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Predeterminado Historias de la pesca del atún tropical

No creo que nadie de bien ponga en duda tu palabra. (A la espera de nuevas singladuras).
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Ardi357 (05-06-2020), TXELFI (04-06-2020)
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Predeterminado Re: Historias de la pesca del atún tropical

-¿Has salvado toda la documentación?- preguntó Jon a Eustaquio

-Afirmativo, tengo en mi mochila el rol además de todas las cartillas y pasaportes excepto las tuyas que las tienes tú- respondió el capi

-¿Y el Diario de Navegación?- siguió preguntando Somarriba

-No lo he cogido porque no estaba en mi camarote, no recuerdo ahora mismo si estaba en el puente, en la derrota o en otro lugar, no me he puesto en su busca con el barco a oscuras porque además se hubiera alargado el abandono- se excusó Eustaquio

-Bueno, pero por supuesto que has cogido el dinero que había en la caja de caudales del barco ¿no?-

Jon lo daba por sentado, pero se equivocó

-¡Caca de la vaca, pues no!, se me ha olvidado- soltó Eustaquio poniendo cara de circunstancias

Somarriba se llevó una sorpresa, pero relativa. En proporción a lo que estaba sucediendo con el barco que habían abandonado unos minutos antes y que además había sido su segundo hogar al tiempo que su lugar de trabajo durante años, aquello carecía de importancia.
Pero ¿qué carajo había metido en la mochila y el maletín?, las cartillas y pasaportes no abultaban tanto, mas ¡al diablo con todo!. Se le estaba chamuscando el barco por el que se había partido literalmente la crisma durante doce años. Cuántos devaneos, cuántos quebraderos de cabeza, cuántas noches de insomnio, cuántos disgustos y también algunas satisfacciones, seguro que menos que las deseables, pero estuvieron ahí.
Y ahora todo aquello se estaba yendo al cuerno devorado por las llamas.
El cielo estaba parcialmente cubierto de nubes, se veían algunas estrellas entre las masas algodonosas y la tardona Selene en cuarto creciente intentaba asomar tímidamente también la mitad de su rostro argénteo.

-Oye Sabino ¿se tiene idea de cómo ha comenzado el incendio?- preguntó Jon

-Negativo, el engrasador de guardia, Derek, y Julián estaban en el parque de pesca tomando temperaturas a las cubas con pesca, ya sabes que teníamos catorce llenas de pescado, así es que supongo que tardarían quince o veinte minutos en regresar al control. Cuando lo hicieron la sala de máquinas era un mar de llamas- respondió Porriño

-¿Cuál crees que puede haber sido la causa del comienzo del fuego?- siguió Jon

-No se puede demostrar porque nadie lo ha visto pero al noventa y nueve por cien ha tenido que ser un tubo de inyección de algún cilindro de popa que ha reventado y ha largado el gasoil al turbo. Tengo conocimiento de varios casos de atuneros que se han incendiado de esa manera, y digo atuneros porque es lo que conozco, pero supongo que no es un siniestro consustancial a los atuneros- terminó Sabino haciendo un gesto expresivo con los brazos mientras soltaba un juramento

-¡Maldita sea!- rezongó Javier sin poder contenerse -A la mierda el barco y la pesca, con la marcha que llevábamos. ¿Quién será el cabrón que nos ha echado la maldición?-

-Sea quien sea, solamente le deseo que se le caigan los huevos al suelo- vomitó Julián

-¿Cómo puede originarse semejante incendio en tan poco tiempo?- añadió ceñudo

-No sé pero ¡vaya barbacoa hemos montado! No la hacen así ni los bilbaínos, porque una barbacoa de mil toneladas de atún…….manda cojones- explotó Javier

-Menuda ocurrencia la tuya cuando mandaste poner el estrobo de nylón samson en la boza de la panga- soltó Lucio de improviso dirigiéndose al patrón

-Porque si hubiéramos tenido la boza de cable directamente engrilletada en la proa de la panga no hubiéramos podido arriarla ¡manda carallo!- remató poniendo cara de reo

-¡Ostras!, precisamente por eso ideé el sistema ¿no?, supuse que un día, o peor aún una noche podía suceder un percance en la sala de máquinas que imposibilitara el arranque del sistema hidraúlico para zafar la boza de cable de acero, y mira, nos ha sucedido precisamente a nosotros ¡tiene huevos!- resopló Somarriba

-Pues ya podemos dar gracias a Dios que te guió en su día para idear ese sistema, porque en caso contrario no sé cómo nos las hubiésemos ingeniado- opinó Sabino
-Bueno sí, hubiéramos tenido que embarcar en las balsas salvavidas- añadió

-Lo cojonudo del asunto es que el resto de la flota que yo sepa navega de noche con la boza de cable enganchada en la panga sin un “fusible” que se pueda cortar con cuchillo-
aportó su granito de arena Eustaquio

-Espera que se enteren de esto y ya verás cómo espabilan los demás- dijo Javier

En cuanto al resto de los naúfragos, unos fumaban en silencio y otros charlaban como cotorras, pero una cosa era común para los veintisiete atormentados tripulantes, todos ellos se pasaban la mayor parte del tiempo con sus ojos clavados en el barco cada vez más invadido por las llamas. Solamente apartaban la mirada para responder a su interlocutor o para orinar por la borda.
Permanecían sentados casi todo el tiempo, no era cuestión de aguantar de pie durante toda la noche, no tenía sentido.
Los africanos principalmente, dirigían también miradas furtivas a su patrón con relativa frecuencia, como si esperaran que su líder obrara algún milagro que salvara el navío.
Pero el milagro no se produjo, Jon Somarriba evidentemente no era Dios, ni muchísimo menos, y el incendio que se observaba a bordo no tenía visos de disminuir, si no todo lo contrario.
Permanecían parados de esa guisa durante una hora cuando casi de súbito se dieron cuenta de que la montaña de red que albergaba la cajonada de popa del cerquero estaba también siendo pasto de las llamas, la visión resultaba increíble, habían embarcado el arte de la mar unas horas antes anegada en agua salada. Si no hubiera vuelto al agua tardarían un mes en secarse los paños de red de la zona interior, tal era la masa de hilo de nylón amontonada allí ¿cómo era posible que estuviera ardiendo?, la escena parecía totalmente paranormal, surrealista.

-¿Cómo es posible que la red esté ardiendo?, si no lo veo no lo creo- exclamó Jon
-¿Qué temperatura habrá alcanzado la chapa debajo para que eso ocurra?- prosiguió

-No lo sé pero posiblemente mil grados o más- opinó Eustaquio

De repente sintieron en sus rostros que el aire que los acariciaba había descendido de temperatura ostensiblemente.
El cielo se había puesto negro como el carbón por Oriente, aquello anunciaba tormenta.

-Me parece que se nos viene encima un tornado- dijo Eustaquio, llamaban tornado a los aguaceros tropicales

-Lo que faltaba, éramos pocos y parió la abuela- exclamó Sabino airado

Al minuto siguiente comenzó a llover, y poco después el chaparrón era de campeonato, además hacía verdaderamente frío.

-Bajemos a la máquina si no queremos pillar una bronquitis- aconsejó Jon

Comenzaron a introducirse de uno en uno porque la escotilla no permitía hacerlo de otra manera, abajo, alrededor del motor había espacio para toda la dotación apiñándose, pero hacía mucho calor irradiado por la maquinaria, el patrón ordenó parar el motor a Ousmane.
Nada más poner los pies en las planchas de aluminio le llamaron la atención las numerosas maletas y bolsas de viaje de todos los colores que había allí, los tripulantes no habían perdido el tiempo, el único que lo había perdido todo era el gilipollas del patrón.
Una vez todos en el interior dejaron la escotilla abierta pero pocos minutos después hubieron de cerrarla porque entraba un verdadero diluvio y varios hombres se mojaban.
Aquello iba a más, no cabía duda de que les había pillado una buena tormenta tropical máxime si se tiene en cuenta de que la embarcación de cuarenta y dos toneladas se balanceaba como un orinal en un torrente de aguas bravas. Aunque permanecían sentados a veces se tenían que sujetar en las numerosas tuberías que había allí para no precipitarse de morros sobre el motor.
El tremendo chaparrón azotaba la cubierta y el guardacalor de la embarcación auxiliar con estruendo de tamborrada, aquello parecía una réplica del Diluvio Universal.
Lito que permanecía en silencio desde que habían embarcado en la panga se secaba las lágrimas que descendían por sus mejillas con su sucio trapo y escondía el rostro entre sus brazos a continuación. El patrón que se había percatado del asunto le dio una palmada en un hombro y se arrimó a él diciéndole:

-¿Qué pasa colega? ¿Cómo va el tema?- tuvo que elevar la voz para ser oído

-Pasa que es la segunda vez que naufrago, mecagüen a cona da reina- masculló el marinense

-Bueno hombre, aquí estamos seguros, no tardarán en recogernos- dijo Somarriba
El otro asintió y se secó las mejillas de nuevo.

<<Con lo desenvuelto y seguro de sí mismo que parece, mira por dónde>> pensó Jon.
<<Ahora el que llora como una niña es él>>.

Sudaban como si estuvieran dentro de una sauna, estaban todos empapados. El calor que hacía dentro de la cámara de máquinas de la panga cuyo motor había estado funcionando hasta poco antes era espantoso, y en ello coadyuvaba el hacinamiento de veintisiete almas en tan reducido espacio. El aire se hacía irrespirable y el bermeano abrió la escotilla pidiendo disculpas a los que se encontraban bajo ella. Salió al exterior linterna en ristre y echó mano de una caja entera de botellas de agua de litro y medio y las deslizó escotilla abajo, de paso lanzó una mirada rápida en derredor y no tardó en divisar un resplandor entre la intensa lluvia. Era imposible calcular la distancia pero no parecía que el barco estuviera más cerca que cuando hubieron parado, el viento y la lluvia azotaron sin piedad el rostro de Jon y éste se introdujo todo lo rápidamente que pudo a través de la escotilla.
No había tardado un minuto en efectuar la maniobra pero estaba casi calado desde la cabeza hasta los pies, atrapó una botella de agua y bebió el fresco líquido cual caído del cielo para un perdido en el desierto.

Aquella broma macabra de la climatología duró cerca de tres largas horas y después se desvaneció con la misma rapidez con la que había aparecido.
Los doblemente atormentados pescadores salieron al exterior aliviados y respiraron con ansia el aire fresco de la madrugada tropical.
Cuando la última gota de lluvia cesó pudieron contemplar una imagen que parecía irreal, fantasmagórica. Estaban aproximadamente a la misma distancia del barco que antes de la tormenta, es decir una milla naútica, y desde tamaña perspectiva podían contemplar sin paliativos que toda la zona de la popa del barco, red incluída era un infierno de llamas. Pero se adivinaba que el fuego había invadido también la habilitación, se veía el resplandor de las llamas a través de los grandes portillos rectangulares de la primera planta cual grandes luciérnagas geométricas dispuestas en hilera horizontal.
Por lo que se podía ver el fuego no tardaría en invadir el barco entero, poco menos de tres horas de chaparrón tropical no habían hecho ni cosquillas al pavoroso incendio, había demasiados combustibles que lo alimentaban.
A instancias de Jon hincharon una balsa salvavidas accionando de un fuerte tirón el mecanismo disparador y la colocaron sobre el anegado guardacalor asegurándola con cabos en previsión de otra tormenta, a buen seguro en su interior se podría respirar mejor que en aquel horno en el que habían permanecido acurrucados como cachorros sin madre.

-¿Quieres que te cuente un secreto?- preguntó Javier a Jon en un susurro

-Adelante- respondió el otro en sordina

-Yo también he naufragado por segunda vez con ésta- reveló en sordina

-Vaya por Dios ¿Y cuál fue la primera?- replicó sorprendido el rubio

-En un arrastrero en Gran Sol, pero allí había otros barcos a la vista y un arrastrero de Bermeo que hacía base en Ondárroa nos rescató enseguida- aclaró el lekeitiano

-Los arrastreros de mi pueblo han tenido desde siempre como puerto base el de Ondárroa en su gran mayoría, y unos pocos en Pasajes. El puerto de Bermeo no está preparado para los arrastreros aunque parezca mentira, quizá porque hasta hace unos años albergaba tal cantidad de barcos de bajura que no entraban todos, muchos tenían que amarrar en Bilbao durante los meses de invierno. Tengo entendido que incluso años atrás los arrastreros que operaban en el puerto de Ondárroa eran en su mayoría propiedad de armadores bermeanos, Actualmente mis paisanos están más centrados en el tema de la pesca del atún al cerco que en las demás modalidades de pesca-

-Conozco al dedillo todo eso que acabas de decirme- concedió el lekeitiano

-Bueno, esperemos que nos recojan pronto, estamos relativamente cerca de tierra y ésta es una zona de paso de muchos mercantes, no creo que tarde mucho en aparecer alguno. De hecho me extraña que no se haya acercado ninguno- tranquilizó Jon

Amaneció a las seis y cuarto sin que nadie se acercara por allí, la columna de humo negro que manaba de lo que quedaba del “Apóstol Segundo” era de órdago a la grande y se extendía hasta por lo menos dos millas naúticas por sotavento.
Nada más amanecer Jon fue el primero en descubrir que las llamas habían alcanzado el puente de mando y por ende la derrota y lo que habían sido sus aposentos anexos al mismo.
Poco después ardían las nasas de plástico afianzadas sobre el techo del puente ¡aquella visión era increíble!, máxime si se tiene en cuenta que teóricamente la habilitación se había construído para que fuera ignífuga. Todos los mamparos estaban hechos de una especie de sándwich con láminas de acero por ambos lados y pica-pica en el interior, los techos huecos lucían recubiertos de laminado de aluminio e incluso las puertas laminadas de acero y cantos de aluminio estaban rellenas de escayola para que no pudieran ser atravesadas por el fuego.
Pero al igual que otras muchas veces se había demostrado que la teoría no siempre va ligada a la práctica porque la totalidad de las tres plantas que componían la habilitación del barco habían ardido como la yesca.


-¡Ya sé lo que ha pasado!- bramó de repente Lito

-¿A qué te refieres?- respondió Eustaquio que estaba a su lado

-A que ya sé por qué se ha quemado el barco- soltó el gallego muy serio. Los compañeros que estaban a su alrededor le miraron asombrados

-¡No me jodas Lito! ¿Y qué ha sido?- interrogó Sabino rápidamente

-Qué va a ser, ¿Os acordáis que cuando salíamos de Abidján encontramos un fiambre flotando en el agua?, eso es lo que nos ha traído la mala suerte- soltó tan fresco

-¡No me jodas! ¡Vete a la mierda!- y expresiones por el estilo surgieron de las gargantas de los que le rodeaban

-No tenéis ni puta idea de esas cosas. Por supuesto que ha sido el encuentro con el cadáver del moreno, tanto si me creéis como si no- terminó obstinado el gallego

De repente Jon se acordó de todas sus pertenencias perdidas.

-¡Su puta madre!- bramó con rabia -Podía haber salvado todos mis enseres si no hubiese estado pendiente de otras cosas. El ordenador, un disco duro de sobremesa, dos relojes buenos, el aparato de música, la tele, el lector de DVDs, un montón de calzado y ropa, los dos pares de gafas polarizadas, tres de lectura y no sé cuántas cosas más ¡qué desastre!. ¡Ostia!, el libro gordo del Molón se perdió también, menos mal que atrapé el pendrive donde guardo copia de mi libro- soltó cabreado de un tirón

Se había referido naturalmente a su viejo y grueso cuaderno en el que tenía recopilados un sinnúmero de datos de túnidos.

-Perdona pero tú eres tonto de remate- le espetó Lito -Te pones a recoger ropa para los morenos y pierdes todas tus pertenencias, mientras ellos estaban con sus maletas a bordo de la panga. Tenían ropa de sobra para ponerse si hubieran querido-

-Pero eso yo no lo sabía- se defendió el rubio

-Tú dales ropa y pierde lo que es tuyo. Si hubiera sido al revés te morirías de frío como un perro- intervino en la conversación Eustaquio

-No lo creo, hay unos cuantos aquí que sé que me aprecian- respondió obstinado Jon

-Koyo, que escuchaba ceñudo y expectante a la discusión dulcificó su semblante al escuchar las palabras de su patrón.

