es domingo, hasta mañana no puedo saber el motivo. En todo caso, yo empiezo a preparar el palo para que sea arbolado. He guardado un poco de pan para la familia de gallinas que adoptamos en el varadero, pero no están a la vista. En cambio una familia de cisnes parece muy interesada en lo que pueda ofrecerles.



A las seis de la tarde aterriza Silvia. Sí, al final se ha lanzado y va a acompañarme hasta Suecia. Me reúno con ella en la estación de tren. Pasamos la noche llenos de dudas. ¿Cuando podremos irnos de este maldito sitio?
Al mediodia del dia siguiente finalmente llega la pieza y en seguida está montada la antena del radar. Por la tarde tengo hora para la grúa así que me apresuro con todos los preparativos. Al desplegar las crucetas la cubierta es un autentico caos de cabos y cables que voy intentando aclarar poco a poco. Cuando estoy tirando del backestay para dejarlo claro de pronto escucho un "Plof". ¿Que ha sido eso? Algo se ha caído al agua, algo grande y pesado, pero qué...? Pronto lo descubro. Para mi horror veo que es el arraigo de la botavara. No hay otra que ponerme las gafas de bucear y meterme en ese agua asquerosa, opaca y pronto compruebo que muy fría también.



Cuando meto la cabeza no veo nada más que una niebla amarilla. Imposible ver el fondo, imposible ver la pala del timón desde sólo medio metro de distancia. Misión imposible. Salgo del agua y hundo mi cara entre las manos. Esto sí que me remata. Conseguir un nuevo arraigo que encaje en mi botavara tal vez lleve semanas... Tal vez tenga que dejar el barco en Holanda. Me asomo otra vez por la borda. Joder, está ahí abajo. Vuelvo al agua. Me sumerjo un par de veces para ver si puedo tocar fondo al menos, porque no tengo ni idea de la profundidad. Después de los dos intentos sólo puedo decir que son más de tres metros. Joder, está ahí abajo. Me hiperventilo durante unos segundos y vuelvo a sumergirme con todo el impulso de que soy capaz, palpando la pared del muro para saber hacia donde me dirijo, porque en cuanto meto la cabeza me desoriento en un mundo amarillo. Doy la última brazada y veo brillar algo. Es el arraigo!!!! Por un instante pienso, "perfecto, a la proxima lo pillo", pero en seguida me doy cuenta de que si lo veo es porque está al alcance de mi mano, y efectivamente, alargo la mano y arriba!! Parece que la superficie no llega nunca, no soy demasiado bueno buceando y para mi bajar cuatro metros es una auténtica hazaña, y más en una agua así de asquerosa. Estoy eufórico, ¡Sí, joder, este barco va a llegar a Estocolmo! Silvia me manda a la ducha con buen criterio, y allí descubro que tengo diversos cortes en las manos y los pies, supongo que al rozar con el muro, pero estoy feliz.

A las cinco de la tarde pongo el barco bajo la grúa y comienza la operación arbolado. Todo va muy bien, son buenos profesionales, no como los de Sete, aunque tambien es verdad que me cobran el doble. Por la tarde la grúa me sube el palo y entonces empieza la carrera contra reloj.







Quiero marcharme esta misma tarde para aprovechar vientos portantes que se me volveran en contra si espero otras 24 horas. Pero según van transcurriendo las horas me voy dando cuenta de que es misión imposible. Ya son las nueve de la tarde cuando termino de tensar los estays, montar botavara, lazy y mayor y empiezo a izar el génova. Ya es noche cerrada y todavía sigo pasando los cabos por sus poleas y stoppers. Cuando me voy a poner con el cableado me doy cuenta de que la foto que hice para saber como se conectaba el radar la descargué del movil y no la tengo aquí. Pero después de un largo examen de los más de veinte cables que hay que conectar, solo hay dos conexiones que no estoy seguro como van. A pesar de ello, como son cables finos de electrónica decido que no debe ser demasiado grave si los conecto mal, simplemente no funcionará. Así que pruebo una de las dos posibilidades y enciendo el radar. Funciona!!! A la primera!!! Genial. El único problema es que ya es la una de la mañana, llevo el día entero sin para de currar y todavía tengo que conectar la antena vhf, y para eso necesito un soldador y una conexión eléctrica, y enfrente de la grúa no hay ninguna. Muevo el barco unos metros más atrás para lograr que llegue hasta la torreta más cercana y finalmente consigo conectar el cable, aunque algo tirante. Pero resulta que la torreta no funciona. Bueno, pues ire con la antena VHF de cubierta, la que he usado en los ríos, hasta llegar al próximo puerto. Conecto y pruebo las luces mientras Silvia prepara una cena tardía. En mi checklist todavía quedan tres o cuatro cosas así que ya me he resignado a salir mañana.

