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Antiguo 26-10-2012, 13:58
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Originalmente publicado por Gambucero Ver mensaje
Venga, un poco vago... di la verdad... ¡que te fuiste de copas con la musa y habéis acabado con todo el Ron del mundo mundial!... y claro, eso se paga con una laaaaaaaaaaaaarga y placida "siesta" de teclas caídas.
éste como sabe...? Me he preguntado en un primer momento, pero, ¡claro! Los gambuceros lo saben todo. Les basta con observar el inventario del pañol de alcoholes y tabacos para deducir lo que sucede.

Con la Musa medio repuesta he compuesto otra entrega para el finde:


Michèle, les rues, les cafés joyeux
Même les trains de Banlieue
Se moquent de toi
Se moquent de moi.

A pesar de sus penas de amores Jean era un tipo sólido, sobrio y alegre. Sólo una vez lo vi beber más de dos copas y creo que fue por culpa mía. Fue en el “Seemannsheim” de Douala, en el Camerún; una especie de club para marinos, con piscina y todo, gestionado por unos alemanes. Era una noche de calor aplastante, como casi siempre en aquel puerto, y nos habíamos sentado junto a la piscina para tomar algo. Coincidimos en el lugar con parte de los oficiales de un barco español, todos muy jóvenes, muy divertidos y, varios de ellos, acompañados por sus mujeres. Se habían traído las boyas luminosas de los aros salvavidas y las habían tirado a la piscina (que no tenía iluminación propia) lastradas con cabitos de distinta longitud, de modo que brillaban bajo el agua creando un efecto encantador.

Los mirábamos con cierta envidia. Yo le iba traduciendo de vez en cuando las bromas y los chistes que llegaba a oír. En un momento dado, Jean suspiró hondamente y me contó sumariamente la historia de su novia y el farmacéutico con una admirable ausencia de pasión, casi tal y como, muchos años después, mi vecino inglés me narraría su tránsito a la viudez. Me pareció que sentía por su novia perdida lo mismo que yo sentía por la mía: simple añoranza. Con la diferencia de que yo volvería a ver a Iulia tarde o temprano y él, en cambio, ya no tendría más papel que el de ser un viejo amigo.

Me sorprende lo bien que lo llevas, le dije.

Enarcó las cejas un instante. Apuró su copa y, con una media sonrisa, me contó cuál era el secreto de su entereza: es que yo sé que, al final, volveremos a estar juntos, declaró. Yo volveré a buscarla dentro de unos años y me la llevaré. Es el farmacéutico quien debería estar preocupado, no yo. Navegaré unos cuantos años, haré algo de dinero, aprenderé cosas de la vida que hay que saber y, entonces, iré a por ella. En el fondo ya está bien que las cosas hayan sucedido así.

Mientras regresábamos a bordo, ambos con la mano derecha en el bolsillo y el puño cerrado sobre la navaja, bajando la famosa escalera de Douala que llevaba al muelle y en la que cientos de marinos habían sido asaltados a lo largo de los años, Jean me recomendó que no le contase a nadie su confesión. No quiero, me dijo guiñándome un ojo, que nadie sepa el origen de mi buena suerte.

Algunos años después, cuando Jean ya era capitán de un portacontenedores en ruta entre el sur de Francia y el Mediterráneo Oriental, alguien –a saber qué bando- les disparó un misil mientras estaban fondeados frente a Beirut. El misil entró por una puerta del puente, pasó por encima de Jean, que acababa de agacharse para recoger el cigarrillo que se le había caído, y salió por la otra puerta sin causar más daños. Me lo contó con su habitual serenidad un día que coincidimos en Marsella. Ya sabes, me dijo, que soy un cabrón con suerte (chanceux comme un cocu).

Hace quince años encontró trabajo en el salvamento marítimo francés y se quedó en tierra. Lo primero que hizo fue localizar a su Michèle y ponerla en estado de sitio. Un año después estaban viviendo juntos. Los dos hijos de ella lo adoran.

Hay gente, pensé mientras metía unos grados a estribor para no pasar muy cerca de la Isola delle Correnti, que se hace querer porque te iluminan la vida. Jean es una de esas personas.
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Atlántida (09-11-2012), enric rosello (26-10-2012), Gambucero (29-10-2012), jacarejack (30-10-2012), Nochero (31-10-2012)
 

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