-¡Otro que cree en los reyes magos!- exclamó Sabino

-No son tan cabrones hombre, también son seres humanos- opinó Israel, y rápidamente situándose junto al rubio le conminó suavemente:

-¿Y qué va a suceder ahora conmigo?- ponía cara de cordero degollado

-¿A qué te refieres Lafarque?- respondió Somarriba, aunque lo intuía

-¿A qué va a ser? a mi tema laboral ¿cómo quedo yo?- estaba visiblemente preocupado

-Vaya momento para preguntar cosas jodidas has elegido Israel- el bermeano, que no cesaba de otear el horizonte exclamó acto seguido:

¡Un barco, viene un barco hacia nosotros!-

-¿Quieres que encienda los walki-talkis?- preguntó Javier

-Afirmativo- respondió escuetamente Jon

Se subieron varios tripulantes encima de la balsa que estaba sobre el guardacalor para tener mejor visión, entre ellos el patrón

-Parece un barco mercante de color oscuro, quizá negro- dijo éste

Y así fue, media hora más tarde, justo a las siete podían leer el nombre en la amura de estribor del carguero ruso, “Captain Saieski” rezaba en blanco sobre el negro casco del vetusto barco de ciento cuarenta y tres metros de eslora por veintidós de manga y diecisiete mil quinientas toneladas, que había acudido en primer lugar al rescate coordinado desde tierra, debido naturalmente a la cercanía al lugar del siniestro en el momento de recibir la orden de auxilio.
El barco había reducido su velocidad al mínimo pero en lugar de dirigirse en línea recta hacia la panga dejó ésta por el costado de estribor a media milla y comenzó a girar lentamente a esa banda, indiferente a las angustiosas señas que hacían los naúfragos brazos en alto.

-¿Qué está haciendo el hijoputa ese?- explotó Jon fuera de sí

-Está receloso, no quiere acercarse más- respondió Eustaquio

-¿Receloso de qué?, ¡será lerdo!, Javier, dame un walkie-talkie-

Hubo de llamar en tres ocasiones por el canal dieciséis de VHF (el canal marino de emergencia internacional) para obtener respuesta del capitán del carguero. Lo primero que preguntó el marino mercante fue de qué nacionalidad eran los ocupantes de la embarcación auxiliar, y después de varios dimes y diretes averiguaron en inglés que lo que quería el que mandaba el barco mercante eran todos los datos de la casa armadora del atunero siniestrado, números de teléfono incluidos. Se negaba a acercar su barco a los naúfragos en tanto en cuanto no se comunicara primero con el armador del “Apóstol Segundo” para negociar el rescate.
Jon ordenó a Ousmane que arrancara el motor pero no hubo manera, con el temporal que les había azotado durante la noche había entrado agua de mar por el tubo de escape que estaba en el costado de babor de la panga y el motor había quedado momentáneamente inutilizado.
El patrón del barco siniestrado al igual que sus compañeros estaba más cabreado cada vez, acercándose el aparato portátil de VHF a los labios soltó una sarta de improperios entre los que incluyó el epíteto de cabrón, el otro hizo caso omiso.

-No le insultes Jon, es capaz de dejarnos tirados aquí- rogó Lito angustiado

-No puede hacer eso, si le denunciamos se le cae el pelo- respondió Eustaquio

Después de cerca de media hora girando alrededor de la panga azul ocupada por los tripulantes del cerquero del mismo color en llamas, el “Captain Saieski” puso proa a ellos y su capitán les comunicó por VHF que el tema de su rescate estaba resuelto y que procederían a recogerlos.
Jon informó al capitán del barco mercante de que su motor estaba inutilizado y que en consecuencia deberían ser ellos los que efectuaran la maniobra de abarloamiento.

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Editado por TXELFI en 05-06-2020 a las 09:31.
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Veinte minutos después les lanzaban unas sisgas desde el costado de babor del barco mercante y por medio de ellas pudieron amarrar sendos cabos a proa y popa de la panga.
Quedaron abarloados babor con babor, es decir, proa con popa.
Habían tenido la sensatez de poner el barco atravesado con la panga a sotavento, lo cual era de agradecer aunque la climatología en esos momentos era benévola.
Acto seguido arriaron una escala de práctico desde lo alto para que fueran subiendo de uno en uno. El mercante estaba vacío de carga, o sea en lastre, porque se le veía el bulbo fuera del agua en proa y parte del timón en popa, en algunas oscilaciones originadas por las olas los ocupantes de la panga pudieron incluso contemplar las puntas de las palas de la hélice del viejo cascarón de cuatro bodegas. Eso significa que su obra muerta en esos momentos era grande, es decir que la altura existente entre la panga y la cubierta del viejo cascarón negro y teniendo en cuenta la precaria escala por la que tenían que trepar los naúfragos era considerable por decirlo de una manera benévola.
Numerosos rostros, muchos de ellos sin rasurar y llenos de curiosidad de marinos mercantes asomaban por la regala de su barco, la gran mayoría de ellos lucían cabellos rubios delatando su procedencia del Este de Europa. El barco tenía una dotación abundante, máxime si se tiene en cuenta los tiempos que corren.

Comenzaron a subir los africanos primero, el quinto en decidirse a trepar fue Daniel, el marmitón o ayudante de cocina, un hombrón de metro ochenta y cinco y cien kilos. Cuando había ascendido unos cuatro metros la escala se rompió con un seco chasquido y el infortunado cayó a plomo de pie a bordo de la panga golpeándose la rodilla izquierda primero y el costillar del mismo lado después contra la regala de babor. A causa del brutal impacto y de su importante peso corporal el joven quedó en cuclillas, como hundido por el golpe.
Auxiliaron rápidamente al accidentado africano el cual aparte de los fuertes golpes no presentaba herida abierta alguna, se encontraba plenamente consciente y se quejaba bien poco para lo que había sucedido. Su rodilla comenzó a hincharse momentos después de la caída, le habían subido la pernera de su pantalón para poder explorar la zona.

-¡Serán cabrones!- gritó indignado Eustaquio -Nos han arriado una escala podrida-

Instantes después les largaban una nueva escala los del carguero

-Ya te digo, la nueva la tenían guardada para el práctico, no la querían ensuciar con la chusma- berreó Javier apoyando las palabras del capi

-¿Y ahora cómo hacemos con Daniel? ¿Será capaz de subir?- razonó pensativo Jon

-Que nos arríen una camilla de evacuación esos palurdos- resopló airado Sabino

-Sí hombre, y que tenga los cabos podridos también- remató Julián

Lito berreaba encolerizado lanzando improperios a los tripulantes del buque mercante que asomaban por la borda, éstos permanecían en silencio poniendo cara de circunstancias.

-¡Mecagüen a cona que vos botó!- remató sus juramentos el marinense

Desde el puente del mercante hacían señas a la panga, un oficial con mono gris y walkie-talkie en mano que se encontraba en la borda por la que ascendían los naúfragos les preguntó quién era el comandante del barco siniestrado, todos miraron a Jon.
El capitán del carguero apremiaba a que subiera al puente de su barco para que se comunicara por teléfono con el armador del “Apóstol Segundo”, el bermeano hizo caso omiso de las recomendaciones de sus oficiales que le instaban a que subiera al mercante.
Primero quería solventar el transbordo de Daniel, así es que le preguntó si sería capaz de subir por la escala, a lo que el mocetón respondió que creía que sí. No obstante el patrón amarró una sisga por debajo de las axilas del marmitón y desde arriba sus compañeros que habían transbordado ya, ayudaron en su ascensión al fornido muchacho hasta que pudieron echarle el guante para acompañarle en franquear la regala del carguero.
Una vez Daniel a buen recaudo Jon ordenó a sus marineros que transbordaran los equipajes por medio de sisgas y ascendió por la escala sin contratiempo.

El del mono gris, que resultó ser el segundo oficial de nombre Víctor Azark, un individuo enjuto y rubio entrecano de unos cincuenta años que acompañó al bermeano hasta el puente de mando del barco ruso que se alzaba a cinco plantas de altura sobre la cubierta, allí se encontró con el capitán Iván Sokolov, de cabello níveo, mediana estatura y unos sesenta años, el primer oficial Anatoli Stolypin y el jefe de máquinas Igor Yulievich, éste último se trataba de un individuo muy corpulento, moreno cejijunto y con un rostro bestial. Estrechó la mano de todos ellos y esperó mientras el que mandaba el barco marcaba el número de su oficina en Galicia en un microteléfono digital de la archiconocida marca Sailor. Jon lo conocía de sobra, su barco había tenido uno igual, pero dos horas antes se había literalmente volatilizado.

Mientras el capi marcaba el número, el bermeano preguntó a los oficiales presentes su puerto de destino, a lo que después de mirarse los tres, el primero respondió que Douala, la capital de Camerún. Jon respondió aliviado que para dejarles a ellos en Abidján tendrían que desviarse poco.
Momentos después Sokolov le entregaba el artilugio telefónico:

-Hola ¿quién está al aparato?-

-Hola Jon, José Alosno al aparato ¿cómo estáis todos?-

-Buenos días José, por decir algo. Estamos todos bien, mejor dicho, estábamos todos sin un rasguño antes de que tuviéramos a éste mercante junto a la panga. Precisamente al transbordar se ha roto la escala y el marmitón ha caído de una altura de cuatro metros. Tiene un fuerte golpe en una rodilla y en las costillas, inmediatamente de entrar en puerto hay que llevarlo a un hospital-

-Pierde cuidado Jon, así se hará, por lo demás ¿cómo está el barco?-

-El barco está ardiendo de proa a popa como una antorcha, José-

-¡Por todos los demonios Jon, nuestro barco no es de madera!-

-Ya lo sé José, pero lleva muchos combustibles a bordo, es increíble cómo arde-

-¿Y no hay manera de apagar eso? ¿No se pueden echar mangueras desde otro barco?-

-No hay nada que hacer, aunque se apagara el incendio el barco está tan quemado que es inservible. Lo mejor que puede ocurrir es que se hunda cuanto antes-

-¡No me jodas Jon! ¿Qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loco?- bramó el anciano armador

-No me he vuelto loco José, sé lo que digo, perdona por hablarte con tanta crudeza pero es lo que hay. Vete haciendo a la idea de que el “Apóstol Segundo” no sale de ésta, y te aseguro que me duele tanto como a ti o más-

-Tranquilo Jon, perdóname tú, haces bien en decirme la verdad, en fin, ¡al carajo el barco y las seiscientas toneladas de pescado!-

-¿Cómo que seiscientas?, teníamos mil toneladas de pescado a bordo José, faltaban solo cuatro cubas para completar-

-¡Teníais mil toneladas a bordo!, Dios mío qué desastre, en la oficina solamente tenemos constancia de seiscientas, tiene que haber un error-

-No lo sé, hemos hecho un lance de doscientas cincuenta toneladas hace una semana, puede que a Eustaquio se le olvidara pasaros el parte, o a alguien se le olvidó un cero, no lo sé. Isaac tiene que saber por narices cuánto pescado teníamos a bordo, le paso todo lo que pescamos guardándome solo un cinco por ciento-

-Bueno, de todas formas ahora ya está hecho, no tiene vuelta atrás. No creo que podamos cobrar más de las seiscientas que tenemos aseguradas pero qué le vamos a hacer, marchaos para puerto cuanto antes. El “Alborada Diez” llegará ahí en unas horas puesto que ha salido de Abidján la noche de ayer, él se hará cargo de la panga-

-No podemos marchar a puerto José, sería abandonar el barco y perderíamos la propiedad del mismo. Tenemos que estar aquí hasta que se hunda, pero si cuando llegue el “Alborada” continúa a flote pasaremos allí al capitán para que queden aquí custodiando el barco hasta que se hunda. Nosotros esperaremos en el lugar hasta su llegada para entregarle a Eustaquio y entonces nos pondremos rumbo a puerto-

-De acuerdo, esas cosas las sabes tú mejor que yo. Para tu información volaré esta noche junto con el inspector para estar con vosotros mañana, pero espera, te voy a poner con Jaime, un abrazo y no cuelgues. Ah, se me olvidaba, vuestras familias están todas avisadas del siniestro, pero les hemos recalcado que todos os encontráis perfectamente. Lo hemos hecho así para que no se enteren por el exterior y se intranquilicen. Volveremos a llamarles cuantas veces sea necesario para tenerles informados de todos los pormenores de vuestro regreso a puerto y a casa. Por cierto, si el barco definitivamente se pierde, inmediatamente nos pondríamos a la búsqueda de otro parecido que lo supla, te doy mi palabra de honor Jon, ninguno de la totalidad de tripulantes quedará en la calle, queda tranquilo. Ahora te paso a Jaime, hasta luego -

-Conforme José, gracias-

-Hola Jon, mira, nosotros llegaremos a Abidján mañana por la mañana, así es que ahí nos veremos. Te adelanto que nada más entrar en puerto seréis llevados a un buen hotel, allí tendréis que redactar la Protesta de Averías pertinente. Creo que pasado mañana volaréis a casa-

-De acuerdo Jaime, allí nos veremos, agur-

-Ciao, ciao-

Lo de despedirse en italiano se había puesto de moda últimamente en Galicia
Mientras hablaba por teléfono Somarriba pudo ver a través de los grandes cristales del puente que por la banda de estribor, es decir, por barlovento se acercaba proa a ellos un atunero de cerco, estaba a mucha distancia aún como para poder reconocerlo.
el capitán del “Captain Saieski” quiso dar avante en el acto, Jon, usando un inglés de taberna de puerto trató de disuadirle de que no debía dar avante porque no podían abandonar el barco en llamas y porque tenían la panga amarrada al costado, de dar avante la perderían, además de verse envueltos a posteriori en un lío legal de los gordos de verdad.

Después de una breve discusión el marino del Este no se avino a razones y puso el telégrafo de órdenes en posición de “HALF AHEAD”, inmediatamente el bermeano con firme determinación se abalanzó sobre la palanca de bronce y tirando de ella hacia popa la dejó en “STOP”.
El capitán y sus acólitos se miraban asombrados pero quedaron paralizados, la decisión del pescador les dejó perplejos y no reaccionaban, éste estaba decidido a repetir la acción si el capitán del mercante no se avenía a razones.
Se escucharon unas voces provenientes de un receptor de VHF, palabras atropelladas pronunciadas en un dialecto báltico e ininteligibles para Jon, provenían del walkie-talkie del contramaestre León Bakunin que se encontraba en cubierta y que lanzaba la alarma de que la panga se había desprendido del barco.
Los oficiales del carguero se precipitaron rápidamente al alerón de babor, seguidos de Jon a tiempo de ver que la panga azul se encontraba a veinte metros del costado del barco con sus cabos partidos colgando de la proa y de la popa, el barco se estaba moviendo y la barcaza se alejaba poco a poco.