Dormimos y a las ocho de la mañana ya estoy despierto, recorriendo la cubierta. El cielo está totalmente despejado y a las nueve ya hace demasiado calor. Tenemos que irnos cuanto antes. Momento de ducharnos. Una horas después estamos en el Ij. Son dos horas hasta la esclusa que nos da acceso al mar.





Tenemos la inmensa suerte de que la esclusa se abre justo cuanto llegamos. Somos unos diez veleros dentro de la esclusa. Estoy en la primera fila. En cuanto se abre la compuerta estoy impaciente por arrancar. Quiero mar. Miro al barco de al lado para decirle que si quiere salir primero y esta cortesía me salva. Por sus gestos entiendo en seguida. Hay un puente levadizo a la salida!!! Madre mía, para habernos matado. Esperamos a que se abra el puente y ahora sí. Pronto tenemos agua libre ante nosotros.



Mi sensación de alivio por dejar atrás la etapa fluvial del viaje es inmensa. Disfruto de las primeras horas de mar, de poderme meter en la cabina y olvidarme de todo por cinco minutos. El radar funciona de maravilla, Dios salve a Furuno. Lo dejo funcionando para no tener que asomarme y refugiarme del sol, de vez en cuando me acerco a mirar la pantalla. Una de las veces que me asomo veo esto:



Por un instante pienso que el radar, a fin de cuentas, sí que está averiado. Pero pronto me doy cuenta. Me asomo y allí están. Los había visto en la carta pero me había olvidado.



El viento es contrario pero flojo. Podría ser peor. Hago bordos un par de horas para disfrutar de las velas a las que tanto he echado de menos y cuando ya voy a poner el motor el viento rola y me permite seguir ciñendo, pero esta vez paralelo a la costa.




