¿Nos están echando del mar?
Durante años pensé que la jubilación me devolvería algo que el trabajo me había negado: la posibilidad de navegar fuera de agosto. Imaginaba junio como aquel junio de mis primeros años de juventud. Menos barcos, más espacio, más tranquilidad. El mismo mar, pero sin la presión de la temporada alta.
La realidad ha sido otra.
Llevamos dos años navegando en junio y la sensación es inquietante. Lo que hoy encontramos se parece demasiado a los agostos de hace apenas cinco años. Fondeaderos saturados, catamaranes ocupando espacios cada vez mayores y una presión constante sobre lugares que antes conservaban cierto equilibrio.
Muchos dirán que es una evolución natural. Que más gente navega. Que la náutica se ha democratizado. Que el mercado responde a una demanda creciente. Que debemos alegrarnos.
No estoy tan seguro.
Porque quizá el problema no sea que haya más barcos. Quizá el problema sea que estamos confundiendo navegación con consumo.
Durante generaciones, navegar fue una actividad que exigía tiempo, aprendizaje, experiencia y una cierta humildad frente al mar. No hacía falta ser un experto, pero sí entender que el mar impone reglas que no pueden negociarse. Uno aprendía poco a poco. Cometía errores. Escuchaba a quienes sabían más. Incorporaba una cultura marinera basada en el respeto a los demás y en la conciencia de que nuestras decisiones afectan a todos los que comparten un fondeadero.
Hoy parece imponerse otra lógica.
La embarcación se convierte en un producto turístico más. Una experiencia de ocio adquirida durante una semana. Algo que se compra, se consume y se abandona para pasar a la siguiente actividad.
El mercado lo celebra porque funciona.
Pero que algo funcione económicamente no significa que sea bueno.
Tampoco significa que deba ocuparlo todo.
Nadie cuestiona que existan los grandes catamaranes de charter o los yates de lujo. Lo preocupante es que su crecimiento está modificando las condiciones de uso del espacio común hasta el punto de expulsar progresivamente a quienes practicaban otra forma de navegar.
Y cuando digo expulsar no hablo de una prohibición formal. Hablo de algo más sutil.
Hablo de llegar a un fondeadero y descubrir que ya no es para ti.
Hablo de pasar más tiempo vigilando las maniobras ajenas que disfrutando del lugar.
Hablo de desconfiar del barco que acaba de fondear a diez metros porque no sabes si detrás hay un profesional experimentado o alguien que lleva tres días al mando de una embarcación de dimensiones que jamás había gobernado.
Hablo de sentir que la actividad que has practicado durante décadas se vuelve progresivamente más difícil, más incómoda y menos gratificante.
Los navegantes tradicionales empezamos a parecernos a una especie en retroceso.
No porque desaparezcan los barcos de vela.
No porque se prohíba navegar.
Sino porque el ecosistema que hacía posible una determinada manera de hacerlo está desapareciendo.
Se nos suele proponer una solución: adaptarse.
Buscar otras fechas.
Buscar otros lugares.
Alejarse de las zonas saturadas.
Navegar más lejos.
Explorar rincones menos conocidos.
Es un consejo razonable. Y probablemente sea el único disponible.
Pero conviene no confundir adaptación con solución.
Porque cada vez que encontramos uno de esos refugios tranquilos aparece la sospecha de que también será descubierto, promocionado, comercializado y finalmente saturado.
Ya ha ocurrido muchas veces.
El patrón se repite una y otra vez.
Lo que hoy es un rincón apartado mañana aparece en redes sociales, pasado mañana entra en las rutas comerciales y unos años después reproduce exactamente los problemas de los que intentábamos escapar.
Por eso cuesta compartir el optimismo de quienes afirman que siempre quedarán alternativas.
Quizá queden durante un tiempo.
La cuestión es cuánto tiempo.
Y si una actividad puede seguir considerándose la misma cuando debe retirarse continuamente ante el avance de otra mucho más rentable.
No sé si somos dinosaurios.
Pero sí tengo la impresión de que pertenecemos a una cultura marinera cuya presencia resulta cada vez menos relevante frente a los intereses económicos que dominan el litoral.
Tal vez no haya remedio.
Tal vez el proceso sea irreversible.
Pero aceptar su inevitabilidad no obliga a celebrarlo.
Hay pérdidas que no aparecen en ninguna estadística económica.
Y una de ellas podría ser precisamente esa forma de navegar que enseñó a varias generaciones que el mar era algo más que un producto turístico.