En cuanto, el Capitán puso el telégrafo en posición de “AVANTE MEDIA”, los maquinistas habían arrancado de inmediato el poderoso motor Diesel de doce mil caballos de vapor. Las naves de ese porte carecen de embrague y el árbol de la hélice se encuentra directamente conectado al volante de inercia del motor, de suerte que en el mismo instante que comienza a girar el Diesel lo hace también el gigantesco propulsor, y dado que el barco se encontraba en lastre comenzó a moverse casi de inmediato.
Cuando segundos después de que el capitán moviera el telégrafo, y Jon lo regresara a su posición primitiva, el segundo maquinista Mijaíl Kuzmich quedó desconcertado del cambio de opinión tan repentino que él atribuyó a un error, pero cuando medio minuto después la posición de “PARA” continuaba inamovible decidió ordenar parar el motor.
Total, que cuando la gran hélice de seis palas y catorce toneladas que impulsaba el barco se detuvo había estado girando tres cuartos de minuto, los suficientes para impulsar el barco hasta adquirir cierta velocidad, la suficiente para que la resistencia opuesta por la pesada embarcación auxiliar que no estaba diseñada para correr hiciera que se rompieran los cabos.
En el momento en el que arrancaron la máquina, el timón del “Capitán Saieski” estaba todo a babor, de ahí que debido al rabeo de la popa la panga del “Apóstol Segundo” además de quedarse atrás se separó de su costado.
El capitán Sokolov ordenó “HALF ASTERN” y comenzó las labores de aproximación a la panga, pero claro, un barco de ciento cuarenta y tres metros no se maneja precisamente como una falúa, les llevó media hora tener la embarcación azul abarloada al costado de babor de nuevo.
El comandante originario de Murmansk ordenó a sus marineros hacer firme un grueso cabo en el gancho de proa de la panga para remolcarla sujetando el otro extremo del cabo en una de las bitas de amarre de la popa del mercante. Ningún tripulante se avino a descender a la embarcación auxiliar, entonces Stolypin se dirigió a los naúfragos ordenándoles que uno de ellos descendiera por la escala del práctico que pendía del costado.

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Predeterminado Re: Historias de la pesca del atún tropical

Jon desde lo alto del alerón divisó de repente con júbilo cómo el “Santa María” irrumpía en la banda de babor después de haber pasado por la proa del carguero a doscientos metros dando inmediatamente “ATRÁS TODA” con gran estrépito y densa humareda de sus tres mil doscientos caballos.

-¡No bajéis ninguno!- gritó el bermeano con el rostro congestionado por la cólera a sus hombres -¡Estos desalmados quieren dar avante con la panga de remolque y eso no puede ser, perderíamos la propiedad del barco!-

Estas palabras las había pronunciado mientras descendía de dos en dos los peldaños de las escaleras metálicas del veterano carguero. Cuando llegó a cubierta la mitad de sus tripulantes le esperaba casi a pie de escalera, la otra mitad permanecía sobre la gran tapa de la cuarta bodega rodeados por la respetable cantidad de valijas multicolor de todas clases, en una especie de extraño vivac.

-¡No te preocupes Jon! gritó Javier -Aquí no se mueve nadie-

-¡Tranquilo patrón, estamos todos contigo hasta morir!- berreó Lass desde lo alto de la tapa de la bodega blandiendo un cuchillo jamonero en una mano y un jamón de respetable tamaño recién empezado en la otra. Lo sujetaba por la caña mientras apoyaba la zona alta del anca en el suelo metálico. Continuaba teniendo su pulgar izquierdo vendado pero el color del vendaje distaba mucho de ser blanco. El patrón se quedó boquiabierto por la sorpresa y trepó de inmediato sobre la escotilla tapada de la bodega acercándose al cocinero marfileño.
Junto a él yacía un plato en el que estaban depositadas algunas lonchas que había conseguido cortar, el bermeano no salía de su asombro.

-Pero ¿qué estás haciendo?- interpeló al africano, el cual permanecía impasible y con una beatitud pintada en el rostro que hubiera sido para desternillarse de risa si no fuera por la trágica situación en la que se habían metido sin proponérselo.

-Ya ves, cortando el jamón, también tenemos que comer, es mediodía ya ¿no?- a Jon se le escapó una sonrisa ante la candidez de su cocinero, el tío los tenía cuadrados, de eso no había la menor duda.

-¿Y vamos a comer el jamón sin pan?- no se le ocurrió decir otra cosa al rubio

-No patrón, tenemos el pan que sobró de ayer ahí en una bolsa- respondió el moreno

-Pero ¿y los musulmanes? Ellos no pueden comer jamón- Jon pensaba en todo

-Hay otras comidas para ellos, no te preocupes, hemos subido todo lo que habíamos embarcado en la panga- Lass pensaba más que su patrón

-Ya veo ya, ¡manda cojones! Has desvalijado el barco antes de abandonarlo ¡eres la hostia! Has hecho bien Lass, con la única salvedad de que en un naufragio nunca hay que echar mano de alimentos salados. Si no aparece nadie por el lugar y hay escasez de agua potable puede convertirse en un problema muy grave- <<Siempre buscando pegas>> pensó Lass, pero se abstuvo de expresarlo <<Mira que es quisquilloso, pero bueno, está cumpliendo con su obligación>>

-De acuerdo patrón, si quieres tiro el jamón al mar- el marfileño siempre tan práctico

-¡Ahora no, coño!- estamos a bordo de un barco mercante, no nos moriremos de sed-

-Pues no sé qué decirte- intervino Eustaquio acercándose -Nos han prohibido entrar en la habilitación del barco, deben temer que nuestros piojos se apareen con los suyos y nazca una especie mestiza más voraz que las actuales-

-¡Será posible! y ¿quién ha sido el que nos lo ha prohibido?- preguntó Jon -Pero ¡si nosotros no tenemos piojos!- protestó acto seguido

-Ya lo sé hombre, debe ser el primer oficial, ese que está en el alerón- Somarriba miró hacia allí, efectivamente era Anatoli Stolypin, el segundo en rango del barco, pero obviamente cumplía órdenes del capitán.

-Bueno ¡muchachos, venid todos a comer!- gritó Somarriba -¡A los del mercante que les den por el saco!- añadió resoplando

Acto seguido comenzaron a acercarse los rezagados, se sentaron algunos directamente sobre la tapa y otros en los equipajes, masticaron lo poco que sus atormentados organismos estaban dispuestos a recibir. Varios africanos se atiborraban con un bote de mermelada en la mano cada uno, les encantan los dulces. Alguno incluso se estaba ventilando una lata de leche condensada al que previamente había hecho dos orificios, contrapuestos en la tapa, como había visto hacer al camarero.
Para amenizar aún más la fiesta aparecieron por allí algunos tetra-bricks de vino tinto de las tierras de Castilla de a litro, el bermeano balanceaba la cabeza a uno y otro lado << Si tardamos un cuarto de hora más en separarnos de nuestro barco, éste se trae hasta los colchones>> pensó <<¿Cuánto tiempo creería Lass que íbamos a permanecer en la panga?>> <<Pero de todas formas, mejor así>>

El rubio patrón bermeano dirigió su mirada hacia el puente del barco donde se cruzó con la del capitán del Este que les observaba con atención con su rostro impenetrable arrimado a uno de los grandes cristales templados del frontal del puente. El de Murmansk rehuyó la mirada, como avergonzado, había veintisiete náufragos sobre la tapa de la escotilla de la bodega que debía medir unos veinte metros de eslora por quince de manga. Hombres mal vestidos, mal comidos, sucios, soñolientos, carentes de descanso desde la víspera y dolidos en su amor propio. Que a unos náufragos se les trate así no está previsto en ninguno de los tratados internacionales que se han escrito negro sobre blanco hasta la fecha, pero era lo que habían cosechado en aquel inhóspito cascarón negro sin merecerlo.

<<Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen. Pero, ¡serán cabrones!>> pensó Jon.
El conjunto reunido sobre la tapa de la escotilla de la bodega número cuatro del carguero resultaba cuanto menos pintoresco, parecía una representación de titiriteros improvisada en un barco, con la salvedad de que los figurantes eran superiores en número a los eventuales espectadores, solo faltaba la cabra.

-Oye Jon- interpeló de repente Javier -He metido la radiobaliza en mi maleta-

-Está bien, mañana nos dirá el inspector lo que tenemos que hacer con ella-

El bermeano se acercó a Daniel y se preocupó por su estado, el marmitón se quejaba de que le dolía la rodilla y el costado si se movía, en cambio si permanecía quieto apenas le molestaban. En el costillar no se le notaba nada a la vista, sin embargo la rodilla estaba hinchada. Su patrón le tranquilizó diciéndole que no debía tener nada grave aparte del dolor propio del golpe y que nada más entrar en puerto sería llevado a un hospital.
La verdad es que se trataba de un paciente dócil en extremo, no se quejaba nada.

La panga de color azul claro del “Santa María” avanzaba raudo hacia el mercante con un tripulante blanco y otro moreno a bordo, otro cerquero galo, el “Cap Sant Pierre” se unió a la fiesta deteniéndose cerca. Los dos atuneros, casualidades de la vida, aunque pertenecientes a distintas empresas y pintados de diferente color (el último en llegar lo hacía de verde) eran gemelos, construidos en el mismo astillero y montaban la misma maquinaria. Tenían una capacidad de pesca en cubas de quinientas toneladas cada uno. Cuando la embarcación auxiliar del barco de Didier estuvo al costado Jon dijo al contramaestre:

-Koyo, vámonos al “Santa María”, a charlar un rato con los franceses-
Diez minutos después subían al alerón de babor del cerquero francés, Lito, al que ya se le había pasado el susto desde que pisara la cubierta del mercante les acompañó. Allí les esperaban el patrón, el capitán y el jefe de máquinas con rostros circunspectos.
Jon abrazó a cada uno de los tres, se conocían de Abidján. Curiosamente eran los tres propietarios del barco, lo habían adquirido de segunda mano dos años atrás y la cosa no les había ido mal en ese tiempo, Didier era un gran patrón de atunero además de fuerte como un oso. Usaba gafas, andaba por la cincuentena, era tan rubio como rubicundo y debía pesar unos noventa kilos, para su metro y setenta y cinco no estaba nada mal, parecía pertenecer a un equipo de rugby o de soka-tira.
Preguntaron al bermeano sobre cómo había sido el siniestro, Jon les narró el episodio lo mejor que pudo en su mal francés. Cuando el patrón bretón quiso saber cuánto pescado tenían a bordo y el bermeano le respondió que mil toneladas quedaron sorprendidos, la pregunta siguiente fue que cuánto tiempo llevaban de mar, Somarriba respondió que justo un mes, entonces la sorpresa se convirtió en asombro, nadie había pescado esa cantidad el último mes, ningún atunero de los que faenaban en el Atlántico se acercó siquiera.

Como es de rigor Didier preguntó a su homónimo sobre las zonas en las que habían hecho las capturas y el otro le respondió sin tapujos y de manera escueta pero sin faltar a la verdad, cosa que por otra parte para Jon hablar de pesca en tiempo pretérito carecía totalmente de importancia, ya no tenía valor.
Les pusieron un botellín de cerveza fría en sus manos y bebieron con deleite, les invitaron a comer, les preguntaron si necesitaban algo. Declinaron con educación todos los ofrecimientos porque nada echaban en falta de lo que podían darles los franceses, pero expresaron su gratitud a aquellos hombres rudos como ellos, pescadores experimentados fajados en mil batallas contra los elementos. Padecían las mismas miserias que ellos estaban acostumbrados a sufrir, eran colegas y se solidarizaban.
Mientras charlaban, el patrón francés manejó su barco hasta las inmediaciones del siniestrado y lo bordeó al mínimo de velocidad a tan solo dos esloras de distancia.

La gran chimenea de acero estaba retorcida por la altísima temperatura alcanzada, la red había desaparecido, en su lugar quedaba solamente la cadena de acero de dieciséis milímetros que había conformado su relinga inferior, cubierta de cenizas. Todos los cristales templados de las ventanas de la habilitación habían desaparecido, estallaron a causa del horrible calor durante la noche, a través de las aberturas rectangulares se veía con meridiana claridad que el interior continuaba en llamas, aunque con menos virulencia que al amanecer.
El que había sido el patrón de lo que ahora era un despojo humeante observó que la popa estaba hundida, y eso teniendo en cuenta que faltaban la red y la panga. La víspera, el barco estaba ligeramente aproado a causa de la importante cantidad de pescado que albergaban sus cubas aún a pesar de que tenía ciento veinte toneladas más de peso sobre su popa.
Para Jon era signo inequívoco de que la sala de máquinas del barco de sus amores estaba inundada, en cuanto alcanzara la parte superior e invadiera inexorablemente el parque de pesca el barco se hundiría sin remisión.
Como si leyera sus pensamientos Didier exclamó en francés:

-Jon, ese barco no se hunde- movía su cabeza a izquierda y derecha

-¡Que no se hunde, no me jodas Didier!, si ya está medio hundido-



Evidentemente el bretón no conocía aquel barco como el vasco.
Media hora después y con francos apretones de manos se despedían de los franceses que con tanta hospitalidad les habían tratado, y regresaron al carguero.
Didier les había dicho antes de marchar que dado que no aparecía nada de pesca por parte alguna no había prisa por partir, y que por lo tanto permanecerían en el lugar hasta la llegada del “Alborada Diez” por si necesitaban algo.

Justo acababan de poner los pies en la cubierta del mercante de nuevo cuando Víctor, el segundo vino a ofrecerles en nombre del capitán el cuarto de duchas de la marinería del barco para que pudieran asearse, allí encontrarían jabón y toallas limpias además de agua caliente. Para los oficiales del barco siniestrado les habían reservado las de los subalternos.
Lito comenzó a despotricar en gallego en contra del capitán del carguero siendo secundado inmediatamente por Lucio, Jon quiso aplacar ánimos.

Poco a poco comenzaron a desfilar hacia el interior de la habilitación del veterano barco guiados por algunos tripulantes del mismo, y minutos después disfrutaban de una reconfortante ducha caliente en unos baños que debieron ser diseñados en el Cretácico Superior por lo menos, había tuberías de hierro oxidadas por todas partes. La estancia era de chapa de acero sin recubrimiento alguno, simplemente había sido pintada algún día de blanco sobre la imprimación de la chapa. Las pequeñas baldosas del suelo que originalmente habían sido también blancas estaban rajadas o rotas la mitad de ellas. Ni siquiera había unas míseras cortinas de plástico para los pudorosos, Jon pisó con asco aquellas baldosas temeroso de hacerse un corte en la planta de un pie. <<Señor ten piedad>>, pensó cabreado.
Después de la mojadura se fueron congregando paulatinamente en su “punto de reunión”, que no era otro que la tapa de la escotilla de marras.
Algunos tripulantes guardaban algo de tabaco en sus equipajes y compartieron con los que no tenían, al patrón le supo a gloria cuando encendió un cigarrillo rubio que le largó Julián, la espera así se hacía menos odiosa.
El “Apóstol Segundo” permanecía a unas tres millas de ellos con la humareda bastante disminuida en comparación a la de esa mañana, además el humo ya no era negro, si no más bien blanquecino. Por lo visto se estaban agotando los combustibles de muy variada índole que había almacenado el cerquero, desde gasoil y aceites hasta cabos sintéticos pasando por pinturas, disolventes y un sinnúmero de productos inflamables más.
Faltaba una hora aproximadamente para el anochecer cuando a Jon se le iluminó la bombilla, atrapó uno de los walkie-talkies y llamó a Didier, éste le respondió casi en el acto. Pidió al colega que le enviara su panga para trasladarse hasta el “Santa María”, quería ver su barco por última vez, el otro accedió de inmediato.
El “Cap Sant Pierre” había desaparecido del lugar un par de horas antes, allí no tenía absolutamente nada que hacer.


En pocos minutos la panga de color azul claro estaba al costado del buque mercante y embarcaron en ella Jon, Sabino y Koyo. Una vez a bordo del “Santa María” el bermeano pidió por favor a su homónimo bretón que acercara su barco al siniestrado para verlo por última vez, éste accedió sin rechistar.
Los barcos a la deriva abaten de diferente manera máxime si son distintos, en esos momentos el cerquero galo estaba a tres esloras del carguero ruso, pero el barco siniestrado distaba de ellos unas tres millas naúticas, tardaron poco más de un cuarto de hora en situarse a dos esloras de su objetivo, antes, cuando estaban a media milla Didier puso el motor al ralentí, la arrancada hizo el resto.
Giraron muy despacio una revolución completa alrededor del desecho flotante que contemplaban con conmiseración los tripulantes del “Santa María” y con dolorosa congoja los otros.