Esto vuelve a ocurrir una hora más tarde. Y otra vez. Ciñendo y ciñendo y el viento al caer la noche aumenta de intensidad. Decido dejar todo el trapo y el Rey Arturo cabalga con la regala besando el agua. Vamos a más de siete nudos. Estoy contento. Bajo a la cabina y voy hasta el camarote. Allí está Silvia hecha un ovillo en la oscuridad. "Que tal?" "Pues mal" "Estás mareada?¨. No, no está mareada, o bueno, sí que está un poco mareada, pero sobre todo está asustada. La trato de tranquilizar, le explico que son buenísimas noticias, vamos a llegar mucho antes al puerto al que queríamos llegar. Pero a ella la escora no le gusta, tiene la sensación todo el rato de que el barco va a volcar, y los cientos de millas que ha hecho de ceñida en este mismo barco no cambian nada. Contra ese vértigo no hay razonamiento que valga. Y es el Mar del Norte, y tiene miedo de que vaya a más. Le explico que ese miedo a que todo fuera a más era siempre mi miedo cuando empecé a navegar. Y le hablo de Juan, aquel jubilado que me acompañó en pleno invierno desde Almería a Barcelona, y de cómo aprendí de él que lo importante no es lo que pueda venir, sino lo que hay ahora mismo, y es en eso en lo que uno se tiene que fijar, en como manejar mejor el presente, no dedicando ni un segundo a formular hipótesis desfavorables. Su lección no me la dio de palabra, sino que me llegó en dos detalles. Cuando estábamos en el golfo de Valencia comenzó a soplar un poniente de más de veinte nudos, y como estábamos bien lejos de la costa, se comenzaron a formar buenas olas. Yo estaba de guardia y salvo por el resplandor de Valencia en el cielo cerca del horizonte, la noche era negra como lo es ésta. Llamé a Juan y propuse tomar un rizo. Juan me dijo que le parecía que tomar un rizo a oscuras no era buena idea. Entonces enrolló unos metros de génova y la abrió lo suficiente como para que el barco no escorase salvajemente. Y se volvió a dormir. Y allí me quedé yo, preocupándome. Y si va a más? A mi cabeza venían los consejos de otros navegantes: "mejor rizar demasiado pronto que demasiado tarde". Pero lo cierto es que aquello no fue a más y a la mañana siguiente entrábamos en el puerto de Burriana a descansar. La noche siguiente, a unas doce millas de la costa de Tarragona el viento comenzó a soplar del norte. También estaba yo de guardia y mi razonamiento fue "Si me va a saltar una tramontana, lo que quiero es estar lo más cerca posible de la costa cuanto antes", de manera que el rumbo que decidí tomar fue "ceñir a rabiar". Juan se despertó con los pantocazos y salió a la bañera, le expliqué que quería acercarme a la costa porque cuanto más cerca habría menos olas y me dijo, como siempre muy suave y pacientemente, que mucho mejor era abrir un poco el rumbo y apuntar a la costa unas millas más adelante. En cuanto colocó el barco a rumbo en seguida se notó la diferencia, era obvio que el presente no era tan terrible como yo lo estaba viviendo. El miedo al futuro no me estaba dejando ver el presente, y habría supuesto un viaje mucho más incómodo que habría hecho aumentar mi fatiga. No volvimos a navegar juntos pero la lección de Juan me la llevé aprendida.
Silvia no queda convencida de mi historia de Juan. Le ruego que intente dormir y que confíe en mí. Si ahora quitamos las velas va a ser mucho peor, créeme. No le convence, pero se resigna. Han entrado algunas gotas por la escotilla y el camarote está húmedo, me da pena no poderla complacer. Afuera la noche es negra. El viento sigue rolando al mismo ritmo que la línea de costa, de manera que puedo seguir ciñendo y ya llevamos muchas millas. Tan deprisa estamos yendo que la tablet ya muestra como hora estimada de llegada las cuatro de la mañana. Esto no son buenas noticias porque el puerto en el que pensaba recalar tiene una entrada muy complicada y no sé si me atrevo a hacerla de noche...

Una hora más tarde, el viento sigue rolando con la costa, el barco vuela a más de ocho nudos ayudado por más de un nudo de corriente, y nuestra hora estimada de llegada ahora son las tres de la mañana. Le comunico a Silvia la mala noticia. Hemos ido tan deprisa que tenemos que seguir hasta el siguiente puerto. Llegaremos sobre las seis de la tarde de mañana. Refunfuña pero se resigna nuevamente. Es más valiente de lo que se cree. Se tiene a si misma por muy miedosa pero la verdad es que al final siempre se atreve con todo. Al fin y al cabo decidió acompañarme en el Mar del Norte que tanto miedo le daba. La valentía que ha necesitado es comparable a la que yo necesitaría para afrontar el Cabo de Hornos.

A las dos y media ya veo la luz de la marca de aguas navegables que marca la entrada al puerto: una entrada de seis millas entre bajíos, con corrientes. La costa deja de girar y el viento también deja de rolar pero baja un poco de intensidad, para alivio de Silvia y de mi mismo, ya que no quiero que pase una noche infernal.
A las cuatro de las mañana ya hay claridad en el cielo. Ya hemos ganado bastante latitud y las noches empiezan a ser más cortas. Estoy agotado, y el viento ha aflojado tanto que bajamos de los cuatro nudos así que enrollo el génova, enciendo el motor y le pido a Silvia que me haga la guardia. Entro al camarote húmedo y frío, y en seguida me quedo dormido arrullado por el motor.