Durante años pensé que la jubilación me devolvería algo que el trabajo me había negado: la posibilidad de navegar fuera de agosto. Imaginaba junio como aquel junio de mis primeros años de juventud. Menos barcos, más espacio, más tranquilidad. El mismo mar, pero sin la presión de la temporada alta.
La realidad ha sido otra.
Llevamos dos años navegando en junio y la sensación es inquietante. Lo que hoy encontramos se parece demasiado a los agostos de hace apenas cinco años. Fondeaderos saturados, catamaranes ocupando espacios cada vez mayores y una presión constante sobre lugares que antes conservaban cierto equilibrio.
Muchos dirán que es una evolución natural. Que más gente navega. Que la náutica se ha democratizado. Que el mercado responde a una demanda creciente. Que debemos alegrarnos.
No estoy tan seguro.
Porque quizá el problema no sea que haya más barcos. Quizá el problema sea que estamos confundiendo navegación con consumo.
Durante generaciones, navegar fue una actividad que exigía tiempo, aprendizaje, experiencia y una cierta humildad frente al mar. No hacía falta ser un experto, pero sí entender que el mar impone reglas que no pueden negociarse. Uno aprendía poco a poco. Cometía errores. Escuchaba a quienes sabían más. Incorporaba una cultura marinera basada en el respeto a los demás y en la conciencia de que nuestras decisiones afectan a todos los que comparten un fondeadero.
Hoy parece imponerse otra lógica.
La embarcación se convierte en un producto turístico más. Una experiencia de ocio adquirida durante una semana. Algo que se compra, se consume y se abandona para pasar a la siguiente actividad.
El mercado lo celebra porque funciona.
Pero que algo funcione económicamente no significa que sea bueno.
Tampoco significa que deba ocuparlo todo.
Nadie cuestiona que existan los grandes catamaranes de charter o los yates de lujo. Lo preocupante es que su crecimiento está modificando las condiciones de uso del espacio común hasta el punto de expulsar progresivamente a quienes practicaban otra forma de navegar.
Y cuando digo expulsar no hablo de una prohibición formal. Hablo de algo más sutil.
Hablo de llegar a un fondeadero y descubrir que ya no es para ti.
Hablo de pasar más tiempo vigilando las maniobras ajenas que disfrutando del lugar.
Hablo de desconfiar del barco que acaba de fondear a diez metros porque no sabes si detrás hay un profesional experimentado o alguien que lleva tres días al mando de una embarcación de dimensiones que jamás había gobernado.
Hablo de sentir que la actividad que has practicado durante décadas se vuelve progresivamente más difícil, más incómoda y menos gratificante.
Los navegantes tradicionales empezamos a parecernos a una especie en retroceso.
No porque desaparezcan los barcos de vela.
No porque se prohíba navegar.
Sino porque el ecosistema que hacía posible una determinada manera de hacerlo está desapareciendo.
Se nos suele proponer una solución: adaptarse.
Buscar otras fechas.
Buscar otros lugares.
Alejarse de las zonas saturadas.
Navegar más lejos.
Explorar rincones menos conocidos.
Es un consejo razonable. Y probablemente sea el único disponible.
Pero conviene no confundir adaptación con solución.
Porque cada vez que encontramos uno de esos refugios tranquilos aparece la sospecha de que también será descubierto, promocionado, comercializado y finalmente saturado.
Ya ha ocurrido muchas veces.
El patrón se repite una y otra vez.
Lo que hoy es un rincón apartado mañana aparece en redes sociales, pasado mañana entra en las rutas comerciales y unos años después reproduce exactamente los problemas de los que intentábamos escapar.
Por eso cuesta compartir el optimismo de quienes afirman que siempre quedarán alternativas.
Quizá queden durante un tiempo.
La cuestión es cuánto tiempo.
Y si una actividad puede seguir considerándose la misma cuando debe retirarse continuamente ante el avance de otra mucho más rentable.
No sé si somos dinosaurios.
Pero sí tengo la impresión de que pertenecemos a una cultura marinera cuya presencia resulta cada vez menos relevante frente a los intereses económicos que dominan el litoral.
Tal vez no haya remedio.
Tal vez el proceso sea irreversible.
Pero aceptar su inevitabilidad no obliga a celebrarlo.
Hay pérdidas que no aparecen en ninguna estadística económica.
Y una de ellas podría ser precisamente esa forma de navegar que enseñó a varias generaciones que el mar era algo más que un producto turístico.










y no me acordaba
tal es el nivel de alineación que tengo con tus pensamientos y sentimientos
.




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