El incendio allí debió ser espantoso para cocer las gruesas planchas de acero hasta ponerlas al rojo por el exterior.
Los costados del casco que habían sido azules ahora tenían un color indefinible mezcla de gris y pardo en toda la extensión de la cubierta principal llamada parque de pesca en todo atunero de dos onerlas al rojo y hacer que desaparecieran las capas de pintura e imprimación hasta por la cara exterior. La gran cantidad de aceite hidraúlico almacenado en su tanque situado a popa de la banda de estribor había hecho bien su trabajo.
No quedaba entero un solo cristal templado de las ventanas y portillos, excepción hecha de los de la cofa, se habían quemado hasta los radiadores de los radares que estaban instalados sobre el techo del puente a cuatro metros de altura.
Irremediablemente los latiguillos hidraúlicos de las maquinillas de cubierta y de los distribuidores del parque de pesca se habían calcinado también derramando el aceite contenido en el circuito, además, al quedar sin presión alguna el sistema, los frenos de algunas maquinillas habían cedido y en consecuencia la gran pluma principal con sus ostas de trincado flojas se balanceaba penosamente con las lentas oscilaciones del barco.
Aparte de esto, en su extremo el gran halador de red o power-block de poco menos de cuatro toneladas con su aparejo de trincado también flojo se movía violentamente golpeando con estrépito contra su propio trapecio de apoyo. No sería de extrañar que antes de que el barco se hundiera quedara desarbolado.

La popa del navío herido estaba más hundida que a mediodía, ahora la calma chicha era casi total y aún así el agua llegaba hasta las letras que componían el nombre del barco en ambas aletas, aquellas letras blancas sobre azul que normalmente se mantenían por lo menos a un metro de la flotación. Eso que como es obvio faltaban de la popa la red y la panga, como ya he dicho antes. El atunero de cerco estaba irremisiblemente condenado.
Jon Somarriba estaba absolutamente acongojado, anonadado, humillado y un sinfín de cosas más que no se pueden describir con palabras, el despiadado Destino le había arrancado un pedazo de su vida inflingiéndole al mismo tiempo uno de los peores castigos que se pueden administrar a un ser humano, marino de profesión y patrón de barco por añadidura, la pérdida de “su” barco, lo cual producía al bermeano un inmisericorde dolor irracional, infrahumano.
Doce años de lucha sin cuartel se iban al carajo, muchos sinsabores, discusiones, modificaciones, mejoras, trabajo, mucho trabajo codo con codo con sus hombres, él mismo, el patrón del barco en innumerables ocasiones con las manos negras de grasa o de cualquier otra porquería. Cuántas veces había terminado la jornada derrengado por haber trabajado en cubierta hasta las nueve o diez de la noche, todo por lograr limar uno por uno los defectos que había heredado cuando embarcó por vez primera en aquella nave de la cual se había encariñado como si fuera su segunda esposa.
Por no hablar del tema del arte o red de cerco de jareta. A lo largo y ancho período de aquellos malditos doce años habían pasado de tener sobre la popa un inmundo y obsoleto montón compuesto de viejos harapos de nylón y cadena exigua y oxidada de otrora a un arte por lo menos decente conseguido a base de un sinfín de correcciones, añadidos y discusiones. Eso sí, nunca jamás en el período citado habían albergado una red completamente nueva en su alojamiento popel, pero bueno, por lo menos la que se acababa de achicharrar había sido seminueva y de dimensiones y hechuras al gusto del rubio patrón bermeano.
Y ahora, después de mil modificaciones y peleas, después de mil sinsabores así como también algunas satisfacciones porque por ejemplo, todas las reformas por él aconsejadas habían dado un resultado satisfactorio, y cuando el barco de sus amores estaba por fin al noventa por cien de efectividad, se le iba al infierno.
No soltó una sola lágrima en ningún momento para por lo menos descargar la rabia contenida que le embargaba, no pudo, estaba seco.


-El barco se va a pique, Didier, ignoro cuánto tardará pero se hunde- soltó Jon

-Sí, sin duda alguna, así es amigo mío, ese barco se va a pique, no creo que vea el Sol de mañana- corroboró el francés

-Yo creo que se va a pique esta misma noche- opinó Jean, el capi bretón

-Se va a pique en horas- exclamó Sabino -En cuanto el agua comience a invadir el parque de pesca, adiós- añadió

-Vámonos a la vera del mercante ruso, Didier, gracias por acercarnos, eres un amigo-
agradeció el gesto el patrón bermeano dando una palmada en la espalda al otro.

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Menuda tragedia! Aunque sin víctimas humanas, y eso es lo más importante

Menos mal que fué tiempo atrás. Si fuese hoydía sería una tragicomedia emitida en streaming, ilustrada con miles de selfies con “atunero ardiendo en segundo plano”.
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Es imposible convencer a un terraplanista de que la tierra es plana _/)
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TXELFI (07-06-2020)
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Hola Txelfi!

Este hilo es para imprimirlo y encuadernarlo

Todo un libro de vivencias con sabor a espuma y sal

Como le dije a Traba, siga dando esplendor a La Taberna maestro!!

Salu2
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Comenzaba a oscurecer cuando una vez más pusieron los pies en la cubierta del “Captain Saieski”, cuyo capitán debió estar esperando su regreso porque de inmediato envió al segundo oficial de nuevo con el recado de que podían reunirse todos en el comedor de subalternos donde les sería servida la cena.
En unos minutos estaban todos contemplando curiosos el amplio local rectangular de diez metros por seis donde entraban todos los naúfragos sin agobios, y que estaba situado en la banda de estribor de la planta baja de la habilitación del barco.
Las paredes, techo y suelo de la estancia así como el mobiliario estaban confeccionados de manera espartana, con materiales baratos y sencillos, y colores sosos donde predominaba el beige claro. No había ni una sola concesión de cara a la galería en aquel local, cosa que por otra parte iba en consonancia con el resto del barco.
La cena en cuestión consistía en un par de huevos fritos acompañados de una salchicha que parecía sintética, por cabeza. Los musulmanes rehusaron en principio ingerir la salchicha de un color sospechosamente blanquecino, barruntando que pudiera contener carne de cerdo, pero el camarero les juró y perjuró que eran de caballo, así es que cuando se decidió el panguero a darle un bocado los demás le imitaron poco a poco. Para beber les suministraron una lata de cerveza por barba a los católicos y una de refresco de cola a los musulmanes.
Después les facilitaron dos cafeteras calientes de unos dos litros cada una llenas de un líquido que tenía un color parecido al té pero que en lugar de tener su sabor parecía más el agua donde habían cocido un viejo saco de esparto. El camarero que les sirvió y que atendía al nombre de Boris Trotski, tuvo la amabilidad de suministrarles un azucarero de plástico mediado de azúcar, unas tazas de loza y algunas cucharillas, además de un par de latas de leche.

-No se van a arruinar los cabrones- protestó Lito gruñendo

-¡La madre que les parió!, esta gente no tiene corazón- le apoyó Julián

-Desde luego todo esto no es muy normal- opinó Jon

-En menudo estercolero nos ha tocado caer- vomitó con rabia Sabino

-Me parece que éstos tienen la despensa vacía, mi hermano- soltó Israel

Después del ágape, Lito, como no podía ser menos sonsacó a Boris quien le informó que estaban mal de víveres porque hacía mucho tiempo que no habían recibido suministro. El gallego le preguntó si no tenían Entrepot a bordo, pues estaba interesado en adquirir una botella de lo que fuese para acortar el tiempo de espera hasta puerto, pero el marino mercante negó con la cabeza, solamente les quedaba tabaco de pacotilla.
Eso sí, generosamente aquel hombre alto, huesudo, rubio y de unos cuarenta y cinco años regaló al marinense una botella de medio litro de vozka ruso de su propiedad, era lo único que podía ofrecerle. Lito la aceptó encantado y como compensación Eustaquio entregó al camarero cuatro cajetillas de un conocidísimo tabaco rubio que el otro recibió con visible satisfacción. El primer mecánico no fumaba y carecía de tabaco en su equipaje.
Aprovechando la coyuntura Jon preguntó a Boris los nombres y apellidos de todos los oficiales del barco y los anotó en un papel que después guardó.

Aquella botella no alcanzaba para mucho pero la repartieron como hermanos en las mismas tazas que habían utilizado para “degustar” el anterior brebaje, a razón de un chupito por cabeza entre los nueve que quisieron catarlo.
Ningún otro de los tripulantes de aquel carguero se dignó en obsequiar a los caídos en desgracia con una mísera botella de lo que fuese o unos cigarrillos.
Eso sí, momentos después del trueque apareció por allí un individuo de rostro patibulario y enfundado en un mono azul que increpó al camarero con rabia. La discusión fue breve pero tensa y al término de la misma el malencarado espetó mientras se alejaba:

-¡Sraka!- (1)

-¡Yob tvoiu mat!- (2) respondió Boris escupiendo en el suelo a continuación

-No parece que sean amigos- opinó Sabino

-Creo que el camarero se ha acordado de la madre del otro- corroboró Jon

-Vete a saber lo que ha pasado, a lo mejor le negó con anterioridad que tuviera alcohol y ahora se lo echa en cara el caraculo aquel- reflexionó Lito


Eustaquio entregó a Jon todas las cartillas de navegación, de vacunaciones y los pasaportes de los tripulantes naufragados excepto los suyos y el bermeano los guardó en su maleta junto con la de él y el pendrive con su libro inacabado, junto con los documentos personales de los tripulantes, el capi le entregó un par de cajetillas de tabaco rubio para compartir con los escasos fumadores que había entre sus hombres.
A las diez menos cuarto el “Alborada Diez” estaba parado y con todas las luces del exterior encendidas a tres esloras de ellos. Enviaron su panga al costado del barco ruso y Eustaquio embarcó en la misma acompañado de su mochila y su maletín, después cogieron la panga del barco siniestrado de remolque y se fueron despacio hacia el cerquero que había salido de puerto la víspera.
Al poco Somarriba recibió en su walkie-talkie la llamada de Didier que le comunicó que ya no hacía nada allí y que se marchaba a buscar pesca, se despidieron cordialmente ambos patrones.
Alfonso, el patrón del “Alborada Diez” llamó a Jon a su vez para comentar con él los pormenores del asunto, Eustaquio quedaría allí en su barco custodiando al “Apóstol Segundo” hasta que se hundiera, después se dirigirían a puerto con la panga de remolque.
Se despidieron los dos paisanos y Somarriba ascendió hasta el puente del “Captain Saieski” para advertir a su capitán de que estaba todo claro y podía poner proa al puerto de Abidján sin la menor pérdida de tiempo.
Minutos después el veterano cascarón negro se ponía en movimiento ¡y de qué manera!
Por lo visto aquel motor propulsor no necesitaba de calentamiento progresivo ni zarandajas por el estilo tan en boga con los motores modernos, porque en un tiempo récord aquel barco evolucionaba al rumbo Este-nordeste a una velocidad sostenida de 17 nudos, lo que no había alcanzado jamás el “Apóstol Segundo” aunque estuviese en lastre y navegara a toda máquina. Lo máximo que le habían sacado navegando a toda por la ría de Vigo fueron 16.

En sus numerosos viajes por los diversos puertos del Atlántico, Índico y Pacífico, la mayoría de los pescadores de atún habían conocido barcos frigoríficos de los cuales algunos eran rusos, que se habían diseñado en su día para transportar frutas desde el Trópico hasta cualquier parte del mundo. Estos barcos tienen que ser necesariamente muy rápidos para poder realizar su cometido sin que se deteriore la carga, y en consecuencia suelen ser naves de manga estrecha y muy afilada carena además de generosa caballería.
Esencialmente se tratan de cascos semejantes a traineras gigantes ideados para correr, dejando en segundo término la capacidad de carga.
No son raros los barcos frigoríficos fruteros que alcanzan velocidades máximas cercanas a los treinta nudos.


(1) Sraka= Mierda, en ruso
(2) Yob tvoiu mat= Jode a tu madre, el insulto favorito de los rusos.


Por ejemplo, meses antes transbordaron la pesca capturada a un ex-frutero ruso que tenía una capacidad de carga de cuatro mil quinientas toneladas y estaba propulsado por un motor Diesel de once mil caballos, alcanzaba los veinticuatro nudos.
Obviamente tanta potencia en proporción al porte del barco no se da en ningún otro tipo de buques mercantes, de hecho el “Captain Saieski” tenía más toneladas que caballos, de ahí que eso unido a su avanzada edad fuera sorprendente que navegara a tanta velocidad sostenida aunque estuviera en lastre.

Reunidos en el convex de babor y con una oscuridad solo mancillada por la siempre tardona Selene en cuarto creciente que asomaba por entre las algodonosas nubes blancas, los oficiales del barco siniestrado fumaban mientras admiraban la fantástica velocidad adquirida por aquel navío vacío de carga.
Estaba claro que el capitán ruso tenía prisa, y como es natural a los naúfragos no les desagradaba en absoluto las prisas del personaje esta vez.
Curiosamente y a pesar de que el motor propulsor del barco mercante giraba a un régimen cercano al máximo, el sonido que emitía a través del gran tubo de escape que emergía de la chimenea era muy contenido, al menos desde cubierta. El silenciador de escape cumplía bien su cometido, a buen seguro debía ser gigantesco porque lo que escuchaba era un apagado y lento BUM BUM BUM BUM. El veterano carguero apenas se movía, y el poquísimo balanceo era de un período muy lento, la calma chicha acompañada de la Luna hacía que el mar pareciera una gran balsa de aceite aquella noche.

Esta vez fue el primer oficial el que se les acercó con la noticia, el Segundo estaba acostado, tenía guardia de doce a cuatro, y el capitán descansaba también.
Podían pasar la noche los oficiales en el comedor de oficiales, y el resto en el de subalternos, es decir, en el mismo en el que habían “cenado” todos.
Rendidos, mejor dicho muertos de sueño y de cansancio se retiraron a sus respectivos “aposentos”. Jon se tumbó sobre un sofá de sky color granate de los varios ubicados en aquella amplia estancia de mamparos color verde claro, suelo gris y techo empanelado blanco. Incluso en los rincones había algunas plantas que sobrevivían en unas macetas improvisadas de respetable tamaño obtenidas de pequeños bidones de plástico que habían contenido originalmente productos químicos del departamento de Máquinas ¡todo un lujo! ¿Os dais cuenta? plantas de verdad.
Afortunadamente el sistema de aire acondicionado de aquel viejo cacharro era más débil que la ventosidad de un virus, porque en caso contrario los naúfragos se hubieran muerto de frío, dado que ni una manta les fue facilitada.
Somarriba, Porriño y Olivares estuvieron un rato de charla, pero después la estancia quedó en silencio solo interrumpido por el oficial de puente y el de máquinas que a intervalos regulares de aproximadamente media hora les “visitaban” invariablemente con sendas aperturas y cierres de puertas tanto del comedor como del frigorífico que había allí, aparentemente buscaban agua fría para beber.
Jon sospechó que estaban siendo vigilados por orden del capitán Sokolov, ¿qué temían los rusos de unos pescadores caídos en desgracia?, misterio.
Media hora después de acceder a aquel lugar Israel roncaba sonoramente y Somarriba se revolvía cabreado, para él era de todo punto imposible dormir en aquellas condiciones. ¿Cómo iba a dormir así si le costaba hacerlo en una cama? Sabino se encontraba en parecida tesitura, pero éste era más impaciente, hora y media después de entrar en aquel lugar se hartó de repente y salió a tomar el aire.
La noche no fue lo que se dice agradable para la mayoría de los naúfragos, pero hubo de todo, algunos como Israel roncaron como benditos durante horas y otros como Jon o Sabino no cerraron ojo, de todo hay en la viña del Señor.
Amaneció a las seis y Lito se encargó de recordárselo a todos los oficiales por si no se habían enterado:

-Buenos días, ya es de día y se ve tierra- anunció con media sonrisa -Hay café y galletas en el comedor de anoche- agregó

-¡Ostia! café y galletas, nos estás tomando el pelo- exclamó Javier

-Habrá que acercarse antes de que se terminen, mi hermano- dijo Israel incorporándose rápidamente

Marcharon por aquel laberinto de pasillos hasta llegar al comedor de subalternos. Efectivamente había café, leche y galletas, eso sí, de éstas últimas no había muchas, pero supieron a gloria a los maltrechos pescadores medio despiertos que se movían como zombis. Después del frugal desayuno se lavaron la cara con agua fría en el baño donde se habían duchado la víspera y a continuación salieron al convex de babor desde donde pudieron contemplar sin esfuerzo las playas próximas a Gran Bassan por su parte occidental, algunos cayucos de pesca e incluso también pequeños sardineros de cerco que regresaban a puerto. No se divisaba el Sol aquella nubosa y fresca mañana otoñal, solamente se dejaba vislumbrar su claridad por Oriente.
Un poco más al Este, ya casi en la bocana del canal de Vidri, media docena de buques mercantes de diversa índole y tamaño esperaban fondeados su entrada en puerto.
A las siete menos cuarto el motor propulsor del buque mercante comenzó a perder revoluciones hasta detenerse por completo, con la arrancada llegaron hasta las inmediaciones de la boya AN, el lugar habitual donde se toma y se deja al práctico en aquel puerto, uno de los más importantes de todo el África Occidental.