Cuando despierto el día está soleado y no hay ni una gota de viento. Silvia me cuenta el enorme alivio que le supuso ver la luz del sol y entender que ya había acabado su pesadilla.

Editado por dhow en 22-01-2021 a las 19:30. Razón: errata
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Predeterminado Re: Traerme el barco a Suecia



IMPRESIONANTE Y MAGNÍFICO RELATO, cofrade Dhow!

Has dejado aquí un montón de detallada información para todos los piratas que tengan la intención de hacer esa u otra travesía por los canales. Recuerdo que me lo planteé una vez al revés, traerme un velero desde Holanda, pero finalmente lo hice desde Port Napoleon (pegado a Port St Louis du Rhon) bajando el golfo de Leon a mediados del mes de junio, aprovechando una ventana en la que el bicho estaba tranquilo.

Con tu permiso me voy a bajar íntegramente el hilo, algún día puede ser que me resulte necesario para hacer más fácil la travesía...

Enhorabuena y muchas felicidades por todo, que pases un buen otoño y resto del año en Suecia, gran pais.

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Predeterminado Re: Traerme el barco a Suecia

A las dos de la tarde la corriente, de casi dos nudos, es en contra. Nuestra hora estimada de llegada ya no son las seis de la tarde, sino las ocho y media. Entiendo que en seis horas la corriente estará de nuevo a favor, pero claro, en ese momento justo estaremos llegando, y no la vamos a poder aprovechar.
Son las seis de la tarde y estamos ya a una hora del puerto de destino cuando Silvia dice: "para qué parar ahora, vamos a seguir y ya llegamos al Elba". No me lo puedo creer. Es ella la que lo propone y su propuesta me anima enormemente, porque eso significa que vamos a estar en el Báltico pasado mañana. Y por las próximas ocho horas de nuevo corriente favorable. Claro que llevamos ya más de treinta horas de travesía y de ellas he dormido en total tres o cuatro, y eso sin contar la paliza del día anterior a la salida y las escasas seis horas de sueño que me concedí para descansar. Ese día se suponía que a las seis estaríamos en puerto. "Vete a dormir", me dice y obedezco. Me hundo en la cama que ya está un poco más seca y caliente. Le digo a Silvia que me avise cuando lleguemos. Pero a los diez segundos me levanto para ver si puedo bajar el último parte del PassageWeather. Hay cobertura y aunque lleva un rato, consigo la previsión para las próximas horas. Nada, vamos a tener calma chicha y, al llegar al Elba, viento en contra y corriente en contra. Voy a la bañera a decirle a Silvia que me despierte cuando lleguemos a el punto donde nos tenemos que incorporar al dispositivo de separación de tráfico. "Vete a dormiiiir" me dice Silvia. Y le hago caso.

Cuando me despierta tengo la sensación de haber dormido un día entero, aunque sólo han sido seis horas. La noche está negra, pero eso ya lo sabía. Tenemos luna nueva. Y la corriente ya ha cesado. Necesito un minuto para vestirme, calzarme y encender el radar. Mis ojos van directos al Navionics , en las próximas diez millas voy a cruzar un par de salidas, líneas de ferry y atravesar unos bajíos en los que tendré poco más de un metro de agua bajo la quilla y finalmente incorporarme a la zona de separación de tráfico.
Bueno, cada cosa a su tiempo. Lo que importa es el presente, así que levanto la vista del Navionics y veo un mar de luces que no consigo interpretar. Barcos con las luces de navegación veo dos, uno de ellos muy cerca. Veo su luz de estribor por estribor, luego se cruza y veo su babor por mi babor, pero casi de frente. Es un barco de mediano tamaño, es todo lo que puedo vislumbrar contra el mar de luces que tiene detrás. Finalmente respiro aliviado cuando pasa por mi popa. El radar da cientos de puntos. Parecen plataformas... No joder, son mercantes fondeados. Un mar de ellos. Me tranquilizo y atravieso ese mega-parking imaginando cómo me verán ellos, con mi pequeña luz de navegación allí abajo.

