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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#30
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Afortunadamente, la carretera que, desde Nicosia, lleva hasta Famagusta es una autopista de dos carriles por sentido que permite conducir relajado, sin la atención constante que exige la circulación por la izquierda y que, a medida que me aproximaba a mi destino, me hubiese costado mucho mantener.
La primavera estaba en su esplendor. A ambos lados de la autopista se veían frutales floridos y campos labrados que empezaban a verdear. Bajé la ventanilla para que entrase el aire con sus aromas y aprecié, una vez más en mi vida, que cada país tiene su olor propio y que los olores son el pilar más sólido de los recuerdos. Chipre tiene olor de especias mezcladas, algo así como el curry, y, de vez en cuando, una fugaz bocanada, áspera e intensa, de los efluvios de las higueras. La última vez que lo aspiré estaba mezclado con los gases de la cordita, el keroseno de los aviones y la chamusquina de incendios lejanos en los que, probablemente, no era sólo madera lo que ardía, pero su olor propio subyacía, bien identificable, como una esperanza de tiempos mejores. Llegué por fin a Famagusta. Crucé primero algún arrabal y, en cuanto las casas se espesaron un poco, me encontré bordeando la valla que separa a Varosha del presente y de la vida. El corazón se me aceleró cuando descubrí que la calle Kemal Server era en realidad la que yo conocí como calle Iras, donde se hallaba el Golden Mariana, y que la valla de prohibición que la interrumpía estaba a poco más de doscientos metros del hotel. Tan cerca y tan lejos. Aparqué el coche detrás del Hotel Palm Beach, a la sombra del esqueleto arruinado del Hotel Salamina, aún en pie al otro lado de la valla, el mismo que fue bombardeado mientras Iulia tocaba “Imagine” al piano en la verandah del Golden Mariana. Un tremendo boquete hacia la mitad de su altura indicaba el lugar por el que había penetrado uno de los cohetes de la aviación, mientras que por la cara norte se apreciaba el desprendimiento de la fachada en cuatro o cinco de los pisos. Me quedé un rato como extasiado por el hecho de aquella simultaneidad. Era como si aquel destrozo estuviera tan ligado a las notas de la canción que se diría que era efecto de éstas y no de un ataque aéreo. http://www.panoramio.com/photo/27010...=kh.google.com Sólo acontecimientos muy sonados dejan en nuestro recuerdo la grabación exacta del lugar en el que nos encontrábamos y de lo que hacíamos cuando sucedieron. El asesinato de JFK o el atentado del 11 de septiembre son dos de ellos y afectan a casi todo el mundo. El ataque al Salamina es, para mí, una de esas grabaciones imborrables. Recuerdo que, al oír el primer estampido, los jóvenes soldados que coreaban la canción apoyados alrededor del piano se agacharon instantáneamente. Iulia levantó las manos del teclado como si se quemase. Asimina, la camarera, dejó caer la bandeja que llevaba y se me abrazó, escondiendo la cara en mi pecho, y temblando como un gorrión. Con Asimina bajo el brazo izquierdo, agarré a Iulia con el derecho y me las llevé a ambas tras la protección de los ladrillos con los que estaba hecha la barra del bar. Nos sentamos en el suelo, asustados, aturdidos y fuertemente abrazados los tres. Iulia, que no temblaba en absoluto, puso su mano sobre la cabeza de Asimina en ademán protector. En ese instante y por causa de ese gesto, el futuro me desveló una de sus grandes promesas. Tomé conciencia de que Iulia era una mujer fuerte y valiente. Supe que, probablemente y si salíamos con bien de aquella, el Mundo iba a ser nuestro. El destino me había regalado una camarada. |
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