Justo en el momento en que la máquina del carguero ruso arrancaba atrás a Media Máquina Víctor Azark avisaba a Jon Somarriba que subiera rápidamente al puente pues tenía conferencia telefónica.
Medio minuto después el bermeano cogía el microteléfono de manos del capi, Iván Sokolov:

-Jon al aparato, buenos días-

-Buenos días Jon, soy Emma ¿cómo estáis?-

-Estamos bien Emma, gracias, encantado de escuchar tu voz. Solamente el marmitón necesita asistencia sanitaria, tiene un fuerte golpe en una rodilla y otro en las costillas- -- Estamos informados. Nada más estéis aquí en el muelle de SOGEM le enviaremos al hospital en coche, no te preocupes.
Te llamo para decirte que el remolcador “Teck” ha salido a buscaros porque sois muchos para poder transbordaros en una lancha. El mercante que os trae se niega a entrar en puerto-

-De acuerdo guapísima, a mí me importa un comino quién nos meta en puerto con tal de que sea pronto, para poder asearnos y mudarnos como Dios manda-

-Comprendo Jon, pierde cuidado porque en unos minutos tendréis ahí al remolcador y en menos de una hora estaréis aquí. Os estaremos esperando con Edurne Orbe, la Embajadora, está aquí conmigo para sellaros las cartillas de navegación, después os transportaremos al hotel Ivoire Star de inmediato-

-Está bien Emma, de acuerdo y hasta luego- terminó el patrón

El bermeano hizo lo mismo bajo la atenta mirada de Iván, Anatoli y Víctor y les comunicó en su pésimo inglés de que un remolcador venía hacia ellos para recogerles.
El primero de ellos extendió su brazo derecho hacia tierra y Jon girando su cabeza pudo ver cómo el “Teck” había salido ya de la bocana y se dirigía hacia el mercante negro levantando una gran rompiente de espuma nívea.
Jon estrechó la mano de los tres marinos mercantes y solamente acertó a decirles <<Tank you very much>> y <<Good bye>>. Después descendió las escaleras metálicas rápidamente.
Los rusos como de costumbre, habían sido también parcos en palabras a la hora de despedirse, lo hicieron con monosílabos como <<Dásvidantya>>, <<Udáchi>> o <<Shchaslíva>>, aquellos personajes ahorraban hasta en saliva.


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Predeterminado Re: Historias de la pesca del atún tropical

La virgen del Carmen, solo he estado cinco días fuera y la que se ha liado. Acabo de llegar, me pongo cómodo y a enfriar unas verdes para saborear los nuevos capítulos. Resuman verdad sin las estridencias ni adornos de las novelas clásicas de mar. Txelfi, una vez más gracias.
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-¡Recoged toda la impedimenta!- ordenó Jon a sus hombres -Ahí viene el remolcador “Teck” a buscarnos- añadió señalando con el brazo el rechoncho barco de treinta metros y tres mil caballos pintado de negro y blanco que en esos momentos reducía de marcha con estruendo y casi de golpe a doscientos metros del costado del “Captain Saieski”.
Numerosas sonrisas afloraron entre los rostros de los pescadores de atún, cinco minutos después la roda protegida por grandes cilindros de caucho negro, o sea, el punto más elevado del casco del remolcador contactaba con el costado del carguero y Koyo auxiliado por Ferdinand desplazó la escala de práctico para que comenzaran a descender. Una vez varios naúfragos sobre el castillo de proa del “Teck” sus compañeros comenzaron a arriarles los equipajes ayudados por un cabo, y en un cuarto de hora el pequeño barco se separaba del grande al tiempo que desde ambas naves numerosas manos se agitaban en señal de despedida.
Mientras el más pequeño ponía proa a la bocana del canal de Vidri al tiempo que ganaba velocidad, el más grande, ante los atónitos ojos de Jon Somarriba daba avante tres cuartos poniendo rumbo Oeste con un penacho de humo negruzco sobre el extremo de su chimenea.

-¡Manda cojones!, ahora va a resultar que Douala está al Oeste de Abidján, ¡lo que aprende uno en estos tiempos!- dijo asombrado

-¿No te dijeron que iban a Camerún?- preguntó Sabino

-¡Pues eso!, y ahora ponen proa a Occidente, aquí huele a cuerno quemado-

-Vete a saber a qué se dedica ese barco- desconfió Javier

-Piensa mal y acertarás- agoró Jon -Económicamente no les interesa declarar que van a Douala porque casi les pillaba de paso. Si su destino es un puerto que está más al Oeste que Abidján, en principio les convenía decirlo porque ahora tienen que retroceder, con lo que la distancia recorrida y el tiempo perdido de su ruta es mayor y por tanto más importante la cantidad a cobrar del seguro de nuestro barco. Sin embargo han mentido, con lo que cobrarán menos, con el consiguiente perjuicio para su armador ¿porqué?-
Razonó el rubio a sus muchachos elevando la voz para poder ser oído por encima del atronador ruido proveniente del tubo de escape del poderoso motor propulsor del remolcador cuyo trabajo distaba mucho del que estaba realizando en aquel momento.
Habitualmente se dedicaba a ayudar a atracar y desatracar barcos mercantes dentro del puerto, es decir, tirar y empujar con sus cuarenta y cinco toneladas de potencia de tiro a punto fijo.
Ahora navegaba por el canal en dirección a Lagune Ébrie a diez nudos levantando grandes olas a su paso. Trescientos metros antes de llegar al pontón cargadero de combustible en el que estaba amarrado un moderno buque tanque pintado de color butano que habitualmente transportaba gasolina y de seis mil toneladas llamado “Rikiziano”, el patrón del remolcador amoderó la máquina al mínimo para evitar un estropicio a causa de los balances que podrían provocar sus olas en el buque-tanque.
Una vez rebasada la posición del barco con matrícula de Palermo el motor propulsor del “Teck” bramó de nuevo con fuerza.
Jon y Lito se habían sentado sobre una caja metálica pintada de rojo que contenía chalecos salvavidas, estaban un poco separados de los demás, el gallego hizo una confidencia al vasco:

-Vaya cabronada, estaba aprendiendo con el americano más cosas que con todos los anteriores maquinistas juntos, y ahora se va todo a la mierda, vete a saber lo que ocurrirá con nosotros-

Lito llamaba americano a Porriño porque éste había trabajado en cerqueros de la flota americana durante años.


-Tranquilidad, esperemos que nuestros armadores echen el guante pronto a otro barco-

Después del largo paseo de boya en boya que a Jon le pareció absurdo, atracaban frente al edificio de la SOGEM, donde les esperaban la Embajadora Edurne Orbe Rodríguez, Emma, Óscar y Diamé. Noemí estaba de vacaciones.


Jon saltó a tierra el primero y saludó con sendos besos en las mejillas a Emma y estrechó la mano a los demás, después se dirigieron a la fachada del edificio de la consignataria frente al cual estaban aparcados los vehículos de los presentes, entre ellos el mercedes verde intenso de la Sra. Orbe, al patrón bermeano le sorprendió gratamente la juventud de aquella mujer para el cargo que ocupaba, no aparentaba ni cuarenta. A buen seguro debía ser muy capaz en su trabajo. Era morena, con su largo cabello negro como el azabache desparramándose en cascada sobre sus hombros y espalda, delgada y de mediana estatura, más tarde supo el bermeano que era natural de Alcalá de Guadaira (Sevilla).

Somarriba extrajo de su maleta los documentos personales de la dotación y entregó a Diamé el pasaporte, la cartilla de vacunaciones y la cartilla de navegación de Daniel que estaba acomodado en el coche que usaba el enjuto marfileño con gafas. Inmediatamente se puso al volante y partió rumbo al hospital. Jon y Edurne usaron la tapa del portamaletas de la gran berlina alemana como mesa improvisada, y mientras el bermeano firmaba codo con codo con la sevillana, ésta sellaba las cartillas de una en una. El rubio no pudo por menos de pensar << Madre del amor hermoso, qué bien huele la condenada, debe ser un perfume francés carísimo. Yo en cambio para ella debo oler a verraco, con esta ropa sucia ¡maldita sea mi estampa!. Creo que lo entenderá, no es tonta, supongo>>.

En el lugar correspondiente a motivo del desembarque, Jon escribía con un bolígrafo negro que le había facilitado Emma, Naufragio, después firmaba en el lugar reservado para el capitán del buque. <<Qué color de tinta más apropiado para hacer el trabajo que estoy haciendo>> pensó el bermeano.
En menos de media hora había terminado aquel episodio, la joven y guapa embajadora muy amable y simpática a su vez, ofreció a Jon que la llamara sin dudarlo por teléfono si necesitaban ayuda para lo que fuese y le entregó una coqueta tarjeta oficial en la que estaban todos los datos, después se despidió con una sonrisa franca estrechándole la mano.
El bermeano aprovechó para comunicarle que al siguiente día tendría en la Embajada la Protesta de Averías, tan pronto como Emma lo transcribiera todo a máquina.

-No te preocupes capitán, en un caso como éste aunque fuera pasado mañana no pasaría nada- respondió ella amablemente

-Pero me interesa presentarlo mañana señora, seguramente volaremos por la noche tanto yo como los testigos que presentaré-

-Llámame Edurne, lo de señora me hace parecer mayor. Si quieres te acercas mañana a la Embajada, y si no vete tranquilo a tu hogar junto con tus muchachos. Recibiría tu Protesta de manos de Emma y la admitiría a trámite en el acto, no tendrás problema alguno. Por cierto, tampoco es necesario que te presentes con testigos, para mí es suficiente con tu palabra. Donde tendréis que testificar es ante la compañía aseguradora en España, pero de todas formas, testigos en realidad lo sois todos los miembros de la dotación-

Eso es cierto Edurne, de acuerdo, si está pasado todo a limpio a tiempo me pasaré por allí mañana, en caso contrario te lo entregará Emma. De nuevo gracias por todo-

-De nada Jon y si no nos vemos, buen viaje y disfruta de tus vacaciones- terminó la agraciada mujer con otra sonrisa radiante

A continuación se acomodó en su berlina y encendiendo el motor hizo marcha atrás, un minuto después desaparecía por la entrada al recinto.

-Vamos a necesitar dinero Emma, para comprar ropa por ejemplo, en mi caso estoy con lo puesto, lo he perdido todo- solicitó el Patrón

-No te preocupes, ahora mismo llamo a tu oficina en Galicia y antes de mediodía tendréis el dinero en vuestro hotel- respondió ella -¿Quieres llamar por teléfono a casa?- preguntó

-Sí gracias, quiero tranquilizar a mis familiares. Por cierto, la Edurne esa parece una persona legal ¿no?-

-Es una tía cojonuda, espero que esté aquí muchos años- respondió Emma

-¿Cuántos años tiene?, es joven para su cargo- curioseó el bermeano

-Cuarenta y cuatro- respondió la de los anteojos con una media sonrisa

-¡Cáscaras!, no aparenta ni cuarenta, ya me parecía a mí-


Subieron los escalones que le separaban con la primera planta acompañados de Óscar y la consignataria marcó el número de su hogar. Charló brevemente con María asegurándole que no había sufrido daño alguno, ante los lamentos que pronunció el rudo pescador referentes a su desgracia y la incertidumbre creada sobre su futuro embarque y el tiempo que tardaría en hacerlo, la de Mungía soltó una frase que sorprendió sobremanera al bermeano <<Que nuestros bienes sirvan para mitigar nuestros males>>. María no era muy dada a las frases poéticas y dejó boquiabierto a su marido, después se despidió de su esposa y pidió a Emma que marcara el número de la oficina de su empresa armadora.
El hijo segundo de José Alosno se puso al aparato y le dio la no por esperada menos trágica noticia:

-Hola Jon, buenos días, por decir algo- hablaba suave, con pena

-Buenos días José Miguel, lo de buenos días efectivamente es por decir algo-

-Hemos recibido la llamada de Eustaquio desde el “Alborada Diez” notificándonos el hundimiento del “Apóstol Segundo”. Ha sido a las siete de la mañana de ahí, es decir hace una hora- explicó lacónico

-Vaya por Dios. Estaba cantado José Miguel, el barco lo vi abrasado por las llamas-

-Bueno, eso ahora ya no tiene solución. A partir de hoy es cosa del seguro, esperemos que no tengamos problemas y encontremos otro que lo sustituya en breve. Te habrá dicho Jaime que tenéis que redactar un informe detallado de lo sucedido-

-Afirmativo, además no hace falta que nos lo diga, es obvio que tenemos que presentar una Protesta de Averías en la Embajada en el plazo máximo de veinticuatro horas contadas a partir de nuestro realojo. En cuanto llegue al hotel me pondré manos a la obra porque Eustaquio no llegará aquí hasta mañana a mediodía como más pronto, porque vienen con la panga de remolque y no pueden correr mucho, de todas formas conozco el procedimiento de memoria así es que esta tarde estará lista-

-De acuerdo, gracias Jon. Finalmente mi padre no ha volado, dada su edad se lo hemos desaconsejado los hijos y ha accedido a regañadientes a quedarse aquí. Esta mañana debe haber llegado Jaime ahí-

-Conforme José Miguel, en unos días supongo que nos veremos por ahí, un abrazo-

-Mi hermano Juan Ignacio acaba de dar orden a Emma por el otro teléfono de que te sean entregados cuatrocientos mil francos CFA para vuestros gastos, adminístralos como veas conveniente, adiós y un abrazo-

Gracias y hasta la vista- finalizó Jon y colgó.

-Ya se ha hundido- dijo el rubio con voz fúnebre mirando a Emma y Óscar

-Bueno, estaba previsto ¿no? Además si estaba achicharrado quizá sea mejor- opinó ella

-Estaba muy achicharrado Emma. De no hundirse no creo que mereciera la pena su reparación. Está claro que mejor así, aunque no sé lo que pensará el seguro- se preguntó el rubio encogiéndose de hombros

-Aparte de los gastos de llevarlo de remolque a un astillero y demás. Por cierto ¿cuánto pescado teníais a bordo?- preguntó Óscar con un hilo de voz.

-Mil toneladas, y llevábamos justo un mes de mar, salimos como sabes el 17 de Marzo y abandonamos el barco el 17 de Abril-

-¡Caramba!, qué pena Jon, que yo sepa nadie ha pescado tanto en el último mes- exclamó el marfileño de los gruesos befos sorprendido

-Crueldades del destino, las desgracias siempre nos suceden a los desgraciados-

-¡No digas eso hombre!, te ha tocado la lotería mala y punto, ya verás cómo más pronto que tarde tendrás otro barco- animó Emma en un susurro dándole una palmada en un brazo con su mano

-Eso es lo que me ha dicho el jefe, que se van a poner manos a la obra de inmediato para buscar un sustituto. Aún así como mínimo se irán unos meses o a lo peor un año al carajo ¡con lo bien que íbamos!-

-Qué le vamos a hacer, dale gracias a Dios de que estáis todos bien, barcos hay muchos e incluso se construyen si hace falta- animó Óscar

-En eso estoy de acuerdo. Bueno chicos, hay mucha gente esperando, nos vamos al hotel- quiso despedirse Jon

-De acuerdo, tengo pasajes para vosotros para mañana por la noche pero están sin confirmar. En cuanto me los confirmen te lo digo- comunicó la catalana

-Gracias Emma, eres un cielo- y el rubio le largó dos besos en las mejillas, a continuación estrechó la mano del nativo y le propinó una suave palmada en su prominente barriga con la zurda.