A las cuatro y media empieza por fin a clarear y aunque ya estamos a poco más de cinco millas de la entrada al Elba, todavía no se ve la costa. Voy pegado a las boyas de estribor de la zona de separación de tráfico.



Afortunadamente no he coincidido con ningún barco grande, pero la corriente es de nuevo contraria y muy fuerte. El viento que anunciaban en la cara resulta que viene por el culo, pero es flojo. No da para sacar velas, pero sí es suficiente como para levantar olas contra los dos nudos de corriente. Poco a poco el viaje se vuelve más y más incómodo. Un gran mercante se nos cruza, pero la desembocadura del Elba se resiste.



Nos movemos entre tres y cuatro nudos al principio, luego entre cuatro y dos. Cada vez que pillamos una ola y damos un pantocazo perdemos dos nudos de velocidad. Pruebo a meterle un poco más de potencia al motor pero los pantocazos son horribles así que hay que armarse de paciencia y aguantar pantocazos y rociones. El Elba es anchísimo en su desembocadura. Vemos sólo una de las dos orillas. Cuxhaven está allí a nuestra proa, a estribor, pero a nuestra velocidad queda todavía más de una hora de paciencia, tiempo suficiente como para que me adelanten dos mercantes y me envíen sus olas para que me mantenga despierto. A quien no consiguen despertar es a Silvia que está profundamente dormida en el camarote. Finalmente entramos por la bocana. Cuando viro junto a la luz verde hay una foca asomando la cabeza, pero en cuanto me ve se sumerge. Paso algún apuro maniobrando para poner la popa al amarre, ya que hay corriente en esta zona del puerto y la hélice hace un ruido muy extraño cuando doy la marcha atrás, pero finalmente consigo atracar. Una señora alemana baja de su barco y me pasa las amarras. Le estoy muy agradecido. Entro al barco, me tiro al lado de Silvia. Y me duermo antes de que la cabeza toque la almohada. Cuarenta y seis horas después de salir de Amsterdam, estamos en el Elba.
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Predeterminado Re: Traerme el barco a Suecia



Cuxhaven es un puerto con muchísimo movimiento. Prácticamente todos los barcos a nuestro alrededor han cambiado al día siguiente. De cuando en cuando un gran mercante pasa por el río y puede verse por encima del rompeolas. Cuando he hecho mi comprobación rutinaria de la sentina me he quedado helado. El agua llega casi hasta las tablas.¿ Pero por donde ha entrado este agua? Y sobre todo, ¿sigue entrando? No quiero vaciar la sentina en el puerto, he visto una cría de foca nadando dentro del puerto y no quiero ensuciar su entorno. Tomo una marca del nivel del agua para comprobar si sigue subiendo. Una hora más tarde la marca está en la misma posición. Por tanto parece que no entra agua. ¿Entonces? ¿De donde ha salido este agua? Entonces recuerdo ese ruido extraño que hizo ayer la hélice. Examino el prensa y no se le ve gotear, pero se me ocurre apretar la goma y veo que dentro sólo hay aire. Entonces caigo en la cuenta. Los pantocazos y cabeceos debieron sacar la bocina del agua por momentos, descebándola. Estos prensaestopas secos no funcionan bien a menos que estén llenos de agua, y por eso deduzco que una vez descebado estuvo entrando agua hasta que detuve el motor. Aprieto la goma del prensa hasta que no queda aire y tomo nota mental del problema por si vuelvo a sufrir cabeceos.

El día es soleado cuando arrancamos. Tenemos que remontar diez millas del río Elba para llegar a la esclusa que da paso al canal. La historia es la misma: Elba arriba contra corriente, y aunque las olas son más pequeñas que ayer, vamos igual de lentos.



