Cita:
Originalmente publicado por Tucana
Bien escrito Maga.
Las historias de contrabandistas, como lo que refieres de tu padre en Tanger, me llevan a mi infancia en las costas del Estrecho, zona privilegiada para esas actividades por la presencia de Gibraltar.
En los años sesenta, en esta zona había una infinidad de productos: tabaco, golosinas, mantequillas, café, las famosas medias y la salvadora penilicilina, repuestos, motores, etc..., que no existían en el resto del país y eran las mercancias preciosas de los contrabandistas que se vendían luego en las "tiendas de ultramarinos"..
Aquí los contrabandistas no era considerados delincuentes o marginados, de alguna manera eran personajes admirables, incluso de leyenda algunos.
Antes o después se producía algún naufragio por estas costas tan transitadas. Durante un tiempo el pecio se constituía en fortaleza o nave sin cuento para los juegos de la chavalería.
Entonces los crios eramos como unos robinsones que estábamos todo el día "bicheando" por las calles o buceando en las playas e inventando aventuras propias de Stevenson.
Al invierno siguiente,aquel cascarón de madera de algún pesquero,varado en aguas someras, que había sido la goleta de Barbaroja, de nuevo era devuelto al mar, arrebatado y devuelto a las entrañas de gran azul por el furiosos levante.
Volveríamos a pescar pulpos y lenguados en las playas de la Bahía hasta que de nuevo llegara en otro verano nuestro próximo vergantín pirata.
Naufragios y contrabandistas, que mundo tan sugestivo.
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Tienes razón, Tucana, no hay mejor patio de juegos que un pecio en la orilla. Envidio tus experiencias, mucho mejor que hacerse casitas en los árboles.
La verdad es que los naufragios tienen un poder de evocación, entre siniestro y melancólico, como pocos sitios, imagínate para unos niños.