Después de saludar a todo el personal de la SOGEM, los tripulantes naufragados se acomodaron en dos microbuses Mitsubishi y otras tantas berlinas Toyota del allí conocidísimo modelo Corolla y se dirigieron al hotel Ivoire Star precedidos por una ranchera Nissan cargada con los equipajes. Los vehículos japoneses se llevan una gran parte de la tarta en cuanto a la automoción de aquel país, en dura pugna con franceses y alemanes.
Cuando llegaron al hotel de cinco estrellas, Jaime Royo Alosno les esperaba en recepción, Somarriba y él se dieron un abrazo, después el joven estrechó la mano de todos los tripulantes con cara de circunstancias.
Jon había tenido a Jaime de camarero durante dos meses en sus vacaciones veraniegas nueve años atrás en el “Apóstol Segundo” en sus tiempos mozos, a la sazón contaba con diecinueve años de edad, y ahora con veintiocho se había convertido en todo un inspector. Antes se había licenciado en ingeniero de máquinas marinas.

A continuación se acercaron todos al amplio bar y se sentaron, Jaime solicitó abundantes tapas variadas para todos y refrescos al gusto.
Charlaron mientras comían y bebían, de los pormenores del incendio, de la estancia en la panga, del viaje de regreso a puerto en el “Captain Saieski” y el “caluroso” recibimiento que allí les habían dispensado etc.
Después se dirigieron al gran mostrador de recepción donde fueron atendidos por dos jóvenes y agraciadas nativas. Media hora después todos ellos tenían en su poder una llave consistente en una tarjeta similar a las de crédito que abría su habitación.
Jon dejó sus dos maletas, una dentro de la otra en su amplia y casi lujosa estancia y descendió de nuevo al bar donde le esperaba Jaime con un cuaderno tamaño folio y un bolígrafo como así se lo había solicitado el patrón.
Éste se sentó solo y comenzó a escribir de inmediato, lo hacía sin prisa pero sin pausa. Sabía lo que tenía que poner casi de memoria porque en sus cerca de tres décadas en el puente le había tocado hacer unas cuantas Protestas de Averías, aunque ninguna de aquella gravedad. De todas formas tenía todo cuanto había sucedido muy fresco en su cerebro, ese era otro motivo que le empujaba a escribir cuanto antes.
Capítulo aparte era el encabezamiento y la parrafada final de su escrito pero confiaba en su buena memoria. El archiconocido Compendio de Derecho y Legislación Marítimo-Pesquera del ilustre marino militar Agustín Vigier de Torres, publicado por la Subsecretaría de la Marina Mercante en 1977, funcionó a las mil maravillas durante muchos años y continúa haciéndolo aún en nuestros días sirviendo de inestimable ayuda y guía a innumerables titulados naútico-pesqueros.
El escrito del rubio patrón bermeano iba dirigido a la Embajada de España en Abidján puesto que en aquél país no existe Embajada ni Consulado de Guatemala. Por cierto que el susodicho escrito decía así:


Yo, D. Jon Somarriba Zarra, Capitán de Pesca con tarjeta profesional Nº 42101769/72 y al mando del atunero congelador de pabellón guatemalteco matriculado en Puerto Quetzal y denominado “Apóstol Segundo”, con indicativo de llamada NEMJ, Nº IMO 235712431, y cuyos propietarios son “Atunera Apóstol S.A.” con domicilio social en C/ Libertadores nº 1 A de San José, departamento de Escuintla (Guatemala).
Dedicado el buque de mi mando a faenas de pesca en Alta Mar, con procedencia del puerto de Abidján (Costa de Marfil) de un mes de antigüedad, y destino desconocido. Con una carga aproximada de 1.000 Tm de túnidos congelados a granel a bordo capturados con las artes de mi barco. Encontrándose asegurado el barco en “Seguros Maine S.A.”, con sede social en Madrid (España) y la pesca capturada asegurada en “Aseguradora La Araucana S.A.”, con sede social en La Coruña (España), ante V.S. comparezco y como mejor proceda en Derecho expongo:


A continuación Jon hizo una exposición de los hechos tal y como habían acontecido sin omitir ni añadir una coma. Es decir, una copia escrita de la narración de una concatenación de hechos tal y como se recoge en el Capítulo anterior. En condiciones normales, cuando hay una avería se transcribe fielmente lo anotado en el Diario de Navegación, pero en este caso el libro se había perdido. Además, hubiera sido de todo punto imposible anotar nada en el Diario antes del abandono del buque dada la rapidez con la que se habían desarrollado los acontecimientos. Tenía que describir ahora de su puño y letra lo que había sucedido como si lo estuviera haciendo en el susodicho Diario en el despacho de su barco después de una avería digamos “normal”.
Al comienzo de su relato había puesto la posición exacta en la que había sucedido el fatal accidente, había quedado grabada también en su memoria.


Cuando terminó con la narración de los hechos desde la voz de alarma en su barco hasta el desembarco de los tripulantes en puerto, cuya labor por cierto ocupó cinco folios, eran ya la una del mediodía y Jaime interrumpió de su concentración al nieto de Abarkas que estaba releyendo el escrito. Mientras Somarriba escribía el joven inspector había estado charlando con el personal de máquinas sobre el peliagudo tema del pavoroso incendio que había acabado con el barco, resultaba imposible saber la causa que lo había iniciado, todo eran elucubraciones.


-Jon, perdona que te interrumpa pero tenemos que comer. Me dice el maitre del hotel que a las dos cierran el comedor, aquí almuerzan temprano, ya sabes, los clientes están haciéndolo algunos desde las doce-

-Está bien, de acuerdo Jaime, ya continuaré después. De hecho creo que ya tengo redactado lo más escabroso-

-Sí hombre, te sobrará tiempo después de una buena siesta. Tengo una mesa reservada para todos en aquel extremo del comedor, con vistas al jardín y al lago-

-Estupendo Jaime, vamos para allá-

En aquel momento se presentó Diamé saludando a ambos:

-Hola, buenos mediodías- esta expresión la había aprendido de Jon -Vengo a traer el pájaro- añadió sacando del bolsillo del pantalón un abultado sobre de color manila.
-¡Rayos! ¿Qué pájaro?- exclamó Jaime estupefacto

-El dinero, hombre ¿no creerás que me he comprado un loro?- respondió Jon

-Hombre, no creo que tu estado de ánimo sea actualmente como para comprar loros- respondió el joven gallego





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Diamé dejó de reír y sacó de otro bolsillo un segundo sobre con los pases temporales para todos los marinos con validez de cinco días, aunque al siguiente día viajarían seguramente a sus respectivos países los no marfileños, excepción hecha de Israel, que tardaría un día más y Jaime que debía atender la recogida y entrega de la panga del cerquero naufragado en el varadero, amén de otras cuestiones como la inminente varada del “Urbero”, que tenía que planificar con el jefe de Carena, el varadero local.
Jon solicitó un microbús con chófer para las seis de la tarde para que les transportara al popular barrio de Treischville para realizar las compras necesarias.

El bermeano firmó el recibo que le largó el marfileño y se metió los cuatrocientos mil francos CFA en el bolsillo de su tejano, después despidiéndose del empleado de la consignataria se acercaron a la larga mesa ocupada por todos los naúfragos excepto él y Eustaquio. Habían dejado una silla libre en el centro para el patrón justo enfrente de Koyo, el Inspector se sentó en uno de los dos extremos.
Acababa de sentarse el rubio cuando su contramaestre le interpeló:

-Patrón, tengo que decirte una cosa de parte de todos los tripulantes africanos-

Todos los presentes guardaron un silencio sepulcral, solamente interrumpido por los murmullos procedentes de las mesas adyacentes, Jon frunció el ceño preocupado, <<¿Qué carajo habrá pasado ahora?>> pensó

-Dime Koyo ¿Qué pasa ahora?- se notaba la preocupación en su rostro

-Nada malo patrón, hemos estado hablando entre todos nosotros y queremos mostrarte nuestra gratitud por la forma en la que has sabido manejar el tema del abandono del barco y demás. Gracias a ti se ha hecho todo de una manera impecable y nadie ha sufrido daño alguno. Solamente se ha accidentado Daniel pero no ha sido culpa tuya, si no de los que nos han arriado una escala podrida.
Incluso el detalle de la boza de la panga que fue ideado por ti en mi primera marea como contramaestre y en lo cual yo personalmente no creí, nos ha servido para no tener que pasar la noche en las balsas. Estamos orgullosos de que seas nuestro patrón y queremos que lo sepas, aparte de que nos gustaría que continuaras siéndolo- terminó su discurso Koyo

A Jon se le había hecho un nudo en la garganta desde las primeras palabras de su contramaestre y tardó en reaccionar. Hizo un esfuerzo infrahumano para no derramar una lágrima, tanto que su rostro se contrajo en una mueca horrible de sufrimiento y agradecimiento a la vez, infinito.
Lito estaba sentado a su izquierda y le dijo dándole suavemente con el codo:

-Koyo tiene razón, es de admirar la serenidad y temple que has tenido-

-Sí señor, al César lo que es del César- ratificó Sabino desde su derecha

En parecidos términos se expresaron el resto de los allí reunidos. Jon estaba medio aturdido. Jaime tenía una sonrisa dibujada en sus labios, congeniaba bastante con el rubio desde la primera vez que se trataron. Había dicho a su tío, el propietario de la compañía, y a sus primos que en sus tiempos de camarero el rubio patrón bermeano le había tratado siempre con la mayor corrección, al igual que el resto de los oficiales del barco en general. No decía lo mismo de sus ex compañeros de fatigas de rango similar al suyo, que durante su estancia en aquel atunero ahora desaparecido le obsequiaron con un sinnúmero de epítetos y pullas desde que se enteraron de que el camarero del barco era sobrino del propietario del mismo.

-Gracias a todos y parad de una vez si no queréis verme llorar- consiguió articular entrecortadamente el agasajado -Os habéis comportado de una manera ordenada, como adultos que sois, y ha sido fácil guiaros dada la gravedad de la situación, aparte de que disponía de varios ayudantes inmejorables, así es que basta de lisonjas y comamos- quiso terminar Jon

-Bonne apetit- dijo Koyo

-Buen provecho a todo el mundo- repitió el resto a coro

El patrón abrió el sobre con los pases y buscó el suyo, después entregó a los más próximos el blanco papel firmado y sellado en el cuartel de la policía portuaria y entregó el resto al contramaestre para que los repartiera después del almuerzo a sus respectivos titulares.
Les fue servido un buen almuerzo en un ambiente ameno, justo a los postres Jaime le pasó su teléfono móvil a Jon con una llamada. Se trataba de José Alosno que quería saludarle y de paso interesarse por su estado, asimismo pidió disculpas por no acudir a recibirles en puerto.
A continuación llamó Emma para informar a Jon de que Daniel tenía dos costillas con fisura y un fuerte golpe en la rodilla pero nada roto, se trataba solamente del golpe, nada grave según las pruebas médicas a las que había sido sometido en una clínica de propietarios y responsables libaneses de prestigio.
Asimismo le comunicó la confirmación de los pasajes para el día siguiente.
Después del almuerzo y de los cafés la mayoría de los náufragos subieron a sus respectivas habitaciones a descansar, algunos se fueron de paseo y los nativos a sus respectivos hogares. La noticia de la pérdida del “Apóstol Segundo” corrió más raudo que un reguero de pólvora encendida, por toda la capital de Costa de Marfil y parte de Ghana.
A las cinco y media Jon se duchó y a continuación sentándose en la mesa de su habitación continuó con su escritura:


Todo lo narrado por mi persona se ajusta exactamente a la verdad de lo ocurrido. En justificación de lo anteriormente expuesto ofrezco información testifical al efecto de los testigos que presento en este acto, D. Eustaquio Arqueros Paz, D. Javier Goiricelaia Soto, y D. Sabino Porriño Pando, tres de los Oficiales del buque de mi mando.

Por todo ello, en cumplimiento a lo dispuesto en los artículos 624 del Código de Comercio y 2.173 de la Ley de Enjuiciamiento Civil:
DECLARO: Que los hechos aquí consignados han sido debidos a causas fortuitas o de fuerza mayor , sin que haya existido culpa ni negligencia por mi parte ni por la del personal a mi mando, de lo cual doy fe, por lo que:
Formulo solemne Protesta contra armadores, aseguradores y contra todo aquel que proceda en Derecho, con expresa reserva de ratificarla, ampliarla y o modificarla en su día si fuere preciso, por lo tanto:

SUPLICO al Juzgado se sirva admitir a trámite este escrito, testimoniando la práctica de la información testifical ofrecida, acordando se libren y entreguen al promovente, testimonio triplicado de este escrito y de la providencia que en el expediente recaiga, por ser de Justicia que pido en Abidján a las … Horas del Día ... de Abril de 2008

OTROSI DIGO: Que por ser estas diligencias de carácter urgente al tener que repatriar a la totalidad de la dotación del barco naufragado, incluída mi persona, al Juzgado suplico se sirva practicarlas por sí mismo sin sujetarlas a reparto.

SEGUNDO OTROSI: A los efectos de notificación y entrega de los testimonios interesados y cualesquiera otros trámites, designo como domicilio en este puerto el del consignatario del citado buque Dña. Emmanuela Arrizabalaga Larrauri, directora adjunta de la compañía consignataria SOGEM cuyo domicilio social es Grand Port de Péche BP 7059 Abidján (Cóte D´Ivoire), suplicando asimismo al Juzgado tenga por hecha esta designación a los efectos del artículo 264 de la Ley de Enjuiciamiento Civil.


Firmado: Jon Somarriba Zarra



Sobre las seis de la tarde había terminado el trabajo, metió los folios en su maleta y con el sobre con el dinero, el pasaporte, el pase y la tarjeta de la puerta de su habitación en sus bolsillos se encaminó a la puerta de la habitación de Javier contigua a la suya y la golpeó con los nudillos:

-¿Quién es?- respondió el lekeitiano en el acto

-Soy yo- Javier abrió la puerta al mismo tiempo que enfrente Sabino hacía otro tanto

-Buenas tardes, tenemos que marcharnos de compras muchachos, antes de que cierren las tiendas- sugirió Jon

-Te estábamos esperando- respondió Javier -Pensábamos que dormías-

-¿Durmiendo yo? ¿Y quién escribe la protesta?, la tengo terminada-

-Eres la hostia- respondió Sabino -Podías haberla hecho mañana-

-Déjate de leches, cuanto antes terminar estas cosas mejor- dijo el rubio

Apareció Julián que había oído sus voces y éste a su vez llamó a Israel. Lito y Lucio estaban abajo en el bar según Porriño. Cuando descendieron se encontraron con ambos gallegos que estaban acompañados de Koyo, con sendos vasos ante sí que contenían restos de un refresco de cola, trozos de limón y de cubitos de hielo.
Después de los saludos el patrón interpeló a su contramaestre:

-Oye Koyo, quiero que me digas la verdad, por favor. No creo que ningún tripulante africano se quedara sin ropa, porque excepto tú fueron los primeros en abandonar el barco con sus equipajes, corrígeme si me equivoco-

-Es cierto patrón, ninguno hemos quedado sin ropa. La mayoría hemos olvidado en el barco cosas pequeñas pero nada de importancia-

Jon sacó de un bolsillo el sobre con el dinero y después de contar entregó un fajo al ghanés diciéndole:

-Toma cien mil francos, quiero que entregues cinco mil a cada uno de los africanos, tú incluído, para que no tengáis que rascaros el bolsillo cuando toméis un refresco o lo que sea entre hoy y mañana-

-Gracias patrón, tendré que empezar a localizarles uno a uno- dijo Koyo

-A los que se han marchado a casa les darás mañana, para que no haya malos rollos. Todos tus compañeros tienen teléfono móvil, ya lo sabes, así es que te costará poco contactar con ellos, la telefonía es muy barata aquí. Cuando les digas que es para entregarles cinco lechugas a cada uno aparecerán enseguida- dijo risueño el bermeano

-De acuerdo, no te preocupes, así lo haré- y el contramaestre se despidió

Hacía cinco minutos que Antoine, uno de los chóferes de la SOGEM les estaba esperando cumpliendo órdenes de Diamé. Se trataba de un nativo de unos treinta y cinco años, mediana estatura y mandíbula inferior prominente. Era bastante simple de espíritu el hombre, eso unido a que solamente hablaba una docena de palabras en español y a que debido a su timidez, si se le apremiaba se atascaba de tal manera que de su boca no salía palabra, a veces parecía tonto. Pero nada más lejos de la realidad, por ejemplo, sabía conducir cualquier vehículo con rapidez y sorprendente solvencia como pocos, en el caótico y abundante tráfico de Abidján.