Dos o tres horas más tarde llegamos a la zona de espera para la esclusa del canal de Kiel. Hay ya media docena de barcos esperando. La espera es muy incómoda porque no hay donde amarrarse y la corriente no es floja, de manera que hay que estar muy atento. Después de quince eternos minutos, ya somos más de diez barcos yendo arriba y abajo, tratando de no chocar unos con otros. ¿Cuando piensa esta gente darnos paso? Muchos se impacientan y se salen de la zona de espera, dirigiéndose a la entrada de la esclusa, y otros les siguen, tal vez confundidos. Yo opto por quedarme lo más cerca posible de la orilla, donde la corriente es más floja y hay menos olas. En total llevamos más de una hora esperando bajo el sol cuando por fin se enciende el semáforo que nos da paso. La esclusa no es fácil de pasar porque hay que amarrarse a las anillas de un pantalán flotante que sobresale escasos diez centímetros del agua. Al abrirse la esclusa casi todos los barcos van locos para encontrar plaza en el pequeño puerto que hay justo a la entrada al canal. Me asomo poco convencido y viendo el poco espacio y los barcos abarloados decido seguir.


El canal es amplio y la cantidad de tráfico es menor de la que esperaba por lo que no hay que estar demasiado pendiente así que ponemos música.





Cuando ya empieza a anochecer tenemos que fondear, ya que a los barcos de recreo les está prohibido navegar de noche.

Tras un merecido y dulce descanso salimos temprano por la mañana. En el cielo ya se va confirmando la previsión de mañana. Vientos fuertes del Este. Los cirros no mienten.





Sobre las tres de la tarde llegamos a la esclusa de Kiel. Allí hay que pagar el peaje en un cajero automático que hay sobre el muelle de espera. Cuando se abre el semáforo de la esclusa un barco belga se me aproxima saludando muy efusivos, encantados de encontrar a un compatriota. Su decepción es obvia al escuchar mi acento francés. La verdad es que les entiendo, se ven muy pocos barcos con bandera belga por estos lares. De hecho casi todas las banderas son alemanas, con alguna que otra bandera holandesa o danesa. Esto me recuerda que tengo que comprar la bandera danesa de cortesía.

Recalamos en Laboe, justo a la salida de la ría. Los vientos para mañana son del nordeste, fuertes y contrarios, de manera que tendremos 24 horas para descansar. Laboe es pequeño pero tiene una playa cojonuda.



Además hay una feria de temática marina con muchos puestos. Sin embargo, no hay manera de encontrar un pabellón de cortesía danés. En una tienda de souvenirs encuentro un cesto con banderas de todos los países. Rebusco un momento y encuentro una bandera danesa. Es un poco grande y seguro que no aguanta dos navegadas, pero es suficiente para salir del paso y el precio acaba de convencerme. Un euro. Paso un rato revolviendo en el montón de banderas pero no consigo encontrar una bandera sueca, que tampoco la tengo. Todo el ahorro en la bandera es una minucia al compararlo con los 40 euros que voy a tener que pagar por el Navionics de Dinamarca. No se por que motivo, la carta de Dinamarca cuesta casi tanto como la de todo el resto de Europa.

La previsión para nuestra entrada al Báltico es de vientos todavía de componente Este, y olas de más de un metro, por lo que necesito la carta de Dinamarca para hacer el paso entre islas. Arrancamos a las tres de la tarde. Mi intención es llegar lo más lejos posible del tirón, y para ello me he marcado unos cuantos puertos en la ruta. El viento del este lo aprovecho para un través cerrado, que he negociado con Silvia, un rumbo que me permite volar a siete nudos por encima de las olas sin escorar en exceso.



Pero al caer la tarde el viento flojea y pierde norte, lo que me permite cerrar un poco el ángulo para acercarme a un paso que me puede ahorrar muchas millas.



