Re: Mi primera castaña
(Continúa)
A esas alturas, el cielo ya se había puesto su nuevo vestido de noche, y empujaba hacia abajo a unas plomizas nubes que parecían acariciar el tope de nuestro mástil. El viento arreciaba y aullaba como un animal enfurecido, y la lluvia y sobre todo los rociones me golpeaban en la cara y me irritaban los ojos por la sal del agua.
Las tumbadas eran espectaculares. Unas espumosas olas de unos dos metros, que se sucedían con rapidez asesina, golpeaban la panza del casco que se encontraba continuamente fuera del agua. La borda de sotavento, a menudo bajo la superficie, me hacía poner en duda la aprendida teoría de la estabilidad de los veleros. Mis compañeros libraban su combate particular contra el nudo de los cabos mientras se agarraban a la pared en que se convertía el suelo de la bañera y la cubierta en general debido a las inclinaciones. Los momentos de máxima escorada se intercambiaban con los de adrizado con una rapidez endiablada, provocando cada vez más golpes y más violentos de la botavara hacia uno y otra banda. Lo que ya tenía claro y esto no se me va a olvidar nunca es con qué facilidad te vuelves insignificante en medio de una mar cabreada. Insisto: facilidad, y añado: rapidez.
En uno de estos golpes, y todavía sin solucionar el lío de cabos, partió el perrillo de sujeción de la escota, el que la une al extremo de la botavara, quedando ésta libre a merced del viento y las escoras, y la carrucha de la misma suelta también, correteando por el suelo de la bañera. Ahora es cuando empezó la fiesta. Hasta entonces los golpes de la botavara eran violentos, pero ahora empezaron a ser infernales, pues esta quedó libre para moverse prácticamente 180º con toda la vela desplegada. De hecho, creo recordar haberla visto tocar el agua más de una vez. La parte positiva es que ahora, con cada racha de viento, la mayor quedaba prácticamente libre, flameando en la dirección que mandaba el viento, con lo que las escoradas empezaron a ser menos frecuentes.
Poco después, los bregados Reivah y Krank consiguieron aflojar el lío de cabos y empezar a enrollar mayor, lo cual terminó de ayudar a que la dura situación se suavizase ligeramente. A partir de ahí puse un punto más de motor, sin abusar porque ya estaba trabajando de lo lindo.
Recuerdo a Reivah preguntándome en ese momento qué viento teníamos. Miré los instrumentos y no me lo creía: 39,8 nudos, un temporal de fuerza 8 en toda regla que se había montado en 10 minutos. Y estábamos aún a unas cuatro o cinco millas de tierra.
Con ambos trapos ya recogidos, y el barco enfilado a puerto, los tres nos miramos y asentimos en un gesto de complicidad y camaradería, y alguien dijo: “Bueno, lo peor ya ha pasado”. Podía ser un comentario prudente, tal vez sensato, seguramente un pensamiento unánime. Pero realmente lo peor no había llegado todavía.
Seguía quedando el problema de la botavara suelta, que a cada escorada del barco a una u otra banda, daba unos golpes fuertes de asustar. Temiendo que el arraigo de la misma en el palo sufriera hasta el punto de llegara a romper, al intrépido Krank se le ocurrió la idea de tirarle un cabo desde abajo, que pasara por encima y volviera a caer, haciendo una lazada, para intentar sujetarla y llevarla a crujía.
Dicho y hecho, y con cuidado de no quedar guillotinado por los constantes barridos que hacía, lanzó varias veces el cabo por encima de la botavara. Entre el movimiento de ésta, el del barco y el efecto del viento, la operación lanzamiento del cabo resultaba imposible. El problema es que debido a sus peligrosos barridos, tras recoger la mayor, habían subido el amantillo para garantizar que no rodaran cabezas, y la botavara estaba muy alta, así que el improvisado cowboy optó por subirse encima de la zona del tambucho, quedando justo debajo del principio de la botavara, la zona más baja, para tenerla más a mano y aumentar las posibilidades de éxito.
Fue en ese momento cuando una enorme ola golpeó sin piedad el través de babor, haciendo escorar todo el barco con la violencia con que saben hacerlo las olas cuando quieren. Volvimos a ponernos de lado, Reivah estaba sólidamente aferrado, yo más que sujetar la rueda del timón para guiar el barco, me agarraba a ella para no caerme. Y Krank…
No es menos cierto por ser tópico, pero cuando te ocurre te das cuenta de con qué facilidad y con qué rapidez pasan un montón de imágenes por tu mirada si ves de cerca una tragedia. Incluso cuando no es en tus propias carnes, puedo asegurar.
Vi como Krank perdía el equilibrio en un barco escorado 50, 60 o no sé si más grados. Con el barco tumbado, salió arrastrado hacia sotavento, es decir, cayendo casi verticalmente hacia a la banda de estribor y al agua. Décimas de segundo, puede que incluso menos, en los que tu cerebro procesa a tal velocidad que el tiempo transcurrido te parecen eternos minutos. Sus manos intentando arañar la fibra de vidrio mientras caía arrastrado por su peso, la cara de susto y de terror de alguien que se va, la trayectoria hacia el oscuro mar que lo esperaba para tragárselo como si fuera una aceituna, mi poca confianza en el éxito de un rescate en esas condiciones de mar, cómo organizar pese a ello dicho intento de rescate, y la pregunta de si realmente habíamos vulnerado las leyes del sentido común por salir a navegar ese día, fueron imágenes y pensamientos que se agolparon en mi cabeza a la velocidad de la luz.
No sé si Krank lo recordaba, pero yo desde luego en ese momento me había olvidado de que se había atado a la línea de vida. Como digo fueron décimas de segundo las que transcurrieron hasta que el enganche llegó a su máximo recorrido (es de los del tipo elástico) y Krank quedó colgando de la misma como si fuera un jamón, pero en esas décimas, mi cerebro ya había asimilado que el terrible accidente ocurría. Ese fue para mí, con diferencia el peor momento de la navegada, el susto de pensar que perdíamos por la borda a un tripulante, compañero y amigo, y que muy difícilmente podríamos recuperarlo ileso estando el mar como una lavadora.
Afortunadamente, cuando el barco adrizó, Krank volvió a su sitio, y mi corazón al suyo. En un par de intentos más teníamos la botavara en crujía, sujeta y tranquilita. El viento iba bajando con timidez conforme nos acercábamos a tierra. El último punto de motor que faltaba nos terminó de llevar a puerto sanos, salvos y empapados, donde, una vez atracados nos felicitamos, nos regocijamos y nos dijimos de todo, sin necesitar otro lenguaje que nuestra franca mirada. Eolo se quedaba sin boquerones por ese día.
FIN
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El auténtico viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevas tierras,
sino en tener nuevos ojos” (Marcel Proust).
Hice un acuerdo de coexistencia pacífica con el tiempo:
ni él me persigue, ni yo huyo de él. Algún día nos encontraremos.
Editado por Aporelmar en 01-08-2015 a las 23:05.
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