Se acomodaron en uno de los dos microbuses de color blanco en cuyos laterales se podía leer en grandes letras azules “SOGEM”, que les habían llevado al hotel por la mañana. De copiloto se sentaba Jon, en el segundo asiento Sabino y Lito, en el tercero Israel y Javier y en el cuarto Julián y Lucio. El vehículo de doce plazas ocupado solamente por ocho personas resultaba bastante cómodo.
Somarriba indicó con su mal francés a Antoine que les llevara a Treischville para comprar ropa, y el nativo comprendió con rapidez, veinte minutos después detenía el vehículo en una calle del popular barrio marfileño atestada de tiendas de todo tipo surtidas de toda suerte de ropa, calzados, complementos, productos de aseo, menáge y pequeños electrodomésticos. La calle entera parecía la meca del comprador de bajo poder adquisitivo.


Una hora después se instalaban de nuevo en el Mitsubishi con unas bolsas de plástico en sus manos. Jon parecía otro, vestía unos jeans y una gruesa camisa a juego, ambos de la mítica firma americana Levi´s, no hacía nada de calor aquel día, y una vez anochecido menos. Había adquirido además una camiseta, un par de calzoncillos, dos pares de calcetines, una maquinilla de afeitar desechable y cepillo y pasta de dientes. La vestimenta con la que había entrado en la tienda de turno yacía ahora en una bolsa de plexiglás pendiente de su mano.
Sus compañeros de fatigas habían adquirido a su vez variadas prendas, no así calzado ninguno de ellos porque hubieran necesitado el doble de dinero del que disponían, se conformaron con el que guardaban en su maleta, en el caso de Jon con el que calzaba desde el abandono del barco, unos modernos y nuevos zapatos ortopédicos de color azul oscuro como los que utiliza numeroso personal sanitario por sus cualidades. Estaban especialmente diseñados para personas que por razones de trabajo tienen que permanecer muchas horas de pie.

-Patrón ¿A dónde vamos?- preguntó el chófer

-Al hotel, Antoine- respondió el otro deslizándole un billete de mil

-¿No vamos a tomar una vitamina por ahí primero?- sugirió Lito

-Será mejor que lo tomemos allí, son las ocho, estarán cenando ya- replicó Jon

-¡Vaya carallo que leva aquel can!- exclamó Lucio cabreado, siempre tenía sed

Jon no lo hacía para fastidiar, temía a sus hombres tanto como a sí mismo. Venían de padecer una situación muy jodida y podían fácilmente caer en la tentación de liarse, porque la mayoría de ellos tenía dinero en sus bolsillos de las “sobras” de la anterior estancia en puerto.
Julián e Israel no dijeron ésta boca es mía, pero Sabino apoyó las palabras de Jon.

-Tomaremos un reconstituyente en el bar del hotel antes de cenar- dijo éste último

-Mejor así, no me jodáis con vuestras historias. No tengo ganas de quedarme sin cenar como ayer- manifestó Porriño -Después de que me dejéis frente a la puerta del Ivoire Star podéis iros a donde os dé la real gana- añadió ceñudo el maquinista

-A sus órdenes- berreó con sorna Lito mientras pensaba para sí <<Aguafiestas>>.

Poco después estaban todos de tertulia con sus correspondientes vasos de combinados delante, en el bar del hotel rodeados de bolsas de plástico y acompañados de Jaime.
Se les acercó un camarero preguntándoles si no querían cenar. Ante su respuesta afirmativa volvió a preguntar, ésta vez a qué esperaban.
Subieron rápidamente a sus habitaciones para depositar allí sus bolsas e inmediatamente descendieron al gran comedor, los tripulantes senegaleses no se presentaron a cenar ninguno.

-¡Claro!, les has dado cinco mil leandras a cada uno, y con eso los africanos son capaces de hacer encajes de bolillos. Se habrán ido a comer cuscús- soltó Lito

-Pero es absurdo- dijo Jon -Podían comer bien aquí gratis y gastarse sus cinco mil en otras cosas-

-Nunca entenderás a los colacaos por muchos años que hagas aquí- respondió el marinense -Esos individuos son así, les gusta ir a su bola-

-No sé, quizá tengas razón. Ellos piensan diferente a mí, eso está claro- aceptó Jon

Cenaron en buena armonía poco más de la mitad de la dotación acompañados de Jaime, después los tripulantes africanos se marcharon a la calle los primeros y los gallegos a continuación acompañados de Israel. Quedaron Solamente Jon, Sabino, Javier, Julián y Jaime en el bar del hotel. Tomaron un reconstituyente durante la animada charla que sostuvieron durante más de media hora y después se retiraron a sus respectivas habitaciones.
Jon estuvo acostado con las manos bajo la nuca viendo la televisión hasta las doce de la noche, se visionaban dos canales españoles vía satélite, al igual que en todos los buenos hoteles de aquél país. Cuando a medianoche se le comenzaron a cerrar los párpados apagó la tele y veinte minutos después estaba dormido.
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Editado por TXELFI en 09-06-2020 a las 17:18.
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A la mañana siguiente estaban desayunando cuando Amidou y Bongo se presentaron ante los náufragos para saludarles, en especial al patrón claro está, después de una breve charla se marcharon por donde habían venido.
A las nueve Jon llamó a Emma con el móvil de Jaime para solicitar un coche con chófer. Media hora después montaban en una berlina Jon, Javier, Sabino y Lito y se dirigieron a la oficina de la SOGEM con Antoine al volante.
Una vez allí la consignataria catalana entregó al patrón una copia mecanografiada de su Protesta y le informó también de que Eustaquio estaría allí a mediodía, no antes.

-Envía éstos papeles por correo a mi oficina cuanto antes, por favor. Necesito la aprobación del abogado de la asociación antes de presentar la Protesta en la Embajada- pidió Jon a Emma

-Ahora mismo los escaneo y los envío. En quince minutos está hecho- aseguró Emma

-Quisiera llamar por teléfono al gerente- pidió el bermeano
Ella marcó un número de teléfono en el dial y después entregó el aparato a Jon

-Sí, ¿quién es?- sonó la voz de Isaac

-Buenos días, soy yo ¿Me escuchas?-

-¡Hombre!, buenos días Jon ¿cómo estás?-

-Un poco tarde para preguntar eso ¿no crees?, hace más de veinticuatro horas que hemos desembarcado- dijo suave pero firmemente Somarriba

-¡Ya estamos!, ayer ha sido un día caótico para todos, por razones obvias- se excusó el otro

-Caótico sobre todo para mi gente y para mí, pero qué más da, no te he llamado para eso. Te llamo para decirte que ahora mismo Emma está enviándoos la Protesta que redacté ayer. Supongo que harás que la revise el abogado de la asociación por si hubiese alguna metedura de pata. Una vez leída, si todo está bien me llamas aquí en el acto, estaré toda la mañana en la SOGEM, pero necesito respuesta antes de mediodía para poder presentarla en la Embajada-

-Está bien, en cuanto la reciba se la enviaré de inmediato a Berasaluze para que la estudie y en cuanto tenga respuesta te lo comunicaré- Paco Berasaluze era el abogado asesor de la asociación de armadores de atuneros congeladores, un verdadero genio en su puesto, según los armadores

-De acuerdo, estaré esperando. Hasta luego-

-Hasta luego-

Una hora después no había respuesta, y los dos maquinistas aburridos a más no poder se marcharon a pasear por el muelle. El bermeano y el lekeitiano ojearon y releyeron todos los ejemplares de la revista MAR que había en aquella oficina que no eran pocos, mientras charlaban con Emma y Óscar. A las doce continuaban sin saber nada y Jon solicitó hablar con su esposa para confirmarle que volaría a su casa aquella noche y que por lo tanto llegaría a Loiu a media mañana del día siguiente.
Estaba charlando con ella cuando Eustaquio hizo acto de presencia en la estancia transportando sus dos valijas y saludando a todo el mundo. Venía acompañado de Sabino y Lito que le habían visto desembarcar en el muelle frente a la consignataria.
Después de los saludos el capi les explicó con todo lujo de detalles de qué manera se había hundido el barco en el que habían trabajado, en esencia se hundió primero la popa, quedando el barco casi vertical, proa al cielo, después se ladeó un poco para finalmente deslizarse hacia el abismo en pocos minutos.
Ni siquiera quedaron restos flotando en la zona, todo aquello que había contenido el barco y que no era metálico había sido convertido en cenizas y humo. Ahora, lo que quedaba del “Apóstol Segundo” descansaba a más de tres mil metros de profundidad. El fango y los sedimentos posados a lo largo de los milenios habían servido de improvisada y lúgubre sepultura al otrora cerquero azul y blanco que a partir de entonces pasaría a ser formidable morada caída del cielo para numerosos seres que pueblan las profundidades abisales, donde reina la perpetua oscuridad más absoluta.
Todos los presentes escucharon su relato sobrecogidos, sobre todo sus cuatro compañeros de fatigas, nunca mejor dicho.
Gabrielle irrumpió en la estancia de repente y se abalanzó sobre el cuello de Eustaquio entre sollozos.

-¿Qué haces tú aquí?- preguntó el capi tratando de zafarse de ella

-He venido a verte- respondió la nativa de manera entrecortada

-Pero ¿quién te ha avisado?- Eustaquio tenía cara de mosqueo

Ella desvió la mirada hacia Emma, delatándola sin querer

-Ah, ya entiendo, no sé cómo no lo he adivinado, sabiendo como sé que sois comadres-

La joven y agraciada esposa del capi se desentendió de él avergonzada, como si hubiera pecado, siendo así que había sido al revés, y saludó a todos los presentes con sendos besos en las mejillas.

-Tenía que decírselo, Eustaquio, entiéndelo- se justificó Emma

-Sí pero no debías haberte dado tanta prisa-

-Si la llamo más tarde te hubieras presentado en casa y a ella podía darle un infarto-

-¿Y los niños?- preguntó el recién llegado dirigiéndose a su esposa

-Están en casa con la criada- respondió con sumisión la joven madre

-Emma, llama a nuestra oficina por favor, son la una- pidió Jon

Al minuto siguiente tenía a Isaac al otro lado del aparato

-¿Se puede saber qué es lo que pasa con la Protesta?- interpeló Jon agrio

-Pues pasa que Berasaluze está ilocalizable, parece que se lo haya tragado la Tierra-

-Santa Madre de Dios ¿Y no hay ningún otro abogado experto en éstos temas por ahí?-

-Los habrá, pero tiene que ser él el que dé el visto bueno a tus papeles, no quiero líos-

-De acuerdo, pero esos papeles no van a ingresar hoy en la Embajada porque en menos de una hora se cierra. Aparte de eso, ésta noche me largo a mi casa, así es que no seré yo quien los presente mañana, porque ¿Ese individuo aparecerá antes de mañana, no?-

-No lo sé, supongo que sí. De todas formas que Eustaquio presente mañana la dichosa Protesta en la Embajada y sanseacabó. La ha leído Bermeosolo y dice que está todo bien, bajo su punto de vista, así es que no debe de haber pegas-

-No debería haber pegas si se presenta dentro de las veinticuatro horas, es decir hoy. Eso es lo que exige la Ley, otra cosa es que la Embajadora rubrique que la ha recibido hoy aunque lo haga mañana-

-No te preocupes, no va a pasar nada-

-De acuerdo, voy a poner a Eustaquio al corriente de todo, adiós-

-Hasta luego-

Jon no las tenía todas consigo, tenía mucho respeto por los temas concernientes a la Ley. Por otra parte, había escuchado en infinidad de ocasiones aquella maldita frase de <<No te preocupes>> de labios de aquel personaje, y en demasiadas ocasiones hubo motivo de preocupación a posteriori.

-Muchachos, vámonos a comer al hotel- anunció el bermeano

-Me voy con vosotros- respondió el capi

-Tienes esposa e hijos aquí Eustaquio, ¿Porqué no te vas a tu casa y vienes después?-

Sugirió el bermeano

-No, prefiero comer con vosotros y así me pongo al corriente de todo-

-Como quieras- respondió Jon mirando de reojo un mohín de disgusto en el bello rostro de Gabrielle

-A las siete pasará a recogeros Diamé para llevaros al aeropuerto, estad preparados- informó la consignataria a los naúfragos

-De acuerdo Emma, dame tres besos, al estilo gabacho- dijo riendo Jon

Se despidieron todos de ella excepto el capi, el resto de tripulantes ignoraban cuándo volverían a verla.
A la una y media entraban en el hotel Ivoire Star y de inmediato se sentaban alrededor de la que ya consideraban su mesa.
Eustaquio se había negado a que su joven esposa les acompañara durante el almuerzo y ésta se marchó a casa de vuelta, transportada por Emma en su coche y acompañada por el maletín de su esposo, la mochila se había quedado con él.
La conversación durante la comida recayó cómo no en el incendio, el abandono del buque, la estancia en el “Captain Saieski” y finalmente el hundimiento del “Apóstol Segundo”.
Nada más comer los senegaleses subieron por sus equipajes y a continuación se despidieron del resto de tripulantes. Antoine les esperaba en recepción, había dejado el microbús frente a la puerta del hotel.

-Hay que buscar barco rápidamente patrón, tenemos que pescar, si no pescar nosotros y nuestros bambinos no comer- se despidió Abdou, el batelero, sentía verdadera adoración por el rubio patrón bermeano y no lo ocultaba. La mayoría de los africanos occidentales llaman bambinos a los niños, siendo así que Italia está tan lejos.

-Lo más pronto posible Abdou, buenas vacaciones- respondió Jon dando un abrazo al senegalés, al resto les estrechó la diestra

Los europeos quedaron de tertulia hasta las seis, a esa hora los tripulantes marcharon a sus habitaciones para asearse y vestirse para el viaje. Eustaquio marchó a su casa en taxi, mientras Jaime se dirigía también a su habitación, estaba anocheciendo en la capital de Costa de Marfil.
Jon se dió uno de aquellos baños que tanto le gustaban, en la blanca bañera que le hizo recordar la que había comprado para su camarote y que tan poco le duró. Solamente la había utilizado una docena de veces para bañarse, el resto de los días se había limitado a una ducha.
<<Qué mala suerte ¡maldita sea!, cuando ya tenía el barco casi a mi gusto se me chamusca>> pensó Somarriba cerrando los ojos, no podía quitarse de su atormentada cabeza la pérdida del barco por el que tanto había luchado a lo largo de doce años.