El banderón danés de todo a cien ondea orgulloso. Estoy muy contento de entrar ya en Escandinavia. El viento sigue cayendo y ahora rola al nor-nordeste. Mirando la carta veo que ese paso va a ser complicado y muy cansado por lo que decido ceñir, ahora que Silvia ya se ha dormido, hasta otro paso más amplio, el que usan los mercantes. La noche es muy oscura, como todas las noches de esta etapa, pero la navegación muy sencilla. No hay ningún tráfico. Cuando mi velocidad cae a tres nudos conecto el motor sin quitar las velas. Con el motor encendido puedo poner el radar y pasar la mayor parte del tiempo dentro de la cabina. Doy cabezadas de diez minutos, no llego a dormir pero descanso la vista y la espalda. Al llegar al paso el viento desparece por completo y las olas poco a poco también. Ahora el único enemigo a batir es el sueño.

Cuando empieza a clarear Silvia me releva y duermo hasta las nueve de la mañana. Motor y más motor. El viento ha desaparecido y la previsión para el día nos da vientos muy flojos, por lo que me resigno a escuchar el ronroneo del motor durante muchas horas todavía.

Al caer la tarde entramos a repostar en puerto de Klintholm, el último antes de dejar Dinamarca y me llevo la agradable sorpresa de que el diesel es más barato que en ningún punto de mi viaje, incluida España. Con lo caro que es Dinamarca estaba esperando todo lo contrario. Es una pena que no podamos quedarnos, es un puerto muy bonito, como de cuento, pero me quedan muy pocos días de vacaciones y quiero llegar a Suecia. Nos despedimos de Dinamarca, cuyos últimos acantilados pasan por babor y después de una buena cena, Silvia se va a acostar.



La noche transcurre sin mayores novedades, pongo la alarma a intervalos más largos, de quince minutos. Una vez cruzada la linea por la que discurren los mercantes, el tráfico marítimo desaparece y estamos solos en el Báltico. El resplandor de Copenhage y Malmo es lo único que veo a mi alrededor y eso que están a más de treinta millas de mi posición, todo lo demás es oscuridad. Nada de fosforescencia en el agua del Báltico, que enfría el aire de la noche y me obliga a ponerme ropa de invierno.
A las dos de la mañana ya estoy navegando casi paralelo a la costa sueca, en dirección a Ystad. Después de uno de mis descansos de quince minutos, salgo a la bañera y me da un vuelco el corazón. Todas las luces de la costa han desaparecido. Miro en todas direcciones pero solo veo oscuridad. Después de un escalofrío me doy cuenta de que es niebla. A mi alrededor puedo ver a cierta distancia pero me inquieta tener que recalar en niebla espesa. Mis miedos se disipan y la niebla también cuando ya solo estamos a una milla de la bocana. Voy directo al fondeo junto al espigón, echo el ancla y doy un largo suspiro. Estoy en Suecia!
A la mañana siguiente entro a puerto y Silvia y yo nos vamos a dar una vuelta.





Al poco rato de empezar a pasear caemos en la cuenta de que ya habíamos estado en Ystad diez años atrás. En aquel viaje épico que hicimos, desde Barcelona al punto más septentrional del continente, Cabo Norte, con un Opel Corsa con doscientos mil kilómetros. Uno de los mejores viajes de mi vida. Volvemos a recorrer las curiosas calles de Ystad haciendo emerger recuerdos... Hemos llegado en pleno festival de Jazz y en las calles hay ambiente y bandas tocando.


Al día siguiente, tenemos el placer de escuchar a un grupo buenísimo de chavales suecos tocando jazz de la costa oeste. Aunque su media de edad no debe llegar a los veinte años, nosotros somos los más jóvenes entre su público.



Después de comer tomo un tren a Estocolmo para volver al trabajo. Voy a trabajar de miércoles a viernes porque la previsión es de vientos contrarios o calmas y ya estoy harto de ir a motor. Silvia se quedará en Ystad hasta que vuelva, cuando, con un poco de suerte, los vientos nos serán más favorables.


Editado por dhow en 11-09-2019 a las 08:35. Razón: añadir ruta
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Predeterminado Re: Traerme el barco a Suecia

AMigo Dhow,tu transporte del barco hasta Suecia me parece una aventura náutica de lo más apasionante.Sin duda eres un marino con arrojo
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