A las seis y media se incorporó y abriendo los grifos de la ducha se desprendió concienzudamente de todo el jabón, después se secó y se peinó. Cuando salió del amplio cuarto de baño la habitación estaba casi a oscuras, solo tenuemente iluminada por la luz artificial que atravesaba las gruesas cortinas del gran ventanal que daba a la avenida. Se había hecho completamente de noche. El bermeano encendió las luces y a continuación se calzó el segundo calzoncillo y el segundo par de calcetines que adquiriera la víspera, se puso la camiseta que no había sido estrenada aún, el pantalón tejano y la camisa del mismo tejido sobre la camiseta.
Finalmente se calzó sus zapatos ortopédicos después de limpiarlos con una esponja a tal efecto que había encontrado en el cajón de la mesilla de noche la víspera, y metió en los bolsillos la cartera, pasaporte, cartilla de navegación y de vacunaciones, y cómo no, el pendrive en el que guardaba lo que había escrito de su libro.
Atrapó la maleta con una mano y la tarjeta-llave de la habitación en la otra, y tras apagar el televisor y cerrar la puerta embarcó en el ascensor y descendió a recepción.
Allí se encontró con Jaime, Sabino y Lito, se unió a ellos y finiquitaron su estancia en el establecimiento hostelero firmando los albaranes pertinentes y entregando las llaves. Justo entonces aparecieron Javier, Lucio, Julián e Israel, los tres primeros firmaron sus papeles correspondientes, pero el cubano volaba al día siguiente, así es que ni firmó ni entregó llave alguna al igual que el inspector, éste último regresaría a su Galicia natal dos días después.
Koyo entró con paso rápido en la estancia, venía a despedir a los que marchaban.

-Buenas tardes- saludó a todos en general

-¿Cómo están las cosas por casa?- preguntó Jon

-Está todo bien patrón, gracias, espero que vosotros encontréis también lo mismo-

Diamé hizo acto de presencia dando las buenas tardes y se unió al grupo, había aparcado un microbús frente a la puerta del establecimiento, como de costumbre.
Jon abrazó a Koyo, a Israel y a Jaime por este orden y salieron del hotel.
Dos minutos después se ponían en movimiento con el patrón de copiloto como es costumbre allí.
Tardaron treinta minutos en arribar al aeropuerto Félix Houphouet Boigny, que a aquellas horas como cada día estaba bastante animado por gentes heterogéneas que iban y venían. Se notaba el ambiente desde el exterior del vetusto aeropuerto, pero una vez en el interior se respiraba más que ambiente, era casi un gentío lo que se movía allí.
Se apearon del microbús de la SOGEM y esperaron con sus maletas en el suelo a que el nativo aparcara el vehículo en el aparcamiento que hay a cincuenta metros de la fachada. Estaba terminantemente prohibido estacionar frente al edificio, y mientras el microbús se ponía en movimiento los pescadores encendieron cigarrillos al tiempo que un nutrido grupo de africanos, chavales en su mayoría, les acosaban con sus típicos ofrecimientos de transporte de maletas a cambio de unas monedas. Los naúfragos se lo tomaron con resignación, qué remedio quedaba, se hartaron de decir que no, en tanto que no perdían de vista a sus bagajes.
Minutos después Diamé hizo acto de presencia y mandó al carajo a los moscardones de dos patas, después mostró los documentos de los tripulantes junto con los billetes electrónicos a uno de los dos policías armados de pistola reglamentaria sobre una cadera y porra sobre la otra que estaban en la entrada del recinto, y accedieron al interior.
Los ex tripulantes del extinto “Apóstol Segundo” se pusieron en una de las largas colas que había frente a los mostradores de facturación de equipajes y Diamé se colocó junto al mostrador con los pasaportes, cartillas de vacunación y billetes de todos los marinos en su diestra, tocaba esperar pacientemente.
Las tres cuartas partes de los viajeros que se movían en el interior del edificio eran de color, pero se veían bastantes europeos, franceses en su mayoría que regresaban a su país en el mismo vuelo que los pescadores. Pero por haber, en aquél aeropuerto había de todo, se veía incluso alguna que otra persona de facciones asiáticas. Costa de Marfil es uno de los estados africanos más cosmopolitas y por ende el aeropuerto de Abidján.

-Vaya un gentío hay aquí- dijo Jon por decir algo

-Como de costumbre, aquí siempre está igual- respondió Lucio

-¿Porqué habrá siempre tanta gente en éste lugar?- preguntó Lito

-Yo creo que este aeropuerto es pequeño para el volumen de pasajeros que tiene- intervino en la conversación Javier

-Pues yo pienso que esto está mal organizado- soltó Sabino ceñudo

-A mí lo que más me jode es el olor a humanidad que hay- dijo despectivo Julián

-Bueno hombre, no seas quejica, dentro de dieciséis horas estarás en tu casa- arguyó Jon

-Eso espero- respondió el markinés muy serio

Tardaron veinte minutos en llegar al mostrador, Jon echó su maleta semivacía sobre la cinta transportadora que contiene una báscula, las dos maletas, una dentro de la otra junto con el chándal sucio, y uno de los walkie-talkies usados en el rescate que el bermeano se había quedado de recuerdo, solamente pesaron siete kilos.
La baliza satelitaria de salvamento había quedado en poder de Jaime, que la llevaría a la oficina, aunque el artilugio en sí ya no servía para nada.
Con las tarjetas de embarque en su poder se despidieron de Diamé con agrado, el bermeano le largó un billete de dos mil CFA que el otro agradeció con una sonrisa.
Cruzaron hasta el extremo izquierdo de la planta baja y ascendieron hasta la primera a través de una larga escalinata, al final de la cual se proveyeron de unas cartulinas blancas que había que rellenar para entregarlas en la cabina de control de pasaportes antes de acceder a la sala de espera.
Los demás pasajeros tardaban bastante en cumplimentar el requisito, los agentes miraban casi con lupa los pasaportes y las cartulinas de marras. Introducían los datos en un ordenador y cotejaban los resultados en el monitor del mismo con parsimonia, como de costumbre, evidentemente no tenían ninguna prisa. Había solo dos cabinas y frente a ambas se había formado una nutrida cola, también como de costumbre

-Enseñad la cartilla de navegación junto con el pasaporte- sugirió Jon a sus compañeros -De lo contrario no nos dará tiempo ni a tomar una birra antes de embarcar- remachó

-A miña está dentro da maleta que facturéin- respondió Lito

-Es bueno llevarla consigo siempre que se viaja al extranjero- apoyó Sabino -Y si se tienen títulos naúticos también. Ya veréis que a los que aportamos nuestra cartilla nos despachan mucho antes-

-El año pasado en Casablanca estaban cacheando a todo quisqui antes de acceder a la sala de embarque- recordó el rubio -Del cacheo se encargaban dos agentes con bigote y unas jetas que parecían sacadas de la peli “El expreso de medianoche”. Yo llevaba los bolsillos llenos de bisutería para los pertinentes regalos a toda la tropa femenina que me esperaba en casa, esa vez no sé por qué motivo no los llevaba en la maleta facturada. De repente recordé que tenía algún collar y brazalete de marfil entre otras cosas en mis bolsillos y que me podía meter en un lío si aquellos dos uniformados se lo proponían. Lo mejor que me podía pasar es que aquellos simpáticos agentes me confiscaran todo, pero a lo peor me denunciaban y me caía una multa gorda o algo peor. Por cierto, en aquella ocasión viajaba completamente solo.
El caballero trajeado que estaba ante mí en la cola extrajo de su bolsillo una billetera que contenía tres mil euros. Cuando uno de los policías le espetó que a dónde iba con tanto dinero encima, el sorprendido viajero le respondió que no era tanto.
<<¿Que no es tanto?>> respondió el del bigote fulminándole con una mirada glacial.
Estuvo taladrando con sus negros ojos al viajero durante varios segundos que a mí se me hicieron eternos, así es que al que estaba ante mí, me lo imagino.
Mientras me mantenía tras el trajeado saqué del bolsillo del pantalón mi cartilla y cuando medio minuto después dejaron pasar a mi antecesor se la planté ante el agente más cercano largándole en francés:

<<Je suis marine>> (1)

El individuo echó un paso atrás y me indicó muy serio con la mano que pasara, para acto seguido espetar a su compañero <<C´ets marine>> (2) mientras se ponía firmes como un palo. El otro bigotudo le imitó al instante con marcialidad dando un paso atrás y cediéndome el paso.

(1) Soy marino, en francés
(2) Es marine, en francés

Os juro que pasé entre los dos uniformados tiesos como un huso preguntándome qué coño había sucedido allí. No me había rehecho aún de mi sorpresa cuando me di cuenta del gazapo mientras me sentaba en un banco, y estuve a punto de soltar una carcajada. El asunto es simple, en francés marino y marine se pronuncian igual. Supongo que sabéis que en Marruecos hay una base naval norteamericana atestada de marines, aquel agente ante mi determinación y en vista de la cartilla azul con la foto en la portada creyó que era uno de ellos y se puso firmes, el otro simplemente le imitó-

Entre las risas de sus compañeros preguntó Lito:

-¿Y qué coño estabas haciendo tú en Casablanca?-

-Tuve un plácido vuelo Abidján, Dakar, Villacisneros, Casablanca, Sevilla, Madrid, Bilbao. Ya sé que parece una broma pero es rigurosamente cierto. En aquella ocasión me dijo Alicia que lo cogía o tenía que quedarme en Abidján dos días más, no había otra combinación posible. Y como quiera que estaba cuatro meses y una semana fuera de casa no me apetecía para nada pasarme dos días más aquí- aclaró Jon

Y con la misma se puso ante la ventanilla de una de las dos cabinas presidida por una oronda agente de rostro agradable y dotada de unos senos de considerable tamaño. El bermeano puso en sus manos sus documentos y ella ojeó las fotos de la cartilla y el pasaporte y los comparó con el rostro de su propietario.

-¿Marinero español?- preguntó ella con una sonrisa, en español

-Pescador de atún- respondió el otro escuetamente

-¿Habéis pescado mucho?- continuó la simpática mujer uniformada

-Qué va, muy poco- dijo Jon con una sonrisa forzada

La agente se dio cuenta que el pescador no tenía ganas de cháchara y le entregó sus documentos.
Cinco minutos después estaban todos excepto Lito sentados a una mesa sobre sendas sillas de aluminio frente al bar anejo a la sala de embarque. Se les acercó un camarero y solicitaron unas cervezas, cuando el nativo venía con ellas sobre una bandeja redonda llegó el marinense.
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Predeterminado Re: Historias de la pesca del atún tropical

-La madre que parió al tío ese, me ha tenido media hora acosándome a preguntas-

-A partir de ahora no meterás tu cartilla en la maleta- se burló Julián

-Claro, mira el listo éste, después de verle los cojones al burro…….-

Hubo de esperar a que el camarero regresara de nuevo con su cerveza, Jon pagó la cuenta. Media hora después pidieron otra ronda y esta vez fue abonada por Sabino.
A las nueve y media llamaron por megafonía a los pasajeros de su vuelo, tocaba hacer cola de nuevo para pasar a la sala de embarque.
Un cuarto de hora más tarde se reunieron en la sala de embarque atestada de viajeros donde no había un solo asiento libre. Tuvieron que resignarse a permanecer de pie hasta que fueran llamados a embarcar.

-¿No vamos a tomar otra birra?- preguntó Lucio, había un pequeño bar también allí

-Yo no quiero más- respondió Sabino, el rubio expresó lo mismo

Julián, Lucio, Lito y Javier se arrimaron a la barra del bar, mientras los dos bermeanos se dirigieron a curiosear en las pequeñas tiendas de duty-free que había allí en número de media docena, había que matar el tiempo como fuere.
A las diez formaron cola de nuevo para el control de tarjetas de embarque y pasaportes para acceder al pasadizo que conducía a la pasarela del avión, pero en medio del estrecho y largo pasillo salpicado de ventanas hubieron de hacer cola una vez más para ser cacheados e investigados con un detector de metales uno a uno. Los viajeros que llevaban equipajes de mano debían abrirlos sobre unas mesas dispuestas a tal fin para que fueran registrados por manos enguantadas en látex.
Cuando por fin los ex-tripulantes del atunero de cerco fenecido pocos días antes consiguieron sentarse en sus respectivos asientos del poderoso Airbús A330 eran exactamente las diez y veinte minutos de la noche, justamente la hora para la que estaba previsto el despegue. Les había tocado en la fila de tres asientos de babor, justo a la altura del ala izquierda, Lito, Julián y Javier delante y los otros tres inmediatamente detrás de ellos.

Despegaron, sí, pero con cuarenta minutos de retraso sobre el horario anunciado. Jon Somarriba cerró sus ojos en el momento en que el gran tren de aterrizaje se separó de la pista y se santiguó como hacía siempre. El ruido generado por los dos potentísimos turborreactores girando a su régimen máximo durante la maniobra del despegue tapaba el llanto de los asustados niños que inevitablemente albergaba el moderno aeroplano.
Con los párpados obstinadamente cerrados Jon Somarriba recreó en su mente una especie de caleidoscopio en el que desfilaron los rostros de los tesoros que vería en unas horas, María, Naiara, Maite, Elizabeth, Laura, Argi, y cómo no, sus padres y sus sobrinos.
Cuando media hora más tarde se apagaron las luces que ordenaban mantener los cinturones de seguridad abrochados, el fatigado patrón bermeano soltó la hebilla del suyo y abriendo los ojos se encorvó hacia adelante para apoderarse de la revista de rigor de la Air France. Fue entonces cuando sintió un bulto en el bolsillo derecho del tejano, metió la mano en el mismo y extrajo un objeto que al tacto parecía un encendedor desechable, pero el encendedor estaba en un bolsillo lateral de la chaqueta vaquera.
Lo que Jon tenía en su mano derecha era el pendrive en el que estaban acumuladas horas y horas de trabajo y montones de datos de túnidos y de pesqueros.

<<¡Maldita sea!>> pensó el pescador apretando el pequeño artilugio en el interior de su puño cerrado de tal manera que los nudillos se le pusieron blancos <<No he terminado mi libro, sabe Dios cuánto tiempo tendrá que transcurrir para que vuelva a tener ganas y energía para terminarlo. Que sea lo que Él quiera>>.



Este escrito no persigue otro fin que además de servir de guía identificativa de la vida y costumbres de las distintas especies de túnidos, acercar también un poco al gran público la convivencia y actividades cotidianas en un atunero de cerco.
Por último, quisiera también que esta obra sea un pequeño homenaje a mis familiares y amigos, estén vivos o no, y cómo no a mis ex-compañeros de fatigas durante tantos y tantos años de brega, y por último a aquellos bermeanos intrépidos que fueron los pioneros de lo que hoy en día conocemos como nuestra gran flota atunera, referente en el mundo entero. Muchísimas gracias a todos ellos.
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Editado por TXELFI en 11-06-2020 a las 14:43.
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Predeterminado Re: Historias de la pesca del atún tropical

Que abanico de sensaciones produce la lectura de estos capítulos. Se me ocurren mil y una preguntas, pero solo el responsable del buque sabe lo que sintió y , a mi entender, hay cosas, que por mucho que teclees no se pueden transmitir con letras.
Me eche a reír, cuando, creo que el gallego dijo: quien nos habrá maldecido..me suena eso en mis carnes un montón. jajajajaj
Como eso muchas más.
Gracias Txelfi.
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TXELFI (13-06-2020)
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Eskerrik asko Txelfi por este "hilazo" , uno de mis preferidos Suerte en la pesca y un saludo
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TXELFI (13-06-2020)
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Muchas gracias, eskerrikasko a vosotros por leerme.
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Yo entro todos los días, solo por ver si hay algo nuevo, me encanta este hilo, y estoy agradecido a TXELFI, por contarnos su vida en la mar, gracias.
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TXELFI (13-06-2020)
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TXELFI (02-07-2020)
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Ya se que estamos ansiosos por seguir saboreando relatos de Txelfi pero vamos a dejar que pinche algunos bonitos. Luego ya nos contará. La costera está que arde en estas fechas.
Nos toca esperar supongo, entre tanto salud y buena proa a todos.
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